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martes, 21 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 36 - LIBROS DE VIAJES


CRÓNICAS DE LECTURAS –  36
Libros de Viajes

I
¿Hay Libros de Viajes todavía…?

Los Libros de Viajes se popularizan cuando los europeos empiezan a romper sus límites. Los imagino a fines del siglo XV, encerrados en la Europa: Al norte hielo, al sur arena y piratas musulmanes, al este más musulmanes, turcos y tártaros y mongoles armados hasta los dientes y otras razas malditas, como decían los cantares de gesta. Hacia el oeste una extensión infinita de agua salada limitaba el firmamento y acababa decíase en una gran catarata. En el frío norte los vikingos aprovechan un optimum climaticum previo al mínimo de Maunder, y atraviesan el Océano por lo más estrecho, pero las gentes en Groenlandia, Hellulandia y Vinlandia no resistieron las bajas temperaturas, sus sociedades violaron la ley del cambio, y se extinguieron. Mientras los supervivientes luchan por su vida en la Última Thule, a fines del siglo XIII en Venecia, la andariega familia de comerciantes Polo produce a quien daría a conocer a Europa los exotismos de las remotas comarcas de Oriente. Marco Polo no fue el único: Hicieron lo suyo el viajero musulmán Ibn Batuta y el gran almirante chino Cheng Du, cuyas rutas fueron tan largas y exóticas como las de Marco Polo. Más cosas hubo para popularizar el relato de Viajes: Los portugueses Diego Cao, Bartolomé Dias, Pedro Alvares Cabral, Vasco Da Gama costean África hasta la India, dan a conocer razas, costumbres y climas extraños, tal vez fueron los primeros en sorprenderse y relatar sus desconciertos. Cristóbal Colón y un puñado de aventureros españoles atraviesan el charco Atlántico y tropiézanse con América, continente olvidado diez mil años atrás cuando parte de la familia emigró por allá. Con los siglos se inventaron buques y astrolabios, se andaron nuevas tierras, se encontraron Otros Hombres y se contaron sus historias. El Mundo entonces era muy grande, hoy ya no estamos tan seguros.  

El antiguo y honorable género de los Libros de Viajes surge con la Odisea y la Eneida, en su base relatos fantaseados y poetizados de viajes. Griegos y romanos eran buenos viajeros, debemos contar entre ellos a Pausanias, Apolonio de Rodas y al mismo Herodoto de Halicarnaso, que disfrazó sus viajes de Libros de Historia. Ellos registraron el destino y la ruta, al modo de la Ítaca de Kavafis. Yo me he dado algunas vueltas por mi cárcel, he vuelto a sitios por donde circulé tres o cuatro décadas atrás y atestiguo con nostalgia y su poco de acritud los grandes cambios que todo sufre: Lo que eran dos o tres jornadas a lomo de bestia, accesible sólo a los valientes, es hoy cuatro horas en pista asfaltada. Lo que estaba incontaminado de presencia humana es hoy emporio turístico donde se toman fotos para Féisbuk y se bebe agua de botella plástica que terminará en un ecológico tacho. Ya no es posible disfrutar la experiencia de viajar sin intermediarla con Android o iPad. El verdadero Libro de Viajes y Relato de Experiencias hoy es Facebook. A algunos les extraña no ver mi cámara de fotos o video, es que no tengo. No sé qué filósofo griego dijo todo lo llevo conmigo, y yo no pierdo tiempo registrando lo irregistrable. Escribirlo sí me interesa, así piensas al tiempo y a los sucesos y a la gente. Contar la experiencia es síntesis de sentido más allá del dato bruto, una fotografía no dice nada sin el narrador que la narre. Herodoto viaja y cuenta la Historia; los Cronistas de México y Perú (Fascinan Pedro Cieza de León y Bernal Díaz del Castillo) cuentan de hazañas y asombros; Alejandro de Humboldt cuenta lo que ve, y analiza para encuadrar los hechos. Todos dan a conocer a los que son como nosotros cómo es que son “los que no son como nosotros”. Dicen: “Véanlos: Son diferentes, exóticos, distintos, OTROS”. Evocar el recuerdo es tan importante como el recuerdo mismo, por ello el Libro de Viaje se extingue. Reaparecerá cuando el Turismo Espacial abarate y los extraterrestres acepten les pongamos Hostales en sus planetas. Porque un Libro de Viaje necesita al Primero de Nosotros en llegar Allá, al Viajero que vive lo Nuevo, al que dé cuenta de lo que Ha Visto.

