sábado, 20 de abril de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 29: BIBLIA Y APÓCRIFOS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 29
Leer la Biblia: Los Apócrifos

I
Las Otras Versiones

Aprovechando  de la pasada Semana Santa me disparé algunas Crónicas sobre la Biblia. De alguna manera yo sentía que las debía, era un bicho que me andaba picando hacía muy buen rato, y conseguí sacarme el clavo con más o menos éxito, pues he notado que alguna gente le ha prestado alguna atención, y eso, después de todo, es lo que quiero que ocurra. Dígase lo que se diga uno escribe para que lo lean. Pero algunas cosas se me quedaron de las otras Crónicas y eso hay que repararlo. Es que la Biblia no es un texto normalizado para todas las religiones, hay Biblias Católicas, Evangélicas, Ortodoxas y de otras confesiones cristianas, en especial las orientales, en las que el número de libros considerados parte del Canon Sagrado aumenta o disminuye. Es el caso de la Epístola de Santiago con las Iglesias luteranas, o de los libros Tercero y Cuarto de Macabeos con la Iglesia Ortodoxa. El orden de los Libros suele ser también muy diferente, destacando por su sencillez el original judío, que los cristianos llaman el Antiguo Testamento: La Ley, los Profetas y los Demás Escritos (Torah, Neviím y Ketuvim). Las traducciones y su mayor o menor fidelidad a los textos originales han producido discusiones acerbas y a veces bastante abstrusas: Algunas confesiones hacen cuestión de estado de la manera de pronunciar la transliteración castellana (que aquí transcribimos de izquierda a derecha, al revés de como debe ser) del Tetragrámaton יהוה, que son las cuatro consonantes hebreas Y(od) H(ei) V(av) H(ei). Estas equivalen al Nombre de Dios, el Yo Soy de la zarza ardiente de Moisés, que en hebreo se escribía y se escribe sin vocales, porque en esa lengua, como en árabe, simplemente no hay vocales que escribir y por lo tanto el problema de cómo pronunciar el Nombre de Dios se resolvía simple y llanamente prohibiendo pronunciar el Nombre de Dios, lo que en buena cuenta resulta no solamente más práctico sinio muchísimo más arcano y solemne.

Por ende, que unos entiendan se deba pronunciar el Tetragrámaton Y(od) H(ei) V(av) H(ei) como Yahvéh, en tanto que otros señalen, exijan e impongan el término Jehováh como único que debe emplearse, implica que hay quienes colocan el empleo de esta pronunciación como suerte de lindero entre aquellos que después del Universal Ajuste de Cuentas gozarán de la eterna Pachanga Celestial, mientras los pecadores que pronunciaron mal se rostizarán al spiedo con carácter permanente. Y esto constituye a nuestro humildísimo y peculiar modo de ver una de las más estúpidas y bizantinas discusiones que se puedan sostener, y yo supongo que el Buen Dios debe estarse lamentando de que al tarado de Moisés se le olvidara el glosario al lado de la zarza, que contenía la pronunciación fonética canónica. No se puede confiar en estos seres humanos. Lo que sí me queda patente es que las gentes parecemos necesitar más de fórmulas mágicas antes que de verdades éticas y morales que guíen nuestras conductas. No sé ustedes, pero para mí eso no es más que una elaboración del infantil miedo al castigo. En fin, si esto se presenta con el Tetragrámaton, imaginemos lo que pasa cuando se trata de exégesis y hermenéuticas de textos mucho más extensos. Ya nomás entenderse con la gente es bastante difícil, porque aunque digamos lo mismo (y a veces hasta con las mismas palabras) a veces se te juzga por tu intención, por la intención del que te habla; por tu tono, por la interpretación de tu tono; por la expresión de tu cara o por el que habla contigo cree que es tu expresión. Si algo es difícil en la convivencia humana es ponerse de acuerdo. Viéndolo desde acá es comprensible la dificultad que hay para entenderse en términos de Verdad Divina

