miércoles, 19 de junio de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 41 - FILOSOFÍA (2)


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CRÓNICAS DE LECTURAS – 41
FILOSOFÍA (2)

I
Qué le hace la Filosofía a la Vida

He escrito ya una Crónica sobre Leer Filosofía, y he tratado de decir su lugar y analizarle su poquito la utilidad. Lo cierto es que de una u otra manera leemos en algún momento algo de Filosofía, y creo que no siempre es por obligación. Leer Filosofía y hacer Filosofía y Filosofar le hace algo a la vida. Si lees bien, si piensas disciplinadamente, es decir si filosofas resulta que se te despiertan ciertos campos neuronales que no sabías que tenías, como cuando montas bicicleta por vez primera y te terminan doliendo ciertos músculos que recién te enterabas estaban ahí. Y piensas que para algunos pensar es el enemigo, y que lo que quieren es que seas un insípido y estúpido cara de caballo, es decir un simple consumidor que no cree problemas, que salive cuando le pongan la publicidad y que gaste. Pero como yo estoy seguro que tú no eres un perro de Pavlov - de otro modo no leerías estas Crónicas - me gusta que me leas, y más contento estoy aún de que uses tu cabeza, a tu modo y a tu ritmo y en lo que te parezca pertinente. Así que si quieres criticar, bienvenida es la crítica y no importa lo dura que sea siempre que sea bienintencionada. Y aunque sea malintencionada bastará con que sea sólida, por esta parte del camino no nos da miedo la polémica. En cualquier caso hay momentos en que es importante que nos metamos con la Epistemología, por ejemplo, cuando estamos metidos en una investigación y de repente hay ciertas preocupaciones muy concretas al respecto. O con la Ética, que hoy es el espolón de la Filosofía en general, porque resulta en una preocupación mayor de nuestra época. O con la Filosofía de la Religión, ahora que todo lo sólido se desvanece en el aire.

En la otra Crónica mostré las dificultades que plantea la Filosofía como materia de enseñanza y lectura de cabecera. Podemos comparar lo que le pasa a un lego en Filosofía con lo que le ocurre a un piloto de Combate, que no lo es porque sea un especialista en combustible de alto octanaje. Para pilotear un avión con éxito se debe saber muchas cosas, pero no hay por qué embarazar la mente con un dominio de especialista del combustible que se emplea, aunque indudablemente es importante saber lo que se necesita sobre él. Y ésta es la clave del asunto, sea en pilotaje de combate o en Filosofía: Qué es lo que realmente necesitamos. Cuando enseñamos algo, Filosofía, Historia, el Triángulo de Pascal, Geometría Analítica, a cruzar la calle o a manejar un tráiler, tratamos en primer lugar que se aprenda lo que es necesario si es que hacemos las cosas bien y con sensatez. No sirve de mucho proporcionar al aprendiz de manejo de tráiler una maestría sobre la bocina del mismo. Por desgracia no es así como operamos en la realidad, los maestros / enseñantes / coaches (no me gusta la palabreja, pero la necesito) tenemos ideas preconcebidas y fuertes prejuicios que guían nuestras decisiones al respecto del qué aprender y cómo. Y la mayor parte de ellas son decisiones de mercado tomadas desde fuera. Vale decir, no se estudia digamos la ética por ella misma sino porque proporciona criterios para tomar decisiones en el desempeño profesional, la Deontología que le llaman.

Por otra parte, no hace tanto se hizo una encuesta en la Pontificia Universidad Católica del Perú acerca de qué contenidos conceptuales de los que se enseñan en las facultades de Ingeniería eran empleados en el tiempo real del ejercicio profesional, y la cifra en porcentaje parecía realmente muy pequeña, menos de 15 % si la memoria no me engaña. Claro está que eso depende de los objetivos que se trace la institución educativa, así como de los perfiles de salida del producto final, esto es, los rasgos del profesional. Porque la Universidad no existe sólo para hacer economistas o ingenieros o artistas o historiadores o trabajadores sociales, también forma personas humanas en una determinada dirección según la personalidad de la Institución. Ello explica los sesgos en las mallas curriculares según la Universidad de que se trate. Da la sensación que desde un punto de vista instrumental, y si lo único que quieren es sacar Ingenieros, puedes recortar un 50 % de los cursos, y el impacto en el desempeño profesional sería relativamente pequeño. O quizá más bien deberíamos decir que recién se notaría en el Largo Plazo. Con esto cuentan muchas instituciones que se dicen Universidades, y que en verdad son Institutos adornados de un caché que no les corresponde, pero que usan el membrete Universidad para ganar plata como cancha. Como por la plata baila el mono, la Filosofía en cuanto Curso se queda presente, pues tiene un costo bajo que se recupera en el caché que ciertas Instituciones necesitan para blanquearse, es decir, un costo de Ventas. Sé que esta es una conclusión más o menos desoladora, pero lo que interesa en general de la Filosofía no es un curso de ella, sino su aplicación y/o la capacidad de leerla, y esto en la medida que sea útil. Me viene a la mente un libro escrito en esta perspectiva: Más Platón y menos Prozac, que he leído a medias, y que debo decir que no lo siento del todo descaminado. Pero no es este libro el que deseo comentar.

