jueves, 2 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 33: NOVELAS DE AVENTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 33
Leer Novelas de Aventuras

I
Adolescencia y Aventura


Dicen los editores que las novelas de aventuras siempre tienen mercado, y este mercado es de adolescentes. Para los que aún no saben, la adolescencia es una enfermedad cuya única cura es el tiempo, se le suele comparar con una botica abandonada por aquello de que no tiene remedio. Dada la condición incurable, sólo se puede mejorar la calidad de vida del entorno familiar, pues el paciente vive muy cómodo esta enfermedad. El entorno social combate el carácter endémico de la adolescencia con dosis masivas de tranquilizantes, pues aunque los papis padecen en vivo y en directo la adolescencia de sus hijos, la sociedad en su conjunto padece todo el tiempo gran número de adolescentes en acción. La Fisiología sostiene que la adolescencia arranca con ciertas hormonas operando a lo loco, lo que se traduce en los “que adolecen” en desajustes, movidas, desadaptaciones y permanente sensación de tener un rascapié en salva sea la parte. Por ello actúan de una manera más o menos enervante más o menos todo el tiempo. Entre otras cosas se ha detectado en los adolescentes las ganas de salir al mundo, de aventurarse, si es que son sanos y normales. En apariencia esto no es del todo posible sin desajustar sin remedio el tejido social, como puede observarse en nuestro vecino Chile, que se la pasa complicadísima con los pingüínos (así llaman allá a los estudiantes), y eso que aquí no pasan nunca esas noticias, no vaya a ser contagiosa la cordura, no vaya a ser que nos demos cuenta que el crecimiento económico no lleva a ninguna parte. Yo supongo que una Educación más humana - menos carrera de ratas - sería una maravilla para los adolescentes, que ya no tendrían que salir a la calle a protestar por oportunidades y podrían resolver sus necesidades aventureras a través de la lectura de historias de aventuras

Este rasgo aventurero de la adolescencia de todos los tiempos se refuerza con la cultura visual, que matiza si no sustituye al texto escrito. El género de aventura vende como pan caliente, necesita producir material excitante y ya no basta el socorrido recurso de editar la acción a velocidad supersónica. Los argumentos pesan y cuentan para producir guiones, y la cultura visual depende en enorme medida de los clásicos de aventuras para construir blockbusters en los diferentes soportes y mercados, para ganar copiosa audiencia adolescente y hacer plata como cancha. El cine y la tele de aventuras sustituyen al texto escrito, con el efecto colateral aprovechable de desplazar el polo lector al hogar. Claro, eso si los papis están en la nota aventurera y en las dinámicas visual y lectora, lo que les exige estar vivos y actuantes. Se trata de poner coto a la personalización de la pantalla, de modo que no se llegue al extremo ludópata, y chequear bien chequeados esos video-juegos de aventura, como Zelda, Warcraft y unos cuantos miles más. La diferencia entre video-juegos con cine, TV y libros está en la interactividad, que exige distintos y mayores compromisos neuro-musculares. 

Pero lo que no cambia es la trama, el guión, el argumento, el movimiento, lo que pasa, ocurre y acontece en el libro, la película, el programa de televisión o el video-juego. De ahí que resulte importante revisar siempre los parámetros de la novela de aventura, que no es nada vetusta como se cree a veces, ni se ha muerto. Por el contrario, los argumentos tienden a repetirse y encontramos en lois libros la mayor parte de lo que hay en manga, video-juegos, cómics, películas o series. Así que, papis y mamis, ustedes no están quedados sin remedio. Por el contrario, es más que probable que ustedes sean los expertos en el tema este de las aventuras. Les comento que así me pasa con mi hijo Alejandro, un artista del manga, con el que discuto los códigos literarios de la aventura, que él entiende mejor que yo.   

II
Los Tres Mosqueteros / Veinte Años Después / El Vizconde de Bragelonne
(Alejandro Dumas padre).