II
Lo de los Unos y lo de los Otros

Por siglos la Iglesia Católica se irrogó la interpretación única y oficial del texto sagrado, oponiéndose así a las Sociedades Bíblicas fomentadas por las Iglesias Reformadas. Conviene repasar algunos acontecimientos al respecto: La Católica Congregación de Propaganda Fide criticó acerbamente la falta de comentarios y notas en los textos bíblicos, en buena cuenta el exceso de confianza en que el Espíritu Santo asista al fiel según el Libre Examen. Por otra parte es muy cierto que hay serias dificultades para traducir el espíritu de las lenguas bíblicas, el hebreo y el griego, a otras lenguas. El Concilio de Trento (1545-1563) exigía de los fieles ciertas condiciones para leer la Biblia en lengua vernácula, como someter la traducción a la aprobación de Obispos e Inquisidores, tarea que luego se confió a la Congregación para la Doctrina de la fe, que entre otras brillantes ideas instituyó el Índex, en el que por cierto jamás estuvo la Biblia. Estas limitaciones fueron liberalizándose poco a poco, aunque se mantuvo la prohibición absoluta de toda traducción de procedencia “hereje”. Una importante Comisión Católica fue fundada por el Papa León XIII con el fin de cuidar de la exposición y conservación del verdadero sentido de la Palabra. La existencia de esta Comisión y sus sucesoras puede leerse de dos maneras diferentes y complementarias: Por una parte atiende a la modernidad – por ejemplo los descubrimientos científicos, mejorando la transmisión del Mensaje; por otra puede verse como encargada de ajustar la Palabra a la Ortodoxia Católica. Las Sociedades Bíblicas nacieron en Inglaterra hacia 1662, y en 1777 inician la edición de Biblias en Norteamérica. En 1946 se fundan las Sociedades Bíblicas Unidas, que hoy combinan los esfuerzos de más de 150 organizaciones y probablemente son la principal editora de Biblias en la actualidad. 

Presenta mucho más interés, por más que no se ajuste a la Ortodoxia, observar la existencia de ciertos libros asociados a la Biblia que comparten con ésta algo de su importancia y/o su sacralidad, aunque por lo general siempre se reconoce a la Biblia como la fuente religiosa más sagrada e importante, la que le da soporte a todas los demás. Es el caso, nos parece, de los libros judíos Talmud y Mishná. Estos textos son desarrollos posteriores, añadidos si se quiere, a la Torah. El Talmud, en sus dos versiones – de Jerusalén y de Babilonia – recoge viejas tradiciones judaicas y muchísimos comentarios. La Mishná (“Enseñanza”) es una codificación de leyes orales y comentarios de mucha antigüedad. Su importancia relativa se evidencia en la profunda tradición rabínica de “construir un muro alrededor de la Toráh”, que ha permitido mantener la esencia de la religión judía sin demasiadas infiltraciones heterodoxas, inclusive del Talmud y la Mishná. La Qábbalah o Cábala es definitivamente otra cosa, y el que estas líneas escribe declara no saber nada de ella, así que no hay comentario posible. Hay diferencias entre la Iglesia Católica y las Evangélicas en cuanto al número de libros de la Biblia, que fluctúa entre 66 y 73. Y está el caso de los llamados apócrifos, es decir, libros no canónicos y en ocasiones considerados falsos, en especial cuando se utilizan para sostener desviaciones pensadas como heréticas. No confundamos estos libros con los llamados deutero-canónicos, que son tan canónicos como los protocanónicos, cuando menos para los Católicos, pues para los Protestantes son apócrifos, y no los incluyen en sus Biblias.

