martes, 17 de enero de 2012

EL FIN DEL MUNDO o Contra la Industria del Fin del Mundo

Peru Blogs
“Para la cultura maya no existe un concepto del apocalipsis” (Confederación Guatemalteca de Sacerdotes mayas y guías espirituales)
“Todo esto se ha convertido en un negocio, sin que exista el deseo de entender el fenómeno”, (Cirilo Pérez, consejero de la Presidencia de Guatemala, chamán y ajq'ij - ‘aquel que cuenta los días’-
“El calendario maya no termina el 21 diciembre de 2012, después de ese momento inmediatamente otro período comienza. No hay ningún alineamiento planetario en el horizonte para las próximas décadas (…,) e incluso de producirse, como han predicho algunos, el efecto sobre nuestro planeta sería insignificante.” (NASA)

Reunido con amigos y conocidos de diversas procedencias, la conversación de estos días parece centrarse en la búsqueda de ciertas seguridades alrededor del eventualmente próximo Fin del Mundo, “programado” como se sabe para Diciembre de este año. Los que no creen en el calendario maya están preocupados por el alineamiento planetario que se dice habrá. La mayoría de las personas que conozco son gente inteligente y sensata – hay excepciones, claro – y poco proclive a dejarse llevar por el vuelo de pajaritos de diversos colores. ¿Por qué, entonces, gente que conozco y respeto por su inteligencia se permite ser influida por las evidentísimas falsedades y monsergas fabricadas por la Industria del Fin del Mundo?

Es tan obvia la existencia de esa Industria que hace plata como cancha y jala agua para sus molinos con el temor de las gentes, que en realidad lo único evidente es el negocio. Los profesionales del tema, vendedores de sebo de culebra de diversas especies, cuentan con la complicidad de los medios de comunicación, tanto por la activa - “reportajes” e “informaciones” tendenciosos, falsos y mentirosos de los medios “especializados” en el tema – como por la pasiva; es decir faltando en todos los idiomas, calendarios y sistemas numéricos a su deber de informar con la verdad. Y luego les parece extraño que la sociedad los quiera regular, y gritan No a la Censura, lo que quiere decir, poco más o menos: No a la Censura… que no ejerzamos nosotros.

El Fin de… ¿qué?

Cuando decimos El Fin del Mundo se encuentra una muy interesada inversión de conceptos, que muestra la increíble petulancia y exagerado sentido de la propia importancia de que hacen gala los seres humanos. Ni la muerte individual ni la extinción de la especie humana califican como Fin del Mundo. De hecho, si nosotros como especie desapareciéramos, es muy probable que el Mundo – Universo, Galaxia, Sistema Solar, Planeta Tierra – ni siquiera se dé por enterado, pues como fenómeno de la existencia somos bastante poco importantes, y nuestra trascendencia cósmica se limita básicamente a nuestra capacidad para destruir el medio ambiente en el que vivimos. Desde cierta perspectiva, podríamos decir que nuestra extinción física le resulta muy conveniente al Planeta, pues que la Vida en general – de la que nosotros sólo somos una manifestación más – conocería con nuestra extinción un nuevo impulso, a juzgar por el hecho verificable que nuestra especie es la única que crece a expensas de todas las demás.

Sabiendo entonces que nosotros no somos el Mundo, sino una parte de él bastante prescindible, conviene preguntarnos un poco sobre el sentido del Fin. La muerte de cada uno de nosotros marca un final, por más fe que tengamos que tras esta vida venga otra. Vista con alguna objetividad, la Vida es un estado de equilibrio inestable anti-entrópico, un gasto de energía universal que se paga en desorganización en alguna otra parte, y que es importante no porque sea grande en el esquema cósmico, sino porque es nuestra. Si mi propia muerte no me preocupara en uno u otro sentido, pues entonces debo andar mal de la azotea. Mi muerte individual constituye el fin de mi Mundo, y aunque sabemos que nos perpetuamos en el resto de la especie, y particularmente en nuestra descendencia, la muerte es un hecho tan irrevocable que lo proyectamos a términos universales, y nos parece terriblemente importante. Esa convicción subjetiva parece correcta, siempre y cuando la entendamos como subjetiva. El problema es cuando la proyectamos a la universalidad.

