miércoles, 6 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 63 - BIOGRAFÍAS DE RELIGIÓN

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CRÓNICAS DE LECTURAS – 63
Biografías de Religión

I
Religión, Historia, Hagiografía, Biografía

Que no se debe hablar de Religión es algo de lo que mi Santa Abuela – descansen en paz sus santos huesos – nunca se cansó de prevenirme. Esté donde esté me perdonará que lo haga porque no hubo cosa que no me perdonara, ni nunca el perdón fue tan sanador, lección de vida que me dejó la Anciana Señora y que hoy en día debiera aplicarse más. Pero la experiencia ni es gripe ni se contagia, así que sigo adelante: Entre los personajes propios de la Religión hay caracteres especialmente curiosos, que conforman en sí mismos todo un Universo: ángeles y arcángeles de los diversos coros celestiales, demonios de diversos rangos, profetas de varios tipos, escritores sagrados, discípulos y apóstoles, predicadores y por supuesto santos y fundadores de religiones. De entre todos estos hay muchos que existieron de verdad sin duda alguna, como Ignacio de Loyola, Maximiliano Kolbe, el Bab o Juan Calvino. De otros estamos igualmente seguros en su existencia, pero sabemos casi sólo lo que sus primeros seguidores querían, creo que el Baha´ullah de los baha´is está en ese caso, así como Kung-Fu-Tze e incluso Francisco de Asís; en tanto que otros son definitivamente legendarios, como San Cristóbal el patrón de viajeros y caminantes o Arjuna, el santo guerrero del Baghavad-Gitä. Escribir Biografías sobre ellos - en la medida que tratan de ser Historia, esto es relatos fidedignos – tendrá dificultades fuera de las tradicionales  de la investigación histórica, como los ataques contra su verosimilitud. El tema religioso está muy manoseado, la vieja separación entre el fuero individual y el colectivo tiene más bisagras y roces de los que se suponían, y las creencias de hoy, más relativas que nunca, juegan en una especie de walk-over axiológico.

En teoría el fuero interno de las personas es sagrado por ser aposento de la libertad de conciencia, e incluso se reconoce la libertad negativa de guardar reserva de las propias convicciones si ello sometiera a algún riesgo a la persona; y tal riesgo existe. La intolerancia en materia religiosa está desagradablemente extendida, aún en personas cuya posición las hace supuestamente tolerantes. Parece que estamos de vuelta de esas bobadas del respeto al derecho ajeno, y la postmodernidad – como constatan los pensadores más lúcidos en la actualidad - no deriva en la coexistencia pacífica sino en la imposición del más fuerte, normalmente el que más plata tiene. Así a nadie llama hoy la atención que se elija Religión por necesidad económica, y que la intolerancia sirva más bien a los que lucran con ella que a los defensores de la libertad de conciencia de cualquier credo. Hace pocos días fui amenazado de represalias si cometía el crimen de realizar un acto de conversión, el que manifesté como eventual y medio en broma medio en serio. Y la tal amenaza a la libertad de mi conciencia vino de alguien que no solamente se computa supertolerante, sino que sostiene – o sostenía - sentir afecto por mi humilde persona, y de esto hago cuestión de estado aunque a otros no les parezca. Creo que lo único que cabe concluir es que ese afecto es análogo al expresado por la criollísima frase No es amor al chancho sino al chicharrón. Vale decir: Te quiero mientras pienses, sientas y hagas como yo quiero. No sé qué pensarán mis lectores, pero en mi modestísima opinión quien no te respeta no te quiere aunque lo jure ante cualquier altar.

Y a otra cosa, mariposa. Creo que los tres personajes que he elegido para reseñar (Un santo católico, un reformador y un fundador de religión) muestran algunas de estas dificultades y cómo sus autores trataron de superarlas. Ojalá que aprovechen en beneficio de la libertad de toda persona de encontrar su propia verdad espiritual, sin coacciones ni coerciones. 

