domingo, 24 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 21: BIBLIA (II)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 21
 LEER LA BIBLIA (II)

I
Leer desde diversos ángulos

Es inevitable ver la Biblia como texto sagrado, pero ella no es sólo la histórica depositaria de una Verdad Trascendente para diversas confesiones religiosas. Posee otras dimensiones, y desde el Concilio Vaticano II nadie se irá al Infierno por leer la Biblia desde lo histórico, historiográfico, sociológico o literario, así que podemos adoptar estos ángulos sin riesgo. En anterior Crónica nos referimos a Moisés, el Hagiógrafo por excelencia, a quien la tradición le encaja la improbable autoría de todo el Pentateuco o Torah. Pero vimos que había más hagiógrafos en la danza. Y tras el ingreso del pueblo de los hebreos en la gran Historia, más aún. En el Antiguo Testamento, el elohista del Génesis, el Rey David de los Salmos, el Qohelet o Predicador del Eclesiastés pueden equipararse con Homero, Dante o Shakespeare, por oficio literario y por la universalidad de sus mensajes. Los hagiógrafos hacen épica para narrar la Creación del Mundo, lírica en la lamentación y la deprecación, reflexionan sobre el mal en el mundo y la brevedad de la vida. A estos temas universales que todos enfrentamos la religión les aporta su visión, los libros sagrados tratan de responder a las necesidades humanas espirituales más básicas, incluso si no se arrogan ser la palabra certificada de un Dios personal. Para efectos de guía en la peripecia de la Vida, y por su atención a la múltiple condición humana, la Biblia le resulta esencial, directa o indirectamente, a vastas cantidades de personas. A pesar de todos los esfuerzos por ocultarla y volverla arcano, durante siglos la Biblia, como el Qurán y los poemas homéricos, se usó como libro de texto, con el que se aprendía a leer y escribir, y hoy en varias confesiones religiosas se tiene en mucho conocerla al detalle y citarla con exactitud y precisión. Se podrá estar a favor de ella o en contra de ella, pero según parece, no sin ella.

En cuanto a la universalidad de los mensajes que construyen nuestra humanidad, no se puede encontrar actualmente en Occidente algo comparable a la Biblia. Desde una muy distinta perspectiva los poemas homéricos aún representan ciertos valores universales más o menos contrapuestos a los bíblicos, pero en la actualidad La Ilíada y la Odisea son obras irremediablemente anacrónicas, no nos dicen lo mismo que le dijeron a los ilustrados griegos y romanos de la Antigüedad, y si bien gozan de un sólido prestigio en el núcleo de la tradición Occidental, los valores que los presiden conservan su validez solo relativamente. Han perdido el aura sagrada de cuando fueron recitados y escritos. Desde hace siglos los valores homéricos se han subsumido en los cristianos, que los transmuta y subordina a los valores supremos expresados en la Biblia. Para hallar algo parecido tendríamos que bucear en los libros sagrados de otras confesiones. Y, por cierto, hay épocas en la vida en la que esta búsqueda se impone, cuando tratamos de conocer mejor para fijar nuestras creencias. Buscamos entonces esos libros, a ver qué nos dicen. Mi búsqueda personal me llevó a pasearme por el Corán o Qurán; el Libro de Mormón;  el Bhavagad-Gita, centro mismo de la gran epopeya hindú Mahabharata; el Tao-Te-King; e información suelta sobre el Budismo, el Taoísmo, el Baha´ísmo y otras religiones. Cuando me tocó vivir la curiosidad al respecto no existía aún la Internet, esa cosa que en un click nos da lo que busquemos, y así esta búsqueda y reflexión se prolongó en mi caso durante varios años, lo que en sí no fue tan malo. En un tema tan espinoso como el de las propias creencias morales y religiosas, conviene detenerse cuanto sea necesario y usar lo más masivamente posible de las neuronas que Dios nos ha dado. Y, como decía un sacerdote amigo mío, darle su tiempo y su espacio al Espíritu Santo para que actúe.

