martes, 2 de agosto de 2011

CONTRA EL RACISMO, LA HOMOFOBIA Y EL ODIO

“Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta.” (Herman Hesse)

“Odiar a alguien es sentir irritación por su simple existencia.” (Ortega y Gasset)


Sé que este tema ha sido tan vastamente tocado por tantas personas capaces en estos últimos tiempos, que de repente ni vale la pena hacerlo de nuevo. Pero dos cosas me pasaron que me llevan a tocar el punto. Una fue el cruzarme en la calle con una señora de respetable edad, que interpretó mi color de piel como carente de toda modestia, lo que la llevó a pensar que de necesidad yo estaría de acuerdo con sus puntos de vista alrededor de la “India” y su modo escarapelante de vestir en la ceremonia de juramentación del Presidente de la República. Por “india”, por si acaso, se refirió a la Primera Dama. Mi respuesta no viene al caso, pero su interpelación me dejó pensando tanto en el hecho mismo, como en el que la señora, tan rubia ella, estaba acompañada por un sumamente moreno – eventualmente negro – caballero que, supongo que eventualmente también, fungía de marido. Contradicciones de la vida, sospecho.

Por otra parte y a la vez, yo estaba en plena relectura de una conferencia de Cornelius Castoriadis, “Reflexiones en torno al Racismo”, fácilmente obtenible en la red, que destripa el tema con fruición, lo que interesa por la coincidencia entre ambos hechos. Entro, pues, al tema sin anestesia y sin vaselina, a la busca de relaciones al respecto. Castoriadis señala que el racista, llevado por fuerzas intrínsecamente perversas, no siente interés alguno en “convertir” o “asimilar” al Otro, sino que su interés básico es desaparecerlo, lo que demuestra a partir de diversos y desagradables hechos históricos, muchos de ellos extraídos de la historia de las religiones, en particular la judía, la cristiana y la mahometana, aunque tampoco deja atrás otras confesiones. Estos hechos históricos resultan configurar una constante en el desenvolvimiento del hecho del racismo en los planos cultural-social y psíquico-individual, con los que el conferencista juega, saltando de uno al otro con solvente suficiencia lógica.

El error en la crítica al racismo

El rechazo al racismo comúnmente trata de racionalizar lo intolerable de éste por considerar injusto que se odie a alguien por ser Otro sin tener responsabilidad en ello. Castoriadis considera accesorio este aserto, pues no ataca frontalmente la esencia del racismo, que no es, como se piensa, considerar al Otro culpable por pertenecer a una colectividad no elegida por él, lo que me parece queda patente en la actitud de la señora mencionada al entender que cuando dijera “india” yo sabría directamente a quien se refería. Por ende, los que racionalizan el tema alrededor de este punto se equivocarían al hacerlo.

El hecho mondo y lirondo del racismo, según Castoriadis, se puede resumir en una frase extremadamente empleada en la historia: “El mejor ………… es el …………. muerto” (Póngase en los espacios vacíos cualquier cosa: indio, piel roja, alemán, comunista, judío, nazi, árabe, homosexual, etc.). Vale decir, el racismo es en su base el deseo de asesinar al Otro. Y con esto se encuadra el racismo en una escala más amplia, dentro de lo que se puede denominar “crímenes de odio”, que tendrían una base en la naturaleza humana, que toda sociedad civilizada está en el trance de vigilar y transformar, para no morir de alguna de sus formas agudas o crónicas. En consecuencia, el racismo no presenta posibilidad alguna de “conversión” o “asimilación” del Otro. Es Odio puro y simple y llano. El racismo, prístinamente considerado, no se limita a desear alejar al Otro del propio alcance, solamente puede conformarse con su desaparición completa, es decir con su exterminio, porque una posible abjuración no le sirve al racista para satisfacerse y completar sobre sí mismo su circuito perverso. Si el racista pudiera aceptar la asimilación del Otro en una común caldera de caracteres y representaciones, ya no sería racista, sino en el peor de los casos un simple discriminador, o en el mejor manifestar una interculturalidad limitada, pero interculturalidad al fin y al cabo, potencialmente capaz de aceptar su propio rechazo, y sustituirlo por la curiosidad por la diferencia, el deseo de conocer, la valoración positiva o negativa de los rasgos del Otro, y la aceptación o rechazo válidos únicamente para el sí mismo, razonados suficientemente. El resultado sería como mínimo una Tolerancia distante, y como máximo el Crisol Cultural. En todos estos casos hay intervención del sujeto consciente, que para ello emplea las herramientas que le proporcionan su mente y sus emociones, dirigidos por un Deber-Ser determinado.

