martes, 16 de febrero de 2010

LA AUTORIDAD MORAL Y EL IMPULSO AL ASESINATO: APROXIMACIONES

Escuchamos en los Medios de Comunicación el habitual desconcierto frente al tema del asesinato de una madre por su hija y su pareja sentimental (digamos), en un despliegue de hipocresía que casi nos sorprendería, si no estuviéramos habituados al castigo. No exenta de gracia es la reacción moralista que plantean como respuesta los autorreferentes mediáticos y automodelos e imágenes que la sociedad se presenta a sí misma. Por ahí hemos escuchado incluso a un periodista “sorprendiéndose” no de que los asesinos hayan mentido, sino de que le hayan mentido a los medios. También hemos oído las autorizadas opiniones sobre ética, formación de jóvenes y pena de muerte del Congresista tránsfuga Carlos Torres Caro, invitado junto con un panel de respetables sicólogos, a “explicar” el tema, nada menos que en RPP. ¿Pérdida total de la lógica, imposición mediática digitada desde el poder, simple ejercicio de la negrura del Humor político nacional, interesada ingenuidad?

En nuestro país tantas cosas andan, como solía decir mi santa abuela, como la mona; y sin embargo pasa que manifestamos sorpresa hipócrita cuando emergen las puntas de los icebergs, lo que desde mi modesto punto de vista resulta simplemente un elaborado ejercicio para tapar el sol con un dedo, y no el más grueso precisamente. Tras el despliegue sensacionalista, algunos especialistas comienzan a abrirse paso tras la interesada cortina de humo. Si excluimos al “especialista” Torres Caro, por lo general son psicólogos, y es adecuado que ellos se pronuncien ante la población y proporcionen algún tipo de guía. Pero los psicólogos, particularmente los clínicos, tienen entre sus deberes tratar enfermedades y anomalías de la mente, y es como debe ser. Es la sociedad - y en ella el sistema educativo - el que debiera enfrentar en términos de prevención los problemas sicológico-sociales de los adolescentes y jóvenes. Y para eso hay que mirar sin concesiones lo que pasa en el tema educativo de la introducción del niño/niña en la sociedad, y los términos en que se produce.

Esto nos ubica en el contexto del hogar y en la escuela, instituciones cuya función social sería la de reproducir una suerte de orden social preexistente, traducir generacionalmente el lenguaje afectivo-racional, y servir de correa de transmisión del sistema de valores predominante. No se trata solamente del asesinato de madres y padres por sus hijos, o del cinismo y alta capacidad para el disimulo y la mentira que muestran. También es importante situar estos hechos en el contexto de nuestro país, primero o segundo o tercero en la exportación de cobre y el abuso infantil; en la harina de pescado y el asesinato de mujeres por sus parejas o exparejas, entre otras bellezas sociales. Y eso sin contar con las cifras en bruto de las desigualdades sociales y los inexistentes esfuerzos para paliarlos con cierta inteligencia. Este asesinato sobrenada en una situación social anómica.

¿Qué falla aquí? Pues casi todo, a primera vista.

El orden social que se reproduce de padres a hijos tiene los caracteres de una sociedad que no ha resuelto aún sus contradicciones morales. El hogar y la escuela se limitan a trasladar el desconcierto. En otra ocasión hemos tratado someramente el tema de la formación moral en sus aspectos heteronómicos y autonómicos. A falta de autonomía de los jóvenes – mantenidos artificialmente en el pensamiento mágico y el descontrol adolescente – la heteronomía se sostiene en nombre de una suerte de “principio de autoridad” que se invoca aún desde las altas esferas del poder. La “autoridad” se valida por ella misma, a la manera del pasado. Padres y Madres carecen de modelos sociales, y tienden a retroceder hacia sus propias experiencias como hijos. Reproducen experiencias de otras épocas y otros contextos, inadecuadas por lo menos, y autoritario-dictatoriales por lo más.

El lenguaje afectivo-racional que supuestamente la familia y la escuela debieran plantear como elemento básico de comunicación intergeneracional está marcado por este autoritarismo. La base de toda formación es la seguridad que los niños y niñas debieran sentir. El fallecido educador Juan Abugattás lo señalaba como la necesidad de hacer de las escuelas “espacios amables”, donde las relaciones sociales estuvieran signadas por el afecto, no por la imposición. La seguridad se produce por la experiencia de la presencia afectiva de los padres biológicos y simbólicos. Nadie ha podido resolver el tema de la cantidad y calidad de la presencia de los padres. Sabemos de más que la agresividad de una sociedad orientada al logro económico per se determina la ausencia física y moral de padres y madres, sea por necesidad económica, sea por posicionamiento social, aspectos que devienen como lo más importante en la escala de valores familiar. Y eso se traslada, porque los niños son niños, no tarados, y asimilan lo que se les da. La gravedad de la situación es tal que los niños aprenden con todo éxito que lo más importante es la economía y el consumo que permite. El amor, el cariño, la presencia de los padres se visualizan como menos importantes que la capacidad de consumir, es decir, que la presencia del plato de comida allá abajo, o el wii allá arriba. Y claro que es para levantar polémica el asunto.

