miércoles, 26 de octubre de 2011

CONTRA LA SOBREPROTECCIÓN




“La culpa de nuestro destino, querido Horacio, no es de nuestro destino, es nuestra” – William Shakespeare, traducción libre)

En general todos tenemos Miedo. Y no cualquier miedo, sino uno difuso, sin dirección ni brújula, análogo al que los niños sienten cuando de repente caen en que están en un entorno perfectamente desconocido, mirando a todos lados y sin ver nada que puedan identificar. El miedo se refiere a eventuales riesgos o peligros que deberemos enfrentar en algún momento, no sabemos muy bien cuales, pero estamos muy seguros que ahí están, y tenemos miedo precisamente porque aunque no sabemos de qué se trata, nos imaginamos los peores escenarios posibles, y así derivamos en la angustia, la ansiedad y el estrés.

Sobreprotección

¿Qué cuernos tiene todo esto que ver con la sobreprotección? Pues simple. Si le preguntamos a mamis, papis y profes la pregunta del profesor Jirafales: Por qué razón, motivo o circunstancia protegen a sus niños y niñas, nos dirán que es porque tratan de evitarles peligros, riesgos y daños. En principio muy bien, y con algunos centenares de miles de años de práctica, por lo que ha terminado por meterse en nuestros genes, resultando que aún el papi o mami más capaz de dejar que un pobre se le muera de hambre en su puerta siente la necesidad de proteger a su descendencia. También hay modos culturales específicos de proteger a la prole. En nuestra tradición nacional, que proviene - aunque a algunos no les guste - de la Grecia y Roma Clásicas intermediadas por las Españas y otros más, proteger a los niños y niñas es un trabajo parental con preponderancia materna, o quizá sea mejor decir femenina. Está asociada a la presencia materna, a la emotividad, contrarreflejada en el endiosamiento de la madre de cabellos canos, al matriarcado, a la tradición que se va y a los valores que siempre decimos es preciso recuperar. Así se configura en nuestras sociedades un fenómeno interesante, al que muchos personajes de gran lucidez se han referido de manera tan aguda como perfectamente inútil: La Sobreprotección.

Breve descripción irónica

Tratemos de describirlo para precisarlo. Que me perdonen si me pongo irónico, pero no es para menos. Las mamás les ponen chompas a los niños cuando ellas tienen frío. Hay niños que salen en la mañana con cuatro camisetas, una encima de la otra, un día de sol, pues podrían atrapar un virus y fallecer de pulmonía o tuberculosis. Hay niñas y niños que conocen la calle solo por foto, pues no se les permite salir a ella por estar erizada de violadores, asaltantes, asesinos, combis asesinas y contaminación ambiental. Hay niñas y niños en hogares que parecen restaurantes, pues no comen la comida del día que no les gusta, y los hogares se transforman en restaurantes con menús a la carta. Hay niños y niñas de cierta edad a los que no se les permite usar los muy peligrosos cuchara y tenedor, y ni mencionar los afilados cuchillos, y para evitar la posibilidad de cortes se les pone el alimento en la boca, y si se puede previamente masticado. Hay niñas y niños que no pueden aprender a caminar pues cada vez que lo intentan hay papis, mamis y amas de cría que temen que se caiga y se haga daño. La enfermedad, en esta época de virus y microbios – perdónenme, tengo entendido que todas las épocas han tenido sus microbichitos – acecha a niñas y niños, así que se les atiborra de vitaminas y minerales – que están y siempre han estado en los alimentos que no comen porque no les gustan – y de remedios y programas de Salud que se emplean rarísima vez, pero que se pagan religiosamente todos los meses. Como los niños y niñas pueden llegar tarde al colegio y eso es terrible, “se gana tiempo” vistiéndolos. Como pueden hacerse daño con las esquinas de las mesas y otros muebles – artilugio malvado inventado por los ebanistas para dar chamba a los médicos – entonces que ni se encaramen en una silla ni caminen ni salten, no sea se claven y mueran. Juro y prometo que he visto mamis, tías y abuelas aparecer como un pelotón de Fuerzas Especiales para cubrir con las manos las esquinas de las mesas cuando un chico de 10 años pasa a unos 50 centímetros de distancia. No se permite a niñas y niños bajar o subir la escalera sin una mano de apoyo o un paracaídas, porque las escaleras son inclinadas, y hay que defender a los niños de la fuerza de la gravitación universal. No se enseña hoy en día la costura y el tejido, enojosos procesos que quitan tiempo al iPod o al Wii, y que exponen a los chicos a las riesgosas agujas y palos de tejer. Se cubren los tomacorrientes con adminículos plásticos especiales para que no introduzcan los dedos en un arranque de investigación científica. No se permite a los chicos el complejo proceso de cruzar la pista, a no ser tomados de la mano, aunque el vehículo más cercano sea una carreta de caballos a una milla de distancia. El montar bicicleta es un deporte en vías de extinción, pues hay riesgo de caídas con raspones o de chancado por un trailer de 90 toneladas que justo podría pasar por ahí.

