“ … a lo largo de ese conflicto, el más violento de la historia de la República, el PCP-SL cometió gravísimos crímenes que constituyen delitos de lesa humanidad (...) la CVR estima que la cifra total de víctimas fatales provocadas por el PCP-SL asciende a 31,331 personas.”
(Comisión de la Verdad y la Reconciliación)
Introducción
Me atrevo en esta ocasión a meter la cuchara en terreno histórico cercano, sabiendo además que está minado. En momentos electorales en los que se discute sobre tantos y tantos problemas que tuvo y tiene el Perú, que se vinculan a las propuestas políticas que los candidatos plantean, el tema del cómo se derrotó al Terrorismo cobra inusitada actualidad, dado que, además de relacionar Defensa Nacional y Seguridad Ciudadana, se le supone vinculado a una determinada opción de gobierno. Las visiones históricas suelen tener peso político, y más si se refieren al pasado reciente, y aún no resuelto. Pretendo plantear algunas ideas al respecto como simple ciudadano, y no más, tratando de proporcionar una visión panorámica centrada en sus protagonistas sociales.
La Guerra de Sendero Luminoso y su secuela de muertes marcaron a fuego la escena de las 80 y los 90. Los que vivimos esa época tan difícil, a más de padecer el Terrorismo de la época, vivimos el mediocre gobierno del segundo Belaúndismo y el desastrosísimo primer gobierno de Alan García, lo que de alguna manera nos hace sentir como una suerte de supervivientes de cuando menos dos desastres y medio. En aquellos años se sentía que el Estado peruano estaba pintado en la pared, y que Sendero Luminoso hacía lo que quería, y mataba desde almirantes hasta dirigentes barriales, alcaldes de pueblo, policías y militares y toda suerte de gente sin que se le pudiera detener. No cabía ninguna duda de que le había declarado la guerra a la sociedad peruana, un tanto al modo de Pol Pot en Camboya, incluyendo sus espantosos experimentos sociales que tantas vidas costaron. El estado peruano, entre tanto, era muy parecido al de hoy, una covacha de políticos que vivían en las nubes, ocupados en grandes faenones y manipulaciones, mientras el pueblo era agredido tanto por Sendero Luminoso como por malos elementos de las Fuerzas Armadas. El que estas líneas escribe padeció, como todos los que habitamos este país en esos años entre 1980 y fin de siglo, su parte de la Guerra de Sendero, y solo pretende dejar sentado un punto de vista personal. Después de todo la historia le pertenece a todos los peruanos. Y este 18 de Mayo próximo pasado se cumplieron dos aniversarios, más o menos comparables, o más o menos incomparables, según las diversas opiniones. Se cumplieron 210 años de la ejecución de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, Micaela Bastidas y diversos miembros de su familia. Asimismo, y no fue casual, esta fue la fecha que Sendero Luminoso eligió para iniciar lo que llamaba “Guerra Popular”, hace 31 años.
Algunos sienten a Sendero Luminoso y el Terrorismo como peligros que están allí agazapados esperando un momento de crisis para apoderarse del estado y la sociedad. Que fue así durante un buen tiempo, es indudable. Pongo en duda tal peligro hoy en día, dado que de Sendero Luminoso sólo quedan precarios jirones ideológicos, estacionados en pequeños grupos cuya mayor trascendencia es proporcionar sicarios al narcotráfico. Otros desearían pretender que la Guerra de Sendero nunca existió. Tal vez algunos deseemos poner un telón de acero en nuestras mentes que nos impidieran recordar qué hicimos, pensamos o sentimos en esos años luctuosos y horribles, de modo que pudiéramos creernos que eso no pasó, que fue como un mal sueño. Pero el problema de la realidad real es precisamente que es real, y no podemos simplemente pasarla por alto. Otros tratan de virtualizar esta realidad, fabricándosela a la medida, por ejemplo igualándola a una contienda entre buenos y malos, para su empleo con fines políticos bastante subalternos. Por cierto, no tratamos de culpar a nadie por esforzarse en dejar atrás esos espantosos años. No fue una gran época para nadie. Yo los siento como los años que viví en peligro, como el título de una película. Así fue para muchos, si no para todos. Tratemos de mirar hacia atrás a vuelo de pájaro, para distinguir el panorama entero, aunque se nos pierdan algunos detalles, pues sentimos que necesitamos una versión más o menos común para todos, y que aún no tenemos.

