miércoles, 17 de agosto de 2011

CONTRA LOS COSTOS DE LA CORRUPCIÓN -Parte 1


"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!" (Groucho Marx)

Introducción

La Corrupción es una lacra social. Es bueno siempre empezar por esta constatación. Mucho se ha dicho y escrito sobre la Corrupción, y se justifica por lo difundida que está en nuestra sociedad, aunque se corre el riesgo de caer en percepciones puramente morales, lo que por desgracia casi siempre es una puerta abierta hacia la banalidad. Cuando se habla de corrupción puramente a partir de un “deber-ser” se corre el riesgo de perderse la realidad, lo que no lleva a ninguna parte, si no es a simples declaraciones plenas de lirismo pero vacías de contenido. Una aproximación menos solemne y más suelta de huesos tal vez sea más pertinente. Empezamos por una definición, entonces, y encontramos ésta, que funciona bien para lo que queremos decir: Corrupción es la obtención y acumulación de capital u otro tipo de beneficios por medios ilegítimos. Nótese que no nos referimos únicamente a los medios ilegales, pues en nuestro hermoso país, muchas prácticas corruptas han sido cubiertas, ocultas o protegidas desde el poder por medios perfectamente legales. Por cierto, esta definición, y harto de lo que diremos en este artículo muchas veces sin comillas, proviene de Ordóñez y Sousa, “El Capital Ausente”, Club de Inversión, Lima, 2003, Volumen V, página 1382 y ss.

Corrupción y Sociedad

La corrupción es un hecho que escapa a la esfera estrictamente política, y se encuadra en la vida social. Como la delincuencia en general, la hay en todas partes, la hubo en todos los tiempos, y probablemente a pesar de todo lo que se haga contra ella la seguirá habiendo. ¿Por qué? Por la razón más sencilla del universo, la simple constatación empírica que nos muestra que la corrupción es una constante social, presente aún en las sociedades más opulentas y ordenadas, en todos los sistemas socio-económicos y en todos los tiempos. Ello no significa que no podamos y debamos luchar contra ella, simplemente significa tipificar al enemigo para combatirlo con mayor eficacia. Una primera constatación sería entonces que la Corrupción – como la forma de delincuencia que es - no tiene carácter digital, sino más bien analógico. Con esto pretendemos decir que las acciones anti-corrupción no tendrían como conclusión su erradicación completa, sino su reducción a niveles “tolerables”. Una buena pregunta sería qué significa un “nivel tolerable”, tema espinoso, pero en el que podemos adentrarnos con alguna solvencia pensando en términos de incidencia. Como hipótesis podríamos decir que las conductas de corrupción “socialmente admitidas”, como las conductas delictivas “socialmente admitidas”, deberían ser excepcionales en la conducta social general, y no “la regla” de conducta social. Le dejo a los científicos sociales y a los políticos especializados en el tema la determinación de las causas, características y consecuencias, y la elaboración de medidas e indicadores que puedan medir su incidencia en la conducta social. Me limitaré a señalar en adelante algunas aproximaciones que puedan contribuir a una comprensión más cabal del problema. Por lo demás no podemos dejar de preguntarnos si la persistencia del fenómeno de la corrupción no será convenientemente manejado y difundido para consumo de las masas, para fomentar una resignación social y justificar una frustración social, que desde hace décadas si no siglos sufrimos los peruanos, y que ha conllevado a la reducción de los estándares éticos y morales. La percepción de la Corrupción como un monstruo invencible desmoviliza a las gentes y las acostumbra a convivir con ella. Muy conveniente.

