martes, 15 de abril de 2014

CRÓNICAS DE LECTURAS 78 - BIOGRAFÍAS: EL MALO DE LA PELÍCULA- ADOLFO HITLER

CRÓNICAS DE LECTURAS – 78
Biografías: El Malo de la Película – Adolfo Hitler

Un torturador no se redime suicidándose. 
Pero algo es algo.
 (Mario Benedetti)

I
Los Malos de la Película

Las Biografías sobre los Malos de la Película no tienen pierde, porque a pesar de lo que se descubra y de lo que pase en el futuro, su fama de chicos malos les persigue. El problema de fondo está en el ejercicio de la crueldad contra aquellos que no pueden defenderse. Las cifras no cuentan, he visto encuestas sobre los más malos o crueles de la historia, y hay quien incluye a Poncio Pilatos, pese a que solo habría ejercido crueldad conocida sobre una persona, algo discutible en una época donde ello era tan corriente que a nadie le llamaba la atención emplearla hasta que los pájaros cantaran La Traviata en guaraní. La crucifixión era común en el Imperio Romano, el empalamiento un deporte practicado desde Chile hasta Rumania, y el ajusticiamiento - con su tortura más - común hasta la Revolución Francesa. La Crueldad era un componente deseable y deseado del “castigo”, y éste impartido con pocas justificaciones mayores que la voluntad del mandamás de turno. Esto choca con los conceptos modernos, que desde Grocio, Kant y Voltaire tratan de fomentar conductas más humanas.  No hay entonces tanto espacio para la subjetividad en esto de la crueldad, excepto en su “medición”. Podría verse como tema cuantitativo, cosa relativa porque no se es más cruel por matar más gente, sino por cómo se hace: Se define por el exceso cometido, el dolor infligido, la injustificada vesanía de la tortura, la presencia de venganza y salvajismo en el castigo. De ahí que el argumento “Nosotros matamos menos” no es sólo políticamente infantil, sino éticamente falaz por la cuanti y por la cuali. Si hasta el hecho de matar se considera cruel, los estados tratarán, si es que al final tienen que matar, de hacerlo “misericordiosamente”. La Guillotina se publicitó como republicanamente rápida para evitar sufrimiento inútil. Por el contrario, se puede ser extremadamente cruel y no querer matar a nadie – por lo menos hasta que canten - como atestiguarían la Inquisición y las Dictaduras militares de América Latina. Para ser un verdadero malo de la película hay que unir al homicidio la premeditación, la alevosía, la ventaja.

Pensemos en tipos como Calígula, Nerón, Atila (Azote de Dios, nada menos), Genserico, Gengis Khan (Que hizo arma del terror, si bien no fue ni el primero ni el último), Timür Lenk (que erigió pirámides con cabezas humanas), Rasputín, Jorge Rafael Videla, Lucio Cornelio Sila, Leonidas Trujillo, Ricardo Corazón de León, Rodrigo Borgia (Papa Alejandro VI para amigos y enemigos), Herodes el Grande, Charles Manson, Hernán Cortés, Joseph Mengele, Francisco Pizarro, Vlad Tepes (a) Dracul (gran aficionado al empalamiento), José Stalin (12 millones, sin contar los enviados al GULAG), Asurbanipal, Jean David Nau (a) El Olonés, Idi Amín, Leopoldo II de Bélgica (el rey negrero, anótenle cinco millones de congoleses), Saloth Sar (a) Pol Pot, Alfonso Capone, Iván el Terrible, Jean Bédel Bokassa, Benito Mussolini, Tchaka, Simón de Montfort (Mátenlos a todos, Dios escogerá a los suyos), Augusto Pinochet, Pedro el Cruel, Slobodan Milosevic, Pedro de Torquemada, el Pirata Henry Morgan, Billy the Kid, Juan Martín Boves, las familias Duvalier y Somoza, con todos ellos no hay duda, ejercieron crueldad sobre víctimas indefensas e inocentes. No diferenciamos acá autoría mediata de inmediata, tan Caín es quien ordena asesinar como quien lo ejecuta. Peor aún, si recordamos por ejemplo al cobarde Heinrich Himmler nauseoso por contemplar el efecto de sus órdenes a la SS. Los rankings basados en el número pueden ser una curiosidad pero es mejor no hacer distingos entre asesinos, pues la condición está generalizada. Véase si no en las mujeres, como María Estuardo de Escocia, la condesa Isabel Bathory (asesina de 600 jóvenes núbiles, cuya sangre bebía para obtener la eterna juventud), Ilse KochLa Zorra de Büchenwald”, Bloody Mary, Ranavalona I de Madagascar (en su cuenta hay un millón de esclavos) y quien sabe cuántas más. 