Suficiente de ironía. Es verdad que los chicos necesitan protección, eso ni qué dudarlo. Nunca me falta quien me toma el rábano por las hojas y piense que cuando abogo por algo, me voy al otro extremo y quiero matar criaturas. Ya pues, no soy extremista. Hecha esta acotación sigo con el tema.

Hablemos sin Anestesia

La sobreprotección impide que los niños y niñas vivan experiencias habituales e ineludibles que comporten su adecuada socialización, de acuerdo a su entorno y a los años de vida que tienen. Sin entrar en tanto barullo conceptual, la Socialización es, básicamente, el proceso de adquisición de conductas, costumbres y valores – sí, valores, esos que dicen que se han perdido – propios del grupo en el que se ha nacido, en el que se vive y en el que con toda probabilidad se seguirá viviendo. Por eso existe la Educación, proceso con el que la Sociedad retransmite sus valores a través de las conductas y costumbres que efectivamente existen y pasan de generación en generación. Esas costumbres y conductas no son intercambiables con los de otras culturas, sino que constituyen el mismo meollo del cómo los niños y niñas se relacionarán con sus pares, sus mayores y menores; así como con los diversos grupos y subgrupos que conforman la sociedad. Son experiencias ineludibles, que no pueden pasarse por alto. Los niños las vivirán, si no cuando deben pues después, cuando sean púberes, adolescentes o jóvenes. Pero sin protección, desnudos de habilidades y con sus propios y escasos recursos.

Pobrecitos, mis calzones

La sobreprotección solamente protege a los niños de una cosa: De experimentar la vida. A vivir se aprende viviendo, y la falta de experiencias no es, como vemos, producto de la casualidad o de que el planeta Tierra esté inclinado. Reconoce una causa, y esta causa es la sobreprotección que se viene instalando en nuestros códigos culturales. ¿Es tan mala, desagradable y horrible la vida que tenemos que proteger a nuestros vástagos de ella? No hablamos aquí de los excluidos, que por serlo precisamente padecen cortapisas en sus posibilidades de vivir una vida plenamente humana, que sí se merecen una protección que la sociedad les niega. Los ciudadanos quechuahablantes, indígenas, afrodescendientes, discapacitados, mujeres u homosexuales son exceptuados de amplios aspectos del ejercicio de la cultura de la que técnicamente forman parte. No es nada casual que una de las primeras reacciones de un ciudadano promedio frente a la conciencia de la exclusión en una persona concreta sea decir “pobrecito fulano, es negro, indio, maricón o ciego”. Digámoslo de frente, no son “pobrecitos”, son excluidos, que es algo muy diferente, y a lo que sí se le puede poner remedio. Este trato es continuación de la manera en que nos referimos a los niños y niñas cuando se caen y se raspan una rodilla, o cuando lloran porque la comida no es la que ellos les gusta: “Pobrecito mi hijito”. Para decir qué pienso al respecto emplearé una expresión italiana de la edad media: “Pobrecitos, mis calzones”.

