miércoles, 6 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 18: BIBLIA (i)


CRÓNICAS DE LECTURAS - 18
LEER LA BIBLIA (I)

I

Confesiones

Si el lector pretende encontrar en estas líneas una apología de la ortodoxia cristiana católica o de cualquier otra, no es el caso. Respeto a los creyentes de toda confesión, incluyendo a los que hacen gala de no confesar nada – manera muy propia de confesar algo. Reconozco tanto los aportes de toda religión e iglesia, como sus monumentales metidas de pata. Sin apologías ni negacionismos, sino al revés y por todo lo opuesto, me arriesgo a la contradicción en un terreno donde hay más de dos extremos. Emprendo el tema de Leer la Biblia porque ningún lector que lea puede decir que lee si no la ha leído. Como en toda lectura, los motivos por los que se lee cuentan mucho. La Biblia es un importante referente moral y ético, y guste a o no a neopaganos, irreligiosos y arreligiosos la Biblia es parte esencial de la cultura escrita, el Libro más leído de la Historia, el más editado, el primero en ser impreso, el más traducido, el más citado y puede que el que haya desatado más humanas energías para bien y para mal. Sal a la calle y verás iglesias de toda laya que se basan en ella. En Lima sus citas adornan el atrás de los buses de servicio público, taxis y automóviles particulares, y también te aconsejan Lea la Biblia. Muchos la adoptan, otros la rechazan. Me gustan los temas de los que se dice no debe hablarse, así que trataré de acercarme a la Biblia desde mi propia y personal obsesión por los libros y la lectura, como persona común y silvestre más o menos informada, que trata de ponerse a un lado – sin éxito, estoy seguro - para ver qué puede significar eso de Leer la Biblia. Por ende, si alguno se sintiese ofendido por alguna idea que proponga, que me acuse de hereje o pecador vitando, si le hace feliz; yo, como dice Antonio Machado: estoy en paz con Dios y en guerra con mis entrañas.

Cuando se trata de religión todos pretenden igual derecho a opinar, y no se puede ser objetivo en este tema. Pero sí es obligación intelectual decir desde dónde se hacen las cosas. No se me oculta lo complicado que es, se suele acabar en una indiscriminada recepción de pedradas desde diversas y democráticas direcciones, más aún en época de Sede Vacante. Pero la verdad desnuda es que no me entusiasman las Iglesias, dada la combinación del mensaje divino con el márketing y las finanzas. Por ello me aproximo al Libro Sagrado pensando más en la perspectiva individual de la relación personalísima con Dios, Diosa, Eso, Yo-Soy, Krishna, Manitú, Wiraqocha o lo que sea que sea “Eso Que Está Ahí”. Creo que esa relación es importante, de un modo u otro. Como muchos, tengo en difícil suspenso mi definición religiosa: La Iglesia Cristiana Católica me tiene en stand-bye dado mi problemático estado civil. Pero en el siglo XXI adscribirse a una confesión religiosa no es tan esencial como solía ser. Como dice Miguel de Unamuno en su Agonía del Cristianismo: Todos vivimos juntos pero cada uno se muere solo. La mayoría de los expectorados de la Iglesia Católica no están a la puerta de los templos implorando penitencia ni que les permitan volver, ha habido demasiado autosuficiente regodeo de la jerarquía oficial en su propio poder, que nada tiene que ver con la salvación eterna, y es natural que se desconfíe. Un mínimo de autonomía espiritual exige un mínimo de dignidad espiritual, y la hipocresía y manipulación de las reglas en las diversas Iglesias en función de obtener ventajas corporativas no me hace sentir cómodo: Me repugna el fingimiento beato que sigue la corriente y plantea seguridades en materia de fe que se está lejos de poseer. Por aquello de Fe que no Duda es Fe Muerta (otra vez Unamuno) no me ajusto a ninguna ortodoxia. Si hay un Dios, me parece que los rasgos que presentan de Él los que se suponen lo conocen mejor no son consistentes con las eventuales cuentas a rendirle. Como muchos, hay ciertas preguntas que me gustaría hacerle: agnosticismo light que le llaman, y creo estar mucho más allá – o más acá, cuestión de perspectivas - del hedonismo ingenuo postmoderno. Pero mi formación y mi ética personal son cristianas y católicas, en la vida tratamos de hacer las cosas lo mejor posible con lo que tenemos a mano. Si hay Dios, en Sus manos estamos; y si no lo hay, como decía no sé si Schiller o Schelling, peor para Él. Y a nadie fuerzo a pensar como yo ni a escuchar lo que tengo qué decir. 
(Nota: Las citas de la Biblia que se harán en adelante se hacen indistintamente de la Biblia Latinoamericana, Edición revisada 1995, XIII Edición, Editorial San Pablo / Verbo Divino, España 1996; y/o de la Biblia de Jerusalén, edición de bolsillo, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, según me parezca pertinente, excepto en donde formalmente se diga otra cosa)