La crueldad parece inseparable de la necesidad política y militar; combinar moral con política y guerra es sumamente complejo, un problema nada alejado de las simpatías políticas que tienden a disculpar a los personajes de nuestra camada en función de sus logros, y que consideran a las víctimas como "bajas necesarias y lamentables", qué pobre consuelo y falaz justificación. Ilse Koch, Vlad Dracul o Idi Amín no generan duda, no poseen motivación, causa o ideología a la cual adscribirse Pero ¿qué hay de Julio César, Alejandro Magno, el Ché Guevara, Saddam Hussein, George W. Bush, Napoleón Bonaparte, Mao Ze DongFrancisco Franco, Muammar Gaddafi, Harry Truman, Winston Churchill, Vladimir Ilytch Lenin, etcétera? ¿Puede cocinarse una tortilla sin cascar huevos? ¿Cómo logras objetivos políticos y militares sin causar muertes y daños? ¿Se puede acaso, como dice Shakespeare en Enrique V, ganar una guerra sólo con soldados bondadosos? ¿Podía Truman no arrojar la Bomba Atómica a Hiroshima? ¿O el Ché liberar Cuba sin fusilar gente? ¿Si te comportas decente, no te gana tu enemigo, a quien tales límites ético-morales no le estorban? Olvidamos con facilidad que en una ruptura general de las reglas de la convivencia civilizada (la guerra es eso) no se pueden juzgar los hechos del mismo modo que en situación de paz. Es un grave problema, nuestro propio “conflicto interno” en el Perú con Sendero Luminoso, que tantos se inhiben de llamar “guerra”, presenta ese problema: Si era "guerra", pues entonces se rige por el conjunto de reglas A, y si era “conflicto armado interno” con el conjunto B. Lo que no puede pasar es lo que hace la Derecha Bruta y Achorada, operar a la vez como A y como B. Es decir, con las reglas del conflicto armado interno cuando me benefician, y las de la guerra para jorobar a los adversarios. Y a la inversa, qué cuajo. Ello lleva a lo que decía Unamuno: Vencerás porque tienes la fuerza bruta, pero no convencerás porque no tienes la razón. Es decir, ganarás en la coyuntura pero prepararás tu derrota en la estructura. A ver quién les hace entender eso. En fin, trato de no ser partisano, y por ello uso el mismo argumento para Lenin y para Franco, por ejemplo, pese a ser consciente de cómo la Historia la escriban los vencedores, y la verdad sea la primera víctima de la Guerra. Por ello, para tratar este tema me voy a un personaje incontrovertiblemente malvado: Adolfo Hitler.    

II
Hitler, Estudio de una Tiranía (Tomo I), de Allan Bullock

Pocos individuos más biografiados que este genio del mal, tan analizado, tantas veces superficial y sesgado. Dicen que la biografía que acaba con todas es la última que se ha editado de Ian Kershaw, pero no lo puedo afirmar de seguro porque no la he leído aún, está en la lista esperando que tenga plata para comprarla - o que alguien me la obsequie, espero que Alguien se sienta aludido(a) - y eso puede tomarse su tiempo. Por otra parte, lo poco que le he leído a Kershaw no me convence. Así que entre tanto nos entretenemos con la Biografía de Adolfo Hitler (1889 – 1945) de  Allan Bullock (1914 – 2004), publicada en 1952,  que tiene entre sus virtudes la de ser exhaustiva, detallada, global y bastante objetiva en los aspectos a los que se refiere, esto es los elementos y factores históricos y políticos que permitieron el establecimiento de la Tiranía en Alemania y Europa por parte del biografiado. Quizá nos hubiera gustado una aproximación más psicológica, a nuestro entender más explicativa, pero lo cierto es que Bullock cumple con bastante solvencia con lo que se propone, y no se propone más que lo que dice. Los dos tomos de la edición que me poseo – fuera de algunos gazapos horribles de los traductores - tienen un tono bastante diferente, el primero es intimista y personal, y llega aproximadamente hasta el momento en que el Partido Nacional Socialista de Obreros Alemanes (NSDAP) llega al poder y lo ejerce más allá de las fronteras germanas. El segundo tomo abarca por ende el período en que los acontecimientos vitales del devenir de Adolfo Hitler, la historia del Partido, la evolución de la sociedad y el estado (El Tercer Reich) alemán y su intromisión invasiva en los asuntos europeos y mundiales se confunden en uno y el mismo relato. La intención del biógrafo no es explicitada en ningún Prólogo o Prefacio, cosa que no dejamos de agradecer, pero sí está clara en el título y se sugiere mejor en el epígrafe, frase célebre de Aristóteles: Los hombres no se convierten en tiranos para preservarse del frío. Lo que enfatiza el convencimiento profundo de que la tiranía, dictadura o autoritarismo no son una necesidad en el orden de las cosas, ni se suceden necesariamente, ni se pueden justificar en los acontecimientos. En esto se reconoce la tradicional autoestima política de los nacidos en las islas británicas, que tienen a orgullo no necesitar de dictaduras ni regímenes de excepción para afrontar sus emergencias nacionales.  

