lunes, 21 de octubre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 61 - CIENCIA FICCIÓN CLÁSICA - PARTE DOS

CRÓNICAS DE LECTURAS – 61
Ciencia Ficción Clásica 
(Parte Dos)

I
El main stream en la Ciencia Ficción

Yo no les quito un ápice a los clásicos. En otra Crónica presenté a tres autores clásicos de la Ciencia Ficción: Clifford Simak, Ray Bradbury y la pareja Larry Niven – Jerry Pournelle. Pero un género tan expandido y popularizado como la Ciencia Ficción tiene muchísimos más héroes que se merecen absolutamente ser cronicados. Así empiezo a quitarme el sambenito con Asimov, Heinlein y Clarke, y reservándome a Sturgeon, Ballard, Lem, Silverberg, Dick, Farmer, Anderson y demás para otra ocasión. Y aún así el subgénero da para muchísimo más, quién me mandó meterme en esto de las Crónicas de Lecturas, pero creo que ya es algo tarde para quejarse. Empecemos por la corriente principal de la Ciencia Ficción (Science Fiction Main Stream en english), un circuito de escritores norteamericanos o británicos, o por lo menos de lengua inglesa, que se criaron en las décadas de los ´20 a los ´40, y la mayoría estudió en la Universidad Ciencias Duras (Física, Química, Geología, Ingeniería, etcétera). El porqué no hallaron chamba en lo suyo es un misterio que tal vez sea mejor no remover, no nos encontremos el cadáver de Jimmy Hoffa. Muchos de estos escritores son muy sinceros con las dificultades de sus comienzos y sus finales, hasta el extremo del chisme, como Isaac Asimov mismo, que hace casi autobiografías en sus compilaciones, como también Arthur Clarke, Harlan Ellison y otros. De resultas de esto hay más información disponible sobre ellos de la que necesitamos, y por ese mundano y ocioso motivo no me concentraré demasiado en biografías que ya sus autores hicieron de dominio público.

He tratado de no elegir necesariamente las grandes obras de todos conocidas, aquellas que están precisamente en el mainstream. Tratamos de dejar aparte el Universo de Asimov, Heinlein o Clarke. Nos acercamos en lo posible a obras menos “representativas”, y así no nos metemos en las larguísimas series de las Fundaciones y los Robots de Asimov; ni en las principales obras de Heinlein, ni en el grupo de Rama o de las Odiseas del Espacio de Clarke. Es posible que las tratemos como grupo en otras Crónicas o no, ya veré. Los libros que escojo, aunque premiados y populares no formaron parte de series o universos muy desarrollados. Es decir se publicó una sola de estas obras, su trama y personajes empiezan y terminan con ella. Las elegimos porque nos gustaron, interesaron o consideramos que de una u otra manera pueden ser importantes para entender la bibliografía general del autor. Seguramente nuestra elección puede ser relativamente equivocada, porque de verdad tanto, tanto, no sabemos. Pero igual lo intentaremos y esperamos que no nos vaya del todo mal. Y por eso afrontaremos este asunto con El Hombre Bicentenario, Tropas del Espacio y Las Fuentes del Paraíso.