 
II
Turismo, Aventura, Contemplación

Soy viajero experimentado y he trabajado harto en Turismo, algo me sé qué se traen Viajeros y Turistas, siempre prefiero el Viaje. Me sorprende qué rápido pasa el tiempo entre los últimos Viajeros y los primeros Turistas; cómo a los Libros de Viajes les siguen los brochures, boletos turísticos, guías. Me sorprenden mapas y brújulas en desuso, que no se mire a las estrellas en el cielo, que se atiendan las señalizaciones. La aventura se evaporó con la Globalización y el crecimiento demográfico. Pisé Machu Picchu por vez primera en 1973, fue aventura. Para 1981 lo había visitado una docena de veces y aún era aventura. La última vez que fui hace tres o cuatro años no fue aventura sino trekking, no me podía detener, tapaba a los fotógrafos. Cada vez que llego donde estuve, conmigo va el recuerdo del otro viaje, la primera contemplación frente a frente. No es lo mismo mirar por el rabo del ojo, apurado por cuarenta gallos que se atropellan por tomar la foto del siglo, corriendo a ver cuánto toma dar la vuelta a Machu Picchu. No sé ustedes, para mí la cosa es contemplar, perder el tiempo, concentrarme y meterte en lo que está ahí, el turista se lo pierde porque la primera vez pasa sólo una vez, después es karma. En donde estuve y estoy de nuevo comparo lo que siento con lo sentido, si los Turistas me dejan. Esa es la diferencia entre Viajar y Hacer Turismo. En mi país aún hay sitios donde no es fácil llegar, sin gentes atropellándose. Tampoco culpo a los nativos por ganarse la vida, poner en valor lo que poseen, mejorar sus condiciones de vida, están en el derecho de vivir mejor usando sus recursos a mano, no deploro eso. Tal vez se puede hacer mejor, eso sí, rescatar el “ver por primera vez”. La última vez que me ocurrió fue amanecer en el llamado “Balcón” entre Quiruvilca y Huamachuco - 4000 m.s.n.m. -, con el Sol a través de la neblina sobre los cerros tras los que el Marañón lleva las aguas del Perú al Atlántico; hacia el norte Cajabamba, al sur la Cordillera Blanca como nunca la vi, a mis espaldas la cabecera de cuenca. Eso cambiará, espero verlo otra vez y recorrer esa ruta de nuevo antes que sea tarde.      

La Literatura de Viajes es hoy un pobre sustituto del hecho, más aún cuando abundan los testimonios gráficos que enseñan aquello que de otro modo nunca verías, pero sin poesía. Todo el mundo ha visto la Torre Eiffel en París, la Plaza Roja en Moscú, la cumbre del Everest, el fondo del Gran Cañón del Colorado, no hay cómo soslayarlo. Ni modo. Pero tiene su gracia leer los estertores de un género no despreciado por literatos conocidos, como Leandro Fernández de Moratín, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Emilio Castelar, Vicente Blasco Ibáñez, Azorín, Enrique Jardiel Poncela, Miguel de Unamuno para hablar de los de lengua española, que van hasta el mismo siglo XX. En otras lenguas hay André Gide, Alberto Moravia, Mark Twain, Julio Verne, Robert Kaplan, Eça de Queirós, Joseph Conrad, etcétera. Los exploradores empleaban sus notas de viaje para publicaciones que al lograr éxito servían para publicitar y/o financiar viajes posteriores. Así fue con James Cook, Fridtjof Nansen, Robert Fitzroy, Robert Falcon Scott, Thomas Edward Lawrence (a.k.a. Lawrence de Arabia, cuyos Siete Pilares de la Sabiduría compendian sus hazañas en la Gran Guerra), Ernest Shackleton, David Livingstone, Richard Burton, Roald Amundsend, el periodista Henry Morton Stanley, Enrico Nóbile, etcétera. Los géneros se cruzan, hay literatos que fueron exploradores y viceversa; hay los que al narrar su experiencia se escapan lel género de Viajes y crean gran Narrativa de su experiencia, como John Byron, Herman Melville, Karen Blixen (a.k.a. Isak Dinesen, y su novela Memorias de África), Jerome K, Jerome en humorístico, Ernest Hemingway (que conoce Las Nieves del Kilimanjaro), Robert Louis Stevenson. Hay grandes libros que pertenecen más a la literatura que a los Viajes, me eximo de tratarlos hoy.        

III
Viaje de un naturalista alrededor del Mundo (Charles Darwin); y Tres hombres a bordo del Beagle (Richard Lee Marks)