III
Los Libros Apócrifos

Existe una cantidad de libros considerados apócrifos sumamente grande, tan grande como la necesidad de afirmar ciertas ortodoxias sobre otras, o tratar de imponer ciertas creencias en el imaginario de las gentes, y cada confesión tiene sus propios apócrifos. No pretendemos dar cuenta de todos, de hecho nuestra ignorancia en este terreno seguro supera ampliamente a nuestro conocimiento. Entre los apócrifos hay algunos libros mencionados en la Biblia, recordamos específicamente un par en la Epístola de Pedro, en el Nuevo Testamento, que son la Asunción de Moisés, y el Libro de Enoc, de carácter apocalíptico, y que me parece mencionamos en otra Crónica. Otros que corresponderían al Antiguo Testamento pero no se incluyen en las Biblias Católicas por no ser considerados parte del Canon - aunque sí los encontraremos en las de otras denominaciones, principalmente la Iglesia Ortodoxa - son los Salmos 151 al 155, el Libro Tercero de Esdras, los Libros Tercero y Cuarto de los Macabeos, el Libro de las Odas, el Libro de los Salmos de Salomón, el Apocalipsis de Baruc, el Libro de los Jubileos, y algunos trozos sueltos que constituirían diversos añadidos a Libros considerados Canónicos. Al revés de lo que se cree, la lectura de los apócrifos no está prohibida, y en ciertos casos se les ha incluido en ediciones históricas de la Biblia, puesto que mayormente no parecen opuestas a la doctrina, y se consideran como lecturas edificantes, aunque es obligatorio señalar que no son inspiradas por Dios.

Es curiosa la aparición de algunos Apócrifos de creación aparentemente reciente, siempre amparados en problemáticos indicios de antigüedad, como es el caso del Evangelio Secreto de Marcos, nombre sugestivo por lo de “secreto”, pero cuya fuente es dos fragmentos de una carta del Padre de la Iglesia Clemente de Alejandría, carta que también presenta dudas sobre su autenticidad, y que casi seguramente es una falsificación. En los primeros siglos del cristianismo, el interés debe haber sido justificar el cuerpo de pensamiento gnóstico con textos a los que se les adjudicaba carácter sagrado. En nuestras épocas el interés parece ser más bien crematístico. Por lo demás, aparte los evangelios, ha habido muchísimos otros escritos del Nuevo Testamento considerados apócrifos. Hay Hechos de diversos apóstoles y para todos los gustos. Las Actas de Pedro, por ejemplo, contienen la leyenda de Jesús saliendo al encuentro de Pedro cuando abandona Roma, que  Henryk Sienkiewicz retomó y modificó en su obra Quo Vadís?. Asimismo hay Epístolas que se atribuyen al Apóstol Pablo, como la Carta a los Laodicenses, la Tercera a los Corintios, la Carta a los Alejandrinos y un curioso y problemático intercambio epistolar entre Pablo y el filósofo romano Séneca. Abundan las versiones apócrifas inspiradas en el Apocalipsis o Revelación del Apóstol Juan: Ascensión de Isaías, Apocalipsis de Pedro, Apocalipsis de Pablo y el Pastor de Hermas.  Quizá en esta parte quepa mencionar al Libro de Mormón y la Perla de Gran Precio, libros sagrados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, considerados tan sagrados como la Biblia, y que serían supuestamente traducciones hechas por el profeta Joseph Smith de viejos papiros, realizada en la primera mitad del Siglo XIX.      

IV
Los Apócrifos y su importancia económica

Cada cierto tiempo aparecen novelas – con su contrato para la película incorporado - que especulan con un conjunto de creencias “ocultas” o “escondidas” a propósito y culpablemente por diversas instituciones, en especial la Iglesia Católica, con el fin aparente de mantener su poder. La tradicional y secular antipatía de las confesiones evangélicas por el “papismo” tendría alguna parte en ello. Desde la Reforma los países anglosajones han asimilado a la Iglesia Católica con el oscurantismo, la prohibición y la culpa, y ello se constituye en adecuado sustrato para escribir cierto tipo de narrativa. Aunque en la actualidad el laicismo y el agnosticismo ganan terreno constante, existe un sustrato anticatólico para ser explotado. Se venden argumentos basados en teorías de complot donde la Iglesia Católica tiene parte activa. Los códigos novelísticos permiten la mezcla desigual entre realidad y ficción, y así un autor contemporáneo de dudosa calidad pero de mucho oficio como Dan Brown aplica los protocolos literarios que mantienen enganchados a los lectores. Entre estos esquemas está jugar con un limitado concepto del Bien y el Mal, asignando el Mal a la Iglesia Católica, como en Ángeles y Demonios, o a un sector de ella con muy mala prensa (El Opus Dei) en El Código Da Vinci; y el Bien al erudito individualista que representa la crítica, la razón y la ciencia. Vale señalar que el que estas líneas escribe no siente simpatía alguna por el Opus Dei, pero si lo que hace Brown es crítica del Opus Dei, yo soy un marciano. Este asunto tiene su importancia, porque para poder sostener el complot se necesita plausibilidad, es decir tienes que presentar motivos y argumentos para que te crean. Y así se recogen textos como el protoevangelio de Santiago (fuente para la vida de María, Madre de Jesús), o el muy breve y gnóstico Evangelio de María Magdalena, se les sacan dos o tres ideas, que se estiran, lavan, percuden y malcocinan con sal, pimienta, comino y hasta lejía, y se las sirve en tapa dura y edición de millón de ejemplares.

