domingo, 31 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 25: BIBLIA (vi)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 25
LEER LA BIBLIA (VI)

I
El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento parece que presentara un cierto aire más moderno respecto al Antiguo. Se centra en la figura, presencia, predicación, vida y muerte de Jesucristo, el Mesías de los judíos; y la acción de sus inmediatos seguidores, los cristianos. El Nuevo Testamento goza de la misma sacralidad que el Antiguo, y contiene la mayor parte de lo que es original en el Cristianismo con respecto a su matriz semita, para las confesiones cristianas es el mismo centro de la Biblia. Para los judíos, bueno, no tiene el mismo carácter, exceptuando un muy pequeño grupo, pero imagino que lo leerán por curiosidad y por hallar las claves de lo escrito en el Nuevo Testamento en el Antiguo, igual que es posible para los cristianos rastrear el Nuevo en la Misa y demás liturgias. Lo Original del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo es el convencimiento de que el Mesías esperado por los Judíos es Emanuel Jesús, llamado el Cristo. Y así lo Esencial del Nuevo Testamento – de toda la Biblia para los cristianos – es el relato de la llegada del Mesías, pues esta es la Buena Noticia (Evangelio en griego) que se está anunciando. El Nuevo Testamento consta así de Cuatro versiones de esta Buena Noticia, Cuatro Evangelios, tres de ellos denominados Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), aparte de un cuarto, muy original, cuyo hagiógrafo sería el Apóstol Juan, a su vez autor de Epístolas y del Apocalipsis. Además Lucas, hagiógrafo del Tercer Evangelio, parece ser también autor de los Hechos de los Apóstoles, en apariencia editado originalmente junto a su correspondiente Evangelio, y luego editado aparte para tener los Cuatro Evangelios en un solo bloque. Viene luego un conjunto de Cartas o Epístolas, también dividido en dos grupos: El primero y más numeroso es el de Epístolas Paulinas, cuyo autor sería el apóstol Pablo, nacido Saulo de Tarso, judío de la dispersión convertido a la fe de Jesús en dramáticas circunstancias, y que dedica su celo apostólico y epistolar a las primigenias comunidades cristianas. Al otro grupo lo forman las epístolas católicas o universales, por estar dirigidas en su mayoría a la comunidad cristiana en su conjunto. Sus autores habrían sido otros apóstoles: Pedro, Juan, Judas y Santiago. Ya mencionamos en otras Crónicas al último de los Libros, el Apocalipsis de Juan, centrado en las visiones que el mencionado habría tenido durante su destierro en la Isla de Patmos, y cuyo parentesco con otros libros del Antiguo Testamento ya hemos comentado.

El Nuevo Testamento comprende en total 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, que es más o menos el mismo de la mayoría de las Iglesias de la Reforma. Hay dudas sobre la Epístola de Santiago, que Lutero llamaba con desprecio epístola de cartón, dado que defiende la necesidad de buenas obras para la salvación personal (la fe que no produce obras está muerta – Santiago, 2, 26), cuando el monje alemán estaba convencido que la justificación paulina por la Fe es la que cuenta (quien no tiene obras que mostrar, pero en cambio cree en el que hace justos a los pecadores, a ese tal se le toma en cuenta su fe y se le considera justo – Romanos, 4, 5-6), así que se me hace que su oposición era algo interesada. En todo caso, me ha sonado siempre como una discusión tipo la de qué es primero, si el huevo y la gallina. Pero por menos la gente se mata. El idioma en el que se escribe el Nuevo Testamento es casi todo griego koiné, menos una parte del Evangelio de Mateo. La traducción de la Biblia al koiné se inició hacia el 250 a.C., cuando un grupo de sabios judíos helénicos residentes en Alejandría de Egipto, conocidos como los Setenta, empezaron a traducir el Antiguo Testamento para las sinagogas (sinagoga es término de origen griego, precisamente) dispersas en el mundo de habla griega. A esta obra se le conoce como la Biblia de los LXX, e incluye partes del Antiguo Testamento cuyo original en hebreo se ha perdido, motivo por el que algunas iglesias dudan de su canonicidad. Aunque es posible que la lengua materna de Jesús fuera el arameo, no se descarta que supiera griego, pues Galilea parece era bilingüe en aquellos días, y lo emplea Jesús frente al procurador romano Poncio Pilato. Hay grandes variantes en las formas del griego empleado en el Nuevo Testamento: Las epístolas de Santiago, Pedro y a los Hebreos (atribuida a Apolo), así como el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, presentan un griego literario y elegante, escrito por gentes con el griego por lengua materna. Las epístolas paulinas tienden a ser más coloquiales, en tanto que el Evangelio de Juan y sus cartas presentan un estilo sencillo pero correcto. El Apocalipsis en cambio está escrito en un griego complejo y recargado. El empleo de muchos giros semíticos en estos libros sugiere que sus hagiógrafos pensaban en arameo u otras lenguas semitas, pero trataban con mayor o menor solvencia de emplear el idioma en el que sabían que su mensaje sería más leído y entendido.