Dejémonos de coartadas y racionalizaciones, de justificaciones y chantajes emocionales, de evasivas y angustias. El adulto es adulto precisamente porque es autónomo, es decir porque ha adquirido y emplea plenamente esas habilidades sociales que los niños deben aprender para integrarse a la sociedad. Mucha verdad decía un mi amigo hace luengos años, cuando ya jóvenes adultos criticábamos esta trama social: “En el Perú la adolescencia dura hasta la vejez, por lo menos”. Crecer es una chamba a la que la sobreprotección se opone. Abundan pobrecitos manganzones de 25, 30, 35 y 40 años que aún esperan que les tiendan la cama y que venga mamá a hacerles la comidita, que no saben valerse por sí mismos porque se les enseñó en la práctica desde mocosos que mamá estaba ahí para atenderlos. La invalidez emocional se aprende, la dependencia se instila, y es funcional porque resulta muy conveniente para todo el mundo: Para cubrir la necesidad de mamis y papis de licuar su ansiedad frente al futuro, por ejemplo para asegurar la pensión de vejez que el estado y la sociedad niegan; así como para los liderazgos sociales, políticos y económicos, pues mientras más minusválidos emocionales seamos más fácilmente manipulables seremos; e incluso para los dependientes mismos, ya que es más fácil echarle la culpa de nuestras desgracias y problemas a toda suerte de entidades metafísicas, como la educación, la historia, la Iglesia católica, el comunismo, el neoliberalismo, la novena sinfonía o la perestroika, y justificar nuestro inmovilismo mientras esperamos la gloriosa venida de la autoridad que resolverá nuestros problemas. Así nos quedamos insertos en la espiral de nuestros Miedos, que además pasamos a nuestros hijos.

Fenomenología de la Sobreprotección

La razón por la que el adulto sobreprotector sobreprotege es sencilla: Para licuar su propia ansiedad, su propia angustia y sus propios miedos. La posibilidad de que los miedos se corporicen en algo concreto que me afecte es lo que me quita el sueño. La lista es inmensa: Desempleo, Inflación, Terrorismo, Epidemias, Rayos Ultravioleta, Transgénicos, Tránsito, Delincuencia, Corrupción, Narcotráfico, Bombardeo meteorítico, etc, etc, etc. Pero todo esto son conceptos, y nada más que eso. Sus expresiones en la realidad que vivimos sí pueden revestir mayor o menor gravedad en el tiempo, y cuando la tienen se enfrentan conociéndolos y arbitrando medidas específicas para resolverlos o al menos paliarlos. Eso es lo que los adultos hacen frente a los problemas. Pero nos llenamos la cabeza de temores, dejamos de pensar y nos angustiamos en nuestra dependencia.

Un meteorito podría caer sobre mis retoños justo cuando salgan a la calle mañana en la mañana. Podría ser muy grande y acabar de paso con toda la vida en el planeta. Podría ser. Pero no necesito ser astrofísico para que la experiencia me diga que no es común que caigan meteoritos, por lo menos no en Barranco temprano en la mañana. Sabemos que cae un meteorito que hace chichirimico toda la vida del planeta una vez cada cierto número de centenares de millones de años. No es que no pueda pasar. Pero la gente no deja de salir en las mañanas porque puede caer un meteorito. Que el riesgo existe, claro que existe. No hace tanto cayó un meteorito en el mero Nueva York y otro en Puno. Pasa todo el tiempo. ¿Es eso motivo para que mis hijos no vayan al colegio, o vayan con una escafandra metálica?

