lunes, 24 de enero de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACION (II)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (II)

Tras el ligero, incompleto y seguramente sesgado recorrido sobre las diversas etapas de la educación que he hecho en la primera parte de este artículo, vuelvo al tema de fondo. Me han dicho que la primera parte arrancaba bien pero que la bilis me iba ganando conforme iba escribiendo. Debo decir que se hace lo que se puede. Veremos qué pasa ahora. Si la bilis nos hace la vida un poco más complicada, tal vez podré recabar ciertas disculpas …

Y cómo decíamos ayer …

¿Para qué sirve educarse? Parece que, en un sentido amplio, la supervivencia es un objetivo esencial de la Educación en la medida de que se necesita permanecer vivo para poder hacer cosas. Quizá valga la pena pensar qué significa eso de supervivencia.

Cualquier vida razonablemente vivida implica una serie de aspectos, algunos de ellos que nos preocupan tanto que procuramos no pensar en ellos nunca, o cuando menos hacerlo lo menos posible, porque suena a medio chiflado ponerse a hablar sobre “el sentido de la vida”. Pero el problema de Para qué Educamos se combina necesariamente con este del sentido de la vida. No parece demasiado relevante penetrar en la profundidad filosófica del asunto, aunque parece que es inevitable asumir ciertos puntos desde allí.

Las realidades de la Vida

Es obvio que “la vida” la tienen también los hongos y las amebas. Pero ellos no se educan, ni lo necesitan para la supervivencia. Les basta con sus capacidades genéticas. Por otra parte, por más que nos reconozcamos como” hermanos de las rocas, los peces y las estrellas”, las duras realidades de nuestra vida resultan ser bastante semejantes a las de los hongos y las amebas. Es decir, personas, amebas y hongos nacen, crecen, intercambian energía con el entorno, se reproducen, y, "al final”, entregan la maleta y salen de casa con los pies por delante y en traje serio. Puede que haya algo después de la muerte, puede que no, pero por ahora nos interesa la perspectiva que podamos conocer, y no sabemos en realidad si hay algo después o no. Es en el terreno de la fe donde esto contará o no con alguna certidumbre. No educamos ni nos educamos para la vida futura, sino para la supervivencia en este barrio. Indudablemente, no es una cuestión baladí, pero no es materia de este artículo.

Imagino que para los seres humanos del paleolítico inicial las realidades de la vida empezaron a vivirse de manera más consciente, y se asumieron como hechos que se vivían dentro de estructuras que después alcanzaron gran desarrollo, las sociedades. En éstas es que aparece la cultura, y el ser humano termina ubicado en estructuras sociales cada vez más complejas dentro de las que desarrolla su existencia, de modo que la “vida” es, básicamente, la manera cómo nos desenvolvemos y los roles que asumimos al interior de dichas estructuras sociales. La supervivencia se hace humana, porque ya no se trata solamente de comer, sino de comer “en sociedad”, mostrar tu "clase" en lo que comes y en cómo comes, hacer gastronomía y modales; ni sólo de reproducirse sino de casarse y formar una familia, o a veces al revés; ni sólo de intercambiar energía con el entorno sino de trabajar para ganarse la vida. El nacimiento y la muerte dejan de ser puramente naturales, pues se nace en una estructura social, y se muere uno en una estructura social, a veces la misma. En todo caso, todo esto es así en la medida que como humanos nos podemos asumir, tal vez con justicia, como diferentes de los chimpancés y demás animales.