Se recuerda poco en estas épocas que los editores españoles y latinoamericanos solían hasta no hace mucho pedirle a los obispos católicos un checking del texto que publicaban, dando fe que su contenido no chocaba con las verdades promovidas por la Santa Religión Católica, Apostólica y Romana. Cuando era el caso aparecía en las primeras páginas el Nihil Obstat (Nada Impide), que indicaba a los católicos que podían leer el libro sin riesgo para su salvación eterna. Los editores más acuciosos añadían al Nada impide el Imprimátur (Imprímase), sutil orden, no sólo permiso, de lectura. Esto constituía un auspicio de la autoridad eclesiástica, lectura no sólo permitida sino casi impuesta a través de la sacrosanta Que se Imprima. Supongo que los editores estaban felices por los lectores que se sentían autorizados por su Iglesia para ejercer la lectura y por ende comprar el libro. Los libros que ostentaran el Imprimátur serían lectura casi edificante según la jerarquía eclesiástica, casi obligatoria para los que sujetaran su juicio al de la jerarquía. Allá al fondo acechaba el Índex Librorum Prohibitorum, lista de libros a los que ningún católico debía acceder sin arriesgar su salvación eterna, según criterio de los censores. La Iglesia Católica ejercía la censura no prohibiendo sino desaconsejando ciertas lecturas. Ustedes dirán que a qué cuento viene esto de la censura respecto a Alejandro Dumas y las aventuras de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan en Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones. Lo diremos con claridad de agua bendita: La mayor parte de las ediciones de Los Tres Mosqueteros en castellano se censuraron y mutilaron. Partes enteras figuraban en el Índex, en especial las que sugerían o relataban las aventuras sexuales de Milady con Athos y D´Artagnan, al marido de Constance consintiendo en la sacada de vuelta de ésta con D´Artagnan, así como las que simpatizaban con los Hugonotes protestantes. Y esa fue la primera versión que leí, concentrada en las aventuras de D´Artagnan y sus compañeros, pobre en la intriga y sugerente que la ejecución extrajudicial de Milady por los Tres Mosqueteros, Lord de Winter, los lacayos y el verdugo de Lille se justificaba en el pecado de Milady, el ser ligera de cascos y mala esposa del Conde de la Fère

La primera vez que leí Los Tres Mosqueteros tal como la escribió Dumas yo ya andaba por mis treinta años, y era otra cosa de lo que había leído en mi niñez. En España e Hispanoamérica muchísimas obras literarias (todas) fueron censuradas y mutiladas por el control eclesiástico apoyado en el autoritarismo franquista español y de sus aliados conservadores en América Latina. Los editores fueron víctimas, pero también en algo cómplices, y dicho esto, podemos continuar con Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones tal como fueron escritas. Las aventuras de D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramis; no se escribieron para jóvenes, sino para el público adulto francés, que los editores de la Tercera República veían ansiosos de leer sobre la vida de antes de la Revolución Francesa. Estas novelas no ocultan nada, y lo que me permitió descubrir este asunto de la censura fue que me leí Veinte Años Después, continuación de Los Tres Mosqueteros, y era tan buena que parecía de otro autor que el de Los Tres Mosqueteros. En la práctica los editores hicieron puré de Los Tres Mosqueteros, y eso que leí ya no era Dumas. La edición de Oveja Negra a la que accedí era tres veces más grande que la que leí antes, y mostraba la realidad del liberal sexo de entonces, la discriminación a los gascones, las jesuitas hipocresías de Aramis, el matrimonio por conveniencia de Porthos. Me pregunto a qué le tenían miedo los censores, y a qué se lo tienen, pues las versiones cinematográficas actuales también censuran, como en La máscara de Hierro, de Randall Wallace – guionista culpable de falsear la Historia escocesa en el Corazón Valiente de Mel Gibson –, y ello a pesar de Leonardo Di Caprio (Philip / Louis), Jeremy Irons (Aramis), Gerard Depardieu (Porthos), Gabriel Byrne (D´Artagnan) y en especial el magnífico Athos construido por John Malcovich. No sé cuál sea peor: La censura eclesiástica de antes o la autocensura de los productores, directores, guionistas y demás yerbas cinematográficas y de la TV de hoy. Porque solamente leyendo las tres obras nos enteraremos por qué son Los Tres Mosqueteros, y no los Cuatro del Uno para Todos y Todos para Uno: Al final de la última novela - El Vizconde de Bragelonne – Aramis, que ahora es General de los Jesuitas, voltea casaca, traiciona y enfrenta a sus amigos, y al final los Tres mueren honorablemente. Por alguna razón que nunca comprenderé se pretende proteger a los jóvenes de que hay traiciones e hipocresías. Qué absurdo. Como si no lo vieran diario en la vida cotidiana.