II

Interpretaciones, hermenéuticas, traducciones; y No Uno, sino Muchos Libros

He dado buenas razones para tratar sobre Leer la Biblia, pero añadiré otra: La Biblia es una de mis lecturas más recurrentes, particularmente profusa y militante durante mi juventud. Significa muchas cosas diferentes para distintas personas, soporta muchas formas de ser leída. Posee diversos géneros: Narrativa y poesía; epístolas, cuentos, profecías, apocalipsis. Hay códigos de leyes, crónicas históricas, ensayos filosóficos, pastillas morales. Elige presentar ciertos hechos, a los que aporta su interpretación. Sus enseñanzas morales poseen trascendencia, para algunos importantísima. Otros hay que se le oponen militantemente, otros la esgrimen como rayo para fulminar. Un profe marxista la puede usar para demostrar la Lucha de Clases, otros para demostrar que no hay tal cosa como la Evolución de las especies. El de acá ve extraterrestres, el de allá piensa un mundo de 6000 años de edad. Menos gentes de las que creemos ajustan su conducta a sus planteamientos, y tal vez eso no sea tan terrible, atendiendo a las notables contradicciones éticas en que incurre, si la aceptamos como un único libro. Conservadores y liberales, Izquierdas y Derechas se justifican con citas de la Biblia, a veces las mismas. En una sociedad tradicionalmente católica como la nuestra, es un paisaje que enmarca la moral social e individual, pero tengo la impresión que se la conoce muy poco más allá de la cita descontextualizada, empleada para autojustificar la propia conducta. Como con el Corán, el Bhagavad-Gita, los Upanishads, el Tao-Te-King y otros tantos libros sagrados, interpretar la Biblia – materia de la hermenéutica y la exégesis – no es acto neutral. No faltaran nunca citas para hacer justos ciertos hechos que estoy seguro el Buen Dios reprobaría sin reservas: Cruzadas y guerras santas, quemas de brujas y cacerías de herejes, ignorancia e intolerancia, imposición de ortodoxias e infames autos de fe, pogromes y numerus-clausus, guerras y asesinatos, excesos de ascetismo y violencia física y emocional, represión intelectual y demás bellezas que la especie le ha endilgado a la familia desde la revolución neolítica. Ninguna confesión se salva de haber usado los Libros Sagrados con fines despreciables. Creo firmemente que no hay Dios Personal que uno se pueda imaginar que lo apruebe.