II
Por qué no soy Cristiano y otros ensayos relacionados con la Religión,
de Bertrand Russell

Este libro me fue prohibido de leer en casa. Y dada la prohibición y mi nula tendencia a obedecer a la autoridad, fue uno de los primeros libros de Filosofía que leí. No hay nada más bobo en el universo que prohibirle a un chico lector que lea, ello sólo demuestra la impotencia de la Autoridad frente a las ideas. Terminas por entender un hecho que te teleporta a la Independencia: la Autoridad tiene miedo de que pienses. Nuestro país se caracteriza por una secular filosofía autoritaria subyacente que sostiene que la gente no pensará si la aíslas del pensamiento, o mejor aún, que pensará como tú quieres si le das algo para que piense de esa manera. A estas alturas del partido me cuesta creerme que tenga toda la razón George Orwell en 1984. No veo modo de que ese Gran Hermano en particular nos hermanifique a todos. Y si lo consigue es probable que los hermanificados se lo merezcan. Claro, puede haber nuevos modos que no conozca, pero las circunstancias actuales tendrían que ser opresivas en serio, peores que las fabricadas en la mente apocalíptica de Orwell, acertada en otros aspectos. Pero el peligro mayor no estaba en la Unión Soviética, que no consiguió llegar lejos no por falta de ganas sino porque la cosa no es fácil y requiere cuantiosas inversiones. El manejo del mundo postmoderno por el capitalismo neoliberal se distingue mucho mejor en los modales de  los sucesores del complejo militar-industrial que Dwight Eisenhower (conservador pero decente) denunció en su momento. Podemos conjeturar que toda la postmodernidad podría ser fomentada por los que la mueven, del mismo modo que desactivaron a los Panteras Negras en los ´70 s o fabricaron el punk en los ´80 s. ¿Suena a teoría de complot? Sí, pero no por temor a que me crean bobo voy a serlo más negando una amenaza real. Pero se me pierde Bertrand Russell, ojalá pudiéramos solventar al lado de cada ser humano un educador de la calaña de Bertrand Russell por unos cuantos años. Estoy seguro que el mundo se arreglaría en cuanto las gentes se dejaran de pensar bobadas, pues el enemigo público número uno de las bobadas es Bertrand Russell, qué duda cabe. Y escribió mucho y sobre muchas cosas, y siempre se le puede leer con gran provecho. De hecho este libro se hizo muy famoso, y eso que el ensayo que le da título es cortito, pero da inicio a toda la argumentación alrededor del tema religioso y el racionalismo que se despliega en el libro.