II
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles

Es muy difícil hablar de los Evangelios, lo reconozco. La sensación de su Sacralidad invade el espíritu, desde que los que vivimos en países fundamentalmente cristianos y católicos nos hemos criado en su interior, por así decirlo. El carácter sagrado de los Evangelios es reforzado en la liturgia de la Misa Católica a través de ritos particulares, y no se le menciona ni cita sin añadir al final “esta es la palabra de Dios”, a la que, para emplear una expresión de catecismo, “el pueblo se adhiere diciendo amén”. Que si los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) fueron posteriores o anteriores al Evangelio de Juan, como sostienen algunos masones y/o francmasones, y por lo tanto la versión arriana – atanasiana de la divinidad de Jesús resulte siendo la primordial por sobre otras, es aspecto doctrinal de una discusión que debo decir me tiene francamente sin cuidado. En todo caso sí es discernible una clara diferencia entre los tres Evangelios Sinópticos y el de Juan en cuanto a las fuentes, pues Juan narra los hechos empleando fuentes diferentes, en muchos casos de más exactitud y detalle que las de los Sinópticos, que en realidad parecen escritos mirándose los unos a los otros. Además el plan del Evangelio de Juan es muy diferente y altamente teológico, en tanto que los hagiógrafos que escribieron los Sinópticos parecen más bien pensar en términos de demostración histórica tangible de la realidad y presencia de Jesús. La cuestión más interesante a mi modo de ver es de ese orden, el tratar de dilucidar qué evangelio fue escrito primero, y por ende haya sido utilizado como fuente para los otros. Todo abona a que el Evangelio de Marcos fuera uno de los primeros en escribirse, si no el primero, en principio por su corta extensión, comprimida en dieciséis intensos capítulos, y por el hecho que parezca una especie de Manual para Uso del Predicador Aficionado. Debe así haber estado en la faltriquera de los otros Hagiógrafos, Mateo y Lucas, que lo emplearían junto con otras fuentes. En el principio existía la Palabra, dice Juan (Juan 1,1), y el verbo dicen otras traducciones. Y esto pareciera referirse al hecho que todas las relaciones escritas sobre Jesús el Cristo tienen como antecedente la palabra, la oralidad de los predicadores, heredera directa de la predicación de los profetas, y por ende semejante a ella en varios de sus caracteres. Algunas de las historias de los Hechos de los Apóstoles referidas a la Predicación parecen sacadas de los Profetas del Antiguo Testamento. Es el caso del milagro de curación que Pedro y Juan aplican a un tullido en Hechos 3, 1-10, en la que podrían cambiarse los nombres por los de Elías y Eliseo; o el martirio de Esteban (Hechos, 7); o el bautizo del eunuco por el apóstol Felipe (Hechos, 8, 26ss.). En este contexto de predicación intensa se habría empezado a sistematizar la información, poniéndola por escrito, agrupándola en sucesión cronológica de hechos, o siguiendo algún otro criterio. La narrativa parece seguir criterios análogos para todos los sinópticos, incluso a veces con análogas o iguales anáforas o referencias que seccionan y dividen las narraciones, como por ejemplo: “y sucedió que …”, preferida de Lucas; o “en aquellos días …” o “en aquel tiempo …” (in illo témpore en la Vulgata), preferida de Mateo. De algún modo pareciera que Lucas emplea a Marcos y a Mateo como fuentes primarias, aunque pasando por alto el sentido hebreo-judío del Evangelio de Mateo, que trata de ubicar a Jesús dentro de una genealogía, además de detenerse en los relatos de su concepción, nacimiento, huida a Egipto y  demás hechos de su Infancia, indicando siempre su predicción por los Profetas. Lucas añade más datos al respecto, aunque claro está, en un plan diferente al de Mateo, pues Lucas es un helenizante y se dirige a helenizantes, y por ende ordena y clasifica la información de un modo diferente.