II
Lutero, de Albert Greiner

Cómo resuelve Albert Greiner el problema de las intenciones en su biografía de Martín Lutero (1483 - 1546) es interesante y aleccionador. Profesor universitario sólidamente instalado dentro del racionalismo francés, a la vez que pastor luterano en el mismo centro de un país eminentemente católico; era de esperar que su obra cabalgaría con cada pie en distinto caballo, entre la Historia y la Apología; y efectivamente se acusó a su libro de hagiografía, véase si no como termina: … es necesario, ante todo, que el Evangelio sea predicado, a fin de que Jesús reine y toda criatura le reconozca como Salvador y Señor. Y sin embargo es un libro simple, escrito sin pretensiones, que reconoce sin mojigaterías la peculiar situación de su escritor. En su Nota previa, Greiner manifiesta conocer qué terreno pisa: Conoce a Cristiani y Lortz, católicos ecuménicos que se esfuerzan por entender honradamente a Lutero; al laico Lucien Febvre en su notable intuición (sobre) la crisis religiosa del monje; así como a sus correligionarios Lilje, Strohl y Kooman, en quienes reconoce la inspiración espiritual. Sí, el historiador y académico ha hecho su tarea, y también es consciente del encargo recibido y de cómo le afecta personalmente como Pastor de una Iglesia, alguien a quien la neutralidad le está vedada: Presentar a su personaje a un vasto público francés que ni le tiene simpatía religiosa al biografiado ni le perdonará al biógrafo no hablar francamente. Así que se aproxima a su objeto de estudio con sencillez, sin aparato crítico ni inútiles arreos que le quiten o le añadan al testimonio de vida de Martín Lutero no en cuanto “reformador”, sino renovador de la vida religiosa. Como historiador y Pastor, Albert Greiner espera inducir con sencillez a que se conozca un poco mejor lo que realmente cuenta: la experiencia religiosa de Martín Lutero. Y así la virtud principal que esta biografía consigue es el equilibrio entre el dato histórico y la necesidad espiritual que este dato ha de satisfacer.

Por eso puede empezar por describir lo que fue espiritualmente la época de Lutero en un capítulo primero titulado La llamada de Dios. La Edad Media se ha resuelto en el Renacimiento y la recuperación del pensamiento; el mundo de los señores y los vasallos está dejando de ser; y nuevos problemas materiales y espirituales sacuden la conciencia de un individuo que recién se descubre como tal. Dos siglos atrás Francisco de Asís había marcado pautas nuevas, pero el impulso parecía haberse pasmado y aún apestaban los restos de la hoguera en la que se quemó a Jan Hüss. La crisis espiritual y religiosa del siglo XVI exigía un profeta y un director de conciencia, y este es el doble ministerio que el Señor de la Historia puso en manos de Martín Lutero. La cólera de Dios, lo irrevocable de su juicio, la inminencia de un Dies Irae (Día de la Ira) donde a duras penas el justo estará seguro; todo esto produce literalmente un miedo de muerte, más espantoso aún porque la misma muerte no se agota en ella misma como antesala del Eterno Castigo. Al joven Martín este temor le lleva al Convento y al sacerdocio, en medio de una durísima lucha interior, en la que a diferencia de los muy convenientes e interesados conflictos de conciencia actuales, no caben componendas ni relativismos y son perfectamente inútiles las autodisculpas convencionales, pues la crisis no se oculta tras palabras o hechos, al final de todo eres tú y sólo tú lo que está en juego y autoengañarse es la más soberana estupidez. Que esta crisis interna no era cosa sólo de Lutero se ve en los combates interiores de muchos otros, entre ellos el monje soldado Iñigo López de Recalde, reflejados en sus Ejercicios Espirituales. Lutero se bancó su crisis él solito sin una orden religiosa que le respaldara, y el resto es Historia que puede leerse en este enlace: http://semla.org/portal/wp-content/uploads/2011/05/Lutero-de-AlbertGreiner.pdf

