miércoles, 22 de junio de 2011

A LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO CONTRATO SOCIAL


“Cada hombre es enemigo de cada hombre; los hombres viven sin otra seguridad que sus propias fuerzas.” (Thomas Hobbes)

“Los hombres, pudiendo ser desiguales en fuerza o en talento, se hacen iguales por convención y por derecho.” (Jean Jacques Rousseau)

Buscando una manera de expresar lo que parece estar pasando en el cotarro político nacional, me topo en la cabeza con una infame mescolanza de Proust y Rousseau, y de ahí sale este título de “A la Búsqueda de un Nuevo Contrato Social”. No es casual, si se piensa que ese Nuevo Contrato Social se constituiría contra ese Tiempo Perdido en confrontaciones que durante tanto tiempo mostraron como se escondió la realidad peruana detrás de un velo virtual y mediático, que sentimos está empezando a romperse recién ahora. Expliquémonos, o intentemos hacerlo.

Percibir la realidad cotidiana

En estos últimos días, algo se ha roto en la percepción que las personas teníamos acerca de nuestra realidad política y social cotidiana. A pocas semanas de las últimas elecciones es como si empezara a surgir la comprensión de una oportunidad largamente esperada. La larga campaña de desinformación, polarización y demonización habría terminado cuando menos por ahora, y el pueblo peruano, menos presionado por miedos y manipulaciones mediáticas, aparentemente se sentiría hoy en día moderadamente optimista frente al futuro. Esto resulta un poco extraño después del apocalipsis que los medios y candidatos pregonaron en todos los tonos. El Presidente Electo hace lo que debe hacer, el Presidente Saliente hace lo que no debe hacer, las cosas van más o menos normales. Sin embargo, se percibe un efecto interesante de la campaña de Demolición, y es que el común de las gentes empieza a apreciar positivamente que el Presidente Electo se comporte como debe. Los medios habían hecho esperar otra cosa, y por eso la tranquilidad de ver que después de todo no era el Diablo determina que la gente vuelva a su cotidiana preocupación de ganarse la vida.

Se puede rastrear esta sensación. Tras hacerse trizas en la primera vuelta las llamadas opciones de centro, ocurrió un fenómeno curioso: Los peruanos, por lo menos los que podemos expresarnos, empezamos a aceptar los hechos, a convivir con la realidad “real”, y empezamos a ver más allá del cerco tendido de realidad “virtual” que nos cercaba. El lenguaje del crecimiento que produciría una igualdad automática de los ciudadanos se deshizo a la misma velocidad en que los votos migraron a las dos opciones que quedaron en la Segunda Vuelta. Fue como la súbita y repentina rasgadura de una gran tela. Los argumentos a favor y en contra de ambas opciones deberían haberse radicalizado hacia posiciones extremas, y sin embargo, esto solamente ocurrió en la opción de la Diestra, descolocada por la actitud diametralmente opuesta de la Siniestra. No dudamos en identificar el punto donde se produjo el cambio en la decisión de Ollanta Humala de modificar el Plan de Gobierno para adecuarlo a los temores y esperanzas que albergaban los millones de peruanos que no habían votado por él en Primera Vuelta. Ello logró no solamente el ajustado triunfo electoral, sino que provocó un suspiro de alivio en muchísimas personas.

Y era lógico. ¿Qué conservan los conservadores, después de todo? ¿Qué se trata de conservar cuando se opta por una opción conservadora? Pues se conserva lo que se piensa importante, y esto es la capacidad de crecer económicamente dentro de un modelo que no es perfecto, como ninguno lo es, y que por lo tanto puede ser modificado para que responda a nuestras necesidades. El pragmatismo hace que ningún régimen naciente en el mundo destruya el aparato productivo existente, sería de ilusos. No se trata, parafraseando malvadamente al Viejo Marx, de Destruir el mundo, sino de Transformarlo. Y no es que ello no se haya intentado en la loca Historia de la Humanidad. Pero lo cierto es que la mayor parte de la gente tiene poco, y ese poco se lo ha ganado a través de un trabajo duro, y tiene miedo de perderlo si es que los que mandan toman decisiones que afecten la economía. Nada más normal, nada más sensato que adaptar el modelo a las gentes en vez de adaptar a las gentes al modelo. Pero no confundamos aquí las cosas ni perdamos la perspectiva: El temor de algunos de perder uno de sus dos yates no es lo mismo que el temor de muchos de tener que cerrar una empresa donde se puso el mejor esfuerzo e ilusión, y que a más de dar de comer, da de comer a otros. Fue a este temor al que GANA Perú hizo frente. Todos los demás temores y miedos que los medios de comunicación irresponsablemente instilaron resultaban ser subsidiarios al principal, al temor de perder mi pequeño negocio, mi pequeña chamba, tan duramente construida y conservada. Y al final, tras un largo y trabajoso esfuerzo para traspasar el velo de la desinformación, las mentiras, las falacias y los miedos, se impuso la cordura de no sacrificar la Democracia en función de un crecimiento económico que, tan mal distribuido como está, no ofrecía garantías de sostenimiento de esa misma Democracia.