Es difícil determinar qué parte o partes de los evangelios puedan ser más centrales que otras. La predicación de Jesús debe haber durado entre dieciocho meses y tres años, y los Evangelios hacen básicamente dos cosas: Contar los sucesos acaecidos a Jesús, y presentar la Buena Nueva que el Cristo trae. Mateo vincula Dichos y Hechos de manera íntima y bien planteada, pues el hagiógrafo narra secciones que empiezan con milagros y otros acontecimientos, y que culminan en conversaciones o discursos, como en Mateo 15, cuando se acercan a Jesús algunos fariseos y mantienen un tenso intercambio, que luego culmina en un pequeño discurso de Jesús con una o varias enseñanzas: ¿No comprenden que que todo lo que entra por la boca va a parar al vientre y después sale del cuerpo, mientras que lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que hace impuro al hombre? (Mateo 15, 17-18). O Mateo 22, 15ss., en donde los fariseos preguntan a Jesús sobre la pertinencia de pagar el impuesto al César, y la enseñanza: den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 21). Ya hemos visto que Marcos tiende a contar menos y más bien reseña impactos. Lucas, por su parte, poseía marcadas cualidades para  la observación y la descripción detallada, más un cierto sentido práctico, que no sorprende si atendemos a que era médico. Su evangelio (y su continuación los Hechos de los Apóstoles) se los dedica al converso cristiano Teófilo, persona acomodada a la que espera convencer para que le financie copias de estos escritos. En cierto modo es una investigación donde Lucas hizo a conciencia su tarea: Empleó las mismas fuentes del evangelio de Marcos, cuyo orden sigue, así como ciertos documentos (Logia) que debió obtener de las iglesias más antiguas de Palestina, Jerusalén y Cesarea, con los que alimenta los capítulos 9 a 18 de su evangelio; y es posible que tuviese a su disposición el evangelio de Mateo. Además completó la chamba con información de primera mano, testimonios de apóstoles y gentes que conocieron a Jesús, incluyendo casi con seguridad en este grupo a María, Madre de Jesús, pues hay información que solamente podría haber sido suministrada por ella misma: Entró el ángel a su casa y le dijo: Alégrate tú, la Amada y Favorecida, el Señor está contigo. Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué querría decir este saludo. (Lucas, 1, 28). A diferencia de Mateo y Marcos, que escriben manuales para predicadores, Lucas se interesa en registrar los hechos en forma muy parecida a lo que hoy llamamos Historia y trata de describir con fidelidad tanto los Hechos como los Dichos. El Evangelio de Juan, por el contrario, no tiene intenciones historicistas sino más bien de carácter teológico y religioso. Donde los Sinópticos abundan en milagros y hechos, Juan solamente narra Siete Milagros, número simbólico, y los discursos de Jesús los centra en determinados conceptos y términos que Juan trabajó cuidadosamente. La intención de este evangelio es clara: Esto ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que por esta fe tengan la vida que él solo puede comunicar (Juan, 20, 31). De hecho muchas de las creencias actuales alrededor de la persona del Cristo y su relación con los planes de Dios proceden en línea recta de este Evangelio: A Dios, nadie lo ha visto jamás, pero Dios, Hijo único, comparte la intimidad del Padre: éste nos lo dio a conocer (Juan 1, 14).