En el mundo anglosajón los relatos de Viajes tienden a producir más secuelas que en el mundo latino. Parece que italianos, españoles, franceses, portugueses y americanos del sur agotaran su ímpetu en los siglos XVI y XVII; y fueran relevados por alemanes, ingleses, escandinavos, holandeses y americanos del norte en los siglos XVIII y XIX. El proceso coincide con las Revoluciones Científica e Industrial y seguro no es casual, pues que los últimos Libros de Viaje los escriben antropólogos, arqueólogos y otros Científicos Sociales, como Margaret Mead (Adolescencia, Sexo y Cultura en Samoa; Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas), y Bronislaw Malinowski (La familia entre los aborígenes australianos, La vida sexual de los salvajes del Noroeste de la Melanesia). Vemos como están presentes los términos primitivo, salvaje, aborigen en los títulos de la literatura científica, lo que no escandalizaba a nadie. Observamos lo arcano de revelar el sexo en sociedades remotas, como si fuera necesario mirarlo “desde fuera” para luego poderlo ver “en nosotros” y generalizarlo. Razones ha de haber para ello. Sin Margaret Mead, Malinowski, Frazer, Benedict y más no habría Masters y Johnson, Terman, o reporte Kinsey. El primero de todos parece haber sido Charles Darwin con su Viaje de un naturalista alrededor del mundo, que años después generaliza la experiencia en El Origen de las Especies. El Viaje tiene gran valor por sus observaciones, percepciones y sensaciones, por el orden con que narra, por el detalle. En lo personal tengo que este libro lo encontré en casa a mis diez años de edad, reconocí el nombre de Charles Darwin por estar en mi panteón científico y aunque quedé ligeramente decepcionado, aprendí que la gran revelación nunca llega. Era mi primer libro de Viajes de autor – Julio Verne no cuenta, son novelas; El Mundo Pintoresco tampoco, es Enciclopedia – y lo devoré con entusiasmo, superando los problemas de comprensión lectora de sus partes complicadas (en esas felices épocas uno se saltaba esas partes), y cuando supe que Darwin había estado en el Perú sentí la primera temprana vergüenza de ser peruano. Darwin tenía mejor idea de Chile que del Perú, y escribe palabras de menosprecio hacia mi país: Ninguna nación de la América del Sur ha estado más que el Perú sumida en la anarquía desde la declaración de su independencia. En la época de nuestra visita había cuatro partidos en armas que se disputaban el poder. Si uno de estos partidos vence, los otros se coligan contra él; pero así que a su vez son victoriosos se dividen inmediatamente. Creo que fue la primera vez que leí textos desfavorables hacia el Perú, y la primera vez que pensé en ello, que no ha sido la última. Encontré esa diferencia ético-moral entre “lo que quiero” y “lo que es”, me di cuenta que no siempre tenemos lo que deseamos, ni lo que creemos ser es lo que somos. Hay una distancia entre ser y querer ser; y no eres tú quien la establece ni quien fija los parámetros y modelos. Lo hace quien puede hacerlo, y los criterios que emplea no son los tuyos. Esto fue decisivo en mi formación moral, aprendí del mejor a hacerle caso más a mis ojos y mi criterio que a la autoridad. Y de entonces acá no me he arrepentido. Pero había más en el Viaje: Cinco largos años en alta mar en un buque, entre los 22 y los 27 años, como para ansiar vivir la experiencia, clavo que me saqué muchos años después, en distintas circunstancias y tiempos.  
    

Tres Hombres a bordo del Beagle es obra epígona del Viaje, y le sigue el rastro a los tres personajes más interesantes del Viaje: El propio Charles Darwin;  Robert FitzRoy, capitán del Beagle; y Jemmy Button, nativo fueguino recogido por FitzRoy en un viaje anterior, y que tras algún tiempo de ser procesado para alcanzar el estadio de “civilizado” en la propia Inglaterra, era devuelto a su tierra para constituir una suerte de apoyo para los ingleses en la misma. Este libro es suficiente, pero no excelente. Lo mejor que hace es informar sobre los hechos posteriores a los que Darwin cuenta, aunque sus explicaciones se sienten inferiores, pese al siglo y medio entre ambos. Pero Richard Marks no es pretencioso ni trata de enmendarle la plana a nadie, mucho logra al presentar los hechos de manera simple, en particular el desastrado papel de Jemmy Button en los dramáticos acontecimientos posteriores al periplo del Beagle. Así muestra las incomprensiones entre las expectativas de grupos humanos diferentes: ingleses y fueguinos no piensan del mismo modo. La obra alcanza por momentos ecos líricos en la sencillez con que narra la heroica muerte de los misioneros expedicionarios de la Misión de la Patagonia en el solitario Spaniard Harbor. Tampoco carga las tintas ni ejerce sensacionalismo de tabloide, irrespetuoso y patriotero, al presentar las crisis y dificultades que Robert FitzRoy atravesó tras dejar el mando del Beagle, las que culminaron mucho después en su suicidio. He leído opiniones muy críticas sobre FitzRoy con las que no puedo coincidir, no consideran las circunstancias de la época y son demasiado postmodernos juzgando hechos y dichos de las gentes del pasado con criterios actuales. Sin avalar nada y sin exagerar, presentando los hechos, Marks explica con respeto y dignidad la suerte desdichada de un hombre que tuvo que pasar por graves dificultades y problemas, que siempre trató de cumplir su deber tal como lo entendía, lo que lo abrumó. El  Capitán del Beagle fue así presa de una desgraciada dolencia nerviosa que provocó que se quitara la vida, pero sin duda el amigo íntimo de Charles Darwin fue un gran marino y explorador de los tiempos modernos.