Para bajar y leer:
http://dominiopublico.es/libros/Alejadro_Dumas/Alejadro%20Dumas%20-%20Los%20Tres%20Mosqueteros.pdf       

III
Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino / La Isla Misteriosa; y en otra línea Los Hijos del capitán Grant (Julio Verne)


En estas Crónicas de Lecturas me he referido in extenso a Julio Verne, pero siempre podemos ir un poco más allá. La serie de novelas a que me refiero ahora surgió de forma peculiar, pues Julio Verne no tenía intención de escribirla. Es decir que cuando se mandó con Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino no sabía que escribía el primer libro de una serie. Se ve ello en la extensión de la obra y la maestría con la que cierra los hechos que narra. Como obra es redonda, tanto que debe ser una de las novelas mejor escritas en la historia. El contrapunto entre Pierre Aronnax (narrador en primera persona) y el capitán Nemo da sentido a toda la novela, lo que a Verne no le costó nada, a fuer como quien esto escribe, de gran aficionado al mar y a la navegación. El viaje de iniciación del francés a bordo del extraordinario submarino Nautilus marca el paso de una infantil admiración por el Sabio al desencanto de notar la tortura emocional en que se debate Nemo, su no resuelta confrontación con los demonios del pasado de los que trata de escapar en lo profundo del mar. Demonios que le alcanzan en la forma de las fragatas inglesas de guerra que Nemo, ante el horror de Aronnax, Conseil y Ned Land, hunde sin piedad con el espolón de su portentoso buque submarino. El capitán Nemo no se reconoce parte de una humanidad que siente le rechaza, que le niega patria y nacionalidad, y Aronnax se separa de esta exigente figura paterna. La novela culmina en la catástrofe de la desaparición del Nautilus en el remolino Maelström de las Islas Löfoten, que a más de ser guiño y homenaje al Edgar Allan Poe de Un descenso al Maelström, desaparece a Nemo de la escena sin matarlo. La obra termina así con brillantez, hasta con cita bíblica del Libro de Job. En cambio, la serie Los Hijos del capitán Grant sí parece haberse pensado como serie dirigida a jóvenes, en especial por la iniciación del joven Robert Grant. La historia es tan extensa como la de Veinte Mil Leguas …, por lo que se edita en tres novelas, o como una gran novela en Tres partes: La búsqueda en América del Sur, Australia y el Océano Pacífico del Capitán Grant por sus hijos, generosamente auspiciados por el aristócrata Glenarvan y su entorno, que incluye al geógrafo francés Santiago Paganel. El largo periplo culmina con un final desdichado y otro feliz, en uno el traidor Ayrton a.k.a. Ben Joyce es abandonado en una isla desierta para expiar sus culpas, en el otro los hijos se reúnen con el padre perdido, con matrimonios por medio y hasta el galán cómico (Paganel) encuentra tarde, pero encuentra, a su dama cómica (Lady Arabella). Ahora bien, ¿qué podrían tener así en común Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino con Los Hijos del capitán Grant? Pues de arranque, nada. Me ocurrió como a todos los lectores de Verne, que no me enteré de nada hasta que leí La Isla Misteriosa.


