viernes, 21 de enero de 2011

PARA QUÉ SIRVE LA EDUCACIÓN (I)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (I)



En estos días diversos eventos – del que el más triste es la partida del Maestro Luis Jaime Cisneros – se han combinado para perder de vista los grandes procesos y perdernos en el día a día. Las elecciones, su parafernalia y su folklore – que los medios privilegian dentro de su lógica de publirreportaje – deberían llevarnos a hacernos grandes preguntas sobre grandes temas. Por otra parte ¿qué hubiera querido el Maestro Cisneros como epitafio para su tumba, sino una reflexión sólida sobre un asunto real y trascendente? ¿Existe algo más trascendente que el futuro?


PREGUNTA EXISTENCIAL

¿Para qué sirve la educación? Para un maestro esta es casi una pregunta existencial. Para una sociedad con perspectiva de futuro y que está por decidir quién administrará el Estado durante cinco años, la respuesta a esta pregunta es esencial. Pero las voces sociales que todos escuchan no se hacen estas preguntas. Los lugares donde se reflexiona están curiosamente acallados, que no callados. Basta con hacer una investigación a profundidad para que ésta sea ignorada por los administradores de la educación y por los medios de comunicación. El día a día vertiginoso nos traga. Las voces de nuestros educadores y nuestros intelectuales no son escuchadas fuera de los cenáculos académicos, cada vez menos frecuentados. La conspiración del silencio, tal vez. El bloqueo informativo, tal vez, que prefiere relatar las hazañas de una banda de asaltantes o mostrar las calatas carnes de la bataclana de moda, a tratar un problema que afecta no solamente a toda la ciudadanía, sino a nuestros hijos y nietos.

Mi hija entra al colegio este año. Si todo va bien y no hay demasiados cambios, saldría de él en el año 2022. Terminaría su universidad más o menos en el 2027, si es que es eso por lo que se decide. Haría su vida laboral, según tablas actuariales y esquemas de jubilación, aproximadamente hasta el año 2062 a 2065. Por supuesto para entonces yo estaré larga y confortablemente muerto. Pero me preocupa saber para qué sirve la educación que mi hija, y todos los niños, niñas, adolescentes y jóvenes del Perú, recibirán o, tal vez, padecerán.

EL FUTURO

¿Cómo será el Perú en el 2065? Esto es algo que tiene su importancia. Se supone, se dice, se cree, que la Educación prepara para el “futuro”. El “futuro”, así, sin más. Para poder saber qué hacer en Educación tendríamos que tener algún tipo de idea básica de cómo será ese futuro. Como sociedad carecemos de horizontes temporales definidos, dado que nos come la necesidad inmediata de la supervivencia, salvo a determinados sectores, muy limitados, de la población. La vida es cada vez más “rápida”. Los tiempos psicológicos se han acortado a resultas de las revoluciones en cuya cresta estamos. El espacio psicológico, por otra parte, se ha agrandado. La sociedad peruana abarca también a los migrantes y a los “extranjeros”. >Las redes sociales y la Internet nos colocan súbitamente en medio de un mundo cualitativamente más amplio. Podemos estar anclados físicamente en un lugar, pero virtualmente podemos estar, y estamos, en varios sitios a la vez.

¿Qué estructura puede tener ese futuro, digamos en los próximos diez años, para el que supuestamente estamos preparando a nuestros hijos? Los especialistas globales se encogen de hombros en importantes eventos internacionales en donde unos y otros se miran, para llegar a la misma conclusión, expresada básicamente en cuatro palabras: Y YO, QUÉ SÉ”. Y si ellos no saben qué va a pasar ni cómo va a ser el futuro en diez años, ¿qué podremos nosotros, la gente de a pie, decir de los próximos veinte o cincuenta años?

EDUCAR PARA LA "VIDA"

La gente es, en general, pragmática. Con un blindado sentido común se limita a ciertas ideas-fuerza básicas en esto de criar y preparar hijos “para la vida”. Hay cosas que no cambian, y razonamientos elementales. Ganarse la vida es un lugar común en cualquier sociedad. Se apuesta, con absoluta consistencia, a que ello seguirá ocurriendo. Hay cada vez más gente, sea por vía vegetativa o por migración, y cada vez más competencia, y eso significa que hay que posicionar cada vez mejor a nuestros hijos. La educación es, pues, algo que nos debería servir para trabajar y ganarnos la vida en el futuro. A su vez necesitamos alcanzar niveles de competitividad cada vez más altos, y ello significa mayor cantidad de años de escolaridad en los diferentes niveles, simplemente para poder conservar lo que se obtenga. “Ascender”, mejorar el nivel de vida, implicará por ende cada vez más cantidad y calidad de esfuerzo, tanto por parte de los padres como por parte de los hijos. Si antes necesitabas el título para asegurarte una chamba, ahora requieres la maestría, y después el doctorado. La conclusión inevitable es que llegará un momento en que los papeles en realidad no valdrán nada, y habremos regresado al punto de partida. Pero ese momento se ve tan remoto que no pensamos en él. Y de repente está más cerca de lo que creemos.

