domingo, 31 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 25: BIBLIA (vi)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 25
LEER LA BIBLIA (VI)

I
El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento parece que presentara un cierto aire más moderno respecto al Antiguo. Se centra en la figura, presencia, predicación, vida y muerte de Jesucristo, el Mesías de los judíos; y la acción de sus inmediatos seguidores, los cristianos. El Nuevo Testamento goza de la misma sacralidad que el Antiguo, y contiene la mayor parte de lo que es original en el Cristianismo con respecto a su matriz semita, para las confesiones cristianas es el mismo centro de la Biblia. Para los judíos, bueno, no tiene el mismo carácter, exceptuando un muy pequeño grupo, pero imagino que lo leerán por curiosidad y por hallar las claves de lo escrito en el Nuevo Testamento en el Antiguo, igual que es posible para los cristianos rastrear el Nuevo en la Misa y demás liturgias. Lo Original del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo es el convencimiento de que el Mesías esperado por los Judíos es Emanuel Jesús, llamado el Cristo. Y así lo Esencial del Nuevo Testamento – de toda la Biblia para los cristianos – es el relato de la llegada del Mesías, pues esta es la Buena Noticia (Evangelio en griego) que se está anunciando. El Nuevo Testamento consta así de Cuatro versiones de esta Buena Noticia, Cuatro Evangelios, tres de ellos denominados Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), aparte de un cuarto, muy original, cuyo hagiógrafo sería el Apóstol Juan, a su vez autor de Epístolas y del Apocalipsis. Además Lucas, hagiógrafo del Tercer Evangelio, parece ser también autor de los Hechos de los Apóstoles, en apariencia editado originalmente junto a su correspondiente Evangelio, y luego editado aparte para tener los Cuatro Evangelios en un solo bloque. Viene luego un conjunto de Cartas o Epístolas, también dividido en dos grupos: El primero y más numeroso es el de Epístolas Paulinas, cuyo autor sería el apóstol Pablo, nacido Saulo de Tarso, judío de la dispersión convertido a la fe de Jesús en dramáticas circunstancias, y que dedica su celo apostólico y epistolar a las primigenias comunidades cristianas. Al otro grupo lo forman las epístolas católicas o universales, por estar dirigidas en su mayoría a la comunidad cristiana en su conjunto. Sus autores habrían sido otros apóstoles: Pedro, Juan, Judas y Santiago. Ya mencionamos en otras Crónicas al último de los Libros, el Apocalipsis de Juan, centrado en las visiones que el mencionado habría tenido durante su destierro en la Isla de Patmos, y cuyo parentesco con otros libros del Antiguo Testamento ya hemos comentado.

El Nuevo Testamento comprende en total 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, que es más o menos el mismo de la mayoría de las Iglesias de la Reforma. Hay dudas sobre la Epístola de Santiago, que Lutero llamaba con desprecio epístola de cartón, dado que defiende la necesidad de buenas obras para la salvación personal (la fe que no produce obras está muerta – Santiago, 2, 26), cuando el monje alemán estaba convencido que la justificación paulina por la Fe es la que cuenta (quien no tiene obras que mostrar, pero en cambio cree en el que hace justos a los pecadores, a ese tal se le toma en cuenta su fe y se le considera justo – Romanos, 4, 5-6), así que se me hace que su oposición era algo interesada. En todo caso, me ha sonado siempre como una discusión tipo la de qué es primero, si el huevo y la gallina. Pero por menos la gente se mata. El idioma en el que se escribe el Nuevo Testamento es casi todo griego koiné, menos una parte del Evangelio de Mateo. La traducción de la Biblia al koiné se inició hacia el 250 a.C., cuando un grupo de sabios judíos helénicos residentes en Alejandría de Egipto, conocidos como los Setenta, empezaron a traducir el Antiguo Testamento para las sinagogas (sinagoga es término de origen griego, precisamente) dispersas en el mundo de habla griega. A esta obra se le conoce como la Biblia de los LXX, e incluye partes del Antiguo Testamento cuyo original en hebreo se ha perdido, motivo por el que algunas iglesias dudan de su canonicidad. Aunque es posible que la lengua materna de Jesús fuera el arameo, no se descarta que supiera griego, pues Galilea parece era bilingüe en aquellos días, y lo emplea Jesús frente al procurador romano Poncio Pilato. Hay grandes variantes en las formas del griego empleado en el Nuevo Testamento: Las epístolas de Santiago, Pedro y a los Hebreos (atribuida a Apolo), así como el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, presentan un griego literario y elegante, escrito por gentes con el griego por lengua materna. Las epístolas paulinas tienden a ser más coloquiales, en tanto que el Evangelio de Juan y sus cartas presentan un estilo sencillo pero correcto. El Apocalipsis en cambio está escrito en un griego complejo y recargado. El empleo de muchos giros semíticos en estos libros sugiere que sus hagiógrafos pensaban en arameo u otras lenguas semitas, pero trataban con mayor o menor solvencia de emplear el idioma en el que sabían que su mensaje sería más leído y entendido.

II
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles

Es muy difícil hablar de los Evangelios, lo reconozco. La sensación de su Sacralidad invade el espíritu, desde que los que vivimos en países fundamentalmente cristianos y católicos nos hemos criado en su interior, por así decirlo. El carácter sagrado de los Evangelios es reforzado en la liturgia de la Misa Católica a través de ritos particulares, y no se le menciona ni cita sin añadir al final “esta es la palabra de Dios”, a la que, para emplear una expresión de catecismo, “el pueblo se adhiere diciendo amén”. Que si los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) fueron posteriores o anteriores al Evangelio de Juan, como sostienen algunos masones y/o francmasones, y por lo tanto la versión arriana – atanasiana de la divinidad de Jesús resulte siendo la primordial por sobre otras, es aspecto doctrinal de una discusión que debo decir me tiene francamente sin cuidado. En todo caso sí es discernible una clara diferencia entre los tres Evangelios Sinópticos y el de Juan en cuanto a las fuentes, pues Juan narra los hechos empleando fuentes diferentes, en muchos casos de más exactitud y detalle que las de los Sinópticos, que en realidad parecen escritos mirándose los unos a los otros. Además el plan del Evangelio de Juan es muy diferente y altamente teológico, en tanto que los hagiógrafos que escribieron los Sinópticos parecen más bien pensar en términos de demostración histórica tangible de la realidad y presencia de Jesús. La cuestión más interesante a mi modo de ver es de ese orden, el tratar de dilucidar qué evangelio fue escrito primero, y por ende haya sido utilizado como fuente para los otros. Todo abona a que el Evangelio de Marcos fuera uno de los primeros en escribirse, si no el primero, en principio por su corta extensión, comprimida en dieciséis intensos capítulos, y por el hecho que parezca una especie de Manual para Uso del Predicador Aficionado. Debe así haber estado en la faltriquera de los otros Hagiógrafos, Mateo y Lucas, que lo emplearían junto con otras fuentes. En el principio existía la Palabra, dice Juan (Juan 1,1), y el verbo dicen otras traducciones. Y esto pareciera referirse al hecho que todas las relaciones escritas sobre Jesús el Cristo tienen como antecedente la palabra, la oralidad de los predicadores, heredera directa de la predicación de los profetas, y por ende semejante a ella en varios de sus caracteres. Algunas de las historias de los Hechos de los Apóstoles referidas a la Predicación parecen sacadas de los Profetas del Antiguo Testamento. Es el caso del milagro de curación que Pedro y Juan aplican a un tullido en Hechos 3, 1-10, en la que podrían cambiarse los nombres por los de Elías y Eliseo; o el martirio de Esteban (Hechos, 7); o el bautizo del eunuco por el apóstol Felipe (Hechos, 8, 26ss.). En este contexto de predicación intensa se habría empezado a sistematizar la información, poniéndola por escrito, agrupándola en sucesión cronológica de hechos, o siguiendo algún otro criterio. La narrativa parece seguir criterios análogos para todos los sinópticos, incluso a veces con análogas o iguales anáforas o referencias que seccionan y dividen las narraciones, como por ejemplo: “y sucedió que …”, preferida de Lucas; o “en aquellos días …” o “en aquel tiempo …” (in illo témpore en la Vulgata), preferida de Mateo. De algún modo pareciera que Lucas emplea a Marcos y a Mateo como fuentes primarias, aunque pasando por alto el sentido hebreo-judío del Evangelio de Mateo, que trata de ubicar a Jesús dentro de una genealogía, además de detenerse en los relatos de su concepción, nacimiento, huida a Egipto y  demás hechos de su Infancia, indicando siempre su predicción por los Profetas. Lucas añade más datos al respecto, aunque claro está, en un plan diferente al de Mateo, pues Lucas es un helenizante y se dirige a helenizantes, y por ende ordena y clasifica la información de un modo diferente.