Los Costos de la Corrupción

¿Por qué la corrupción es “mala” para la sociedad? No tratamos de hacer una aproximación desde una ética, sino desde una perspectiva instrumental. Cabe en consecuencia preguntarnos por los “costos” de la corrupción. Es decir acudir a un cierto tipo de análisis costo-beneficio de la actividad de lucha contra la corrupción, y ver si en verdad es conveniente hacerlo, o de repente es mejor dejar las cosas como están. En una perspectiva científico-especulativa, podríamos abordar el tema con una pregunta provocadora e iconoclasta: ¿Hasta qué punto la Corrupción puede ser un hecho correcto o conveniente? No vivimos en un mundo perfecto, las necesidades de la supervivencia colocan a las personas en un dilema imposible de soslayar: ¿Caeríamos en hechos corruptos si nuestra supervivencia estuviera amenazada? Y la respuesta obvia es que sí, dado que el valor de la vida es superior a todos los demás, excepto tal vez para algunas personas. La experiencia terrible de los Campos de Concentración, por ejemplo, muestra que la corrupción florece en la escasez de recursos, percibida como atentatoria contra la supervivencia, lo que nos da como pista de análisis una doble vinculación de la Corrupción con la escasez y con la necesidad de sobrevivir.

Un supuesto de partida

Partamos de un supuesto: Las personas no caen en actos delictivos o corruptos a no ser que carezcan de recursos para su supervivencia. Podemos suponer un estado “A” en el que las personas partirían de la necesidad de la supervivencia, y una determinada posesión de medios para superarla. Si creyéramos en la bondad fundamental del ser humano – suposición arbitraria y sumamente discutible – la comisión de actos de corrupción o delictivos se produciría cuando la gente perciba un estado de necesidad que solamente podría resolverse a través de medios “corruptos” o “delictivos”. La percepción es cosa subjetiva, no realidad objetiva, lo que haría depender la comisión de actos delincuenciales o corruptos de la “sensación” de indefensión que las personas sientan en un determinado entorno social, y la percepción palmaria, adjunta e inmediata de que la única manera de resolver esa indefensión es cometiendo actos corruptos o delincuenciales. Se transitaría entonces del estado “A” no-corrupto a un estado “B” corrupto. Algunos creen que este tránsito se produce debido a la pérdida de la base axiológica “A”, lo que a veces se le llama “perder los valores” o “no tener valores”. Es obvio que no es esa nuestra creencia.

Corrupción y Escasez

Por sentido común sabemos que existe relación entre escasez de recursos y corrupción. Desde la construcción de las Pirámides los administradores de los recursos comunes chequean su uso al milímetro, porque es bastante obvio que los recursos, por más abundantes que sean, no son repartidos de manera que resuelvan plenamente las necesidades de las personas, y su misma escasez plantea el problema de quién se merece la mayor y mejor parte de la torta. ¿Basta tener hambre para merecer que te den de comer? Supuestamente sí, es la idea de los Derechos Humanos y demás grandes avances sociales producidos desde la rebelión de Espartaco en adelante. Pero lo cierto es que mi derecho a la Vida es bastante menos útil que un salvavidas si me estoy ahogando en medio del Océano. La posesión del recurso salvavidas me será disputada si lo que está en juego es la vida como se enteraron, y no del mejor modo, los náufragos del Titanic. En un entorno de riesgo absoluto para la supervivencia los actos delictivos, corruptos o simplemente opuestos a la ética, aparecen espontáneamente. Si el último tigre de Siberia amenaza la vida del más ambientalista de los ambientalistas, y éste contara con un rifle, sospecho que la consideración de la extinción de una especie sería ampliamente superada por la consideración de la supervivencia propia de este particular espécimen de la especie humana, y no creo que podamos culpar al ambientalista en cuestión. Vale decir, sí hay una relación entre delito y pobreza, aunque no es mecánica ni se puede resolver con consideraciones absolutistas ni con principios previos. Ser pobre no te hace delincuente o corrupto, aunque algunos parecen hacer esa asociación. Parafraseando a Borges, yo soy yo, claro, pero mis circunstancias tienen mucho qué decir, tanto que pueden modificar mi yo. De otro modo, no habría conflictos éticos.

