jueves, 5 de septiembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 53: HISTORIADORES GRIEGOS CLÁSICOS

CRÓNICAS DE LECTURAS – 53
Historiadores Griegos Clásicos

I

La Historia en la Grecia Clásica

En el principio la Historia era algo muy distinto de la Ciencia que pretendemos que es ahora. Algunos le discuten ese carácter aún, pero para ciertas cosas hay obligación de ser riguroso, aún más para decir qué cosa es y qué no es Ciencia. En los albores de la humanidad la Historia era la explicación de la existencia de las cosas y se confundía con el mito. Por otra parte, si las condiciones para decir que “x” es Ciencia son rigurosas, habría que ser un Giambattista Vico para decir que tenemos algo parecido a una Ciencia. Y para otros, por lo menos hay que llegar a la escuela de los Annales. En mi recuerdo anda la Historia Universal de César Cantú, historiador italiano del Siglo XIX, que pertenecía a mi amigo Alejandro García Rossell, la que yo leía “por entregas”, prestándome un tomo cada cierto tiempo. Me impresionó que empezara por la creación del mundo según la Biblia, lo que no me sonaba muy científico. Cuando me iba a un tomo ulterior la situación no mejoraba: Se condenaba la alianza Franco-Turca del siglo XVI contra España y el Papado. El historiador del siglo XIX narraba la Historia en función de su clericalismo conservador, de su oposición a la unidad italiana y al liberalismo. Esa Historia tenía poco de ciencia y demasiado de opinión política. Pero fue por Parménides, filósofo griego clásico, que diferenció δόξα (doxa - opinión) de ἐπιστήμη (episteme - conocimiento cierto y verificable), que empezó a arreglárseme algo la vaina esta de entender la Historia como Ciencia. 

La narración de Homero es leyenda referida a los dioses, y se ve a estos intervenir todo el tiempo en los sucesos humanos. En Herodoto en cambio la narración se vuelve investigación, comienza por interrogarse sobre el pasado del ser humano, y constata que responderlas nos dirá algo sobre el ser humano mismo. Y eso ya es Historia, los relatos de las hazañas de los hombres, de los enfrentamientos entre Grecia y Persia, hechos en los que la intervención de los dioses en el mejor de los casos está velada. Los historiadores saben que dichos sucesos acaecieron por los testimonios, así recoger y narrar testimonios se hace parte esencial de la disciplina de la Historia, suma de relatos con Herodoto, Jenofonte y sus antecesores; crónica cuasi jurídica con Tucídides. Aunque combinada con otros elementos de diversa procedencia, ya existe Historia y el título de Padre de la Historia acordado a Herodoto parece merecido. Parece incluso que lleva ventaja a los postmodernos que buscan entes metafísicos para explicarse los acontecimientos, Herodoto se basta con los actos de los hombres, la cronología aparece y se vuelve auxilio para ubicar los hechos en un antes y un después, y por ahí empieza a colarse la racionalidad en la Historia, en la relación causa – efecto tan particularmente clara en Tucídides. No es suficiente para decir que tenemos una Ciencia formada y una Epistemología definida, pero para empezar no estuvo nada mal.        

II

Herodoto y Los Nueve Libros de la Historia

Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Herodoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros – y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento – queden sin realce. Así se inicia la magna obra de Herodoto, los Nueve Libros de la Historia. O la Historia, así llamada a secas, como si no hubiera la posibilidad de que ningún otro relato se denomine así. Probablemente así era en el momento o así lo pensaba el propio Herodoto. Me lo imagino varón maduro y trajinado, medio provinciano, natural de un Halicarnaso bajo soberanía persa, que llega a la metrópoli ateniense tratando de hacer valer su erudición, experiencia y apego a los dioses. No fue el primero en ello, ni sería el último. Incluso Plutarco dijo de él que inclinaba su favoritismo hacia Atenas y la hegemónica familia de los alcmeónidas a la que pertenecía el gran Pericles. Hoy en día Los Nueve Libros de la Historia son juzgados más imparciales de lo que se creyó por siglos. Y por cierto en parte es porque aquí se inicia la “narración larga” en lengua jonia y se diferencia de los que le anteceden porque busca el sentido de lo que narra en lo narrado. Aunque no es un filósofo que trata de demostrar un logos, sí relata hechos y se detiene de vez en cuando para darles el sentido que viene dado en el equilibrio entre las decisiones de los hombres y el ciego destino que los dioses les acuerdan. Los apogeos y caídas, las victorias y derrotas, los hechos públicos y los sucesos “privados” se vinculan en ciclos que se equilibran, y por eso los mensajes de los dioses por medio de oráculos y sueños son de importancia para develar algo de esos ciclos circulares en los que se presentan los acontecimientos que la Historia narra.

