jueves, 3 de abril de 2014

CRÓNICAS DE LECTURAS 77 - LIBROS DE PROVINCIA

Crónicas de Lecturas - 77
Libros de Provincia

I
Los libros de provincia

Si compararas las ciudades del Perú tendrías que tirar la perinola para elegir la más hermosa, todas tienen su cosa especial, y no lo digo por adulación o alojamiento cómodo y gratuito, mi país es especial porque siempre es propio y al tiempo ajeno, y me he sentido a mis anchas y a la vez remoto bebiendo en comisión de servicio una chicha de jora en la plaza de Yanaoca, como lustrándome las tabas en la plaza de Chachapoyas, contemplando la lluvia en la plaza de Iquitos, andando la soledad de la madrugada en Huamachuco o el amanecer en Andahuaylas, por mencionar sólo ciertos sitios. He viajado muchísimo por el Perú, más por chamba que por Turismo. En alguna que otra ocasión alguna que otra institución tuvo a bien confiar en mí y encargarme tareas como enseñar en Escuelas; gerenciar Hoteles; ejecutar Proyectos; entrenar docentes; elaborar Diagnósticos Educativos y Planes de Trabajo; diseñar Planes de Desarrollo Concertado y Presupuestos Participativos; programar y ejecutar Investigaciones en profundidad cuantitativas y cualitativas; Talleres de Capacitación o Levantamiento de Datos, y etcétera, etcétera y más etcétera. En el desempeño de estas más o menos altas funciones (altas en metros sobre el nivel del mar) me he andado mis buenos kilómetros en todas las direcciones. Aburriría a mis lectores hasta la muerte con relatos sobre el soroche o mal de altura en Pampa Galeras; o de cómo perdí el rastro entre los ríos Tigre y Pastaza; o cómo quedé varado en la grata compañía de diez mil llamas en Aucará de Huancavelica; o de cómo casi me ahogo en una torrentera del río Sisa en el mítico Dorado; o cómo pasé una noche con un frío de congelar pingüinos en la pampa de Anta; o de cuándo surqué el Ucayali hacia Shepahua ida y vuelta. Como viajero - a veces como turista - visité Machupichu, Kuélap, Huaca de la Luna, Killarmachay, Huari, Kotosh, Kunturhuasi, la Piedra de Sayhuite, Sillustani, el Cerro de Los Ángeles y un par de docenas más de sitios análogos. Tales experiencias aleccionan el doble propósito de no volver a salir nunca más de Lima, como el de irse de Lima y no volver más. Qué le vamos a hacer, la contradicción es algo muy peruano.

Como cada ciudad grande o pequeña tiene su carácter - compendio de las personalidades que la habitaron antes y habitan hoy -, el esfuerzo del que viaja es entender cómo encajan las personas y las cosas, y eso vale para el Sur de Francia, el Caribe, Singapur y Nueva York como para Yunguyo, Chacas, Ayavaca o Flor de Agosto. Y se encuentra uno que para entender una ciudad o región hay que pasar a través de sus libros. No sé cómo será en otras partes, pero en el Perú una ciudad por más ciudad que sea no puede ser más que la Capital Lima, por el orgullo malentendido que les impide competir y eventualmente ganar. Eso se refleja en esos libros. Como no veo razón alguna para no hacer las cosas bien en provincia, y a la vez conservar la identidad, no entiendo por qué a veces se encierran tras sus muros y miran al resto por encima del hombro. Este y otros rasgos aparecen en sus libros entrañables: El provincianísimo amor a la tierra, que tiende a desaparecer con la homogenización de territorios y personalidades, es siempre apasionada declaración; el intento de trascender más allá de los límites que impone la inevitable geografía física, de romper el marco como colectividad que se adelanta a tomar su lugar; la expresión que se debate entre la recargada elegancia y los vernaculares modismos; el mirar desde lejos con alguna envidia al main-stream limeño. Hay un rasgo más que desaparece con enorme rapidez pero que aún es visible a lo lejos: La presuposición de que todos te entienden evidencia la creencia de que no te leerán más que en el tout-monde de tu pequeña provincia, lo que por cierto incluye al grupo humano que emigró a la Lima, creencia que deviene en un sutil encubrimiento de la realidad, en un esconder bajo la alfombra los conflictos internos. Y así se presenta frente único contra el centralismo limeño al modo de cierta nostalgia aristocrática heredada de la prosapia de la vieja y largamente extinta nobleza indo-española, a la que continuamos en nuestro inconsciente rindiendo tributo. Esto explica mucho de lo que somos. Y supongo que lo que es otra gente, en ciudades de otros lugares del mundo.

