martes, 15 de noviembre de 2011

EL PLAN LECTOR o Cómo arruinar una buena idea o Vino Nuevo en Odres Viejos


      

  • Promover la ejecución de acciones para desarrollar la capacidad de leer, como una de las capacidades esenciales que contribuyen a la formación integral de los niños, adolescentes y jóvenes en lo personal, profesional y humano. 
  • Impulsar el desarrollo de las capacidades comunicativas de los estudiantes para el aprendizaje continuo, mediante la implementación del Plan Lector en todas las Instituciones Educativas de Educación Básica Regular, como parte del Programa Nacional de Emergencia Educativa.
  • Incentivar la participación de las Instituciones Educativas y la Comunidad en su conjunto, en una cruzada por el fomento y afianzamiento de la práctica de la lectura.
(Objetivos del Plan Lector)

El Plan Lector es la estrategia pedagógica básica para promover, organizar y orientar la práctica de la lectura en los estudiantes de Educación Básica Regular. Consiste en la selección de 12 títulos que estudiantes y profesores deben leer durante el año, a razón de uno por mes.
(Disposición General Nro. 1 del Plan Lector)

1.        
El Plan Lector será formulado en forma consensuada por toda la comunidad educativa (directivos, docentes, padres de familia y estudiantes), en función de los intereses de los estudiantes y la realidad de la Institución Educativa.
2.        El Plan Lector comprenderá una relación de 12 títulos para cada grado, que los estudiantes leerán uno por mes, según una secuencia previamente convenida.(Disposiciones específicas Nros 2 y 3 del Plan Lector)


Que en nuestro país tenemos un problema con la Lectura es patente. Por si necesitáramos demostración basta con escuchar y/o leer a sus supuestos profesionales - los periodistas - para percatarse. Comparar a nuestros periodistas con los de otras latitudes resulta más penoso todavía, porque aunque el problema de la comprensión lectora es internacional, en nuestro país alcanza cotas penosamente elevadas. Ya antes me he referido a esto, así que no abundaré en lo que no es más que la punta de un enorme iceberg.

(No puedo evitar mencionar algo que acabo de escuchar de un periodista enviado a Quito por el partido de fútbol entre Ecuador y Perú, porque aunque no sea de antología, suena muy ilustrativo: “El clima de Quito está un poquito caluroso esta mañana, a diferencia de en la noche, que estuvo más frío”. Gracias por la información, Señor Periodista)

Lectura y Educación

Podemos sospechar sin inconveniente que lograr un verdadero aprendizaje de la lectura no tiene correlación con la Educación formal impartida en los colegios. Es decir, no existe relación alguna entre tus habilidades de lector y lo que hayas hecho en el colegio. Incluso podríamos sospechar que esa relación puede ser más bien negativa, desde que la escuela refleja a la sociedad, y la sociedad peruana desprecia el libro, la lectura y la inteligencia, pues estorban a los poderes fácticos, no sirven para hacer plata fácil y no son necesarios para las crecientes actividades del sicariato y el narcotráfico. Lo que la sociedad le ha encargado a la escuela siempre ha sido la reproducción de los esquemas políticos y sociales autoritarios y repetitivos. Fuera del discurso, esa siempre ha sido la intención, y para eso no se necesita pensar sino marcar el paso por números. Claro que según parece se les pasó la mano, porque los que la mueven sí necesitan por lo menos que la indiada entienda el memorándum del jefe, el sicario las instrucciones para cargar el revólver y el narcotraficante multiplicar los dólares por el tipo de cambio. Los grandes esfuerzos de muchos educadores por lograr de la escuela algo más amable y sensato se estrellan contra esta enorme y muy conveniente inercia educativa. Podemos imaginarnos su tamaño y fortaleza sabiendo que aún muchas escuelas desperdician su tiempo en desfiles y formaciones a pesar de la orden en contrario existente desde varios años atrás. A esto me refiero cuando hablo de Odres Viejos, aludiendo a la parábola del Nuevo Testamento. Por supuesto, existen también, menos mal, quienes tratan de democratizar la sociedad, e intentan que la escuela deje de ser mecanismo de exclusión. Es el Vino Nuevo de la parábola, que trabaja duro y trata de hacer las cosas si no bien cuando menos mejor, y que tiene que enfrentar los Odres Viejos.