Los argumentos del Por qué no soy cristiano son lógicamente impecables. Ahí está su límite, dicho sea de paso. El mismo Russell lo presenta así: Lo que realmente hace que la gente crea en Dios no son los argumentos intelectuales. La mayoría de la gente cree en Dios porque les han enseñado a creer desde la infancia. El análisis sigue una ruta muy ordenada: De qué se trata ser cristiano, la existencia de Dios, los argumentos clásicos de Santo Tomás de Aquino y otros más, entre ellos el argumento del plan, que se parece como dos gotas de agua al famoso argumento del Diseño Inteligente que los creacionistas y otra gente rayada han soltado últimamente como si fuera la gran novedad. Luego se embarca en el argumento moral, en particular el de Kant, para después de reventarlo navegar en una discusión sobre el carácter de Cristo y los defectos que encuentra en sus enseñanzas y que justificarían considerarlo un ser humano de elevada moral, pero no necesariamente de carácter divino. Denuncia a las Iglesias en general como las responsables del retraso del Progreso Moral, y las acusa frontalmente de crueldad diabólica en la imposición de su moralidad. Por último señala al Miedo como fundamento de la religión: Tenemos que mantenernos de pie y mirar el mundo a la cara: sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él (…) Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible (…) Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor. El resto del libro abunda y profundiza en estas ideas, vale la pena señalar algunos de los títulos, que caracterizan perfectamente a un Russell que durante toda su vida tomó firmemente el toro por las astas y no se comió ninguna estupidez: ¿Sobrevivimos a la muerte?, Nuestra ética sexual, Gente bien, La libertad y las universidades, La existencia de Dios, etcétera. Debemos decir que a nuestro humilde entender este libro debería ser leído absolutamente por todas las personas en ejercicio de su libertad. Soy de los que cree que un mejor concepto de Dios y la Religión aparecerá cuando eliminemos toda la hojarasca de los intereses creados por las Iglesias y Organizaciones Religiosas de toda índole, y en este aspecto creo que hasta Bertrand Russell estaría de acuerdo, como de hecho lo estaba Carl Sagan. Un diálogo entre las dos maneras de reflexionar no parece imposible. Terminemos diciendo que Bertrand Russell debería ser leído no solamente en cuanto Filósofo y Matemático, sino como el gran Educador que fue toda su vida. Reconozco mi profunda admiración por este hombre, admiración que comparte en mi pensamiento con ese otro grande combatiente por la Libertad, Nelson Mandela. Así que a leerse el Por Qué no soy Cristiano y todo lo demás que caiga en tus manos. Como es sumamente sólido empieza siendo un poco difícil, pero tras los primeros tropiezos y esfuerzos por entenderlo, se te vuelve un compañero inseparable y merecido.

Un link donde puede hallarse este libro es:
 http://espanol.free-ebooks.net/ebook/Por-que-no-soy-cristiano/pdf/view     

III
El Mundo de Sofía, de Jostein Gaarder

He mencionado ampliamente este libro en una de mis primeras Crónicas, traté con éxito relativo de usarlo para enseñar Filosofía. Algunos de mis antiguos alumnos – antiguos en el sentido del tiempo transcurrido, no de la edad – me hacen saber que se felicitan de haberse introducido en la Filosofía por este libro, lo que siempre hace que uno se sienta mejor. Pero ahora me gustaría comentarlo desde la perspectiva de lo que ocurre cuando se combinan dos y hasta tres géneros: Novela, Historia y Filosofía. Empecemos por el título: El Mundo de Sofía suena un tanto común y silvestre, después de todo así se construyen la mayoría de las frases y oraciones: El chino de la esquina, el papá de Matilde, el león del zoológico. Estamos acostumbrados a decir y leer estas expresiones y no solemos percatamos de su ambivalencia o anfibología. Eso pasa acá: El sentido del asunto expresado en la frase–título El Mundo de Sofía, está en Sofía, claro, pero también está en el Mundo. Nosotros, como la protagonista Sofía Amundsen, no solemos preguntamos sobre la estructura de la realidad al interior de la cual vivimos a no ser que se nos despierte alguna duda al respecto, y para que eso pase tiene que ocurrir algo realmente gordo. Cuando reflexionamos hacemos harta hermenéutica porque el pensamiento filosófico no es pensamiento científico, que a su vez es un caso particularísimo de pensamiento racional, y leyendo la novela no hay nada de esto, sino una historia común y algo sonsa sobre una niña y un profesor y unas extrañas clases de filosofía en el límite mismo de lo verosímil, como si nos contaran el proverbial cuentito de hadas. Lo que yo sé es que si mi hija empezara a recibir cartitas raras de un profesor de filosofía, probablemente ese gallo terminaría preso. Cuando leemos novela hacemos un pacto implícito con el autor: Le creemos así meta en el relato Dragones, Mosqueteros, Trapecistas, Militantes liberales del Opus Dei, Feudalismo Industrial o Islas Voladoras. Ahora bien, cuando este relato algo simplón (uno se pregunta por qué es best-seller, y la verdad por eso continué leyéndolo) alcanza el límite de lo verosímil, de repente nos percatamos que Sofia Amundsen se cuestiona precisamente esa verosimilitud de la esencia del Mundo en que ella está, y empieza a aproximarse poco a poco a una Verdad nada cómoda. Y ahí es cuando nosotros en tanto lectores empezamos a rayarnos y empezamos a entender que la anécdota estaba diseñada para adormecernos y encajarnos un bombazo.