II
Texao: Arequipa y Mostajo, de Juan Carpio Muñoz

Hablamos de la entrañable Blanca Ciudad de Arequipa, que amamos su más entre las ciudades de nuestro Perú, y sin desmerecer a nadie diré que es la preferida de nuestro limense corazón. La conocimos jóvenes, su paisaje y su gente nos alcanzaron con rapidez y nos llenaron el alma. Residí en ella ciertos períodos, me conmueven sus valses, yaravíes y marineras, y apreciamos, valoramos y tratamos de compartir su tradicional y viril rebeldía. Amigos y amigas tenemos allí, naturales o residentes, benditos sean todos los que viven bajo la sombra tutelar del Volcán Misti. Y aunque cierta gente se burle de los arequipeños, poco a poco esto desaparece entre otras razones porque el que se burle de un arequipeño en su delante, no lo hará dos veces. Todo esto se refleja para mí en el vals El Regreso de Mario Cavagnaro, pues Arequipa comparte con dos o tres lugares en el mundo la muy especial distinción de ser un lugar donde he sido feliz, es decir, donde he vivido una mañana, tarde y/o noche perfecta (De paso, aquí una versión moderna del dicho vals por los arequipeños de hoy: https://www.youtube.com/watch?v=UF0T0NPIET8&list=PL19FE732D015AD4D2). Una parte de esa felicidad es la eterna silueta del Volcán Misti en la compilación de la revista Texao. La flor del texao es símbolo de Arequipa, la he visto adornar las extintas campiñas de Yanahuara, Tiabaya, Cayma y otros lugares que hoy son asfalto, como aún permanece hoy en alguna que otra maceta y jardín de la Blanca Ciudad.

El conocido sociólogo, historiador, escritor, coleccionista, profesor e investigador de las tradiciones arequipeñas Juan Guillermo Carpio Muñoz es un paradigma para todos aquellos que se lanzan a difundir las bondades de la propia tierra. Su trayectoria vital bien puede equipararse a la de otros que viven el mismo síndrome: Como profesor de Investigación descubrió la falta de sistematizaciones referidas a Arequipa, y así inició la revisión de textos y el fichaje de lo que encontraba, creando una base de datos con base en las anécdotas e historias cortas que caracterizan una época, germen de su obra Texao: Arequipa y Mostajo. La historia de un pueblo y un hombre. Esta obra en cuatro tomos y más de 1500 páginas aparece primero en fascículos en la forma de biografía del prohombre arequipeño Francisco Mostajo, poco conocido y apreciado incluso en nuestro país, pero la dicha biografía trata de ser pretexto para dispararse con una suerte de biografía de la Arequipa republicana, y por ello está acompañada y salpicada de facsímiles de publicaciones de la época, anecdotarios, fotografías de época, letras de yaravíes, pampeñas, huaynos y otras piezas musicales, cronologías de Arequipa, dibujos del autor, recetas de platos típicos, glosarios de términos, descripciones de acontecimientos populares, retratos de personajes sean del común y/o ilustres, todo dato que pudiera arrojar un poco de luz sobre la tierra y los hombres y mujeres de Arequipa, con el fin confesado de conocerla y amarla un poco más. Y así Texao: Arequipa y Mostajo. La historia de un pueblo y un hombre se levanta como testimonio del pasado de la Blanca Ciudad de Arequipa, cuya colectiva resistencia y política vocación la han convertido en el León del Sur. Qué quede de todo esto hoy en día y para el futuro, es un misterio para desentrañar.