Es difícil determinar qué parte o partes de los evangelios puedan ser más centrales que otras. La predicación de Jesús debe haber durado entre dieciocho meses y tres años, y los Evangelios hacen básicamente dos cosas: Contar los sucesos acaecidos a Jesús, y presentar la Buena Nueva que el Cristo trae. Mateo vincula Dichos y Hechos de manera íntima y bien planteada, pues el hagiógrafo narra secciones que empiezan con milagros y otros acontecimientos, y que culminan en conversaciones o discursos, como en Mateo 15, cuando se acercan a Jesús algunos fariseos y mantienen un tenso intercambio, que luego culmina en un pequeño discurso de Jesús con una o varias enseñanzas: ¿No comprenden que que todo lo que entra por la boca va a parar al vientre y después sale del cuerpo, mientras que lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que hace impuro al hombre? (Mateo 15, 17-18). O Mateo 22, 15ss., en donde los fariseos preguntan a Jesús sobre la pertinencia de pagar el impuesto al César, y la enseñanza: den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 21). Ya hemos visto que Marcos tiende a contar menos y más bien reseña impactos. Lucas, por su parte, poseía marcadas cualidades para  la observación y la descripción detallada, más un cierto sentido práctico, que no sorprende si atendemos a que era médico. Su evangelio (y su continuación los Hechos de los Apóstoles) se los dedica al converso cristiano Teófilo, persona acomodada a la que espera convencer para que le financie copias de estos escritos. En cierto modo es una investigación donde Lucas hizo a conciencia su tarea: Empleó las mismas fuentes del evangelio de Marcos, cuyo orden sigue, así como ciertos documentos (Logia) que debió obtener de las iglesias más antiguas de Palestina, Jerusalén y Cesarea, con los que alimenta los capítulos 9 a 18 de su evangelio; y es posible que tuviese a su disposición el evangelio de Mateo. Además completó la chamba con información de primera mano, testimonios de apóstoles y gentes que conocieron a Jesús, incluyendo casi con seguridad en este grupo a María, Madre de Jesús, pues hay información que solamente podría haber sido suministrada por ella misma: Entró el ángel a su casa y le dijo: Alégrate tú, la Amada y Favorecida, el Señor está contigo. Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué querría decir este saludo. (Lucas, 1, 28). A diferencia de Mateo y Marcos, que escriben manuales para predicadores, Lucas se interesa en registrar los hechos en forma muy parecida a lo que hoy llamamos Historia y trata de describir con fidelidad tanto los Hechos como los Dichos. El Evangelio de Juan, por el contrario, no tiene intenciones historicistas sino más bien de carácter teológico y religioso. Donde los Sinópticos abundan en milagros y hechos, Juan solamente narra Siete Milagros, número simbólico, y los discursos de Jesús los centra en determinados conceptos y términos que Juan trabajó cuidadosamente. La intención de este evangelio es clara: Esto ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que por esta fe tengan la vida que él solo puede comunicar (Juan, 20, 31). De hecho muchas de las creencias actuales alrededor de la persona del Cristo y su relación con los planes de Dios proceden en línea recta de este Evangelio: A Dios, nadie lo ha visto jamás, pero Dios, Hijo único, comparte la intimidad del Padre: éste nos lo dio a conocer (Juan 1, 14).

III
Las Epístolas Paulinas

El estilo de Pablo de Tarso ha marcado las epístolas neotestamentarias de manera tan indeleble, que podemos considerar fácilmente al susodicho como el autor de género epistolar más leído en el mundo. Incluso en la liturgia católica aparece mencionado muchas más veces que los otros Apóstoles, lo que es posible por la muy sencilla razón de que la mayoría de las Epístolas se le adjudican. En todo caso tiene propaganda gratis en todas las Misas, pues las epístolas se leen de cajón, y es muy probable que sea de una de las suyas, y ello fuera de que hay liturgias en las que se emplean sí o sí, como en el caso del Matrimonio, donde los novios leen el Himno a la Caridad de I Corintios 13, 1-13: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe … . Las correrías del hagiógrafo Pablo de Tarso están profusamente mencionadas en los Hechos de los Apóstoles, ocupando algo más de la mitad. Pablo, como apóstol de los gentiles, acapara la atención de Lucas, que lo conoce en persona y trabaja con él en la predicación. Y por si fuera poco en sus cartas se describe a sí mismo con sinceridad digna de elogio: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo (Filipenses, 3, 5-7). Al principio su celo de fariseo lo lleva a perseguir cristianos y enredarse en el asesinato del protomártir Esteban, pero se convierte a la Fe de Jesús en apariencia por directa intervención divina y arrebatamiento al Tercer Cielo: Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, (…) le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Yo soy Jesús, a quien tú persigues (…) entra  en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (Hechos 9, 3-6); cae de inmediato en un estado de aparente arrobamiento, del que lo sacará Ananías, y de ahí Saulo el perseguidor de cristianos se convertirá en el apóstol Pablo, que asume el ministerio de viajar y predicar por el Mediterráneo Oriental y Central, y escribir incansablemente un total de catorce epístolas conocidas y varias no conocidas, haciendo trabajar a la mala a sus secretarios a lo largo de tres viajes de evangelización, que lo llevarán hasta la mismísima Roma. Su personalidad es tan acusada que se ha dicho que sostenía correspondencia con Séneca. La tradición quiere que haya fallecido en Roma el mismo día que el apóstol Pedro, motivo por el que su fiesta es compartida: San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio. Pablo de Tarso combinó las cualidades del fanático medio fundamentalista, de sangre caliente; y la del frío razonador oportunista, y de ahí que despliegue un estilo para escribir dirigido a lograr impacto, muy coloquial y de notable oralidad, a la que colaboró sin duda el hecho que dictara las cartas a sus secretarios, los que de cuando en vez añaden una línea de saludo. Por cierto, el estilo oratorio paulino ha sido copiado a mansalva por los predicadores evangélicos de hoy, y según parece funciona muy bien, examinemos si no las nutridas cuentas bancarias de Billy Graham, Jimmy Swaggart y otros “apóstoles” más, que en este tema, ay, también puede hacerse negocio. De hecho, hay tanta plata en los medios de comunicación, que hay también en el cable canales católicos, y sacerdotes y monjas mediáticos. En fin, pecado no parece ser.

Las epístolas paulinas están unidas a los acontecimientos de la Predicación y de la propia vida del apóstol, y así encontramos que el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses (circa 51 d.C.) fue escrita por Pablo de Tarso, y ya contiene y describe la mayor parte de los artículos de fe: El Dios Trino y Uno (aunque nunca se mencione la Trinidad por su nombre), la resurrección de los muertos, la redención por Jesucristo y su Segunda Venida, que muchos daban por inminente: … sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche (I Tes., 5, 2). Parece que de aquí proviene también la creencia de algunas iglesias en el rapto, que incluso se ha representado en algunas películas evidentemente financiadas por grupos religiosos:  … los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires (1 Tes., 4, 16-17). Por cierto, Pablo no se libró de imitadores, pero esto no parece le haya desagradado, pues eran canónicos en sus creencias, y más bien parece se los arrejuntaba en una suerte de Escuela o Equipo de Predicadores. Parece ser el caso de Apolo, mencionado en Hechos 18, 24-26 y nuevamente en 1 Corintios, 1, 12. Podemos especular que, como algunos escritores modernos, Pablo tenía sus “negros” (escritores por encargo) que le hacían las epístolas, que él sólo revisaba y firmaba. Es el caso aparente de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, las cartas a los Colosenses y Efesios, la Epístola a Tito y las dos a Timoteo. Es muy interesante el hecho que haya general acuerdo en los estudiosos, incluso en los revisionistas, que las epístolas Primera a Tesalonicenses, Filipenses, Gálatas, Romanos, Filemón, y Primera y Segunda a los Corintios son originales definitivos del exfariseo y converso Pablo de Tarso. Es la personalidad más delineada de su época, e inapreciable como fuente histórica del cristianismo primitivo, pues las epístolas parecen incluso anteriores a los evangelios. Parece indudable que hubo una suerte de escuela paulina, que habría sido responsable de la conservación de su corpus epistolar. Las epístolas tratan de diversos temas de moral y fe, pero en todas se percibe la tensión entre los cristianos de origen judío y los de origen gentil, desenredada a medias en el Concilio de Jerusalén, y problemática por la dificultad de comunicarse, por la Dispersión misma y por la multiplicidad de predicadores. Siempre me ha parecido curioso que de doce, trece o catorce apóstoles originales – pues parece que ese número de doce nunca fue muy exacto - la mayoría se hayan dedicado a los judíos y solamente uno o dos (Pablo y Bernabé) a los gentiles.
  
IV
Más sobre las Epístolas, la Fe, y cómo terminan “los Libros”

Ya hemos visto que in illa témporeEn aquellos días - se creyera que el Fin del Mundo y la Segunda Venida de Cristo andaban cerca y ocurrieran en cualquier momento. Había profecía de Jesús al respecto, que registran los tres sinópticos: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21: … cuando veáis que sucede ésto, sabed que el reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas, 21, 31-33). Ya hemos visto a Pablo tomando medidas con los tesalonicenses al respecto, y hemos examinado someramente el papel del Apocalipsis de Juan. De hecho, las circunstancias históricas, sociales y políticas parecían dirigirse en el mundo cultural judío hacia lo que en los Andes llámase un pachacuti, una inversión del mundo, el fin de una era y el principio de otra, una “revolución”, quizá, en vocabulario más moderno. Nuestra cronología refleja dicho hecho, ya que escribo estas líneas en el año 2013, después de Cristo, o, como dicen los anglosajones, A.D., es decir Anno DominiAño del Señor. La teología de las epístolas nos lo indica en su evolución y en la narrativa de los problemas de fe y comportamiento que atravesaban las comunidades. Las epístolas paulinas a Timoteo son importantes por su preocupación ética, por ejemplo, referida a las condiciones que deben reunir los Obispos. Y las Siete Epístolas Universales, escritas supuestamente por otros apóstoles y reunidas en colección aparte, dan fe también de las dificultades del Cristianismo Primitivo. Los estudiosos no están seguros de la paternidad de los apóstoles en referencia a estas epístolas. Juan en particular, tendría que haber llegado a ser realmente bien viejo para escribir las epístolas que se le atribuyen, y el Apocalipsis más. Y la de Judas y las dos de Pedro parecen tener partes añadidas, y definitivamente hay más de tradición en su aceptación canónica que estudio científico. Por supuesto eso no les quita a ninguno de estos escritos canonicidad alguna, en la medida que son aceptados como parte de la Biblia desde tiempos inmemoriales por tradición, y que eso de decir que son de Santiago o Judas o Juan puede perfectamente ser nada más que un título, producto de suplantación piadosa. Por ello no necesariamente los hagiógrafos son exactamente quienes se dice que son, por los motivos que hemos reseñado ya para otros libros y hagiógrafos de la Biblia.

