martes, 25 de enero de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (III Y ULTIMA)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (III)


Vamos a suponer que nuestros hijos y nietos nos interesan realmente, y que no los educamos para lograr una suerte de pensión de vejez que ni el Estado ni la Empresa privada nos garantizan verdaderamente. ¿De qué se trata esto de educar parta el futuro, para la felicidad, para la realización personal? Me centraré básicamente en el tema de la identidad personal-social.

Movilidad Social y Sentido de Pertenencia

Como los padres y madres no somos entelequias y estamos en la sociedad igual que el resto, es obvio que intentamos que nuestros hijos “mejoren”. Como vivimos en una sociedad y en ella nos desarrollamos, nuestro lugar en la sociedad cuenta. Es importante que nuestros vástagos consigan mantener la ubicación social en que nacieron, mejorándola si es posible. Es lo realista, y lo que está detrás de una serie de procesos identitarios que vivimos las personas. La identidad personal-social implica, entre otras cosas, la posición social en la que se nace. En la realidad y no en la entelequia, se nace en unas coordenadas sociales tan reales como las geográfico-temporales, y ellas determinan en buena parte nuestra identidad, es decir, la percepción y concepto que tenemos de nosotros mismos en cuanto personas. Que haya grupos sociales es un lugar común, y no hay sociedad que no los tenga. El cuento es qué determina dichos grupos sociales, y qué tipo de integración exista entre ellos. Una sociedad sana e integrada ofrece a sus individuos la posibilidad de pertenecer a un todo mayor, lo que a más de favorecer la identidad, resuelve en parte nuestra profunda necesidad de ser apreciados y reconocidos, y determina una estructura de derechos y obligaciones en los que nos insertamos. En Ciudadanía esto sería grosso modo lo que llamamos “Sentido de Pertenencia”. Y ese Sentido de Pertenencia se funda en las experiencias vividas desde temprano.

Valores Sociales

Todas las sociedades evolucionan y pasan por cambios. Desde hace algunos siglos, la libertad civil, política y económica, la igualdad ante la ley y la equidad son criterios que han presidido la formación de las sociedades liberales y democráticas de la actualidad. Son valores sociales que nos parecen deseables. Hay siglos de desarrollo social al respecto en nuestras sociedades. Parte de ese desarrollo social, del Sentido de Pertenencia y de la formación de la Identidad pasan por reconocer, aceptar y adaptarse a la diversidad en la que se vive, e implica necesariamente el reconocimiento de la igualdad fundamental entre los seres humanos. Es bastante mejor, práctico y sostenible basar la existencia en sentimientos de afecto y amor que en los de odio y rechazo. En teoría, la convivencia democrática tiene como objetivo el que toda la sociedad esté mejor organizada y constituya un entorno que permita la felicidad y la realización individual de las personas. Y es a esa sociedad a la que supuestamente traemos a nuestros niños y niñas. O a donde debiéramos traerlos, por lo menos.

Piel y Plata

Miremos un poco nuestra realidad al respecto. Los grupos sociales se definen por muchas razones, y en nuestro país, por suerte o por desgracia, los determinantes de las posiciones sociales son “piel y plata” (cito a Hugo Neira en su libro La Tercera Mitad). Vale decir combinamos históricamente elementos de casta, heredados de nuestro pasado, con los de clase, propios de la modernidad capitalista. Aunque la “piel” con que venimos al mundo no puede modificarse, sí lo hacen las percepciones sociales sobre ella. La fortuna ha querido que nuestra sociedad multiétnica sea complicada hasta el absurdo debido a nuestra doble herencia occidental y andina, más las profundas contribuciones africanas y asiáticas, que determinó que nuestro país pueda ser considerado en buena medida como un cierto paradigma de unidad social y étnica, con sus límites por supuesto. El vetusto sentimiento de casta está en pleno retroceso desde unos 40 años a esta parte. Es verdad también que no nos faltan gentes que aún están mentalmente en el siglo XIX. Algunos muestran su retraso ciudadano en los medios de comunicación, y fomentan la segregación y el racismo como si fueran una parte de la herencia nacional. Como si Don Nicomedes Santa Cruz no hubiera resuelto el problema racial en el Perú al detectar solamente tres razas: La Indoblanquinegra, la Blanquinegrindia y la Negrindoblanca. Aunque se le olvidaron los orientales al moreno. Pero sospecho que eso complicaría ampliamente el esquema.