Y ese es todo el acercamiento que las gentes tienen con los Apócrifos del Nuevo Testamento. Hay, claro está, cierta base histórica. En el transcurso de 2,000 largos años la Iglesia Católica en diversas instancias y Concilios se pronunció sobre la veracidad doctrinal de muchos de estos libros, populares en ciertos lugares y épocas, y algunos resultaron prohibidos. He tenido entre mis manos la excelente edición de Nácar-Colunga de los Evangelios Apócrifos, así como otras, lo que demuestra que mientras no se les considere ortodoxamente palabra de Dios, su lectura es posible si bien tampoco la fomentan. Los Evangelios Apócrifos son versiones más o menos complementarias de la Vida de Jesús narrada en los canónicos Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El problema para determinar la canonicidad de un texto sagrado se puede resumir esquemáticamente en si la fuente es anterior a la Doctrina que defiende, o la Doctrina anterior a la fuente. Resulta evidente que el tal Evangelio es “falso” – es decir, hecho por encargo - si es que es posterior a la Doctrina que defiende, como parece haber ocurrido con la doctrina gnóstica, de alrededor del Siglo II d.C., que se habría tratado de incorporar a la ortodoxia cristiana. El tema es complejo y no lo resolveremos aquí, limitándonos a presentar algunos títulos que se han conservado en todo, en parte o en fragmento: El Evangelio del Pseudo-Tomás resulta poco creíble, el Niño Jesús hace pajaritos de barro a los que insufla vida, y causa la muerte de otros niños por travesura. El Evangelio árabe del Pseudo-Juan, el Evangelio de Bernabé, o el Evangelio de la Infancia según San Pedro, fueron escritos en árabe y no se consideran canónicos. El Evangelio de los Hebreos podría haber sido fuente para los Evangelios de Mateo y Lucas, pero está perdido, y sólo se le conocen citas hechas por San Ireneo, Eusebio de Alejandría, San Jerónimo y Clemente de Alejandría. El Evangelio de Judas, claramente gnóstico, defiende la acción de Judas Iscariote como secuaz, auxiliar o cómplice del plan de Jesús. Desde perspectivas coptas y/o gnósticas otros evangelios apócrifos, como los de Bartolomé, Nicodemo y Pedro, narran la Anastasis, o descenso de Jesús a los Infiernos. Interesantes son los evangelios apócrifos de Tomás y Felipe, que reúnen supuestos dichos de Jesucristo. La lista, por cierto, es inmensa, y como dijimos, no la agotaremos, pero tengamos por seguro que hay apócrifos para todos los gustos, y para justificar cualquier creencia que pueda reportar algún tipo de ganancia.

V
Colofón

Si de algo estoy completamente seguro después de haber buceado por más de media docena de Crónicas inspiradas de una u otra manera por la Biblia, es que en realidad casi no sé nada de ella. Haberla leído completa no es garantía de nada, la Biblia es un conjunto que se merece su estudio, y recomiendo su lectura, siempre y cuando esté presidida por la sensatez, y en esto estoy seguro las confesiones religiosas nos acompañan. Punto por hoy.  


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