II
Multiplicidad ético-moral y el problema del Monoteísmo

La Biblia presenta múltiples puntos de vista ético-morales, a veces opuestos entre sí. En parte ello explica las divisiones e interpretaciones que produjeron cismas del tronco original cristiano casi desde el principio, y explica también el intento de mantener una ortodoxia más o menos permanente a través de los tiempos. Es un tema delicado: Basta asumir explícita o implícitamente una parte del Libro Sagrado como más importante que otra, para privilegiar un punto de vista sobre otro y muy probablemente entrar en conflicto con los que sostienen la mayor importancia de otras partes. Según parece esto fue lo que pasó con la Iglesia Cristiana durante unos dos siglos y medio, justo antes que el Emperador Constantino pusiera orden y resolviera ciertos impases en el Concilio de Nicea con unos cuantos puñetazos en la mesa. Y eso que este es solamente uno de los muchos problemas de las Ortodoxias que se apoyan en Textos. En dos mil años de experiencia de tratar con la Biblia – y para los Judíos mucho más – la sensatez no ha sido la norma en un texto que es igualmente sagrado en todas sus partes. La diversidad de interpretaciones ético-morales ha servido para justificar la defensa de los coyunturales intereses nacionales, sociales y económicos del momento, en verdad muy poco o nada vinculados con el problema de la Salvación Eterna. Parece que una parte indisoluble de la Fe de ciertas personas es considerar sin matices a la Biblia como Palabra de Dios, y así es que terminamos enfrentados a diversos Yo-Soy. Y de éstos, el más peliagudo, complicado y fastidioso es el Yahvé Sebaot – Dios de los Ejércitos – que los hagiógrafos presentan prepotente, terminante y horriblemente vengativo, que ordena cometer matanzas, genocidios y anatemas, llevado de una ira a la que nuestra mentalidad de hoy se resiste. Se le encuentra sin disfraz alguno en el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; pero de uno u otro modo le seguiremos encontrando a lo largo de todos los Libros de la Biblia mostrando el difícil tránsito de los hebreos hacia el monoteísmo. Una de sus últimas menciones está en el Nuevo Testamento, en la Epístola de Santiago: El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Dios de los Ejércitos (Santiago, 5, 4), y así distinguimos como los siglos transmutaron al Vengativo Dios del Pentateuco en un Dios Justiciero en Este Mundo y en el Otro; de modo que si antes era un Dios de Unidad Nacional, ahora resulta poco menos que Dios Universal de la Lucha de Clases: ¿Creéis que estoy aquí para traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos tres contra dos, y dos contra tres … (Lucas, 12, 51-52).  

Es posible que las contradicciones que se nos patentizan en la Biblia obedezcan a los contactos y choques entre principios contrapuestos, en el tratar de expresar la Contradicción como un solo Concepto. Desde el racionalismo tratamos en gran medida con conceptos unívocos, cuando lo universal ha sido y es “separar uniendo” dualmente las cosas, tal vez es un error considerar como Unidad lo que siempre es Dos: Las dicotomías Bien – Mal, Ser – No Ser, Día – Noche, Bien – Mal, Varón – Mujer, Vida – Muerte, Padre – Hijo, etcétera, son patentes a todos los humanos y con ellas entendemos y ordenamos nuestro mundo. La expresión de estas dualidades evoluciona a lo largo de los Libros de la Biblia: Al principio, como en el Evangelio de Juan, está el Verbo, la Palabra, (En el Principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. / Ella estaba ante Dios en el principio. Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. - Juan, 1, 1-2); y en el Génesis, Dijo Dios: Haya Luz, y hubo luz. (Gén. 1, 2). El Verbo es una Palabra que se hace Acción, y así se plantea el problema: Los hagiógrafos nos ofrecen desde el mismo inicio del Génesis el final de su proceso hacia el Monoteísmo, porque el Yahvé / Elohim / Adonai Omnipotente y Creador del Cielo y la Tierra, el del Diluvio, el que confundió las Lenguas en Babel, el Libertador de las Cadenas de Egipto, el que separa el Mar Rojo, el Incomparable, el Celoso, el Único (Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad = Oye, Oh Israel, El Señor es Nuestro Dios, el Señor es Uno – Deuteronomio, 6, 4); no parece ser el mismo Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de agricultores de secano, de pastores y cazadores que de a poquitos se impone a los de otros pueblos conforme los hebreos toman control de Canaán (¿No tienes ya todo lo que tu dios Camos te ha dado? Igualmente nosotros tenemos todo lo que Yavé, nuestro Dios, nos ha dado en posesión – Jueces, 11, 24); ni parece de hecho el Padre Amoroso de la predicación del Cristo, en el Nuevo Testamento. Desde el principio hay idas y tornas: Para fijar un primer canon de la Biblia utilizable para el culto, hubo que esperar que hubiera un estado hebreo, y ello tuvo sus bemoles: El Rey Salomón, hijo de David, no era muy ortodoxo y aceptó otros dioses aparte de Yahvé, pero como era el Rey no le pidieron pasaporte, y tras su muerte la crisis estalló y Judá e Israel se separaron por el problema de si Uno o Muchos Dioses, lo que en la práctica era la lucha entre diversas facciones y sacerdocios.