Veamos el otro factor, la “plata”. La pertenencia a un grupo socio-económico marca la identidad desde un principio de manera espectacular. Nos guste o no, el niño o niña que forma su identidad lo hace en el seno de un hogar que está en medio de una estructura social de un modo determinado. Y el principal elemento que determina la posición al interior de la sociedad es el ingreso. El concepto de clase implica ciertas relaciones sociales, y constituye una suerte de mala palabra hoy en día, por sus fuertes connotaciones ideológicas, pero “nivel socio-económico” no es mejor, en realidad. Como el marquetero Rodolfo Arellano ha demostrado, no basta el ingreso para definir nuestro lugar social, hay que añadir elementos de la cultura. Pero por ahora nos interesa el tema de la ubicación en una clase social. Y es esa pertenencia a una clase social a la que el niño deberá, por las coordenadas donde nació, tener o no acceso a ciertas formas de atención de salud, seguridad, alimentación, educación, etcétera.

No reducimos la Desigualdad

No contamos en el Perú con mecanismos de reducción de las desigualdades y de integración social, tales como un sistema de Salud generalizada al estilo inglés; o una legislación protectora al estilo escandinavo; o un sistema de colegios públicos como el norteamericano. Apenas contamos con “programas sociales” que aseguran que una parte de la población “en pobreza extrema” no se muera escandalosamente de hambre o de enfermedades curables. Pero no contamos con políticas de integración social, como las que informan los sistemas que hemos mencionado. Solamente poseemos un cierto desarrollo en esa novísima rama de la ciencia social que llamaremos Pobretología, que tiene el efecto colateral de convertir el hambre, la enfermedad y la miseria de los seres humanos en cifras manipulables. De hecho, aparte de crear esta ciencia, no hemos hecho absolutamente nada al respecto que no sea intentar calmar nuestras conciencias culpables, en el supuesto que las tengamos, claro. La Tradición Republicana vigente es dejar estar la cosa, esperando de algún modo que se resuelva solo. O que no se resuelva y nos acostumbremos.

Integración Social

El barrio urbano constituía, hasta no hace tantos años, una forma de integración social que fomentaba identidad, y esto tanto al interior de los diversos grupos sociales, como estableciendo formalidades de relación social con otros grupos. La larga tradición de barrios que relacionaban las diversas castas sociales, y luego las clases en formación es detectable desde principios del Virreinato. Forma parte de nuestra tradición, como se ha descrito con acierto en lúcidos ensayos y en la literatura nacional. Los barrios dieron fisonomía humana a nuestras ciudades, hasta que estas empezaron a alcanzar los niveles de la megalópolis, con su cortejo de inseguridad, desorden y anomia social. La caótica migración de los serranos hacia los espacios costeños y selváticos en busca de mejores condiciones de vida fue asumida como agresión, y su efecto fue que los barrios se replegaron sobre sí mismos, y tendieron a aislarse, formando progresivamente una suerte de “bunkers” y luego “ghettos”. Aunque la demarcación distrital nacional, con criterio adecuado, tendía a reunir grupos sociales diferentes, a fin de asegurar una suerte de reparto equitativo de las cargas impositivas, las invasiones silenciosas realizadas por las empresas constructoras de urbanizaciones privadas descuartizó este esquema en trozos más o menos aislados presididos por la lógica del ghetto y el aislamiento. Se trató, sin duda de manera más o menos inconsciente, de dividir las ciudades en zonas urbanas y periféricas, para tratar de contener el llamado “desborde popular” producto de la migración, que respondía también con invasiones más bullangueras. La ausencia de políticas de integración social permitió dejar estar esta situación como tantas otras, y “ser sorprendidos” por algo que se gestó durante casi un siglo.

