viernes, 30 de septiembre de 2011

HAY QUE MORIR EN EL ESTADIO PARA QUE SE HAGA ALGO o Cómo apesta todo esto



“¡Que no haya (campeonato) descentralizado, pues! ¿Acaso va a pasar algo si no lo hay? ¿Qué es más importante, un muerto o un campeonato?”  (Reacción de un furioso ciudadano al enterarse que los clubes quieren continuar jugando fútbol a pesar de la muerte de Walter Oyarce)

La noticia de la horrible muerte del joven Walter Oyarce en el Estadio Monumental del Club Universitario, por obra de criminales disfrazados de hinchas deportivos, suma una nueva víctima a las muchas causadas por la “mano invisible” del mercado en el Deporte, combinada con la intensiva política de “dejar hacer, dejar pasar” - es decir de hacer nada - que ha caracterizado a los últimos cuatro gobiernos. La continuidad del abuso a lo largo de muchísimos años denota estructuras largamente instaladas y afiatadísimas en el control de los ingresos. Los intereses económicos informan la práctica del deporte en nuestro país, y están tan enraizados y mandan tan poderosamente en el ánimo – y el bolsillo – de tanta gente, que han llegado a constituir bandas o argollas que han logrado plenamente los objetivos que todas las argollas se plantean: controlar la plata, dominar las organizaciones y excluir a los no argollados de sus áreas de control. Lo han logrado con tanto éxito que no solamente han quebrado a la mayor parte de los clubes deportivos de nuestra patria, sino que han conseguido hacerse el harakiri al alienar a la gran mayoría de los peruanos tanto de la práctica deportiva como de la posibilidad de expectarlo en persona sin que lo arrojen a uno del palco.

Indignación ciudadana

Naturalmente esto no quita un ápice de culpa a los criminales que actuaron directamente. Sin embargo, estamos bastante acostumbrados a ver cómo los otros responsables salen bien librados, gracias a nuestro Poder Judicial experto en colar el zancudo mientras se traga el camello, en sesuda aplicación del aforismo de que la pita se rompe por lo más delgado. Sin embargo, algo positivo ocurre, y es que el escándalo está in crescendo conforme se averiguan más cosas y así como las protestas estudiantiles en Chile, no parece estar disminuyendo. Y se comprende: Uno de los homicidas fuga a los Estados Unidos, y vuelve tras una rápida acción de amenaza de extradición. Se denuncia pago de uno para que el otro se haga el chivo expiatorio. Sale una canción que, al margen de su calidad, es vista por la ciudadanía como manipulación y oportunismo. La revista Caretas lanza una fotografía que crea polémica. Los clubes se quejan de que no los dejen jugar, tras haber provocado que estas situaciones se entronicen y se repitan. Periodistas y otros líderes de opinión alzan su voz y tratan de movilizar a las gentes alrededor del tema de los valores. Muchos ciudadanos comparan lo que está pasando acá con lo que ha pasado en circunstancias análogas en otros países, y en todas partes las reacciones de los clubes fueron rápidas y adecuadas al caso. No es el caso en el Perú. Se evidencia el nivel rastrero y metalizado en el que viven nuestras dirigencias deportivas. No es que no se cuezan habas en todas partes, pero por lo menos los de afuera no se dedican solamente a cocer habas. Hace que uno se pregunte cómo la hizo nuestra “dirigencia” deportiva para arribar a donde está.

¿Hay que morir para que te hagan caso?

La ciudadanía teme ir a un Estadio. Es más, teme tener su casa, o incluso circular, cerca a uno. Se cumple el sueño dorado de cualquier argolla delincuencial, que consigue expropiar la calle transformándola en “zona liberada” por la acción de barras bravas, grupos delincuenciales estructurados en los polos de un artificial conflicto que supuestamente opone a los hinchas de los clubes Universitario de Deportes y Alianza Lima, y “justifica” el despliegue de la violencia y la expoliación, acaso el asesinato. Los verdaderos conflictos quedan ocultos tras la increíble artificialidad que esconde a los verdaderos responsables, los que de hecho deben estar muriéndose de risa, mientras el deporte colapsa en las manos de delincuentes de poca monta, que esconden a los de cuello y corbata, los que sí la llevan y se la llevan.

Me pregunto si para que te hagan caso te tienes que morir primero. Esa lógica perversa está instalada desde mucho en el Perú. Se sabe que la palabra de las autoridades no vale el papel en que se escribe, y los acuerdos firmados con sonrisas e hipócrita estrechamiento de manos serán desconocidos ni bien voltees la cabeza. La lógica de la violencia y el achoramiento se ha entronizado en las relaciones sociales. Hay que decir que el último gobierno llevó este modus operandi a su perfección, dejándonos montones de conflictos sin solucionar, demasiado ocupados en los faenones y en los cristos del pacífico para preocuparse de otras cosas menos importantes, como la desnutrición, por ejemplo, o como los muertos acumulados por los dizque hinchas de Universitario o Alianza. Lo terrible es que, según parece, sólo te harán caso si pones muertos en la mesa de negociaciones. ¿Quiere decir esto que hay que morir para que te hagan caso y algo cambie?

Algo apesta en todo esto

Alianza Lima y Universitario de Deportes son quizá los equipos de fútbol más queridos entre nosotros. Yo soy hincha de la U, aunque hoy en día eso me duele y me da vergüenza y asco. Las viejas adhesiones emocionales a una historia y unas características deportivas – la picardía aliancista o la “garra” de la U – han cedido a un tema delincuencial. El fútbol ya no es más un juego de varones de pelo en pecho que juegan duro y parejo, rudos pero limpios y respetando al adversario, que no es lo mismo patear al adversario cuando se busca la pelota que patear a la pelota cuando se busca al adversario, y donde ganas el partido porque pones lo que las gallinas ponen, pero ahí en la cancha. Hoy los jugadores, se sabe bien, juegan por dinero y cambian sus lealtades con completa indiferencia, porque dicha lealtad – un valor al fin y al cabo – no es al equipo del que forman parte, o al club que les cobija, sino al sobre de pago o al posible futuro contrato en el exterior. La lógica del mercado ha matado al deporte hace ya mucho tiempo, y de hecho no creemos que reviva y se salve. Esperar, por ende, que una convocatoria a añejos valores deportivos consiga resultados parece un tanto irreal, aunque entiendo que es válido. Sospecho que más vale considerar todo este asunto del deporte como lo que hoy es: empresas con fines de lucro, con chambas y relaciones comerciales y laborales que se rigen por su propia lógica. En este contexto capitalista moderno, no se entiende qué justificación puede tener la existencia de esa suerte de repartimientos llamados Trinchera Norte o Comando Sur, grupos que en la práctica encuadran jóvenes NINI (que NI estudian NI trabajan), desempleados, miembros de pandillas, e individuos de mal vivir. En la práctica estas organizaciones reclutan para la realización de acciones pandillescas de alto vuelo y financiadas por las dirigencias de los clubes. No existe en absoluto ninguna justificación sino para su desbande, a mano policiaca si es necesario. Estas bandas de matones deben ser eliminadas de plano, desaparecidas, acabadas, sacadas de nuestras vidas de una vez y para siempre. Si aún después de todo esto continúan existiendo será signo que a las dirigencias de los clubes les importa tres pepinos el tema, y que necesitan de sus delincuentes para su propia sobrevivencia. Se evidenciará la relación delincuencial y encomendera entre las barras bravas de abajo con los cuellos blancos de arriba. Y el problema será entonces de otra clase.

Los poderes públicos

Estamos agradablemente sorprendidos por la rápida y decidida reacción de los poderes públicos a nivel nacional y municipal. Al revés de los últimos gobiernos, tanto el Presidente Ollanta Humala, como la Alcaldesa Susana Villarán se compraron el pleito, y no se voltearon para no ver lo que pasa, como sus antecesores. Esto es algo que con seguridad la oposición de derechas no reconocerá y retrecheará, como es costumbre. Los gobiernos nacional y municipal están, pues, en sintonía con la Nación que se opone terminantemente a que esta situación se eternice. Debe ser porque somos peruanos, pero sorprende que una autoridad cumpla con su deber. Por lo demás, ha bastado que Presidente y Alcaldesa hayan tomado rápidas y contundentes medidas, de esas que pisan callos, para que se haya levantado el consabido clamor mediático en pro de Clubes Deportivos que bien poco tienen de deportivo, y sí mucho de banda.

¿Será esta actitud flor de un día? Dado que el Estado en el Perú se ha caracterizado por su absoluta inoperancia en el tema del deporte, y como consecuencia éste fue dejado a su arbitrio durante luengos años, la actividad deportiva terminó en manos de argollas, y en refugio de individuos de mal vivir en relación de clientelismo con los capos de las argollas. Es que hay mucha plata, señor, y plata internacional incluso. Y sorprende la lenidad y la poca voluntad de la respuesta de los clubes, en especial Universitario de Deportes. Acá parece que de tanto “agarrar” se les acabó la “garra”. Cabe preguntarse, ya para terminar, ¿qué demonios necesitan que pase para que reaccionen, que se prohíba el fútbol?