No puede empezar de modo más lapidario esta Biografía: Adolfo Hitler nació a las seis y media de la tarde del día 20 de abril de 1889. Una manera de iniciar el asunto con el hecho vulgar del nacimiento de un niño. El pequeño Adolfo debe haber llegado al mundo como tantos otros, cargando como todos su parte de esperanzas y temores, y soportando como todos el peso de las circunstancias de su nacimiento. No es posible, delante de un recién nacido, saber qué hará en el mundo, si será una maldición o una bendición para los que le rodean, sólo cabe la esperanza. Y cuando el mundo al que se llega es estable y tranquilo y previsible, hay motivos para la esperanza. Adolfo era hijo de un funcionario estatal del Imperio Austro-Húngaro, un símbolo de permanencia y de posibilidades a favor. No trata sin embargo Bullock de explicar a Hitler por una u todas las características de su entorno, en realidad pareciera que cuando llega a alguno de estos puntos Bullock se abstiene con cuidado de hacer juicios basados en especulaciones o datos personales, y creo que acierta en su moderación historicista, es tan fácil ser profeta del pasado. En pocas ocasiones el autor se jugará una interpretación personal, y eso que tiene argumentos y datos muchísimo más que suficientes para hacerlo, es en esto verdaderamente experto. Cuando lo hace es preciso, contenido, detallado y cauto, y ello en estos días es una suerte de oasis intelectual en un tiempo en que todo el mundo cree que puede opinar, aún sin saber de qué diablos opina y a veces incluso sin tener claro los límites de su tema. Para fundamentar sus interpretaciones, Bullock prefiere hacer hablar a Hitler y/o a sus parteigenossen a través de sus documentos, en particular el libro autobiográfico Mi Lucha, al que se remite constantemente. Interesante es, entre otros, su punto de vista sobre la tendencia intelectual de Hitler a simplificarlo todo, evidenciada en una entrevista del propio Hitler concedida a un periodista francés antes de la Guerra: La más tosca de las simplificaciones de Hitler era la simplificación más efectiva: en casi todas las situaciones, creía  él, la fuerza, o la amenaza de la fuerza, resolvería el problema … . Es precisamente en la interpretación en que la otra interesante Biografía de Hitler que he encontrado, la de John Toland (1977) falla por la ausencia de pronunciamientos en cuestiones donde uno debiera pronunciarse.            