III
San Antonio de Putina… Siempre, de Raúl Castillo Gamarra

Viajé a esta remota provincia de Puno, limítrofe con la República de Bolivia, a la busca de información de primera mano para un diagnóstico educativo. Encontré una herida que sangra fuerte en nuestro país: La Minería Artesanal que destruye las vidas de incontables niños y niñas en los socavones de Rinconada y Cerro Lunar de Oro, a más de 5000 m.s.n.m., en la aurífera montaña de Ananea. Ver lo que vi me cambió la vida para siempre, nunca más he podido enfrentar tales circunstancias a la displicente o a la indiferente. No es que sea muy espectacular, las situaciones graves influyen menos a las personas que la tenaz percepción de las pequeñas cuando siempre estuvieron ahí y de un momento a otro se hicieron obvias. Lo que más recuerdo de San Antonio de Putina son los rostros infantiles, hoy hay en Rinconada 50,000 personas, no menos de quince mil niñas y niños, quince mil rostros. Las gentes de Rinconada y Cerro Lunar son en su mayoría emigrantes hacia una tierra con dolores y alegrías propios, a la que le añaden el atributo de su propia supervivencia. Y desde aquí acábanse mis reminiscencias, dejo la palabra al Profesor y poeta Raúl Castillo Gamarra y a su libro San Antonio de Putina… Siempre, a modo del autor que se mete en su obra y ni siquiera hace la finta de no pertenecer a ella desde la primera línea: El presente trabajo es la expresión de mi identidad, puesto que habiendo nacido y permanecido en Putina hasta los once años soy orgulloso de mi prosapia de putineño, de puneño, de andino. (…) la fuente fundamental (de este libro) la he encontrado en mi corazón, en las conversaciones con mis padres Pantaleón y Clara… y en la charla con mis paisanos de siempre, en el maternal, tierno, jocoso y pícaro quechua de mi pueblo. (…) Ofrezco este libro a mis paisanos para que con sus hijos revisen sus convicciones, y las grandezas y carencias que tiene nuestro pueblo.

Los limeñitos pasamos por estos lugares sin molestarnos en conocer lo que vale la pena: La gente y sus alegrías y luchas; la geografía que los enmarca, la historia que los define. Le hacemos ascos a todo, nuestra criolla mentalidad nos hace creernos corregidores y encomenderos, vamos por ahí como si fuéramos los dueños. Yo me levanto y digo que no soy un insípido y estúpido limeñito como alguno que conozco: Como el Inca Garcilaso, mestizo me llamo y con eso me lleno la boca al reconocerme en cada hombre y mujer de mi tierra, y si eso no le gusta a alguno, pues con su pan se lo coma. Leo el libro de Castillo y aprendo que en San Antonio de Putina están los distritos de Quilpacuncu, Vilcapaza, Sina, Putina y Ananea; que sus rasgos más característicos son las centenarias minas de oro, la puya Raimondi, las aguas termo-medicinales y los camélidos sudamericanos. Sé que es lugar alto, he visto que para vivir ahí se requiere reciedumbre, coraje y paciencia, hay que ser aguerrido pero prudente: Los pueblos y los organismos no están fosilizados, no deben estarlo. Sus hijos hacen la historia. De la provincia salen ríos hacia el Atlántico y hacia el lago Titicaca, es cabecera de cuenca y eso es mucho decir en mi país amenazado por el Calentamiento Global. Pero el valor del libro no está sólo en la data monográfica que el profesor ha acumulado para uso de los lectores, y que me fue tan útil para enmarcar mi propio diagnóstico, sino en sus recuerdos personales y efusiones sentimentales, extendidas a la descripción física y humana de la ruta que lleva a su pueblo e incluso hasta su casa solariega, descripción de la que no está ausente: …he envejecido en la ausencia de mi pueblo. Lo que da pena es que libro tan hermoso y tan personal esté limitado a la provincia misma, acaso a la Región Puno. Algún día aprenderá el Perú a ser peruano. Porque el corazón de mi corazón está en Putina, o al revés, qué importa.     

IV
La fundación de Trujillo del Perú, de Gustavo R. Ferrer

Parte de mis deberes durante mi tiempo como Sub Gerente en el Hotel de Turistas de Trujillo fue darle movimiento al Hotel, a su cocina, bar, cafetería, restaurante y salones, cuando menos en grado suficiente para justificar mi presencia y los gastos en que incurría allí. Tuve algún éxito en esa particular función. En todo caso, y como se dice, justifiqué mi presencia y pasé por la experiencia de residir en un lugar y casi no tener oportunidad de conocerlo, tanta chamba tenía por hacer todos los santos días de Dios, y tan terriblemente cansado mi día de franco. Pero no cambiaría esos días por nada, conocí lo mejor de Trujillo del Perú, de vivir y trabajar y hacer amistad con tan excelente y afectuosa gente. No estoy de acuerdo con eso que dicen que Trujillo es como una Lima en chiquito, de repente porque mi familia pasó por acá antes de irse a la Lima, y eso quien lo sepa que me lo cuente, no estoy tan cercano a mis raíces como quisiera. En todo caso, hay más vida cultural en Trujillo que en la mayor parte de las ciudades de mi tierra, excepto Lima – lo que no es demasiado decir. Mientras habité entre los muros trujillanos asistí a la presentación del libro del título, motivo por el cual lo tengo en mi Biblioteca y aprovecho para reseñarlo. Librito delgado, de redacción casi periodística, se concentra en una de esas cuestiones que en la provincia suelen ser de vida o muerte: La fecha estricta de la fundación española de la ciudad. Ello porque si hay en mi país una ciudad dotada de prosapia y aristocrático desdén por la Capital de la República, esa es Trujillo del Perú, porque no es tolerable para un trujillano bien nacido asumir que su ciudad pueda haber sido fundada después que la Ciudad de los Reyes, esa Lima capital del Virreinato que tendrá lo suyo pero que fue fundada después, pues.