Lo que no queríamos ver

Atrás de la tela con que nos cubrían los ojos están los millones de peruanos separados del resto, sometidos al hambre y la inseguridad, a la miseria y la ignorancia. Ya no es posible engañarse a sí mismo suponiendo que no están ahí, o que si están ahí es porque se lo merecen, y a otra cosa mariposa. Hoy ya no se puede decir con alguna pertinencia que esos peruanos son unos indios brutos, ignorantes y atrevidos. El ignorante Coloniaje mental de algunos sigue ahí, y se expresa a lo bestia muchas veces, pero de repente resulta que insistir en tan chabacano discurso ideológico ya no es de buen tono, ni resulta ser una explicación aceptable de la realidad, y obliga a muchas mentes retrasadas a salir violentamente del Virreinato e ingresar con la misma violencia a la República. A la hobbesiana actitud del Hombre como Lobo del Hombre, de repente se le enfrenta algo diferente: El derecho de las personas a ser iguales. Y dado que la el ser humano lo es en la medida que renuncia a su calidad de Lobo – que sigue ahí y que requiere constante vigilancia -, podemos decir con justicia que al final se impuso la cordura. Pero es muy cierto que esta cordura se impuso con las rejustas.

Pasa con la cordura lo mismo que con la entropía, es decir el desorden sistémico del universo. Es más fácil estar desordenado que ordenado, es más fácil comportarse como un imbécil que como persona sensata, es más fácil ceder al miedo que al coraje. Y, sin embargo, también es cierto que el pueblo peruano dio ese paso, y por eso debemos congratularnos.

Una miradita a la Historia

Desde buena parte del siglo pasado y hasta los comienzos de éste, se enfrentaron hobbesianamente un grupo ubicado a la Diestra del Padre con otro grupo situado a la Siniestra del mismo. Entre los muchos nombres que se le dieron, la caricaturización de ambos grupos llevó a la confrontación entre los sectores denominados “Oligarcas” y “Comunistas”. De un lado los malvados que, frotándose las manos, planeaban cómo esquilmar más al pueblo. Del otro, los malvados que, frotándose las manos, soliviantaban a las masas para que saquearan las casas y bienes de los privilegiados. Caricaturas, por supuesto. Aunque la historia es innegable, lo cierto es que estas caricaturas se evaporaron con la Caída del Muro de Berlín y con el Crecimiento Económico capitalista. El conflicto insoluble de la Clase Media, que algo posee pero no mucho, estuvo atrapada entre las opciones de o tener algo, o que ese algo le fuera quitado. Y cómo los que están allá arriba controlan los medios de comunicación, entonces se les hace decir que si sube la indiada, se les quitará a todos hasta los hijos y los cepillos de dientes. Y, como ha pasado en otras latitudes y ocasiones, hubo quienes se tragaron el paquete con ojotas y todo.

La Alianza entre el Centro y la Diestra corrió muchos años por vías sociales, económicas e ideológicas. La Política resultaba ineficaz, pues nadie da lo que no tiene, y la Diestra, aunque podía unirse en la defensa de sus intereses, no era ni compacta ni única. Sus sectores más reformistas y adelantados veían necesario introducir cambios en profundidad en dirección a la inclusión social, que terminaban pasmados por la acción del sector más reaccionario, rezagado en ideas y excluyente en lo social. Esta dinámica que apartaba a las Izquierdas produjo un equilibrio político extremadamente inestable, que al final derivó en el Gobierno de Juan Velasco Alvarado, y luego en una Restauración Oligárquica - con algún nombre hay que llamarla -, jaqueada desde la Extrema Siniestra por Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. La Dictadura Fujimorista salvó a esta Diestra de la debacle a que se había llevado a sí misma, y se lo hizo pagar en efectivo rabioso. El principal costo a pagar fue renunciar a la pantalla democrática, vulnerada a profundidad, y así se perdió la justificación ideológica, el lenguaje, que daba soporte ideológico a toda la estructura. Los últimos diez años que hemos vivido fueron de una Democracia mediatizada, controlada por los grupos de poder, definidamente de pensamiento único, de casa dividida, que faltó a todas las promesas que presidieron su retorno, y que se basó, y aún lo hace, en el espejismo de un Perú eternamente exportador de materias primas, en un mundo que cambia aceleradamente en otras direcciones. Ahora se percibe que tenemos la oportunidad de darle a la historia una vuelta de tuerca.