La necesidad de acordar la verdad como valor racionalista con la verdad religiosa es, a mi manera de ver, muy relativa cuando hablamos de Libros Sagrados en general. Imaginemos que se demostrara científicamente que Siddharta Gautama Buda no hubiera existido jamás, ¿invalidaría ello el corpus de la predicación budista y las creencias de estas personas? Seguramente la respuesta sería afirmativa para muchísimos no-budistas, lo que nos llevaría a preguntarnos más bien por la pertinencia de los que no son budistas a meter la cuchara en las creencias de los budistas. Y es que me parece está aquí precisamente el problema, que ya toqué en referencia a los creacionistas, a la identidad de los hagiógrafos y la paternidad de muchos libros de la Biblia: el tema de la Fe en tanto que creencia en enunciados no demostrados, e inclusive indemostrables. La Biblia es uno de esos hechos de la realidad que puede someterse a pruebas racionales para encontrar la “verdad”. Y por ende pueden encontrarse “verdades” sostenidas en los valores del racionalismo opuestas a las “verdades” sostenidas en los valores religiosos. Pueden existir perfectamente creencias sostenidas en fantasías: Cada cierto tiempo aparece siempre alguien que asegura haber fotografiado los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, y todavía estamos esperando esas fotos. El cuando una creencia adquiere valor de “verdadera” es todo un tema, porque a pesar de toda nuestra parafernalia sobre el asunto, la inmensa mayoría de las afirmaciones en las que creemos son no-demostradas. Empezando por si mi casa está ahí donde debe estar cuando no estoy en ella.  Como profesor de Filosofía que soy he enfrentado este tema, tanto como persona individual como con mis alumnos, entendiendo que debo mantener el respeto debido por las creencias del resto, pero a la vez aplicando el lenguaje y la aproximación filosófica, que excluye de necesidad la aceptación de cualquier doxa, y por ende de cualquier ortodoxia. Y es un tema que seguramente continuará, y que dejo aquí planteado, por lo que pueda valer. Después de todo, no leemos la Biblia necesariamente para averiguar las costumbres de los romanos de los primeros siglos de nuestra era, sino también para encontrar guía y consuelo en nuestras circunstancias vitales. A estas alturas me pregunto si he hecho bien este trabajito, por aquello de que todo lo que vale la pena de hacerse, vale la pena de hacerse bien. Pero adolezco de profundidad, reconozco. Si algo he hecho es, tal vez, inducir a mis lectores a leer por sí mismos, que no es más que lo que nos propusimos desde el principio en estas humildes Crónicas.

V
Colofón

Vaya si me han costado trabajo estas crónicas sobre Leer la Biblia. No es que estén realmente terminadas. Durante el proceso encontré por lo menos dos Crónicas más que se inspiran en Leer la Biblia, y que publicaré llegado el momento. Pero espero haber culminado con estas Crónicas  sobre la Biblia misma, y no haberlo hecho demasiado mal, en el espíritu de lo que se suele leer en la espalda de muchos vehículos en Lima: Lea la Biblia. Parece por último pertinente, por ende, finalizar estas Crónicas con las últimas palabras de la Biblia: El que da fe de estas palabras dice: Sí, vengo pronto. Amén, ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén. (Apoc. 22, 20-21)

viernes, 29 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 24: BIBLIA (v)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 24
LEER LA BIBLIA (V)

I
No uno sino muchos Apocalipsis

Empezamos a hablar del Apocalipsis en nuestra anterior Crónicas sobre Leer la Biblia. Identificamos su origen en la Lucha y Resistencia Cultural en la que se trata no de salvaguardar una ilusoria Independencia política, sino la propia identidad religiosa. Los hebreos ya se las habían visto chiquitas antes: A la influencia egipcia le sucedió el tiempo heroico de Jueces y Reyes, culminado en la división política y desaparición completa de diez de las doce tribus de los Hijos de Israel a manos asirias. Luego la Deportación masiva a Babilonia, la liberación por obra de Ciro el Grande, el retorno de un pequeño grupo, un resto, a Jerusalén y la reedificación del Templo. Y por último Alejandro Magno y luego los Reyes Antíocos. Tratemos de pensar que pasaría si a nosotros trataran de quitarnos lo que nos hace ser nosotros mismos. Pasó en la Tacna ocupada durante medio siglo, cuando nuestros valientes compatriotas enfrentaron la chilenización desde los hogares, escuelas e iglesias: La Procesión de la Bandera nos muestra como se vincula la Religión a la Patria como expresión de Resistencia Interior. Del mismo modo, y salvando las distancias, los judíos compensaron el dominio extranjero y la agresión cultural con una redención cósmica, operada por el mismo Dios en cumplimiento de Su Promesa. No pensaban, como nosotros que estamos influidos por Platón y la idea de la inmortalidad del alma, que la Resurrección de los Muertos era cosa individual. Por ello la combinación de la resurrección judía y la helena inmortalidad del alma resulta explosiva en las primigenias creencias cristianas y da lugar a varias de las creencias cristianas de hoy.

Los judíos del período aproximado entre los Siglos II a. C. a II d. C. piensan el concepto de la Resurrección de la Carne como algo general, apocalíptico, escatológico y total. La redención es cosa total, no separan el Estado de la Religión, y por ello cuando los profetas se lanzan a anunciar las cosas que vendrán, a describir las últimas Luchas y tribulaciones, describen cómo finalizará el mundo, la forma en que el Dios de los Ejércitos operará el justo castigo de los incircuncisos, y premiará a los que se sostuvieron fieles hasta el martirio. Un cambio importante se opera entre los profetas del apocalipsis con los profetas más o menos tradicionales, y es el paso de la oralidad al medio escrito, que repentinamente se vuelve más trascendente, probablemente para diferenciar a los videntes del apocalipsis de los anteriores y marcar lo Sagrada que es la Escritura: Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo vi y oí, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto / (…) / Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca (Apoc., 22, 8-10). Así, los últimos momentos de la existencia del Mundo, que les son mostradas a los hagiógrafos en la forma de visiones, deberán ser descritos en libros para que se cumpla la voluntad divina de que estas visiones sean dadas a conocer a Todos los Pueblos. Es decir, aparece el hecho trascendental de que la Salvación ya no es solamente para el Pueblo Elegido, sino que se convocará a Todas las Naciones, y esto es una novedad en unas Escrituras que no se cansan de lanzar maldiciones contra los enemigos, pese a la apertura que representaban libros como Rut y Jonás. … a los extranjeros que se han puesto de parte de Yahvé (…) los llevaré a mi Cerro Santo. (Isaías 56, 6-7). La Alianza se abre así hacia la Humanidad entera, porque ahora cada hombre tiene que elegir su bando, que las aguas se parten aquí y ahora. Los apocalipsis tienen el objetivo de procurar consuelo al pueblo sufriente, para que pueda imaginarse un paraíso recobrado, donde los que hoy padecen disfruten, a la vez que se arroja al infierno a los malvados. Y entre estos malvados hay dos categorías: el Pagano Extranjero, que es agente de la opresión; y el Judío Traidor, peor si cabe, pues se retrae de la verdadera Religión, y vive las ventajas evidentes de la traición, en vez de cumplir con su deber.  

II
Tiempos de Tribulación y Persecución

Incluso Jesús predica un potente discurso apocalíptico y escatológico, el de Marcos 13: Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo Yo Soy, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras no os alarméis, porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. (…) os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que déis testimonio ante ellos. Y es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones. (…) Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. (…) Pero cuando veáis la abominación de la desolación instalada en el lugar donde no debe estar (el que lea, que entienda bien) entonces que los que estén en Judea huyan a los cerros. (…) Entonces si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no le crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. (…) el sol no alumbrará, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y entonces se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria (…) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos, 13, 5-8, 9-10, 13, 14, 21-22, 24-26, 31). En la esencia del género apocalíptico está el Tiempo de la Tribulación, de la prueba, del martirio que probará a aquellos que se mantengan firmes en la Fe. Las Tribulaciones tienen carácter cósmico pero están profundamente asociadas a las persecuciones que los verdaderos creyentes sufrirán por el hecho de serlo. Y si se persigue y martiriza a los firmes en la Fe, es porque hay traidores, tránsfugas, apóstatas, gentes que abandonan al Dios Único y se pasan al enemigo, y no hay peor señal de que el Fin está Cerca. Los momentos en los que surge el género apocalíptico son los momentos de crisis, tan comunes en la Historia de la humanidad. Tal vez por eso Borges decía que todos los tiempos son el fin de los tiempos, y como el Fin de los Tiempos se asocia a cataclismos e inversiones en el orden del mundo, el temor y el miedo están siempre presentes. En este contexto, los Apocalipsis son moneda bastante corriente en épocas en que los conquistadores se suceden unos a otros: Alejandro Magno, los Reinos epígonos, la agresiva República Romana y su sucesor imperial. Y así encontramos que las Tribulaciones se extienden ampliamente desde el siglo III a. C. hasta el Fin.

Tanto el rey helénico Antíoco Epífanes como los romanos de Pompeyo y el Emperador Nerón y otros, reprimieron a los judíos y luego a los cristianos. La respuesta cultural de éstos fue el convencimiento de que el indefectible Castigo caería sobre los malvados, los de dentro y los de fuera de la Sinagoga o la Iglesia, por la acción del Justiciero Dios de los Ejércitos, sin que las tibiezas alcancen a salvarte: Ahora bien, puesto que eres tibio (…) voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. 3, 16). El género apocalíptico narrará y describirá este proceso cósmico. El Libro de Daniel es la primera gran expresión del género, y parece ser contemporáneo de las terribles circunstancias descritas con tanto realismo en el Libro Segundo de Macabeos. Posee además referencias previas en los libros de Ezequiel y Zacarías. Hablamos de mesianismo en el caso de los judíos y del final del mundo en el caso de los cristianos. Todo esto aparece sin disfraz en textos de carácter marcadamente apocalíptico, que incluso no son exclusivos de la Biblia, aunque son contemporáneos de ésta, como el Libro de Enoc y el IV de Esdras. La creencia en el Mesías puede rastrearse en la necesidad de ver actuar a Dios en el Mundo, y como hemos dicho el Primer Mesías fue el Gran Rey Ciro de los Persas. Pero con el tiempo la creencia se espiritualiza y en este contexto aparece la idea del Cristo (el Ungido). El Judaísmo se parte así en dos: los que esperan al Mesías y los que piensan que ya llegó y que el Cristo es Jesús. Ambos grupos son espiritualmente muy semejantes, indiferenciables para los romanos, que los persiguen más o menos por igual. La llama prenderá en medio de las persecuciones: Las rebeliones judías del 66 al 70 d.C. y la última dirigida por Simón Bar Kochba en 135 d.C. terminan en la llamada Diáspora o Dispersión de los judíos por el mundo. Los cristianos a su vez, tras el ajuste de cuentas realizado en el Concilio de Jerusalén se dirigen también a los gentiles y empiezan a hacer conversiones. Ambos se convierten en factores a tomar en cuenta en el mundo romano, que ve sus extrañas creencias con incredulidad y sorpresa no exenta de agresividad. Y así las persecuciones arrecian.

