martes, 16 de octubre de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 10: LECTURAS DES-AGRADABLES

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CRÓNICAS DE LECTURAS – Diez
Lecturas des-agradables

I
Des-agrado y complejidad

A mí me gusta leer todo, y de todo. Pero hasta en el Paraíso de Adán y Eva se coló una serpiente, así que no extrañe que haya algunos libros que no solamente no me gustaron, sino que su lectura se me hiciera tan fastidiosa que incluso tuviera que abandonarla. No es ello culpa de los autores. A veces me he forzado para terminar de leer un libro, pensando que la disciplina de terminar una lectura que se te hace desagradable puede ser rendidora desde el punto de vista del desarrollo de ciertas habilidades. Es así que de las cuatro lecturas que ubico como desagradables para mí, llegara a terminar una, y aunque el resto aún no me ha derrotado, dudo mucho que las reemprenda a estas alturas, aunque mientras hay vida hay esperanza. Lo más seguro, como se dice, es que quién sabe. Me ha ocurrido que ciertos libros que me parecieron francamente insoportables en una primera aproximación, tras un ligero esfuerzo “se me arreglaran”. En todo caso, creo que es posible ubicar la “lectura des-agradable” en función de ciertas características del lector y del texto. Si algo es “des-agradable” de leer, es posible que el hecho esté asociado a las dificultades para leerlo. Lo que resulta interesante a mi entender es entonces indagar qué hace que una lectura sea difícil, y cómo la dificultad la hace des-agradable. Ello se relaciona en directo con la formación de hábitos lectores, así como con las habilidades de decodificación y comprensión, o con qué tipo de lecturas son las más recomendables en determinados casos. Estos son temas de “palpitante actualidad” (perdónenme el ripio) para los profesores e interesados en que la lectura sea algo más que un indicador para quedar bien en la lista de PISA. Y así en frío podemos decir, por ejemplo, que la “lectura por obligación” es por definición más difícil que la lectura por elección. 

Por otro lado, cuando uno menciona que tal o cual libro o autor no le gusta, como que queda bonito el decir que se le ha leído. Se piensa, y no es errado, que debe haberse leído a alguien antes de declararlo un tal por cual. La Literatura, a diferencia de la Historia, las Matemáticas, la Física o la Filosofía, tiene por supremo juez al lector vulgar y corriente, pues después de todo lo que se busca en la obra literaria es muy diferente de lo buscado en un Libro dedicado a una disciplina cualquiera. Un libro de Matemáticas no tiene obligación de ser bonito o agradable. Para que califique como un buen libro de matemáticas debe cumplimentar las normas propias de esa disciplina científica, y si además, es “bonito” y/o “bien presentado”, ello aumenta su calidad al darle no solamente valor científico, sino además pedagógico. Don Aurelio Baldor y sus celebérrimos textos de Matemáticas no serían tan bien considerados si sus ecuaciones trigonométricas o sus ejercicios presentaran errores, y por más lindo que sea tendríamos que desecharlo. Pero es obvio que en este caso se da la conjunción de la validez científica con la calidad del lenguaje y de la edición. Además, este hecho es menos notable en un texto de Lógica Formal que en uno de Historia o Ciencias Sociales. Un caso al respecto es la monumental obra de Winston Churchill, La Segunda Guerra Mundial, que a más de poseer datos e informaciones de primera mano, está además escrito en una prosa de magnífica factura, que le valió a Churchill el Premio Nobel de Literatura. Un lenguaje elegante y/o interesante y/o accesible coadyuva al éxito de un texto, así sea de matemáticas, economía o química. El éxito se mide de maneras muy curiosas, y tal vez los textos clásicos de Economía y Administración de Paul Samuelson, Curso de Economía Moderna; y de Harol Koontz, Cyril O´Donnell y Heinz Weihrich, Elementos de Administración, pueden ser ejemplos interesantes. Es indudable que podemos entender mejor textos especializados si están presentados de manera que aúnen la solidez científica con la propiedad en el uso de la lengua, y en este caso estaremos frente a un manual o texto adecuado a los fines del aprendizaje. Pero los libros especializados no se venden masivamente, sino que los adquieren solamente los que los requieren. 