COSTOS CRECEN, INGRESOS DISMINUYEN

Hay otros aspectos a tomar en cuenta. Nuestra sociedad es compleja y hay cosas que se dicen y cosas que se callan. Que hay que preparar a nuestros hijos para el trabajo y que hay que acumular elementos de competitividad parece ser de sentido común. Ahora el problema de los padres responsables es resolver cómo lograrlo. Aquí es donde empezamos a trastabillar, porque una lógica elemental nos dice también que los costos de la educación tienden a aumentar, como los costos de todo, en un medio ambiente de competencia generalizada como el que existe. Vale decir, hay recursos que deberemos crecientemente distraer de otras necesidades para poder educar a los hijos para el “futuro”, y cualquier individuo con medio centímetro de frente se da cuenta que no puede pasarse por alto este tema. Enviar a los hijos a instituciones educativas adecuadas, donde se les proporciona aquello que se necesita para poder, “en el futuro”, trabajar y competir eficazmente resulta una cuestión de vida o muerte. Y la sostenibilidad del esfuerzo educativo resulta esencial. Y por supuesto, lo único que realmente nosotros deducimos por sentido común sobre el futuro es que los costos aumentarán progresivamente, en tanto que los ingresos permanecerán estacionarios o tenderán a disminuir. Y, por otra parte, en un país donde menos de la quinta parte de la población cuenta con algún tipo de seguridad para la vejez, es obvio que se apuesta a los hijos mejor que a las AFP o al Estado: Sentido común.

De aquí que, en una lógica de Oferta y Demanda, el problema sea realmente grave. Hay contradicciones de base. Para poder elegir correctamente las instituciones en las que nuestros hijos se formarán, nos interesa saber qué ofrecen, porque queremos todo el valor de nuestro dinero, ese que nos cuesta tanto ganar. Y en esto, seamos claros, existe una “carrera de caballos” social en las que unos pocos parten con inmensas ventajas, y la gran mayoría parte con retraso. Un diagnóstico exhaustivo sería bastante largo. Pero centrémonos en algunos puntos de sentido común.

EDUCACIÓN EN DESIGUALDAD

¿Cómo se llega al éxito económico y a la sostenibilidad de éste en la sociedad global, y particularmente en nuestro país? Pues bastante obvio, desde el punto de vista global se trata de contar con las habilidades necesarias para ocupar un nicho ventajoso en el mercado. Y desde el punto de vista del entorno social nacional, como bien sabemos, se trata de posicionarse para lograr ciertas ventajas por fuera del mercado. Es bastante obvio que cada generación “camina junta”, es decir, son el grupo que se acompañará a lo largo de su vida en el contexto de unas determinadas relaciones sociales. En un país como el nuestro, de estructura social estamentaria y retrasada, donde el esfuerzo social se concentra en cambiar lo más tarde posible, y eso solamente si hay mucha presión de abajo para hacerlo, se superponen los requerimientos globales a los de la sociedad criolla que hemos heredado. Vale decir, se emplean las ventajas de la posición social en función del logro planificado de habilidades académicas. Si tienes plata, comerás y te nutrirás bien, poseerás atención médica, tendrás tu aprestamiento en un buen nido de clase A, un buen colegio de clase A, una buena universidad de clase A, profesores particulares – por lo general de clase C/D -, computadora en casa y lap top en el aula, talleres y cursos, oportunidades y viajes. Esto en sí no tiene nada de negativo, si es que vives en una sociedad más o menos democrática, donde las brechas de calidad no son tan abismales, y donde existan oportunidades razonables para la mayoría. En todo caso, hay élites que necesitan formarse. Y comer, atender las enfermedades y tener una educación razonable son considerados derechos de todos.

Pero es el caso que en nuestro país los derechos humanos son puramente teóricos, o, como gustaba señalar nuestro querido Cardenal-Arzobispo, corresponden a inanidades. La salud, la nutrición, y la educación están sesgadas en desigualdades inaceptables. El progreso social en nuestro país no se mide en años, sino en generaciones. Y esto choca frontalmente con nuestras perspectivas, en una época en la que el tiempo cuenta cada vez más, la población crece y los recursos empiezan a escasear, lo que se refleja, una vez más, en los precios. El tiempo medido en generaciones deja de ser funcional. Y las brechas de calidad educativa son tan grandes que el chico que repitió tres años de la secundaria en un colegio de clase A será el dueño de la empresa donde trabajarán veinte que alcanzaron el primer puesto en un colegio público. En una economía en crecimiento esta situación hasta puede darse si se asegura un aumento general de ingresos y si las brechas pueden llenarse a niveles soportables. Pero eso, en nuestro país, donde el chorreo no chorrea, parece ser un sueño. Las estructuras sociales estamentarias y argollescas nos pasan la factura de tal modo, que en realidad las instituciones educativas se sesgan siguiendo las líneas de la desigualdad y el coeficiente GINI, y su principal función pasa de educar a las nuevas generaciones a reproducir las desiguales relaciones entre los grupos sociales, dado que la perspectiva social y económica es la de mantener la desigualdad en vez de reducirla.