Estoy casi seguro que a Julio Verne tampoco se le ocurrió atar cabos sueltos sino cuando estaba escribiendo el segundo tercio de La Isla Misteriosa. La anécdota del principio era más que suficiente para la aventura: Prisioneros unionistas de la Guerra de Secesión encerrados en Richmond escapan en globo, tropiezan con un huracán que los arrastra al Pacífico Sur, hasta una pequeña y deshabitada isla volcánica, que bautizan Isla de Lincoln. Ahí vivirán a lo Robinson Crusoe, que inspira esta obra. Hay cuando menos un personaje muy bueno: el Ingeniero Cyrus Smith, que representa brillantemente al paradigma del progreso y la revolución industrial. Pero tengo para mí que acá Julio Verne se tropieza con que tiene a sus personajes en el Pacífico Sur, está en una isla … y … ¿por qué no enlazar los cabos sueltos …? Desde el final de Los hijos del capitán Grant, Ayrton sigue en la Isla Tabor / María Teresa, a pocas millas de la Isla de Lincoln, cuyo origen volcánico deja jugar con la idea de súbitos surgimiento y desaparición. Y ahí es que se le debe haber venido a la cabeza el capitán Nemo, el Nautilus y el Maelström. No había cometido el error de Arthur Conan Doyle en Reichenbach y Nemo estaba disponible para traerlo y utilizarlo como deus ex machina … y ya está. Solamente hubo de superar el inconveniente de que al no haber planeado la serie se le enredaban las fechas, que no cuadraban ni con la mejor buena voluntad, lo que resolvió bonitamente con notas al pie de página, introduciendo sin percatarse un “universo paralelo”, truco y técnica hoy bien conocida de escritores y editores, que no estoy seguro fuera tan evidente en los tiempos de Julio Verne.

Para descargar y leer:
http://nuestraslecturasdotcom.files.wordpress.com/2013/03/vernejulioveintemilleguasdeviajesubmarinoresumen.pdf

IV
Las Minas del rey Salomón / Allan Quatermain / La Guerra Zulú  (Henry Ridder Haggard)


He leído y releído Las Minas del Rey Salomón ad náuseam. La culpa es de la solvencia con la que Henry Ridder Haggard escribe en primera persona. Un escritor del siglo XIX  de antes del cine y la televisión estaba obligado a ser eficiente y específico en la composición del lugar, en la descripción y la narración de hechos consecutivos o no. Qué podemos decir sino que la narrativa y descriptiva de Ridder Haggard parecen escritas antes de ayer. No es raro que se hayan hecho tantas versiones en cine de sus libros. Abundan incluso los pastiches, entre ellos el cómic pastiche Los Caballeros de la Liga Extraordinaria que, discúlpenme, no me cuaja ni convertido en la película de última La Liga Extraordinaria, que a pesar de Sean Connery en el papel del legendario cazador no le hace la más mínima justicia. Para mis lectores que ignoran lo que es un pastiche, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice Imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente. Y así sucede con continuaciones espurias de ciertas obras literarias escritas por autores de segunda o tercera categoría ávidos de un poco de fama o de ingresos (Nunca segundas partes fueron buenas, Cervantes dixit), tales como pergeñar las aventuras de Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin, lacayos de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan; o qué pasó con Ishmael tras el hundimiento del Pequod; o cómo Paco Yunque se metió al Partido Comunista. Dumas, Melville y Vallejo dejaron ahí a sus personajes, y bien dejados estuvieron. La línea que separa una obra bien escrita de un pastiche es tenue. Si está bien hecho, el pastiche tiene cierto artesanal encanto. También es pastiche tomar personajes de ficción y combinarlos con otros o con personajes reales, como para ver qué pasa al juntar al cocainómano Sherlock Holmes con el psicoanalista Sigmund Freud, en la novela Elemental, Doctor Freud, del Director de Cine Nicholas Meyer. En la novela de Umberto Eco La Isla del Día de Antes se toma a Biscarat, un muy menor personaje de Dumas en Los Tres Mosqueteros, como antagonista. En todo caso, a Allan Quatermain le han hecho de todo en el mundo anglosajón, hasta cambiarle el nombre a Quartermain, y ello porque el personaje en sí mismo es interesante, se come la novela y cualquier versión en cine, porque los guiones a veces se apartan demasiado del sentido de la obra original, y para salvar el asunto hay que cambiar el personaje.  
 