II
El Tambor de Hojalata (Günther Grass), Opiniones de un payaso (Heinrich Böll);

Que Dios y el buen Günther me perdonen, el Tambor de Hojalata es una novela bien escrita, pero que tiene una trama tan detallada, enrevesada y repleta de alusiones, guiños y referencias a la germanidad de las primeras décadas del Siglo XX, que mi latinidad, seguramente demasiado naïve, terminó por considerarla absolutamente insoportable. Y ojo que me di el trabajo de leer completamente y con la debida atención todas y cada una de sus interminables 400 y pico páginas. A la página 50 ya la trama me tenía hasta la coronilla, así como la manera de contarla, y me convencí que si quería saber cómo se vivía en Königsberg durante el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, me sería más útil un libro de Historia. Pero dudé en dejarme vencer por este libro. Ciertos autores y obras, que según yo empiezan “mal”, luego “se arreglan”. Viví en esto las experiencias posteriores de Asesinato en la Gran Ciudad del Cusco, de Luis Nieto; y de Yo me Perdono, de Fietta Jarque. En todo caso, si iba a desechar a Günther Grass, lo menos que podía hacer era hacerlo con conocimiento de causa. Ello me preocupó lo suficiente como para preguntarme por qué emprendí la lectura de este libro, y la respuesta fue doble: era barato – formaba parte de una colección de autores contemporáneos – y años atrás había visto la película, que me había gustado mucho. Pero ni el precio se justificaba, ni veía la película por ninguna parte de la para mí farragosa y demasiado florida prosa de Grass. Aún así, terminé el libro, lo cerré con enorme alivio, y lo guardé pensando que su lomo quedaba bonito en el estante como adorno, porque la probabilidad de que volviera a abrirlo era mínima. Y así lo dejé reposar en su estante per sécula seculorum, moviéndolo solamente para mudarme de casa. Y sé que soy injusto, y sé que no debería largarme a decirlo, y sé que es muy probable que me equivoque, y que entre las consecuencias de dicha equivocación arriesgue el que los miembros del club de fans de Günther Grass me declaren persona non grata, pero qué quieren, pues, que les diga, si la vida es así.

Algunos, varios, en realidad muchos años más tarde volví al tema en circunstancias parecidas. La cosa era otra colección, donde figuraba el libro Opiniones de un Payaso, de Heinrich Böll. No sé si entre Grass y Böll haya algo en común fuera de ser alemanes, y no asocio necesariamente aburrimiento con germanidad, atendiendo en especial a que nunca había leído a Böll, y sentía cierta curiosidad. Los recuerdos se difuminan, y de mi lectura de Grass sólo me quedaba el vago recuerdo de que no me había gustado. Y esto de que un libro no consiga interesarme, vamos, es un espanto, peor aún si consigue derrotar mi capacidad de leer y comprender, lo que por cierto no me pasó con el Tambor. Además, ni Grass ni Böll son escritorzuelos cualesquiera, están bien considerados como novelistas y si algo les ven tantos, pues por algo ha de ser. Seguramente – me dije - mi mala experiencia con Grass debía atribuirse más a mi superficialidad e inexperiencia y/o a las circunstancias vitales que rodearon la lectura del Tambor. Así que me decidí por un nuevo intento, tratando de no asociar al susodicho con Heinrich Böll, y pasé de nuevo al ataque. Compré las Opiniones de un Payaso, las coloqué en mi mesa de noche, y leía algunas páginas justo antes de dormir. Craso error. Aunque las Opiniones de un Payaso eran bastante más potables y digeribles que el Tambor, tanto en la forma como en la trama, menos ambiciosa y más centrada, sin embargo sentía el germano testimonio de Böll tan ominoso como el de Grass. Los códigos de esa germanidad de la que había tenido tan devastadora experiencia me pasaron factura asaltando mis sueños nocturnos, y el fracaso existencial del payaso de marras se infiltró en mis contenidos oníricos. Vale decir, el Payaso se me mezcló con el Tambor, y que Freud, Jung o Bleuler traten de explicarlo si pueden. Habiendo pasado por la experiencia de Grass y su Tambor, las vicisitudes laborales, matrimoniales y religiosas del Payaso me dejaban, más que frío, deprimido. Perdí el interés, no quise leer más. Me imaginé que si yo fuera alemán o por lo menos europeo, probablemente la obra tal vez me daría para más, pero la verdad desnuda es que llegué hasta la mitad. Creo que la germanidad, sea ésta lo que sea, se me escapa. Espero que los fans de Böll, de Grass y de la germanidad me perdonen el pecado de lesa cultura.

III
Fenomenología de la Percepción (Maurice Merleau-Ponty) y la lectura rentable.