Aparte del cálculo inteligente y sensato de los riesgos realmente existentes, lo demás es puramente miedo, y el miedo, como mencioné en mi artículo “Miedo” en este Blog, es básicamente irracional, es decir, no piensa. Si bien es cierto hay riesgo en todo lo que pasa y en todo lo que hacemos, cualquier persona con una ñisca de cerebro se tiene que dar cuenta que todo el mundo se hinca con la aguja cuando aprende a coser, y que todos los niños derraman la comida cuando aprenden a comer, y que cuando hace sol la chompa de más solamente le dará más calor e incomodidad porque no sabrá qué hacerse con ella. Luego usted lo resondrará por perder la chompa, el círculo de su angustia se cerrará  e iniciará otra vuelta, y ahora usted tendrá miedo de que pierda la ropa, y se la amarrará. Todo se aprende, porque todo necesita aprenderse, y todo aprendizaje tiene un costo.

La reacción desmesurada del adulto procede de ciertos condicionamientos culturales que no carecen de importancia, porque como hemos visto, no es que no haya riesgo. Así que, señora, no se vaya al otro extremo y suelte a su hijita cuando cruza la pista porque tiene que aprender a cruzarla. El aprendizaje viene solito en muchas cosas, pero no en las cuestiones culturales. Para que aprenda, al niño hay que enseñarle, y su primer deber, señora, es superar sus propios miedos irracionales y meterles principio de realidad. El carro te puede chancar, sí. Y si chanca, duele harto. Pero no si está a dos cuadras y va despacio. Entre las muchas formas que tienen los niños para aprender está el muy potente instinto de la imitación – lo que llamamos ejemplo -, y si la ven a usted cruzando como loca la pista por el medio de la calzada, de nada vale que la agarre de la manito. No solamente le enseñó usted a su hija que es una tonta que no puede cruzar sola una calle, le enseñó también que SU autoridad de usted es más importante que lo que ven sus ojos de ella, y además le enseñó de qué manera le podrá sacar de quicio y sacarle la vuelta cuando sea adolescente, le pase la factura, y se zurre en todo lo que le dijo durante catorce o quince años. Eso sin contar la contradicción en la que ha caído entre su discurso y su conducta, que la niñita mira con toda claridad, y que introyectará y repetirá. Pero aunque no hubiera contradicción, todo lo demás sigue ahí.

Atarse los cordones de los zapatos, o abotonarse, por ejemplo, son operaciones importantes para la adquisición de ciertas destrezas motoras. Si usted le abotona y le ata los cordones durante, digamos, cinco o diez años, lo que no es nada raro ¿se puede saber cómo y cuándo va a adquirir el retoño esas habilidades motoras? Eventualmente lo hará de todos modos, tanto porque usted no estará ahí todo el tiempo para abotonarle, como porque los niños no son idiotas, y terminan por hacer lo que tienen que hacer, aunque, claro, usted no lo supo proteger del retraso motor que ahora sí tiene. Y empleo adrede la palabra retraso precisamente por el sacrosanto terror que despierta, porque es parte de la sobreprotección ese miedo al “retraso”, del que el peor de todos es el miedo al “retraso mental”, que causa precisamente lo que trata de evitar. Además está el tema de la autoestima. Un chico que no sabe abotonarse o atarse los cordones de las tabas lo tendrá que intentar cada vez a que se le desabotone la camisa o se le desaten los zapatos. Y no todas las familias sobreprotegen, o no lo hacen tanto como usted. En un entorno en el que todos saben abotonarse y su retoño no, la autoestima de su vástago termina en el basurero. Aunque usted no lo crea.

Desmesura y desorganización

El problema es que los adultos que sobreprotegen no están pensando, y no lo hacen porque no se lo enseñaron en su momento, de repente por sobreprotección, ya sabemos que el pensamiento puede resultar peligroso. Pero la capacidad de pensar es algo que viene dado en el cerebro, y a pesar que nos esforzarnos durante años por destruir esa capacidad seguimos pensando, y tan mal no lo hacemos en muchos aspectos. La cosa es llevar la capacidad de pensar donde sea útil. Sea usted sensato(a) y no se desorganice. No me venga ahora con el sentimiento de culpa, dé violentamente marcha atrás y quiera empezar todo de cero, como si en cinco minutos y con palabras fuera usted a arreglar las tamañas metidas de pata que ya cometió. Respete a sus hijos y quiéralos como son, que después de todo si son como son, la responsabilidad es suya. Pero no tiene que conformarse, piense qué hacer y cómo hacerlo. Y cálmese, recuerde que el enemigo es la ansiedad, no los chicos.