Emergencia Lectora

El resultado medible del esfuerzo que el sector Educación realizó durante muchísimos años resultó en que mientras 97 de cada 100 niños coreanos de segundo grado entienden lo que leen, solamente lo hacen 18 de cada 100 en el Perú. Como que no es para sentirse orgulloso. El problema está realmente enraizado y se entendió en su momento que requería de medidas de emergencia. Sin embargo, en nuestro país todo está devaluado, incluso el concepto mismo de emergencia. Haciendo un ejercicio de realismo – que en casi cualquier otra latitud sería de cinismo – diríamos que emergencia significa en el Perú tomar un conjunto de medidas para hacerle creer a la gente que se está haciendo algo frente a un problema urgente y grave. La política de hacer la finta está enquistada hace demasiados siglos, y por desgracia eso presidió las medidas tomadas desesperadamente hace varios años para conseguir aumentar en algo nuestro ranking en el PISA y no seguir haciendo el ridículo con vista al mar. De ahí que el resultado del PISA 2009 fuera más penoso todavía, porque se suponía que eso era el resultado de las medidas de emergencia. Si bien subimos, todos los demás subieron más que nosotros, y hasta los que bajaron nos superaron, y por ende ocupamos el poco honroso último puesto en América Latina, que por cierto tampoco es que esté muy bien a nivel mundial.

Entre las medidas que se tomaron se le quitó horas a Sociales y otras áreas para dárselas a Comunicación y Matemáticas. Es decir, en vez de tratar de fomentar la lectura de textos de Historia, Geografía y otras disciplinas análogas, se trató de fomentar la lectura de textos de Literatura. No decía eso la norma, pero ya sabemos que una cosa es con guitarra y otra con cajón. No es que poner y sacar horas no tenga su importancia cuando hay aspectos urgentes a resolver, pero hubiera sido mejor esforzarse un poco más para aumentar el tiempo de clase en general, aunque ya sabemos que ese es un costoso tema de infraestructura y personal, y por ende más caro que repartir las escasas horas pedagógicas de modo diferente. Como la finta había que hacerla de todas maneras se le quitaron horas a cursos que fomentaban la lectura para dárselas a cursos que fomentaban la lectura. Exacto, tampoco yo lo entiendo, pero como algo había que hacer, se desvistió un santo para vestir a otro, y de éste se empezó a esperar los milagros correspondientes. Como es nuestra costumbre y a pesar de la letra de la norma, se le empujó a los profes del área de Comunicación la responsabilidad de que los alumnos lean, ya que se les daba más del escaso recurso tiempo, y como algo había que hacer en ese tiempo, entre otras medidas surgió el Plan Lector.

Interés y Hábito

El Plan Lector es en principio una buena idea. Bueno, seamos claros, en cualquier otra parte sería una buena idea. Acá cualquier iniciativa interesante termina siguiendo la ruta del vino nuevo en los odres viejos. Es decir, los odres se rompen y el vino se derrama y desperdicia. Toda medida coherente se supone tiene una idea clara y científicamente correcta de qué es lo que se trata de lograr. Entre sus objetivos confesados, el Plan Lector busca despertar el interés por la lectura, tratando de lograr que se lea más y mejor, lo que puede medirse empleando como indicador el número de libros o de páginas impresas que los niños y jóvenes leen, en promedio, en una unidad de tiempo, por ejemplo un año. Si se hubiera tratado de hacer en Lectura lo que ya se hacía antes, pues entonces hubiéramos dejado la cosa como estaba y simplemente le hubiéramos dado a los profes más horas para hacerlo. Pero la idea implícita era mejorar los magrísimos indicadores de lectura para hacer la finta de que algo se logra y así tener un titular periodístico que dijera que el gobierno lo estaba haciendo bien. He aquí un ejemplo interesante de cómo se nos pierden las ideas y se tontea: Mejorar un indicador de lectura no es mejorar la lectura, así como subir el gasto mensual más allá de una línea de consumo no es dejar de ser pobre.