Pero existe un libro que me ha derrotado en toda la línea, y ese es la Fenomenología de la Percepción, de Maurice Merleau-Ponty, y no siento vergüenza alguna de confesarlo. Reto al más pintado de los lectores experimentados a emprender la lectura de este libro, a entenderlo plenamente desde el principio hasta el final. No es que no se pueda hacer, es que posee gran densidad – muchas ideas en pocas palabras – en su redacción y conceptos, y puede compararse a abstrusos textos análogos, como los de Martin Heidegger, por ejemplo. El que esto escribe tuvo la suerte de leer a Heidegger en una obra densa pero de corta extensión: ¿Qué es esto, la Filosofía?  de la Editorial San Marcos, y he de decir que si bien era difícil de leer, el hecho que fuera delgadito ayudó muchísimo a asumir que interpretar sus pasajes complejos no me llevaría la vida entera. Es que la percepción cinestésica de un libro determina cómo se le lee. De hecho, vemos y sentimos el grosor del libro antes de leerlo, y mientras leemos vamos prediciendo más o menos cuánto nos llevará leerlo, y ello, unido a la dificultad conceptual intrínseca de leerlo abona al famoso enfoque abajo-arriba (Del texto al lector) que determina la “lecturabilidad” de un texto. El ¿Qué es esto …? era delgadito, podía preverse que cualquier dificultad que presentara sería de corta duración. Aunque la percepción de la extensión de un libro puede ser inconsciente, desde que lo tenemos en las manos o abierto frente a nosotros, en este caso se me volvió tan consciente como un queco en plena cara. Es que tomamos decisiones respecto a la lectura llevados no sólo del texto mismo, sino de otros elementos de “rentabilidad”, como el tiempo disponible y la capacidad lectora a invertir. Es decir, encontramos el enfoque de “lecturabilidad” de arriba-abajo (Del lector al texto). Nuestra percepción de la necesidad de leer este libro en específico nos hace invertir más o menos recursos personales en él. Si algo me molestaba del Tambor de Hojalata, mencionado líneas arriba, era que sabía que tenía unas 200 páginas de más de lo mismo, pero es que no era tan difícil de leer como la Fenomenología … así que pasaba piola. Imaginémonos lo que pasa cuando tomamos un señor mamotreto como el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora, cuyas dos mil o más páginas auguran seguro desastre de no ser porque es un Diccionario, no se supone que uno se lo lea todo, sino que lo consulte. Qué alivio. Hay una relación entre el interés que despierta cierto libro en relación con la cantidad de páginas que te esperan, más su dificultad en leerlo. Viene a mi mente el caso diametralmente opuesto de un best-seller en inglés, The Far Pavilions, de M. M. Kaye, cuya apasionante trama, aunada a un profundo conocimiento del autor sobre la India de la Rebelión de los Cipayos, más un agudo uso del idioma inglés – una de mis intenciones al leerlo era mejorar mi inglés, y tuve éxito – determinaron el pleno disfrute de todas y cada una de sus 1189 páginas, en una edición de bolsillo, es decir de letra chiquita y sin figuritas. Con este libro incluso pasé por esa extraña sensación de desasosiego y decepción proveniente de que terminase “tan pronto”. Bueno, así es al derecho, y parece que así es al revés también.