Dios mueve al jugador y este a la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza? Este es un versito de Jorge Luis Borges que viene muy a cuento, porque si Sofía Amundsen se pregunta sobre el Mundo en el que “realmente” está, tiene que percatarse con el coprotagonista Alberto, el Profesor de Filosofía, que ellos mismos son personajes de una novela, y que viven su tiempo mientras está siendo escrita por un Mayor del Ejército Noruego destacado con las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas en el Líbano como obsequio de cumpleaños para su hija Hilde. Hasta acá Dios mueve al jugador, pero Alberto empieza a sospechar que el Mayor no sabe que a él también lo escribe un tal Jostein Gaarder. Y ya puestos en esta seguidilla, no hay motivo para detenerla creyendo que somos diferentes del resto del Universo o que vivimos en un plano particular: A nosotros, que leemos al buen Jostein, nos podrían estar escribiendo, también. Y subidos a este potro ¿por qué al Buen Dios – nombre que le daremos provisionalmente al Supremo Escritor – no podría estar escribiéndolo alguien (¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?)? Y como ya metí un signo de interrogación dentro de otro, evidencio la muñeca rusa que es esta inocente novelita, y de repente la mismísima trama de la llamada "realidad". Estamos en el terreno gnóstico del siglo II d.C., que dejó honda huella en la civilización occidental, que presenta una posibilidad posible que no tiene nada de boba, metidos en el terreno de la dilucidación de la Física de la Realidad – es decir de la Metafísica. Ni es tampoco Gaarder el primero al que se le ocurre aplicar el inocente versito de Borges, que tan bien se la sabía. En su novela – o nívola, término que remite a la neblina o niebla, o … – Niebla, Miguel de Unamuno hace que un personaje le hable y hasta lo cuadre (Usted se morirá, mi Don Miguel, y Dios dejará de soñarlo). Woody Allen también cae en el encanto de recombinar los planos de la realidad en su película La Rosa Púrpura del Cairo, aunque en el caso de Unamuno la cosa es dramática, mientras que en Allen es un motivo más para desternillarse de risa. Al final de todo, lo cierto es que una historia que parecía tratar de hacer entretenida la Historia de la Filosofía en realidad se resuelve en una profunda reflexión sobre el Ser y un reconocimiento del poder y los límites de nuestra capacidad para la reflexión. Y para la rayadera. Presten especial atención al final de la Novela (O nívola), cuando lo hagan tal vez – solamente tal vez -  se encuentren en la punta de los pelos del conejo … 

Un link desde donde puede bajarse este libro es:
 http://www.dad.uncu.edu.ar/upload/El%20Mundo%20de%20Sofia.pdf

Y para los que no sepan que este libro había terminado teniendo su película, acá va el link:
http://www.youtube.com/watch?v=eI64ujPtB-w&list=PL67d4V6VTlB52m8iCBxdYReW_U_S8suZf&index=39
    

IV
Contra el Método, de Paul K. Feyerabend

Tratar de entender la Ciencia es uno de los grandes problemas de la Filosofía. Hay la idea de que la Ciencia es exacta, metódica, rica, ordenada, todo eso se supone lo aprendemos en esos bonitos manuales por los que todos pasamos cuando llevamos cursos de metodología o seminarios de investigación, en especial cuando tenemos que hacer la Tesis, esa maldita desgraciada, y tenemos que pasar por el aro del método científico y sus reglas. Me recuerda esto esos libros con los que se trataba de introducirnos al tema en el primer o segundo ciclo de Educación Superior, del tipo de La aventura del trabajo intelectual, de Armando Zubizarreta o La tesis universitaria de José Antonio Del Busto Duthurburu. También he leído, como tantos, al filósofo argentino Mario Bunge y su La Ciencia, su Método y su Filosofía, elevados a los altares académicos con justicia, porque me parece un libro muy bueno precisamente por la crítica y defensa de un cierto tradicionalismo realista aristotélico. Pero cuando el tiempo pasa y la novedad se desvanece, pasa con las reglas del método científico lo que pasa con la mayoría de las reglas sobre cualquier cosa, que podemos tal vez seguirlas en plan de manual y esto nos ayudará a cumplir con lo canónico de la tesis, por ejemplo, algo que indudablemente nos traerá grandes ventajas aunque no volvamos a ver una investigación en todas nuestras reencarnaciones posteriores. Pero para entonces ya nos habremos comido algunas otras cositas de más complicada digestión, como la Introduction to research, de Tyrus Hillway; la Introducción a los métodos de la sociología empírica, de Renate Mayntz, Kurt Holm y Peter Hübner; a Johann Galtung, Teoría y Método de la Investigación Social (Uno de mis preferidos, si debo decirlo, junto con los Métodos de Investigación Social de William Goode y Paul K. Hatt). Por otra parte, ser muy canónico y seguidor de las reglas no molesta nada y es de extrema utilidad en las ciencias formales -matemáticas y lógica – pero las variantes en la Investigación Social requieren que miremos la cosa, como se decía antes, cum grano salis. Cuando se trata con la realidad hay que aplicar las reglas creativamente, y la creatividad con las reglas suele ser arriesgada cuando hay un título académico de por medio. Sin embargo, para mí constituye indicio de anquilosamiento social cuando se siguen las reglas por el puro prurito (o picazón, que eso significa prurito) de seguir las reglas. Las reglas son básicamente algo que es útil para alcanzar un objetivo, en este caso para alcanzar conocimiento, y por eso uno debe conocerlas al dedillo para saber en qué medida las debe asumir. Y no, no estoy aconsejando dedicarnos al incumplimiento sistemático de las reglas, sino a la necesidad de conocer y practicar una ética y moral más elevada que la que proviene de simplemente cumplir las normas por cumplirlas. A veces cumplir con las normas es ética y moralmente un crimen. En ciencia, digámoslo así, posiblemente.