Corrupción y percepción de necesidad

En las circunstancias sociales, fuera de lo que los anglosajones llaman “actos de Dios”, la percepción de mi necesidad difiere de la percepción de la escasez. Se puede de alguna manera comprender que en el trance de la supervivencia física la ley del más fuerte se haya impuesto durante el hundimiento del Titanic entre los náufragos, pero la cifra de los rescatados mostró otro hecho más dramático: Se salvaron más varones de primera clase que niños de tercera clase. En lo cotidiano, se supone que los recursos están ahí y que hay que repartirlos adecuadamente para evitar la muerte de las personas. Ha sido así desde que las sociedades superaran la condición de manada. Las manadas poseen un sistema jerárquico, basado primariamente en la fuerza y secundariamente en un cierto determinismo conductual, definido por los conceptos de Darwin y Wallace sobre la evolución de las especies. El fuerte puede deshacerse del débil, pero lo necesita para hacer manada, y la manada sobrevivirá donde el individuo no puede hacerlo. Cuando los seres humanos crearon culturas, sociedades y estados, básicamente crearon sistemas para repartir recursos más o menos presidido por cierta racionalidad, y así nació la Economía. No nos metamos en intríngulis históricos. En las actuales sociedades de mercado el reparto es más o menos eficiente dado que relaciona la productividad social de la persona con su remuneración, colocando bienes y servicios a su alcance para emplearlos en subvenir sus necesidades. La primera clase de un Curso de Economía lo muestra al relacionar el mercado de productos y servicios con el mercado de factores. Las personas en la sociedad somos a la vez productores y consumidores, lo que implica un orden social, que las gentes perciben como garante de la supervivencia individual. Las gentes apuntalan con su aceptación una sociedad que asegure la supervivencia, y luego la justicia, en el reparto de los recursos, y la sensación de necesidad queda paliada o incluso eliminada. En cualquier sociedad la comisión de delitos o actos corruptos es mal vista y socialmente rechazada, no por cuestión moral – que se estructura a posteriori – sino por la percepción de que cuando llueve, todos se mojan, es decir que la delincuencia o la corrupción “no se justifican” en circunstancias sociales “normales”. La condena social que da soporte a la Lucha contra la Corrupción no se debe a la percepción de la escasez o de la propia pobreza, sino por la percepción de distorsiones en los mecanismos de asignación de recursos sociales que afectan la necesidad de supervivencia o de resolución de las necesidades. Si se distingue la Injusticia como criterio de reparto de recursos, la gente pitea. Mientras mayor sea la percepción de que los actos delictivos o corruptos son tolerados y quedan sin castigo o sanción social, mayor es la anomia social, más limitada la noción de bien común, más generalizada la Ley de la Selva.

Un ejemplo viene a cuento: Un amigo viajero que atravesó la India me comentaba que en dicho país la fuerza policial es bastante inoperante y corrupta. No sé hasta donde sea verdad, pero mi amigo es acucioso: El nivel del delito aparentaba ser bastante bajo, y la tranquilidad social aparentemente muy alta, en especial considerando la cantidad de población involucrada y la comparativa pequeñez del sistema policial. Nuestro amigo hizo preguntas y metió la nariz en el tema, y se le dijo que la eventual comisión de un delito en Mumbai, Kerala o Benarés era inmediatamente castigada por súbitas multitudes furiosas y enardecidas que vejaban al faltoso hasta el extremo de matarlo. Es obvio que la fuerza policial aquí es, si no prescindible, cuando menos orientada a objetivos diferentes del de la represión del delito, que a creer a mi amigo, era una necesidad social de la que la misma población se preocupaba. Atribuimos este fenómeno a que la cohesión social existente era muy fuerte, y se había convertido con los siglos en una ideología ético-moral integrada en la conducta social. Las gentes se toman la justicia por su mano cuando en su ser social perciben “permiso” ético-moral para ello, y cuando la circunstancia lo amerita. Esto, que ocurre también en muchas comunidades en nuestro país, parece ser una forma primaria de “administrar justicia” y “reprimir el delito”, aunque entre nosotros pareciera originarse más que por una ética social previa, por una contrarrespuesta a la inanidad del discurso oficial del “deber-ser”, tanto como a la ausencia de jueces, fiscales y policía eficientes y limpias de corrupción.