Realidad y Creencia

En general nuestra percepción del mundo es sesgada, vemos las cosas un tanto como queremos verlas y otro tanto como nos dicen otros que son. No hemos aprendido ni nos han enseñado que lo que nos dicen sobre el mundo son afirmaciones que deben ser verificadas antes de poder decir que son verdaderas o falsas. Confundimos las opiniones – en especial si son nuestras – con las verdades, y éstas con los hechos. Se cree que los arcanos y profundos secretos epistemológicos del razonamiento están reservados a algunos iluminados nerds de diversos tipos y calibres, y que no somos dignos de desatarle la sandalia a la Verdad, por lo que recurrimos a Santones, Científicos, Gurús, Sacerdotes de diversas confesiones, etcétera para hallar algo que, como reclamaba Descartes, nos haga sentir seguros en el mundo.

Abandonados así a nuestra suerte, resulta que los medios para verificar afirmaciones que posee el común de las gentes dependen de la sindéresis que poseamos, esto es la capacidad natural para hacer juicios rectos y acertados; así como de la heurística que apliquemos, es decir qué métodos usemos para aumentar nuestros conocimientos. Como todo el mundo sabe, nuestro sistema educativo no nos enseña a emplear ni el uno ni la otra. Nuestro razonamiento natural puede ser fácilmente manipulado utilizando masivamente falacias, verdades mentirosas y mentiras verdaderas; en tanto que nuestra forma de obtener conocimientos depende de muchos intermediarios, registros y códigos. No podemos estar seguros de todo lo que creemos, dado que no nos han enseñado a pensar, sino a aceptar lo que las autoridades nos dicen, y el conocimiento, como quería Sócrates, es algo que se da a luz, no que se compra en el quiosco.

La Ciencia se confunde con la Tecnología, y ésta con la Magia. Estamos anclados por diversas razones en un pensamiento mágico que nos proporciona ciertas respuestas medidas, combinado con ciertas certidumbres sobre el Mundo, que proceden de nuestra experiencia y del uso de nuestros sentidos. Le atribuimos explicaciones de diversa índole a los fenómenos que nos rodean o que nos cuentan que existen, y le otorgamos a la Ciencia y la Tecnología el mismo fundamento que a la Religión, la Superstición y a la Metafísica. Creemos, y creemos que creemos, pero no entendemos lo que es creer, lo confundimos con la certeza, y a ésta con la verdad. Necesitamos con vasta desesperación poseer ciertas seguridades acerca de ciertos hechos, y entonces nos agarramos a lo que haya. Tememos la eventualidad de nuestra desaparición física – no hay peor miedo -, y queremos saber qué hay de verdad en las eventuales amenazas a ésta. Y es aquí donde se inscribe la Industria del Fin del Mundo.

Calendarios y Predicciones

Desde tiempos inmemoriales tratamos de predecir el futuro. Hemos deseado sustituir el no-saber con el saber. Esta preocupación alimentó la necesidad de buscar elementos para entender el devenir de acontecimientos que tendían a repetirse, y cuya interrupción sería catastrófica para la sociedad. Los ciclos naturales del Sol, la Luna, las Estrellas y los Planetas despertaron la curiosidad de nuestros antepasados más astutos e ingeniosos, que encontraron que podían emplearlos para medir el Tiempo y determinar el valiosísimo ciclo agrícola. Descubrieron una forma de conocer que – visto desde nuestra perspectiva - combinaba Ciencia, Religión y Tecnología. Fue una enorme victoria del intelecto, y trajo como consecuencia la formación de complejas y brillantes civilizaciones en Egipto, Mesopotamia, India, China, los Andes Centrales y Mesoamérica.

Los Calendarios eran calculadoras conceptuales destinadas a predecir el futuro, en especial el advenimiento de los ciclos naturales, dado que las élites gobernantes pensaban fino y trataban de sostener sociedades complejas. El pueblo agricultor intercambiaba información y conocimiento a cambio de sus excedentes agrícolas, y recibía esta data envuelta en papel de regalo religioso-ceremonial. El éxito se medía en el bienestar de la élite, en la cantidad de ofrendas y en la división del trabajo orientada hacia la producción de bienes cerámicos, textiles, metalúrgicos y de toda índole. El conocimiento no era masivo, y lo poseía una élite que lo empleaba como instrumento de poder y control. La predicción del futuro se volvió más sofisticada, porque ya no se trataba únicamente de proporcionar información agrícola, sino de lograr que la masa creyera lo que convenía a las élites, y que en consecuencia hiciera lo que le conviniera a las élites. El aparato religioso se sofisticó, y los ritos y ceremonias constituyeron elementos de inmensa importancia para la cohesión social. No parece que hayamos cambiado mucho desde entonces.

