martes, 2 de noviembre de 2010

SUMBI: 15 AÑOS INNOVANDO


SUMBI: QUINCE AÑOS DE INNOVACIÓN EN EDUCACIÓN INICIAL …

Me tomo la libertad de elegir este título para hablar sobre el Centro de Cuidado Infantil SUMBI, que en el mes pasado cumplió quince años de existencia. Lo hago única y exclusivamente desde la perspectiva de Padre de Familia experimentado, y además extraordinariamente agradecido, por la formación y el cariño dispensados a mi hija durante estos años.

Además estoy convencido de la necesidad de difundir los grandes logros educativos, única palanca sostenible para traer a la realidad una sociedad y una economía no basadas únicamente en las riquezas potenciales de nuestra patria. La formación moral y del carácter, el aprestamiento intelectual y motor, la solidez de un proyecto educativo abierto e inclusivo entiendo son las bases para “hacer patria”, esa antigua pero muy actual tradición de nuestra República.

Como Padre de Familia he sido entusiasta testigo del desenvolvimiento de estas capacidades en la educación de mi hija Paula, que en estos últimos meses culmina con toda brillantez su período pre-escolar.

No voy a hacer una apología, ni tampoco voy a reseñar lo que se encuentra en la página web de esta Institución – para los curiosos: www.sumbi.org.pe –. Me limito a evidenciar algunos aspectos que se me han presentado en el transcurso del tiempo en que mi hija y sus padres han tenido el privilegio de formar parte de esta Institución.

Como es sabido, los niños muchas veces le temen al Centro Educativo. Aunque esta es una situación que va cambiando, de todos modos es una tradición que se resiste a morir. Ha sido tradicional, e incluso los medios de comunicación se han solazado en ocasiones en el hecho de que los niños se resistan a ir al centro educativo para fabricar noticia. Las dificultades para abandonar el seno materno son testimonio, por otra parte, del carácter muchas veces sobre protector de la relación hijos-padres. Además, una concepción disciplinaria basada en la imposición de interacciones preprogramadas con otros niños, bajo la mirada de la figura autoritaria y vertical del docente como dador de conocimiento, está profundamente grabada aún en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad. La instilación del temor hasta no hace muchos años se consideraba sana. Y aún lo es en ciertos “proyectos” educativos. No está inscrito en nuestros códigos sociales que la escuela sea un “espacio amable”, como quería el ilustre fallecido educador Manuel Abugattás. Aún lo concebimos como una suerte de cuartelito, guardería o incluso pequeño conventito.

He visto en estos años con profunda alegría y enorme agradecimiento como mi hija y sus compañeritos se solazan y disfrutan inmensamente el asistir a Sumbi, como desean ir a su centro más temprano y salir más tarde, e incluso los sábados y domingos están no solamente dispuestos, sino además felices de asistir a las actividades. Hay que decir que más de una vez he tenido que literalmente arrastrar a mi hija fuera de Sumbi, aunque, claro está, a modo de juego. Por la simple razón de que el espacio es amable, agradable, emocional y afectivamente, receptor y abierto.

Como docente de secundaria y testigo de los muchos problemas que nuestros alumnos arrastran desde la infancia, tanto en lo afectivo como en lo cognitivo, entiendo que este entusiasmo infantil es indicativo de la actitud que tendrán hacia el conocimiento y la adquisición de habilidades, y no digamos hacia su socialización y la comprensión del propio yo. Debemos decir que este entusiasmo no tiene nada de artificial, es un simple producto de un concienzudo y altamente científico trabajo de los integrantes de la institución, guiado por la verdadera motivación de todo maestro que se aprecie a sí mismo: El profundo amor por los niños.

La formación moral, necesaria para construir verdaderas personas y verdaderos ciudadanos está presente, por ende. No hay formación moral efectiva sin verdadero y corporizado amor por los niños. En tal sentido es el amor el principal valor instilado y transmitido. El amor por sí mismo, que se trasunta en la imagen corporal que se fomenta y forma. El amor al prójimo, que se distingue tanto en la guía firme y segura de los docentes, naturalmente adaptada a la edad y características de los niños y niñas, como en la solidaridad que reina entre los propios niños y niñas. El amor a la naturaleza que nos nutre y fortalece, que se observa en los jardines y ambientes, cuidados por los propios alumnitos. El amor a la patria y sus tradiciones, presente en las actividades y danzas que alumnos y docentes realizan con toda alegría, energía y entusiasmo. El amor al conocimiento, impartido de modo lúdico y juguetón, de tal modo que los niños apenas distinguen la diferencia entre el juego y el aprendizaje, porque ambos son uno y lo mismo. Nada de esto sería posible sin un profundo y real amor a la humanidad.