Para empezar, la Biblia no es “un libro”, ni siquiera desde su etimología. Biblia significa los libros, y eso significa desde la exégesis que hay muchos hagiógrafos – escritores que se entienden como inspirados por la divinidad. Inevitablemente, los hagiógrafos transmiten el Mensaje en los géneros y registros en que se sienten a gusto o creen necesarios, y, como pasa con cualquiera, están desigualmente dotados de recursos estilísticos, culturales, intelectuales y morales. Así en el mismo paquete nos encajan - fuera del Mensaje Divino - contenidos propios de su persona, su lugar y su tiempo. No es igual Moisés que el apóstol Juan, o Jesús Ben Sirá que el rey David, o Nehemías que el evangelista Marcos. Y están presentes con sus prejuicios, ideas y estereotipos tanto los hagiógrafos como sus lectores. La Biblia surge en Medio Oriente, pero es importante para la identidad monoteísta de Occidente. Las diferencias entre las confesiones se suelen atribuir a distintas versiones del Libro Sagrado, generadas a veces por diferencias en las traducciones, lo que justifica sistemas de creencias apenas diferenciables unos de otras, por poco que se examinen. El Cristianismo Ortodoxo, por ejemplo, basa su diferencia en la cláusula filioque del Credo de Nicea, y la sustenta en textos de la Biblia, sin perjuicio de que el Cristianismo Católico Romano sustente lo contrario en otros, o los mismos, textos. Las confesiones derivadas de la Reforma se basan en la lectura personal y el libre examen de la Biblia, lo que explica las muchas Iglesias que aparecen como natural consecuencia del choque entre dos necesidades tan contrapuestas como importantes: La necesidad de fijar un texto único, y la necesidad de asegurar la propia Salvación. El titánico esfuerzo de traducir la Biblia a las lenguas vulgares de Martín Lutero y otros trataba de levantar el velo que sobre la Palabra de Dios echaba la Iglesia Católica a través de la Vulgata Latina - traducción oficial católica de la Biblia al Latín por San Jerónimo, en el siglo V. Asimismo, la brecha entre el magisterio del Libro Sagrado y la práctica de la Iglesia del Siglo XVI era tan grande que todo individuo con cabeza acordaba en la necesidad de cambios profundos. Por ahí se produjeron cismas y herejías, la necesidad de religión personal chocaba con la institucionalidad. Desiderio Erasmo de Rotterdam fue tal vez el primero en romper el cerco impuesto sobre la Biblia. Conocía a profundidad las lenguas bíblicas y sus best-sellers al respecto – se estrenaba la Imprenta de Gutenberg -, le abrieron paso al Libre Examen. Del Siglo XVI en adelante se leyó cada vez más la Biblia pese a las prohibiciones. En los ´60 del Siglo XX el Concilio Vaticano II hace caer los últimos límites: La Biblia en lengua vulgar es ya completamente accesible a los católicos, y ya era hora, pues tras varios siglos se había erosionado la parafernalia conceptual intermediadora de la libertad de cada persona en su relación personal con Dios, entendida cada vez más como invasiva, y resistida desde fuera y dentro de la Iglesia. Hoy parece que la Iglesia Católica no termina de adaptarse a estas circunstancias. Veremos qué pasa tras el Cónclave.

III

Mi relación personal; y los Hagiógrafos

Mi larga relación con la Biblia tiene que ver con ediciones muy diferentes, a las que estuve expuesto. La primera fue la enorme Biblia Católica Familiar, Edición Barsa, The Catholic Press, Inc., Chicago-Illinois, de 1963, que llegó a casa junto con la Enciclopedia Barsa. Una edición de lujo, muy completa, traducción directa de los textos originales de la Vulgata de San Jerónimo llevada a cabo por el erudito Obispo argentino Juan Straunbinger. Fue una suerte para mí, el muy cuidado texto bíblico venía con importantes complementos: Introducciones y Prefacios donde se enfocaban diversos aspectos del Libro. Reproducciones de obras de grandes maestros del arte religioso (Rubens, Corot, Andrea Del Sarto, Veronese, Poussin, Rembrandt, Rafael, Giorgione, Murillo, Carpaccio, David, Botticelli, Durero, el Greco, Velásquez, Tintoretto, Delacroix, Tiépolo, Mantegna, Fra Angélico, etc). Una sección de Mapas de la Biblia. Fotografías de Tierra Santa, de Roma y el Vaticano. La narración de la Vida de María Madre del Señor. El Vía Crucis. Artículos sobre Liturgia y Semana Santa. Una sección dedicada a La Vida de Nuestra Familia (matrimonios, nacimientos, bautismos, etc.). Y un completo Diccionario Católico al que he recurrido innumerables veces desde entonces. Esta Biblia se editó durante el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, refleja una etapa de transición en la Iglesia Católica. Otra edición fue la de la Biblia Latinoamericana (Ediciones Paulinas / Verbo Divino, XV Edición, España 1972). Aunque para 1973 ya poseía cierta cultura bíblica, el llano estilo y fácil lectura de esta Biblia me impresionaron y me llevaron a la lectura de los pasajes que había dejado atrás por difíciles. Esta es Mi Biblia, la más subrayada y anotada. Posee valor personal, pues el Padre Héctor De Cárdenas SS.CC. la tuvo en sus manos al fallecer, y no diré más. Otra edición es la de la Biblia de Jerusalén de bolsillo (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976), que mi amigo César Chacón me obsequió en 1980 en Cusco, en dramáticas circunstancias personales. Prestó servicios como Biblia portátil de campaña, y la tengo en particular estima. Sé que esto suena contradictorio con el agnosticismo light del que hablé, lo admito llanamente. Me hago cargo de mis contradicciones e inconsistencias, y no veo por qué voy a pedir disculpas por ser yo mismo. Sigo adelante.