Para leer y bajar el Viaje de un Naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin, puedes ir a:
http://www.dominiopublico.es/libros/D/Charles_Darwin/Charles%20Darwin%20-%20Viaje%20de%20un%20Naturalista%20alrededor%20del%20Mundo.pdf

IV
El Millón (Marco Polo); y La Odisea de Marco Polo (Harry Rutstein)

Nadie puede decir que ha leído un Libro de Viajes si no ha leído El Millón, también conocido como El Libro de las Maravillas, de Marco Polo, hijo y sobrino de dos comerciantes venecianos, Nicolás y Maffeo Polo, para mí los verdaderos héroes de estos viajes. Pensemos en ello, todo el mundo dice que Marco Polo aquí y que Marco Polo allá, y hasta tiene su jueguito de piscina, vaya uno a saber por qué; pero cuando el joven Marco inició su Gran Viaje, ya el papi y el tío estaban de ida y vuelta, lo que resalta la importancia de las “conferencias de prensa”, pues nunca hubiéramos sabido nada de la movida de Nicolás y Maffeo si no fuera por la casualidad de que Marco a la vuelta cumplió su deber patriótico, cayó prisionero, y para no aburrirse en la canasta donde lo tenían narró sus historias a su compinche de celda, el pisano Rusticello, que daría cuenta de ellas al mundo europeo. Siempre me ha dado qué pensar el hecho que entonces hubo muchos Viajeros en las rutas de Marco Polo e Ibn-Batuta, y muchos más que hacían rutas importantes aunque más cortas. Había caravanas a Tombuctú, Delhi, Cambaluc y Samarcanda; París y Londres eran sitios exóticos para árabes y turcos, más para persas, chinos y mongoles. Viajar debió ser arriesgado y tomaría tiempo, una vida no debía alcanzar para muchos viajes. Los viajeros se encontrarían en Ventas y Posadas y cambiarían notas y grandes mentiras, como siempre ha sido: Y sabed también que en mi opinión no hay ciudad en el mundo (Cambaluc, la Beijing de hoy) a la que vayan tantos mercaderes (…) Y tened por cierto que a esta ciudad entran diariamente más de mil carretas cargadas únicamente de seda. Observaciones de viajero, que tiene algo de espía y mucho de comerciante de ojos bien abiertos. Nunca se sabe si eso que te enteras te será útil algún día: Y tened por cierto que en toda la provincia de Catay hay una clase de piedras negras que se extraen de las montañas y que arden haciendo llamas como leños: se consumen completamente como el carbón de madera. Mantienen el fuego y producen la cocción mejor que la madera. Por lo demás, Marco Polo ni fue el único ni el más importante. Ya hemos visto que el padre y el tío se movieron más que él. Ibn-Batuta hizo más ruta que Marco Polo y por más tiempo. Cheng Du condujo una flota impresionante hasta las costas africanas y sus memorias quedaron para pasmo y admiración de las siguientes generaciones. Marco Polo viajó joven, tuvo tiempo y energías para mirar mucho y ser funcionario del emperador mongol Kublai Khan, lo que le permitió recorrer Asia y ver cosas sorprendentes, y aunque exagerado, no es raro que se creyera que no hubo jamás hombre alguno, ni cristiano, ni sarraceno, ni tártaro, ni pagano que que haya visitado nunca tan vastas regiones del mundo como hizo Micer Marco, hijo de Micer Niccolo Polo, noble y gran ciudadano de la ciudad de Venecia.     



El libro de Harry Rutstein, La Odisea de Marco Polo, no tiene pretensiones literarias y se ciñe al aspecto aventurero, lo que a mi entender lo califica bien, pues no pretende ser más de lo que es, es decir la glosa de lo que sería en pleno  Siglo XX realizar el Viaje por la misma – o muy parecida - ruta de Marco Polo. Sé que decir “no pretende ser más de lo que es” suele reducir el valor de lo afirmado, pero aún así esta es una glosa escrita más de 700 años después del viaje que le dio origen, por una ruta que no ha sido común ni entonces ni ahora. Posteriormente al Viaje de Rutstein se han construido modernísimas carreteras y el Viaje se ha reducido en tiempo y dificultades. Asimismo, la influencia de Occidente penetra a través de carreteras y medios de comunicación, y así lo que se narra en este libro, pues ya cambió. Aún así se disfruta mucho el libro, se ubica muy en lo que fue el viaje de Polo,  que cuando el autor hizo la ruta en el último tercio del siglo pasado todavía bastante era más como en época de Marco Polo que como la actual. Entre los años 70 y 80 y la actualidad las cosas cambiaron, nos tememos, más que en los últimos 700 años. Si Marco Polo viajaba en 1975 hubiese reconocido más de lo que reconocería hoy en día. El subtítulo de Rutstein lo dice: Tras los pasos del mercader que cambió el mundo, un fantástico viaje de aventura de Venecia a Pekín siguiendo la fascinante ruta de Marco Polo. Y esto que le pasaría a Marco Polo de repetir el viaje, estoy seguro le pasaría en el Perú a Gonzalo Pizarro, Cieza de León, Humboldt, Darwin, Tschudi, Wiener, Raimondi, etcétera. Me pasa a mí, y creedme que aunque no soy Marco Polo, tened por cierto que por entonces las carreteras eran de tierra que se afirmaba y apisonaba con instrumentos aparejados al efecto por hombres de aquellas tierras, y que no habían teléfonos en las rutas y apenas de vez en cuando cruzábamonos con emisarios y propios…