Por ende, la escala de valores que se transmite está trastocada en su origen. Nada hay que sea más valioso e importante que responder a la desesperación consumista. Para ello se requiere poseer dinero. El dinero se obtiene a través del trabajo. ¿Se obtiene a través del trabajo? Firmes. Sabemos de más que en el Perú el vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo. No está la ética del trabajo en los “memes” (equivalente social de los genes) que trasladamos a nuestros descendientes. Más bien encontramos una suerte de “todo vale”, y la corrupción y el delito son las rutas más rápidas para el ansiado logro de una farra eterna. Basta ver los titulares de los periódicos, y las noticias en la televisión. Parece existir una desesperación por parte de las mafias que nos gobiernan de plantear socialmente una especie de “blanqueo” moral de sus acciones. Lo vemos en nuestros políticos todos los días. Los delitos no lo son, son “pecados”. Las faltas no lo son, son “errores”. Todo en la sociedad grita contra una ética del trabajo. El lenguaje mismo está pervertido. Y la deconstrucción de este lenguaje pervertido, que es una labor que debiera asumir el sistema educativo en los últimos años de secundaria, simplemente no existe.

Hagamos la simplista ecuación de autoritarismo más consumismo más perversión del lenguaje, y lo que nos da es la aceptación social máxima maquiavélica del fin que justifica los medios.

Intentemos imaginar una respuesta más o menos “adecuada” al problema planteado. El asesinato de la madre tuvo móvil económico se dice, y eso es reducir el problema a lo policial. ¿Cuál fue el móvil del asesinato? Pues contar con aquello cuyo monopolio ejerce la generación de los padres: el dinero. Pero no es el dinero por sí mismo, sino por el status que permite a través de la integración a un mercado de consumo que está claramente limitado en nuestra sociedad. Representa el logro de la autonomía tan deseada por los adolescentes de todos los tiempos. Lo terrible, lo chocante, son los medios empleados, no solamente por la amoralidad de éstos, sino, y quizá esto es lo más notable, por la incoherencia que muestra con el objetivo que se intenta, la autonomía. En generaciones pasadas, en otras latitudes, el joven en conflicto familiar solía tirar la puerta, irse de casa y luchar por ganarse la vida por su cuenta, conquistando así, a lo bestia, su propia autonomía. Aprendiendo de la realidad. Creciendo en lo económico y lo emocional hacia la adultez, en suma. Pagaba por ello con la escasez por supuesto, pero la escasez – o la fantasía de la escasez, estos niños asesinos no saben en qué consiste - parece ser una suerte de infierno por el que pasar es demasiado laborioso, cuando hay atajos. Se aspira a la autonomía, pero por la ruta fácil, sin esfuerzo, sin trabajo personal de por medio. Y se secuestra, y se asesina, se ejercen la corrupción y la prostitución, se roba, se traslada drogas, y con un poco de suerte se llega a entrar en una argolla mafiosa, donde está la plata grande. Y últimamente se entra en política.

La autonomía se construye cuando el joven asume la responsabilidad de su propia vida. Ello es un proceso educativo, por cierto, y la ausencia total de medios pedagógicos para ello, sumada a la inopia paterno-materna al respecto, arroja a los jóvenes a la confusión ética presentada socialmente, en especial por los medios. ¿Qué representaría la posesión del dinero familiar? Evidente, la posibilidad del consumo desaforado (sin aforo, sin límite), la promesa de una vida construida alrededor del ocio. El viejo concepto de alienación parece ser útil para incluirlo en una explicación racional del tema. El trabajo mismo es una mercancía escasa, y cualquier peruano con medio dedo de frente sabe en positivo que de lo que se trata es del dinero, no del trabajo. Ello nos explica el por qué hay tanto “burrier”, tanta corrupción y tanto individuo – como la pareja de la hija asesina – “sin oficio ni beneficio”. Y, de pasadita nomás, por qué hay explotación infantil y tráfico de órganos en nuestro país.

El capitalismo originario se construyó alrededor del esfuerzo denodado de individuos que, siguiendo sus propios intereses, trabajaron con habilidad e inteligencia para lograr el aumento de sus bienes y el logro de un estilo de vida desahogado. Supuesto que el modelo del capitalismo es el que se aspira a establecer en el Perú, constatamos que ninguno de sus valores personales y sociales logran ser transmitidos a las generaciones que vienen, y cuando esto sucede es contra el sistema, no debido a él. No se premia socialmente ni se le da cobertura al esfuerzo laboral fecundo, a la habilidad para resolver problemas, a la honestidad como modelo de vida. Es más, las consecuencias que le esperan a las acciones consideradas “malas” también están trastocadas. El viejo dilema de Job sobre la favorable suerte de los malvados contrapuesta a lo mal que le va a las buenas personas no es en nuestra Patria una pregunta moral que se plantea en una clase o se discute en una tertulia, es una constatación objetiva de la realidad. No es tampoco un tema de azar o estadística, sino más bien una costumbre inveterada y que el medio social nos mete por los ojos. Aún las personas con más solidez moral sienten sus principios crujir ante el embate de la realidad. La transgresión se transforma en una costumbre. En el Perú el crimen no solamente pag
a, sino que paga mejor.

¿Sorprende entonces que ocurran estas cosas? Estas cosas pasan todos los días en nuestro país. Pero no están igual de cubiertas por los medios cuando no hay plata fuerte por medio. También se mata por un plato de comida. Y no podemos ocultar el sol con un dedo señalando que “en todas partes es igual”. No, en todas partes no es igual. En casi todas las partes civilizadas del mundo estas actitudes anómicas son rechazadas frontalmente, y existen políticas educativas y familiares establecidas para contrarrestar los daños que puede producir la “libertad de prensa” y los anti-valores. Los especialistas trabajan sobre ello, el sistema educativo coloca contenciones guidas por la sensatez, se forman ciudadanos autónomos, o por lo menos se intenta. Con sus más y sus menos, por supuesto. En todas partes se cuecen habas, pero, como escuché alguna vez: “En el Perú, lo único que hacemos es cocer habas”.

Quizá vaya siendo hora de repensar el orden social. Queda abierta la discusión.