Segregación de facto

Esta segregación de facto produce un hecho concreto y fácilmente observable: Fronteras psicológicas que marcan a fuego la identidad desde el principio mismo. Las playas del Sur están más “cerca” para ciertas personas que Pamplona o Villa El Salvador, asumidos como una suerte de “pasajes” hacia las playas, por donde los automóviles circulan raudos, sin detenerse y sin mirar. Sin contar con la creciente y supuestamente prohibida privatización de playas. Los niños y niñas crecen en espacios geográfico-psicológicos cerrados, y su identificación con la sociedad es parcial. Su lealtad y su identidad estarán no con la totalidad de la variopinta sociedad que conformamos sino con una parte. Carreteras y muros separan físicamente los sectores sociales. Inconsciencia, estereotipos y prejuicios los separan psicológicamente. La peculiar combinación casta – clase (“piel” y “plata”) en nuestro país muestra su más abominable faceta, la de la segregación hipócrita, la de la negación de la identidad e incluso de la existencia del Otro. Y cuando se trata de poner las cartas sobre la mesa, los prejuicios largamente instalados asoman su inmunda cabeza.

Que no se piense que esto de los prejuicios es una prerrogativa de ciertos grupos sociales. El desconocimiento y la negación del Otro siempre llevan a demonizarlo, en especial cuando hay relaciones de explotación y sentimientos de miedo que separan unos de otros. El costeño piensa del serrano que es sucio, invasor, hipócrita. El serrano piensa del costeño que es ocioso, explotador, que habla mucho y poco hace. (Golte y Adams).

La política del Ñoqai´ku

A los niños y niñas que se incorporan a la sociedad se les enseña desde pequeños a “no ver”, a tomar como no existente aquello que “no somos” y que “no nos pertenece”. Y en el inconsciente grabamos bien grabados los prejuicios que afloran. Rompemos el esquema que los fundadores ideológicos de la República del Perú tenían en mente al establecer como el primer lema de la República el de Firme y Feliz por la Unión. En la práctica lo único que nos queda de eso es el Jirón de la Unión que empalmaba, nada casualmente, con el Paseo de la República. Pero los sucesores de los Fundadores tenían en mente un “nosotros" nacional diferente. En quechua existen dos términos que quizá puedan ayudar a entender esto. Ñoqanchis y Ñoqai´ku que significan ambos “Nosotros”, pero con dos connotaciones diferentes, según el que habla. Si yo digo “ñoqanchis” el "nosotros" te incluyo a ti que me escuchas. Pero si yo digo “ñoqai´ku” te excluyo, te opongo a mí y a los míos, te saco de mi grupo. Podríamos decir que los grupos sociales en nuestro país progresivamente han ido adoptando la política del Ñoqai´ku, del hablar de nosotros mismos sin el Otro. Y una sociedad así dividida tiene que tener en su agenda el resolver sus contradicciones y unirse para poder enfrentar los retos que impone el futuro.

El tema tiene poco de teórico. Sus consecuencias son tan evidentes como un puñetazo en la quijada. La segregación entre castas – clases es notabilísima en el tema de los empleos y los ingresos, del cuidado de la salud, de la seguridad ciudadana, de la relación entre transporte público y privado, y más aún en el espacio pre-escolar y escolar; con rarísimas excepciones; y solo por citar lo más evidente. La República democrática del Perú establece sus límites sociales empleando como medio fundamental el dinero, sin apenas mecanismos que eviten el roce entre las castas-clases, solamente el aislamiento y la alimentación del prejuicio. Si tienes plata, todo te irá bien, tendrás acceso a los servicios, porque estarás pagando por ellos. Si no tienes plata, ya fuiste, porque entonces irás a malatenderte a los puestos de Salud del Minsa, si es que los hay; te sentarás en tu ladrillito a escuchar a un desganado profesor mal pagado; tomarás una combi asesina para movilizarte; serás objeto privilegiado de asalto, más aún si eres niño, mujer, quechuahablante.

