viernes, 8 de enero de 2010

VANDALISMO EN CHAN CHAN, ADOLESCENCIA Y FORMACION EN VALORES


He sido testigo por el Féisbuk de un atentado más contra el patrimonio cultural. Como muchos, he visto un condenable acto de vandalismo, dirigido contra las paredes de Chan Chan. Aunque habría posibilidades de que no sea allí, sin embargo, es un acto igual de vandálico.

Pero escarbemos un poco en la cuestión. Condenar, solicitando – cómo por ahí he leído – hasta cárcel en Piedras Gordas, pena de muerte por la legal o por escuadrón de la muerte, y castigos de todo calibre, me deja un mal sabor de boca.

Hay que preguntarse qué es lo que realmente está pasando delante de nosotros.

Lo que presenta el video en You Tube es a una persona de acento aparentemente español, que está grabando los sucesos. Esta persona azuza a unos jóvenes para cometer este acto reprobable. Los muchachos en cuestión ríen, aceptan aparentemente la solicitud, dan de patadas a las paredes, y luego las rayan. Mientras tanto celebran la transgresión, en un estado de conciencia extrañamente infantil, alejado de toda conciencia del hecho que están cometiendo. Estos muchachos podrían tener unos catorce a diecisiete años, no se distingue con claridad. Vale decir no son niños, deben estar cursando secundaria. Y seguramente tienen una familia. 

Intentemos una pequeña interpretación de los hechos. Estos chicos pagarán por su transgresión, eso es obvio. Podrían ser detenidos. De no ser así, de hecho, hay una condena social reiterada expresada en el mundo de las redes sociales, que incluso ha llevado a uno de ellos a pedir perdón por el hecho en Twitter. Hay por lo tanto una percepción – a posteriori – de la gravedad del hecho.

¿Qué nos dice todo esto del nivel ético-.moral de estos muchachos? En primer lugar, son adolescentes por edad, aunque está bastante claro que emocional y valorativamente aún son niños. La solicitud reiterada de perdón parece retratar una sombra de juicio moral, pero presente solamente en uno de los vándalos, y solamente después de que ha sido puesto en evidencia en YouTube, y probablemente reconocido por alguien. De no haber ocurrido así, es obvio que nada hubiera pasado, y la cosa hubiera quedado allí. El otro muchacho no ha sido reconocido, y por ,lo tanto no se siente en la obligación de pedir disculpas. Está haciendo lo mismo que el malhadado asesino de la Barra Norte, aunque en este caso el delito es de lesa cultura.

Ello nos proporciona una pista y una hipótesis: La moral que se construye en nuestros jóvenes es una moral estrictamente heterónoma. Vale decir: “No eres culpable a no ser que te atrapen”. 

Supongo que algunos psicólogos podrían decir que estos jóvenes carecen de un Super Padre interno que les impida cometer estos actos impulsivos. Sin embargo, hay una segunda constatación: Estos jóvenes no necesitaron ser soliviantados, les bastó una ligera intervención del sujeto “español” para perder toda clase de contenciones internas que pudieran hipotéticamente tener para cometer estos actos. Es decir, me arriesgo a conjeturar que sí existía tal superpadre interno, solamente que ese superpadre no se dirige a valores positivos, sino negativos. 

Nuestra educación, formal e informal, no forma seres humanos conscientes y autónomos, sino que se limita a contener las energías psíquicas del adolescente, encauzándolo por el ejercicio del poder institucionalizado a “respetar” las “normas” que se le imponen. Ello, por supuesto, incluye a las leyes. Pongo “respetar” entre comillas porque en realidad no existe ningún desarrollo del “respeto” en tanto valor, sino simplemente el desarrollo de un reflejo casi pavloviano, formado para responder ante la eventualidad del castigo ante la transgresión. En otras palabras, lo que nuestros jóvenes aprenden es que la moral se impone desde fuera por el que posee poder para ello, y que las normas no tienen más sustento que la fuerza que las impone. 

Añadamos a ello la represión de los impulsos que se impone a los jóvenes. Social e institucionalmente les hemos enseñado que la represión es el origen de la moral, no la decisión consciente de la persona, que llevada por una escala autoconstruida de valores, toma la decisión de “no” ceder ante el impulso.

La ética – moral de estos jóvenes es un delgado barniz construido a partes iguales de represión y de heteronomía. Oculta el batiburrillo de impulsos adolescentes que bullen en su conciencia en formación. Y este barniz cede, como se observa en el video, ante cualquier apariencia de autoridad. El joven interpreta recibir un “permiso” para ceder a sus impulsos, probablemente en este caso (por el tono de la voz) de un adulto. Y la “represión interna” cede, y se comete el acto.

Revisar en Twitter las disculpas del interfecto es interesante. Primero señala que “no tuvo prudencia”, lo que traducido en buen castellano significa que fue atrapado. Luego pide perdón al modo que lo pediría un niño. Pasa en otra comunicación a señalar que tiene 17 años, es decir que es menor de edad e inimputable, lo que se puede interpretar como que “no es responsable”. Luego señala que “no fue en Chan Chan”, es decir rebaja el tono del asunto, como para que el resto diga “Ah, no fue en Chan Chan”, como si eso redujera de alguna manera la falta. Por último, señala que se siente mal y vuelve a pedir perdón. Es decir, recurre otra vez a la discrecionalidad de los oyentes, en la búsqueda de algún tipo de disculpa procedente del exterior.

¿Hay reconocimiento de responsabilidad? No parece. Se observa aproximadamente el mismo mecanismo que cualquier niño utiliza después de una travesura, o cualquier joven alumno emplea en clase después de hacer un a zamarrada. 

La escala podría sistematizarse así: Fue atrapado, no tuvo “prudencia”. No es responsable, tampoco es tan grave, y se siente mal y pide perdón. ¿Dónde está la virtud del adulto, la de pedir disculpas por el hecho y asumir sus consecuencias?

No olvidemos dos factores importantes: No ha mencionado su nombre, está aún cubierto por el anonimato; y faltan dos de los autores del hecho, uno intelectual y el otro material. Estos no se han manifestado y es bastante improbable que lo hagan, a no ser que sean identificados.

No parece extraño que se presenten estos casos en nuestra sociedad, que no consigue salir de una emergencia educativa en valores, y que solamente consigue transmitir generacionalmente, formal e informalmente, una buena decena de anti-valores. Lo extraño sería lo contrario. Y si de alguna manera ocurriera, sería una rarísima – y nunca observada hasta ahora – muestra de valor civil.

Extraña es una época a la que al simple reconocimiento de la propia responsabilidad se le pueda denominar “valor civil”. Por desgracia solamente cosechamos lo que hemos sembrado, regado y abonado.