lunes, 5 de octubre de 2009

EDUCACIÓN MORAL Y ÉTICA

EDUCACION MORAL Y ÉTICA

Cada cierto tiempo, salta el tema de la educación, esta vez para referirse no a ésta, sino a un determinado nivel de "instrucción", con la que se le confunde. Vale decir, la curiosa suposición de que si existe un determinado nivel de instrucción (¿bachillerato, maestría, doctorado? difícil saberlo), entonces los parlamentarios y otros funcionarios electos tendrán "mejor nivel".

¿Qué significa decir "mejor nivel"? ¿Cuál es el "adecuado nivel de instrucción"?

Si uno observa alrededor, se notará el hecho concreto e incontrovertible de que no es el "ignaro" el que comete los mejores y más grandes faenones. Tampoco es el carente de títulos académicos el que no comete actos de corrupción o deroga las leyes de la genética. Estoy seguro que el juez peruano que decretó hace algunos años que la prueba del ADN no servía para determinar la paternidad, no lo hizo por ignorancia, sino probablemente por razones menos académicas. De hecho, la educación peruana lo que enseña no es a "hacerlo bien", sino a "hacerla bien", y la diferencia de una letra, como todos sabemos, cuenta.

La función parlamentaria, como la función edil, la función judicial o la función militar, requieren de ciertas condiciones, habilidades y conocimientos. Para el caso de las funciones judicial y militar existen líneas de carrera que teóricamente aseguran que esto se dé así. De hecho, son líneas teóricamente meritocráticas. No es el caso con las funciones parlamentarias y ediles, donde los técnicos se contratan, y las decisiones políticas quedan en manos de los funcionarios electos.

Cuando decimos "mejor nivel" tendemos a no precisar de qué se trata el asunto. En términos generales debiera ser, entendemos, un "mejor nivel ético y moral", que no se alcanza automáticamente con un mayor nivel de instrucción. De hecho, si una persona tiene una formación moral que privilegia sus intereses inmediatos individuales sobre sus intereses colectivos, no debiera estar calificada para la función pública, y las líneas de carrera en las funciones meritocráticas debieran considerar este aspecto. Nos consta que no es así, ateniéndonos a los resultados.

Quedan las funciones que se cubren por mecanismos electivos. Indudablemente, si se presenta el mismo problema que con las funciones meritocráticas, el problema no está entonces en el nivel de instrucción, que lo único que proporciona en tal caso son mejores instrumentos para la consecución de actos de corrupción cada vez más perfectos y acabados. Es decir, la habilidad de "hacerla bien", como por ejemplo parece ser el caso del Señor Químper, que además cumpliría, de acuerdo a sus aprestos académicos, todos los requerimientos de nivel para poder ser un funcionario electo.

El problema está en otra parte. Es educación moral y ética, la que no se resuelve con un curso más o menos. Pensarlo es tapar el sol con un dedo.

¿Qué tienen en común los funcionarios electos y meritocráticos - y para el caso los funcionarios privados, etc. - en nuestro país? Entre otras cosas la capacidad de realizar "calificados" actos de corrupción, con las excepciones - que son solamente éso - del caso.

El análisis merece ser mucho más acucioso, pero algunas cosas se pueden adelantar.

Por ejemplo, ¿en qué nivel de la educación peruana se pueden ubicar los "centros de aprendizaje" de la corrupción y otros indeseables caracteres de la peruanidad? 

Una aproximación primera parece ubicar el problema en la adolescencia, donde las personas se ubican de modo decidido en la estructura social. Los mecanismos de mímesis social que estudian los sociólogos determinarían que los adolescentes y jóvenes asuman ciertas posiciones sociales.

Un aspecto interesante de observar cuando se trabaja con adolescentes y jóvenes de 4to y 5to de secundaria es su general "desencanto" de la sociedad y lo que ella implica en cuanto a posibilidades y conductas futuras que ellos deberán asumir. Cabe indicar que creemos que dicha "sensación" - que esperamos investigadores acuciosos conviertan en indicadores - está generalizada y está igualmente repartida entre los niveles socioeconómicos.

Una cuestión a tratar es la del conflicto entre la teoría enseñada y la práctica percibida. Mientras mayor es la brecha entre ambas, la percepción del adolescente - joven es la de que ha sido "engañado", que ha sido objeto de "agresión", al percatarse que los valores que se les enseña en el salón de clase son mentira y encubrimiento de una situación real. La primera reacción generalizada - y ciega a nuestro entender - es la pérdida de "disciplina" y "rebelión" que se presenta alrededor de entre 2do y 3ro de secundaria. Vale decir una reacción de "negación" y aspiración a la permanencia en la burbuja escolar, que ofrece alguna protección, y que podría reflejarse en las tasas de repitencia, más observables en la escuela privada.

Hacia el 4to o 5to de secundaria, la percepción aparente se define hacia que "nada se puede hacer", y por ende las únicas rutas vitales abiertas son la de "adaptarse al ambiente" o "rechazar el ambiente". Quizá la expresión más clara del rechazo sea la cada vez más temprana voluntad migratoria, que se presenta en los jóvenes más audaces, decididos, inteligentes y/o que están en capacidad económica para hacerlo. Y cuando la puerta migratoria está cerrada, por lo general por falta de capacidad económica, la alternativa que queda es la adaptación al sistema. La creciente tendencia social a la individualización reforzaría este esquema. 

Esto se produciría, entre otras cosas, pues los contenidos mostrados desde los medios y la práctica social son directamente opuestos a los que se plantean en el salón de clase. Por más que se aísle a los niños, llega el momento en que se tropiezan, más temprano que tarde, con la realidad. 

Dentro de la adaptación a la realidad agresiva que percibe, el joven - adolescente resulta ser muy crítico individualmente, a la vez que se adapta actuando de acuerdo a lo que se espera de él. Siendo los valores sociales primordiales el culto al consumo y la adquisición de dinero, entonces las consecuencias son claras.

¿Es extraño entonces que tengamos índices muy altos de migración y a la vez corrupción en el ambiente? Parecen ser más bien realidades complementarias. Cuando se dice que la educación resuelve la situación, no se toma en cuenta que se requieren entre doce y quince años para formar una persona, y si ya el medio ambiente proporciona una constante engañifa y una contradicción de fondo ¿extraña que esa contradicción se corporice en estos males sociales? ¿Se arregla ello pidiendo mayores cortapisas académicas, cuando el problema está más abajo? ¿O es solamente un modo de estructurar mejor un mecanismo para continuar acaparando poder?