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viernes, 23 de septiembre de 2011

CONTRA LOS PARADIGMAS DE LA EDUCACIÓN PERUANA









“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.” (Alejandro Dumas)

“Educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela.”
(Albert Einstein)

“Al término de mi mandato de cinco años quisiera haber hecho una gran revolución transformando la educación en el Perú” (Ollanta Humala, presidente de la república)

Parece que estamos en el contexto de una revolución Educativa y sabemos aún poco de ella. Ello puede ser una desventaja, pero también constituye una oportunidad. Se sabe que se necesita “revolucionar” la educación, es decir mover radicalmente sus paradigmas, y está en manos de las actuales autoridades educativas el qué hacer al respecto, los cómos, cuándos y dóndes. Hay bases para iniciarla, porque nunca se parte de cero, para bien o para mal, y hay ideas y situaciones que vienen dadas. La exigencia de resultados “aquí y ahora” que exhiben ciertos voceros y operadores políticos de la oposición en Educación como en muchos otros aspectos, pasa por alto y trata de disculpar frente a la ciudadanía la increíble complacencia con la que se ha tratado el tema en los últimos años, y el guante blanco reservado a los gobiernos anteriores, y negado a éste. Como no se pueden hacer las cosas antes de hacerlas, aún estamos en ese período indefinido de gobernar en que se trata de aprender a velocidad de crucero a mantener andando el aparato a la vez que se le transforma. Y este aprendizaje, como todo aprendizaje que se respete, toma tiempo.

Atrapados aún en la pre-modernidad educativa tendremos que saltar a la post-modernidad, o cuando menos intentarlo con solvencia. Los paradigmas educativos deletéreos suelen romperse de dos maneras: Una es parcialmente, introduciendo mayor o menor cantidad de cambios en algunos lugares, los que producen tensiones y tiranteces en un entorno de alta inercia, muchos cambios terminan eliminados si eran demasiado extraños a los paradigmas imperantes, o malamente adaptados a éstos, con lo que perdían su filo innovador. La Otra es el cambio de estructuras, intentado en nuestro país con la Reforma educativa de los 70, que siguió los avatares políticos de los cambios de gobierno, y se diluyó en parte frente a la contraofensiva conservadora, aunque dejó fuertemente instalados notables gérmenes de cambio en los que hoy nos apoyamos, como la educación inicial y la importancia de la educación productiva. Tal vez este gobierno consiga instalar nuevos gérmenes que resistan a las contrapresiones políticas, y que sobrevivan a los avatares del poder político. La lógica de la cuestión es donde se logran mayores cambios con menores esfuerzos y empleo de recursos.

Todo proceso de cambio es la resultante entre dos fuerzas: La inercia sistémica de la estructura a cambiar, versus la potencia de la nueva estructura de cambio introducida. Las resistencias que las estructuras establecidas ofrecen pasman, retardan o relativizan los cambios, porque las estructuras previas representan intereses más o menos vigentes, dentro de los que se han acomodado ciertos grupos, y por eso los cambios conllevan pisar callos y se necesita mucha audacia. Una política educativa sana ofrece alternativas al choque frontal entre lo que es posible y lo que no lo es; así como entre lo que es moralmente necesario y la estructura legal que lo permite parcialmente o no lo permite. Por ello los liderazgos políticos son siempre arriesgados, porque existen para asumir los riesgos del cambio. Y si hablamos de una revolución educativa, hablamos necesariamente de cambios y de riesgos.

La mejora de la Calidad de la Educación es un tema de alto riesgo, porque no afecta solamente la capacitación de Docentes, nuevos y mejores materiales, o una currícula mejor estructurada; por más importantes que sean. De poco sirven los cambios si no poseen energía propia y no transforman su entorno. La sostenibilidad del cambio se mide en cuánto consigue modificar la estructura anterior en la dirección prevista, y en cuánto consigue impermeabilizarse frente a la influencia negativa de la inercia institucional del entorno. Se ha lanzado un proceso de debate de la currícula nacional, y hay consenso alrededor de la necesidad de capacitar a los docentes. Pero los diversos paradigmas que ofrecen resistencias a los procesos de cambio no verían afectada su inercia únicamente por más y mejor capacitación, materiales o currícula.

La organización escolar

Un paradigma importante se presenta en la organización escolar. Las instituciones educativas son organizaciones que encuadran a alumnos, docentes, autoridades y padres y madres de familia en una estructura determinada cuyo objetivo es el aprendizaje. Sus inercias estructurales se presentan en la forma de un constante conflicto entre los actores. La dinámica de la escuela circula entre el relajo irresponsable y el autoritarismo jerárquico. El centro de las actividades escolares no es el aprendizaje, sino los conflictos entre los diversos actores, que se resuelven apelando a la fuerza, sostenidos en una cultura vertical, de obediencia sin chistar, de uniformidad, de ritos y ceremonias que mal disfrazan la olla de grillos. Los docentes enfrentan a la Dirección y a la vez tratan de contener a los alumnos. Los padres y madres de familia enfrentan a los docentes y la Dirección. Se producen enfrentamientos y alianzas entre los actores, trabados en lucha por el control de la Institución, e incluso la matonería – bullying se inscribe en el proceso, olvidando que la cultura institucional es su principal alimentador. Resolver el problema de la autoridad y los mecanismos para alcanzar consensos entre los actores parecería ser un elemento esencial para atacar este problema, reducir las pugnas internas, y hacer el espacio educativo algo menos tenso y más capaz de educar.

Los docentes

Otro paradigma se expresa en la pedagogía aplicada por los docentes, las personas que intermedian la Cultura social que pretende trasladarse a los alumnos. En la mentalidad de las gentes y de muchos líderes y operadores políticos sobrevive el viejo concepto de la Ilustración, que sobrevalora el conocimiento, la buena preparación y el orden de la clase – reflejado en el silencio, considerado como indicador de un buen desempeño docente - por sobre la capacidad de llegar a sus alumnos y motivarlos y cohesionarlos para que aprendan. La principal cualidad valorada en el docente será entonces su capacidad para mantener el orden en el aula, lo que muchas veces se consigue apelando a una verticalidad autoritaria. Mientras se siga formando y evaluando a los maestros de acuerdo con estos criterios nos mantendremos anclados en la premodernidad, y para soltar el ancla tendríamos que resolver el problema de la formación de maestros en pre y post grado, así como con una actualización y capacitación constantes y sostenidas; y con una evaluación en serio de los maestros en el contexto de una Carrera Pública sólida, que ofrezca oportunidades laborales y de desarrollo personal.

El aprendizaje

El paradigma instalado en el aprendizaje se refiere a los procesos que se emplean para lograr en el alumno el resultado esperado, es decir, el dominio de ciertos contenidos, procedimientos y actitudes considerados importantes. Nos guste o no, aún creemos que “saber” significa memorizar, registrar y transmitir por repetición cierta información dada, y no se evalúa en los alumnos si pueden ejecutar procedimientos motor-intelectuales, sino si han memorizado lo que el profesor les dijo en clase. Se valora al profesor que logra más memorización con menor gasto del recurso tiempo, y se relegan la comprensión y el dominio de los procedimientos intelectuales, que demandan tiempo, porque el tiempo es considerado esencial en la cadena de producción que arroja alumnos a la calle. En un entorno de aula así no hay espacio ni para la curiosidad del alumno – que distrae y molesta – ni para la indagación intelectual y científica – que insume tiempo – ni para la producción autónoma de ideas – que ya están en el texto y en el profe – ni para construir respuestas a las preguntas que, por cierto, raramente se fomentan. Y luego nos preguntamos por qué los muchachos “no entienden” la clase y en cambio se las ven muy bien con la computadora. Necesitaríamos implementar un proceso de cambio de paradigma para todos los maestros, dirigido a las necesidades de la postmodernidad y la formación de los alumnos en capacidades reales y útiles para ellos mismos y la sociedad.

El Centralismo

El paradigma del Centralismo es perverso por donde se le vea, porque se alimenta tanto de arriba abajo como de abajo arriba, en un círculo vicioso de relaciones de dominación y sumisión de unos grupos respecto a otros: Del Ministerio a las Direcciones Departamentales, de éstas a las UGELES, de las UGELES a las Instituciones Educativas, de éstas a los docentes, alumnos y padres y madres de familia. Y para remate, el Sindicato impregnando todos los sectores. El centralismo sirve básicamente para uniformizar el sistema, a fin de mantener bien aceitadas las relaciones de poder. La Diversificación Curricular, cosa buena en sí misma, queda fácilmente pasmada por el control de los procesos de abajo hacia arriba que se ejerce desde los centros de autoridad, en una dinámica cuyo objetivo es controlar desde arriba cada uno de los movimientos posibles de todos los actores. Se ha dicho que lo único que ha logrado la Regionalización es que en vez de mirar a Lima, los docentes y autoridades de las Instituciones Educativas miren a la capital de la Región con la misma actitud y los mismos objetivos con que antes miraban a Lima. Es decir, lo que se ha logrado en tantos años y con tanto gasto ha sido descentralizar el centralismo. Y es palmario que diversificar la currícula no basta. Siempre se ha sostenido que una de las dificultades de la Regionalización es la ausencia o deficiencia de capacidades en las regiones. Sin negar este hecho, se ha pretendido que las regiones aprendan antes de aprender, o que sepan antes de saber, lo que es absurdo considerando que se aprende a montar caballo estando encima de él, no con una descripción acuciosa de la silla de montar. Y así se ha perpetuado y dificultado la transferencia de funciones a las Regiones. Quizá una de las muestras del criterio seguido, casi diseñada para fracasar, ha sido la malhadada y felizmente fenecida “municipalización educativa”, que para evitar entregar poder a las regiones, que podía salirse de los esquemas centralistas, pretendía transferir funciones – las consideradas como “papas calientes” - a las instituciones con más necesidad de formación de capacidades, las municipalidades.

Colofón

¿Bastará entonces con considerar la prioridad del aprendizaje de la Comprensión Lectora, las Matemáticas y las Ciencias, y/o capacitar profesores y/o mejorar materiales y/o reestructurar la currícula? Ayudará, por supuesto, pero contra la corriente, cuando de lo que se trata es de cambiar la dirección de la corriente. De poco sirve meterle más plata a un sistema que no funciona, a no ser que exista una dinámica clara de mantener el aparato en funcionamiento mientras se le va cambiando hacia direcciones concretas y posibles. La gradualidad es útil cuando se sabe qué se quiere y a dónde se va, pero necesita de garantías de sostenibilidad política del nuevo modelo. Deseamos que las autoridades educativas piensen en esto, si no lo han hecho ya. Y deseamos ver resultados, pero habrá que tener paciencia. Vivir para ver.