El Monoteísmo no te deja claro el grave problema de Quién es el Malo de la Película. El Dualismo lo resuelve fácil en la zoroástrica contradicción Ormuz / Ahrimán, en el universal conflicto donde Hombres, animales y plantas toman partido: Si tú eres buen súbdito y soldado leal del legítimo Rey, agricultor que paga sus impuestos, eres de Ormuz; si en cambio eres extranjero, idólatra, nómade, eres de Ahrimán; y el mundo así es simple de entender. Pero viene el Monoteísmo y, ay, todo lo complica al tener que lidiar con un Dios que Todo lo Puede, pero que admite, permite o atraca lo Malo en el mundo. La asociación Dios-Bien no queda clara, ni tampoco el rol del espíritu maligno (Diablo, Demonio, Satanás, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú = Baal Zebub = Señor de las Moscas, título de una novela de William Golding), porque este espíritu maligno debe desplegar un gran poder, ma non troppo, pues de otro modo ni se entiende la Omnipotencia Divina, ni se establece el Principio del Libre Albedrío. Así que no la tenemos tan fácil como los zoroastras en lo ético-moral: No basta con trazar una raya diciendo: Aquí lo Bueno, allá lo Malo. Como dice la gran filósofa Mafalda de Quino: el problema es cómo apechugamos con lo malo que tiene lo bueno, y lo bueno que tiene lo malo. El Dualismo y el Monoteísmo tienen sus límites para explicar el mundo, y así va la vaina desde varios milenios.

III
El Libro de Job, y el Qohelet o Predicador: 
Vanidad de Vanidades

En el Libro de Job, Dios hace apuestas con el Enemigo, el mismísimo Diablo, nada menos. Y parece que se regodean harto en el asunto, con los seres humanos en el desastrado papel de carne de cañón. Cuán fuerte se instaló esta visión en el inconsciente occidental, lo demuestra el prólogo del Fausto de Goethe, así como innumerables historias: Job, sin saber leer ni escribir, es reducido a la abyección y se le destroza la vida, por una apuesta. Se justifica sin lugar a dudas que el atribulado se pregunte ¿Por qué no morí en el seno y no nací ya muerto? (Job, 3, 12), pero como en el Féisbuk, no le faltan bien pensantes que le presentan diversas opciones más o menos tibionas, pero Job defiende la pertinencia de su pregunta y la justicia de su causa (Ojalá se escuchara mi ruego y Dios me concediera lo que espero, / que por fin se decida a aplastarme, que deje caer su mano y me suprima. / Al menos tendría consuelo … - Job, 6, 8-10). Si te gusta la Biblia, no puedes dejar de leer como Job aborda una cuestión tan esencial en el devenir humano como el ¿por qué recuernos a mí me tiene que pasar esto? Al final la cosa se pone color de hormiga cuando se aparece el mismo Dios a poner orden, y de hecho ni se molesta en contestarle a Job, sino que de frente lo cuadra y lo ridiculiza: Amárrate los pantalones como hombre: voy a preguntarte, y tú me enseñarás. / ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Habla si es que sabes tanto! – Job, 38, 3-4. No hay respuesta alguna al ¿Por qué a mí? y la vaina queda en un incómodo veremos, envuelto en un Misterio que no comprendemos, con lo que nos dejan en Pindinga, lugar cercano a Babia. Tal vez haya sido hasta considerado de parte del hagiógrafo dejarlo así, porque quizá, como Job, lo sabio sea sufrir el azar con paciencia, aceptar lo que no entendemos ni podemos cambiar, inclinarnos ante lo inevitable … Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. / Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. / Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. / Por esto, retiro mis palabras y hago penitencia… – Job, 42, 2-6 … ¿O no? 
    