II
Isaac Asimov y El Hombre Bicentenario

Hay tanto publicado sobre Isaac Asimov (1920 – 1992), incluso por él mismo, que en realidad es ocioso hablar de él. Si quieren ustedes realmente saber más léanse cualquier introducción a cualquier antología manejada por él. O mejor aún, gugléenlo, encontrarán ustedes información ad náuseam. Elegí la novela corta El Hombre Bicentenario (También traducible como El Hombre del Bicentenario) a pesar que se le hizo película en 1999, porque el filme está muy distante de la novela, tan distante que podemos hablar de dos obras distintas aunque con ciertos aspectos en común. Toma también como base El hombre positrónico, obra de Asimov y Robert Silverberg al alimón, posiblemente para darle parte a Silverberg en las ganancias de la película. Por poco que la veamos la notaremos adaptada a una audiencia estereotipada. No desmerezco las soberbias actuaciones de Robin Williams y Sam Neill, pero sí el guión archisimplificado, pseudo-políticamente correcto y mercantilistamente adaptado de esa película llamada El Hombre Bicentenario. Señalemos de pasada que los guionistas fueron precisamente Asimov y Silverberg, tengo la sensación que trataron de hacer unos dólares más, lo que no es en definitiva incorrecto. Si ellos no son puristas no veo por qué nosotros tendríamos que serlo. Pero no se filmó la novela El Hombre del Bicentenario, sino otra cosa que pagó peaje a los estereotipos de un segmento del mercado y a la expresión cinematográfica. Así, vemos un robot que se enamora, quiere casarse y le gusta el sexo – exploración que Asimov y autores como Bradbury han llevado a cabo en relatos más verosímiles – y así se roba el show, aunque para mí eso no llega ni a anteproyecto de parodia del Bender de Futurama. No se hace ni la finta de explicar las Tres Leyes de la Robótica, centro de la narrativa asimoviana de robots. En la novela el sexo es tema tangencial, el Robot NDR Andrew Martin inventa prótesis que eventualmente incluirían genitales si se adecúan a mis planes. Mi cuerpo es una tela sobre la que me propongo dibujar…  (un hombre), y las Tres Leyes se mencionan un párrafo sí y el otro también. Es central el deseo del robot  Andrew Martin de ser declarado humano legalmente, lo que se relaciona con una importante discusión política y jurídica sobre las leyes y el sentido de la Libertad. La argumentación viene a cuento por la ocasión en que se escribe: 1976, Bicentenario de la Revolución Americana y de la Independencia de los Estados Unidos. Además, El Hombre Bicentenario (O El Hombre del Bicentenario) es en realidad el relato principal de un total de once, más un jocoso poema dedicado a los que no creían que existía el viejo Asimov: La primavera de la vida.

Estos relatos cortos – el más largo da nombre al libro y es precisamente El hombre del bicentenario – ganaron un Premio Hugo en 1977 y un Nébula el año siguiente, que es como ganarse el Nobel y el Oscar de la Ciencia Ficción. La mayor parte de estos cuentos son de primerísimo nivel: Tengo especial gusto por Intuición Femenina, la historia de un robot femenino, y el último saludo en el escenario de la roboticista estrella de Asimov, Susan Calvin, horriblemente mal representada en el bodrio peliculero Yo, robot. Qué es el hombre resulta en una inquietante profecía, una variante pesimista de un universo alterno al universo oficial de Asimov en sus series de Robots y las Fundaciones, que deja ahí y no desarrolla aunque es realmente inquietante: (Dice el robot George Diez) nos consideramos seres humanos incluidos en el contenido de las Tres Leyes y, además, unos seres humanos que deben gozar de prioridad frente a todos los otros. La Criba denuncia la hipocresía de los políticos frente a los problemas globales, y delinea el deber moral del científico de no permitir ser utilizado por el poder político. Los demás relatos son algo desiguales, aunque dentro de la impronta asimoviana. Indudablemente el más conmovedor es El Hombre Bicentenario: Andrew es un talentoso robot capaz de crear arte y ganar dinero con ello, gracias a un casual diseño generalista de su cerebro positrónico. Por ello, y por órdenes más o menos contradictorias que recibe, compulsivas para él – consecuencia de las Tres Leyes – de una manera inimaginable para los seres humanos (Asimov no lo evidencia, supongo que espera que el lector atento lo note), aspira a ser libre: ¿Qué más podrías hacer si fueses libre? – Tal vez no más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor satisfacción. En este tribunal se ha dicho que sólo un ser humano puede ser libre. Yo diría que sólo quien desee la libertad puede ser libre. Yo deseo la libertad. Y el relato continuará a lo largo de dos siglos, con la evolución de la actitud del robot libre que busca más y más se le reconozca su Humanidad: Lo cierto es que quiero ser un hombre. Lo he deseado durante seis generaciones de seres humanos. Por supuesto, si quieren conocer el final, ya saben, lean el relato. Se le puede encontrar aquí:
http://bdigital.binal.ac.pa/VALENZANI%20POR%20ORGANIZAR/ORDENADO../1OTROS%20DOCUMENTOS/ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca]/6%20-%20ISAAC%20ASIMOV-PDF/Isaac%20Asimov%20-%20(varios%20cuentos)%20Varias%20Historias.pdf