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martes, 20 de septiembre de 2011

CONTRA LA TELEVISIÓN Y LOS FALSOS DEBATES

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CONTRA LA TELEVISIÓN Y LOS FALSOS DEBATES

El objetivo principal de las televisiones comerciales es la rentabilidad económica de otro modo no tiene sentido su existencia. (Santos, M. y Pérez, J.; 2004: 336).

La televisión ha hecho del entretenimiento su formato natural y, por tanto, nos presenta el mundo desde la perspectiva del espectáculo. Es una idea típicamente comercial emanada de una cultura televisiva ligada íntimamente al anuncio, que lógicamente no puede ser aburrido. (Piedrahita, 1995: 86).

El sábado 17 de septiembre de 2011, el diario La República publicó uno de sus excelentes Dossiers referidos a temas de actualidad. No necesitan mi propaganda pero igual se las doy. Un grupo de profesionales y personajes vinculados en este caso al tema “Niños y Televisión – El monstruo en la pantalla” debatieron y conversaron con solvencia sobre varios aspectos, guiados por un moderador que orientó el tema. El planteamiento inicial del Dossier fue “analizar la influencia – formadora o deformadora – de la llamada caja boba en nuestros niños y los alcances del horario de protección al menor”. Considerando lo ausente que está la crítica fundada de la gran mayoría de la prensa, no podemos sino felicitar a “La República”, lo que consideramos excelente pues permite el debate ciudadano. Debo decir que me he divertido mucho al enterarme que existe un horario de protección del menor.

Últimamente he estado viendo un poco más de televisión nacional. No porque sea mejor, sino más bien para enterarme si es que ha cambiado algo. Parece que no. Según se ve sigue manteniendo exactamente los mismos formatos, estándares y taras que arrastra hace mucho tiempo, sin que al parecer la crítica consiga atravesar esa piel de elefante. La relación de los niños con la Televisión resulta de vital importancia para la Sociedad. El Dossier es, en este sentido, muy esclarecedor, avancemos desde allí.

El Dossier muestra la palmaria superficialidad y grandes desencuentros que hay entre los que se supone conocen el tema, con las debidas excepciones. Muchos argumentos planteados por los sesudos y capaces participantes dan vueltas y más vueltas sobre sí mismos, sin aparentemente poder resolverse jamás. Los lectores quedan, como con muchos temas en el Perú, enredados en una trompeadera de pulpos conceptual para terminar en la misma calle, con la sensación de que el problema termina por ser tan estructural que parece un nudo gordiano de esos que ni Alejandro Magno podría cortar a machetazo limpio. Así se instala la sensación de que el monstruo es tan enorme que nada se puede hacer con él, que el problema es irresoluble y continuará eternamente, hágase lo que se haga. Creemos que esto en parte se debe a los falsos debates que pueblan este tema y lo llenan de neblina.

Falsos Debates

Un falso debate es aquel en que los términos o posiciones en disputa no corresponden a la realidad objetiva, o no son conceptualmente opuestos. En los falsos debates abundan los traslapes temáticos y los momentos en que ambas partes discuten sobre cosas diferentes, muchas veces sin saberlo. Creo que era Voltaire quien señalaba que antes de entrar en una discusión hay que ponerse de acuerdo sobre lo que se trata y definir los términos. Con este y otros truquitos los falsos debates se pueden resolver con cierta facilidad. Pero demasiadas veces resulta que no es así, lo que deja la impresión de una voluntad generalizada de dejar las cosas como están. Pero no trato de acusar a nadie, digamos simplemente que el tema es peliagudo y está atravesado por intereses económicos y políticos. Mucha plata y poder corren en esto. Por supuesto, estamos hablando de la llamada Televisión Abierta, que vive de la publicidad y que se opone a la Televisión por Cable.

Un falso debate: La televisión abierta y el cable

Se pone invariablemente en el mismo saco a una y la otra. Naturalmente son muy distintas en lo que importa, la fuente de sus ingresos. Mientras la televisión abierta vive de la venta del espacio de audiencia capturado, los suscriptores de cable pagan una cantidad mensual por ver determinados canales que poseen carácter temático, lo que permite un ejercicio de la libertad de elección muchísimo mayor. Para decirlo de un queco: Si no quiero ver basura, cambio de canal, porque hay una amplísima oferta de canales de películas, culturales, de noticias, de deportes, de series, infantiles, etc. Se ve que la libertad cuesta plata, pero eso no es motivo para que la TV de señal abierta tenga necesariamente que emitir basura. Pase que no haya una perfecta igualdad de oportunidades, pues que el Cable tiene un costo, pero es realmente insidioso que se sirva basura en todos los canales a la misma hora. Un ejemplo, que retomaré después, es el de las noticias nacionales, que están tan sesgadas que si uno quiere enterarse de qué pasó en el Perú mejor se va al noticiero de López Doriga, mexicano. Por otra parte el favorable impacto del cable en la Educación masiva es muy notable y ha merecido sesudos estudios, y por eso señalar con tanta soltura de huesos que “no se sabe” si hay impacto educativo en los programas de TV es ridículo.

Un falso debate: ¿La Televisión tiene por fin entretener o educar?

Jamás entenderé por qué hay cosas que se plantean como alternativas de tercio excluido, cuando no hay por qué. ¿Quién dice que no se puede entretener educando? O para el caso educar entreteniendo. Y más aún, no entiendo de dónde viene esa barbaridad de que el aprendizaje tiene que ser farragoso, pesado y aburrido, que es el concepto atrasado y tosco que está atrás de esta cuestión. El problema de fondo no es la finalidad de la Televisión, porque eso está claro. La finalidad de la TV es tener bajos costos y altas utilidades, y es así porque la Televisión en el Perú es un negocio. Punto. Como negocio, su lógica subyacente es ganar plata. Punto. Como negocio, necesita estar sometida desde todo punto de vista a los avatares de la mano invisible del mercado, y para que esto sea posible, se necesita de la máxima libertad en los contenidos. Punto. Y el concepto de la Libertad de Expresión, por ende, protege la emisión de dichos contenidos. Y otro punto más, aunque aburra.

Si creemos que la educación está contrapuesta al entretenimiento, pues entonces no se tiene claro ni qué es educación ni qué es entretenimiento. Así pues, qué vamos a meter educación en la tele, si creemos que eso es pasar clases tradicionales en aula por la pantalla chica, que así fue en las épocas de la Televisión “Educativa”. Además, el concepto “Cultura” en la tele está reducido al género documental, un cierto tipo de programas que, ya sabemos, son imágenes narradas en forma lenta, pesada, aburrida y destinada a rellenar la programación de la madrugada.

Otro falso debate: La trampa del rating

El “rating” se vincula al tema, y conlleva un entrampe. Si proporcionas “Educación” o “Cultura” en la pantalla tu audiencia se viene al piso, en especial si los demás continúan pasando las mismas monsergas que hace ya tres generaciones se vienen endilgando a la gente. Y si tu audiencia se viene al piso, entonces no emitirás ni “educación” ni “cultura”, porque no podrás vender audiencia. Este falaz razonamiento se viene al piso si consideramos que hay canales de Cable que no solamente se especializan en la “cultura”, sino que inclusive se segmentan: El grupo Discovery Channel tiene canales dedicados a historia, ciencias duras, tecnología y otros. La diferencia es que el formato empresarial es diferente y obedece a las leyes de los países que los domicilian, al revés de acá, donde es el estado el que obedece a las televisoras.

El rating es cosa simple, es el número de hogares o aparatos de televisión conectados en un determinado momento a un determinado programa, mostrado como porcentaje del total de la población que ve TV a esa hora, sean cien personas o cien millones. Naturalmente se mide empleando un muestreo, que es manejado en nuestro país por una sola empresa: IBOPE. Al margen de la posible manipulación del rating, que puede o no producirse, hay un hecho que es incontrovertible: La gente trabaja, o va al colegio, o duerme la mayor parte del día. Eso quiere decir que los programas más vistos lo son en el horario nocturno, entre las 7 y las 11 de la noche. Si quieres rating, pon tu programa a esas horas, el atractivo tendrá relativamente poco que ver. Si no lo crees, prueba a pasar “Al fondo hay sitio” a las 3 de la mañana, y fíjate cuánta gente lo ve. Curiosamente dicho programa es el más visto por los niños, no un programa infantil. “Al Fondo hay Sitio” es una comedia costumbrista a la que no se le puede negar ciertos aciertos, como tampoco algunas metidas de pata. Pero no es un programa para niños, eso es evidente.

Los programas más vistos lo son por su ubicación en el llamado horario estelar, no porque sean mejores o peores. Vale decir, el rating es muy relativo. La segmentación en grupos predeterminados – amas de casa, público infantil, etc. – ha producido ciertos tipos de programas que se supone producen sintonía en dicho segmento: Telenovelas, programas infantiles, etc. Dichos programas se rigen por el esquema de costos – ingresos, y en realidad no representan sino una cosa: Utilidades. Vender espacio de TV para tandas comerciales depende entonces de lo que el mercado esté dispuesto a ver, y eso significa tanto segmentación como contenidos. Se adecúan los contenidos a la audiencia esperada, se captura a dicha audiencia, y luego se vende el espacio intermedio para publicidad. La lógica de los costos mínimos nos lleva a una posición típica: “Esto es lo que le gusta a la gente”, lo que implica un círculo vicioso con un doble efecto: Por aquí la integración de las personas a esquemas específicos y escalados de contenidos de programas: Típicos programas infantiles, Telenovelas, Noticiarios, etc.; y por allá la adaptación de dichos contenidos a las características del marketing para cada segmento. Un círculo vicioso muy difícil de quebrar.