III
Más sobre el género apocalíptico, el mesianismo y el Fin del Mundo

Un malentendido muy común entre las gentes ansiosas de creer en la divinidad, y que en consecuencia están constantemente a la busca de signos sobre-naturales, es que la narración de los hagiógrafos es profética en el sentido que los hechos que la originan fueron anteriores a la predicción hecha. Según parece no es este el caso cuando menos en la mayoría de los casos. Ya hemos visto que la mayoría de los libros de los Profetas Mayores en realidad incluyen más de un hagiógrafo, en algún caso hasta tres o cuatro, separados en el tiempo incluso por siglos. Obviamente los Hagiógrafos que siguen al primer Isaías, por ejemplo, no es que por casualidad tuvieran el mismo nombre (tampoco es descartable que así fuera, pero es muy improbable), sino que pretendían literariamente ser el mismo Profeta, y usaban a modo de seudónimo el mismo nombre del Profeta. Imagino que no había intención de engañar de primera mano, no veo por qué tenemos que imaginarnos lo peor a la primera, pero está claro que si te haces llamar Isaías y no Pancracio es porque pretendes que tus dichos le sean atribuidos a Isaías, que es mejor que atribuírselos a un Pancracio a quien nadie le da bola. Esta suplantación se presentaba ya en los Libros Sapienciales, de los que hemos hablado ya. El Qohelet, por ejemplo, dice ser rey en Jerusalén, es decir, se pretende nada más y nada menos que Salomón, y aunque la crítica moderna distingue que no lo es, durante siglos se pensó que Salomón fue el hagiógrafo autor del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y algunos libros más por ahí. Recuérdese que Salomón – el Solimán o Suleimán de las 1001 Noches - es el prototipo del hombre sabio. Tratemos de explicar estos hechos considerando la época. Estos hagiógrafos que se hacen llamar Salomón, Isaías o Zacarías no mienten, en el sentido que mentira y verdad son valores relativos respecto a los hechos, pero absolutos respecto a la conformidad con el mensaje divino que transmiten. Digamos que contar lo que el Señor dice que debe contarse es muchísimo más importante que la simple conformidad con los hechos, que Yahvé puede por virtud de su omnipotencia modificar cuándo y cómo le parezca. Tiene más Valor de Verdad la conformidad con el mensaje in illo témpore que la conformidad con la exactitud de los hechos. Y esto no tiene nada de curioso ni de extraño si nos atenemos, por ejemplo, a lo que los soviéticos le hicieron a los libros de Historia según la orientación política. Hoy en día esto es llamado fraude piadoso. Claro que debemos entender que para ellos el asunto no solamente no tenía nada de fraudulento, sino que era la Verdad.

Los hagiógrafos judíos Zacarías, Ezequiel y Daniel, entre otros, profetizan la caída y destrucción de diferentes malvados (asirios, babilonios, edomitas, egipcios, etcétera), que ya habían caído para cuando ellos escribían, es decir profetizaban acontecimientos ya sucedidos, presentados en forma de alegorías para edificación de los actuales perseguidos. Hasta hoy hay los que creen que ciertas profecías están vigentes, y esto incluye ciertas confesiones, que creen que hay acontecimientos que aún deben suceder, a pesar de que sus profecías parecen haber sido escritas posteriormente a los hechos que narran. Recordemos el Gran Chasco, que por cierto tuvo entre otras consecuencias que las diversas confesiones tuvieran muchísimo más cuidado con eso de mandarse con predicciones exactas, lo que hoy no hacen ni amenazados con descuartizamiento por caballos salvajes, pero nunca te dejan de decir que el Tiempo está cerca (Apoc. 22,10). El principal hagiógrafo cristiano del Fin del los Tiempos, el Apóstol Juan, desterrado en la Isla de Patmos en un contexto de persecución, recurrió a su tradición judía para consolar a los perseguidos, y así escribió su Apocalipsis, sucesión de visiones que desembocan en el último Juicio y la llegada de la Jerusalén Celestial: Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto de Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (Apoc 21, 1-2), en la que evoca imágenes del Arca de la Alianza (Levítico, 26,11) y de Isaías 25,8. Así ocurrirá con muchas otras visiones e imágenes, como la del Hijo del Hombre, procedente de Daniel; el río de la Vida y los Cuatro Vivientes, que vienen de Ezequiel; los Jinetes del Apocalipsis, que vienen de Zacarías (Y que Blasco Ibáñez convertirá en tíitulo de novela en el siglo XX), así como los Dos Testigos que restaurarán el Templo;  las señales cósmicas, que vienen de uno de los Isaías y de Oseas; y así encontraremos incluso citas directas de muchos otros profetas incluidas en el libro, por decirlo así, sin comillas. El Apocalipsis es el último libro de la Biblia, y ello a pesar de la eventual existencia de otro, denominado Novísimos, del que apenas he escuchado alguna mención, así que difícilmente puedo hablar de él.    

IV
Guerra Santa y Dominación Romana

La Jihad, o Guerra Santa, al revés de lo que puedan pensar muchos hoy en día, no la inventaron los musulmanes. Creo que podemos decir que muchas de sus características actuales están tan completamente prefiguradas en los libros Primero y Segundo de Macabeos, que podemos sin temor darle partida de nacimiento en este período. Y me parece a mí que difícilmente podía estar más justificada. A pesar de lo que nos podamos imaginar, el Segundo libro de los Macabeos no es continuación del Primero. De hecho ni siquiera son del mismo autor. Ni se escribieron en el mismo sitio. Y aunque coinciden más o menos en el tiempo, el Segundo de Macabeos arranca de un poquito más atrás que el Primero de Macabeos, escrito en hebreo por un judío anónimo en la misma Judea, y que quiere ser una narración más “histórica”, es decir más o menos fiel a la secuencia de los hechos, y aunque solo se conserva en griego koiné, fue escrita originalmente en hebreo. El Segundo de Macabeos, en cambio, posee hagiógrafo conocido, de nombre Jasón de Cirene, nombre bastante helenizante para un judío, considerando además que Cirene está en el Norte de África, actual Libia. Escrito para los judíos de Alejandría directamente en griego koiné, de alguna manera muestra la contradicción clásica de la intelectualidad de un pueblo que para mantener sus antiguas tradiciones no tiene más remedio que emplear la lengua y los registros de los odiados opresores. La feroz persecución de los helenizados orientales a los tradicionalistas judíos es narrada con gran recargo en las tintas, incluso patetismo, y sin embargo, está escrita en el griego de los perseguidores en vez de en el hebreo de los perseguidos. Y, a diferencia del Primero, se mete con temas teológicos: La resurrección de los muertos que ya mencionamos, las sanciones de premio y castigo de ultratumba, las intercesiones y relaciones entre el Más Allá y el Más Acá, etcétera. Por estas razones es que la iglesia Católica lo considera canónico, precisamente, mientras que no está en el canon judío, aunque sí es bastante apreciado como fuente histórica, a la par de la obra del historiador Flavio Josefo, más o menos contemporáneo.

Para conocer los sucesos históricos, el Primero de Macabeos es más útil que el Segundo: La familia de los Asmoneos – luego apodados Macabeos = Martillos – se puso al frente de la Resistencia Nacional. Vale la pena narrar cómo ocurrió, pues Matatías el Asmoneo reunía a su alrededor a los descontentos y así Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios (…) y le dijeron (a Matatías): Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad (…) Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas. (1 Mac., 2, 15-18). Por supuesto, el clásico señuelo de la potencia ocupante que dice lo de siempre: que ya lo hicieron los demás, que tendrás tu recompensa, bla, bla, bla. Matatías responde: Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres (…) No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda (1 Mac. 2, 19-22). Probablemente muy poco lógica para la postmodernidad, pero indudablemente gallarda y valiente respuesta. Y así la Guerra Santa se inicia en Modín con la matanza de traidores y enemigos, y la retirada de Matatías y sus hijos a la guerrilla montañera, en la que los hebreos tenían práctica desde tiempos de David. La famosa fiesta de Hánukkah, que se asocia a la Navidad cristiana por la cercanía de fechas, es remembranza de la rebelión de los Macabeos, cosa que seguro sorprenderá a más de uno. Para no hacerla más larga, diremos que tras la muerte de Matatías, sus cinco hijos, empezando por el epónimo héroe nacional Judas Macabeo, se sucedieron en el mando, hasta que el último, Simón, obtiene de los sirios la Autonomía de Judea, con él como Rey y fundador de la dinastía asmonea. Un siglo durará esta suerte de independencia, hasta que los romanos lleguen y desplieguen su hábil política de divide et impera. Los sucesores de Simón se metieron con sandalias y todo a la política de entonces, nada edificante. Surgen en esta época los grupos enfrentados entre sí de los Fariseos y Saduceos, con los Esenios circulando por ahí. Este reino desaparecerá en una guerra civil entre sus últimos soberanos: Aristóbulo II e Hircano II, donde ambos tontamente llaman a los romanos en su ayuda, los que ni cortos ni perezosos acuden al mando de Pompeyo el Grande, y se apoderan de todo en 63 a.C. Así Jerusalén fue ocupada y Judea convertida en protectorado, y luego en colonia. Pompeyo, curioso de ver el extraño ídolo de los judíos, profana el Templo, entra al Sancta Sanctórum, y declara, según el historiador Tácito: No vi la imagen de ningún dios, solamente un espacio vacío y misterioso. En este contexto vendría al mundo Jesús de Nazaret.

V
Colofón

A estas alturas mis astutos lectores habrán notado que estoy empleando la Semana Santa para colocar estas Crónicas sobre Leer la Biblia. Parece adecuado el momento para hacerlo, y ruego disculpas si a alguien le molesta. Pero recordemos que la cosa es leer. Y ya falta poco para terminar con estas Crónicas sobre leer la Biblia. Paciencia.



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miércoles, 27 de marzo de 2013

CRÓNICA DE LECTURAS 23: BIBLIA (IV)

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CRÓNICAS DE LECTURAS – 23
LEER LA BIBLIA (IV)

Me aprovecho de la Semana Santa para disparar mis Crónicas de Lecturas sobre Leer la Biblia. Y ya estoy en la cuarta entrega. Agradezco a mis lectores la paciencia.