Y no es que Fenomenología de la Percepción tenga una enorme extensión, en realidad es un libro bastante normal, de unas 460 páginas, y yo ya había emprendido antes lecturas filosóficas análogas, algunas verdaderamente complicadas, como Así Hablaba Zaratustra, de Federico Nietzsche; El Conocimiento Humano de Bertrand Russell; La Fe Filosófica frente a la Revelación de Karl Jaspers; el Leviatán de Thomas Hobbes, o la densa Historia de la Lógica Formal de I.M. Bochenski. No era yo un principiante ni tenía motivos para creer que esta lectura presentara mayor dificultad que otras. Pero cuando hice las primeras 65 páginas de Merleau-Ponty … me encontré con la curiosa sensación de que aunque podía, también no podía; y de que si quería, también no quería. Para ejemplo, un botón: “La pura sensación, definida por la acción de los estímulos sobre nuestro cuerpo, es el “efecto último” del conocimiento, en particular del conocimiento científico, y es gracias a una ilusión, por otro lado natural, que la colocamos al principio y la creemos anterior al conocimiento”. Sean mis lectores indulgentes y traten de mirar este problema desde la perspectiva de la “economía” de la Comprensión Lectora. La Comprensión es relativa a tu habilidad como decodificador. Es decir, si el vocabulario, la sintaxis o el registro son complejos, tu dificultad en decodificar será mayor, y por ende mayor el esfuerzo a invertir. Una consecuencia es que mucha tendrá que ser tu motivación para continuar esa lectura. Igualito pasa con las dificultades conceptuales en relación al tiempo que le dedicas, y a cómo lo ordenas. Si como lector yo debía detenerme a comprender el significado y sentido de oraciones como la transcrita, dado que casi todas se preveía eran más o menos así … ¿pues cuánto me demoraría en leer, de verdad, ese libro? ¿Y cuánto esfuerzo intelectual podía en realidad dedicarle? No era lectura “de transporte público” ni podía impunemente interrumpirse en un punto para retomarlo horas más tarde. Requería volver a páginas anteriores, meditarlo, trabajarlo. Además no lo leía por cumplir con obligación académica alguna, era por así decir el “libro de la semana”, sobre un tema que me interesa - la percepción- y me daba acceso a la fenomenología de Husserl. Vi que su lectura requería subrayado, glosas, fichas, anotaciones y organizadores visuales. Tras las primeras 65 páginas podía medir cuánto tiempo y esfuerzo debería invertir, pero no tenía claros los eventuales beneficios que me reportaría esta lectura. Tenía otras cosas qué leer, algunas obligatorias. Por otra parte, el esfuerzo de entenderlo era útil, aunque preveía que debería repetirlo oración tras oración, párrafo tras párrafo, capítulo tras capítulo, durante 463 páginas. De hecho, sentía que esta lectura no era exactamente “rentable”. Cuando leemos atendemos a conjuntos de signos colocados consecutivamente, cuya comprensión depende de la rapidez y eficiencia de la decodificación, y si debía detenerte tanto tiempo y dedicar empeño a decodificar la gramática y a comprender el sentido, el ulterior proceso de predicción de lo que lees se te entorpece y dificulta. En conclusión, la Fenomenología se hacía esfuerzo de largo aliento, que no me era posible emprender plenamente en mis circunstancias del momento. Y con un relativo dolor de corazón, decidí dejarlo para emprenderlo después. No dudo que la Fenomenología de la Percepción sea más accesible a especialistas, o, con el tiempo debido, a personas de medianas cultura y capacidad de comprensión, la que indudablemente saldría muy reforzada. Pero ni soy especialista, ni tenía el tiempo. Y narro todo esto tratando de distinguir por qué una lectura puede hacerse des-agradable, tanto desde el punto de vista del texto (enfoque abajo-arriba), como desde el punto de vista del lector (enfoque arriba-abajo) y tratando de relacionar esto con la motivación.  Es curioso que otro libro de dificultad análoga, El calendario Inca, de Tom Zuidema, muy extenso y complejo conceptualmente, no me produce la misma sensación de “falta de rentabilidad”, y no me arredra continuar su lectura – y eso que tengo que devolverlo a su propietaria cada cierto tiempo. Pero me queda claro que en este caso percibo la utilidad de pasar por el aro y mido con otro rasero la economía de la comprensión lectora.

IV
Moby Dick (Herman Melville)