Terrorismo y Lenguaje oficial
Es curioso que, de acuerdo a ciertos actores políticos, Sendero Luminoso haya sido derrotado y a la vez no. El lenguaje oficial no habla casi nunca de narcotraficantes, sino de narcoterroristas. Vale decir, algo existe de Sendero Luminoso que debe aún combatirse, por lo menos si le creemos al ex Ministro de Defensa del régimen aprista, actual candidato a la vicepresidencia por el fujimorismo, Rafael Rey. Pero por otra parte, Fuerza2011 sostiene que Alberto Fujimori venció al Terrorismo. Un obvio doble discurso, porque es obvio que lo que sobrevive no está derrotado, o que lo muerto no está vivo. Esta doble verdad contrapuesta, sencilla de hacer aceptar a un pueblo acostumbrado a los psicosociales y ansioso de vivir y olvidar los malos momentos es una falacia para manipular opinión. Trataré por lo tanto de ver este período y la derrota del Terrorismo y de Sendero Luminoso a través de un hecho que considero indiscutible: Sendero luminoso fue derrotado por la Sociedad Peruana, en gran medida a pesar de la clase política y económica en el Poder. Así afirmo que esta victoria se le ha retrecheado a la sociedad peruana, y espero con esto plantear el iniciar de un proceso para reivindicar a la Nación como Vencedora de esta guerra. Los peruanos, representados por varios sectores de nuestra sociedad, ganamos una Guerra. Intentemos ver lo que cada protagonista hizo en su momento, en un sentido amplio, que abarque su labor en esos años. Naturalmente, seguramente corro el riesgo de no decir la Verdad, al no decirla toda. Si cometo algunos errores, espero serán corregidos.

Las Fuerzas Armadas
So pena de ser más miopes que un topo, no le podemos quitar ni un ápice a la labor de las Fuerzas Armadas y Policiales. En primer lugar, los militares y policías pusieron el pecho demasiadas veces en condiciones realmente complicadas; y en segundo lugar, los responsables políticos de entonces – los gobiernos de Fernando Belaúnde de 1980 al 85, y de Alan García de 1985 al 90 – les encajaron el asunto, les empujaron el pato, como suele decirse, al entregarles atribuciones y responsabilidades que no deberían haber tenido, como el control político absoluto de las zonas de emergencia. Debemos rendir el debido homenaje a esos soldados, marinos, aviadores y policías que se fajaron sobre el terreno, muchas veces con pobrísimos recursos, que obedecieron órdenes y combatieron contra un enemigo complejo, retorcido y difícil. Es una terrible verdad que se cometieron crímenes espantosos contra sectores de la población que nada tenían que ver con Sendero, porque algunos pretendieron responder al Terror con el Terror. Pero los perpetradores de esos crímenes no fueron las Fuerzas Armadas de Grau, Bolognesi y Quiñones, sino sus peores elementos, y cuando miramos con ojos de ver tenemos que decir que, abandonados a su suerte por una clase política ciega y dedicada en lo básico a gobernar para sí mismos, tuvieron que hacer lo posible, y esto es un atenuante. La responsabilidad de cumplir órdenes puede ser muy difícil. El sentido de las Fuerzas Armadas y Policiales es el cumplir órdenes, y por eso debemos buscar la responsabilidad de esos crímenes de lesa humanidad en las órdenes de los mandos, y también en los individuos, si actuaron contra las órdenes o por fuera de la institucionalidad militar y policial, transformándose así en bandas armadas o paramilitares. Las Fuerzas Armadas no son sutiles, no pueden hacer lo que los instrumentos más sutiles y delicados del aparato civil pueden hacer. Tuvieron que aprender sobre la marcha una forma de guerra para la que no estaban entrenados ni preparados, y en el proceso también sufrieron bajas. Aún así, fue la Fuerza Armada la que después de todo arbitró uno de los principales recursos para derrotar a Sendero: La población misma.
¿Qué debería enseñarnos esto? Que las Fuerzas Armadas no deben nunca, jamás, renunciar a su vocación primaria de proteger a la Nación. Esa es su razón de ser, por más que haya sido pervertida por algunos, que hoy pretenden de nuevo hacernos olvidar que el pueblo armado que se pone el uniforme no está ahí para matar al pueblo, sino para defenderlo. Y para defender al pueblo, las Fuerzas Armadas necesitan tecnificación, presupuesto, respeto de la ciudadanía, y sobre todo liderazgo civil sólido.