III
Mahoma, de Washington Irving

En todo momento, el objetivo del autor ha sido resumir en un relato fácil, claro y fluido los hechos conocidos sobre Mahoma, junto con sus leyendas y tradiciones que se han introducido en todo el conjunto de la literatura oriental … . En otras palabras, aunque el autor está tratando de ser fiel a la verdad histórica, pues le pasa lo que a Stefan Zweig con sus biografías, es decir que le gana la literatura, y eso es completamente natural porque esta biografía apenas merece tal nombre, y más bien debiera decírsele, como sugiere el mismo Washington Irving (1783 – 1859), un relato sobre lo que se sabe de Mahoma (562-632). Ahora bien, esta obra a mí me gusta  mucho, por el peculiar estilo del autor de los deliciosos Cuentos de la Alhambra, de alguna manera como si fuera un cuento más que no obedece demasiado a los parámetros ni de la Biografía ni de la Historia. Esta es su peculiar manera de resolver el problema de la Verdad Histórica: Prescindir de ella y asumir el asunto como una cuestión de verdad literaria, sin pronunciamientos a favor o en contra de la verdad histórica, narrando lo que se sabe de los hechos de la vida del personaje tal como le llegan, incluyendo las historias y leyendas que se cuentan sobre él. Apenas se puede llamar biografía a esto me parece, porque no cumple con los requerimientos más primarios de la Ciencia de la Historia. Pero a diferencia quizá de otros libros que se imponen por sesudos, es más bonito leerlo porque tiene exotismo, porque está bien narrada, porque cuenta bien un relato ya por sí mismo interesante. Podría ser una biografía novelada o una novela histórica, pero el título, por decirlo simple, nos complica algo: Mahoma. Nada más.

Y es bonito que esta obra tenga más de ciento cincuenta años de publicada y se le pueda seguir leyendo no solamente porque los datos no han cambiado tanto, sino porque así hubiera más datos, su valor fundamental es que está bellamente escrito, y si se quiere una razón más porque el personaje Mahoma mantiene en la actualidad una vigencia mayor que nunca. En términos modernos a esta Biografía (casi digo novela) se le podría clasificar de Romance Histórico o Historia Novelada, según los pasajes que se eligieran. Por otra parte no se abstiene de hacer al final juicio histórico medio positivista, con las virtudes y los defectos de esa manera de historiar de principios del Siglo XIX. El arte del retrato y la descripción literaria estaban en boga pues las imágenes aún no habían ganado presencia en el imaginario colectivo como hoy, y había que describir situaciones y personajes meticulosamente: Su porte era (…) tranquilo y ecuánime; algunas veces gastaba bromas, pero lo más normal era que estuviera con ademán grave y digno, aunque también se dice que poseía una sonrisa cautivadora. Esta es solamente una pequeña parte de las muchas que Irving dedica a la descripción, y no cabe duda que es solvente dentro de los cánones prescriptos. Y se hace preguntas inteligentes y de gran interés: ¿fue un impostor sin principios, como algunos parecen opinar? ¿Fueron todas sus visiones y revelaciones mentiras deliberadas? ¿Fue todo su sistema una sarta de mentiras? Qué preguntitas, que por cierto podrían aplicarse a los milagros de Jesús o al cruce del Mar Rojo de Moisés, y por ello conocerán diferente respuesta según la particular fe religiosa a que se adscriba. El tercio excluido funciona más rudamente en cuestiones de fe que de ciencia, me sorprende la inconsistencia de que se le ataque en una y se le tolere en la otra. En estas cosas creo en una prudente equidistancia que evite todo fundamentalismo. En cualquier caso leer esta Biografía sigue siendo bonito.

No he encontrado en red esta biografía, pero puedo entregar Los Cuentos de la Alhambra en versión de la Biblioteca Digital Miguel de Cervantes, que les aproveche, chicos:  http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/90251735431269485732457/index.htm

IV
San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez), de José Antonio Del Busto Duthurburu