I
Profetismo y Profecías

Hasta el 2012 estuvieron de moda las profecías del fin del mundo, y nos hemos malacostumbrado a llamar Profeta a cualquier charlatán que diga cualquier bobada, y así es fácil que se nos escape lo que era realmente ser Profeta en tiempos bíblicos. La palabra hebrea para profeta es Nabí, que denota a la vez el rasgo pasivo de ser llamado, y el activo de ser portador del mensaje anunciador de la voluntad de Dios. Dicho mensaje puede atañer al pasado, presente o al futuro, recibirse por visiones, audiciones o inspiración interior, y transmitirse en poemas, relatos, parábolas, oráculos e incluso con acciones cargadas de simbolismo. Los Profetas se dedican full time a la labor de mensajeros de Yahvé, el llamado es irresistible, y no puede rechazarse: Antes de formarte en el seno de tu madre te conocía; antes de que tú nacieras, Yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones. / Yo exclamé: Ay Señor Yavé, ¡cómo podría hablar yo, que soy un muchacho! / Y Yavé me contestó: No me digas que eres un muchacho. Irás dondequiera que te envíe, y proclamarás todo lo que Yo te mande. / No les tengas miedo, porque estaré contigo para protegerte, palabra de Yavé (Jeremías, 1, 5-8). Los Cuatro Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) son así llamados por el tamaño de los escritos que han dejado, pero parece que varios de ellos, particularmente Isaías, son más de uno. Ya hemos hablado en su momento del papel de los Sacerdotes y del Templo de Jerusalén, que se dedicaba entre otras cosas a reunir las escrituras dispersas en un canon aceptable. Imaginemos el problema que se presentó cuando los reinos hebreos desaparecieron a manos de asirios y babilonios y cesaron como entidades políticas. Los Sacerdotes y Levitas dispersos en medio mundo juntaron y separaron escrituras, y los escritos se entremezclaron. Así que saber cuáles son cuáles y quiénes son quiénes es complicado y requiere de especialistas realmente expertos. Por ejemplo, entre los Judíos, Daniel no se clasifica Profeta, sino Escrito. Y todo esto choca además con el libre examen, tan caro a las Iglesias Cristianas post Reforma, así como al Liberalismo racionalista.

Examinemos esto unos momentos: El libre examen de lo escrito en el Libro Sagrado es sin duda un triunfo del espíritu y de la libertad fundamental con que el Hombre fue creado, y si lo ha sido a imagen y semejanza de Dios, pues es esta una característica de Dios con la que me siento sumamente cómodo. Pero como nada es perfecto en este mundo cochino, el Libre Examen que presidió la Reforma Religiosa terminó por “equilibrarse” con la creencia en la Infalibilidad de la Biblia, basada, como no, en una cita: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia. (2 Timoteo, 3,16, Traducción Reina-Valera, 1960). Y patatín, salimos de Guatemala para caer en Guatepeor, para qué superamos entonces a San Jerónimo, a la Vulgata y a la Interpretación Ortodoxa de la Biblia. Esto hace que me pregunte sobre qué sentido tuvo hacer tanta movida para terminar en el mismo sitio de enantes, voluntad de Dios será de repente. El concepto de sola scriptura, creencia fundamental de las iglesias reformadas, suele interpretarse a la fundamentalista, como que Toda Verdad Está En La Escritura, y a veces peor, como que No Hay Conocimiento Que Contradiga La Biblia. Y eso no sería ningún problema, si fuéramos sensatos y supiéramos mantener separados los planos del conocimiento. Pero la sensatez es una suposición que nada nos autoriza a sostener, los fundamentalistas no son gentes sensatas y tienen demasiados problemas emocionales que resolver (necesidad de una autoridad qué seguir y qué manipular), y le adjudican a la Biblia un Valor de Verdad Absoluta, rasero que les permite juzgar a los demás con toda la del buey. Mi corta experiencia me dice que no hay nada más relativo que una Verdad Absoluta, y si no me cree láncese usted una de esas por ahí, en media hora tendrá tantas interpretaciones como personas la hayan escuchado. Todo esto viene a cuento porque ciertos pasajes de la Biblia interpretados numerológicamente han dado lugar a confesiones religiosas, aunque parecen provenir más de errores honestos que de charlatanismo – que seguro también anda por ahí. El señor William Miller, de Nueva York, hombre íntegro, humanitario, benévolo y de inteligencia más que mediana, estudió la Biblia por años, y llegó a la convicción por libre examen que la Segunda Venida de Jesucristo se produciría de todas maneras en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cuando pasó la fecha sin pena ni gloria – especialmente sin gloria – la volvió a fijar para el 18 de abril de 1844. Y al no pasar nada, declaró: Confieso mi error y reconozco mi decepción; pero aún creo que el día del Señor está cerca, casi a la puerta.

II
Grandes Chascos, y esperando al Mesías

Si bien la muy respetable Iglesia Adventista (De Adviento o Advenimiento) reconoce su origen en las ideas e interpretaciones de Miller, hoy en día tiene la sensatez de no ponerle fecha al Fin de los Tiempos (Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre - Mateo 24:36 – Me pregunto por qué Miller no empezó por aquí). Tras el 18 de abril de 1844 los milleristas no escarmentaron, revisaron los trabajos del susodicho y le pusieron fecha a la Segunda Venida para el 22 de Octubre de 1844. Al pasar la noche del 22 al 23 sin que el Señor se dignara aparecer la Decepción fue inmensa, y se la conoce en la historia de las religiones como el Gran Chasco. Según parece, ni fue, es, o será el primero ni el último. Las consecuencias fueron complejas, podemos imaginar cómo se sacudió la fe de las gentes sencillas: Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas, y un espíritu de angustia vino sobre nosotros como nunca antes había experimentado... lloramos y lloramos hasta el atardecer. Por más bautizado católico que esté, no es decente burlarse de las creencias de estos hombres y mujeres, aunque he oído a algunos que creen así ganarse puntos. Pero la fe es demasiado escasa y valiosa para maltratarla. Pero todo esto empezó con la interpretación de William Miller de partes de la Biblia, en especial el capítulo 8, versículo 14 del Libro de Daniel: Le respondió: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas: después será reivindicado el santuario. Miller era en apariencia un hombre honesto y nada tonto, debe haberse sentido realmente en estado de shock cuando no le funcionó el cálculo. Muchos de los que vinieron después no tuvieron sus escrúpulos. Y de éstos no hay demasiado qué decir, mejor retornemos a la Biblia, me parece ya estamos advertidos de los chascos en los que se cae al hacer profecías y jugar con el miedo de las gentes, sin permiso del Gran Jefe.

Volvamos a los firmes, los Profetas de la Biblia, bien conocidos por sus recuentos de profecías, discursos y hechos, escritos por ellos mismos o por secretarios especiales, como Baruc, secretario de Jeremías; o transmitidos oralmente y luego fijados por escrito. Lo importante del profeta es su calidad de mensajero, pero parece que algunos fueron dotados por Yahvé con poderes taumatúrgicos, aunque éstos (Elías, Eliseo, Natán, Balaam, etcétera) no dejaron escritos, que sepamos, y para nosotros no cuenten tanto. Los Profetas suelen dividirse en dos grupos: Los Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) y los Profetas Menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Jonás, Zacarías y Malaquías). Por cierto ya vimos que estos libros no parecen estar del todo bien clasificados, según la Tradición Hebrea Daniel no es Profeta; y en cuanto a Jonás, como también dijimos antes, lo metieron al grupo parece que para completar la docena, por ser doce un número místico, o por completar un equipo de fútbol con entrenador. La interpretación cristiana desde la Patrística vio en los Profetas el anuncio del Mesías por venir. Esta idea del Mesías es muy peculiar y merece alguna explicación: Durante el destierro en Babilonia, de unos setenta años, aparece la creencia en un Salvador, descendiente del Rey David, que devolverá la Gloria y la Independencia al Pueblo Elegido. El Salmo de la Balada del Destierro testimonia la añoranza de los desterrados por su Jerusalén bienamada, su tierra, religión y costumbres. Como en tiempos de Moisés en Egipto, se espera un Libertador del Pueblo, y he aquí que aparece uno, aunque no judío: El Rey Ciro el Grande de los persas era un personaje especial, que los judíos sentían que podía ser “de los nuestros”: Como buen Persa, rendía culto fanático a la Verdad; no arrasaba a los pueblos vencidos, más bien se los incorporaba; su Religión, el zoroastrismo, poseía elevada moral y era “casi” monoteísta; y por si fuera poco, era enemigo de los babilonios, a los que derrotó y conquistó con la probable colaboración de los judíos y otros pueblos sojuzgados. El Gran Rey Ciro calificó merecidamente como un Primer Mesías: Los Libros de Esdras y Nehemías cuentan con agradecimiento cómo el Gran Rey liberó del cautiverio a los judíos, concede el retorno a Judea, les autoriza reedificar su Templo en Jerusalén, y así el profeta Isaías lo celebra: Así habla Yahvé a Ciro, su elegido: (…) Sin que me conocieras te hice tomar las armas, para que todos sepan, del oriente al poniente, que nada existe fuera de mí (…) Que se abra la tierra y produzca su fruto, que es la salvación (…) Yo también lo he llevado a la victoria y le he despejado el caminio. Él reconstruirá mi ciudad, traerá a su patria a mis desterrados, sin exigir rescate ni recompensa, dice Yahvé de los Ejércitos. (Isaías 45, 5, 8, 13)