Es obvio que la señora a la que me he referido no presentaba ninguna de estas características. Estaba empeñada en hacerme aceptar su punto de vista por principio, considerándome como un eventual cómplice, dado mi fenotipo. Buscaba no una conversación, sino un aliado sobre el que pudiera reflejarse, lo que denotaba el rechazo a la mera posibilidad de conocer la realidad, por preferir - o tal vez necesitar - quedarse en su construcción mental previa, de la que extrae ciertas seguridades seudorracionales y emocionales para sí misma. De ahí se puede concluir que la ignorancia ignorante – por oposición a la ignorancia ilustrada – sea una compañera inseparable del Odio, pero no su determinante. Vale decir, no arreglamos el Racismo solamente con el conocimiento del Otro.

El yo racista

El racismo aspira a entronizar al propio Yo sobre todas las cosas. La Señora a la que me he referido rechazaba la condición de “indio”, aunque, a juzgar por el marido, no la de “negro”, eventual y posiblemente por su capacidad para el desempeño en ciertas áreas íntimas que imagino debe resultarle útil o placentera. El racista rechaza al Otro no porque sea distinto, sino porque es Otro, es decir porque no es el Yo que proyecta. Tal vez el sueño acariciado de esta Señora es una sociedad sin indios, aunque no sin negros. Difícil saberlo. El racista percibe en sus mismos huesos que la simple existencia del Otro le agrede, en distintos grados y con distintas respuestas, por supuesto. La Señora en cuestión no puede aceptar a un indio en la Presidencia, o a una india como Primera Dama, le es demasiado agresivo a su autoestima pensar que puedan tener injerencia alguna sobre su vida. Le cuesta pensar en el Poder ejercido por los indios, aunque es evidente que ni el Presidente ni su Primera Dama corresponden a dicho fenotipo, aunque es obvio que para dicha Ñora sí los representa.

Aunque Castoriadis se niega a considerar como causa del racismo el odio a sí mismo, sí lo distingue como contrapartida o reflejo del Odio al Otro. Tras una elaborada demostración de la falacia del pensamiento que da lugar a una visión retorcida de la realidad social, que no repetiré aquí, llega a la conclusión precisamente de que para el racista la mera posibilidad de la Inclusión resulta ser la evidencia de una equivalencia insoportable entre él mismo y el Otro. El racista vive en el agudo y espantoso temor de descubrir, una mañana como cualquiera, que es igual al Otro. Mirarse en el espejo y verse indio, en suma. En su interior inconsciente – o tal vez no tanto - supone que la existencia del Otro es un riesgo para su propia existencia, y aquí cedo a la tentación de citar a Castoriadis: “ … en lo más profundo de la fortaleza egocentrada una voz (repite), dulce pero incansablemente (que) nuestras murallas son de plástico, nuestra acrópolis de papel maché”, lo que nos habla de una inseguridad interior que tiene que sacudir los mismos cimientos de la personalidad del racista, al que le es intolerable aceptar lo muy poco que se auto-valora, o por mejor decir cuánto se odia a sí mismo, porque esa constatación lo calatearía primero frente a sí mismo, y luego frente al resto, incluyendo en esto a los indios. Podríamos decir, extremando los conceptos, que el racista es básicamente un pobre diablo que no sabe que lo es, y que hará lo que sea para evitar enterarse de que lo es. Lo siento por la Señora.

Racismo y homofobia

Encuentro aquí una equivalencia notable con las expresiones sociales de la homofobia, que para nosotros resulta mucho más evidente dado que socialmente es de menos buen tono manifestar racismo que homofobia. La homofobia en nuestro medio es socialmente más aceptada que el racismo. Es decir, se puede expresar puntos de vista abiertamente homofóbicos sin ser frontalmente sancionado por ello, excepto por los directamente agredidos, y ello solamente en la medida que sea aceptable socialmente. En la perspectiva individual, la práctica del sexo nos define a nuestros propios ojos de manera tan decisiva, nos otorga tanta parte de la mascarada que hacemos pasar por identidad, que el rechazo al Otro puede manifestarse con toda evidencia, como ocurre entre nosotros de manera constante y evidente. Pocos heterosexuales manifestarán tolerancia frente al Distinto Sexual sin acotar autodefensivamente y como al desgaire, que él – o ella – mismos no son Homosexuales o Lesbianas. Extrapolando lo señalado antes referente al racismo, el temor más grande del heterosexual normal y silvestre, es que le atraigan sexualmente las personas de su mismo sexo. Quedaría claro que para el homofóbico, como para el racista, su temor real es tener ese Otro Homosexual albergado en su interior sin el propio conocimiento. Y como necesita desesperadamente afirmarse a sí mismo, y de hecho no tiene ni idea de cómo, entonces lo hace hacia fuera, rechazando de plano la homosexualidad como tal, y como quien no quiere la cosa, a los homosexuales de carne y hueso.

