martes, 20 de diciembre de 2011

NI CON EL PÉTALO DE UNA ROSA, o Pobrecito el cocodrilo


“… el periodista peruano promedio es un engreído que cree merecerlo todo, incluso la licencia de insultar, agraviar, inventar historias y demoler no sólo a los personajes públicos o visibles, sino también al ciudadano común y corriente que tiene la mala fortuna de involucrarse en hechos controversiales” (César Campos)

“Entiendo que la intención de la ley es que se respete la privacidad y que la privacidad no sea una materia de escándalo, que la aproveche una prensa amarilla y escandalosa y eso me parece respetable, creo que la libertad es fundamental pero no la depravación de la libertad que es el libertinaje” (Mario Vargas Llosa)

Entre los buitres que despedazan jugosos cadáveres para servirlos a la indiada como ración cotidiana debiera correr la historia del cocodrilo y el sapo. Este chiste pondera la manera de hablar del sapo, que raja de todos los animales y dice de ellos cuanto le parece, hasta que aparece el león, rey de la selva, que viene a poner orden y manifiesta que se comerá a los bocones – o algún equivalente -, ante semejante amenaza a su integridad física, la reacción del sapo es fruncir la boca, empequeñeciéndola para engañar al león y pasar piola, y decir hipócritamente: “pobrecito entonces el cocodrilo”. El chiste consiste básicamente, para mis lectores que no lo hayan entendido, en la hipocresía del sapo, incapaz de aceptar el error y más bien buscando a quien endosárselo para que el león no se lo coma. Es curioso además cómo enfrenta al león con el cocodrilo, otro poderoso animal. ¿Le recuerda eso la conducta generalizada y constante del periodismo nacional, avisado y perspicaz lector? Si me comportara como el sapo de la conseja, seguramente le diría que no, pero afortunadamente cuento con la catilinaria que el agudo y entero periodista César Campos, cuyos puntos de vista en general no comparto, les endilga a sus colegas en su último artículo. Esto es algo muy destacable pues si una profesión destaca por su ausencia casi total de autocrítica y autocontrol, así como por un vasto e inmerecido exceso de autoestima – hasta el extremo del engreimiento, es la del periodismo.

Medios sin credibilidad

En nuestro país, por lo menos cuatro de cada cinco ciudadanos simple y llanamente no le creen a los medios de comunicación, dato estadístico que aparece fugazmente unos dieciséis segundos en los comentarios periodísticos y luego desaparece durante largos años, a pesar de su continuidad. Es que para muchos de ellos eso ni es noticia ni es parte de la agenda pública, que baja de los cielos. La gran mayoría de los ciudadanos tiene mayor o menor conciencia que la prensa conforma un grupo de poder que abusa de su posición de dominio para hacer lo que les viene en gana, conchabados y combinados con los que la mueven. Hay conciencia de que una cantidad escandalosa de los periodistas son plumíferos a sueldo, que alquilan o venden su pluma al mejor postor, es decir que lo que dicen y publican es el resultado de su labor como empleados a sueldo. Aunque algunos afortunadamente escapen a la norma, una norma sigue siendo una norma. Pero tal vez lo que más subleva a la mayoría de las gentes vulgares y silvestres es la pretensión del periodismo de constituir estamento privilegiado, ese engreimiento completamente injustificado al que se refiere Campos. Y quizá lo que más subleva a continuación es la obsecuencia de funcionarios de instituciones igual o peor consideradas por la opinión pública, que se lanzan con evidentísimo interés a defenderlos.