III
Qué profetizan los profetas

Para no corrernos el riesgo de William Miller de encontrar lo que no hay, precisemos que un Profeta se caracteriza por saber escuchar a su Dios y transmitir lo que se le dice, y así no se equivoca. No es un chamán ni un gurú ni necesariamente un místico, que se perfeccionan espiritualmente en un extático recogimiento. Tampoco es parte de la jerarquía religiosa. Aquí podemos encontrar ciertas gradaciones y prelaciones según la fe que se tenga. Para los judíos el Profeta por antonomasia es Moisés, y en comparación todos los demás son segundones, aunque le otorgan cierto prestigio a Samuel. El Islam es radical en este extremo también, pues fuera de Mahoma Decid: creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, en lo que se reveló a Abrahán, Ismael, Isaac, Jacob y las tribus; en lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No distinguimos a ninguno de ellos y nos sometemos a Dios. (Corán 2,136). En el Cristianismo el Mesías (Emanuel Jesús) es Rey y Sacerdote, pero también Profeta que abroga a los demás, dejándolos como simples precursores, como se dice al respecto de Juan Bautista, el último y mayor de ellos: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él (Mateo, 11,11). No deja de sorprender a muchos enterarse que los Profetas del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam son básicamente las mismas personas, y lo que cambia son las valoraciones que se hace de ellos. Todos tienen en común la experiencia del encuentro personal del Hombre con su Dios (Hijo de Hombre, ponte en pie que voy a hablarte – Ezequiel, 2,1); la importancia de escuchar y llevar Su Palabra (… ellos no escucharon ni me hicieron caso – oráculo de Yahvé – (…) mis palabras y preceptos (…) ¿no alcanzaron a vuestros padres? (…) Como Yahvé Sebaot había decidido tratarnos (…) así nos ha tratado – Zacarías, 1, 4-6); la necesidad de la conversión personal y la fidelidad ética vivida en la sociedad como exigencia concreta de justicia social (¿Acaso se trata nada más de doblar la cabeza como un junco o de acostarse entre saco y ceniza? ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yahvé? ¿No sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos … - Isaías 58, 5-6); la visión de la misericordia divina asomando en medio del juicio terrible de Yahvé Sebaot, Dios de los Ejércitos (Rasga tu corazón y no tus vestidos, y vuelve a Yahvé tu Dios, porque Él es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse, y grande es su misericordia; envía la desgracia, pero luego perdona – Joel, 2, 13). El encontrar tan semejantes la Fe de Cristo con la de Moisés y con la de Mahoma podría llevarnos, solo tal vez, a repensar un poquito mejor este tema del ecumenismo. A ver a donde nos lleva …

Y luego, las promesas, para bien y para mal. El Mesías, no lo olvidemos, será Rey, y será Justo, porque todas las esperanzas del Buen Gobierno que hoy día depositamos en la idea de la Democracia, en aquellos días eran depositadas en el Enviado que devolvería a Israel la Paz y la Justicia: Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. / Sobre él reposará el espíritu de Yavé (…) / (…) / No juzgará por las apariencias ni se decidirá por lo que se dice, / sino que hará justicia a los débiles y defenderá el derecho de los pobres del país. (Isaías, 11, 1-4). Es nada más y nada menos que el advenimiento del Reino de Dios, es el cumplimiento de un alto destino para la Humanidad que empieza a sentirse también como la necesidad espiritual de vivir para siempre, es decir la esperanza de una Resurrección de la Carne que no se ve muy clara aún (habrá que esperar a los Macabeos y la resistencia nacional). Pero este Pueblo Elegido, liberado contra su voluntad ya desde Moisés, falla y falla y falla y no se merece en realidad nada de su Dios, a pesar de la paciencia que le muestra: La Gloria de Yahvé estaba allí, tal como la había visto junto al río. / Y Yahvé me dijo: Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el norte. Lo hice y vi el ídolo. / Y añadió: Ves lo que hacen, las grandes maldades que la gente de Israel comete en este lugar para alejarme de mi santuario. Pero vas a ver pecados mayores. (Ezequiel 8, 4-6). O también: Oye pueblo estúpido y tonto, que tienes ojos y no ves, orejas y no oyes. ¿A mí no me temen, dice Yahvé, ni tiemblan delante de Mí?  (…) Pero este pueblo, cuyo corazón es traidor y rebelde, me ha vuelto la espalda y se ha marchado (…) … han sobrepasado la medida del mal … (…) ¿Podré dejar pasar esto sin castigo, dice Yahvé, y no me vengaré de una nación como ésta? (…) ¿Qué harán ustedes cuando llegue el Fin? (Jeremías 5, 21 – 31). Terribles palabras, pero que indican que Yahvé Sebaot, el Dios de los Ejércitos, es un Dios Celoso, que no deja pasar las cosas, y que está siempre ahí, sea para salvar, sea para castigar. He ahí los dos mensajes proféticos fundamentales, contradictorios, duales, complementarios: Castigo / Perdón. Y esto pareciera que tiene que resolverse de alguna manera, de una buena vez por todas.

IV
El género apocalíptico

Y una manera en que en apariencia parece resolverse esta contradicción es el Apocalipsis. El término apocalíptico viene del nombre del último libro de la Biblia, el Apocalipsis, o Revelación, pero en realidad constituye un género con profundas raíces en el Antiguo Testamento y en otros Libros de origen análogo, que no están necesariamente en el canon de los libros sagrados de la Biblia, pero que tampoco está prohibido leer. Como este género está muy representado en los escritos de los Profetas, parece adecuado tratarlo aquí. La Biblia narra la Salvación operada en la historia por la acción de Dios. Es natural que así como tiene un principio con el Génesis, tenga también un final anunciado, que le ponga un fin a esta dinámica de Castigo / Perdón resolviéndola de una buena vez por todas. Y desde el principio, y para arribar al final, debe haber algún tipo de plan, revelado a los hagiógrafos, que lo expresan a su modo. Este plan prevé un final de los tiempos al que solamente se arribará tras muchas tribulaciones y sufrimientos por parte del Pueblo Elegido, y por ello encontramos apocalipsis judíos, cristianos, y hasta islámicos. Este sufrimiento y la terrible dificultad de mantenerse fieles provienen del hecho que la Fe no está en un contexto adecuado para su desarrollo. Para los judíos, el poseer un estado y país propios era determinante para poder vivir abiertamente la Fe en el Dios Vivo. La conquista de Canaán por Josué y sus sucesores no posee otro sentido, y la pérdida del Estado es el castigo divino por no estar a la altura del reto. La liberación del cautiverio Judío en Babilonia es operada por el Mesías persa Ciro el Grande, y muchos judíos vuelven a Judea, resignados a ser una semiprovincia del imperio persa, aunque con Libertad de Culto. Reconstruyen así el Templo y la Jerarquía religiosa, y logran alguna autonomía en sus asuntos. Pero esta relativa arcadia dependía de la situación política. Cae el Imperio Persa en manos de Alejandro Magno, y a su muerte se divide en reinos epígonos. Judea se subsume en el Reino Helenístico de Siria, la Cultura Helenística golpea duro en las tradiciones judías, y el género apocalíptico surge con la helenización forzosa que se impone en el siglo III a. C.

Si se lee con especial atención el Libro Segundo de Macabeos, se encontrará lo que fue ese durísimo proceso de helenización: Era tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema perversidad de aquel Jasón, que tenía más de impío que de Sumo Sacerdote, / que ya los sacerdotes no sentían celo por el servicio del altar, sino que despreciaban el Templo; descuidando los sacrificios, en cuanto se daba la señal con el gong se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra contrarios a la ley; / sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas (2 Macabeos, 4, 13-15). Lo que hasta entonces se tenía por sagrado es profanado por la acción de judíos conversos al helenismo, inclusive en la jerarquía sacerdotal. Se enfrenta una profunda crisis de identidad nacional y religiosa: No se podía ni celebrar el sábado, ni guardar las fiestas patrias, ni siquiera confesarse judío (2 Macabeos, 6, 6). Se persigue mantenerse en la fe de los mayores, se martiriza al que sigue los preceptos sagrados: Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer públicamente la ciudad con los niños colgados del pecho, y las precipitaron desde la muralla (2 Macabeos, 6, 10). Es la hora de la Resistencia, como para los pueblos ocupados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, o para la Tacna sometida a la chilenización durante medio siglo: Uno de ellos hablando a nombre de  los demás, decía así: ¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres (2 Macabeos, 7, 2). Y entre el suplicio y el martirio, el odio de los infieles, la aparente inutilidad del sacrificio, el espíritu de una Resistencia creciente y furiosa, surge la idea de la Resurrección, prefigurada por el Qohelet: Cerca ya del fin decía así: Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 Macabeos, 7, 14). Y así como hay premio en la Otra Vida para los que se mantengan firmes, el Dios de los Ejércitos reserva un Tremendo Castigo a los que atormentan a los Elegidos: … No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la Ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. / Y tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios (2 Macabeos, 7, 30-31).

V
Colofón

Entre la profecía y el Apocalipsis encontramos una transición en el discontinuo devenir narrado en la Biblia. Es un período duro y complicado, un contexto en el que la Fe particular de cada cual sufre las consecuencias de lo que las enormes fuerzas impersonales de la Historia le cargan a uno. Quien sabe, el Nuevo Testamento y los Evangelios puedan dar algún tipo de respuesta a esto, y eso veremos en nuestras siguientes Crónicas sobre Leer la Biblia.





martes, 26 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 22: BIBLIA (III)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 22
LEER LA BIBLIA (III)

I
Creacionistas y Evolucionistas

Algo más de siglo y medio atrás la Iglesia Anglicana se metió en un lío descomunal al entrar en conflicto con la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, Alfred Russell Wallace y Thomas Huxley: El conflicto aparente entre Fe y Ciencia mostró cuán inane es un sistema de creencias sobre la realidad basado en la interpretación literal de las palabras de la Biblia. Parecería que el ente metafísico “Ciencia” se imponía a la “Religión”, otro ente metafísico del mismo género. A mi humilde entender la discusión es absurda por confundir planos, aunque estoy seguro hay harto pan que rebanar acá, y precisamente porque lo hay no sé qué hacían estos discutiendo sobre tortas y panqueques. No creo que exista Ciencia ni Religión fuera de las mentes de las personas o comunidades que las practican y/o profesan. No impongo a nadie mi idea, pero yo no veo ahí más que conjuntos de proposiciones. Creo que entendemos demasiado poco sobre la mente y el espíritu humanos – sean éstos lo que fueren – para ponernos a discutir acerca de la certeza del conocimiento de dos conjuntos de proposiciones cuya intersección es vacía. Parece que discutiéramos sobre cuántos ángeles caben en la puntita del famoso alfiler. Claro que esto no es más que mi opinión, y estoy seguro que otros sostendrán distinciones más sutiles y certeras, pero esto que narro son mis propios viajes, y sólo trato de plantear cómo veo este tema, en el que a algunos en definitiva se les va la vida. A mí no me causa el más mínimo problema distinguir entre Ciencia y Religión, y cuando veo alguna discusión que las enfrenta entiendo que podría ser más productiva, interesante o profunda, incluso con el desacuerdo. Ambos dependen demasiado de cierta mirada subjetiva, lo que me enseña más sobre la dificultad de escapar de esquemas preconcebidos que sobre la certeza de las afirmaciones. Es cierto que parto del deber-ser de la libertad de pensamiento, que incluye la libertad para tener las creencias no demostradas que te vengan en gana, siempre y cuando no nos compliques desordenadamente la vida al resto; y me molesta que ambos conjuntos de creencias no coexistan sin problemas. Entiendo que una vida bien ordenada equilibra las cosas, en especial cuando hay motivos fundados para suponer que ningún sistema te dará todas las respuestas. Precisamente por eso chocamos con las ortodoxias que se pretenden totales y verdaderas, y que para ello nos muestran falacias de petición de principio. La ortodoxia no es necesaria para la Religión, que entiendo como sistema individual y abierto de creencias. Las Iglesias son otro cantar, porque cierran lo que debes creer por sus propios y particulares motivos, y cuyos intereses me parecen ajenos tanto a lo religioso como a lo científico. Ahí están para decirlo con conocimiento de causa Jansenio, Teilhard de Chardin y Anthony de Mello; y desde la otra orilla Copérnico, Galileo y Giordano Bruno. Que lo que les pasó o dejó de pasar a todos ellos no tiene tanto que ver con Dios como con confundir el triciclo con la manivela.