Para bajar y leer el libro de Marco Polo:   http://faculty.ksu.edu.sa/ouahmane/biblio/marcopolo.pdf

V
Colofón

Termino por el principio. He mencionado El Mundo Pintoresco en una de mis primeras Crónicas, si bien al paso. Y me saco el clavo de estos Nueve tomos, editados en la Argentina: “Este libro se terminó de imprimir el día 20 de abril de 1946, en los Talleres gráficos de la Editorial JACKSON, calle Perú 1186 – Buenos Aires – República Argentina”. Y digo que acabo por el principio porque esta enciclopedia de nueve tomos fue lo primero que leí como Libros de Viajes. Cómo llegó a casa es un misterio, de seguro llegó antes que yo, y sigue en estos momentos aquí. Y ya saben: Lean, que por ahí cae un Libro de Viajes. … 


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jueves, 2 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 33: NOVELAS DE AVENTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 33
Leer Novelas de Aventuras

I
Adolescencia y Aventura


Dicen los editores que las novelas de aventuras siempre tienen mercado, y este mercado es de adolescentes. Para los que aún no saben, la adolescencia es una enfermedad cuya única cura es el tiempo, se le suele comparar con una botica abandonada por aquello de que no tiene remedio. Dada la condición incurable, sólo se puede mejorar la calidad de vida del entorno familiar, pues el paciente vive muy cómodo esta enfermedad. El entorno social combate el carácter endémico de la adolescencia con dosis masivas de tranquilizantes, pues aunque los papis padecen en vivo y en directo la adolescencia de sus hijos, la sociedad en su conjunto padece todo el tiempo gran número de adolescentes en acción. La Fisiología sostiene que la adolescencia arranca con ciertas hormonas operando a lo loco, lo que se traduce en los “que adolecen” en desajustes, movidas, desadaptaciones y permanente sensación de tener un rascapié en salva sea la parte. Por ello actúan de una manera más o menos enervante más o menos todo el tiempo. Entre otras cosas se ha detectado en los adolescentes las ganas de salir al mundo, de aventurarse, si es que son sanos y normales. En apariencia esto no es del todo posible sin desajustar sin remedio el tejido social, como puede observarse en nuestro vecino Chile, que se la pasa complicadísima con los pingüínos (así llaman allá a los estudiantes), y eso que aquí no pasan nunca esas noticias, no vaya a ser contagiosa la cordura, no vaya a ser que nos demos cuenta que el crecimiento económico no lleva a ninguna parte. Yo supongo que una Educación más humana - menos carrera de ratas - sería una maravilla para los adolescentes, que ya no tendrían que salir a la calle a protestar por oportunidades y podrían resolver sus necesidades aventureras a través de la lectura de historias de aventuras. 

Este rasgo aventurero de la adolescencia de todos los tiempos se refuerza con la cultura visual, que matiza si no sustituye al texto escrito. El género de aventura vende como pan caliente, necesita producir material excitante y ya no basta el socorrido recurso de editar la acción a velocidad supersónica. Los argumentos pesan y cuentan para producir guiones, y la cultura visual depende en enorme medida de los clásicos de aventuras para construir blockbusters en los diferentes soportes y mercados, para ganar copiosa audiencia adolescente y hacer plata como cancha. El cine y la tele de aventuras sustituyen al texto escrito, con el efecto colateral aprovechable de desplazar el polo lector al hogar. Claro, eso si los papis están en la nota aventurera y en las dinámicas visual y lectora, lo que les exige estar vivos y actuantes. Se trata de poner coto a la personalización de la pantalla, de modo que no se llegue al extremo ludópata, y chequear bien chequeados esos video-juegos de aventura, como Zelda, Warcraft y unos cuantos miles más. La diferencia entre video-juegos con cine, TV y libros está en la interactividad, que exige distintos y mayores compromisos neuro-musculares. 

Pero lo que no cambia es la trama, el guión, el argumento, el movimiento, lo que pasa, ocurre y acontece en el libro, la película, el programa de televisión o el video-juego. De ahí que resulte importante revisar siempre los parámetros de la novela de aventura, que no es nada vetusta como se cree a veces, ni se ha muerto. Por el contrario, los argumentos tienden a repetirse y encontramos en lois libros la mayor parte de lo que hay en manga, video-juegos, cómics, películas o series. Así que, papis y mamis, ustedes no están quedados sin remedio. Por el contrario, es más que probable que ustedes sean los expertos en el tema este de las aventuras. Les comento que así me pasa con mi hijo Alejandro, un artista del manga, con el que discuto los códigos literarios de la aventura, que él entiende mejor que yo.   

II
Los Tres Mosqueteros / Veinte Años Después / El Vizconde de Bragelonne
(Alejandro Dumas padre).