La corona del periodismo

Todo esto viene a razón de la llamada por el periodismo - por favor, qué duda cabe – la “Ley Mordaza”, que ha sido aprobada por el Congreso los últimos días. Veamos en qué consiste la tal “ley mordaza”. Lo primero que notamos es la dificultad de encontrarla, pues está escondida detrás de una pantalla de críticas, periodísticas por supuesto, a ella. Así nos enteramos primero de que esa Ley está mal, es anticonstitucional, da mala digestión, es antisistema, atenta contra las viudas y los huérfanos, hace llorar a las viejitas, nos llevará forzosamente a una dictadura, y además el Congreso la ha dado porque Bedoya está resentido y Vargas Llosa está equivocado. Todo eso antes de saber en qué diablos consiste, lo que es una suerte de táctica de llenar el bosque de más árboles. No seré yo quien defienda al Congreso, casi seguro estoy que han aprobado una Ley llena de agujeros, de aquellas que, como decía Jesucristo de los fariseos, “cuelan el zancudo y se tragan el camello”. Pero casi termina uno simpatizando con el deseo del Congreso de regular un ejercicio profesional carente de todo control ciudadano. No es que el Congreso esté bien considerado, pero el periodismo está igual o peor. El trabajo de los ingenieros, abogados, profesores, arquitectos, policías, médicos, farmaceutas y muchos otros profesionales cuentan con códigos de ética y normativas legales a veces incluso excesivas, porque la ciudadanía no puede quedar inerme frente a los eventuales abusos. Pero no sabíamos que el periodismo se creía tener corona.

Periodismo y actividad comercial

Por otra parte, el periodismo es también una actividad comercial. Vende noticias y comentarios impresos, y captura audiencias para alquilarlas a los anunciantes. No por ser un comercio inmaterial deja de ser comercio, y por ende tendría que estar sujeta a los códigos comerciales que penalizan el vender gato por liebre, o la venta de licor a los menores de edad. Si me compro una loción para la calvicie que me dice que en 23 días me volverá a crecer el pelo, y no lo hace, pues entonces tengo abiertos los canales legales para que me devuelvan mi dinero y me resarzan los daños y perjuicios producidos. Si alguien le vende licor a los menores de edad le pueden cerrar el negocio. El resto son vainas. Pero el periodismo se puede permitir destrozar impunemente las vidas de las gentes, y salirse de la ley cuanto les viene en gana, y gozar de un poder que ni siquiera saben utilizar bien, y que más bien sirve para dorar la petulancia y las plumas de algunos. La ciudadanía está inerme frente a los manejos de los medios, y nadie penaliza las mentiras crasas. Los más lúcidos de entre los periodistas pugnan por la autorregulación, pero esa autorregulación no llega nunca y se entrampa en discusiones bastante bizantinas. El código de conducta, si existe, es letra muerta.

Labor social del periodismo

Hablar de la labor social del periodismo resulta bastante risible, en este contexto. Y aprovecho para felicitar a la media docena que sí lo hace. Un ejemplo de ello lo tuvimos patente en la madrugada del domingo pasado, cuando el fuerte temblor que despertó a todo Lima, desató el Twitter, cosa obvia porque sabemos que las líneas telefónicas colapsan durante un sismo. Se supone que el periodismo debería cumplir la labor social de informar con veracidad y controlar el pánico. ¿No es la vida humana el máximo valor del periodismo? Pero encontramos periodistas que creían llegado el calendario azteca, desesperados por anunciar catástrofes y tsunamis, que disparaban twitt tras twitt desconcertando a la gente, y demostrando y esparciendo la ignorancia más supina en cuanto a movimientos sísmicos. La tranquilidad provino de contados periodistas y de muchos espontáneos, que empezaron a reunir y difundir información, a tranquilizar el cotarro, a dar avisos de servicio público y a manejar el asunto con responsabilidad. Además está presente la constante cuestión de la protección de los menores, cosa que es obvio que, considerando la sangre y las tripas que cotidianamente nos sirven, al periodismo simplemente no parece interesarle. Y si dicen que sí, pues a los hechos me atengo: Si pudieran publicar sin sanción social asesinatos y violaciones chuponeados, ¿Lo harían? Si hay plata, pues por supuesto. Acá no creemos en pajaritos de colores.

La ley …. ¿Amordaza?