EMIGRACIÓN: VÁLVULA DE ESCAPE

Aunque la emigración es una válvula de escape nada desdeñable. Pero ahí una vez más nos encontramos con las brechas de calidad, las dificultades de la emigración, sus costos financieros y emocionales, las dificultades de la adaptación, etcétera. Es una válvula que permite enfriar un poco los problemas sociales, pero a la vez es una bomba de tiempo si no se afronta el problema, dado que los que emigran son por lo general los más audaces, astutos, inteligentes y recursivos, y los que se quedan, por ende, tienden a ser los que no pueden hacerlo por motivos puramente económicos. De hecho la emigración tiene un efecto curioso sobre las relaciones sociales. El caso del expresidente Alejandro Toledo es notable al respecto, pues aprovechó sus oportunidades, salió del Perú, se quemó las pestañas estudiando, conquistó en base a su propio esfuerzo un puesto académico nada desdeñable en una sociedad más abierta, y cuando vuelve a nuestro país se le puede “disculpar” su origen andino, y aún así. Pero para eso tuvo que salir. ¿Qué le habría ocurrido si se hubiera quedado? Es indudable que algo hubiera logrado, porque no le vamos a retrechear sus capacidades y su esfuerzo … ¿pero hubiera sido presidente de la república? ¿Hubiera logrado un estatus académico como el que logró? ¿Quién sería hoy en el Perú Alejandro Toledo si en vez de ser alumno de Stanford lo hubiera sido la Universidad Los Ángeles de Chimbote?

Aquí vale la pena un recuerdo personal. Hace unos años aterricé en un colegio público de adultos en una ciudad de nuestros Andes. Como se trata de ciudadanos no los vamos a tratar igual que a niños, y conversamos sobre la currícula. Había entre ellos muchos jóvenes de entre 18 y 22 años, y solicitaban directamente la inclusión de un curso de Inglés. Recogí la propuesta y pregunté por el motivo. Los muchachos y las chicas se sonreían entre sí, mientras una de ellas, la más rijosa, ensayaba una edulcorada respuesta que aludía a la globalización, la Internet y demás contenidos que ella esperaba me gustaran o me convencieran. Sin embargo, después, en conversaciones informales y, digámoslo claro, en off, todos ellos me manifestaron su intención de emigrar fuera del Perú. Como es obvio, por más malo que sea un curso de inglés, es muy diferente tenerlo en la escuela pública, a empezar de cero en una sociedad de habla inglesa, particularmente cuando no tienes plata para un Instituto de Idiomas. Es de sentido común aprovechar lo que hay.

LO QUE SIRVE

Con esto me introduzco un poquito más profundo en el tema. Hay cursos que se perciben como “más necesarios” que otros. Naturalmente esa percepción está signada por su utilidad para “el futuro”. En realidad, hay cosas que son muy obvias vistas desde el sentido común. Basta con mirar qué publicitan los diversos colegios que colocan sus servicios en el mercado, y cómo se posicionan. Los Idiomas y la Computación son esenciales, además por cuestión de imagen institucional de modernidad. Las matemáticas y las ciencias se cotizan bien, desde que algunas de las carreras mejor pagadas corresponden, ayer y hoy, a las ingenierías y la medicina. Últimamente se pone relevancia en la comprensión lectora, desde que sabemos que es una desgracia en nuestro país, gracias a evaluaciones internacionales que nos dan la pauta, y después de todo, leer bien para aprender resulta de sentido común. Se convierten en carreras actividades que tradicionalmente no poseían dicho nivel, de acuerdo al posicionamiento que se va logrando. Es el caso del Turismo y la Gastronomía, por ejemplo, y una receta tiene que entenderse para poder hacerla.

La proliferación de Universidades permite disponer de una mayor cantidad de vacantes que permiten el logro de un título. Por desgracia las Universidades de clase A brillan por su presencia más bien corta, y el crecimiento corresponde más bien a instituciones de calidad cuestionable, dado que reciben alumnos con capacidades cuestionables. Y las Universidades Nacionales, instrumento claro de ascenso social, son negligidas y dejadas en la inopia, esperando que funcionen eficientemente con la tercera o cuarta parte del presupuesto de una Universidad particular, y con diez veces más alumnos.

Como para artículo este ya sale largo, lo dejaré aquí. Como se decía en ciertos programas de TV, también viene: ¿Es el objetivo de la educación únicamente el éxito económico? ¿Hasta dónde nuestra estructura educativa puede responder a un futuro del que no tenemos la mínima idea? ¿Las instituciones educativas son en el mediano plazo fábricas de desempleados? ¿Será verdad eso de que “quién estudia triunfa”? ¿Qué pasa con la educación en valores? ¿Y con la educación en humanidades? ¿Qué le espera a mi hija en el colegio? Todo esto, en el próximo artículo, si todo sale bien.