¿Es la Lectura un hábito?

La lectura es un complejo proceso cognitivo que decodifica, predice y construye significados sucesivos conforme se ejecuta, en niveles concéntricos micro – palabras y frases – y macro – párrafos y textos -, y para eso pone en marcha importantes funciones y operaciones mentales. Dichas operaciones serán más o menos eficientes siempre que la actitud del lector sea más o menos favorable, y siempre que se desarrollen las habilidades de atención y concentración. Vale decir, leer es cualquier cosa menos un hábito, porque un hábito es una práctica que se ejecuta automática y mecánicamente, con bajo control de la consciencia. Lavarse los dientes, afeitarse, tomar un micro o decodificar signos escritos pueden ser hábitos, leer difícilmente. Esta confusión proviene de suponer que el leer es solamente una operación mecánica de decodificación de signos escritos, la que sí debería formarse como hábito. Pero ello es lo mismo que creer que saber jugar fútbol es saber patear a la pelota. Sin patear la pelota no juegas fútbol, es verdad; pero jugar fútbol es mucho más que patear una pelota.

Querer leer

Es obvio que para hacer las cosas bien en lectura se necesita una idea muy clara y científica de qué es la lectura. Leer es una actividad realmente compleja, que necesita de los lectores una serie de habilidades y competencias, y hasta aquí todo muy bien. Pero ya hemos visto que para leer necesitamos querer leer, y sin la formación de actitudes lectoras positivas podemos poseer todas las habilidades que queramos, pero a la corta o a la larga no leeremos a no ser que queramos hacerlo. La atención puede aprestarse y fomentarse, y en esto nos detendremos un par de segundos. En primer lugar digamos que leer no es, como muchos creen, decodificar o descifrar los signos escritos del alfabeto. La decodificación de los signos se debería alcanzar en la Inicial, y para poder completar la operación de leer, se debe alcanzar el nivel de la comprensión de lo que se lee. Las dos operaciones de Decodificación + Comprensión están unidas en el acto de leer, y para leer no se puede suponer que se posee una sin poseer la otra. De hecho cuando las cosas se hacen bien, la decodificación llega a ser un hábito logrado con la práctica hasta lograr el mastering phase, es decir la fase de dominio de la habilidad. Se construye la comprensión sobre la base del hábito de la decodificación. Con la práctica el lector se vuelve un decodificador competente, que ya no decodifica conscientemente, del mismo modo que no estamos pensando en cómo manejar la bicicleta cuando ya dominamos su manejo. Conforme se alcanza cada vez mayor competencia en la bicicleta, menos te preocupas del manejo de la misma, y más de otras cosas, como en qué dirección vas. Si alcanzas la competencia decodificadora, más te preocupas de comprender, pues ya no te concentras en descifrar signos, pues ya lo haces inconscientemente, a no ser que encuentre una palabra que no conozca cuyo significado sin embargo puedes deducir del contexto, porque estás comprendiendo lo que lees. Si solamente sabes decodificar signos escritos tu situación es la del analfabeto funcional que deletrea con dificultad los titulares de un tabloide en el quiosco.

¿Cómo llegas entonces a comprender lo que lees? Pues de la única manera que se logran las cosas: practicando, practicando y practicando. Es decir, leyendo, leyendo y leyendo, y conforme más lees, tus habilidades de decodificación se automatizan cada vez más y las de comprensión aumentan y mejoran, con lo que lees cada vez más y mejor, y así sucesivamente, porque la lectura necesita ser practicada.