Un paréntesis

(No tengo nada contra el marketing, la segmentación o las utilidades. Pero el espectro electromagnético no es propiedad de las empresas televisoras. Se entiende que la televisión sea un potente medio de publicidad para las empresas, y que estas deseen emplearlo, y que haya una guerra entre las empresas televisivas para captar cuentas importantes, para lo que necesitan capturar audiencia. Eso en sí no tiene nada de negativo, a no ser que para ello se empleen medios claramente nocivos para la sociedad).

Otro Falso Debate: ¿Cómo son los niños?

Sería muy bacán que los productores de programas de televisión tuvieran asignados psicólogos infantiles. De hecho no los deben tener, excepto posiblemente para los programas tildados de infantiles. La verdad es que parece que el juicio más profundo al respecto aparecido en el Dossier fue: “el niño de hoy nos supera”. En primer lugar, que no hablen por todos, que no tienen derecho a pasarnos su desconcierto. En segundo lugar, tengo entendido que hay montones de especialistas en niños, y me resulta muy complicado creer que no sepan nada que los productores de programas no puedan utilizar. Basta con hojear algunos textos o artículos de Internet para encontrar cosas muy sensatas sobre los niños y el efecto de la TV sobre ellos. Por lo que he visto, el desconcierto se evapora cuando se trata de dos hechos: La decisión y la capacidad de gasto que poseen ciertos segmentos de niños y adolescentes, porque eso sí se conoce a la perfección. Curiosamente fue un tema que no se tocó sino lateralmente en el Dossier. La verdad es que ese es el único criterio que el Gerente de Programación atiende a la hora de determinar si los contenidos de un programa determinado son o no adecuados a los niños. Las frasecitas hechas sobre lo distintos que son los niños de hoy de los de antes están bien para la sobremesa, no para una discusión de dizque especialistas. Alegar ignorancia no exime de responsabilidad.

Sería para reír si no fuera por las ridiculeces en que se cae. Un programa de dibujos animados como “South Park” se transmite en USA fuera del horario infantil porque es un programa dirigido a público adulto. Pero acá se puso en horario infantil  … porque era dibujos animados.  

Otro falso debate: ¿Cómo son los peruanos?

Los estereotipos alrededor de los peruanos se muestran en toda su extensión es los mal llamados “programas cómicos”, así como en la publicidad. Los modelos de belleza son bastante invariables, y ello parece deberse a una suerte de temor a la innovación por parte de los creativos publicitarios, que no parece sino que desean transitar por caminos ya trajinados, de hecho más baratos. Los programas llamados cómicos se transmiten todos en horario estelar, dentro del “horario de protección”, y ahí vemos apología del racismo y celebración de estereotipos negativos referidos a grupos étnicos o de preferencia sexual. La comedia ha sido degradada y virtualmente ha desaparecido de nuestras pantallas, sustituida por una suerte de copia mal hecha del vodevil de otras latitudes, basado en el facilismo del golpe y porrazo. Nos parece que estos contenidos no son deseables para nuestros niños.

La imagen que los peruanos construyen de sí mismos diariamente es golpeada por esta suerte de ignorancia sobre los peruanos. No parece sino que estuvieran destinados a dividirnos y enfrentarnos. Pensemos en los noticieros. Entre el 60 y el 75 % de sus contenidos están basados en la mostración de cadáveres. Fuera del hecho de la intención política de hacernos creer que la cosa es peor de lo que es, que tiene inquietantes y evidentes connotaciones políticas, está el estereotipar a los peruanos como delincuentes. Los que ven estos noticieros a diario ven, mañana, tarde y noche (al diablo la protección de menores), que hay una suerte de cerco que la delincuencia establece contra la ciudadanía. Nadie dice que la seguridad ciudadana no es importante, pero lo cierto es que de lo que se trata no es informar, sino de producir la sensación de indefensión en la ciudadanía.

Otro falso debate: Los desnudos en televisión

El cuerpo humano es hermoso, y eso se puede constatar en el arte universal de todas las épocas. Por otra parte el sexo es una función fundamental, totalmente inherente a la persona humana. Y no hay que olvidar que el acto sexual en sí mismo posee elementos de agresividad, que al ser mostrados con exageración impactan en los niños y adolescentes de manera negativa. Además, y conviene no olvidarlo, se usa para la venta, dado que hasta un monje trapense se volteará si ve los pechos desnudos de una joven. Se califica de controversial un desnudo mostrado en televisión en el contexto de una trama centrada en las relaciones sexuales entre el Virrey Amat y la famosa Perricholi. Lo cuestionable, claro, no es el cuerpo desnudo, es qué haces con él. Una violación, por más que haya ropas puestas, es una violación; por más elíptico que seas. El uso del cuerpo femenino o masculino para la promoción de productos y servicios implica, quieras o no, el uso del sexo para la venta. En todas las esquinas de la ciudad se puede encontrar desnudos, en foto y dibujo. Parece que los “broadcasters” necesitan proteger una fuente importante de ingresos, pues cuando se les acaba la creatividad a los marqueteros de chelas, meten chicas en paños menores, y mientras más menores las chicas y paños, mejor. Así se aseguran que la marca impacte. Se puede ser pornográfico sin quitarse la ropa, y de hecho se juega con la represión de las gentes de esa manera para atraer audiencia fácil.

Se escandalizan los conservadores del desnudo de La Perricholi, pero a diario se muestran cadáveres destrozados en los avances de los noticieros dentro del horario de “protección al menor” – como se dice en el Dossier, los cuadraditos son ridículos – y se juega con las declaraciones de las personas para generar noticia. Está claro que si no tienen claro estructuralmente cómo son los niños y los peruanos, dada la deformidad profesional, menos se va a entender la diferencia entre erotismo y pornografía. Sería bueno que se deje atrás la artesanía que ha primado hasta ahora y se ingrese a una etapa diferente.

Conclusión precaria

Se ha dicho claramente, y este es un mérito de la publicación reseñada, que la Televisión definitivamente forma el carácter de una sociedad. Nadie de los presentes se opuso a esta afirmación, y el que calla otorga. Hubo además la afirmación concreta de que la Oferta televisiva abierta es muy mala. Tampoco hubo oposición. El llamado horario de protección será siempre una completa falacia a no ser que se aclare qué es lo que la sociedad quiere. Y es de esto de lo que al final se trata, de saber qué es lo que la sociedad quiere. El esquema de la autorregulación es un fracaso bastante evidente. Necesitamos maneras de hacer intervenir a los actores sociales en la Televisión, salvaguardando la formación de los niños y jóvenes, la Libertad de Expresión y la propiedad pública del espectro electromagnético.

viernes, 16 de septiembre de 2011

CURRÍCULA NACIONAL EN DEBATE (3) o Por qué se odia a las matemáticas y las ciencias


 CURRÍCULA NACIONAL EN DEBATE (3) o Por qué se odia a las matemáticas y las ciencias

"Hay una considerable evidencia de que estamos naturalmente programados para que nos gusten las matemáticas (a todos los niños de cinco años que he conocido les gusta sumar y restar), hasta que el placer se estropea por una enseñanza incompetente u otros factores sociales" (Serge Lang)

Metidos en el ajo de la Comprensión Lectora y los temas de Inclusión Social se nos suele pasar algunas otras cosas que no están directamente en nuestra mira, pero que tienen igual importancia. En este caso pienso en lo que ocurre con la Educación en ciencias y matemáticas. No me acuerdo donde leí que apenas el 18 % de los alumnos peruanos poseían algún tipo de gusto por las matemáticas, mientras que el resto simplemente las detesta con variantes de grado, y no parece que el asunto sea mejor en ciencias.

Cuestión de suerte

Yo tuve dos enormes suertes en la vida. La primera fue tener en 2do de Media un profesor que me enseñó no tanto matemáticas, que nunca he sido demasiado malo en ellas, sino la belleza que éstas poseen. Recuerdo que tras una brillante exposición del Binomio de Newton llevada a efecto elegante y ordenadamente en la pizarra, me atreví a levantar la mano y preguntar por qué la cosa era así y no de otro modo. El profesor me pidió que me quedara después de clase y me hizo la demostración del tema, por cierto quizá más allá de lo que yo hubiera querido, pero el hombre estaba tan emocionado con la pregunta que pasé por la teoría de exponentes y el triángulo de Pascal sin chistar, ya que no creí oportuno contradecirle. Pero la explicación y el entusiasmo del profe me dejaron clavado para siempre en el alma el bichito de la elegancia y la lógica blindada de las matemáticas, y desde entonces tuve un moderado gusto por la disciplina en cuestión. De hecho y gracias al profesor, no llegué como casi todos mis compañeros a odiar las matemáticas, sino apenas a deplorar sus dificultades.