Los Ronderos, Comités de Autodefensa y Ejércitos de las etnias selváticas
Sendero Luminoso actuaba arteramente contra la población misma. El Terrorismo consiste precisamente en sembrar el Terror para lograr la parálisis y la obediencia de las gentes. Sendero hacía un Terrorismo brutal y particularmente sanguinario, que las comunidades rurales campesinas y selváticas sufrieron durante mucho más tiempo y con mayor dureza que los pobladores urbanos. Sendero ingresaba en las comunidades campesinas y, so capa de justicia popular, asesinó, robó, violó y cometió toda suerte de crímenes. La moral es una cosa muy buena, pero no detiene una bala o un machetazo. Y aún así hubo una durísima y casi inerme resistencia campesina, mal orientada y dirigida por las Fuerzas Armadas, recordemos Uchuraccay. Tras algún tiempo de dar manotazos en varias direcciones y tratar de aplicar sin éxito las estrategias aprendidas en la Escuela de las Américas, por fin se logró estructurar una inteligente estrategia militar: Armar al pueblo para que se defendiera a sí mismo. Tal estrategia arrojó como resultado la derrota de Sendero en las zonas rurales. Cuando los senderistas se percataron que los antes indefensos campesinos, hombres, mujeres y niños, que habían estado vejando y asesinando impunemente ahora tenían dientes para morder, y mordían fuerte, huyeron despavoridos a las ciudades de la costa y a la ceja de selva. No se ha escrito aún la historia de esta resistencia a punta de rejones, machetes, retrocargas, fusiles artesanales, cerbatanas, arcos y flechas.

Cuando Sendero se desplazó a la selva alta encontró dos cosas: la hoja de coca y las comunidades étnicas. Derrotados en la sierra por la resistencia denodada de las Rondas Campesinas y Comités de Autodefensa, pensarían tal vez que las etnias selváticas serían más sencillas de dominar, pero cuando los indígenas de la selva vivieron los abusos de Sendero, se sumaron a la resistencia, como fue el caso de los valerosos ejércitos asháninkas, que en muchos casos se las vieron por sí solos contra Sendero Luminoso. Recuerdo en particular la llegada de una delegación asháninka a Lima que pedía al Estado retrocargas y municiones, aduciendo que el corto alcance de sus arcos y cerbatanas les permitía resistir, pero no enfrentar en campo abierto a Sendero. La moral del hombre desarmado se hunde frente al abuso. Las etnias de la selva, apoyadas por las Fuerzas Armadas, con sus armas tradicionales y aquellas que se les proporcionaron, vencieron a Sendero, recuperando a sus niños raptados para adoctrinamiento. Sin embargo, este episodio de la guerra aún no termina pues en las zonas del VRAE y el Huallaga, los remanentes de Sendero se vincularon al narcotráfico como suerte de brazo armado a sueldo, o a cupo. Pero su capacidad de amenazar al Estado peruano se había evaporado.
La lección a extraer nos dice que así nomás no nos podemos meter con veteranos de la Guerra contra Sendero, por más autoridad y gobierno que se sea. El Baguazo, por ejemplo, se dio como fue porque estos hombres y mujeres que defienden su tierra y su cultura de la ideología del perro del hortelano no son mancos ni cojos ni idiotas. Sorprende que tras la experiencia de Sendero Luminoso algunos de nuestros más connotados ciudadanos no hayan entendido una verdad tan sencilla. Lo vemos en Islay estos días, con la acostumbrada mecida de las autoridades del gobierno, que estos peruanos, muchos de ellos veteranos de una guerra, toman como lo que es, un insulto a su dignidad e inteligencia.
Constatamos que si “nos libramos” de Sendero Luminoso, no fue debido a que los habitantes de las ciudades nos levantáramos para pelear. Los que sí lo hicieron fueron los indios y cholos peruanos, que algunos que se creen superiores vilipendian y toman a menos en estos días. Fue gracias a la acción de los despreciados indígenas de la sierra y selva del Perú; tanto como a las Fuerzas Armadas, que Sendero y el MRTA fueron vencidos. Durante algunos años las Rondas y los Comités desfilaron orgullosa y marcialmente el 29 de Julio con sus ojotas, ponchos, sombreros alones y retrocargas, al lado de las Fuerzas Armadas de uniforme. Ello desapareció un buen día, y lo creemos un error y una injusticia. No he visto en ninguna parte ningún reconocimiento de la sociedad a estos denodados cholos e indios que dieron por nosotros la pelea. ¿Dónde está el monumento a las Rondas Campesinas y los Comités de Auto Defensa? ¿Dónde el monumento a los ejércitos asháninkas y de las demás etnias selváticas? Lima, como constató Bolívar, sigue estando a cien leguas del Perú, y la Nación sigue siendo muy superior al Estado.