Este libro tiene así una intencionalidad polémica, ha sido escrito para que (a Trujillo) no le resten ni un solo día de su nacimiento como urbe. Por ello hace algo que a los peruanos costeños en apariencia nos gusta mucho en materia de historia: Bucear en el detalle, meterse en la intencionalidad de los actores europeos de la Conquista, mirar en el recóndito rincón que demuestre nuestra tesis: Así entonces, y para llegar al momento en que el malogrado socio de la Conquista Diego de Almagro pasara por el valle del río Moche y fundara Trujillo del Perú, se hacen eruditas disquisiciones referidas al concepto del Conquistador como Empresario, con reseñas y retratos de Colón, Núñez de Balboa, Becerra, Andagoya, Morales, Cortés, Francisco y Gonzalo Pizarro, los Trece del Gallo, Orellana, Hernando de Soto y, por supuesto Diego de Almagro. El conservadorismo trujillano se refleja en la consideración por el Conquistador Español: Todos los actos de Francisco Pizarro fueron los de un noble conquistador que creía en Dios y su Rey y en la casi inexistente presencia de los naturales incaicos del país, a los que se presenta en secreteos y traicioneros pactos para acabar, qué lisura, con los que pretendían conquistarlos. Y así se justifica la poca o ninguna resistencia que los indígenas del norte del Perú presentaron a los invasores españoles, aspecto caro a la historiografía norteña de nuestro país, recordar cómo el Tahuantinsuyo de Pachacútec y Túpac Yupanqui atacó y tomó a traición Chan Chan, capital del reino del Gran Chimú, situado a pocos kilómetros del centro del español Trujillo, y cómo por ello eran odiados más aún que los españoles, al fin aliados que les ajustarían las cuentas a los malditos incas.

Pero lo central del libro es el establecimiento de fechas fehacientes, entre las cuales está la del 6 de diciembre de 1534, fecha de la Fundación Española de Trujillo del Perú según el autor Gustavo Ferrer. Es decir, exactamente 43 días antes que Francisco Pizarro hiciera todo el espectáculo concomitante a la fundación de la ciudad española de Los Reyes sobre el centro urbano que dominara en su tiempo el Curaca Taulichusco en el valle del Río Hablador, el Rímac para los que no sepan. Esto de la fundación de ciudades tenía ciertamente muchas funciones, pero una de ellas sobre la que tal vez no se ha hablado demasiado era la de hacer existir oficialmente la ciudad española sobre la ciudad o población que ya existía al estilo indígena: Lima era una ciudad milenaria, no era pampa vacía cuando Pizarro la “fundó”. Igualmente, Cusco fue “fundada” por los españoles, pese a que era desde mucho antes poderosa y riquísima capital del Tahuantinsuyo. Ahora bien, Trujillo del Perú sí parece fue fundada a mitad del camino entre la viejísima capital moche de Huaca de la Luna, y Chan Chan, capital del epígono Reino del Gran Chimú, para orgullo, justificado o no, de los amables y queridos trujillanos de hoy en día, y por lo tanto posee prosapia española y nada indígena prestado de los moches o los chimúes. Y ahí lo dejo, para tratar de no chocar con Chocano que, como ya mencioné en otras partes, es individuo de pocas pulgas, pésimo humor y gran capacidad para el rencor.

V
Colofón

El amor a la patria es indefinible, es emoción que nos asalta cuando contemplamos aquello que creemos nos pertenece en cuanto colectividad. Hoy en día parece un sentimiento remoto, un valor obsoleto, parece mejor hablar de Identidad o incluso de  Sentido de Pertenencia. Sin desmerecer nada, estos libros muestran cabalmente como se sigue luchando por Ser y Pertenecer en el interior de nuestro país, y cada Región debiera así verlos como patrimonio, y leerlos y hacerlos leer. Y punto por hoy.

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