La segunda suerte que tuve fue doble: Pasé por una enfermedad grave y fulminante que me tumbó varios meses en la cama, y a la vez poseía casi todos los tomos de la colección Salvat de Ciencias, que en aquella época se editaba semanalmente. Metido en la cama sin poder apenas moverme, y harto de la programación de la televisión nacional – no había cable en aquellas antediluvianas épocas – me leí todos y cada uno de esos libros, amén de muchos más sobre otros temas, que siempre he sido voraz devorador de páginas impresas. Pero lo cierto es que aquellos volúmenes, bien escritos y puestos al alcance de una persona con cultura general y tiempo de sobra, me abrieron perspectivas de la ciencia que para mí eran insospechadas. Y tuvieron parte esencial en mi curación, al proporcionarme algo más en qué pensar que en el rasca-rasca que la ictericia produce. Títulos como “El Universo Desbocado”, “Otros Mundos”, “La Lógica de lo Viviente” y “Patrones y Pautas en la Naturaleza” determinaron que ya no pudiera contemplar las cosas como antes lo hacía, y me preguntaba desde mi lecho de enfermo cómo era posible que hubiera vivido hasta entonces sin entender por lo menos en algo el mundo que me rodeaba. De hecho, me enteré del tamaño de mi propia ignorancia, y adquirí una pasión por las ciencias duras que a veces me hace caerle pesado a otras personas. Esta magnífica y hoy desfasada colección – el tiempo pasa y la ciencia avanza con enorme rapidez en estos días – me acercó a autores como John Watson, descubridor de la Doble Hélice del ADN; Richard Dawkins y su Gen Egoísta; Jane Goodall y Dian Fossey, investigadoras de chimpancés y gorilas de montaña; Irenäus Eibl-Eifesteldt y Niko Tinbergen, y sus estudios sobre la conducta animal y humana; Arthur Koestler y la historia de la Ciencia, el enorme divulgador científico Martin Gardner, y hasta al mismísimo Albert Einstein, entre muchos otros. La curiosidad por la ciencia no me ha abandonado desde entonces y he de decir que es una parte importante de mi felicidad personal el entender algo del Universo en el que me ha tocado pasar mi vida. Hoy en día, que hay tantos recursos disponibles por Internet, no hay pretexto para no hacer las cosas bien. Vale la pena mirar estos dos links de TED para convencernos:


  
Carreras de “letras” y de “ciencias”

Hasta ahora he visto la cosa desde la perspectiva exclusiva del gusto y la afición. Pero la utilidad de las matemáticas y las ciencias duras en la actualidad es bien conocida, así que sobre ella no me explayaré. Pero es bien cierto que una medida de nuestro subdesarrollo está dado por el hecho de que las aulas de Derecho, Educación y Gastronomía están abarrotados de jóvenes estudiantes, hasta el extremo de la masividad; mientras las carreras de Química, Física y Matemáticas cuentan con pocos alumnos y menos egresados aún, y de hecho cuentan con muchos más recursos para el aprendizaje y bastante mejores posibilidades laborales.

¿Dije posibilidades laborales? Sí, lo dije, pero esa es una verdad a medias. No somos productores de tecnología y nuestro país se dedica básicamente a exportar materias primas. El empleo se concentra en el sector de servicios, de bajos salarios y productividad. Nuestra sociedad desprecia la inteligencia y favorece un utilitarismo de mercado chato y facilista. Casos y ejemplos sobran. Las ingenierías en general no tienen pierde, pero la mayoría de los ingenieros parecen dedicarse a otras actividades alejadas del contacto con lo científico y tecnológico. Los científicos se ven en la alternativa de fracasar en el Perú o emigrar a otras latitudes, casi cualesquiera otras latitudes, porque cualquier parte está mejor que nosotros. Somos el país de América Latina que menos invierte per cápita en Ciencia y Tecnología, con la excepción de Haití, lo que en verdad ya llega a lo penoso. Está claro que, a no ser que hagamos algo, y pronto, se nos pasará el carro de la historia, y seguiremos lamentándonos de nuestra suerte, desde las carreras de letras por supuesto. En cierto modo parece que nos gustara seguir siendo analfabetos funcionales en ciencias y matemáticas, y mirar por sobre el hombro a otros países, verbigracia los Estados Unidos, como países de gentes ignorantes, cuando lo cierto es que la gran mayoría de los científicos de todo el mundo se concentran en Norteamérica, y solo últimamente en otros países que empiezan a reconocer su retraso al respecto. Aquí seguimos en una suerte de autocomplacencia bastante estúpida, la verdad; y también encerrados en la trama viciosa de la supervivencia individual.

Digámoslo con todas sus letras y sin anestesia, el criterio que los muchachos siguen para la elección de carrera es espantosamente simple: Cuál es más fácil. Las familias, con muy pocas excepciones, no pueden pagar carreras difíciles, a las que los estudiantes deben dedicar tiempo y esfuerzo que los retrotraen del cachuelito que aliviará la economía familiar. En otros casos, como medicina, la carrera es larga como suspiro de jirafa. Las capacidades que los alumnos traen de la escuela son tan inexistentes en muchos casos, que su elección se va a lo que les parezca más cercano a sus posibilidades, es decir las famosas carreras de “letras”. Y quizá lo más penoso de todo es que las carreras de letras son también científicas.

Un par de casos

El otro día, en una entidad de cuyo nombre no quiero acordarme, escuché que se pretendía dividir la investigación en tres categorías: La científica, la tecnológica y la social. Me costó un enorme trabajo explicarle a varios abogados, sociólogos y psicólogos que la Investigación Social también es científica, y que no podía dividirse el esfuerzo de esa manera. En fin. El otro caso es peor si cabe. En una ocasión, un muchacho de quinto de secundaria, inteligente y preocupado por la elección de carrera, me pregunta qué puede estudiar. Trato de darle orientaciones precisas. Él me interrumpe y me dice: “No, no, no. Javier, ¿cuál carrera es la más fácil?” Casi me agarra. Traté de explicarle que eso de “más fácil”, así en general, no existe, que lo que hay son capacidades y gustos y que lo que de repente para uno es más fácil para otro no lo es, pero que al final todo depende de qué es a lo que quieres dedicarte los próximos veinte o cuarenta años de tu vida; que eso puede ser difícil, pero que el esfuerzo vale la pena tanto si te puedes ganar la vida como extraerle satisfacciones personales. El chico me miró con ojos de plato, y me respondió: “Ya. Eso lo entiendo. Pero, ¿cuál es la más fácil?”

Mercantilismo educativo

Apoyados en el malhadado concepto del lucro educativo, tan puesto en cuestión en Chile en estos días, ciertos grupos forman Universidades cuyo nivel es muy cuestionable, pues se basa en el mismo criterio de mercado que se emplea para fabricar salchichas, que es meter materia prima por un extremo de la línea de producción, y recibir por el otro el producto terminado. Vale decir obtener ganancias máximas con el mínimo de inversión y costos. Por supuesto, hay que mantener al alumno en el aula todo el tiempo posible, para que pague, y con eso los niveles de calidad se vienen al piso, pues los profesores universitarios, cual obreros intelectuales mal pagados, se van por la del mínimo esfuerzo, como los estudiantes mismos. Equipar la carrera de Derecho no requiere laboratorios ni gastos excesivos. Y además sabemos en positivo que en nuestro país no cuenta si sabes algo, sino cuantos papeles acumulas. Y el papel a nombre de la Nación es un sine qua non para poder competir por unos pocos y mal pagados puestos en el sector de servicios. Y como de lo que se trata es de tener alumnos que paguen, entonces no podemos ser demasiado exigentes en el pre-grado, los diplomados y maestrías. Las universidades nacionales andan en las mismas, por cierto, y en muchos casos peor, pues los presupuestos del estado se dan con cuentagotas, y se pretende que hagan lo mismo que universidades particulares con el triple de presupuesto y diez veces menos alumnos. Las carreras de ciencias no son rentables. Como dice la canción, así no se cura ni un callo en el pié.

Qué pasa con las matemáticas

El problema con las matemáticas, como bien lo sabía mi profe de 2do de media, es que no se les presentaba a los alumnos de manera adecuada. Hay un equilibrio entre dificultad y motivación: A más alta motivación, la dificultad de la materia puede remontarse más fácilmente. Motivar al alumno para el inevitable esfuerzo de aprender cosas difíciles parte del hecho simple de crearle atractivo a lo que estás enseñando. Si no, de dónde diablos se le va a sacar la motivación al alumno. Es mucha verdad que las cosas deben hacerse tan fáciles como se pueda, pero no más fáciles de lo que son, y el problema aquí es que muchos enseñan matemáticas como si fuera un conjunto de fórmulas. Las matemáticas no son un conjunto de fórmulas, son una construcción con una lógica, y el enseñar la fórmula sin la lógica puede ser útil para eventualmente manejar un carro, pero no para diseñarlo y construirlo. Más que enseñar matemáticas se debería enseñar el lenguaje de la matemática, a pensar en matemático, y eso se puede hacer desde la infancia, porque también los números son bacanes para los chicos y uno se puede divertir enormemente con ellos. Y mientras más nos divertimos con algo, mientras más podemos jugar con ello, las dificultades de dominarlo se nos hacen más llevaderas. El otro factor es la utilidad, que para muchísimos alumnos no es evidente, y trabaja como una especie de motivación al revés, al producir la satisfacción de resolver un problema complicado a través de la transferencia de lo aprendido. Preguntémosle a los rusos como hacen para enseñar matemáticas, y encontraremos el vacilón del lenguaje matemático unido al ajedrez y a los concursos. Os americanos hacen cosas parecidas, más anárquicamente, como es su estilo, pero con bastante efectividad. Una combinación entre una motivación ex ante, y otra post-hoc puede ser útil. La pasión del maestro de matemáticas es un elemento que debería cotizarse a precio de oro. Escuchemos a los didactas de la matemática, y entreguémosles la espada del augurio. Estoy seguro que se puede. Y ahora hay plata para hacerlo.