La solidez del proyecto se distingue con claridad en la ausencia del “síndrome del caballo de carreras” que parece guiar las acciones de muchos centros privados de Educación Inicial, que parecen haber olvidado el significado del verbo “aprestar”. No hay apuro en formar lo que no es posible formar. No hay condescendencia frente al padre de familia que simplemente aspira a posicionar a su hijo en una sociedad violentamente competitiva y agresiva a costa del desarrollo cognitivo y afectivo de su propio hijo. No se pretende forzar el desarrollo motor para lograr que niños y niñas adquieran habilidades forzadas y no sostenibles, aunque parezcan rentables para la ansiedad de los padres.

La lectoescritura se plantea, no se impone. Para mí, profesor secundario amante de los libros y la lectura, que ve con enorme pena como el plan lector crea alumnos que odian la lectura, impuesta por política de gobierno para hacerle creer a la gente que algo se hace por la educación; constituye una inmensa gratificación ver a mi hija que aún no “lee” – aunque sí decodifica, por desgracia para muchos esto es “leer” -, pero que vive alrededor de los libros y que desea ardientemente terminar su aprendizaje en la lectura para acceder por sí misma a los cuentos e historias que nutren su infancia. Es obvio que para ella la lectura será un maravilloso descubrimiento que le abrirá aún más el mundo. La escritura constituye para ella la maravillosa posibilidad de poder simbolizar las cosas que más le importan, y así “escribe/dibuja” su propio nombre, y los nombres de sus padres y hermanos.

Las capacidades motoras que se forman están también acordes con las diversas etapas de la formación de los niños. No deja de ser curioso observar cómo la Institución se adelanta a los padres, que tienden, por diversas y a veces atendibles razones, a sobreproteger físicamente a sus hijos. Los niños aprenden a convivir con sus cuerpos, a vivir dentro de sus máximas posibilidades, y disfrutan de correr, saltar y jugar en sus ambientes, seguros pero no exageradamente seguros. Se aprende así a convivir con los pequeños golpes y porrazos que en el transcurso del juego se producen con seguridad, y a darles el exacto tratamiento que se merecen. No existe descuido dentro de la Institución, hay vigilancia de “ojo cercano” y “mano larga”. No he tenido noticia en varios años de ni un solo accidente más allá de un curita aplicado inmediatamente.

Hay que señalar también que en muy pocas instituciones he visto tan profunda y constante relación con los Padres y Madres de Familia. La Institución cumple extraordinariamente bien con la necesidad de coordinar la formación de las niñas y niños con la formación impartida en casa. Aspira a que la formación en Sumbi sea útil no solamente a la niña o niño, sino a todo el entorno familiar del que forma parte. No aspira a crear muñequitos bonitos que hagan lo que socialmente es supuesto debe hacerse, sino entornos familiares abiertos y felices. Y de hecho, al revés de la mayoría de las Instituciones de las que tengo noticia, el nivel de participación es muy alto, a pesar de las dificultades inherentes a las familias en el cotidiano quehacer del ganarse la vida. No es el menos relevante aporte de Sumbi.

El aspecto que tal vez sea el más importante para mí es el de la formación para la vida en sociedad. En un país diverso, y aún tan cercado por odios y conflictos, la convivencia social, con todos sus derechos y responsabilidades, necesita ser formada con toda conciencia. La multiculturalidad de nuestra patria requiere de esfuerzos conscientes de unidad. En el éxito de Sumbi tal vez influya el hecho de estar en el distrito de Barranco, que aún no se ha constituido del todo como un “ghetto social” donde solamente vive “gente bonita” o de la otra. Aún hay espacios comunes a todo tipo de personas reales, pese a los esfuerzos del Alcalde Castañeda. La presencia de niños y niñas provenientes de diversos estratos sociales, de diversas formas, colores y diseños, es garantía para el logro de una democrática inserción en una sociedad tan compleja como la nuestra. Los niños y niñas se profesan afecto los unos a los otros, trabajan y juegan juntos, se enfrentan a nuestra diversidad de modo natural y no impostado. Reina la naturalidad en las relaciones sociales. Muchos niños y niñas disfrutan de celebrar sus cumpleaños en el mismo Sumbi, con sus compañeritos y otros amiguitos que llevan. He observado el fruncir del ceño de ciertos padres de familia no pertenecientes a la Institución, cuando observan esta diversidad en acción, y cierto desconcierto cuando observan a sus propios hijos integrarse tan desenfadadamente a esta pequeña sociedad. Tal vez este desconcierto, este desequilibrio cognitivo, ayude a cierta reflexión sobre nuestra sociedad y su futuro.