Irrupción de la realidad

Enfrentados en Segunda Vuelta entre el Cáncer y el Sida, como decía Mario Vargas Llosa, el pueblo peruano estaba en la posición típica de caída en una polarización destructiva. Ya nos ha pasado antes. La Diestra parecía tener todas las de ganar, pues contaba con absolutamente todas las ventajas. Pero la Democracia tiene, como se demostró en las anteriores Elecciones Municipales, la mala costumbre de reventarle la película al más pintado, como pueden decir por triste experiencia Alan García, el Apra, Perú Posible, Solidaridad Nacional y el Sancochado del Gran Cambio. Aún así, la Siniestra se las veía crudas y chiquitas para ganar las elecciones contra todo el aparato que la Diestra podía levantar. Resultaba imposible ganar desde las posiciones originales, quizá importantes y necesarias, pero no masivas ni consensuadas. Y, por otra parte, los sectores más lúcidos y democráticos de la Diestra vieron a la realidad imponerse a la máscara que, de tanto tiempo de emplearse, se había convertido en rostro. Fue así que durante la segunda vuelta, de repente y sin anestesia, algo pasó que no había pasado nunca en el Perú: La Diestra democrática y lúcida se pasó a la Siniestra para detener la amenaza de la Dictadura de Extrema Derecha. No o hizo inocentemente, por supuesto, pero por una vez en la Historia nacional, cumplieron con el deber ciudadano de tomar partido por la Democracia. Y se han ganado con ello su ulterior participación política. Esto es parte de la tranquilidad con la que las gentes están recibiendo la moderación del Presidente Electo, el convencimiento de que existe una Diestra Moderna que contrapesa a la Extrema Diestra y a la misma Siniestra. No tiene que gustarnos, es la realidad.

Los nostálgicos del pasado dictatorial y autoritario, concentrador de la riqueza y exclusor social aún se soban las contusiones y se parchan los “cardenales”. Para ellos el tránsito hacia la Democracia resultará más difícil, y tendrán que pasar muchos años y muchas discusiones antes de que puedan sumarse de pleno derecho a la Democracia. Acabados los fantasmas de la “Oligarquía” y del “Comunismo”, sus últimos rezagos están en las mentes candorosas de un sector nada despreciable de la población; más que en la realidad que tanto transformó a la Oligarquía, como desapareció al Comunismo. Por supuesto, no es que no continúe una Diestra de Grupos de Poder que fregarán cuanto puedan en la defensa de sus bolsillos, ni tampoco que no siga habiendo una lucha por la Igualdad y los derechos de los peruanos. El triunfo del Partido Nacionalista y de GANA PERÚ no ha sido el triunfo de los militantes de Izquierda ideologizados y tradicionales, que parte importante jugaron, sino básicamente de una plebe que insurgió pisando fuerte y se expresó en las urnas. Algo de esto ya se había visto en la Marcha de los Cuatro Suyos hace una década. Además otro gran grupo de peruanos, nos atrevemos a pensar que la mayoría, fue muy crítico a la hora de los loros, y ahora parece más bien estar a la espera, juzgando con ojo clínico los pasos que esta nueva clase política está dando, y por el momento aprobándolos.

Diestra y Siniestra nuevas

Los cambios que se imponen en el panorama político para la Diestra y la Siniestra no se harán sin dolores ni arcadas. Ambas partes deberían ver más allá del velo, y continuar mirándose hondo hacia dentro, para encontrar que, después de todo, y a pesar de todas las notables diferencias que existen, lo que la Siniestra y Diestra Lúcidas quieren en positivo no es tan diferente. Si olvidamos una pizca lo político, y miramos más bien hacia lo ideológico, los Unos aspirarán a seguir creciendo económicamente, buscando producir los bienes necesarios para acrecentar sus riquezas y a la vez acabar con la pobreza y darle sostenibilidad a una Democracia que puede funcionar mucho mejor. Los Otros aspiran a emplear el crecimiento para lograr un reparto equitativo de los bienes, y así acabar con la pobreza y construir una Democracia de Iguales. Ambos confluyen en la idea de la Democracia, sistema imperfecto, pero que, gracias a Alberto Fujimori, sabemos ahora sí que los peruanos la queremos para convivir en paz y repartirnos cada vez más torta con algo más de justicia y de equidad. Terminamos así por reunir a Hobbes y a Rousseau, y confluimos en la convicción de que la pobreza es tanto intolerable e inconveniente, y debe ser desterrada, entre otras cosas, para construir un modelo sostenible. Aún con naturales desconfianzas y temores mutuos, podemos construir una Democracia que sea el legado que le dejaremos a los peruanos del futuro. Una Democracia que se apoye en sus dos piernas, la Derecha y la Izquierda, y que no necesite nunca más de una Dictadura. Es un buen deseo y no será fácil cumplimentarlo, pero ahí está, como utopía o como realismo político, como prefiera el lector.