Patéticos medios de incomunicación

El esfuerzo de los medios de comunicación por ocultar la realidad adquiere en ocasiones un patetismo grotesco. Se oculta mejor un árbol en el bosque. Se muestra nuestra sociedad como conformada en sus sectores más bajos por delincuentes: ladrones, violadores y asesinos, según las noticias propaladas por los canales de señal abierta. Nuestros niños crecen con imágenes estereotipadas de “los de abajo” como dinamitadores anómicos del “orden social”. Se fomentan los estereotipos y los prejuicios. Los mal llamados cómicos parodian a negros delincuentes e indios brutos. La sociedad pareciera al borde del colapso social no por obra de las bandas organizadas del narcotráfico o de la delincuencia “de blanco”, sino por la presencia de rateros o asesinos que según parece demostrar la prensa, pululan por las calles sin control. Se fomentan desde el poder mensajes contradictorios y efectistas destinados a oscurecer, no a iluminar, y se proclaman con una mezcla curiosa de solemnidad y escándalo soluciones simplistas a los problemas: La pena de muerte a los violadores, por ejemplo. Y a la vez se dice con todo desparpajo que ”la plata llega sola”. ¿Serán así realmente las personas? En otras latitudes se castiga frontalmente la apología del prejuicio y la incitación al delito, pongamos por caso, y ello no parece afectar demasiado eso de la libertad de prensa. ¿Por qué aquí se hace apología del racismo tan impunemente? ¿Por qué nuestras autoridades apologizan la corrupción? ¿Cuánto hay?

Aprendizaje de valores sociales relevantes

Terminemos de una vez con el cuento ese de que la escuela enseña. La escuela enseña poco y mal, y es a través del hogar, el entorno barrial y los medios de comunicación por donde se transmiten los contenidos socialmente relevantes, los que cuentan para formar identidad. La educación en valores existe, no cabe duda, pero se limita a un solo y único valor supremo que opaca a todos los demás: La posesión de medios de pago, vulgo “plata”. Total, es lo único que realmente te cambia las cosas. El consumo desaforado, el ocio como objetivo y estilo de vida, la inconsciente farra eterna, el paraíso artificial del consumo son valores secundarios y subordinados. ¿Nos extrañará entonces que haya hijos e hijas que asesinan a sus padres por el dinero o por la posibilidad de salir a la calle hasta altas horas de la noche? ¿Nos extrañará esa suerte de desesperación existencial que conduce a la emigración o a la delincuencia a nuestros jóvenes, en especial a los que NI estudian NI trabajan?

Nos guste o no, estos son los Valores que nuestra sociedad nos mete por los ojos con reflectores. Las palabras valen poco cuando los hechos no las corroboran. El proceso social de la identidad queda marcado por algo, si cabe, peor que la división social, por la apercepción de la realidad, o por la percepción falaz y sesgada. Como profesor secundario la he observado en acción en el proceso de la adolescencia. Junto con la aparición de las hormonas aparecen también los primeros indicios de la pérdida de la fe en el discurso social. Parece preferible irse a cualquier otra parte, pero estás aquí, y en clase te vuelves indisciplinado y odioso, porque eso es lo que están haciendo contigo. Es una rebelión ciega, sin dirección, carente de elementos de autocomprensión, anárquismo quintaesenciado. En los chicos más inteligentes da lugar a una suerte de fatalismo. Otros preguntan por qué los trajimos al mundo. Los adolescentes más inteligentes no son felices, no se sienten realizados, más bien se sienten agredidos y estafados. Y las alternativas que les damos no suenan demasiado afectuosas. Años de esfuerzo académico ingente para obtener pocos empleos y mal pagados. Cualquier persona con medio dedo de frente se percata que el valor supremo no es el trabajo, es la plata, pues que con plata todo se te disculpará. Y entonces se busca la manera de obtenerla, pues siendo el valor supremo la plata, para el resto el fin justifica los medios.

Formar Valores Sociales

Esto no es funcional cuando tenemos que mantener andando una sociedad. La sociedad no se organiza únicamente en torno a la posesión de dinero. Es indudable la importancia del ganarse la vida, pero no de cualquier manera. Y socialmente hablando no puede ser el valor supremo la posesión de medios de consumo para un juez, un policía, un médico, un maestro, un artesano, un urbanista, un político, un servidor público, un militar, un científico, un ambientalista, un agricultor, un artista, un arqueólogo, un gastrónomo, un ingeniero. Y menos aún para un ciudadano. Un sistema político y social debiera estar formando valores sociales todo el tiempo. Es la garantía de su supervivencia. Al no hacerlo tenemos militares que espían para el enemigo, políticos corruptos y ladrones, jueces injustos, maestros descuidados. Todos en esa correteadera general en busca de la plata, pues que ésta es el valor supremo, y nada la supera. Poderoso caballero es Don Dinero.