III
Las Epístolas Paulinas

El estilo de Pablo de Tarso ha marcado las epístolas neotestamentarias de manera tan indeleble, que podemos considerar fácilmente al susodicho como el autor de género epistolar más leído en el mundo. Incluso en la liturgia católica aparece mencionado muchas más veces que los otros Apóstoles, lo que es posible por la muy sencilla razón de que la mayoría de las Epístolas se le adjudican. En todo caso tiene propaganda gratis en todas las Misas, pues las epístolas se leen de cajón, y es muy probable que sea de una de las suyas, y ello fuera de que hay liturgias en las que se emplean sí o sí, como en el caso del Matrimonio, donde los novios leen el Himno a la Caridad de I Corintios 13, 1-13: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe … . Las correrías del hagiógrafo Pablo de Tarso están profusamente mencionadas en los Hechos de los Apóstoles, ocupando algo más de la mitad. Pablo, como apóstol de los gentiles, acapara la atención de Lucas, que lo conoce en persona y trabaja con él en la predicación. Y por si fuera poco en sus cartas se describe a sí mismo con sinceridad digna de elogio: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo (Filipenses, 3, 5-7). Al principio su celo de fariseo lo lleva a perseguir cristianos y enredarse en el asesinato del protomártir Esteban, pero se convierte a la Fe de Jesús en apariencia por directa intervención divina y arrebatamiento al Tercer Cielo: Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, (…) le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Yo soy Jesús, a quien tú persigues (…) entra  en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (Hechos 9, 3-6); cae de inmediato en un estado de aparente arrobamiento, del que lo sacará Ananías, y de ahí Saulo el perseguidor de cristianos se convertirá en el apóstol Pablo, que asume el ministerio de viajar y predicar por el Mediterráneo Oriental y Central, y escribir incansablemente un total de catorce epístolas conocidas y varias no conocidas, haciendo trabajar a la mala a sus secretarios a lo largo de tres viajes de evangelización, que lo llevarán hasta la mismísima Roma. Su personalidad es tan acusada que se ha dicho que sostenía correspondencia con Séneca. La tradición quiere que haya fallecido en Roma el mismo día que el apóstol Pedro, motivo por el que su fiesta es compartida: San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio. Pablo de Tarso combinó las cualidades del fanático medio fundamentalista, de sangre caliente; y la del frío razonador oportunista, y de ahí que despliegue un estilo para escribir dirigido a lograr impacto, muy coloquial y de notable oralidad, a la que colaboró sin duda el hecho que dictara las cartas a sus secretarios, los que de cuando en vez añaden una línea de saludo. Por cierto, el estilo oratorio paulino ha sido copiado a mansalva por los predicadores evangélicos de hoy, y según parece funciona muy bien, examinemos si no las nutridas cuentas bancarias de Billy Graham, Jimmy Swaggart y otros “apóstoles” más, que en este tema, ay, también puede hacerse negocio. De hecho, hay tanta plata en los medios de comunicación, que hay también en el cable canales católicos, y sacerdotes y monjas mediáticos. En fin, pecado no parece ser.