Por ello una crítica fundamentada contra el método en general y contra el método científico en particular es siempre pertinente. El libro de Paul Feyerabend que trato de reseñar precisamente hace eso, criticar el método con método crítico, tan caro a la Filosofía en general y tan sólidamente establecido por Emanuel Kant, que dejándonos de cosas se calzaba sus puntos a pesar de esas metidas de pata éticas de que hablamos líneas arriba. Por cierto, criticar la crítica es también pertinente, pero si criticamos el método, y /o a la crítica del método, cuando menos estamos en la obligación de fundamentar nuestra asistematicidad en la investigación y el método científicos. Menos mal hay cómo, Feyerabend toma en consideración la relatividad de las afirmaciones científicas en el tiempo, considerando la Ciencia misma como un conjunto de ideas y proposiciones que se desarrolla históricamente, y siendo histórico su desarrollo participará de los factores ambientales que la rodean, incluyendo particularmente en ello las consideraciones semi-mitológicas que los propios sujetos agentes - los científicos - utilizan cuando tratan de describir su propio proceso científico “históricamente”. La misma idea de la racionalidad que rodea a la Ciencia, los conceptos e ideas socialmente predominantes sobre la esencia e importancia de la inducción y la contrainducción, del falseamiento o falsación, de la teoría, de lo empírico y del experimento, de las bases lógicas y epistemológicas que sostienen el edificio de la Ciencia, de la interrelación entre los conceptos y los hechos – que por cierto ha hecho crisis en la post-modernidad -, de las autolimitaciones ideológicas en la interpretación de los hechos lleva al autor de este libro a atacar toda ortodoxia y a sostener una suerte de Teoría del Error Científico, en la que basa su anarquismo epistemológico. Y no está solo, pues con Karl Popper, Rollo May, Imre Lakatos, Willard Ormand De Quine y Jerszek Kolakowski, entre otros, hay harto de qué hablar al respecto. Me parece que tal vez no debería ahondar más en este tema, complejo de por sí, más allá del simple propósito de comentar un buen y moderno libro de Filosofía. Las ideas de Feyerabend han calado hondo en la crisis de la racionalidad y de la ciencia, y su Teoría de la Inconmensurabilidad, que comparte con otro gran filósofo crítico, Thomas Kuhn, es importante de ser conocida para todo aquél que pretenda decir que sabe filosofía. Terminemos este apartado con unas palabras del propio Feyerabend, las que dan término a Contra el Método: … la teoría se aplicaba, pero (…) no se entendía todavía. El entendimiento (…) se hace así inefectivo y superfluo. Resultado: Las sensaciones también pueden ser eliminadas del proceso de entendimiento (aunque pueden seguir acompañándolo, del mismo modo que un dolor de cabeza acompaña al pensamiento profundo).

Un link desde el cual bajarse este libro, acá:
http://ifdc6m.juj.infd.edu.ar/aula/archivos/repositorio//0/137/Feyerabend-_Tratado_contra_el_metodo.pdf       

V
Colofón

Algunas personas me han acusado con gran crueldad mental y emocional de ser un racionalista furioso que ve las cosas en función de su lógica y sistematicidad en relación con el Gran Todo Flotante del Conocimiento y la Realidad, dejando aparte el sentimiento y otros modos de captar y vivenciar la Realidad real que me (nos) rodea. Calculo que si leen esta Crónica dichas personas disparen una semisonrisa de conmiseración. Esas cosas pasan cuando lees pues. Y qué bueno. Así que ya sabes, parafraseando la Biblia: Lee y haz lo que quieras.