Se recuerda poco en estas épocas que los editores españoles y latinoamericanos solían hasta no hace mucho pedirle a los obispos católicos un checking del texto que publicaban, dando fe que su contenido no chocaba con las verdades promovidas por la Santa Religión Católica, Apostólica y Romana. Cuando era el caso aparecía en las primeras páginas el Nihil Obstat (Nada Impide), que indicaba a los católicos que podían leer el libro sin riesgo para su salvación eterna. Los editores más acuciosos añadían al Nada impide el Imprimátur (Imprímase), sutil orden, no sólo permiso, de lectura. Esto constituía un auspicio de la autoridad eclesiástica, lectura no sólo permitida sino casi impuesta a través de la sacrosanta Que se Imprima. Supongo que los editores estaban felices por los lectores que se sentían autorizados por su Iglesia para ejercer la lectura y por ende comprar el libro. Los libros que ostentaran el Imprimátur serían lectura casi edificante según la jerarquía eclesiástica, casi obligatoria para los que sujetaran su juicio al de la jerarquía. Allá al fondo acechaba el Índex Librorum Prohibitorum, lista de libros a los que ningún católico debía acceder sin arriesgar su salvación eterna, según criterio de los censores. La Iglesia Católica ejercía la censura no prohibiendo sino desaconsejando ciertas lecturas. Ustedes dirán que a qué cuento viene esto de la censura respecto a Alejandro Dumas y las aventuras de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan en Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones. Lo diremos con claridad de agua bendita: La mayor parte de las ediciones de Los Tres Mosqueteros en castellano se censuraron y mutilaron. Partes enteras figuraban en el Índex, en especial las que sugerían o relataban las aventuras sexuales de Milady con Athos y D´Artagnan, al marido de Constance consintiendo en la sacada de vuelta de ésta con D´Artagnan, así como las que simpatizaban con los Hugonotes protestantes. Y esa fue la primera versión que leí, concentrada en las aventuras de D´Artagnan y sus compañeros, pobre en la intriga y sugerente que la ejecución extrajudicial de Milady por los Tres Mosqueteros, Lord de Winter, los lacayos y el verdugo de Lille se justificaba en el pecado de Milady, el ser ligera de cascos y mala esposa del Conde de la Fère. 

La primera vez que leí Los Tres Mosqueteros tal como la escribió Dumas yo ya andaba por mis treinta años, y era otra cosa de lo que había leído en mi niñez. En España e Hispanoamérica muchísimas obras literarias (todas) fueron censuradas y mutiladas por el control eclesiástico apoyado en el autoritarismo franquista español y de sus aliados conservadores en América Latina. Los editores fueron víctimas, pero también en algo cómplices, y dicho esto, podemos continuar con Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones tal como fueron escritas. Las aventuras de D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramis; no se escribieron para jóvenes, sino para el público adulto francés, que los editores de la Tercera República veían ansiosos de leer sobre la vida de antes de la Revolución Francesa. Estas novelas no ocultan nada, y lo que me permitió descubrir este asunto de la censura fue que me leí Veinte Años Después, continuación de Los Tres Mosqueteros, y era tan buena que parecía de otro autor que el de Los Tres Mosqueteros. En la práctica los editores hicieron puré de Los Tres Mosqueteros, y eso que leí ya no era Dumas. La edición de Oveja Negra a la que accedí era tres veces más grande que la que leí antes, y mostraba la realidad del liberal sexo de entonces, la discriminación a los gascones, las jesuitas hipocresías de Aramis, el matrimonio por conveniencia de Porthos. Me pregunto a qué le tenían miedo los censores, y a qué se lo tienen, pues las versiones cinematográficas actuales también censuran, como en La máscara de Hierro, de Randall Wallace – guionista culpable de falsear la Historia escocesa en el Corazón Valiente de Mel Gibson –, y ello a pesar de Leonardo Di Caprio (Philip / Louis), Jeremy Irons (Aramis), Gerard Depardieu (Porthos), Gabriel Byrne (D´Artagnan) y en especial el magnífico Athos construido por John Malcovich. No sé cuál sea peor: La censura eclesiástica de antes o la autocensura de los productores, directores, guionistas y demás yerbas cinematográficas y de la TV de hoy. Porque solamente leyendo las tres obras nos enteraremos por qué son Los Tres Mosqueteros, y no los Cuatro del Uno para Todos y Todos para Uno: Al final de la última novela - El Vizconde de Bragelonne – Aramis, que ahora es General de los Jesuitas, voltea casaca, traiciona y enfrenta a sus amigos, y al final los Tres mueren honorablemente. Por alguna razón que nunca comprenderé se pretende proteger a los jóvenes de que hay traiciones e hipocresías. Qué absurdo. Como si no lo vieran diario en la vida cotidiana.