Cross-Over

En este contexto, la “vida” ocurrirá en un período en el tiempo, que percibimos agudamente como un presente formado de hechos sucesivos. Se nace un determinado día de un determinado año, se vive un plazo dentro de ciertas coordenadas de espacio y tiempo en este universo, básicamente limitados a este planeta, y luego se hace mutis. Vulgo, se muere uno. La pertenencia a la sociedad implica un conjunto de deberes sociales y de posibilidades que se desenvuelven a lo largo de este período vital, y que supuestamente conducen a ciertos logros que propenden a una mejora de las condiciones en que realizamos nuestra estadía en el presente universo. Una manera larga y farragosa de decir que tratamos de “vivir bien”. Toda esta reflexión parecería más o menos inútil, ya que constata cosas que damos por evidentes (aunque pienso en el humor inteligente de Monty Python, Les Luthiers y otros al respecto), si no fuera porque existe algo que nos ha dado qué pensar en estos últimos tiempos, y ello es la posibilidad concreta de la extinción de la especie humana. Hacia el año 2070, comentan ciertos expertos, se dará el “cross-over”, es decir, el cruce de diversas situaciones límite que la presencia de las sociedades humanas ha producido en el equilibrio de nuestro planeta. La posibilidad de la extinción de las sociedades actuales, e incluso de la especie, agrede frontalmente una convicción que tenemos, tan obvia que jamás la asumimos como tal, que suponemos que nos perpetuaremos indefinidamente en nuestros descendientes, y que éstos “vivirán” en una sociedad humana. Por lo menos ese parece ser el modo en que verbalizamos algo que por lo general no pensamos y que justifica nuestras acciones con nuestros descendientes. Por otra parte, nuestra particular percepción del tiempo como presente hace que tal futuro no nos quite demasiado el sueño.

Susto

El colectivo humano parece cada vez más “asustado” al respecto. Las mentes más brillantes con las que cuenta la especie discuten el calentamiento global, la crisis energética, la explosión demográfica, la contaminación, la posibilidad de intercambios nucleares, los alimentos transgénicos, y otros problemas derivados de nuestro exponencial crecimiento demográfico y nuestra creciente intervención, para mal, en los delicados equilibrios de nuestro entorno. Las previsiones no son nada optimistas. Esto se refleja en los medios de comunicación y en las industrias culturales. Se publican libros, se producen películas y se diseñan titulares que predicen el Fin del Mundo para la semana, mes, año o década que viene. Al margen de un posible complot para la creación de un cierto “Gran Miedo”, o del aprovechamiento comercial de los temores profundos de la humanidad, lo cierto es que estamos viviendo en apariencia una época de “temores difusos” bastante difundidos. Quizá, como decía Borges, todos los tiempos son el Fin de los Tiempos; o, como señalaba un chusco por allí, el Mundo ya se acabó, pero como estamos tan ocupados, no nos hemos percatado … . En cualquier caso, el “espíritu de la época” (zeitgeist) que quería Hegel parece estar básicamente signado en nuestros días por el miedo y la aprensión frente al futuro.

Educarnos para Enfrentar el Miedo

Para no perdernos en generalidades, recuperemos el tema. ¿Nos educamos y educamos para enfrentar estas difíciles circunstancias que se avecinan? Enfrentar los miedos es algo necesario para poder superarlos. Eso se empieza a hacer a través de la formación de una identidad sólida, y luego adquiriendo certezas y herramientas conceptuales para enfrentar los miedos mismos, identificar los problemas reales que enfrentamos, sus complejas realidades, analizarlos, comprenderlos, evaluarlos y definir decisiones para resolver los problemas con las mejores armas de que podamos disponer, y en la medida que podamos. Esto es válido para todas las sociedades. E implica una visión de largo plazo que el sistema educativo puede implementar, pues trabaja sobre la base de largos plazos. Decía Franklin D. Roosevelt, en épocas de extraordinaria dificultad, que a lo único que hay que tenerle miedo es al miedo mismo. Y en consecuencia pregunto: ¿Qué hace el sistema educativo para superar el miedo mismo? ¿Qué identidad fomenta? ¿Con qué certezas nos equipa? ¿Con qué herramientas nos pertrecha para conocer y enfrentar la realidad de la supervivencia? De repente lo único que estamos haciendo es trasladar el miedo de una a otra generación.