Qué pasa con las Ciencias

Pensemos en las ciencias. El tema de las ciencias, una vez más, no es contarle el asunto al chico como si fuera una clase de historia, es enseñarle a pensar y actuar de acuerdo a un método, el científico. De no hacerlo así el asunto equivale a enseñarle hechos sin mostrar la lógica subyacente. Se enseña lo que es el átomo como si se tratara de demostrar la existencia de Dios. Es verdad que no tenemos ciclotrones, pero me pregunto si es tan difícil construir “cámaras de niebla” para mostrarles a los alumnos a las partículas subatómicas en acción. No hace mucho tuve la oportunidad de ver a los muchachos de “Ciencia Loca” en un cumpleaños. Pues sí, era el Cumpleaños de una niña de seis años, si mi memoria no me engaña, y no puedo menos que felicitar a los padres y madres de familia que con tanta inteligencia los contratan para las fiestas infantiles. Los locos muchachos de Ciencia Loca hacían experimentos de varios tipos, que involucraban conceptos abstrusos de química y física, así como espectaculares resultados muy fáciles de conseguir. Los encantados asistentes de esa fiesta, de entre cuatro y ocho años de edad, y no exagero, se desesperaban por ver, escuchar, oler y tocar cuanto se les ponía delante de las narices. Hubo un momento en que los dos profesores presentes tuvimos que ponernos en medio para evitar que los chicos arrebataran los experimentos de las manos de los ejecutantes. Qué diferencia con una clase típica de Ciencias, ¿no es cierto? Una típica clase de ciencias en el cole es algo así como una suerte de tortura china intelectual, y, salvando las distancias, parece ser una oda al pensamiento mágico, donde en vez de que sean Dios o los ángeles los que mueven el Universo, se presenta a elementos metafísicos, herméticos y misteriosos como la “Gravedad” o el “Electromagnetismo”, sin molestarse en explicarlos y mostrar cómo funcionan. El Universo presenta a los sentidos inmensas posibilidades, pero en el salón de clase se hace lo posible para hacer la cosa de lo más aburrido. La pasión del maestro de ciencias es un elemento que debería cotizarse a precio de oro. Hay que escuchar a los didactas de las ciencias, hay que hacerles caso. No hay que temerle al cambio, que no es así como se hace ciencia, precisamente. Estoy seguro que se puede. Y ahora hay plata para hacerlo.

Colofón

Le dedico el final de este artículo al Maestro. No hay Maestro en el mundo que se meta a la carrera con el afán de hacerse rico. Lo que trata es, si hay vocación y no se metió porque era más “fácil”, de enseñar a lo chiflado y disfrutar cada segundo haciéndolo. Pero los maestros se pasman, adocenan y deprimen. Los años los frustran y la falta de plata los proletariza y envilece. Y aún así siguen luchando. Observemos un hecho simple, el sueldo. El obrero de la educación tiene que trabajar a destajo para poder mantener su familia. Así, ¿qué pasión puede sobrevivir? ¿Y en qué tiempo imaginará o se capacitará para hacer de su clase algo que valga la pena? Sin el maestro no hay revolución educativa. Empecemos por tratarlos como seres humanos. Y punto, por ahora.


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miércoles, 14 de septiembre de 2011

EDUCACIÓN E INCLUSIÓN SOCIAL

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Para algunos, hablar de comida es bajo. Y se comprende, porque ya comieron.” (Bertold Brecht)


Hoy se habla en todos los idiomas de Inclusión Social. De hecho, los resultados de las últimas elecciones podrían interpretarse como un incomodísimo empate entre dos posiciones básicas: Crecer para incluir, o Incluir para crecer. Como dos hermanos enemigos, parecidos pero no iguales, y a veces opuestos, ambas posiciones requerían de una u otra manera ser armonizadas para impedir la espantosa posibilidad de la polarización política, tantas veces padecida por los peruanos a lo largo de su historia. La muñeca política del premier, y ciertamente la disposición abierta - e incluso sincrética - del presidente de la república arrojan resultados sorprendentemente favorables en la opinión pública, si le creemos a las encuestas de opinión. De paso, no es que les creamos más que antes. Ciertamente, las empresas de opinión pública tienen que vivir de su credibilidad, y no pueden estar eternamente haciéndose el harakiri, como sí parece ser el caso de ciertos medios de descomunicación.

Por otra parte, la Educación siempre ha sido considerada como una herramienta importantísima de ascenso social, con lo que entonces la posibilidad de que pueda ser utilizada como herramienta de inclusión social resulta interesante de visualizar. Creemos que el sistema educativo, tal como está, no solamente no es inclusivo, sino que más bien perpetúa la exclusión social, claro, a no ser que cambie de una u otra forma, pero demasiadas veces ha ocurrido que los Odres Viejos revientan cuando se les echa Vino Nuevo, y esperar que cuatro o cinco medidas aisladas permitan un proceso de cambio sostenido a veces no es realista. Como en el París de mayo del 68, y tal vez como los pingüinos chilenos de hoy, para ser realista hay que pedir lo imposible. Y nos parece que de eso se trata hacer una Revolución Educativa.



Educación Inclusiva



La Educación Inclusiva es un modelo pedagógico dirigido a enfrentar el problema de la Diversidad de los alumnos. Los niños y niñas son diferentes entre sí, y se trata de enfrentar este problema, que se transparenta en diferentes maneras de asumir la realidad, por oposición a un modelo que fuerza la integración de todos a unas mancuernas educativas ideologizadas. Esto de la Inclusión muestra aquí una relatividad. Incluso las personas más iguales entre sí son diferentes por razones de variabilidad genética. El problema es cuando empiezan a establecerse grupos de excluidos, que siempre suponen grupos de incluidos. Por alguna razón que nunca se nos ha alcanzado, los grupos de incluidos siempre son mucho menores en número, y tienden además a aislarse y formar ghettos de incluidos.



Creo que vale la pena hacer la distinción entre Integración e Inclusión: Se integra cuando los diversos excluidos son forzados a adaptarse al sistema pre-existente, en cambio se incluye cuando es el sistema el que se adapta a la diversidad de las personas.



Dado que un elemento importante de la planificación educativa es el diagnóstico, el conocer a los alumnos implica identificar sus características diferenciadas en habilidades, capacidades, intereses, estilos de aprendizajes, cadencias y ritmos, etc. Los alumnos enfrentan en general los mismos retos de aprendizaje, pero responden ante ellos a su propia manera, y por eso el buen maestro, la buena institución educativa y el buen sistema educativo se esfuerzan por conocerlo para responder a sus necesidades. No aspiramos por lo tanto a uniformizar mentes ni a hacer que los alumnos marquen el paso, como estamos seguros le encantaría a algunos nostálgicos de la palmeta, el ghetto y el patriarcalismo.



Quienes son los excluidos.



Los hay de todas menas y calibres. Nuestro sistema socio-político-económico se ha dedicado con calidad de especialista a construir exclusión social, de manera que hayamos una frondosa clasificación en nuestro hermoso país. Existe exclusión por carencia de medios económicos – léase pobreza -, exclusión por pertenencia a minorías étnicas, culturales y/o lingüísticas, de género o de grupo etáreo (a veces esas minorías son tan grandes que parecen mayorías), o exclusión por situación de desventaja social, como es claramente el caso de las personas con discapacidad.



Ahora imaginémonos una mujer, quechuahablante, anciana, pobre y discapacitada; y llegaremos al non plus ultra de la exclusión social. Sin embargo, esto tiene sus relatividades. La pobreza es el grande y definitivo exclusor, en la medida que todo lo demás lo que hace es enajenar a la persona de la posibilidad de disfrutar de las mismas posibilidades sociales de los incluidos. Estas posibilidades se centran en el disfrute de los derechos y en el pleno acceso a los mercados de factores.



En qué consiste la exclusión



La exclusión es un hecho concreto. Y se puede vivir desde dos perspectivas: Desde arriba y desde Abajo. Claro, no es lo mismo comer que no comer, ni es lo mismo tener un sentimiento generoso desde la mesa del cafetín, cuando una anciana quechuahablante te pide limosna, que mirar desde lejos el banquete que otros se dan. La famosa sensación del “resentido social”, que ciertas personas consideran como una suerte de espantosa condición moral, muchas veces es el pre-requisito (término horrible) del ascenso social. La sensación de estar fuera de los de abajo no solamente es la pasiva de no pertenecer, sino la activa de percibir el rechazo, con el raciocinio posterior casi sin palabras – las imágenes cuentan más – de que el mainstream corre por un lado, y yo, mi familia y mis referentes por otro muy distinto y harto deprivado. En los niños y jóvenes se manifiesta poniendo en cuestión – siempre en imágenes más que en palabras - el orden general sobre el que se establece la posición de mi familia. La omnipotencia de mis padres y la base de su autoridad se ve remecida por un sistema de valores allá afuera que no es el que mi familia y mis referentes me enseñaron, y que más bien se opone a él. Esta sensación es desestabilizadora y destructiva, y requiere de ser procesada, lo que inevitablemente ocurrirá de uno u otro modo. Pero tratemos de no deslizarnos a la subjetividad.



Las personas excluidas lo son porque no se les permite el pleno disfrute de sus derechos, y porque se les bloquea la libre concurrencia a los mercados de factores económicos, es decir a los mercados de Tierra, Trabajo y Capital. Hay relación entre ambas circunstancias, por supuesto, lo que explica en gran medida la existencia de la informalidad política y económica, es decir la construcción de un “orden subordinado al Orden” donde pueda incluirme. Los mercados de factores, vale decir, la propiedad, las posibilidades de ascenso laboral y la disposición de Capital de Trabajo han sido de diversos modos, antiguos y modernos, expropiados por determinados grupos. Esta expropiación se ha sostenido desde la conquista española hasta la fecha, y ello a pesar de ciertos procesos democratizadores que la sociedad peruana ha sufrido a lo largo de los siglos, pero a los que cierta Derecha Recalcitrante aún se opone, aunque en la actualidad solamente les pueda oponer vetustas, rancias y olorosas ideas provenientes de lo más graneado del conservadorismo novecentista. Para ciertas gentes, el racismo, la segregación y el ghetto no pasan de moda.