III
Hitler, Estudio de una Tiranía (Tomo II), de Allan Bullock

Con frecuencia me parece estar decidido a decirle algo (a Hitler), pero cuando me encuentro frente a él el corazón se me cae a los pies (Hermann Goering a Hjalmar Schacht). Probablemente la característica y rasgo más notable del líder político Adolfo Hitler haya sido la capacidad de convencer a los otros de poseer la verdad. Este rasgo es propio de cualquier político, y no se condena a un político por hacer lo que hace un político, sino por qué y para qué lo hace, tema conceptual del que Bullock trata de escapar.. Que Hitler dedicara su indudable talento político a destruir grupos humanos e imponer su visión semi-nietzscheana de la voluntad y la fuerza; y tratara de resolver sus problemas emocionales exterminando la oposición política y anexándose media Europa, debe producir gran cuestionamiento a educadores y científicos sociales. Bullock no lo dice, pero está claro en esto que está tan perplejo como el resto, pero tiene el tipo de ensayar respuestas coherentes sin salirse de su perspectiva histórica. Como suele ocurrir en los hechos históricos, el conocimiento a profundidad de los mismos complejiza las cuestiones y obliga a abandonar lo unívoco, lo que nos obliga a pensar. Cada vez más parece imponerse el concepto de las multicausas o multitud de factores para explicarse los hechos, probablemente todos los hechos. El segundo tomo de la obra hace algo esencial al respecto al unificar la biografía de los hechos personales más o menos menudos con los grandes hechos históricamente conocidos. El ser humano vive siempre dentro de sus esclusas, de sus circunstancias: Dentro de las líneas trazadas en los momentos decisivos es que se toman decisiones que se adaptan a las circunstancias sobre las que no se tiene control directo, en el caso de Hitler tratando siempre de obtener dicho control directo. El invierno de 1937-1938 marca el punto decisivo en que Hitler pasa de su objetivo limitado (…) a la carrera audaz que lo condujo a los éxitos espectaculares de los años 1938 – 1941. No es que con esto cambiase de dirección o de carácter su política exterior.

Son harto conocidos los hechos que siguieron a la toma del poder por los nazis con Hitler a la cabeza, cómo primero se consolidaron en el propio país, la social y políticamente descompuesta Alemania, primer país ocupado por los nazis; cómo impusieron el dominio y coordinación (gleichschaltung) de la sociedad en función de la hegemonía de un grupo social amorfo y voluntaristamente constituido. Tratando de imponer esta plantilla ideológica en toda Europa consiguieron algo que solamente han logrado en la historia los asirios y los mongoles: Levantar la mano contra todos, y que todos levanten la mano contra ellos. La Segunda Guerra Mundial vio comunistas y capitalistas (aunque no todos), Liberales y Socialistas unidos contra los grandes pateadores del tablero, los nazis y sus aliados totalitarios italianos, japoneses y de otras naciones. Y en esto los errores fueron más importantes que los aciertos, una visión desapasionada de Hitler lo muestra humanamente falible, con un número de aciertos aproximadamente igual al de sus metidas de pata, con lo que la aureola de eficiencia germana y nazi se derrumba tan igual como la de cualquier ideología o esquema preconcebido de pensamiento que comparta nuestra común condición humana. Al final de esta muy recomendable obra, Bullock llega a una conclusión que seguramente Albert Camus no hubiera suscrito, probablemente por un tema semántico: Hitler como Gran Rebelde contra un “sistema” mundial, y por cierto es una de las primeras veces que se usa el término “Sistema”, hoy tan manoseado. Hitler claramente no es un Gran Revolucionario, no se puede serlo sin defender causas humanas justas y generalizadas: La libertad e igualdad son para todos, no para un grupo que lo expropie a expensas de otros, que es precisamente lo que diferenció en su momento por la base al bolchevismo del nazismo, y de modo permanente a la izquierda de la derecha: (Hitler) Se rebeló contra “el Sistema” (…) en Europa; se rebeló contra el orden burgués-liberal (…). Su misión (…) era destruir todo eso, y en ese propósito (…) no fracasó. Quizá Europa vuelva a rehacerse, pero la vieja Europa (de 1789 a 1939) se fue para siempre jamás, y la última figura que surge en su historia es la de Adolfo Hitler, arquitecto de su ruina (…) (“Si buscas el monumento suyo, mira a tu alrededor”).

No hemos encontrado este libro en la red en castellano, acá va una versión en inglés:  http://en.bookfi.org/book/1075555