Pero el asunto no acaba aquí. De hecho no ha hecho sino empezar: En el Eclesiastés sangra la misma herida abierta en Job: No hay Razón, dice el Qohelet, el Predicador, no hay razón, y todo es absurdo – Ecl. 1, 2, como se traduce en la Biblia Latinoamericana de 1972. La de 1995 dice ¡Esto no tiene sentido! Decía Qohelet, ¡esto no tiene sentido, nada a qué aferrarse! Y ambas traducciones tratan de transmitir en castellano el sentido de lo que la Biblia de Jerusalén traduce como ¡Vanidad de Vanidades! – dice Qohelet - ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!. El Eclesiastés es mi libro preferido de toda la Biblia, quizá por su visión pesimista de la vida y del hombre: ¿Qué le queda al hombre de todas sus fatigas cuando trabaja tanto bajo el Sol? – Ecl. 1, 3; constatando una verdad que atraviesa también la gran poesía de los Rubaiyat, del persa Omar Khayyam, de contexto cultural parecido: Si la vida es breve y absurda y no tiene sentido, entonces … ¿qué hacemos en el tiempo de vivir que tenemos, en esta vida que no sabemos bien qué es, pero que es tan dulce y no queremos que se acabe? Después de todo Me dije: Si la suerte del insensato es también la mía, ¿qué he ganado con mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada (Ecl. 2, 15). Las peripecias de la vida hacen sabio al Qohelet o Predicador, en buena cuenta alguien que decide no esperar nada. El Libro de Job empieza con una apuesta y termina en la entrega del Yo al Dios que no entendemos; el Eclesiastés empieza y acaba constatando el absurdo de que el último y amargo destino de los humanos sea la muerte que debe ser aceptada sin más. Pero allá atrás hay una velada esperanza: Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos, y los años que se acercan, de los cuales dirás: `No espero más de ellos` / antes que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y que vuelvan las nubes apenas haya llovido (Ecl. 12, 1-2). La muerte se vuelve una parte de la vida, un descanso de este servicio militar, una amiga que nos libera del absurdo: El hilo de plata no llegará más lejos: dejaron de hilarlo; la lámpara de oro se rompió, se quebró el cántaro en la fuente, y cedió la polea del pozo. / El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio (Ecl. 12, 6-7). Y así el Qohelet aconseja mesura y equilibrio, a diferencia de Khayyam, que quiere la orgía, el vino y el amor: Sin amor y sin vino la vida es nada. Nada / es sin el dulce canto de la flauta de Irán. / Sólo dos cosas valen en ella, según veo: / la fiesta y el placer, y lo demás es nada (Rubaiyat 113). Ascetismo y Desenfreno responden a la misma pregunta, son más cercanos de lo que parece, aunque donde el uno se resigna a no saber, el otro trata de avanzar. Como que el Qohelet no quiere dejar la cosa en veremos, y deja sembrada la idea de la Resurrección, única solución a la vista de la sangrante contradicción mostrada en Job. El Qohelet y Khayyam se parecen también, donde uno dice Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida fugaz (Ecl. 9, 9); el otro Olvida la sapiencia de los sabios, y enrédate / en el sedoso pelo de una mujer bonita (Rubaiyat 121). Pero si me preguntan, prefiero un Qohelet que se adentra en el vacío con coraje a un Khayyam que no se atreve a rozarlo, escondido tras una copa de buen vino. O ambos tienen razón, porque hay un tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo. (Ecl. 3,1). 

IV
Rey, Guerrero y Poeta: David y los Salmos

David fue Rey de Israel en Jerusalén, poeta y místico de primer orden. Su vida se narra en los Libros de Samuel, de Reyes y en las Crónicas o Paralipómenos., que repiten la misma Historia de los Reinos de Israel y Judá, pero desde distintas perspectivas. Las Crónicas son relato oficial disfrazado de registro objetivo; en cambio el elohista – hagiógrafo probable de Samuel y Reyes – es un crítico que cuenta lo que el oficialismo calla, y juzga y valora desde la Religión, no desde la Política, al modo de un historiador independiente. En Segundo de Samuel y en Primero de Reyes hay la mejor biografía del poderoso David, Rey de Israel en Hebrón y en Jerusalén, en sus triunfos como en sus debilidades: Lo vemos así permitiendo al intrigante Joab – Montesinos de la época, poder detrás del trono - que asesine al leal Abner; mandando matar a Urías por satisfacer su lujuria con la guapa Betsabé; dejando sin castigo la violación de su hija Tamar por su hijito consentido Amnón; derrotado por último por otro consentido, Absalón. David como Gobernante muestra astucia y ausencia de escrúpulos, lo que el elohista refleja en el amargo Discurso de Semeí dirigido al propio David en huida: Vete, vete, hombre sanguinario y perverso. / Yavé hace recaer sobre tu cabeza toda la sangre de la familia de Saúl, que masacraste. Así como tú le quitaste el trono a Saúl, así también Yavé se lo ha dado a tu hijo Absalón. Tú eres un criminal, por eso te persigue la desgracia (2 Samuel, 16, 7-8). David acepta el designio de Yavé, y cuando los cortesanos quieren cortarle la cabeza al incómodo Semeí, David apunta: Déjenlo que me maldiga si Yavé se lo ha mandado (2 Samuel 16, 11). El elohista presenta así no a un David oficial, héroe de cartón, sino al ser humano en sus complejidades y circunstancias. David, juzgado por los parámetros actuales, es un político marrullero y veleta, con un evidente interés por el poder y un maquiavelismo que roza la traición. Pero ahí lo tenemos igual de paradigma, porque son los vencedores los que escriben la historia.