En resumen, la Ley señala un solo aspecto esencial: La sanción hasta con cuatro años de prisión al que indebidamente interfiere, escucha o difunde una comunicación privada, quedando exenta de responsabilidad la difusión de comunicaciones que tuviese un contenido delictivo perseguible por acción penal pública. Vale decir, algo bastante edulcorado y con hartas maneras de sacarle la vuelta, pero a la vez con dientes, que es tal vez lo que más le revienta el hígado a los medios, pues según la Ley ahora hay que coordinar con un Fiscal, que determine si lo presentado es perseguible. Ello le quita discrecionalidad al periodismo y los supedita al orden legal, pues deberían informar y consultar al Ministerio Público antes de difundir. Y según parece, escarbando un poquito, parece ser esa la mamacita del cordero. ¿Qué se ha creído la ciudadanía, que los periodistas son iguales a la indiada? Porque, que yo sepa, no soy yo el que determina si es delito perseguible el que mi vecino me tire piedras, pongamos por caso. Si así lo pienso, tengo que hacer un largo proceso, y puede que hasta lo pierda, y eso me costará en abogados, tiempo y complicaciones. Pero estos señores la quieren fácil, y, es más, la quieren impune, no en nombre de la Libertad de Prensa, sino en nombre del escandalete público, de la cortina de humo, del fomento del vuelo buitresco sobre las vidas y honras ajenas, de la venta de sangre y tripas. No quieren que les toquen el negocio ni con el pétalo de una rosa.

Libertad de chuponeo

El problema, por ende, no es la Libertad de Prensa, es la Libertad de Chuponeo, es decir de interceptación clandestina e ilegal de llamadas telefónicas o conferencias, y su empleo como arma periodística. El chuponeo se ha utilizado incluso en el caso de Ciro Castillo Rojo como chisme periodístico, y resulta elevado al rango de “noticia” por sí mismo. Toda discusión acerca de la moralidad, la ética y demás no puede pasar por alto que reunir las pruebas de un delito no es cosa del periodismo, sino de los que acusan judicialmente. El problema no es, como se dice irresponsable y tendenciosamente, la calificación del delito, porque al final eso viene tras un laborioso proceso, y es un juez quien lo declarará. El tema es que haya acusación y defensa, y el poder judicial, aún el nuestro, tiene que investigar y escuchar a todas las partes, antes de condenar o absolver. Pero es que el poder de condenar sin juicio es riquísimo, y el periodismo lo emplea a troche y moche, tratando de llevar de la nariz a la opinión pública. Por otra parte, seguramente todo esto toca aspectos complicados y cuestionables, pero las leyes se perfeccionan y cambian, y la alternativa no sería que no haya ley, sino que hubiera autorregulación. Y la autorregulación de los medios de comunicación, como la Segunda Venida de Cristo, se pasa al próximo año desde tiempos inmemoriales, lo que parece un modo de campear como beduinos en el desierto, asaltando sin tasa las caravanas, pues no hay ley que los contenga, ni desean que la haya.

Colofón

Se ha dicho que esta ley alienta la autocensura. Recién me entero que la autocensura se ejercía solamente por estas razones, como si no supiéramos que la agenda, que baja de los cielos, la ponen ellos, y que el silencio se suele comprar. Podríamos llamar autorregulación a esa pretendida autocensura, y en todo caso, entiendo que si el periodismo es tan incapaz de autorregularse, como queda probado por sus eternos e inútiles esfuerzos al respecto, pues no les debería quedar más remedio que dejarse autorregular. Como los niños malcriados, incapaces de comportarse autónomamente, necesitan de la mano fuerte del papá. Según parece, para que las criaturas se comporten deben venir mamá sociedad y papá gobierno y obligarlos a que se conduzcan civilizadamente. Entiendo que seguramente la ley no es perfecta, pero entonces ¿qué propone el periodismo frente al problema? Esperaremos aquí sentados una propuesta que no sea mantener la impunidad. Esta es mi libre opinión al respecto. Y punto por hoy.