Derechos Humanos y Progresividad



Uno de los grandes problemas con los Derechos Sociales, Económicos y Culturales es que, a diferencia de los Derechos Civiles y Políticos, solamente se pueden efectivizar medianamente si se cuenta con los medios para hacerlo. Por cierto, a nadie parece molestarle que se gaste un montón de recursos en un juicio, o en un procedimiento de hábeas corpus; pero cuando se trata del derecho a la educación o a la salud, todo se detiene “hasta que haya medios económicos”. Esto significa que la aplicación “progresiva” de los derechos Sociales, Económicos y Culturales ha significado simple y llanamente su no aplicación hasta que la economía “crezca”, es decir se asumen los derechos humanos como una suerte de sobrecosto que se cubrirá cuando haya plata. Y aquí podemos ver en acción esa forma retorcida de pensamiento en muchos de nuestros economistas dizques liberales. Esta idea puede que sea muy interesante para los que la mueven, pero honestamente pienso que si un excluido la sostiene es porque, a decir de Nietzsche, está poseído por una moral de esclavo. Pero como dijimos líneas arriba, tratemos de evitar la subjetividad.



El problema de la progresividad fue enfrentado por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, que de hecho es el órgano competente para interpretar el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que si no me equivoco nuestro país ha ratificado. Aunque algunas de nuestras eclesiales autoridades puedan considerar que los derechos humanos son una tontería o algo más subido de tono, entendemos que a las gentes normales sí les interesa esto. La progresividad en Educación por lo tanto no significa lo mismo que solía significar para el régimen de Alan García, que felizmente ha terminado: Un pretexto para hacer la finta de que algo se hace, aunque en la realidad se haga muy poco o nada. De hecho, según este Comité, la aplicación progresiva del pleno derecho a la Educación NO significa que se vaya hacia atrás, que se desactive lo avanzado o que se dedique menos dinero.



¿Qué puede hacer la Educación en este contexto?



En la actualidad, dado que el actual gobierno parece mostrar una voluntad de cambio y de hacer las cosas con inteligencia y prudencia, el tema de la Inclusión Social resulta mucho más visible, y se entiende que los esfuerzos de todas las entidades del estado se dirigirán al objetivo de eliminar o cuando menos reducir en serio la Exclusión Social. La Educación debería terminar alineándose a ello.



Siempre de acuerdo con el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, el Derecho a la Educación posee un perfil con cuatro rasgos fundamentales, de manera que la aplicación progresiva del pleno derecho a la Educación, tanto hacia los sectores excluidos, como hacia la población en su conjunto no puede significar hacer la finta, porque de hecho tiene que respetar estos rasgos:



1. La Asequibilidad: El estado debe garantizar la disponibilidad de escuelas, docentes y medios adaptados a los requerimientos de los sectores excluidos. Pensamos aquí en el estado actual de la Educación Intercultural, la Inclusión educativa o la Educación a Distancia, y encontramos en grueso que la Asequibilidad parece estarse intentando desde buena cantidad de tiempo atrás, ya que tiene relación con la cobertura, que en nuestro país es alta. Lo obvio acá es que asegurar el Derecho a la Educación está asociado a que haya un número adecuado de escuelas donde los docentes estén preparados y entrenados para la inclusión (muy pocos), la infraestructura y mobiliario estén adaptadas al tema (pensemos en la accesibilidad para las personas con discapacidad motora), y disponibles los materiales educativos necesarios (la adaptación de los textos al entorno rural, los idiomas originarios o el lenguaje Braille está en muchos casos por hacer).



2. La Accesibilidad en el sentido mencionado – distinto del de Accesibilidad para las personas con discapacidad, referido a un tema arquitectónico-urbanístico -, implica la maximización del acceso al sistema educativo, y la total eliminación de los obstáculos. La idea es que todos puedan participar, y por lo tanto aquí se mencionan tres dimensiones de la accesibilidad: La física, la económica y la no-discriminatoria. Esto parecería estar más o menos asegurado, pues que no requiere más que voluntad política, y está en un nivel análogo al que está el Parto vertical en los centros de Salud, contando con una aceptación casi total, aunque en la aplicación esto no se vea tan claramente.



3. La Adaptabilidad: Se refiere a la obligación de garantizar una educación adaptada a las necesidades de las diversas sociedades y comunidades nacionales, y que responda a las necesidades de los alumnos en sus contextos sociales y culturales. Esto puede asegurarse con mayor o menor eficacia potenciando la Diversificación Curricular, entendiendo que hayan especialistas que la apliquen, por supuesto. En ese sentido, aunque sabemos que se ha previsto el caso, la eterna distancia entre la norma y su aplicación da lugar a que declarativamente todo vaya muy bien, en tanto que en la realidad concreta no siempre las cosas sean tan bonitas como se pintan. Si la capacidad para diversificar no está debidamente difundida en general, menos va a estarlo para casos específicos de inclusión de diversidad cultural o de discapacidad.



4. La Aceptabilidad: Se refiere a la obligación de asegurar la famosa Educación de Calidad, lo que implica que los programas y métodos se ajusten a las normas de calidad, y que la educación impartida resulte aceptable para los padres de familia y los usuarios del sistema. Somos conscientes de los grandes problemas que se enfrentan para lograr una Educación de Calidad generalizada. En todo caso, lograrla para determinados sectores excluidos podría ser una interesante experiencia a replicar.





Colofón



Una Educación Inclusiva depende entonces de las Cuatros A: Asequibilidad, Accesibilidad, Adaptabilidad y Aceptabilidad. Un bonito ejercicio sería construir indicadores para ellos, y aplicarlos a las escuelas y al sistema en su conjunto, ejercicio que pediremos seguramente a algún colega. Hasta la próxima.

lunes, 12 de septiembre de 2011

CONTRA LA FELICIDAD DE LOS HIJOS o LA POLÍTICA DEL AVESTRUZ

CONTRA LA FELICIDAD DE LOS HIJOS o LA POLÍTICA DEL AVESTRUZ

Ser madre o ser padre inevitablemente significa ser jodido” (Pilar Sordo, Psicóloga chilena)

Título provocador sin duda. Todos queremos que nuestros hijos sean felices. Yo prefiero atacar ese concepto, a ver a donde llegamos. Originalmente pensé ponerle a este artículo “Los Límites de la Autoridad”, pero la verdad del asunto es que si uno lo ve con cierta claridad, lo que pasa en realidad no es que falte Autoridad, es que sobra Permisividad, y esta se justifica con el cuentazo de la felicidad de los hijos. Como padre y docente he tenido que enfrentar las ideas de otros padres, madres y abuelas, tíos y tías, e incluso de docentes, que con desesperación tratan de hacer felices a sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos. Se hacen esfuerzos ímprobos para proteger a los niños, lo que está bien por supuesto. Protegerlos de la violencia, la miseria y la ignorancia es precisamente lo que le toca a la generación anterior, pero de ningún modo podemos, y ni siquiera debemos, protegerlos de absolutamente todo. Peor aún, no podemos tratarlos como tacitas de porcelana, como si la vida fuera en su totalidad algo tan terrible y tan insoportable que podría quebrarlos, por lo que tratan de impedir a toda costa que tomen contacto con ella. Y esta es una política del Avestruz, por la que tratamos por todos los medios de impedir que los niños y niñas se contacten con los hechos desagradables de la vida.

La Felicidad, ja ja

Empecemos por el principio, con nuestro fiel Diccionario de la Real Academia, en su versión virtual:
Felicidad. (Del lat. felicĭtas, -ātis).
1. f. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.
2. f. Satisfacción, gusto, contento.

Lo primero que surge es el tema del “estado de ánimo que se complace en poseer un bien”. Entiendo que los bienes no son necesariamente físicos, y en todo caso el acento no está puesto en la posesión, sino en el estado de ánimo. De hecho, hablar de “un bien” así en directo nos refiere al tema de los valores. Pero la cosa es que la felicidad parece ser un estado de bienestar íntimo, una satisfacción, un gusto, un contento generalizado. Creo que la definición de la RAE es poco explicativa, porque la felicidad es un concepto elusivo, más aún cuando tratamos de hacer felices a otros. Procurar la felicidad parece haberse convertido en una obligación que la generación más vieja le debe a la más joven, en vez de ser un objetivo que cada ser humano se plantea obtener en el transcurso de su propia vida. El deseo de lograr un estado de ánimo de satisfacción plena es tal vez el más generalizado de todos, y de ahí que podamos afirmar con cierta seguridad que la felicidad no viene de afuera, sino de adentro de la persona humana. La felicidad es un enorme problema, lograrla quiero decir. Hay tantos y tantos factores en la vida que nos privan de los bienes físicos y emocionales, que al final la infelicidad se ceba en todos, en algún momento y en alguna forma, y nadie se salva de pasarla mal. Del otro lado, nadie tiene el monopolio de la felicidad y según parece no tiene mucho que ver con la posesión de bienes materiales, aunque es indudable que un mínimo de bienes materiales – por algo son bienes – es necesario para alcanzarla.