Para bajar y leer:
http://dominiopublico.es/libros/Alejadro_Dumas/Alejadro%20Dumas%20-%20Los%20Tres%20Mosqueteros.pdf       

III
Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino / La Isla Misteriosa; y en otra línea Los Hijos del capitán Grant (Julio Verne)


En estas Crónicas de Lecturas me he referido in extenso a Julio Verne, pero siempre podemos ir un poco más allá. La serie de novelas a que me refiero ahora surgió de forma peculiar, pues Julio Verne no tenía intención de escribirla. Es decir que cuando se mandó con Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino no sabía que escribía el primer libro de una serie. Se ve ello en la extensión de la obra y la maestría con la que cierra los hechos que narra. Como obra es redonda, tanto que debe ser una de las novelas mejor escritas en la historia. El contrapunto entre Pierre Aronnax (narrador en primera persona) y el capitán Nemo da sentido a toda la novela, lo que a Verne no le costó nada, a fuer como quien esto escribe, de gran aficionado al mar y a la navegación. El viaje de iniciación del francés a bordo del extraordinario submarino Nautilus marca el paso de una infantil admiración por el Sabio al desencanto de notar la tortura emocional en que se debate Nemo, su no resuelta confrontación con los demonios del pasado de los que trata de escapar en lo profundo del mar. Demonios que le alcanzan en la forma de las fragatas inglesas de guerra que Nemo, ante el horror de Aronnax, Conseil y Ned Land, hunde sin piedad con el espolón de su portentoso buque submarino. El capitán Nemo no se reconoce parte de una humanidad que siente le rechaza, que le niega patria y nacionalidad, y Aronnax se separa de esta exigente figura paterna. La novela culmina en la catástrofe de la desaparición del Nautilus en el remolino Maelström de las Islas Löfoten, que a más de ser guiño y homenaje al Edgar Allan Poe de Un descenso al Maelström, desaparece a Nemo de la escena sin matarlo. La obra termina así con brillantez, hasta con cita bíblica del Libro de Job. En cambio, la serie Los Hijos del capitán Grant sí parece haberse pensado como serie dirigida a jóvenes, en especial por la iniciación del joven Robert Grant. La historia es tan extensa como la de Veinte Mil Leguas …, por lo que se edita en tres novelas, o como una gran novela en Tres partes: La búsqueda en América del Sur, Australia y el Océano Pacífico del Capitán Grant por sus hijos, generosamente auspiciados por el aristócrata Glenarvan y su entorno, que incluye al geógrafo francés Santiago Paganel. El largo periplo culmina con un final desdichado y otro feliz, en uno el traidor Ayrton a.k.a. Ben Joyce es abandonado en una isla desierta para expiar sus culpas, en el otro los hijos se reúnen con el padre perdido, con matrimonios por medio y hasta el galán cómico (Paganel) encuentra tarde, pero encuentra, a su dama cómica (Lady Arabella). Ahora bien, ¿qué podrían tener así en común Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino con Los Hijos del capitán Grant? Pues de arranque, nada. Me ocurrió como a todos los lectores de Verne, que no me enteré de nada hasta que leí La Isla Misteriosa.


Estoy casi seguro que a Julio Verne tampoco se le ocurrió atar cabos sueltos sino cuando estaba escribiendo el segundo tercio de La Isla Misteriosa. La anécdota del principio era más que suficiente para la aventura: Prisioneros unionistas de la Guerra de Secesión encerrados en Richmond escapan en globo, tropiezan con un huracán que los arrastra al Pacífico Sur, hasta una pequeña y deshabitada isla volcánica, que bautizan Isla de Lincoln. Ahí vivirán a lo Robinson Crusoe, que inspira esta obra. Hay cuando menos un personaje muy bueno: el Ingeniero Cyrus Smith, que representa brillantemente al paradigma del progreso y la revolución industrial. Pero tengo para mí que acá Julio Verne se tropieza con que tiene a sus personajes en el Pacífico Sur, está en una isla … y … ¿por qué no enlazar los cabos sueltos …? Desde el final de Los hijos del capitán Grant, Ayrton sigue en la Isla Tabor / María Teresa, a pocas millas de la Isla de Lincoln, cuyo origen volcánico deja jugar con la idea de súbitos surgimiento y desaparición. Y ahí es que se le debe haber venido a la cabeza el capitán Nemo, el Nautilus y el Maelström. No había cometido el error de Arthur Conan Doyle en Reichenbach y Nemo estaba disponible para traerlo y utilizarlo como deus ex machina … y ya está. Solamente hubo de superar el inconveniente de que al no haber planeado la serie se le enredaban las fechas, que no cuadraban ni con la mejor buena voluntad, lo que resolvió bonitamente con notas al pie de página, introduciendo sin percatarse un “universo paralelo”, truco y técnica hoy bien conocida de escritores y editores, que no estoy seguro fuera tan evidente en los tiempos de Julio Verne.

Para descargar y leer:
http://nuestraslecturasdotcom.files.wordpress.com/2013/03/vernejulioveintemilleguasdeviajesubmarinoresumen.pdf

IV
Las Minas del rey Salomón / Allan Quatermain / La Guerra Zulú  (Henry Ridder Haggard)