Böll me aburrió, Merleau-Ponty no era rentable. Dos buenas razones para dejar de leer. Pero mi historia con el clásico Moby Dick es bastante menos clara. De entre las muchas obras que se consideran importantes o clásicas – 1000 libros que leer antes de morirse uno -, nunca había intentado ésta hasta que me obsequiaron el libro. Por supuesto, estaba al tanto de la trama y había visto dos versiones en cine, una con Gregory Peck, y otra con Patrick Stewart como el Capitán Ahab. Los temas vinculados al mar me apasionan particularmente, y puede que lo mejor que haya leído en cuanto a este género sea Capitán de Mar y Guerra, de Patrick O´Brien, también llevada a la pantalla con éxito y mucha propiedad. Pero leer Moby Dick era otra historia. Entre las consignas que uno trae cuando lee puede uno echarse a la busca de contenidos simbólicos, metafísicos y filosóficos; del mismo modo que se podría buscar cuántos pronombres relativos tiene un texto. Es decir, la intención que determina una lectura es uno de los determinantes del interés y la motivación. En este caso me ocurrió como con algunos profes fanáticos de la literatura del Virreinato del Perú, que conocen a Juan del Valle y Caviedes y su Diente del Parnaso, y que ríen con dicha obra, pero que no consiguen compartir la gracia porque nadie más entiende el chiste, aún en el caso de leerlo. Y el problema es que yo parezco estar entre aquellos que no le encuentran la gracia a Moby Dick. Es decir, tampoco, tampoco, pues como relato se deja leer, y como historia no está nada mal. Pero es que ya sé en qué termina el cuento: la ballena gana, el Pequod se hunde, Ishmael es el único sobreviviente. Y tal vez mi error sea que traté de encontrar los tres pies del gato. En la búsqueda intencionada de guiños, anáforas y referencias del texto, me quedé desnudo. Nanay, naranjas, ñangas, no encontraba nada de esa supuesta profundidad filosófica que me habían vendido. Así que puedo decir, como se dice en el Perú, que me quedé en medio de la mismísima calle. Por más que trataba de ver lo que tuviera entre líneas, para mí seguía siendo la anécdota: La historia de Ishmael, muchacho que se embarca en un barco ballenero, un muy rayado capitán, las aventuras … pero ¿el sentido de la existencia? …. ¿las claves de la comprensión del proceso de iniciación? … ¿… el sentido de la vida …?. Taque no, no los veía, ni aún los veo. Y como sé cómo termina, bueno, pues aún no lo he terminado de leer …

¿Qué diagnóstico puedo hacer de mí mismo con respecto a este libro que me sigue mirando burlonamente desde el librero? Lo he puesto ahí a sabiendas, entre Edgar Allan Poe y George Orwell, para poder atacarlo en cualquier momento, que nunca llega. He leído de Herman Melville el cuento del notario autista Bartleby, recomendado y proporcionado por mi amigo Rafael Moreno, que me encantó. Pero soy consciente que al amigo Bartleby no traté de hallarle nada fuera del disfrute de una historia bien contada, y es que eso fue lo que Rafael me vendió. Vale decir, y a modo de hipótesis, tal vez las expectativas que se venden a los potenciales lectores respecto de una obra determinada determinen sus reacciones. Antes de la obra leí comentarios sobre la obra. Por cierto, las editoriales dan información en las contratapas y en la publicidad, precisamente para vender las obras. Moby y Bartleby son del mismo autor, y el uno me encanta mientras el otro me desalienta … “curioso y más curioso”, como dice Alicia en el País de las Maravillas. Y asimismo, no puedo dejar de pensar que nuestros escolares enfrentan sin anestesia libros que son supuestamente interesantes… en la mente de los burócratas del Ministerio de Educación, de los profesores de Comunicación que arman el Plan Lector, o, Dios nos asista, de los superdotados de los organismos intermedios, vulgo UGELES.  No me extraña que Otra vuelta de tuerca, de Henry James; o Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, se encuentren en la mente de muchos alumnos en la misma situación en que yo tengo a Moby Dick, es decir, en un stand-bye que bien puede convertirse en permanente. La transmisión del entusiasmo que despierta una lectura no es automática de persona a persona. Las expectativas no saltan con resúmenes de contratapa, o con comentarios del sentido que pueden tener ciertas obras literarias. Así como hay motivaciones positivas las hay negativas, y quizá la más insidiosa sea la de las expectativas. Poner demasiado en una lectura suele acabar en aburrimiento, decepción o simplemente indiferencia frente a un texto. No se debe olvidar que un lector es diferente a otro, que sus experiencias, capacidades, intereses y expectativas no son mecánicamente refundibles en un “diagnóstico general” que guíe nuestra elección de textos, por ejemplo para el Plan Lector. Y así trato de convencerme a mí mismo de que tengo buenas razones para no leer el Moby Dick.      

V
Colofón

Hay buenas razones por las que una lectura se puede hacer des-agradable. He tratado de explicar algunas de ellas: Aburrimiento, complejidad, falsas expectativas. Tal vez la moraleja debiera ser que la lectura es algo tan personal que en realidad sí pueden existir buenas razones para no leer ciertas cosas, y en ese sentido el lema que he asumido para mis pequeñas y humildes Crónicas no podría ser más adecuado: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Y si no puedes con algo, no te rayes, que hay oferta de sobra … pero trata de que los libros no te derroten. Y mientras esto escribo, la Ballena Blanca y el Payaso tocan el Tambor, mientras se parten de risa allá, en mi librero, junto con Merleau-Ponty … .