Práctica lectora

Otro par de segundos dedicados al tema de la práctica lectora. A ojo de buen cubero, hay dos modos de que los alumnos practiquen la lectura: Una es obligándolos a leer a punta de pistola por que si no te jalo o castigo, la otra es haciéndoles agradable y bacán la relación con la letra escrita. Ojo que he dicho agradable, no fácil. No sé de dónde se ha sacado la estupidez de que las cosas a enseñar tienen que ser fáciles. Nada lo es, de hecho, y sabemos que si queremos aprender algo se requiere esfuerzo. Bailar, montar bicicleta, hacer pajaritas de papel, correr los cien metros planos o jugar fútbol también requieren sudor y esfuerzo, pero lo sudamos porque estamos motivados, porque queremos hacerlo, porque el esfuerzo de superar la dificultad con las propias fuerzas es inmensamente gratificante, y toda desventaja o dolor muscular se convierten en algo rico y que hay que superar, como saben a la perfección las bailarinas de ballet y los instructores de aeróbicos; porque al final de la ruta está la recompensa personal, la habilidad lograda, el objetivo alcanzado, la propia victoria obtenida, la satisfacción de ser el dueño de tu propio cuerpo. No hay nada que libere más endorfinas en el cerebro que la sensación de haber salido victorioso de una prueba difícil. En corto, nos esforzamos porque nos gusta hacerlo y nos fascina la recompensa emocional que recibimos. En registro psicológico se dice que es por que la actividad está reforzada positivamente.

Digresión sobre el esfuerzo

Por cierto, una de las cosas que no entenderé jamás es a los padres y educadores que tratan por todos los medios que sus hijos y educandos no se esfuercen, creyendo que así se hacen daño, y esperando de manera mágica que obtengan logros académicos o deportivos. Claro, para el maestro no exigir es más fácil que exigir, y así no se hace problemas con la Dirección y se gana el aprecio de papis e hijos al aprobar a los discentes. Y para los papis y mamis es no hacerse de problemas con los críos. Pero nada se debería lograr sin el esfuerzo correspondiente y en justa competencia en igualdad de condiciones con los pares. El problema es que algunos creen que los pares sólo son los de la propia clase social, de resulta que son reyes tuertos en nuestra nacional tierra de ciegos. De repente eso explica por qué en los últimos Juegos Panamericanos nuestro desempeño dio vergüenza en casi todas las disciplinas deportivas. Logramos el puesto 20, con 2 medallas de plata y 5 de bronce, superados por Estados Unidos, Cuba y Brasil, que se llevaron los Panamericanos a ritmo de rock, danzón y samba, y además por superpotencias como Ecuador, Guatemala, Puerto Rico, Jamaica, Bahamas, las Islas Caimán, las Antillas Neerlandesas y Costa Rica, países mucho más pequeños y supuestamente menos desarrollados que el Perú. Pero no hay periodista que hable de ello, ni esto parece importarle absolutamente a nadie. Y que conste que digo eso precisamente el día que todo el periodismo grita Fútbol por el partido entre Ecuador y Perú en Quito. Por cierto, el Fútbol es una bella disciplina deportiva que se diferencia de las demás en que ahí sí corre plata. Y doy fin a la digresión.

Más sobre práctica lectora

Si hay algo que es definitivamente cierto, es que los niños crecen y tienden a seguir sus propias ideas. Podríamos obligarlos a leer, por ejemplo, sentándolos en el sofá con el libro, la tele apagada y guardando el silencio debido; y yo digo que sentar al chico a leer por obligación es la mejor manera de no lograr que lea. Como todos saben menos aquellos que debieran saberlo, obligar a alguien por la fuerza a hacer algo es el modo más adecuado de que no se haga o que se haga mal, si no ahora en la rebelde adolescencia. Si la lectura es asumida e impuesta como un trabajo penoso – aún me pregunto quién fue el baboso que nos metió el cuento de que el aprendizaje tiene que ser farragoso y aburrido -, pues el chico no querrá leer, así de sencillo. O lo hará de pésima gana, siguiendo la línea del mínimo esfuerzo, y haciendo todo lo posible para acortar el tiempo. Es que en una sociedad que no lee ni aprecia la lectura ni la inteligencia, hay miles de maneras de evitar ese penosísimo, sobrevalorado y absolutamente inútil trabajo de pensar. Hay televisión (¡Y qué televisión!), radio, computadoras, internet, juegos de video y mil otras cosas más interesantes y a veces embrutecedoras de hacer. Y entre algo pesado y aburrido y algo bacán, pues hay que ser muy idiota para irse por lo aburrido, a no ser, claro, que te obliguen a ello.