Se ha planteado que la Educación no necesita más reformas, que lo que se necesita urgentemente son revoluciones educativas orientadas al cambio fundamental de un modelo industrial a un modelo orgánico, más adecuado y propio a las condiciones y la esencia de la vida humana. El concepto de progreso industrial y científico está en un colapso económico y cultural, y se observa un cierto retorno a las falaces tranquilidades que proporcionan ciertas ortodoxias antiguas y nuevas, y una suerte de pensamiento mágico que se generaliza en las sociedades. Hay un doble peligro en todo ello.

Desconfianzas Saludables

Por una parte, no podemos confiar ciega y mágicamente en el desarrollo científico y tecnológico, como se ve claramente en el caso de los transgénicos, los que inteligentemente el Ministro del Ambiente considera que colisionan con el modelo agroexportador peruano, que se está centrando en la producción que aprovecha el hecho de ser un centro Vavilov de biodiversidad. Y en esto hay oposición por parte de ciertos intereses económicos y otras instancias de gobierno que llevados de una lógica estrictamente de corto plazo, pretenden introducir productos transgénicos, con consecuencias imprevisibles para el medio ambiente y la estabilidad económica.

Por otra parte, no podemos confiar ciegamente en puntos de vista ortodoxos que, como en el caso de algunas iglesias más o menos mayoritarias, defienden entre otras sandeces el crecimiento demográfico al prohibir a sus fieles el empleo de anticonceptivos, o chocan contra las libertades civiles de las personas. Y en esto hay apoyo por parte de ciertos sectores sociales y políticos centrados en el interés de poseer una masa de maniobra grande, subempleada e iliterata que se pueda manipular política y económicamente.

Educarnos para la Desconfianza

¿Nos educamos y educamos en el conocimiento político y económico de estos procesos, de manera que el ejercicio de nuestra libertad sea responsable? ¿Educamos y nos educamos en ciencia y tecnología para poder juzgar y decidir sobre los muchos temas ciudadanos que las implican? ¿Nos educamos y educamos en la identificación, descripción, análisis, comprensión, evaluación y toma de decisiones de cara a los problemas que nuestras sociedades afrontarán y en muchos casos ya afrontan? Y si no lo hacemos, ¿qué deberíamos hacer al respecto?

Linealidad y Puntos Críticos

El educador británico Ken Robinson plantea un hecho educativo interesante: La “linealidad”. Tendemos a considerar los procesos educativos – y muchos más – como “lineales”, al modo de cadenas de producción heredadas de las revoluciones industriales. Dado que los sistemas educativos provienen de las revoluciones industriales, se estructuraron del mismo modo para proporcionar trabajadores a las líneas de producción, presionando en las estructuras psicológicas de los niños y jóvenes para adaptarlos al sistema de producción “lineal”. Es un hecho que la situación en este siglo XXI ha cambiado. La especialización de las labores propia de la línea de producción ha cambiado en profundidad las relaciones sociales y ha desnudado la poca sostenibilidad del modelo “lineal”. De hecho, en la constante búsqueda de la eficiencia y la eficacia, los sistemas administrativos de avanzada incorporan cada vez más conceptos muy alejados de la linealidad. Se “retorna” a paradigmas globales y sistémicos. Se habla de lógicas difusas y paraconsistentes, de economía de crecimiento cero, entre otras muchas cosas. Claro está, hay una inercia arrastrada desde hace 200 y pico de años que amenaza con una detención cuando se alcance algún punto crítico. Como en la vida humana, que se detiene no cuando más del 50 % de los sistemas orgánicos falla, sino cuando se produce un fallo crítico en un 5 o 6 % – como un ataque al corazón o una crisis diabética – y se muere uno dejando la mayor parte del cuerpo sano e intacto pero bien muerto; así también la estructura de la sociedad humana, que es orgánica, en la medida que la conforman seres humanos, está llegando claramente a puntos críticos.