¿Felicidad = Plata?

Y no es que no sea absolutamente esencial sobrevivir, vivir bien, realizarse, alcanzar la felicidad. Contraponer ambas cosas sería irreal y muestra de un pensamiento dicotómico que, por desgracia, parece presidir la lógica social. Pero cabe preguntarse si es para esto para lo que educamos a nuestros hijos. O si tomamos el rábano por las hojas, confundimos la velocidad con el tocino y hacemos nosotros mismos la ecuación de felicidad = plata. Me viene a las mientes la situación de un padre de familia cercano a mi entorno y de la que fui circunstancialmente testigo. Este caballero no es para nada una mala persona, más bien califica como padre amoroso y responsable y buen ciudadano. Y eso ya es decir en nuestra sociedad. Pero su hija, joven de 12 años, de tacos y brassiere - su desarrollo físico hace rato que dejó atrás el emocional - manifiesta directamente en una reunión familiar una actitud marcada de desprecio hacia los cholos y los pobres, que además pone en el mismo saco. La familia reunida mira al padre de la criatura. El atribulado señor, profesional capaz y empresario luchador y exitoso, sabe que algo debe decir, que algo tiene que responder, que hay que detener esa actitud, porque sabe que está mal, que es disfuncional. En cualquier caso, algo le repugna en esa actitud. Y encima, la concurrencia le observa. Abre la boca para decir algo. Y en ese momento se percata horriblemente que no tiene discurso, no tiene nada qué decir. Y balbucea ante los ojos de su hija. Ahogado él mismo entre las contradicciones en las que jamás ha pensado, carente de certezas propias y de herramientas intelectuales, se ubica en su verdadera realidad y retorna a la infancia cognitiva, y balbucea. Al final lo único que puede decir es lo único que realmente ha aprendido: Que eso está mal. Y lo único que tiene para respaldar tal aserto es la imposición autoritaria de su condición paterna. La hija semiadolescente se muere de risa.

Aprender a Hablar

El lenguaje que empleamos es el lenguaje que tenemos. Si balbuceamos, o si mantenemos silencio, es porque carecemos del lenguaje para expresar lo que sentimos o pensamos. Es lo que en otra parte de este artículo llamé las certezas y las herramientas, que siempre se expresan a través del lenguaje. Si carecemos de lenguaje lógico o afectivo es porque no lo hemos desarrollado. Si no podemos expresarnos sobre algo, no hemos aprendido nada sobre ese algo.

Quizá ahora entendamos algo mejor algunos de los contenidos que bienintencionados y a veces muy capaces especialistas incluyen en las currículas escolares, y el por qué están tan atiborradas de contenidos. Se trataría de la desesperada actitud de los pocos espíritus lúcidos que ven el huayco venirse y tratan de hacer algo al respecto. Nuestras currículas es seguro que califican entre las más completas del mundo. Queremos que nuestros alumnos sean matemáticos, historiadores, filósofos, ciudadanos, artistas, geógrafos, generosos, músicos, valientes, eruditos, traductores, solidarios, lingüistas, atletas, filólogos, astutos, comunicadores, militares, psicólogos, disciplinados, corteses, chefs, oradores, cibernéticos, científicos, diseñadores, economistas, etc., etc., etc. Todistas y a la vez especialistas. Lúcidos y a la vez aguantados. Qué distante de los medios de los que disponemos. Qué frustrante no poder lograrlo sino con un porcentaje ínfimo de la población. Qué poco práctico. Qué contradictorio en sus términos con lo que la sociedad plantea o con las necesidades reales. Quizá es hora de replantearnos para qué educamos a nuestros hijos, para poder así saber en qué los educamos.