Verdades Mentirosas

En el año 999 después de Cristo se produjo un pánico generalizado y masivo en los pueblos cristianos. El cumplimiento del Milenio desde el nacimiento de Jesús parecía tener el significado escatológico de marcar el final del proceso iniciado por la irrupción de Dios en el Mundo, reforzado por las referencias escatológicas en la Biblia. La histeria colectiva fue enorme, las parejas se perdonaban sus infidelidades, los comerciantes – más extraordinario todavía – perdonaban las deudas, el comercio se arruinó, se descuidó la agricultura, y todo para que al final nada ocurriera. Por supuesto esto se atribuyó a diferentes causas, de la que la cuenta errada fue el principal. En 1910, la cola del cometa Halley rozó la atmósfera terrestre, y la irresponsable afirmación periodística de la presencia del venenoso gas cianógeno sin mencionar la densidad de éste en la cola causó una tremenda histeria, con víctimas mortales. Estos hechos no son excepcionales. La desinformación y el fanatismo produjeron 39 suicidios debido al paso de un cometa tan inofensivo para nosotros como el Hale-Bopp en 1996. En el 2000 se lanzó el bolo del colapso de la Internet, y parece que al final poca gente se lo comió.

En la actualidad vemos una suerte de combinación de 1000, 1910 y 2000. Hoy en día relativamente poca gente se come las profecías bíblicas o de otros libros sagrados; o se come las catástrofes tipo el colapso de Internet o la epidemia de Influenza. La Industria del Fin del Mundo ya no es más propiedad de las iglesias, sino cosa corporativa, entrelazamiento de intereses comerciales, que recurre a falacias, mentiras verdaderas, verdades mentirosas, seudociencia, el calendario maya o cualquier otro que sea funcional, la superstición, los libros sagrados, el miedo difuso, etcétera, etcétera, etcétera. Todo sirve. La cosa se sofistica y parece que se emplean todos los argumentos funcionales, yuxtapuestos uno sobre el otro. Ante esto no parece inadecuado para nosotros responder la pregunta del rey de la conseja: “Estoy paranoico… ¿lo estaré lo suficiente?”

Mentiras Verdaderas

La ignorancia de los elementos más básicos de la realidad conspira a favor de la Industria del Fin del Mundo. No hay afirmación al respecto que resista a una crítica más o menos sólida, solamente imágenes efectistas planteadas en el cine y la TV, y espeluznantes afirmaciones destinadas a asustar a los incautos. Pongamos el caso del alineamiento planetario “programado”. Olvidemos por un rato que el tal alineamiento no se producirá.

Se cree que el hecho que los planetas se alineen – se pongan en una línea - tiene un efecto gravitacional destructivo sobre nuestro planeta. Es evidente que se desconoce en este caso qué es la gravedad, así como no se tiene una idea de las distancias y las dimensiones, creyéndose que es algo así como lo que se percibe en la superficie terrestre. La Gravedad como Fuerza se mide en una cifra, que aumenta si aumenta el producto de las masas, y se reduce inversamente al cuadrado del aumento de la distancia, por lo menos eso dice el loquito ese de Isaac Newton. Aún si hubiera ese pretendido alineamiento de planetas, las distancias en el Sistema Solar son muy grandes, y como la gravedad se reduce como 9 si la distancia aumenta como 3, entonces esos alineamientos resultan gravitacionalmente bastante anodinos. Se han producido antes, se producirán después, su efecto es despreciable ahora como entonces. Hasta donde sabemos.