Opciones

¿Qué debe hacer la Educación entonces? ¿Para qué educamos? Mi hija enfrentará estos temas de una u otra manera. Quizá se adaptará a la realidad adoptando un punto de vista derivado del pensamiento mágico que la alejará de la realidad y le dará la ilusión de la inconsciencia y la “felicidad”, aunque sea por un tiempo. O tal vez contribuirá eficazmente desde su espacio y su tiempo a la resolución de los problemas nacionales y globales, labor en la que podría encontrarse su realización personal y algún sentido a la existencia. En un contexto futuro del que tan poco sabemos, y que incluso podría resultar completamente diferente a nuestras “predicciones”, cuál puede ser el sentido de una vida que la Educación tendría que tomar como un paradigma para saber qué va a contribuir a formar.

Felicidad y Sentido de la Vida

Porque un tema que estamos pasando por alto considera que “la felicidad” es importante para las personas, y que se la considera un objetivo vital al que se puede y se debe dedicar todos los esfuerzos. Hay la creencia generalizada que el “sentido de la vida” es ser “feliz”, o alcanzar la “felicidad”. Me detengo un poco aquí. La Felicidad, jaja, como quería una canción de moda y el título de un libro de cuentos de Bryce Echenique. ¿Es el “sentido de la vida” el encontrar “la felicidad”?. Esta es otra de esas reflexiones que no hacemos porque la damos por sentada. ¿En qué diablos consiste eso de ser “feliz”? No lo sabemos, no lo hemos pensado, pero aspiramos a que nuestros hijos lo sean, y a veces consideramos con amargura que la infancia puede ser “el único momento feliz” de nuestras vidas. Hace no tanto tiempo, cuando la expectativa de vida de los seres humanos era de más o menos 30 años, estoy seguro que el período de “felicidad” era la infancia. Pero la humanidad se metió en el chiste de la civilización y el progreso, y la expectativa de vida aumentó, y la infancia ha pasado a ser algo así como una suerte de paraíso perdido que añoramos. El hecho es que nuestros hijos, según tablas actuariales, vivirán tanto o más que nosotros. Puede preverse que una “Educación para la felicidad” puede ser importante. Si es que es real eso que decimos de que nos interesa la felicidad de nuestros hijos.

Realizarse

Algunos asimilan la “felicidad” con la “realización”. No he encontrado mejor definición que ese magnífico chiste de Les Luthiers acerca de que realizarse es trascenderse en el más allá de los hechos hasta alcanzar cierto tipo de equilibrio. El humor lutheriano pone el dedo en la llaga: ¿Qué es eso de trascenderse en el más allá de los hechos, dicho además en el tono más ridículamente serio imaginable de estereotipo de clase de filosofía? ¿Y qué es eso de cierto tipo de equilibrio? Parece una confesión extraordinariamente sarcástica de nuestro propio desconcierto frente al hecho de algo que no sabemos qué es ni de qué hablamos, pero eso sí, deseamos ardientemente que suceda …. . Sin embargo, es cierto que queremos que nuestros hijos se “realicen”, quizá en el sentido de que esperamos que lleguen a ser aquello que quieren ser y tengan “éxito” en el empeño. O quizá que hagan lo que nosotros, que sabemos ya cómo son las cosas …

Nadie pide venir al mundo, pero todos eligen quedarse

Algunos adolescentes sutiles y astutos hacen la declaración rebelde – parece ser la época para ello – de no haber solicitado venir a este mundo. Con lo que nos cargan a los adultos con la responsabilidad de su venida. Es cierto, por supuesto. Nadie pide venir. Y la pregunta suele estar presidida por la convicción subjetiva del joven adolescente de que la vida es un hecho atroz, y que lo sabemos y que no parece haber gran cosa qué hacer al respecto. Por cierto, también sabemos que la vida es dulce y que no nos queremos ir, por lo que tendemos a demorar el momento de la salida a lo más tarde posible. Y vaya si hacemos cosas para demorar el inevitable momento. Pero eso es un punto de vista adulto que no convence a nuestros jóvenes, cuya rebeldía existencial termina canalizada por el medio ambiente hacia el hedonismo y el consumo que nos haga olvidar que nacimos para morirnos. Quizá sea útil plantear la respuesta que yo les di a mis propios manganzones cuando me clavaron la pregunta. Es cierto, y no hay duda, ellos no pidieron venir, pero tampoco se trata de echar culpas, pues muchacho. Claro que el mundo es atroz, pero cuando nosotros, sus padres, llegamos, ya estaba así. Todo el cuento es qué es lo que nosotros los adultos hemos hecho o estamos haciendo para mejorar las cosas. Y aquí es donde me temo que no podemos mostrar grandes logros, como el padre ese que decía a su hijo que le presentaba una libreta que parecía ensangrentada de puros rojos: “A tu edad Napoleón se sacaba 20 en todo”, y la desenfadada respuesta del vástago: “Y a la tuya, emperador de Francia …