La Policía Nacional del Perú
La Policía Nacional del Perú tiene muchos defectos. Pero no nos tapemos los ojos, ahí también hubo luz en esos oscuros años. La Policía había estado en la primera línea de combate contra Sendero, pero su lógica policial había sido apabullada por los acontecimientos, y estuvieron entre las primeras víctimas. Cuando Sendero atacaba, su primer objetivo eran siempre las comisarías. Sabían que al atacarlas y erradicarlas desaparecían uno de los elementos esenciales de la presencia del estado, y eliminaban la capacidad de defensa social frente a la delincuencia. Y naturalmente, desterrada la Policía Nacional, Sendero se convertía en el garante del orden dentro de su peculiar concepción. La entrada de las Fuerzas Armadas en la lucha contra Sendero pareció poner a la Policía en un rol secundario. Para 1990, aunque las zonas rurales estaban casi libres de Sendero Luminoso, en las ciudades menudeaban las acciones terroristas. No es que no las hubiera habido antes, y muy serias, pero consistían casi siempre en demostraciones del tipo perros colgados, pintas, apagones, así como las feroces, pero limitadas, ejecuciones selectivas; con intervenciones armadas más decididas en las zonas urbano-marginales. Pero para finales de los 80 y principios de los 90, los coches-bombas y los apagones eran realidades cotidianas, y es que Sendero había trasladado a sus cuadros sobrevivientes del contraataque militar-popular a las zonas urbanas y a la ceja de selva. Y con estos cuadros estaba su plana mayor, dirigida directamente por el llamado Presidente Gonzalo, Abimael Guzmán Reynoso. Lima y las ciudades sufrieron ofensivas directas, de las que el atentado de la calle Tarata en Miraflores fue uno de los más representativos.
La población urbana, tan aislada del resto del Perú, creía que el mundo se acababa, y millones emigraron fuera del Perú en esos años gracias al esfuerzo combinado de Sendero Luminoso y Alan García. Naturalmente el supuesto crecimiento de Sendero era parte del espejismo con el que siempre nos hemos engañado, pensando que lo que ocurre a la vuelta de mi casa es lo que le pasa a todo el Perú. En 1990, Sendero ya estaba vencido estratégicamente cuando empezó su supercampaña en Lima y las ciudades de la costa. Sin embargo daba feroces manotazos de ahogado, buscando como fuera recuperar alguna suerte de hegemonía en la ciudad, dado que en el campo le había ido tan mal. Recordamos que la toma de la comisaría de Villa El Salvador y el bombazo de Tarata fueron parte de los medios que empleó para manipular a la población, que no otra cosa es el terrorismo sino el empleo del miedo para lograr objetivos políticos.
Bastó la captura de Abimael Guzmán para que el castillo de naipes supérstite de senderismo se viniera abajo. Y aquí la labor de la Fuerza Policial dirigida por Antonio Ketín Vidal y otros inteligentes policías no puede ser retaceada. Todos recordamos como Abimael cayó un día en que Alberto Fujimori estaba pescando, y tuvo que volver precipitadamente a Lima en busca de la popularidad que se le escapaba, agenciada entonces, como según parece hoy en día también, por el control de los medios de comunicación. Gracias a esta captura, Abimael Guzmán terminó por caer en los cubileteos políticos de Vladimiro Montesinos – no le retaceemos su parte, que la tuvo, aunque no tan importante como se le ha querido pintar - provocando una suerte de Acuerdo de Paz, y la desactivación y entrega de armas de muchos elementos senderistas. Se dice que como el 60 o 70 % del aparato senderista fue desactivado de esta manera. A cambio, Abimael Guzmán y la fracción de Sendero que aún controlaba apoyaron desde la cárcel la reelección de Fujimori de 1995, como probablemente algunos recordemos. Sin embargo, los senderistas de la ceja de selva no aceptaron este hecho y a pesar de algunos precarios éxitos iniciales, terminaron en el triste papel subalterno de sicarios del narcotráfico. Como tantas veces ha ocurrido en el Perú, los incendiarios terminaron de bomberos, apuntalando el sistema en sus sectores marginales.