Lo que hay que fomentar

Aparte de la parte científico-pedagógica, que graduará progresivamente técnicas, procedimientos, textos, dificultades, extensiones, temáticas, estructuras, tecnologías y toda la semiótica involucrada – hoy en día la lectura no es lo que era, se ha vuelto más compleja -, se trata de fomentar el gusto por el esfuerzo productivo y la sana intención de comprender lo que se lee. Hay actitudes involucradas, y lograrlas es la parte más importante y difícil del esfuerzo de los padres y educadores. Pero claro, ello no se puede medir en número de libros, y por eso no se le da bola. Después de todo, leer doce libros a punta de pistola al año es lo mismo que leer doce libros por el gusto de hacerlo, si a los indicadores nos remitimos. Pero no existe tal cosa como lectura sin comprensión lectora, y menos mal la barbaridad de la lectura veloz no consiguió infiltrarse en la práctica pedagógica, aunque ello muestra que la comercialización de la necesidad resulta en un facilismo exasperante, demasiado vinculado al neoliberalismo cultural. De hecho, los que mejor están aprovechando el Plan Lector son las editoriales. Y ello porque en la práctica seguimos tratando de meter vino nuevo en odres viejos. Comprender lo que se lee, por ejemplo, no se hace con diccionario, aunque en todas las listas escolares encontramos diccionarios, que en muchos casos simplemente se compran y no se emplean nunca. Permítaseme otra digresión: El Diccionario Monolingüe es una valiosa herramienta para lingüistas, filólogos, traductores, periodistas (los de verdad) y otros especialistas. Es útil además para los que hacen crucigramas o tienen alguna duda gramatical, pero el lenguaje escrito que todos debemos aprender a emplear no se maneja con el diccionario en la mano. Hay registros diferentes – y aumentan cada día - en el lenguaje real que hacen de los diccionarios algo bien poco útil, pues las gentes comunes obtenemos el significado de las palabras no de paporretear diccionarios sino del contexto de todos los textos que escuchamos y leemos. ¿Quién gana entonces con meter los diccionarios en la danza? Pues las editoriales, los que reciben comisión por recomendar diccionarios, y pare usted de contar.

Confundir la velocidad con la manivela

Los indicadores últimamente están de moda, se cree que si mejoran el problema se resuelve. El Plan Lector básicamente busca asegurar la exposición de los alumnos a textos escritos, y eso no es negativo per se. El problema es que al confundir la velocidad con la que andamos con la manivela de la bicicleta creemos que aumentamos la velocidad si cromamos la manivela. No basta con tener libros accesibles, hay que manejar técnicas y procedimientos pedagógicos con ellos, y muchas veces estos deberán ser remediales, atendiendo al calamitoso estado del estudiantado y la ciudadanía. Limitarnos a obligar la lectura de textos suele tener efectos contrarios a los buscados, porque obligamos a los chicos no para que efectivamente lean, sino para mejorar la estadística y tener algo qué decir cuando nos pregunten los de arriba. Es decir, para mejorar el indicador, no la lectura efectiva. Es decir, Vino Nuevo en Odres Viejos, que se desfondan y derraman el vino.