La Felicidad de los Hijos

No hay cosa más instalada en la mente de madres y padres que el cuidado de la progenie, y de hecho eso ha funcionado bastante bien desde hace una buena recatafila de milenios. La Cultura metió la nariz hace pocos miles de años, pero asumió el asunto con todo, y de hecho, en nuestras mentes y documentos, esto de cuidar a nuestros hijos está presente, pues no hay sociedad que tolere que se trate mal a los hijos, a no ser que sea “por su bien”, claro. Sin embargo, esos locos bajitos tienen otras ideas. No piensan en ser felices, y quizá por eso necesitan muy poco para serlo. La felicidad de los hijos suele ser confundida con la inconsciencia, y la inocencia, virtud infantil, es considerada extemporánea y prueba de pérdida de contacto con la realidad en los jóvenes y los adultos. Sin embargo, como en alguna parte leí, lo mejor de la inocencia es perderla, y la inconsciencia sirve básicamente para crear émulos de los tres monos de ojos, boca y orejas tapadas, o avestruces que creen que la cosa deja de existir porque no la ve. De hecho, los niños son cualquier cosa menos esos dulces seres que nos venden los huachafos. Son increíblemente perceptivos, al extremo de poderse compararlos con esponjas. Son extraordinarios aprendices, y su razonamiento tiende a ser concreto y blindado, cuando no se ha hecho el esfuerzo de castrarlos cognitivamente, o cuando no se les ha descuidado irresponsablemente en su salud, educación y demás cuidados. También hay en ellos cierta perversidad, como es fácil ver cuando destripan un animalito, o cuando juegan entre ellos un juego que involucre jerarquías. Vamos, que no se trata de angelitos con cerebros tipo tábula rasa, como cualquier maestro, padre o madre de familia no obnubilada sabe.

Frustración y Felicidad

Que los niños sean felices no es tan deseable. En realidad, como decíamos, protegerlos es la cosa, pero hay cosas de las que no se les puede proteger, como las frustraciones. De hecho no es nada descaminado que estén bien acompañados cuando las sufren, pero no debería impedírseles la vivencia, porque entonces entran en juego las compensaciones, y lo que el chico termina aprendiendo es que cada vez que le pase algo, papi o mami o la abuelita le darán su caramelo. Y cuando no lo reciba de adulto ahí la infelicidad le pasará la factura, y acumulada con intereses. Pero los papis, mamis y abuelitos por lo general lo que hacen es enfrentar sus propias frustraciones a través de los niños, y resuelven su problema pasándoselo a la generación siguiente. Un amigo mío lo ilustraba muy bien en una ocurrencia: “Definición de chompa: Lo que las mamis le ponen a los hijos cuando ellas tienen frío”. Crear entornos con exceso de protección es un riesgo. Bertrand Russell señalaba la necesidad de que niños y jóvenes puedan enfrentar situaciones controladas de riesgo físico, que les forman para enfrentar las durezas de la existencia.

Los niños deberían ser enseñados a lidiar con la frustración y con los problemas de la vida. Y si no lo aprenden de chicos, igual lo tendrán que aprender de adultos, pero a la mala. De los apoderados depende esto, pero es que es tan fácil no estar, o estar a medias – siempre habrá pretextos para ello – que en realidad los maestros de los niños son los medios de descomunicación, en particular la televisión, que vende en sus programas imágenes de la felicidad, entendida básicamente como una fiesta permanente. La tierrita donde el avestruz entierra la cabeza no está despoblada de contenidos falsos y descripciones falaces. La escuela carece de medios para competir con los medios, y todo lo que queda es el ejemplo familiar. Pero el consumismo le ha arrebatado a la familia su aportación valorativa, y por ende el espacio de los padres es cada vez más estrecho. Los niños aprenden con rapidez extraordinaria, y de hecho, lo que los padres no hagan cuando son niños, ya no lo harán nunca. Por desgracia parece ser que lo que hacen en su mayoría es pintar un mundo de colores brillantes que poco o nada tiene que ver con los grisáceos tonos de la existencia real.

Familia y permisividad

La familia se supone sigue siendo considerada la base de la sociedad, pero sabemos en positivo que las familias andan como la mona, que hermanos a hermanos se hacen la guerra, que hay hijas e hijos que asesinan a sus padres y madres por plata, que a la hora de las herencias se produce una general sacadera de ojos, que el principal asesino de mujeres es la pareja, que los principales violadores de menores son padres, tíos y otros parientes cercanos, y que hay padres y madres que alquilan a sus hijos por cinco soles al día, cuando no son ellos mismos los que dirigen el “negocio” de la mendicidad, la venta nocturna de cuerpos núbiles, o el narcotráfico hormiga. Parece ser que los problemas de la generación anterior simplemente pasan a la posterior de manera automática, en función de procesos de mímesis donde los niños copian y repiten la tradición familiar. Y de esto no se libra nadie. Como dice la canción, se sufre en ambos extremos de las clases sociales. Algunos explican esto como resultado de la “pérdida de valores”, y francamente a veces me canso de decir que los valores no son billeteras que se pierden en la calle. Cabe preguntarse qué ha pasado con las familias en general, y mirar hacia atrás hacia la sociedad patriarcal no nos ayuda en nada, si no es a sentir una chocante nostalgia por los tiempos pasados que a mí me evoca una especie de senilidad anticipada. Sin embargo, siendo los valores un tema ético nos pueden ayudar a entender un poco esto de la felicidad.

Valores y Felicidad

La Sociedad se sustenta sobre prácticas y acciones que se expresan con ritos y ceremonias, con actitudes y conductas, que expresan contenidos simbólicos. Tales contenidos simbólicos están basados en un núcleo axiológico: Los valores. El proceso de la felicidad se supone viene adscrito en la percepción, crítica, aceptación y corporización de dichos valores sociales. Veamos algunos caracteres de los valores:

Los valores son básicamente preferencias. Es decir, las personas social e individualmente tienden a preferir ciertos estados de cosas a otros, y eso se expresa en ciertos valores con preferencia a otros. Estar tranquilo y en paz parece ser mejor que estar intranquilo y en conflicto constante, y por eso tratamos de mantener la tranquilidad pública a través de las leyes y una  fuerza policial que las haga cumplir. Ocultar el hecho bajo la alfombra implica que los niños no saben que la paz y la tranquilidad tienen precio, y que este precio hay que pagarlo sí o sí en actitudes y acciones.

Los valores poseen una polaridad, tienen lado positivo y negativo: Malo - Bueno, Feo – Lindo, Lógico – Ilógico, Sagrado – Profano, Sanidad – Enfermedad. Hay una tendencia a referirse a estas parejas como “valores”·- “anti-valores”, lo que tiene poco sentido. Diferenciar los pros de los antis no es rentable para una ética realista, en un contexto postmoderno relativista. Tan valor es la Justicia como la Injusticia, la Honradez como la Deshonra. Se puede recurrir a la idea de anti-valor, pero me parece que el relativismo postmoderno determina que se tenga que los valores dominantes son producto de conflictos entre grupos, y que adscribir a determinados valores coloca a las gentes necesariamente en un bando de varios. Ocultar que hay anti-valores importantes que son apreciados socialmente no ayuda. Pensemos en el tema de las drogas. Ya no es tan fácil decir que “son malas”, cuando, como decía un amigo, “el problema de  las drogas no es que sean malas, es que son buenísimas”. Ello ilustra cuánto se han relativizado los conceptos de lo bueno y lo malo, de modo que educar en valores se debería convertir en un ejercicio de reflexión y dilucidación constante, y en un procedimiento para lidiar con los problemas que trae la vida cotidiana. Formar en valores no será proteger de la realidad, sino más bien enfrentar lo que ocurre reflexiva y proactivamente. Y si no se hace ahora, no se hará nunca.

Los valores se ordenan en escalas. Para la Sociedad, para los grupos que la conforman, para los individuos, no hay valores aislados. Hay una mayor o menor jerarquía que permite tomar decisiones morales. Para decidir un curso de acción se privilegia un Valor sobre el Otro, y así también las sociedades y grupos consideran que hay Valores que cuentan más que otros. Donde hay desacuerdos de base es porque hay diversas escalas de valores en conflicto. Pensemos en debates como el de la unión civil gay, el aborto, la eutanasia, el gasto social y los impuestos. Los niños se percatan con bastante rapidez de lo que es Otro y Distinto, y ocultar que hay gays, pobres y muertos no sirve de gran cosa. La historia del príncipe Siddhartha ilustra el shock que se puede sentir cuando toda la data se viene de golpe.

Los Valores representan conceptos que no existen en la realidad cotidiana, son guías para realizar acciones o tomar actitudes que sí se plasman en la realidad cotidiana. Por ende, las situaciones reales tienden a modificar el ejercicio de los Valores. Se necesita coraje – a veces le decimos “valor”, así, en general – para defender una causa impopular, por ejemplo. Todos decimos querer la paz, pero veamos cómo nos comportamos en una barra brava, o cuando alguien se pone delante de nosotros en la cola. La coherencia de las acciones con los valores que se dice sostener pasa aquí por pruebas de fuego constantes, y ocultar lo que está a la vista solamente produce desazón.

Los Valores, como todo lo humano, pueden ser “dobles”. Es decir, se sostiene tener un Valor, cuando en realidad se sostiene otro Valor, o incluso el Valor contrario, es decir el anti-valor. Es fácil ver cómo se emplean ciertos valores para justificar la inercia y no tomar medidas efectivas contra el narcotráfico y la prostitución clandestina, por ejemplo. Las incoherencias sociales se transparentan en los niños y revientan en la adolescencia, a no ser que el chico haya sido mantenido en una esfera de cristal tan sólida que la realidad no entró. Pero en ese caso, el chico es un candidato casi seguro a una terapia emocional.

Colofón

Esto da para escribir un libro. Lo cierto es que la felicidad de los niños y niñas no puede construirse sobre la ocultación. No tiene sentido esconder el mundo, lo que hay que hacer es mostrarlo y dilucidarlo sin exageraciones ni dramatismos, y en eso los padres tienen como primer deber el comportarse como adultos, enfrentar ellos mismos el mundo, y no pasar su problemática irresuelta a la siguiente generación. Y punto.Peru Blogs