Un adecuado sistema de pensiones y becas, así como la visión original de la Fundación Osma, promotora de este establecimiento, aseguran la permanencia de este carácter profundamente democrático. Como docente en Ciudadanía, percibo que estos niños viven la democracia y la libertad en sus aulas como lo que verdaderamente es, un conjunto de derechos, límites y responsabilidades, que aseguran que podamos avanzar hacia una vida cada vez mejor. Es notable la presencia de niños hijos de padres extranjeros, que de alguna manera perciben que esta característica es más acorde con la perspectiva democrática a la que aspiran; y que además le añade un toque de universalidad a los valores nacionales que se forman.

Dos últimas reflexiones de Orfeo: Los logros deben ser difundidos y replicados. Debemos decir que a nuestro modesto entender, necesitamos miles de Sumbis en todo el territorio nacional. Esto es un aspecto de la cuestión que no se logra mecánicamente. La lógica sería emplear las herramientas de la investigación educativa para formalizar la experiencia, más la habilidad y trabajo de la autoridades educativas para incorporar a la Educación Inicial Pública todo lo bueno que se está haciendo. Ignoro si se ha hecho esto, y de ser así en qué nivel está. Por el lado de la Educación Privada, sería muy interesante que se visibilizara lo que se está haciendo, y además que se introdujera de modo obligatorio un sistema de becas que pudiera disolver en algo el problema de la segmentación social y la formación de ghettos. También sería muy importante morigerar el síndrome del caballo de carreras, para así bajarles un poco la presión a nuestros niños y niñas de la élite; así como introducir un principio democrático necesario, más allá de las llamadas “actividades de solidaridad”, que parecen en realidad únicamente ponerle un rótulo a las antiguas actividades de “bien social”, destinadas a limpiar la conciencia de los chicos bien y de sus familias.

Última y no menos importante Orfeica Reflexión: Mi hija Paula pasa sus últimos meses en Sumbi. Pronto sufrirá su primera separación, que espero no le resulte demasiado dolorosa. Estoy seguro, además, que la manejaremos adecuadamente.

Siento, sentimos, el más profundo agradecimiento por lo mucho que la Institución ha hecho por ella en sus primeros años de vida, así como por tantos otros niños, y por el desarrollo social de nuestra sociedad durante estos primeros quince años de fecunda existencia.

Pero también siento, debo decirlo, una profunda aprensión por el futuro.

Las instituciones educativas de nuestra patria reflejan demasiado nuestra conflictuada sociedad.

Reflejan demasiado los problemas cognitivos y afectivos que arrastramos de tiempo atrás, y a los que no conseguimos ni siquiera acercarnos a solucionar.

Me pregunto, azorado, por el futuro de mi hija.

Me pregunto si, como dice Borges, no entrará a la escuela a interrumpir su Educación.

Me pregunto si el sistema educativo formal estará a la altura de estos niños. Si no los desechará cuando les resulten algo menos funcionales que otros para sus propósitos institucionales de posicionamiento económico y social. Si no los arrinconará si no se ajustan de manera “adecuada” a sus estrategias de disciplina y enseñanza / aprendizaje. Si no los tomará y les enseñará la matonería, el desengaño y la mentira como formas de supervivencia. Si no les enseñará que la única manera de ser feliz es aislándose del resto y no comprarse el pleito. Si no les enseñará que el dinero y el consumo son los valores principales y que el ser humano es una preocupación descartable siempre y cuando se gane plata y se consuma más. Si no les enseñará que es preferible ser un burro, pero con plata. Si no les enseñará que el fin justifica los medios. Si no les enseñará la ley del mínimo esfuerzo, y que 11 y 20 son lo mismo mientras estés aprobado.

Me pregunto si nuestra Sociedad está a la altura de las niñas y niños de Sumbi.