El Sol posee el 99 % de toda la masa del sistema solar, y fuera de equilibrar nuestra órbita, todo lo que puede hacer en nuestro planeta a 150 millones de kilómetros promedio es una marea capaz de levantar un poco el nivel de los fluidos (agua, aire), gracias a la enorme masa que posee. La masa de la Luna es, comparada con la del Sol, de una soberana insignificancia, pero está solamente a 384,000 kilómetros, metros más o menos, y su marea es mucho más interesante, como cualquier surfista puede atestiguar. El siguiente cuerpo más cercano es el planeta Venus, que cuando anda cerca está a algo más de 40 millones de kilómetros, es decir, a unas 120 veces la distancia Tierra – Luna, con lo que su gravedad es menor que la lunar en 120 al cuadrado, sin considerar las masas. Así que Venus no nos levanta ni un pelo, a no ser metafóricamente como Diosa del Amor. El planeta Júpiter, muy grande en relación a la Tierra, pero muchísimo menos masivo que el Sol, está al triple de la distancia del Sol, eso cuando está más cerca. Sumar la masa de los planetas a la del Sol, para así dar la sensación de la enormidad, es algo así como ponderar el peso de una mosca en una pirámide.

Por otra parte, supongamos una alineación de los planetas con el Sol, y que todos apunten a la Tierra. No podría haber alineamiento – ubicación en una línea – más que en un plano, porque los planetas no están ordenaditos orbitando alrededor del Sol en el mismo plano, como falazmente se supone. Todos están más o menos por encima o por debajo del plano ecuatorial del Sol, lo que se conoce como inclinación de la órbita con respecto a la eclíptica, lo que quiere decir que si los ves desde una dirección los verás alineaditos, pero si los ves desde otra están bien desordenaditos. Cosas de creer aún que el Universo es un plano y no un espacio-tiempo.

Por otra parte, caballero, señorita… no me crea a mí. Busque por sí mismo y use las sinapsis neuronales que Dios, en su infinita sabiduría, distribuyó dentro de su cráneo. Investigue por sí mismo y no se crea lo que le cuentan, incluido yo mismo. Verifique las afirmaciones que hago, y si usted encuentra que me equivoco, corríjame y me corregiré. En eso consiste una sindéresis adecuada y una heurística efectiva. No se la crea, y mire quienes y por qué quieren que se la crea.

Riesgos reales e imaginarios

¿Se podría eventualmente producir el “Fin del Mundo” para el solsticio de invierno – Hemisferio Norte – del año 2012 después del nacimiento de Cristo? Por supuesto. Pero con la misma probabilidad o mayor podrían también repentinamente nacerle alas a los chanchos. Puestos a mirar las cosas estadísticamente, muchas cosas son posibles. La teoría cuántica predice que el agua del vaso que tengo enfrente podría saltar espontáneamente fuera de él, pero la probabilidad estadística de que esto suceda es increíblemente remota. En el preciso momento que escribo estas líneas un meteorito podría caer sobre mí y acabar con mi seguramente poco importante existencia. Es posible, pero muy poco probable, y no me induce a dejar de escribir. Ese meteorito podría ser como el de Yucatán hace 65 millones de años y hacer cisco todo rastro de vida humana, animal y vegetal. Posible, pero bien poco probable. No he visto a nadie que modifique su rutina diaria de salir a la calle porque un meteorito podría hacerlo añicos. Más probable es que te chanque un vehículo, particularmente en el Perú, y hacemos los reclamos pertinentes mientras tomamos las precauciones correspondientes.

Hay riesgos muy reales frente a los que no solamente no tomamos precaución alguna, sino que los posponemos en función de cosas que entendemos más importantes. Las enfermedades son algo cuya ocurrencia es muy probable, mucho más que la caída de un meteorito, pero muchos padres y madres de familia no toman seguros médicos para sí mismos para poder pagar las pensiones escolares de sus hijos. Las gentes viven en edificaciones precarias pese a que estamos en una zona sísmica, y la ocurrencia de terremotos, tsunamis y erupciones volcánicas no es nada imprevisible. Nos precavemos sabiamente contra los deletéreos efectos del humo del tabaco ajeno, mientras seguimos respirando alegremente el plomo que los vehículos arrojan por sus tubos de escape. Parece que nuestra percepción del riesgo puede ser manipulada, dado que depende en mucho de nuestra herencia genética ancestral. Percibimos el riesgo cuando lo tenemos encima, es decir cuando lo podemos percibir con nuestros sentidos de una manera determinada. Los genios del marketing lo saben, y tal vez por eso se filmó la película 2012, bastante anodina y altamente estereotipada, con el fin de instalar las imágenes en el imaginario de las gentes. (Roland Emmerich se ha ganado su buena platita, qué duda cabe, pero sería interesante analizar de donde obtuvieron la plata los productores). Yo puedo razonar contigo todo lo que quieras, pero la imagen del monje budista del Himalaya tocando la campana sagrada mientras el mar se precipita sobre las montañas del Techo del Mundo es algo que impacta con más fuerza. Nuestro cerebro reptílico no sabe que eso no ocurrió o que su probabilidad es bien pero bien bajita, simplemente lo registra y responde con el miedo.