Ansiedad

Es que el problema, señoras y señores, no lo tienen sus hijos. Los tiene usted. No son tantas las personas que hayan vivido tan tremendas experiencias que lleven a sobreproteger a la descendencia para compensar el propio temor, aunque es verdad que abunda eso de “que tenga lo que yo no he tenido”. Incluso de ser el caso se puede entender, aunque no justificar, pero cuando menos habría algún asidero real. Se equivocarían igual o peor, pero tendrían disculpa. El problema es que en la gran mayoría de los casos no es así.

El origen de la sobreprotección a niñas y niños puede hallarse en cómo enfrentamos nuestros problemas cotidianos. La sensación de inseguridad reinante es fomentada desde los medios de comunicación y tiene su propia agenda, pero hay base real en la profunda impotencia que los padres y madres sienten frente a las tensiones de no saber si habrá trabajo o ventas hoy, mañana, la otra semana o el próximo mes y año, si habrá qué comer mañana o el próximo mes, si alcanzará la plata para pagar los dos o tres préstamos bancarios en que se incurrió para tener un techo encima o para educar a los hijos, si remitirá algo el maltrato diario que se vive en las ciudades – tránsito, delincuencia, contaminación, corrupción -, si el matrimonio o la convivencia funciona o es un asco, si …..

Hay tantos condicionales en nuestra vida que en realidad no debería haber ironizado tanto alrededor de este tema, y hasta un poco me arrepiento de haberlo hecho. Nuestra cultura entera está enferma de ansiedad y estrés, y es humano que tratemos que ese estrés y esa ansiedad no pasen a los hijos, aunque nos equivoquemos de medio a medio en el cómo hacerlo, y creemos que no lo hacemos cuando es precisamente lo que hacemos. Es que nadie nos enseñó y tenemos que aprenderlo sobre la marcha. Lo cierto es que las personas, en especial aquellos que nos entendemos como contestatarios de la sociedad, tenemos que reaccionar contra este rasgo constitutivo de la vida social, de manera inteligente y proactiva.

Colofón

Parece que tenemos entre manos un problema social grave, e incluso de Educación y Salud Públicas. Hay demasiadas consecuencias de la Sobreprotección que se reflejan socialmente: La obesidad infantil, la malnutrición, el problema adolescente en general, el embarazo no deseado, el consumo de drogas y alcohol, y muchos otros males sociales tienen indudablemente en la sobreprotección uno de sus determinantes. No es entonces cosa únicamente individual, aunque es obvio que las personas algo podemos hacer al respecto.

Para dejar de sobreproteger a los niños y niñas hay que empezar por que los papis, mamis y demás educadores enfrenten sus propios temores. No le podemos dejar más eso a los libros de autoayuda. Nada se transmite que no se posea. Si lo que me manda es la ansiedad, pues eso transmitiré. Si lo que me manda es la sensatez, eso transmitiré. Puedo hacer las cosas mejor con mis hijos, pero tendré que asumir las cosas de manera diferente, más comprometida conmigo mismo, con mi sociedad y con mi descendencia. El amor es una cosa muy buena, y empieza con un sensato amor a sí mismo, porque si yo no estoy bien, mis hijos no estarán bien. Empecemos por deconstruir esos temores que nos acosan, deshagámonos de ellos afrontándolos con energía y madurez, y tomemos la vida con un poco más de calma. Es parte del reto de estar vivo. Vivamos para verlo.

P.D. Sospecho que seguiré escribiendo sobre esto. Que me perdonen mis lectores, pero el tema da para mucho más.

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