III
Robert Heinlein y Tropas del Espacio

Robert Heinlein (1907 – 1988) es un escritor que levanta polémica por principio, pues se zurra en lo políticamente correcto y a veces parece más fascista que Mussolini. En cualquier caso es un individualista nato. Su novela Tropas del Espacio gana el Premio Hugo en 1960 y además resultó extremada y hasta violentamente polémica, y ambas cosas sorprendieron al mismo Heinlein, que no era particularmente autoritario ni militarista en sus ideas, sino que construye un sistema así a modo de ficción verosímil. En cualquier caso cualquiera que haya prestado servicio militar reconocerá fácilmente el sistema norteamericano de la Infantería de Marina. Y si además, como Heinlein, se es Infante de Marina veterano, pues que no es para menos, la Infantería Móvil (IM) de la ficción tiene las mismas iniciales, es obviamente lo mismo y seguramente trata de rendirle un homenaje. Es 1960 además, otra época. Pero se ha dicho de todo de esta obra: Que es una novela simplista, sin profundidad psicológica, que Johnny Rico – el protagonista – es un imbécil cognitivo y moral, que se olvidó Heinlein de narrar una historia, que todo el mensaje es lo bonito que es ser soldado, que demasiados flash-backs, que hay una irreal ausencia de sexualidad, una mínima reflexión moral, y quizá las críticas más mordaces e incisivas se refieren a la descarada propaganda del militarismo y el fascismo. Escritores veteranos de Vietnam han acusado a la novela de glorificar e idealizar la guerra y las fuerzas armadas, y que la ficcional Federación Terrena es fascista, entre otras cosas por la machacona insistencia en que la ciudadanía solo es para el veterano. La idea, por cierto, no la saca Heinlein de Alemania, Italia o Japón sino de Suiza.  En las tres películas que Paul Verhoeven filmó con el trasfondo de la novela, a la que es bastante fiel en lo posible, emplea uniformes que recuerdan los de la Wehrmacht, la Kriegsmarine y la Luftwaffe; así como presenta claras estrategias propagandísticas fascistas de control de los medios de comunicación.

Y ahora que le he dado un parrafote a las críticas, rompamos ahora una lanza a favor de esta novela, porque hay varios hechos para resaltar, cuando menos que a mí me gustó lo suficiente para releerla varias veces, considerando que tras medio siglo de escrita pues que parece gozar de magnífica salud, se le ha traducido a montones de idiomas y editado y leído profusamente; se recomienda inclusive como lectura para las fuerzas armadas de varios países. Por lo demás, muchas de las acusaciones parecen exageradas, lo narrado y descrito en el libro no plantea la Guerra como actividad noble y bacán al modo fascista, es más bien un mal necesario a tolerarse, no a fomentarse. La Federación Terrena es un estado estacionado en un difuso límite entre la Democracia y el Autoritarismo, pero así y todo es liberal e igualitario, y si en algo se diferencia de las democracias actuales es en la constante insistencia que la ciudadanía y el sufragio no son derechos sino privilegios acordados a los que han cumplido con el deber. Además me parece que es reivindicativa del hombre común del bajo pueblo, la Infantería de a pie, el hombre común que se recluta y arma para ir a la guerra, y que no son normalmente los universitarios ni los chicos bien, sino la carne de cañón. Para mí posee la virtud de ser profundamente plebeya. En la antigüedad sería la narración de la guerra y el conflicto mirados desde el punto de vista de los remeros de los trirremes y quinquerremes. Hay demasiada tendencia a olvidar a quienes se ensucian las manos cuando las papas queman, y en cierto modo en esta novela se les devuelve la dignidad de hombres libres que combaten y se ganan su ciudadanía a pulso. Porque el soldado que lucha en la amarga guerra contra las Chinches es voluntario, puede retirarse en cualquier momento, nadie lo obliga ni lo fuerza a quedarse, y si se acobarda y no quiere pelear, se le paga y deja ir y nunca puede votar. Porque el soldado que muere, aunque no haya votado nunca, votó cada vez que hizo “una bajada” (aterrizaje en un planeta, combinación entre Desembarco Anfibio y Lanzamiento en paracaídas). Otros aspectos interesantes son los exoesqueletos empleados así como los puntos de vista sobre la virtud civil, la guerra, la pena capital y los castigos corporales. La obra está en:

IV
Arthur C. Clarke y Las Fuentes del Paraíso

Esta novela está tan fuera del mainstream de Arthur C. Clarke (1917 - 2008) que no tiene antecedentes ni secuelas, aunque es una de las novelas más vendidas de este egregio autor. Pertenece a un conjunto curiosamente caracterizado por no haber sido tremendos exitazos de librería, pero a diferencia de Las Fuentes del Paraíso, varias de estas novelas, la mayoría en realidad, fueron muy pero que muy flojas, y si no alcanzaban la categoría de best-sellers era por méritos propios. Se nota que su objetivo al editarse era explotar un nicho de mercado conformado por gente que de todas maneras compraría la obra por más mediocre y hasta mala que fuera, porque Clarke es Clarke. Para ser justos pertenezco a ese grupo, y por eso tengo títulos que son bodrios relativos, como El león de Comarre, El Martillo de Dios y A la caída de la noche, relatos más o menos flojos, construidos a veces alrededor de anécdotas a las que Arthur les saca el máximo jugo posible, pero que no tienen mucho y como él es él se los publican y con eso paraba el presupuesto de uno o dos años. No se le puede culpar de balancear sus ingresos, pero Las Fuentes del Paraíso es tal vez una de sus novelas más geniales. Distínguese en el desenvolvimiento literario de Clarke tres etapas: Al principio es marcadamente humanista y centrado en un optimismo científico un tanto ingenuo, es el tiempo de sus grandes obras 2001: Odisea del Espacio y El fin de la Infancia. Luego aterrizará en el rigor científico, a tono con su formación científica hard, de este tiempo son Cita con Rama y Fuentes del Paraíso. Por último se echa sobre su nombre y vive de sus rentas, a veces de manera facilista presta su bien ganada fama, y la chamba en serio se la dará a otros como Gentry Lee, coautor de los siguientes títulos de la serie Rama (Rama II, El Jardín de Rama, Rama revelada); Stephen Baxter (Luz de Otros Tiempos, El Ojo del Tiempo); y Mike McQuay (Sismo Grado 10), entre otros.

Es curioso que Las Fuentes del Paraíso no tenga secuelas, aunque ganara el premio Nébula en 1979 y el Hugo en 1980. O si las tiene no son de Clarke. Es posible que tenga que ver con ello la muerte del protagonista, el Ingeniero Vannevar Morgan, al final de la novela, como Cervantes a Alonso Quijano El Bueno, y fallidamente Conan Doyle a Sherlock Holmes. O de repente la profesión de fe ateísta. Los personajes de Clarke son estereotipos, sus protagonistas se parecen mucho entre sí, calcados unos de otros: el Capitán Norton de la Nave Newton que llega a Rama se parece al Frank Poole de las Odiseas o al Capitán Robert Singh de El martillo de Dios. Los verdaderos protagonistas de Clarke no son los seres humanos sino los logros tecnológicos, las creaciones humanas que conquistan nuevas fronteras: La nave Discovery de 2001 y la Leonov de 2010; el casco de ingreso neural, la portentosa espacionave Rama, las ciudades de Diaspar y Lys, y posiblemente la más imponente de todas: El Ascensor Espacial de Las Fuentes del Paraíso, ambientada por cierto en el Siglo XXII. Y he aquí por qué funciona tan bien la novela: El conjunto que forman el personaje Vannevar Morgan y el Ascensor Espacial con que corona su carrera, extraordinaria desde el Puente sobre el Estrecho de Gibraltar. El notorio y algo ingenuo ateísmo de Clarke se junta a su proverbial optimismo de primer mundo y da por resultado que la humanidad abandone la religión por sucesos que la llevarán a ello, en la novela esto ocurre cuando la nave espacial extraterrestre Velero Estelar entre en órbita solar y converse con los terrícolas, reduciendo al absurdo toda la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino: (…) entre los incontables efectos que ocasionó sobre la cultura humana, el velero había llevado a su punto culminante un proceso que ya estaba en marcha. Acababa de poner fin a los billones de chácharas piadosas con que hombres de aparente inteligencia se habían aturdido por muchos siglos.  Interesante frase del hombre que escribió Los Nueve Mil Millones de Nombres de Dios. Me parece a estas alturas que he dado suficientes claves para provocar la salivación en mis lectores, pero allá va la última: Para rendir debido homenaje al Sri Lanka donde vivió la segunda mitad de su vida, Arthur Clarke la “movió” de lugar y la pone en la ficción cerca a la Línea Ecuatorial, para hacer verosímil la construcción de la gran Torre de Kalidasa y el Ascensor Espacial. Uno de los conflictos será con el Monasterio propietario de los terrenos para construir el Ascensor. Y para data ya me parece mucha. Lean la obra: 

V
Colofón


Hemos presentado tres grandes autores clásicos de la Ciencia Ficción. Habrá más Crónicas sobre más autores y libros de Ciencia Ficción, un subgénero que se difumina hoy en día y se combina y recombina con otros. Ya hablaremos de ellos. Por ahora, adieu

La Crónica de Lecturas 42 - Ciencia Ficción Clásica  - Parte Una está en: 

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