He leído y releído Las Minas del Rey Salomón ad náuseam. La culpa es de la solvencia con la que Henry Ridder Haggard escribe en primera persona. Un escritor del siglo XIX  de antes del cine y la televisión estaba obligado a ser eficiente y específico en la composición del lugar, en la descripción y la narración de hechos consecutivos o no. Qué podemos decir sino que la narrativa y descriptiva de Ridder Haggard parecen escritas antes de ayer. No es raro que se hayan hecho tantas versiones en cine de sus libros. Abundan incluso los pastiches, entre ellos el cómic pastiche Los Caballeros de la Liga Extraordinaria que, discúlpenme, no me cuaja ni convertido en la película de última La Liga Extraordinaria, que a pesar de Sean Connery en el papel del legendario cazador no le hace la más mínima justicia. Para mis lectores que ignoran lo que es un pastiche, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice Imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente. Y así sucede con continuaciones espurias de ciertas obras literarias escritas por autores de segunda o tercera categoría ávidos de un poco de fama o de ingresos (Nunca segundas partes fueron buenas, Cervantes dixit), tales como pergeñar las aventuras de Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin, lacayos de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan; o qué pasó con Ishmael tras el hundimiento del Pequod; o cómo Paco Yunque se metió al Partido Comunista. Dumas, Melville y Vallejo dejaron ahí a sus personajes, y bien dejados estuvieron. La línea que separa una obra bien escrita de un pastiche es tenue. Si está bien hecho, el pastiche tiene cierto artesanal encanto. También es pastiche tomar personajes de ficción y combinarlos con otros o con personajes reales, como para ver qué pasa al juntar al cocainómano Sherlock Holmes con el psicoanalista Sigmund Freud, en la novela Elemental, Doctor Freud, del Director de Cine Nicholas Meyer. En la novela de Umberto Eco La Isla del Día de Antes se toma a Biscarat, un muy menor personaje de Dumas en Los Tres Mosqueteros, como antagonista. En todo caso, a Allan Quatermain le han hecho de todo en el mundo anglosajón, hasta cambiarle el nombre a Quartermain, y ello porque el personaje en sí mismo es interesante, se come la novela y cualquier versión en cine, porque los guiones a veces se apartan demasiado del sentido de la obra original, y para salvar el asunto hay que cambiar el personaje.  
 
Se puede decir de Ridder Haggard un par de cosas: Creó a Quatermain, y qué bien narra en primera persona el maldito, qué fluido, directo y excelente descriptor de la naturaleza y las situaciones. Conserva estas fortalezas con pocas excepciones en la serie de Allan Quatermain como en la serie Ella, excelente también por donde se le mire. Pensemos algo en esto: Narrar en primera persona algo que ha pasado es como servir una sopita fría, es casi empezar por el final, porque ya sabemos que si el narrador está narrando es que está allí para contarlo, no importa qué terribles riesgos o peligros haya vivido, no se ha muerto, y esto no es poco en una novela de aventuras. Así que la narración se desliza a cómo la hizo para salir bien del asunto. Porque si de aventuras se trata, pocos han vivido tantas como Allan Quatermain, que representa una especie de oda al colonialismo liberal británico del siglo XIX en la extensa África inglesa, en especial Sudáfrica. Ridder Haggard no hace el papel de propagandista barato de la civilización inglesa, en el que sí se siente cómodo Rudyard Kipling en Kim, El Libro de la Jungla y otras obras ambientadas en la India. Se le creen a Allan Quatermain sus increíbles aventuras porque él es verosímil, porque piensa y habla y actúa como un hombre que conoce la realidad, con opiniones propias, y que va a contramano de los muchos ingleses dedicados a explotar y disfrutar su imperio colonial sin considerar nada de lo que hoy llamamos interculturalidad. De ahí que, a diferencia de sus contemporáneos, sus valoraciones sobre los nativos africanos sean escandalosas para su tiempo (¿Qué es un gentleman? (…) no lo sé y, sin embargo he tenido que tratar con negros … Pero no, voy a tachar la palabra ´negros´ porque no me gusta. He conocido nativos que lo eran (gentlemen) (…) y blancos inteligentes, de buena familia y con dinero que no lo eran), e incluso ventajosas para los africanos, como en la comparación entre el valiente amazulu Umslopogaas y el cobarde europeo Alphonse en la novela Allan Quatermain. La calidad de la narración no decae nunca, y abarca todo el periplo vital de Quatermain, hombre de 55 años de edad en Las Minas del Rey Salomón, cuando nos es presentado. El éxito del libro llevó a Ridder Haggard a escribirle secuelas, como Allan Quatermain; así como lo que hoy se llama “precuelas” (odioso término), tales como La guerra Zulú, La esposa de Allan y La venganza de Maiwa, entre otras. Así podemos conocer la biografía completa de los 18 a los 68 años de este personaje, coincidente con el apogeo del Imperio Británico en África.

Para descargar y leer:
http://www.medellin.edu.co/sites/Educativo/Repositorio%20de%20Recursos/Haggard_H.%20Rider-Las%20Minas%20del%20Rey%20Salomon.pdf            

V
Colofón

Pienso que nos gustarán siempre las novelas de aventuras. Hay una cierta necesidad eterna en el ser humano de vencer dificultades, de mostrar logros, de atravesar por circunstancias difíciles y superarlas. Cuando no podemos vivir esas aventuras por nosotros mismos, tratamos de hacerlo por interpósitas personas. Sea en la realidad o en los libros necesitamos vivirlas, y no tenemos que ser adolescentes para ello. Así que ya saben: El que tenga Ojos, que Lea.

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