Y sin embargo, Herodoto no es filósofo sino logógrafo, es decir un relatador de historias (lógoi) – Tucídides, por cierto, dirá después que Herodoto no es más que un logógrafo – que recoge de diversas fuentes. Es decir, es un investigador. No se diferencia mucho del geógrafo Hecateo, su inmediato antecesor en esto de contar lógoi, de los que alimenta sus larguísimas digresiones que sin embargo tiene planeadas y dan cuenta de lo que sabemos de la antigua historia de naciones como Egipto y Escitia. La extensión de lo que escribe y su orden lo diferencian de sus predecesores. Eslabona lógoi de distintas procedencias y referidos a diversos hechos o sujetos, algunos incluso tildados de novelas por los componentes fantásticos que registran, que no parecen sino sacados de Las Mil y Una Noches, como la historia de Polícrates, antecesor de Simbad y Alahu-d-Dín. En todo caso, inconsciente o conscientemente, Herodoto trata de continuar la narrativa iniciada en los poemas homéricos, con las transformaciones que hemos visto, y ahí en su transcurso descubrirá un algo – un logos – que podría llamarse Historia Universal, que como paradigma conservamos hasta hoy, pero que entonces era extremadamente complejo de entender porque no correspondía a los paradigmas de lo que podía conocerse. Pensemos en Platón y Aristóteles y su terca y opuesta búsqueda de la esencia, que se pierde en la sucesión de los acontecimientos que la historia narra: Nadie se baña dos veces en el mismo río, y acá el problema no es bañarse, sino conocer el río.
Una versión de Los Nueve Libros de la Historia la encontrarás en este link: http://www.ebooksbrasil.org/adobeebook/nuevelibros.pdf

III

Jenofonte y La Anábasis
o La Retirada de los Diez Mil

Casi siempre soñamos o deseamos que las historias épicas sean verdaderas. Nos gusta cuando las gentes emprenden esfuerzos importantes y salen victoriosos de las luchas por la supervivencia. Este fue el caso de Jenofonte el poeta, filósofo y guerrero tan poco sospechoso de aspirar al estatus de historiador, y sí más bien lúcido y apasionado cronista de los dramáticos sucesos que le tocó vivir. Veterano de la caballería ateniense en las guerras con Esparta, antiguo discípulo de Sócrates y compinche de Platón, harto de la mediocridad de los Treinta aristócratas Tiranos, se conchabó de mercenario siguiendo a su amigo del alma Proxenio en la aventura que emprendió Ciro el Joven, aspirante al trono persa ocupado por su hermano Artajerjes II. Las Guerras Médicas y las humillantes derrotas persas de Maratón, Platea, Salamina y Cabo Micala, les habían mostrado la ventaja de contar con mercenarios hoplitas, si bien parece no aprendieron del todo bien lo costoso que es combatir a las democracias. Unos 10,000 griegos se sumaban a la fuerza de Ciro el Joven en Cunaxa, batalla cuyo fin fue la muerte del propio Ciro, con el lógico desbande de su ejército. Los de Artajerjes prométense fácil victoria y botín, invitan a parlamento a los jefes helenos – entre ellos el espartano Clearco y el mismo Proxenio -  y los matan a traición creyendo que desmoralizarían a la tropa. Los persas no aprendían la lección, error que también cometieron los reyes absolutos de los siglos XVI a XX, el Káiser Guillermo, Adolf Hitler y una fila de jerarcas soviéticos: Se metieron con la democracia. Los griegos en Cunaxa, advertidos del doble discurso persa, formaron sobre la marcha un ágora portátil y una Polis móvil, nombraron jefe al propio Jenofonte, e iniciaron la Anábasis - ανάβασις, la Gran Retirada de los Diez Mil a lo largo de más de 4000 kilómetros de territorio hostil hasta la Trebizonda en las costas del Ponto Euxino, hoy Mar Negro.