Textos

Doce libros exige el Ministerio cada año, y eso es inevitablemente sacrosanto para la burocracia. Además en muchos colegios particulares facilistamente se aumenta la cifra a fin de vender la finta de la calidad educativa. Por otra parte, hoy en día el fast-book, de lectura “fácil” y nada exigente es un resultado de la emergencia educativa, no una manera de superarla, aunque muchos profes parecen entender el asunto al revés, y creen que ser moderno y adaptado a las necesidades de los chicos es darles la cosa masticada. Y así "Quién se ha llevado mi Queso" se convierte en un texto del plan lector. Además están los resúmenes que se bajan fácilmente de Internet sin tener que leerlos, haciendo copy and paste desde wikipedia para entregar los trabajos escolares. Encima están las infames adaptaciones que tan bien describe y denuncia el colega Manuel Valdivia en su Blog Gaceta de Educación y Pedagogía. Se ha llegado al extremo de adaptar textos de la literatura universal, y un anónimo adaptador, un “x” cualquiera, le enmienda la plana literaria a Charles Dickens, James Joyce, Roald Dahl o Camilo José Cela, reescribiéndole la obra, so capa de que son “demasiado difíciles”.

Para remate, los textos hoy en día son de muchos tipos, registros, códigos y soportes, y justamente si algo ha variado es no el mecanismo del leer mismo sino los registros, contextos y códigos del lenguaje. Por ejemplo hay un lenguaje visual reflejado en el cine, la televisión, el video, etc., y resulta que todos aprendemos ese lenguaje, aunque muchos lo hagan muy superficialmente. Y se puede ser perfectamente analfabeto en ese u otro lenguaje, y necesitar por ende alfabetizarse. Hoy en día se habla de analfabetismo científico o tecnológico porque demasiadas personas no saben, no entienden o mal entienden el lenguaje científico y tecnológico. Como vemos entonces, el acto de leer se inscribe en la creciente multiplicidad de lenguajes y registros que la realidad exige, algo mucho más amplio y bastante más complejo de lo que solía ser en el pasado. Nadie puede negar el inmenso desarrollo de la visualidad, y demasiados padres y docentes están aún anclados en la lectura tradicional, erudita y excluyente de los nuevos registros. La situación ha cambiado notablemente, y los lenguajes visuales establecen su autonomía, lo que es enriquecedor y no compite de necesidad con la lectura. Pensemos en las adaptaciones cinematográficas de obras literarias como la serie de Harry Potter, El Señor de los Anillos o El Nombre de la Rosa, que no son iguales a leer los libros, porque recurren a códigos semióticos completamente distintos, y configuran una obra diferente, pero que terminan por referirnos a la obra escrita. Es como si la Divina Comedia del Dante se representara gráficamente o en esculturas, es obvio que el gráfico o escultura sería una obra de arte diferente del poema que lleva el mismo título, y que es útil para referirnos al texto mismo.

Textos e Imágenes

Antes de la invención de la Fotografía, el Cine, el Video y la Televisión la cultura social basada en la visualidad era muy distinta, y por eso las obras literarias y demás textos creados antes del Siglo XX que se les entrega a los alumnos para que los lean les producen en general un mortal aburrimiento por ser percibidos como largas y complejas, a no ser que se les explique pedagógicamente. Víctor Hugo, por ejemplo, era un descriptor formidable, y en su obra Nuestra Señora de París le dedica la tercera parte del espacio – la central - a describir la Catedral de Notre Dame. Los autores de antes de la emergencia de los códigos visuales tenían que describir el escenario para que el lector se hiciera la composición del lugar donde acontecía lo narrado. Aún es así, pero obviamente en una cultura donde todos hemos visto o podemos ver fotografías de Notre Dame, no necesitamos en general imaginarnos la Catedral, del mismo modo que conocemos la Torre Eiffel aunque no hayamos ido a París. Umberto Eco en El Nombre de la Rosa hace describir al personaje Adso la Abadía y la arquitectura porque en la cultura medieval era eso lo que se hacía, pero complementa sabiamente – él y/o sus editores - con planos y fotografías. Los autores modernos describen con pincelazos más o menos gruesos, porque pueden confiar en la cultura visual de sus lectores, y privilegian la acción psicológica y física, para que sus lectores puedan meterse en la piel de sus personajes. Un ejemplo interesante al respecto es el de Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada,  que está en el Plan lector. La actual y ultramoderna novelística se nutre de la Internet y los nuevos procesos lectores que desencadena. Necesitamos saber más lo que se hace en la Literatura para tener más en claro qué queremos.