Entre los autores de la Biblia hay escritores dignos de aparecer en cualquier antología literaria universal. También debe haber habido grandes chapuceros. Pero no los notamos pues todos están más o menos igualados por copistas y traductores, en especial San Jerónimo. Pocos libros más copiados y traducidos que la Biblia, hasta el extremo que acceder a la fuente primigenia es imposible para el lego. La sacralidad del Libro debe haber impulsado espontáneamente a traductores y copistas a crear una suerte de “lenguaje bíblico” estereotipado. A lo largo de los siglos, se fue creando un “aire de familia” con el que el Génesis y el Apocalipsis, el Libro de Job y los Hechos de los Apóstoles nos suenan “de oído” más o menos igual. De ahí la sensación de intemporalidad que produce, pues no leemos la Biblia desde la perspectiva de una Historia Salvífica que se despliega en el Tiempo, cuanto desde el inmóvil y tradicional Tiempo Sagrado, donde el Profeta Isaías, el Rey Saúl, el Juez Sansón, el Legislador Moisés, el Sacerdote Esdras y el Apóstol Pedro son más o menos contemporáneos, hablan del mismo hierático modo, se visten con las mismas sábanas, usan las mismas sandalias, piensan las mismas cosas y tienen las mismas costumbres e ideas. Esta especie de encuentro entre lo inmóvil y lo móvil, entre lo Histórico y lo Religioso, entre el Cambio y la Permanencia, es tal vez el rasgo que mejor define el Libro Sagrado. Y a la vez es el rasgo que más lo oscurece, al otorgarle el mismo valor de verdad a todas y cada una de sus partes, igualando donde no se debe igualar, y sin diferenciar donde hay que hacerlo.

IV

El Autor – o autores - del Pentateuco

Hay acres controversias respecto a los hagiógrafos en general, en especial entre las distintas tradiciones religiosas, cada cual con sus estudiosos y dogmas propios. La tradición judía (y la más rancia de las cristianas) quiere que Moisés sea el Primer Hagiógrafo, autor de todo el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio). Ello incluye el majestuoso relato de la Creación del Mundo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. / La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba sobre las aguas. (Gén. 1, 1-2), además de toda la historia del mundo y de los hebreos hasta la conquista de Canaán, más unos cuantos códigos legislativos completos, poemas, cantares, y hasta censos. Menuda chamba para un hagiógrafo, que entre tanto tenía otras nimiedades de qué ocuparse: Liberar a los hebreos del yugo del Faraón de Egipto, echarse a la espalda la organización de toda una emigración a la Tierra Prometida, gobernar a esta antipática nación en ciernes. Parece harto improbable que Dios le haya encargado a Moisés bancarse todo eso. Por otra parte, el relato tiende a repetirse, a veces contradictoriamente, con poco orden y con cambios de estilo y términos para referirse incluso a Dios. Ello indica haber más de un hagiógrafo, y la hipótesis más plausible es que el Génesis cuenta cuando menos con tres autores: El yahvista, pues usa el nombre Yahvé o Yavé para referirse a Dios, probable veterano de los reinados de David y Salomón (aprox. 1000 a.C.). Él habría redactado uno de los dos relatos de la Creación (Gén. 2, 5-25): El día en que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto ni ninguna planta silvestre había brotado, pues Yahvé Dios no había hecho llover todavía sobre ella, ni existía el hombre para cultivar el suelo (Gén 2, 5), y una buena parte del resto, a veces copiando relatos orales sin mayor retoque. Por cierto, se le atribuye también el detallado relato del reinado de David en el Libro Segundo de Samuel y el Primero de Reyes. Otro hagiógrafo es el elohista, que usa del término elohim para referirse a Dios, y habría escrito un siglo más tarde. Se le debería la dramática relación del sacrificio de Isaac: Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah. Allí me lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré (Gén. 22, 2). El significado de esta escena de la misericordia de Dios y su distancia de los dioses paganos que reclamaban la vida de los primogénitos, se presenta magníficamente en la escena final de la película de John Huston, La Biblia, que debió llamarse Génesis. La pasan siempre por semana santa, es una joyita que siempre vale la pena ver (Me parece que anda por YouTube también). El Sacerdote, tercer Hagiógrafo a considerar, aparece hacia el 600 a.C., durante la Deportación de los judíos a Babilonia, cuando había urgencia de condensar los textos sagrados y mantener unido a un pequeño pueblo sin tierra y sin estado. El Sacerdote habría compendiado los textos, combinando Yahvista y Elohista, “puntuándolos” con pequeños añadidos para mantener la cohesión del texto. Y creó la monumental Creación del Mundo que da inicio a toda la Biblia, y que añadió sin aparentemente percatarse que ya había otra del Yahvista.