En el terreno práctico de la Vida, si estoy enfermo y le pido a la divinidad que intervenga para sanarme, de repente Dios (O Diosa, o Eso que está allá), si soy tan interesante o importante para Él como para que haga algo, me enviará un médico eficiente al alcance de mi bolsillo, lo que en el Perú no es poco y requiere de cierto nivel de omnipotencia (Eclo. 38, 1-15). No veo con qué cara le limito las opciones a la divinidad, como veo ciertas Iglesias hacen prohibiéndole a Dios las transfusiones, por ejemplo. Y contrario sensu, si aparece alguien con ganas de quemarte vivo por eso de que si Dios es Trino o Uno, o si Jesus usaba para vestir sábanas o frac, lo más sensato es correr si puedes. Que soy humano, y nada de lo humano me es ajeno, ni siquiera el Miedo. Y no atraco con las Iglesias que me imponen soluciones si estoy enfermo, ni con los creacionistas y sus sumas de edades de patriarcas para hallar la antigüedad del Universo. Podría verlo desde la Ciencia: La sonda Planck de la ESA-NASA acaba de cartografiar con mayor exactitud la luz de fondo del Big-Bang, y el universo registra algo más de añitos de lo que se creía: Trece mil millones. Pero desde la Religión hay un argumento tipo Navaja de Ockham, pues los hagiógrafos se concentran en cuestiones universales y no en lo contigente. En su estilo lo que dicen es que todo lo que existe lo hizo Alguien, y le salió Bien. Si eso es o no Verdad, pues falta data y por eso es cosa de Fe. Esa Fe me dice que tras cada uno de los Seis Días de la Creación, vio Dios que esto era bueno (Gén. 1; 10, 12, 18, 21, 25), y más aún: Dios vio que cuanto había hecho era muy bueno (Gén. 1, 31). Sí, en todos los tiempos es necesario recordar que Existir es mejor que no existir; que Ser, sobre todo cuando sabes que Eres, es mejor que No Ser; y Vivir mucho más grato que No Vivir. Claro que eso es discutible si tienes hambre, o sientes desamparo al saber que dejarás de Ser, pero desde allí puedes aspirar a algo mejor, que más vale perro vivo que león muerto (Eclesiastés, 9, 4). Que exista el Universo entero - galaxias, estrellas, planetas, rocas, mares, plantas y animales y el ser humano – es así, en principio, bueno. Pero a esto no se refieren los creacionistas cuando presumen de aritméticos con las edades de los patriarcas. Yo digo que ante el hecho desnudo del Existir ¿A quién recuernos le importará que Dios hiciera el Mundo en Seis Días o en Seis mil millones de años? Esos son aspectos técnicos que no carecen de interés científico ni especulativo, claro, pero no son de fondo: La Religión es Fe; la Ciencia es conocimiento verificable. La Fe no se basa en enunciados de Ciencia, ni la Ciencia en los de la Religión. Los creacionistas y otros fanáticos confunden los camotes con Pavarotti, y cuando tratan de imponerse no lo hacen por religión, sino por ideología, economía y política, testigo el Tea Party. La recta Religión y la Ciencia de veras pueden y deben criticar y combatir a esos loquitos. Y ya no perderé el tiempo con alucinados.

(Y sin embargo, no me aguanto y romperé una lanza por la sensatez: El Calendario se basa en los movimientos aparentes del Sol y la Luna. Un “año” es el tiempo entre dos equinoccios o solsticios, más o menos; así como “mes” el tiempo entre dos fases iguales de la Luna. Se mide la duración de la vida en “años” y “meses”. Cuando los primeros hagiógrafos escribían era probable que emplearan medidas de tiempo lunares más que solares. El término “año” compara el tiempo vivido con el tiempo de rotación del Sol. Es coherente suponer que la palabra que San Jerónimo tradujo “año” para los patriarcas antediluvianos  - Adán, Set, Enós, Quenán, Mahalalel, Yéred, Henoc, Matusalén, Lámek y Noé - se refería a la edad en general, sin distinguir entre el período lunar o el solar. La leyenda o mito recogido por el elohista habría usado el término “año” refiriéndose a la rotación de la Luna, y el elohista y/o el traductor San Jerónimo, sin pensar mucho en ello, lo asumieron Solar. Total, eran hagiógrafos y traductores, no astrofísicos ni geógrafos. Así, el famoso Matusalén, que habría alcanzado la portentosa edad de 969 “años” (suma de 187 “años” cuando engendró a Lámek, y 782 “años” después – Gén, 5, 25-26) habría vivido 969 “años … lunares”, es decir 969 meses de hoy. Y habría cantado su happy birthday solar algo más de 80 veces (80 “años solares” = 969 “años lunares”), y tenido su primer vástago a los quince “años solares”, con un año solar de doce meses lunares (en algunos calendarios es trece). Llegar a la edad de 80 “años solares” es respetable aún hoy, y más entonces que la expectativa de vida en Palestina no debe haber sido muy elevada. Como hipótesis esto vale por lo menos igual que creer que un patriarca vivió casi mil años solares, y mucho más probable.)        

II
Historia, Moral y Religión

Entre tantas cosas que es la Biblia, es una interesante fuente histórica. Si se la lee en esa perspectiva encontramos desde fuentes históricas directas – los libros de Josué, Jueces, primero y segundo de Samuel, primero y segundo de Reyes, primero y segundo de Crónicas / Paralipómenos, Esdras, Nehemías, primero y segundo de Macabeos -  hasta testimonios de carácter moral, ético y religioso que expresan los rasgos y contenidos de las épocas en que los hagiógrafos los escribieron. Así pueden interpretarse las historias y cuentos de Rut, Ester, Job, Tobías, Judit, Jonás y partes de los Libros de Daniel, Ezequiel y Jeremías, entre otros. Es claro que los hagiógrafos no entendían la Historia como nosotros. La Historia hoy es un conjunto de proposiciones verificables, al margen de temas epistemológicos no pertinentes ahora. Los hagiógrafos, en cambio, registraban y valoraban los hechos desde una perspectiva religiosa y moral. Atribuían la caída del Reino del Israel a manos de los Asirios a que Israel se separó del Templo de Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Vale decir, las cosas pasaban o dejaban de pasar por estar acordes o no con un deber ser religioso, ético y moral. Y explicaban por qué Judá no cayó a la vez que su vecino Israel: “Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, comenzó a reinar (…). Siguió los pasos los reyes de Israel y (…) se portó muy mal con Yavé. Sin embargo, Yavé no quiso exterminar a Judá por amor a su siervo David, según la promesa que le había hecho de mantener siempre encendida su lámpara, lo que se refería a sus hijos.” (2 Reyes, 8, 16-19). Portarse mal con Yavé – mantener el culto de otros dioses -  explica para el hagiógrafo por qué un reinado era un desastre. ¿Entonces cómo explica el hagiógrafo que a Joram le vaya bien, siendo un forajido de polendas? Pues por la promesa hecha a David por Yavé. Los Profetas eran esenciales como intérpretes de la voluntad de Dios, y más le valía al Rey seguir sus consejos. Era crucial la relación entre el Poder Político y el Religioso: cuando andan de acuerdo todo va bien; cuando no, todo va mal. Destacan así los profetas Moisés, Débora, Samuel, Natán, Elías y Eliseo, que transitan por Judea portando el mensaje de Yavé, y a veces prefigurando los milagros del Cristo.

En consecuencia estos relatos bíblicos “históricos” son edificantes y muestran en qué consiste portarse bien con Yavé. En Ester se trata de “A Dios rogando y con el mazo dando”; es decir rezar a Dios por la salvación del pueblo a la vez fomentando la coquetería de Ester con el Rey Persa Asuero para influir a favor del pueblo y vencer las intrigas del enemigo Amán. En Rut es la fidelidad a la Fe, que supera el prejuicio étnico al mostrar la fe en el Dios Vivo y la lealtad a Noemí de la moabita Rut, que se une al Pueblo Elegido para ser nada menos que abuela del Rey David: No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, allí también quiero morir y ser enterrada yo. Que el Señor me castigue como es debido si no es la muerte la que nos separe (Rut, 1, 16-17). En Tobías se trata de sostener la religión en un contexto pagano, de ser firme frente a la adversidad, de confiar en la providencia de Dios. Varios de estos sabrosos cuentitos, como Ester, Daniel y otros, enseñan cómo comportarse entre no-judíos, algo terriblemente importante tras el colapso de los dos estados hebreos. En Judit se destaca la importancia de las mujeres judías (Judit significa “la judía”) en los momentos de crisis, que débiles y todo salvan al pueblo: no está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados (Judit, 9, 11). Quizá uno de los libros bíblicos de más resonancias modernas sea el de Jonás. Que la clasificación de los Libros de la Biblia no fue muy acuciosa se nota cuando se agrupa a Jonás con los Profetas Menores, entre Abdías y Miqueas, cuando en realidad es un cuento, como Rut o Tobías. Seguramente ello fue descuido de un clasificador que no sabía bien qué hacer con él, y lo leyó muy por encima. Pasa en las mejores Bibliotecas, por más clasificación Dewey que se use. La historia de Jonás era un cuento muy popular en aquellos días, y Jesús lo menciona varias veces en el Nuevo Testamento. No me aguantaré de contarlo y comentarlo.