Las versiones cinematográficas de ciertas obras literarias son distintas de las obras escritas, y por eso se dicen que están basadas o son adaptaciones. Algunas de ellas son realmente buenas y perfectamente utilizables, como El Señor de los Anillos o Sin novedad en el frente. Otras son francamente comerciales y de poco valor, pues traicionan el espíritu de la obra, cosa que pasa por ejemplo con el blockbuster Soy Leyenda, que auqnue basada en un clásico de la Ciencia Ficción, le da una vuelta antrópica a la intención del autor y modifica totalmente la obra, deformándola sin aportar. Para enseñar a leer y a comprender lo que se lee hay que pensar la cosa en su contexto social global y local. Pensemos en películas como El último guerrero chanca, que se construye sobre el conocimiento histórico que los peruanos poseemos bien o mal. Por desgracia nuestros docentes carecen de la posibilidad hasta de ir al cine, lujo que no pueden permitirse así nomás.

Lo taxativo del Odre

Que tengan que ser taxativamente doce libros al año, cifra que no discrimina ni el tamaño ni la dificultad de los libros, dejando a las instituciones educativas su elección y el trabajo a hacer con ellos, con limitadísimo apoyo técnico, implica que las autoridades educativas, para variar, se concentrarán en evaluar que sean doce libros, ni más ni menos, aunque uno de esos libros sea Ulises, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, o El Mundo de Sofía, y el otro uno de autoayuda o macrobiótica. O peor aún, un best-seller de la peor especie. Dícese que la selección de textos se debiera hacer de acuerdo a los gustos e intereses de los directamente involucrados, los chicos, y eso sería magnífico si se implementase. Pero rascando bajo la superficie vemos que nuestra cultura autoritaria no permite consultar a los chicos qué quieren leer, sino que en la práctica se les impone un deber ser en este aspecto como en tantos otros. Hasta ahora no he visto una sola Institución Educativa, particular o pública, donde se busquen los intereses y gustos de los niños y niñas. Se interpretan, que es otra cosa, y so capa de que nosotros sabemos lo que es mejor para ellos les imponemos un Plan lector específico, que puede ser magnífico, pero que fallado desde el origen con la imposición.

Entre otras bellezas que hay en el papel, que aguanta todo, dícese que los textos a usar deben provenir de las diversas disciplinas, pero es conocido que la secundaria vive metida en sus comportamientos estancos, y como el Plan lector es cosa del área de Comunicación, pues que sean ellos las que se apañen con ello, y serán ellos los que tendrán el mérito o la culpa. De hecho, Vargas Llosa será muy bueno, pero no todos los chicos serán literatos, y leer a Flores Galindo o Jurgen Golte puede ser igual de formativo. O cuando menos leer o utilizar los textos escolares, algunos de buena factura. Este es otro Vino nuevo que el Odre no aguanta.

¿Es malo el Plan Lector?

No, definitivamente no lo es. Pero puede serlo si el contexto en que se trata de desarrollar es autoritario o represivo. Pero si de algo estoy seguro es que hay muchísimos padres, profes e instituciones que tratan de hacer las cosas bien. Emplear adecuadamente las normas ministeriales para obtener resultados visibles y adecuados es cuestión de buen criterio, pero éste no abunda en las burocracias privadas y estatales. Las magníficas intenciones de los que pensaron el Plan Lector se pasman en su aplicación, que arruina una buena idea y las convierte en exactamente lo contrario de lo que se trata de conseguir. Tratemos que no sea así y que el gozo de la lectura se expanda.