Pero yo se lo perdono, porque el poeta David es magnífico en lo épico, lo místico y lo lírico. Su poesía se alimenta de su experiencia, es un poeta natural, que recita sin saberlo, empezando por su magnífica respuesta al reto del gigante filisteo Goliat: ¿Quién es ese filisteo incircunciso que insulta así a los batallones del Dios Vivo?  (1 Samuel, 17, 26). Tras vencer a los filisteos, David se mete de costado en la familia real al casar con Micol, hija del Rey Saúl, pero su afecto se dirige más bien a su cuñado Jonatán. El Rey Saúl le envidia y le odia, mas David y Jonatán son hermanos de armas y comparten espíritu y temple: Vete en paz (David), ya que nos hemos comprometido en nombre de Yavé, que Yavé esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya, para siempre. (1 Samuel 20, 42). David escapa así del odio de Saúl y se interna en la precaria existencia del guerrillero y soldado de fortuna. Pero cuando Saúl y Jonatán mueren en Gelboé a manos filisteas, David recita su doloroso Canto Fúnebre: Ay, la gloria de Israel pereció en los montes / ¿Cómo cayeron los héroes? / (…) / El arco de Jonatán no retrocedió jamás ni la espada de Saúl se blandía en vano / (…) / Eran más ligeros que águilas, más fuertes que leones / Por ti estoy apenado, Jonatán, hermano mío, por ti, a quien tanto yo quería. Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres …  (2 Samuel 1, 19-26). Se ha especulado homosexualidad, olvidando la hipérbole tan común en Oriente, y el contexto fúnebre. Algunas interpretaciones se acercan más a nuestras ideas preconcebidas que a los hechos. Otros poemas de David son de tema religioso, como el de 2 Samuel, 22, 2-51: Yavé es mi roca y mi fortaleza, mi libertador y mi Dios, e inspiran los hermosos y sentidos Salmos. La experiencia de vivir a salto de mata se refleja en las súplicas a Yavé en el peligro, al ruego de su fortaleza y guía en medio de la tribulación, en la confianza que está con nosotros: Los cielos cuentan la gloria de Dios, / la obra de su mano anuncia el firmamento (Salmo 19, 1); Dios mío, de día clamo, y no respondes, / también de noche, no hay silencio para mí / Más tú eres el Santo, / que mora en los laúdes de Israel / En Ti esperaron nuestros padres, / esperaron y tú los liberaste …  (Salmo 22, 3-4); El Salmo 23 es popular en los países anglosajones: Yavé es mi pastor, nada me falta / (…) /Aunque pase por valle tenebroso, / ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo / tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 23, 1, 4). El Salmo 51, el Miserere, lamenta el peso de los pecados, ruega el perdón en la última hora (Ténme piedad, oh Dios, según tu Amor, / por tu inmensa ternura borra mi delito, / lávame a fondo de mi culpa, de mi pecado purifícame. – Sal 51, 3-4) y se ha rezado innúmeras veces a lo largo de los siglos por todos los que sólo a Dios pueden recurrir en su desesperanza, en especial los moribundos (Retira tu faz de mis pecados / borra todas mis culpas / (…) / El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; / un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias. Sal 51, 17, 19). David no fue el único Salmista, están Asaf, los hijos de Coré – posiblemente un Coro permanente -, y el Maestro de Coro, aunque muchos Salmos aparecen sin autor y serían creación colectiva, como el Salmo 137, de la Deportación a Babilonia, la famosa Balada del Desterrado: A orillas de los ríos de Babilonia / estábamos sentados y llorábamos, / acordándonos de Sión. / (…) / ¿Cómo podríamos cantar / un canto de Yahveh / en una tierra extraña? / ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, / que se seque mi diestra! / ¡mi lengua se pegue al paladar / si de ti no me acuerdo!  (Sal 137, 1, 4-6). En la larga historia de desarraigos y persecuciones del Pueblo Elegido, este Salmo debe haberse cantado en Sinagogas y hogares, musitado con fervor por los rabís, exultado por aquellos que retornaron a la Tierra Prometida y vieron nuevamente la Colina de Sión. La historia del Sionismo que ocurrió después, disculpen, no tiene demasiado que ver con la Biblia.   

IV
Colofón

Termino así esta segunda Crónica sobre Leer la Biblia. En las siguientes seguiremos en el mismo estilo, picando de aquí y allá. Como decimos siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te prives.