Los llamados programas cómicos de nuestra televisión presentan imágenes identitarias del homosexual que están diseñadas para despertar el rechazo de gran parte de la población. Es perfectamente coherente que esos mismos programas empleen los estereotipos raciales de manera abiertamente evidente e insultante; porque al final de lo que se trata es de dividir y no de unir. Según parece, esta propaganda social está destinada a que las gentes hagan la introyección de estereotipos divisores, pues en verdad todo esto no sirve para otra cosa. El abierto fomento del Odio al Otro es una práctica social, que aunque en la Señora de marras queda limitada a unas frases dichas en la calle, es particularmente expresada y manipulada desde los medios de comunicación, lo que debería desterrarse de manera decisiva y completa, sin ninguna concesión. El fomento del Odio solamente puede ser útil para aquellos que lo instrumentalizan como una manera de impedir que los pobres piensen, pues como decía Voltaire, el día que los pobres piensen, “estamos” perdidos.

Los momentos del Odio

Encuentra Castoriadis dos momentos en el devenir del racismo, considerando su entraña social e individual. Creemos que ello puede extrapolarse, como enfermedad social, a todas las manifestaciones del Odio. Primero sería la “fijación” del Otro como diferente, que ocurriría en el tiempo y como producto del encontronazo entre unos y otros. En la Señora a la que me refiero, dicho encontronazo es percibido como muy agresivo, un algo así como decir “cómo se atreven estos indios a gobernarme”. En segundo lugar, se trata de la “cristalización” de esa Otredad en un conjunto de atributos que “demuestren” la esencia malvada y perversa que la caracteriza, con lo que se justifica la diferencia y se le da una falaz racionalidad al rechazo. En el caso que me ocupa, la constatación de la manera de vestir de la Primera Dama en la señalada ocasión. Así entonces, los indios son “huachafos”, “ignorantes”, “brutos”, “no saben votar”, “hipócritas”, etc. así como los homosexuales son “perversos”, las mujeres “taradas”, los judíos “tacaños”, y los negros “rateros”. ¿Quién se salva de éstos estereotipos sólidamente instalados en nuestras cabezas? Pues solamente los blancos y, algo menos, los mestizos, siempre y cuando pasen por el aro de los blancos, es decir, hagan el esfuerzo de “blanquearse”, lo que claramente no hacen ni el Presidente ni la Primera Dama. Resulta realmente curioso que los blancos y mestizos no posean atributos negativos socialmente obvios. Y que los negros también, siempre y cuando sepan “cuál es su lugar”, como el marido de la señora de marras.

Es obvio que hay una tercera parte del tema, que Castoriadis no evidencia, pero que se puede suponer es la instrumentalización social de ese rechazo a acciones dirigidas a poner a determinados sectores de la población unos contra otros. Es la parte más definidamente política del asunto, y representaría la insurgencia de determinadas formas de fascismo. Creemos que socialmente esto es posible, en la medida que existan sectores amplios de la población que acepten soterrada u obviamente estos parámetros de pensamiento.

Colofón y Transferencia

Nuestro país, como es sabido, alberga un conjunto de población que me arriesgo en dividir hipotéticamente en dos corrientes culturales básicas, complementarias y contrapuestas a la vez. Habrían surgido del mismo y traumático origen, la invasión española del siglo XVI. Estas vertientes son las que a veces llamamos “criollo-occidental” y “andino-amazónica”. Los criollos-occidentales tendrían como arquetipo fenotípico al “hombre blanco” primero, y luego al “mestizo blanqueado”. Los andinos-amazónicos, por el contrario, se encontrarían mejor representados en un “indígena puro”, y luego en un “mestizo con rasgos de indio”. También podemos darle una significación más telúrica rastreando la diferenciación cultural como parte del proceso de aculturación que los invasores y sus adláteres instrumentaron en el transcurso de los cinco pasados siglos, sobre dos grandes áreas étnico-geográficas específicas, que corresponden al Norte y al Sur de nuestro país, con una zona de arrejunte y yuxtaposición, el Centro, donde está Lima y su hinterland geográfico.

Social, cultural y económicamente hablando el fenómeno del “blanqueo” correspondería al dominio de una vertiente sobre la otra, diferenciados a través de líneas sociales, económicas y políticas, creándose en principio una sociedad de estamentos, que proporciona de alguna manera la base emocional y racional para justificar y mantener las diferencias sociales, es decir, el estado de cosas actual, de una sociedad excluyente, patrimonialista y concentradora de riqueza. Y con esto se puede discutir algo, porque el Odio está ahí, agazapado, y hay que prevenirlo como necesidad política, pues ni se arreglará solo ni saldrá de la bienvenida y bienintencionada bondad de algunos. Se requeriría para ello políticas y acciones, que los anteriores gobiernos no pensaron ni por asomo, y menos ejecutaron, pues se beneficiaban de ello. Si el actual gobierno no diseña y ejecuta políticas al respecto, pues yo no sé entonces cuál lo hará. Urge entonces tocar este punto frontalmente y sin atenuantes.

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