IV
The last days of Hitler, de H.R. Trevor-Roper

Si la Biografía de Bullock nos ofrece una película completa de la peripecia hitlerista, el libro de Hugh Trevor-Roper (1914 – 2003) The last Days of Hitler (Los últimos Días de Hitler) nos ofrece más bien un conjunto de instantáneas obtenidas más o menos de modo detectivesco sobre el oscuro, misterioso y macabro final del Amo y Señor del Tercer Reich, el de Los Mil Años, reunidas como lo hubiera hecho un Sherlock Holmes en medio de las grandes nieblas que marcaron la noche oscura del desastre. En tales circunstancias los hechos quedan detrás de las gemelas cortinas de la casualidad y de los intereses de las partes en pugna, y abrirse paso entre ellas es labor reservada a gentes audaces y astutas. Que Hugh Trevor–Roper hizo su chamba a conciencia puede verse en el hecho que la última versión del final de Adolfo Hitler aceptada por todas las partes sigue siendo básicamente la suya, incluso cuando el final de la Unión Soviética en 1991 permitió abrir los archivos soviéticos y develar algunos misterios que Stalin creyó conveniente mantener sobre el fin del régimen hitleriano por sus propios y nada inescrutables motivos. Trevor-Roper fue analista de la Inteligencia Británica durante la Guerra Mundial, calificadísimo para ello por su astucia militar y sus estudios clásicos en Oxford. En 1945 le encargan dilucidar nada más y nada menos que el final físico de Adolfo Hitler, con lo que se trataba de responder a las acusaciones soviéticas de que Hitler podría estar protegido por las potencias occidentales. El resultado es este libro, editado en 1947, The last Days of Hitler. Por cierto que de vez en cuando surgen “noticias” que ubican a Hitler en alguna parte de Sudamérica, no obstante que de haber sobrevivido tendría bastantes más años que los lógicos, cosas de los compromisos curiosos en que a veces incurre cierto periodismo, suponemos.

Lo fundamental, en todo caso, supera las cortinas de humo que se han arrojado tradicionalmente sobre el tema, casi siempre para construir una ilusoria figura heroica. Que ellas han tenido algún éxito se ve en las gentes atraídas por un supremacismo neo-nazi totalmente anacrónico. En todo caso, el hecho lirondo es que todas las circunstancias fundamentales del final de la vida del Dictador que quedaron impresos en la menet colectiva, parten de la obra de Trevor-Roper, que presenta a un Hitler enfermo, atrabiliario, nada heroico, muy cercano al derrumbe físico y emocional, y aún así cruel y bajo. Incluso la clásica película del 2004 sobre los últimos días de Hitler en el Bunker, El Hundimiento o La Caída, sigue en lo esencial el mismo orden que la obra de Trevor-Roper, aunque en el detalle se centre más en la biografía del alemán Joachim Fest, y en las memorias de Traudi Junge, última secretaria del susodicho Adolfo. Como por desgracia no he leído estos libros, no puedo dar fe de ello, pero he visto la película y en lo básico es lo que he encontrado en el libro que reseño. Trevor-Roper, por lo demás, entró en controversia con Allan Bullock en referencia a las motivaciones fundamentales de Hitler, discusión más o menos académica que probablemente interese más a los especialistas. Lo que posiblemente nos importe más en este caso es que se llegó desde temprano a dilucidar un problema de fundamental importancia política e histórica, que es el del fin que eventualmente les espera a aquellos que tratan de destruir a los demás. Pocos documentos como éste son tan devastadores en su simplicidad, colocando un epitafio definitivo en la lápida de éste y de cualquier Führer que pretenda alzarse con el control y el dominio totalitario de una parte de la humanidad. La devastación ideológica y política que produce no la logra con declaraciones altisonantes ni afirmaciones controversiales, sino con el simple develamiento de los hechos apoyado en documentos irrefutables que se sostienen por sí solos. En esto es análogo a otras obras y documentos sobre temas de la Guerra Mundial, como la Shoah y el controvertido papel de la institucionalidad católica y el Papa Pío XII, o sobre la colaboración con los nazis de políticos de derechas de la Europa Central y Oriental, o sobre la hipocresía y complicidad entre los aliados occidentales y la derecha económica alemana en el incompleto proceso de desnazificación.
   
Al igual que con la Biografía de Alan Bullock, este libro capital para entender a Adolfo Hitler no parece estar en castellano en la web, o cuando menos no lo he encontrado. En inglés, los enlaces que he hallado son algo equívocos, y prefiero no compartirlos para evitarnos problemas.

V
Colofón

Probablemente lo más interesante de esta Crónica sea la diferencia y a la vez cercanía entre los hechos de la Historia propiamente dicha y los pequeños hechos de la vida y la muerte de un biografiado. No es lo mismo Bullock y Trevor-Roper como buenos biógrafos e investigadores, que los igualmente profundos e interesantes estudios de Enzo Collotti, La Alemania Nazi; o del equipo de Arnold Toynbee, La Europa de Hitler, referidos más a los procesos históricos generales que a las peripecias del Malo de la Película más emblemático de la historia reciente. Y aunque hay muchos más Malos de la Película que merecen su biografía, veremos si las conseguimos, las leemos y las reseñamos. Hasta otro día, chicos y chicas.

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