Como todo verdadero jefe que se respete, Jenofonte es modesto, sabe cuánto le debe a los soldados, a los que respeta como ciudadanos armados que son, y se hace personaje secundario de sus propias crónicas, refiriéndose a sí en tercera persona, recurso que estudiadamente empleará después Cayo Julio César en De Bello Gallico. Jenofonte escribe en lenguaje coloquial, sencillo y llano, expresionista y minucioso, véase esta parte que no parece sino que habla por sí misma: Quirísofo y los generales de mayor edad reprochaban a Jenofonte el haberse separado de la falange para acudir donde el enemigo, poniéndose en peligro sin obtener resultados positivos. Al oír esto, Jenofonte les dio la razón. “Pero – díjoles – me vi forzado a perseguirles porque veía que si nos manteníamos sin hacer nada, sufriríamos el daño que nos quisiera hacer el enemigo, sin poder obtener el desquite (…) los enemigos arrojan sobre nosotros flechas y piedras desde una distancia tal que es imposible que la obtengan los arqueros cretenses ni los que lanzan dardos con la mano.(...) Si queremos impedir que nuestros enemigos puedan causarnos males (…), necesitaremos lo antes posible honderos y jinetes”. Se muestra al estratega y táctico que con paciencia y detalle explica a los hombres qué pasa y qué piensa hacer para resolver las cosas, porque el mejor soldado es el que sabe lo que se hace. Alejandro Magno, Julio César, Saladino, Napoleón Bonaparte, Eisenhower, lo aprenderán así de él, será uno de los secretos de sus grandes victorias. Políticamente Jenofonte es conservador y partidario del panhelenismo, resultado de la experiencia de haber vivido en medio de griegos de todas las procedencias enfrentados a circunstancias extraordinarias. Los sentimientos y emociones pueden contar más que la razón y esto es algo que todo líder aprende por poco que se comprometa. Los griegos emocionados al ver el mar tras heroica marcha lo saludan con los gritos de  θάλασσα, θάλασσα (Thalassa, Thalassa = ¡El mar, el mar!). Imaginamos que fue en ese momento precisamente que Jenofonte se sentó a descansar por primera vez desde Cunaxa, y se dijo esta historia tengo que contarla.

En este vínculo hallaremos una versión de la Anábasis:
http://www.todoebook.net/ebooks/ClasicosGriegos/Jenofonte%20-%20Anabasis%20-%20v1.0.pdf

IV

Tucídides y la Historia de la Guerra del Peloponeso

Herodoto y Jenofonte son dos personajes más o menos comunes y silvestres, socialmente no demasiado destacados. Tucídides en cambio era miembro de una de las familias tradicionales de Atenas, los Filaidas, a la que pertenecieron Cimón y Milcíades, nada menos. Así que por derecho de familia fue estratego en la Guerra del Peloponeso, con tan mala suerte que el espartano Brásidas le derrotó, y fue por ello condenado a exilio por la nada complaciente democracia de Atenas. Así que Tucídides muy afecto a la democracia no era, pero le era fiel debido al concepto religioso de la polis que compartía con todos los griegos de su tiempo. Ese equilibrio se muestra en su libro y le da caché de historiador, parece que debiéramos atribuirlo al hecho de haber sido desterrado, y ver las cosas desde mayor distancia, perspectiva y perspicacia. Por eso se alejará a sabiendas del arquetipo establecido por Herodoto, al que tildará de simple logógrafo (hacedor de discursos). La obra de Tucídides se basará así en una especie de contrato entre el autor y lector: el lector te cree, pero porque tú le dices la verdad y puedes probar lo que narras por ser testigo de vista de ello. Así al logoi (discurso) se le añade el erga (acontecimiento), es decir que lo dicho en el logoi se apoya en la prueba de testigos interrogados que dan información que se corrobora y apoya en pruebas válidas jurídicamente. En cierto modo podríamos decir que Tucídides escribe “bajo juramento”, o por lo menos nos logra hacer creer que así es.

El formato legalista de la historia según Tucídides le lleva así a escaparse de la colección de anécdotas e historias en que a veces cae Herodoto, y a desarrollar ciertos aspectos de lo narrado a los que el susodicho no les daba tanto peso: Las motivaciones que movilizan a los actores, por ejemplo sus temores y ambiciones, la psicología interior que revela el material del que está hecha su alma. No se conforma con la explicación herodotiana del ciclo y equilibrio marcado en última instancia por una instancia medio mítica medio filosófica, sino que se adentrará en las complejidades del libre albedrío como explicación de los sucesos históricos. Es decir, si Herodoto mira a los hechos, se regodea e interesa en ellos, en cambio Tucídides los emplea como intermediarios de una cosa rara: La explicación de por qué algo ocurre, la "causa" de los acontecimientos. Esto se ve claro en ciertos “testimonios” presentados, que en realidad y a pesar de toda la parafernalia legalista con que Tucídides los rodea, no son tales: los discursos que registra, que no son de Pericles o de los melianos o de los espartanos, sino que son la voz del propio Tucídides comentando los actos y sus motivaciones, reconstruyendo sus intenciones y motivos. En esto se ha querido ver la influencia del médico Hipócrates, patente por cierto en la descripción de la peste en Atenas y de las neurosis de guerra. Así principia la Historia Clásica griega.

Encontraremos la Historia de la Guerra del Peloponeso en el siguiente enlace: 

V

Colofón

Fueron los griegos clásicos los que nos enseñaron a hacer Historia. Bueno, en realidad nos enseñaron a hacer casi todo. No voy a poner a competir a los griegos con los moches, por ejemplo, pero si la existencia pasada de un solo pueblo pudiera explicar la Cultura de occidente, esa de los órdenes arquitectónicos, la Lógica, la Democracia y la Ciencia, ese pueblo sería el griego. Nos guste o no. Y punto por ahora. 

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