Y por otra parte, es cierto que ninguno de nosotros eligió vivir, pero ello no es más que una enorme paradoja porque antes de vivir no podías elegir nada, y por ello nadie escoge o no escoge, porque no puede escoger o no escoger, porque no hay una entidad que pueda elegir. El estar vivo no se “elige”, es un hecho dado en el devenir del universo. Y en eso somos iguales a las plantas y los animales. El estar aquí es una parte de lo que implica el existir en el mundo en sentido general, no es parte de nuestra humanidad. Y si lo creemos es puro antropocentrismo de creer que somos el centro del universo. Y la cara de mis hijos cuando les decía estas cosas oscilaba entre el desconcierto y el “no te entiendo ni papa, papá …”. Pero yo seguí sin misericordia señalando que lo humano, como Albert Camus implicaba, no es elegir venir sino elegir permanecer. Y resulta que, siempre siguiendo a Camus, el suicidio es verdaderamente el único problema filosófico realmente importante. Porque nadie elige venir, pero cada día que no nos suicidamos, elegimos quedarnos acá. Pero eso mejor no se lo digamos a nuestros hijos … . Y además, estoy seguro que se puede decir mucho más al respecto.

Estar contento

Y es que esto de la felicidad no es “estar contento”. Estar contento ocurre si hacemos algo que nos guste particularmente. Un adicto a las drogas, un asesino en serie o un borracho consuetudinario serían, entonces, felices. Tampoco la felicidad es alcanzar la satisfacción de las necesidades, como según parece tendemos a pensar. La famosa historia de la camisa del hombre feliz nos muestra que el problema de las necesidades, como saben los teóricos de la economía, es que son infinitas, y se suceden unas a otras. Y sin embargo, como decía Woody Allen, el dinero no hace la felicidad, pero qué bien la imita … pero la posesión de dinero y el consumo desaforado y hedonista que parece ser el modelo social predominante no nos proporciona felicidad sino inconsciencia. Y en la actualidad el modelo es que la inconsciencia de la farra es sinónimo de felicidad. Pero es fácil constatar que se sufre en todas las clases sociales, en todos los colores y diseños que la humanidad presenta.

Condiciones de la Felicidad

El decir que somos “felices” tendría que resolver dos problemas, al menos. Uno es el problema de mi identidad en medio de una sociedad y de un mundo, porque no vivimos solos y mucho de lo que nos hace felices corresponde a intercambios sociales. Y el otro es el de la consciencia individual del yo en el mundo, porque no estoy seguro que una persona que no sabe que está allí podrá experimentar la felicidad. O. de hecho, cualquier cosa.

Esta segunda parte del artículo me sale larga otra vez. Me temo que una tercera parte será inevitable. También Viene: ¿Es el objetivo de la educación ser felices o lograr el éxito económico? ¿Qué tiene que ver acá la Educación en Valores? ¿Será posible revertir el cross-over, por lo menos antes de las elecciones peruanas? ¿Qué podrá contar más en la Educación: Lectura, Valores, Ciencias, Matemáticas, Música, Artes, Humanidades, Educación Física?

Todo esto, en la continuación, si todo sale bien.