A quién beneficia y a quién perjudica la Industria del Fin del Mundo

Aquí la parte sabrosa del asunto. A quién beneficia y a quién perjudica la moda de la Industria del Fin del Mundo. En lo económico parece estar claro. Se trata de crear una necesidad artificial y ofrecer resolverla. Igualito que la coca-cola, o cualquier otro bien o servicio perfectamente prescindible. No hay que ser un tigre del marketing para darnos cuenta que la difusión es importante, eso lo puede decir cualquier vendedor de sebo de culebra. Tampoco es gran cosa señalar que hay que apelar a la emoción antes que a la razón, pero que hay que darle su lugar a ésta, por eso de la plausibilidad. Ni tampoco resulta en el descubrimiento de la pólvora decir que se necesita de la ilusión de la objetividad que el periodismo y los medios de comunicación proporcionan a cambio de un precio. Si se tratara de vender whisky, pañales o relojes de pulsera me parecería de repente algo más o menos aceptable, pero el tema es qué se está vendiendo y con qué se está traficando. Hay en la danza centenares de millones de dólares en productos y servicios, papel y tinta impresa, efectos especiales en películas, armas y refugios anti-fin del mundo, acumulación artificial de alimentos, especulación en bolsa de valores, entretenimiento, juegos de video, turismo new age, y mucho más. Mucha plata hay aquí.

En lo político y social es bastante obvio que si usted y yo nos ocupamos de que los meteoritos no nos chanquen, pues no nos estamos ocupando del tránsito que sí nos chanca. Esto le da un respiro a los grandes intereses, y muchos ganan con que la gente se descuide de los problemas que sí puede resolver en función de los que no se puede resolver. Usted y yo podemos terminar por gastar plata en tonterías. Yo, por lo menos, fui a ver la película 2012, y francamente el género catástrofe tiene mejores exponentes. Aparte la plata, se pierde un valioso tiempo discutiendo estupideces, en vez de centrarnos a los temas que sí podemos resolver. A mí, en particular, me molesta mucho tener que tratar sobre gansadas, cuando hay tantas cosas importantes de las que ocuparse. Si estoy utilizando mi tiempo en dilucidar ante la opinión pública cosas absurdas no lo estoy utilizando para dilucidar cosas importantes, y con eso los que la hacen en lo importante se ganan con la distracción, tanto la mía como la de muchísimas otras personas. Es obvio que el que está muerto de miedo comprando alimentos, medicinas, rifles y municiones para defenderse durante el apocalipsis universal no es un Indignado, por ejemplo, y así deja de ser un factor activo con el que hay que contar para convertirse en un factor pasivo al que llevar de la nariz, con todas las ventajas que ello conlleva para los que la mueven.

Colofón

Soy consciente de lo injusto de algunos de mis apreciaciones, pues el fomento y utilización del miedo con fines subalternos no es ninguna tontería. El problema del miedo difuso es que afecta a los que menos pueden defenderse, a nuestros niños y adolescentes, a los que les induce temores irracionales que afectan su autoestima, su proceso de conocimiento y su felicidad. Aquí vale la pena un recuerdo personal. Tendría yo unos ocho años de edad cuando leí en un tabloide una historia acerca de un asteroide que caería a la Tierra y la haría añicos, profusamente ilustrada con dramáticos dibujos al respecto. Mi capacidad crítica era bastante inexistente, y me creía que lo que estaba escrito era verdad por estar escrito. Se daba incluso una fecha. No me atrevía a manifestar mi miedo a ningún adulto, porque me daba vergüenza, pero entre los chicos lo discutíamos, y había miedo de por medio. De repente no me creerán si les cuento que esperé varios meses hasta esa fecha, sin decirle nada a nadie, creyéndome poseedor de un enorme y trascendental secreto, con la esperanza oculta de que el asteroide no caería, pero temiendo su caída. Cuando el día pasó como cualquier otro, y el asteroide, como es obvio, no cayó, di un suspiro de alivio y algo más empecé a aprender sobre la mentira. Cosas de chicos… ¿o no?