Los tres hagiógrafos (Yahvista, Elohista y Sacerdote) más el llamado Deuteronomista, serían así autores de los cinco libros del Pentateuco, la sagrada Torah judía. El Génesis abarca las historias de Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el Diluvio Universal, la Torre de Babel, los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob (llamado Israel) y sus doce hijos; y culmina con la muerte de José y los Hijos de Israel avecindados en Egipto. El Libro del Éxodo narra la esclavitud y la épica de la liberación de los Hijos de Israel, y su elección como Pueblo de Dios. La escribió principalmente el elohista, y se centra en una detallada biografía de Moisés, con todos los ingredientes de la Iniciación de un héroe fundador. Hay partes realmente memorables: La revelación del Dios desconocido a Moisés, la escena de la zarza ardiente, en donde se combinan las narrativas yahvista y elohista: Dios dijo a Moisés: Yo soy el que Soy. Así dirás al pueblo de Israel: YO-SOY me ha enviado a ustedes (…) Este será mi nombre para siempre, y con este nombre me invocarán sus hijos y sus descendientes (Ex. 3, 14 y 15); los intercambios verbales de Moisés y Aarón con el Faraón; las Diez Plagas de Egipto; la Institución de la Pascua; amén del famoso Paso del Mar Rojo. Aquí me detengo para mostrar los relatos elohista, yahvista y sacerdotal combinados y yuxtapuestos en dos versiones paralelas de la épica fundacional del pueblo hebreo, marcado por la intervención divina. Según el yahvista el asunto fue que Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar, y se dividieron las aguas. (Ex. 14, 21); y luego … miró Yahveh (…) hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión (…). Trastornó las ruedas de sus carros, que no podían avanzar sino con gran dificultad. Y exclamaron los egipcios: Huyamos ante Israel, porque Yahveh pelea por ellos … (Ex. 14, 24-25). Notemos que se atribuye a Yahveh el viento del este que seca el barro y estorba las ruedas de los carros, pero parece que al Sacerdote no le bastó eso, e intercala inocentemente ciertos efectos especiales: Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras las aguas formaban muralla a izquierda y derecha. / Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos en medio del mar, todos los caballos de Faraón, y los carros con sus guerreros (Ex. 14, 22-23). En estos versículos se basa la grandiosa escena de la partición de aguas en Los Diez Mandamientos, de Cecil B. De Mille, y hasta Tolkien pone en boca del Rey Théoden una variante del cántico a Yavé: Cantaré a Yahvé que se hizo famoso / arrojando al mar al caballo y su jinete (Éxodo 15, 1). Si lo que quería el Sacerdote era subirle la moral a los deportados en las orillas del Tigris y Éufrates, despertando su orgullo nacional y la fe en el Dios de los Ejércitos que liberó al Pueblo Elegido, nadie puede culparlo de recargar tantito las tintas, con columna de fuego y todo (http://www.youtube.com/watch?v=Rv5imrLYo8g).


El resto del Éxodo, el Deuteronomio, el Levítico y los Números relatan las vicisitudes del Pueblo Elegido, en especial el constante contrapunto entre la fe del caudillo Moisés con la terquedad del Pueblo Elegido, de dignidad bien cuestionable: ¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque mejor es servir a los egipcios que morir en el desierto – Ex. 14, 11-12. Quizá la mejor versión fílmica del conflicto entre Yahvé Libertador y el pueblo que no le da la gana de ser liberado esté en la bella miniserie de la Televisión Italiana Moisés el Legislador, con un inspirado Burt Lancaster en el papel de Moisés, y no menos inspirados Irene Pappas y  Anthony Quayle como sus hermanos Miriam y Aarón.  Qué pena que solo la he encontrado en italiano (http://www.youtube.com/watch?v=AXJrIBldZoY).

V

Colofón

Hasta aquí la primera parte de esta Crónica sobre Leer la Biblia. En posteriores Crónicas presentaré aquellas partes que me llaman particularmente la atención, tratando de dar una visión panorámica. En el caso de la Biblia quizá sea más cierto que con ningún otro Libro que uno lee lo que quiere, como quiere, donde quiere. Pero lo cierto también es que de esta lectura uno nunca se arrepiente.



Peru Blogs