Las epístolas paulinas están unidas a los acontecimientos de la Predicación y de la propia vida del apóstol, y así encontramos que el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses (circa 51 d.C.) fue escrita por Pablo de Tarso, y ya contiene y describe la mayor parte de los artículos de fe: El Dios Trino y Uno (aunque nunca se mencione la Trinidad por su nombre), la resurrección de los muertos, la redención por Jesucristo y su Segunda Venida, que muchos daban por inminente: … sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche (I Tes., 5, 2). Parece que de aquí proviene también la creencia de algunas iglesias en el rapto, que incluso se ha representado en algunas películas evidentemente financiadas por grupos religiosos:  … los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires (1 Tes., 4, 16-17). Por cierto, Pablo no se libró de imitadores, pero esto no parece le haya desagradado, pues eran canónicos en sus creencias, y más bien parece se los arrejuntaba en una suerte de Escuela o Equipo de Predicadores. Parece ser el caso de Apolo, mencionado en Hechos 18, 24-26 y nuevamente en 1 Corintios, 1, 12. Podemos especular que, como algunos escritores modernos, Pablo tenía sus “negros” (escritores por encargo) que le hacían las epístolas, que él sólo revisaba y firmaba. Es el caso aparente de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, las cartas a los Colosenses y Efesios, la Epístola a Tito y las dos a Timoteo. Es muy interesante el hecho que haya general acuerdo en los estudiosos, incluso en los revisionistas, que las epístolas Primera a Tesalonicenses, Filipenses, Gálatas, Romanos, Filemón, y Primera y Segunda a los Corintios son originales definitivos del exfariseo y converso Pablo de Tarso. Es la personalidad más delineada de su época, e inapreciable como fuente histórica del cristianismo primitivo, pues las epístolas parecen incluso anteriores a los evangelios. Parece indudable que hubo una suerte de escuela paulina, que habría sido responsable de la conservación de su corpus epistolar. Las epístolas tratan de diversos temas de moral y fe, pero en todas se percibe la tensión entre los cristianos de origen judío y los de origen gentil, desenredada a medias en el Concilio de Jerusalén, y problemática por la dificultad de comunicarse, por la Dispersión misma y por la multiplicidad de predicadores. Siempre me ha parecido curioso que de doce, trece o catorce apóstoles originales – pues parece que ese número de doce nunca fue muy exacto - la mayoría se hayan dedicado a los judíos y solamente uno o dos (Pablo y Bernabé) a los gentiles.
  
IV
Más sobre las Epístolas, la Fe, y cómo terminan “los Libros”

Ya hemos visto que in illa témporeEn aquellos días - se creyera que el Fin del Mundo y la Segunda Venida de Cristo andaban cerca y ocurrieran en cualquier momento. Había profecía de Jesús al respecto, que registran los tres sinópticos: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21: … cuando veáis que sucede ésto, sabed que el reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas, 21, 31-33). Ya hemos visto a Pablo tomando medidas con los tesalonicenses al respecto, y hemos examinado someramente el papel del Apocalipsis de Juan. De hecho, las circunstancias históricas, sociales y políticas parecían dirigirse en el mundo cultural judío hacia lo que en los Andes llámase un pachacuti, una inversión del mundo, el fin de una era y el principio de otra, una “revolución”, quizá, en vocabulario más moderno. Nuestra cronología refleja dicho hecho, ya que escribo estas líneas en el año 2013, después de Cristo, o, como dicen los anglosajones, A.D., es decir Anno DominiAño del Señor. La teología de las epístolas nos lo indica en su evolución y en la narrativa de los problemas de fe y comportamiento que atravesaban las comunidades. Las epístolas paulinas a Timoteo son importantes por su preocupación ética, por ejemplo, referida a las condiciones que deben reunir los Obispos. Y las Siete Epístolas Universales, escritas supuestamente por otros apóstoles y reunidas en colección aparte, dan fe también de las dificultades del Cristianismo Primitivo. Los estudiosos no están seguros de la paternidad de los apóstoles en referencia a estas epístolas. Juan en particular, tendría que haber llegado a ser realmente bien viejo para escribir las epístolas que se le atribuyen, y el Apocalipsis más. Y la de Judas y las dos de Pedro parecen tener partes añadidas, y definitivamente hay más de tradición en su aceptación canónica que estudio científico. Por supuesto eso no les quita a ninguno de estos escritos canonicidad alguna, en la medida que son aceptados como parte de la Biblia desde tiempos inmemoriales por tradición, y que eso de decir que son de Santiago o Judas o Juan puede perfectamente ser nada más que un título, producto de suplantación piadosa. Por ello no necesariamente los hagiógrafos son exactamente quienes se dice que son, por los motivos que hemos reseñado ya para otros libros y hagiógrafos de la Biblia.