Corrupción y economía

Cuando Adam Smith conceptuó los principios fundamentales del mercado y el tema de la “mano invisible” ordenadora de la economía, constataba los hechos tal como los entendía, pero además los acompañaba de ciertos principios ético-morales que les daban sustento. Los especialistas nos dirán cuanto entraba el uno en la otra, pero lo cierto es que en el actual desarrollo de la Ciencia Económica el hecho ético-moral es puesto de lado por los economistas, lo que refuerza las posiciones duras de una economía positiva sin rostro humano, dejando sin solución lo que pasa con los que no están en el mercado de factores, es decir poseen poco, o no poseen, medios de pago: Niños, ancianos, personas con discapacidad, desempleados y excluidos de todo género y especie. Pensadores como Malthus y moralistas como De Foe, autor del Gulliver y de un inquietante opúsculo sobre qué hacer con los niños pobres ingleses del siglo XVIII, observaron desde puntos opuestos y complementarios la contradicción: Todo suena muy bonito, pero si los recursos crecen menos que la cantidad de bocas a consumirlos, entonces sí que estamos en problemas. Y de ahí que la justicia no baste, se necesita el crecimiento económico también.

Esta contradicción la podemos encontrar en los discursos de las diversas posiciones políticas. Los seres humanos asumimos, parece, dos posiciones filosóficas básicas sobre la naturaleza humana: Una presupone que los seres humanos somos bestias instintivas, y deja el asunto al recurso de la fuerza, y los que no la tengan que se fastidien; mientras que otra presupone al ser humano como producto de la cultura y la civilización, que enfrenta el problema racionalmente, buscando algún tipo de solución para las personas que por las razones que fuera no están en el reparto de la torta, o lo están de manera palmariamente desigual. Como contradicción es dramática, por el simple hecho que los seres humanos probablemente no seamos una cosa o la otra, sino más bien una combinación desigual de ambos, dependiente tanto del ser como de la circunstancia, y por ende la línea entre una conducta social “salvaje” y una “civilizada” resulta difícil de trazar desde cualquier punto de vista.

La supervivencia en la jungla

La diferencia entre asumir que nuestra naturaleza humana corresponde a nuestro pasado genético “salvaje” o a nuestro “civilizado” y “racional” presente cultural sería, por ende, una contradicción de base en la acción política. Desde una economía positiva y éticamente vacía dejar que los ancianos sin pensión de más de 65 años se mueran es un simple hecho estadístico e incluso conveniente, desde que no produjeron lo suficiente para agenciarse alguna suerte de jubilación. He notado que los que sostienen esta posición nunca lo hacen frontalmente y más bien colocan el hecho bajo la alfombra del bien común, manifestando que alguien tiene que pagarlo. Se asume este hecho y otros derivados de las diferencias sociales como “actos de Dios”, equiparable a desaparecer la pobreza desapareciendo a los pobres por vía del fusilamiento, por ejemplo. Un tema económico positivo(a) y éticamente vacío podría ser considerar el costo de las balas empleadas para desaparecer pobres como una importante inversión para combatir la pobreza. Fuera del evidente sarcasmo de la frase, estoy seguro que pocos economistas, por más positivos que sean, apoyarían esta posición en la realidad. Aunque a veces no parezca muchos economistas son buenos muchachos, pero la contradicción no desaparece con los buenos deseos. Y también es cierto que sus positivas preocupaciones son atendibles, pues es más que obvio que Pensión 65, el aumento del sueldo mínimo, Cuna Más, etc. tienen costos, y de alguna parte tienen que salir los recursos, tampoco se trata de ponerse anteojeras. El riesgo no es, como se piensa, que la economía no crezca, es caer en la ley de la jungla.

Una primera conclusión

El delito y la corrupción parece que siempre estarán con nosotros, a no ser un poco probable cambio en la condición humana. Pero eso no nos exceptúa de la tarea de combatirlas, considerando precisamente por esto que dicho combate debiera ser no una golondrina, sino un verano completo, es decir, una acción política permanente, sostenida y constante. La seguridad ciudadana y la corrupción son problemas álgidos en la agenda nacional, y es claro que el delito y la corrupción son hechos sociales cuyo conocimiento y análisis no depende únicamente de consideraciones filosóficas, ético-morales, económicas o políticas. Hay que conocer al enemigo para derrotarlo. En nuestra próxima entrega sobre este tema continuaremos reflexionando.
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