III
El Libro de Jonás

Jonás es un profeta en el Reino de Israel. Es decir vive en la incómoda situación de predicar la vuelta del Reino separado a Jerusalén, lo que lo hacía muy impopular, y se le nota tozudo, terco y estólido, cualidades necesarias en tales circunstancias. Un buen día Yavé le ordena que vaya a Nínive, epítome de toda iniquidad, y predique contra ella. Esto echaba a andar un proceso: predicar contra una ciudad implicaba que o bien sus gentes se arrepentían o bien no, en el primer caso se les permitía vivir, en el segundo la desatada Ira del Dios de los Ejércitos destruía la ciudad y a todos sus habitantes. Pero Jonás veía la cosa algo diferente, fuera porque preveía lo que podía pasar, fuera por no querer predicar en Nínive. En todo caso Jonás se decide por ir en la dirección contraria y embarca a Tarsis, al otro lado del mundo, lejos de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 3). Esto es un motín in fraganti, Jonás tenía una idea limitada de con quién trataba. Yavé envía una tempestad que amenaza hundir el barco. La tripulación se afana en salvarlo, cada cual reza a su Dios por ayuda, mientras Jonás duerme en el fondo de la cala, tan inconsciente del asunto que el Capitán del Barco lo cuadra: ¿Cómo estás durmiendo? Levántate, invoca a tu Dios, quizá se acuerde de nosotros y no pereceremos (Jonás 1, 6). La tempestad arrecia, los marineros echan suertes a ver quién se trae el problema, y adivina a quién le toca. Me caen mejor estos gentiles que el profeta, cuando menos trabajan para que el barco no se hunda. Y también me agrada este Yahvé educador: Aquellos hombres tuvieron gran miedo y le dijeron ¿Qué es lo que has hecho? Pues ahora sabían que huía de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 10). Al fin, Jonás propone que lo echen al mar, la tempestad se disipa, el barco sigue su ruta, y un gran pez aparece de la nada y se traga a Jonás. Esta escena del pez inspiró a dos clásicos de la literatura infantil: El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen; y Pinocho, del italiano Carlo Collodi. En el primero, el soldadito es tragado por un pez y hallado al final por su dueño; mientras que en el segundo, Pinocho busca a su padre Gepetto, a su vez perdido al buscarlo. Y así como Jonás encuentra y es encontrado por Dios Padre, rezando en el vientre de la ballena – eso y ser digerido es lo único para hacer allí -, un par de milenios más tarde Pinocho encuentra a su padre en el vientre de otra ballena, seguro descendiente de la de Jonás y pariente lejana de Moby Dick.

En su forzado retiro el profeta termina por atracar con la voluntad de Dios, y produce de paso una bella oración, que por algo Dios lo eligió: En mi angustia llamé a Yavé / y me respondió, / grité desde el lugar de los muertos / y Tú oíste mi voz (Jonás 2, 3). El pez lo vomita, presumimos en la ruta a Nínive, y así Yavé le sugiere amigablemente que se deje de pretextos y haga lo que hay que hacer. Escarmentado, Jonás va a Nínive, ciudad grande que requiere tres días sólo para atravesarla, pero él predica por un día un mensaje corto, cumple con su deber con displicencia de empleado público. Al terminar el día se habrá dicho que ya estaba bueno; pero los ninivitas sin embargo, oyeron la advertencia e hicieron penitencia desde el mayor al menor. Y Dios, que es de buen natural, los perdona y no destruye la ciudad. Esto a Jonás le cayó como mentolátum con huevo frito, se enojó y dijo en versión libre: “Ya te agarraron por el bobo, como siempre. Clemente y misericordioso, bah, a estos hay que volarlos a lo Sodoma y Gomorra. Para esto me hubieras ahorrado el tour a la panza de la ballena. Me dejas como zapatilla, nadie me creerá otra profecía. Estoy hasta el copete de esta chamba” Bueno, es la idea, pues los profetas a veces le enmendaban la plana a Dios. Se observa en Moisés, el amigo de Dios, que en dramáticas circunstancias cuadra al mismísimo Yavé cuando éste muestra lo harto que está de esta plaga de israelitas, arrepentido de haberlos creado, y mejor empezamos todo de nuevo y con tu descendencia hacemos otro pueblo con mejores modales (Números, 14, 10-19). Pero ni Jonás es Moisés ni los ninivitas los fastidiosos israelitas. Jonás se larga de Nínive, se duerme a la sombra de un árbol, que Yavé hace morir, con lo que Jonás, mismo Chavo del Ocho, da de patadas en el suelo. Aquí la lección de Yavé: Te afliges por un ricino que no te ha costado trabajo alguno y que no has hecho crecer, que en una noche ha nacido y en una noche ha muerto. / ¿Cómo pues, yo no voy tener lástima de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien y el mal, y gran cantidad de animales? (Jonás 4, 10-11).
      
IV
Sabiduría en píldoras, con sus prejuicios más

Los Libros Sapienciales contienen muchas máximas de diversa procedencia, que eran parte de lo que hoy llamaríamos sabiduría convencional propia de la experiencia: refranes, dichos, ocurrencias, consejos prácticos que vinculaban los muy terrenales intereses de las gentes con los límites de los preceptos divinos, en combinación inseparable. Son una especie de llamado constante a la sensatez, a la agudeza de un intelecto sensible a lo útil y a lo bueno, instrumento del buen vivir, al que llamaban Sabiduría: Pues hay en ella (la Sabiduría) un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles, / porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza / (…) es un hálito del poder de Dios / (…) es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad. / Aún siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el Universo // (…) … contra la Sabiduría, no prevalece la maldad. (Sab. 7,  22-25, 26-27, 30). Visión optimista y poética, de cuando la Fe y la Razón no se habían separado. Estos libros trazan guías de acción frente a los hechos de la vida cotidiana, y quizá sean una de las partes de la Biblia más consultadas hoy en día: Los Proverbios, la Sabiduría, el Eclesiastés, del que ya he tratado, y el Eclesiástico, hoy llamado Sirácides, por su autor Jesús Ben Sirá. Su lectura es sencilla, pues por su estructura pueden consultarse abstrayéndose del resto, y además están soberbiamente escritos, como suele suceder con la sabiduría popular. Por otra parte, contienen estructuras internas propias, es decir soportan a la perfección la lectura analógica, la que empieza por el principio y continúa hasta el final. Podría incluirse aquí ese poema tan especial que es el Cantar de los Cantares, hermoso canto de nupcias y apasionado amor conyugal de la Luna de Miel, aunque también se le han dado significados místicos (Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, / como las tiendas de Quedar, / como los pabellones de Salmá, / No os fijéis en que estoy morena: / es que el sol me ha quemado. – Cantar, 1, 5-6).

Las pildoritas de estos libros no pueden ser más prácticas, considerando los contextos en que se desenvolvían. Poseen una belleza propia expresada en símiles, metáforas y otros recursos estilísticos de sus hagiógrafos. Escojo a continuación algunas al azar: Esta es interesante por su penetración psicológica, mucho más que los actuales libros de auto-ayuda: Ten en cuenta el momento y guárdate del mal, no te avergüences de ti mismo. / Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, y otra vergüenza hay que es gloria y gracia. (Eclo. 4, 20-21). Otras nos advierten de andar ojo avizor para hacer lo correcto: Con paciencia se persuade al juez, una lengua dulce quebranta los huesos (Pro. 25, 15); Quien cultiva su tierra se hartará de pan, quien persigue naderías es un insensato (Pro. 12, 11); Del consejero guarda tu alma, averigua primero qué necesita – porque en su propio interés dará consejo (Eclo. 37, 8); La ancianidad venerable no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia (Sab. 4, 8-9). Por otra parte estas citas vistas fuera de contexto suelen levantar discusiones, porque no hallaremos en estos textos, por ejemplo, equidad de género, idea moderna y alejada de lo preponderante entonces … ¿o no? Veamos esta cita: ¡Cualquier herida, pero no herida del corazón! ¡Cualquier maldad pero no maldad de mujer! (…) Prefiero convivir con león o dragón a convivir con mujer mala / La maldición de la mujer desfigura su semblante, oscurece su rostro como un oso. / En medio de sus vecinos se sienta su marido, y sin poder contenerse suspira amargamente. / Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella! (Eclo. 25, 13 y 16-19). Este duro juicio de ciertos rasgos femeninos ha perdurado, y sentado cátedra en la figura neotestamentaria de un Pablo misógino, aunque menos de lo que comúnmente se cree: … bien le está al hombre abstenerse de mujer (…) lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo … (1 Cor. 7, 1, 6-7). Como en lo dicho antes sobre David y Jonatán, ni tanto ni tan poco. Pero la secular desconfianza de las iglesias cristianas frente al género femenino parece tener origen en estos consejos bíblicos. Asimismo, veamos esta práctica educativa, interesante para padres y educadores: ¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud (Eclo. 7, 23). Y más fuerte todavía: El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro. / (…) El que mima a sus hijos, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. / Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido sale libertino. / Halaga a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá pesares. / (…) No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. / Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño (…) Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces con su desvergüenza (Eclo. 30, 1, 7-9, 11-12, 13). Parece que el hagiógrafo teme que la excesiva protección a los hijos los haga descreídos y los enfrente a los padres, cree en las bondades del castigo físico para evitar que el niño “se tuerza”. Hoy sabemos más que el hagiógrafo, aunque superviva eso de que la letra con sangre entra. Pero así y todo hallamos universalidad y permanencia en estas citas, afincadas en un agudo y humorístico análisis de una realidad que es la misma en las sociedades antiguas y modernas, tanto en la vida cotidiana como en los procesos políticos: El salario del justo es para vivir, la renta del malo para pecar (Pro. 10, 16); El perezoso dice ´hay fuera un león, voy a ser muerto en medio de la calle´ (Pro. 22, 13); Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse. / Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños. (Eclo. 29, 21-22); … la abundancia de sabios es la salvación del mundo y un rey prudente la estabilidad del pueblo (Sab. 6, 24). Y dice Shakespeare: Mejores fueran estos consejos, si alguien los siguiese.

V
Colofón

Finalizo mi tercera Crónica sobre Leer la Biblia, y la verdad, en qué honduras se me ocurrió meterme. Falta mucho para entregar una panorámica completa y a la vez personal. Espero que mis lectores me sigan concediendo licencia para continuarlo. Como siempre, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Y en Semana Santa, como que es ocasión.  

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