Solucionática

Siempre hay quienes me piden soluciones a los problemas que planteo. En otras ocasiones he señalado que es papel de las autoridades dar soluciones, que para eso se les ha puesto allí. Cada vez que las autoridades exigen de los atribulados y problematizados ciudadanos que den soluciones a los problemas que padecen, con ese tonito de autoridad ofendida, tengo la sensación de que en realidad ellos no sienten que estén ahí para resolver problemas. No, que va. Ni el Sapa Inca ni el Virrey resuelven problemas – aunque los Sapa Incas y los Virreyes de nuestra historia con sentido de estadistas, sí lo hacían – sino que su agenda es otra. Y las elecciones y el cargo obtenido dizque democráticamente un pretexto para poder desplegar las plumas.

Recuerdo que una vez estuve escribiendo un libro por encargo. Un tomo de este libro empezaba con la palabra “Solucionática”. El neologismo es biensonante, y vale la pena recordar su origen, que en apariencia se remonta a un jugador brasileño de fútbol, conocido tanto por hacer goles en todos los partidos, como por la manera tan fea en la que jugaba., y ya sabemos que en Brasil el “jogo bonito” es parte de su personalidad nacional. Y cuando se le entrevistaba a dicho jugador, cuyo apodo era el de Dadá Maravilha (“Papá Maravilla”) y se le enrostraba la manera poco elegante de jugar fútbol, él señalaba muy suelto de huesos que no se trataba de hacer goles bonitos, sino que lo feo era no hacer los goles. En otra ocasión sesudos periodistas analizaban la “problemática” del fútbol, y Dadá Maravilha intervino señalando con desparpajo, mientras se golpeaba la pierna: Ya basta de problemática, yo aquí tengo la solucionática

Y por eso esto de plantear soluciones siempre me deja un regusto amargo. Es obvio que asumir la responsabilidad de plantear soluciones sin poseer la autoridad de aplicarlas es frustrante. Y a veces pienso que de eso se trata, de redirigir las energías de los ciudadanos de reclamar por respuestas que las autoridades – que nosotros pusimos ahí, recordemos – debieran proporcionar, a pensarlas nosotros mismos. Y a la hora de aplicar y presentar, verlas como son simplemente rechazadas de plano, encarpetadas, empleadas para sostener la pata cojeante de la mesa. Y sus autores quedan con un palmo de narices, con su tiempo perdido y sus energías malgastadas. Entonces para qué queríamos a las autoridades en primer lugar. Así que no pisaré el consabido palito sino de manera procedimental, es decir, no me centraré en el planteo de ideas que nadie va a implementar, sino en establecer ciertos parámetros de sentido común.

Sentido Común

Como Dadá Maravilha, pienso que no se trata tanto de jugar para la tribuna cuanto de hacer goles. Para hacer goles hay que estar en la cancha, que con eso te ganas el derecho de meter la cuchara en esto de las soluciones. Decidir para qué educamos implica primero meter en la cancha a todos los jugadores. Si dejas fuera a los jugadores estás en el papel de los que le quitan el timón al piloto en el momento de la emergencia aérea. Y los jugadores somos todos. Toda la sociedad tiene algo que decir acerca de la Educación, y no existen mecanismos para ello. Maestros, padres de familia, instituciones sociales, ciudadanos de a pie, todos tienen algo que ver. Esto es como el huayco que a todos aplasta sin hacer diferencias. Deberíamos empezar por crear mecanismos para sentar en la misma mesa a todos los actores sociales, y ponernos de acuerdo acerca de qué queremos. Tener una visión de sociedad, ya que no una predicción de futuro. Y contar con las percepciones ciudadanas y no solo con la visión de los especialistas. Entiendo que este hecho de por sí es peligroso, y será evitado por todos los medios, y si es permitido se relativizará lo más posible, y si no es posible relativizarlo se acallará. Pero que hay que hacerlo hay que hacerlo, como dijo el chico que puso el dedo para evitar que el famoso dique holandés no se viniera abajo. Y exigir acuerdos vinculantes, y los dientes para morder cuando no se cumplan. El que tenga Oídos, que Oiga. Y punto.