La resistencia popular urbana
La resistencia popular urbana ha sido tan ignorada por nosotros como la decisiva intervención de los campesinos quechuas y aymaras, y los grupos étnicos selváticos. Sendero Luminoso había estado presente en las universidades nacionales y en el magisterio desde muchos años antes de declararle la Guerra a la sociedad peruana, pero su hegemonía era duramente cuestionada por grupos como Patria Roja. Pues sí, fíjense qué curioso, no vamos a retrechearle a nadie su participación. Patria Roja operaba como una forma de frontera ideológica de la democracia, probablemente sin saberlo ellos mismos, y opuso resistencia ideológica a Sendero Luminoso. Las radicales discusiones políticas en las universidades nacionales de entonces se resolvían casi siempre en las habilidades políticas más desarrolladas de otros grupos de izquierda, que les arrebataban a las pobremente formadas huestes senderistas su posible audiencia. Cuando Sendero se lanzó a la guerra, se produjeron cismas profundos en diversos grupos de jóvenes radicales de la época. Sendero empezó a resolver las discusiones políticas en las universidades, sutilmente, con tiros en la nuca de los polemistas que derrotaban a los suyos. La amenaza de muerte determinó que muchos profesores, estudiantes y otras gentes mantuvieran silencio para proteger sus vidas. En casos como éste, la única resistencia posible es permanecer vivo. A diferencia de los campesinos de la sierra, los estudiantes no parecían ser muy adecuados a ojos de los militares para ser armados contra Sendero, y su radicalismo asustaba a algunas mentalidades limitadas. Sendero naturalmente se camuflaba detrás de estos grupos, provocando que el Estado los reprimiera para así conseguir nuevos cuadros. De ahí la intervención militar en las Universidades.
Muy vinculada a estos hechos está la penetración senderista en el magisterio peruano. El tremendo deterioro económico y social de la carrera magisterial fue uno de los principales caldos de cultivo que Sendero aprovechó, como se ve en el hecho de que varios de sus dirigentes y militantes fueran profesores. Ello tenía su lógica, dado que la masificación educativa había conseguido poner escuelas en muchas partes del Perú, y la estructura educativa podía ser parasitada por Sendero para sus fines de toma del poder. El discurso ideológico imperante entre los estudiantes de pedagogía, proclive al cambio social, así como la creciente extracción popular de los profesores, fueron también objeto de parasitación por Sendero, con resultados nada deleznables. La muy deficiente formación inicial de los maestros determinó que cayeran en lo que se ha llamado un “marxismo de manual”, simplón y acrítico. Esto determinó que el magisterio fuera tal vez el grupo en el que Sendero Luminoso centró más su acción, tanto en los órganos intermedios, como en las escuelas, universidades, institutos pedagógicos, el sindicato, e incluso las academias preuniversitarias. La organización que resistió más sólidamente esta creciente infiltración fue el SUTEP. Solamente se registra una victoria sindical de Sendero Luminoso, en el SUTE-Huamanga. Sin embargo, debemos decir que el estado consideró al SUTEP como subversivo, lo que obviamente fue un tremendo error.
Por otra parte, en las poblaciones urbano-marginales se producía una sostenida penetración senderista. La crisis económica y social que golpeaba a las poblaciones era caldo de cultivo perfecto para ello, y precisamente ahí se marcaba una parte importante de la escisión social que vivía el Perú, en donde Sendero se colaba. La intervención policial y militar no era suficiente, y Sendero destruía el tejido social existente atacando las organizaciones populares, matando algunos dirigentes y cooptando a otros para que les dejaran hacer y liquidar la resistencia antes que se produjera. Como habían aprendido antes los estudiantes, con una bala no se discute. Sin embargo hubo hombres y mujeres valerosos que alzaron su voz contra Sendero Luminoso, y que pagaron con su vida ese atrevimiento. A ellos les debemos que Sendero no haya podido penetrar más en las ciudades aprovechando las rígidas distinciones sociales. Pascuala Rosado en Huaycán y María Elena Moyano en Villa El Salvador dieron testimonio de coraje y vocación por la paz con sus propias vidas. Y no fueron los únicos.