Mi curiosidad por los santos y por cómo se vivían las circunstancias de la santidad en una determinada época, o para el caso la manera que los seres humanos tenemos de enfrentar desde el punto religioso las muchas vicisitudes humanas, encontraron ciertas respuestas en este libro, que encontré por completa casualidad un día que pesquisaba librerías en el centro de Lima, cual cazador experimentado pero sin idea alguna de cuál sería mi presa. Yo ni siquiera sabía que existía esta biografía y fui el primer sorprendido de encontrarla, y decidí su compra por las consideraciones ya manifestadas, por estar advertido de la calidad del autor del que alguna vez fui alumno, y por último y para nada menos importante, porque era un saldo y estaba baratísimo. Sorprendía ver a Del Busto emprendiendo la Biografía de un Santo, no se asocia a los académicos de fuste con el Santoral. Y no es lo mismo en las biografías de Santos que te cuenten la historia los que tienen interés en ella por razones religiosas que los que tratan de dilucidar la verdad científica e histórica. En este terreno hay hartas minas plantadas, y José Antonio Del Busto era un católico definitivo y practicante, que se supone por obligación debía creer en las verdades que enseña la Santa Madre Iglesia, incluyendo entre ellas los milagros de San Martín de Porres. Pero también era un historiador de polendas, por ende ducho en esto de poner límites entre una cosa y otra, lo que nos habla del grande problema ético y deontológico de posibles lealtades enfrentadas que hubo de resolver. Pero José Antonio Del Busto sortea la dificultad con elegancia y hasta con cierta agradable y acriollada rudeza.

Tras comentar las diversas fuentes y donde se encontraban, nos suelta este detallito: En consecuencia, hemos tenido que centrar nuestra búsqueda en el Proceso de Beatificación de Fray Martín de Porras  (…) continúa siendo la fuente medular sobre el biografiado; sin ella sería imposible elaborar la biografía del santo. Lo que es como decir: miren muchachos traté de encontrar otra cosa, pero como no había … aquí está esto. Pero no se queda acá el hombre, y trata de superar la dificultad de índole positivista dando un paso atrás, respirando hondo y atacando desde otra dirección historiográfica: esta biografía se ha elaborado reconstruyendo el pasado como pasado, tal como fue y no como creemos que fue, tal como sucedió y no como quisiéramos que hubiera sucedido. Y dado que yo soy peruano, de Lima, y hasta casi diría paisano del Barrio de Fray Martín, pues que me agrada la cosa y lo leo porque no es posible entender el Perú sin San Martín de Porres y su proverbial perro, pericote y gato. Porque yo defiendo mi libertad religiosa y mi conciencia a ultranza y seré todo lo agnóstico y librepensador que me parezca según mis honestos saber y entender, y así mismo declaro que con todo eso a mi negro San Martín no me lo toca nadie. Que en la identidad religiosa la coherencia no es valor principal, ni a nadie obligo a variar sus creencias por mí. Por eso cuestiono con dureza el racismo de la Iglesia Católica, que no tiene empacho en canonizar a Rosa de Santa María en poco tiempo, en tanto que con Fray Martín necesitó tres siglos. Que la época no estaba preparada me suena a excusatio non petitia, que acusatio manifiesta. En esto la Iglesia está obligada a marcar la pauta o no cree lo que enseña. San Martín de Porres es el primer Santo de raza negra, canonizado recién en 1963 por el reciente Santo Juan XXIII, el Papa Bueno. Mejor tarde que nunca, parece.

En todo caso, si logras obtener este libro, hallarás una narración muy bien hilvanada, y sobre todo muy bien navegada por su autor. Creo que podría considerarse esta biografía como una joyita en su género, y es una lástima que no se haya digitalizado cuando se ha hecho con otras biografías de dudosa calidad en su documentación. Pero dejo un enlace a un texto del historiador Teodoro Hampe, especializado en temas religiosos del Virreinato Peruano, que puede contextuar la búsqueda bibliográfica, si hubiera el interés para ello:  http://halshs.archives-ouvertes.fr/docs/00/82/81/23/PDF/redial_1997-98_n8-9_pp53-67.pdf    

V
Colofón


Si existe algo que debe respetarse a como dé lugar es la libertad religiosa. Que este concepto como tantos otros solamente adquiera dimensión y profundidad en tanto lo manifieste y sostenga el homo economicus – un sesgo limitante de la persona humana integral – me parece sumamente agresivo y más penoso mientras más inconsciente. Hay una ceguera axiológica análoga  a la ceguera al lenguaje corporal de las personas de condición Asperger, mucho más grave cuanto que es más dañosa para los demás. Que el que tenga Oídos, que Vea.