Se puede decir de Ridder Haggard un par de cosas: Creó a Quatermain, y qué bien narra en primera persona el maldito, qué fluido, directo y excelente descriptor de la naturaleza y las situaciones. Conserva estas fortalezas con pocas excepciones en la serie de Allan Quatermain como en la serie Ella, excelente también por donde se le mire. Pensemos algo en esto: Narrar en primera persona algo que ha pasado es como servir una sopita fría, es casi empezar por el final, porque ya sabemos que si el narrador está narrando es que está allí para contarlo, no importa qué terribles riesgos o peligros haya vivido, no se ha muerto, y esto no es poco en una novela de aventuras. Así que la narración se desliza a cómo la hizo para salir bien del asunto. Porque si de aventuras se trata, pocos han vivido tantas como Allan Quatermain, que representa una especie de oda al colonialismo liberal británico del siglo XIX en la extensa África inglesa, en especial Sudáfrica. Ridder Haggard no hace el papel de propagandista barato de la civilización inglesa, en el que sí se siente cómodo Rudyard Kipling en Kim, El Libro de la Jungla y otras obras ambientadas en la India. Se le creen a Allan Quatermain sus increíbles aventuras porque él es verosímil, porque piensa y habla y actúa como un hombre que conoce la realidad, con opiniones propias, y que va a contramano de los muchos ingleses dedicados a explotar y disfrutar su imperio colonial sin considerar nada de lo que hoy llamamos interculturalidad. De ahí que, a diferencia de sus contemporáneos, sus valoraciones sobre los nativos africanos sean escandalosas para su tiempo (¿Qué es un gentleman? (…) no lo sé y, sin embargo he tenido que tratar con negros … Pero no, voy a tachar la palabra ´negros´ porque no me gusta. He conocido nativos que lo eran (gentlemen) (…) y blancos inteligentes, de buena familia y con dinero que no lo eran), e incluso ventajosas para los africanos, como en la comparación entre el valiente amazulu Umslopogaas y el cobarde europeo Alphonse en la novela Allan Quatermain. La calidad de la narración no decae nunca, y abarca todo el periplo vital de Quatermain, hombre de 55 años de edad en Las Minas del Rey Salomón, cuando nos es presentado. El éxito del libro llevó a Ridder Haggard a escribirle secuelas, como Allan Quatermain; así como lo que hoy se llama “precuelas” (odioso término), tales como La guerra Zulú, La esposa de Allan y La venganza de Maiwa, entre otras. Así podemos conocer la biografía completa de los 18 a los 68 años de este personaje, coincidente con el apogeo del Imperio Británico en África.

Para descargar y leer:
http://www.medellin.edu.co/sites/Educativo/Repositorio%20de%20Recursos/Haggard_H.%20Rider-Las%20Minas%20del%20Rey%20Salomon.pdf            

V
Colofón

Pienso que nos gustarán siempre las novelas de aventuras. Hay una cierta necesidad eterna en el ser humano de vencer dificultades, de mostrar logros, de atravesar por circunstancias difíciles y superarlas. Cuando no podemos vivir esas aventuras por nosotros mismos, tratamos de hacerlo por interpósitas personas. Sea en la realidad o en los libros necesitamos vivirlas, y no tenemos que ser adolescentes para ello. Así que ya saben: El que tenga Ojos, que Lea.

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