En resumen, la derrota de Sendero Luminoso fue instrumentada también por los maestros sindicalistas, los pobladores organizados y los estudiantes universitarios. Su intervención, aunque no fue tan decisiva, resultó importante como resistencia sorda. Es necesario, por ende, revalorar estas acciones, y compararlas con las de la clase política de entonces, bastante distanciada en sus valores.
Terrorismo, Narcotráfico, Fujimontesinismo
Lo que queda de Sendero Luminoso hoy en día es básicamente grupos de sicarios que, por cupo o por salario, están vinculados con el narcotráfico en algunas regiones de la ceja de selva peruana vinculadas al narcotráfico. No se registra decididas acciones senderistas fuera de estas zonas. Vale la pena decir con todas sus letras que la penetración del narcotráfico en la política no se limita a Sendero Luminoso, ni es precisamente nada nuevo tampoco. En los 80 y 90 hubo congresistas, miembros de diversas instituciones y otras autoridades claramente conchabados con el tráfico de drogas. En aquel momento los peruanos nos limitábamos a colocar la hoja de coca en Colombia, que hegemonizaba la elaboración de cocaína a través de sus cárteles, aún los mexicanos no entraban en la colada. En los Estados Unidos, decir colombiano era casi sinónimo de decir narcotraficante. Y, como parece ser nuestro destino, nosotros poníamos la materia prima y otros se llevaban las grandes ganancias. Como con la minería hoy en día. Todo esto significaba una sola cosa: Corrupción. En el empobrecido y estamentario Perú de aquellos días, las opciones posibles que muchos ciudadanos teníamos al frente eran emigrar o vincularse con el narcotráfico. Recuerdo haber escuchado muchas conversaciones donde esto se discutía en serio.
Cuando Sendero fue vencido, es decir cuando, como dicen los teóricos de la guerra, su moral quedó destruida y sus motivos para luchar terminaron definitivamente pasmados, quedó eliminado como amenaza y estorbo, pero resultaba muy conveniente mantenerlo lo más “vivo” posible para emplearlo como arma política. La dupla Fujimori-Montesinos actuó en este sentido con una inteligencia y eficacia poco conocidas en la mediocre política peruana. Tras el golpe del 5 de abril de 1992, esta dupla capeó el tema internacional tranquilizando a Estados Unidos en el tema de la lucha contra el narcotráfico. Luego convocó a un Congreso Constituyente para lavarse la cara, aprobó una Constitución – que nos rige hoy en día con cambios – que reestructurara las cosas en su beneficio, e incluso se permitió derrotar a los remanentes de la clase política en debacle nucleados alrededor de Pérez de Cuéllar, y por goleada, en las elecciones de 1995, con el apoyo de Abimael Guzmán y la alta dirigencia senderista. De paso resolvió algunos temas realmente importantes, no lo retrechearemos, como el eterno conflicto con el Ecuador, y acabó con lo que quedaba del MRTA. Por otra parte, la dupla constituyó el más afiatado aparato de corrupción que se haya visto en nuestro país. Echenique, Balta, Leguía, Odría y otros quedaron por comparación como niños de teta. La clase política tradicional, desplazada del papel principal en el reparto de la torta, estuvo muy enojada contra Fujimori, si bien hizo alianza con él en determinados puntos fijos. Y el resto, es historia.

Colofón
Noten mis lectores que no tengo en este artículo interés alguno en relevar los desacuerdos, como por ejemplo si los muertos en la Guerra de Sendero fueron 70,000 o 25,000. Me basta por el momento con que hubo muertos en este conflicto que enfrentó a peruanos contra peruanos. La victoria en esta Guerra ha querido ser “privatizada” en una suerte de mérito político exclusivo de un pequeño grupo. No creemos que esta gesta nacional, tan compleja y difícil, deba ser acallada. Todos los sectores involucrados, sin ninguna excepción, que participaron en esta Guerra tienen el derecho, dentro de un proceso de paz y reconciliación nacional, a reconocerse a sí mismos y ser reconocidos por la sociedad en su conjunto. Deseamos que nunca más vuelva a haber una Guerra como esta en nuestra Historia Nacional. He tratado de resumir o más posible una visión de esta época que tal vez, solo tal vez, podamos compartir todos los peruanos. Si lo he conseguido, me alegro. Si no, seguiremos haciendo el esfuerzo.