La necesidad de acordar la verdad como valor racionalista con la verdad religiosa es, a mi manera de ver, muy relativa cuando hablamos de Libros Sagrados en general. Imaginemos que se demostrara científicamente que Siddharta Gautama Buda no hubiera existido jamás, ¿invalidaría ello el corpus de la predicación budista y las creencias de estas personas? Seguramente la respuesta sería afirmativa para muchísimos no-budistas, lo que nos llevaría a preguntarnos más bien por la pertinencia de los que no son budistas a meter la cuchara en las creencias de los budistas. Y es que me parece está aquí precisamente el problema, que ya toqué en referencia a los creacionistas, a la identidad de los hagiógrafos y la paternidad de muchos libros de la Biblia: el tema de la Fe en tanto que creencia en enunciados no demostrados, e inclusive indemostrables. La Biblia es uno de esos hechos de la realidad que puede someterse a pruebas racionales para encontrar la “verdad”. Y por ende pueden encontrarse “verdades” sostenidas en los valores del racionalismo opuestas a las “verdades” sostenidas en los valores religiosos. Pueden existir perfectamente creencias sostenidas en fantasías: Cada cierto tiempo aparece siempre alguien que asegura haber fotografiado los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, y todavía estamos esperando esas fotos. El cuando una creencia adquiere valor de “verdadera” es todo un tema, porque a pesar de toda nuestra parafernalia sobre el asunto, la inmensa mayoría de las afirmaciones en las que creemos son no-demostradas. Empezando por si mi casa está ahí donde debe estar cuando no estoy en ella.  Como profesor de Filosofía que soy he enfrentado este tema, tanto como persona individual como con mis alumnos, entendiendo que debo mantener el respeto debido por las creencias del resto, pero a la vez aplicando el lenguaje y la aproximación filosófica, que excluye de necesidad la aceptación de cualquier doxa, y por ende de cualquier ortodoxia. Y es un tema que seguramente continuará, y que dejo aquí planteado, por lo que pueda valer. Después de todo, no leemos la Biblia necesariamente para averiguar las costumbres de los romanos de los primeros siglos de nuestra era, sino también para encontrar guía y consuelo en nuestras circunstancias vitales. A estas alturas me pregunto si he hecho bien este trabajito, por aquello de que todo lo que vale la pena de hacerse, vale la pena de hacerse bien. Pero adolezco de profundidad, reconozco. Si algo he hecho es, tal vez, inducir a mis lectores a leer por sí mismos, que no es más que lo que nos propusimos desde el principio en estas humildes Crónicas.

V
Colofón

Vaya si me han costado trabajo estas crónicas sobre Leer la Biblia. No es que estén realmente terminadas. Durante el proceso encontré por lo menos dos Crónicas más que se inspiran en Leer la Biblia, y que publicaré llegado el momento. Pero espero haber culminado con estas Crónicas  sobre la Biblia misma, y no haberlo hecho demasiado mal, en el espíritu de lo que se suele leer en la espalda de muchos vehículos en Lima: Lea la Biblia. Parece por último pertinente, por ende, finalizar estas Crónicas con las últimas palabras de la Biblia: El que da fe de estas palabras dice: Sí, vengo pronto. Amén, ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén. (Apoc. 22, 20-21)