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miércoles, 8 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 34 - Historias en mi Tierra


CRÓNICAS DE LECTURAS – 34
Historias en mi Tierra

I
Exotismo, Distanciamiento, Estereotipos

Que los peruanos escriban sobre el Perú no es nada extraordinario, ni que los franceses escriban sobre Francia y los nigerianos sobre Nigeria. La razón más obvia es que la vida ocurre en alguna parte, que quieras o no está presente en lo que hagas. Así ambientes tu ficción en el Calicut del siglo XVII o en la órbita de alguna estrella errante en el medio del Brazo Estelar de Eridanus, tu casa está presente. Además de las cuestiones prácticas involucradas: Los que te leen casi siempre son de tu barrio, la economía de una historia o estudio académico exige que no cuentes todo, que te guardes algo. Si tu historia se ambienta en la plaza Unión, o en el ómnibus que va a Canta, es probable que tus lectores tengan más referentes que si empezaras diciendo “caminaba de la mano de Lakmé por las riberas del Brahmaputra” o “la nave soslayaba la  materia oscura entre Procyón y el Saco de Carbón”. Claro, si eres del valle del Brahmaputra o de Procyón, ahí sí. Por otra parte hay un tema crematístico, porque si vendes tus libros o esperas hacerlo, tratas que te lo compren, y una manera es tener referentes con los que tus potenciales lectores te identifiquen. Y así el ubicar tu historia en parte que no sea la tuya de ti es raro, especial, curioso. Puedes tener buenas razones para hacerlo, como por ejemplo que quieres “exotismo”, o de repente quieres “distanciamiento” (Verfremdungseffekt, es decir efecto de extrañeza, o, claro, distanciamiento) y por ejemplo eso hacía Bertolt Brecht al ubicarte una obra en la provincia china de Szezhuan. En el cine un equivalente aproximado es el concepto del soviético Dziga Vertov de Kino-Pravda, o Cine-Verdad, y en ambos casos tratas de evitar la catarsis, de sacarte del sueño, de meterte en la fantasía, no te olvides que estás en la realidad. Es decir, lo contrario de lo que propone Hollywood y el 99 % de los cineastas, literatos y demás creadores de fantasías que son en el mundo.

Para aclarar la vaina: Trato de hablar de autores que nada tengan con nuestro país, pero que lo empleen para ambientar su obra, que no se dirijan al público peruano, y traten que su lector descentre su atención de lo evidente, para exotizarlo, extrañarlo, distanciarlo, re-enfocarlo. Así elimino de plano a todos los autores peruanos sin excepción; incluyendo las Crónicas sobre el Perú escritas por los españoles durante la Conquista y el Virreinato; a todos los viajeros escritores que han escrito como tales, etcétera. Lo esencial aquí es saber qué no entra. Porque tratar de decirlo por la positiva no me funca tanto, fuera del Distanciamiento y el Exotismo. Si hay algo más por ahí no lo sé tanto. Acotar un tema puede ser complicado como el diablo, y eso que se supone que se los enseño a mis alumnos de Lógica, Filosofía, Metodología del Estudio y la Investigación y demás yerbas. Tratemos otra formulación positiva: Imaginemos historias ambientadas acá en la sociedad y geografía del Perú; que por ese contexto exótico o distante le dé a los sucesos contados un sabor particular, exótico o distante, irresistible para los lectores extranjeros de Extranjia (Un país inmenso que abarca a todos los que no son el Perú). Los autores de estas narrativas o bien conocen el país de primera mano porque han estado aquí, o no lo conocen y lo que saben es de segunda mano, o como turistas que no lo manyan. Todo es relativo. Cuando un peruano lee a quien no lo es ambientando su historia acá, es inevitable que compare la historia y los datos y sonría con suficiencia si el autor la embarra o se escandalice si miente. Algo de ésto veremos en las obras que he escogido para esta Crónica.

II
Julio Verne: Martín Paz y el Exotismo

Yo tenía un danés de vecino. No tengo nada ni contra los vecinos ni contra los daneses.Vecinos he tenido siempre, y en cuanto a daneses, mi hija por su madre es nieta de daneses. Mi vecino el danés era buena persona, de los que ponen su saber al servicio de los pobres, en vez de usar de su saber para poner a los pobres a su servicio, como por cierto también los nacionales hacen. Él y su flamante esposa ocupaban el departamento arriba del mío, y compartíamos la cuenta de la luz. Sé que hay personas decentes y sinvergüenzas en todo grupo humano, sin diferencias perceptibles en color o diseño, y creer lo contrario suele indicar estereotipia, ignorancia o estupidez. Mi vecino danés vivía en la ciudad, votaba, sacaba su basura a la hora, hacía lo que hace un ciudadano consciente y mejor que muchos. Derecho a pitear tenía, como cualquiera de nosotros. Pero no me gustaba oírlo, aunque sus comentarios los podría haber firmado yo. Me daba PICA que viniera un extranjero del Autosuficiente Reino de Extranjia a decirnos qué mal estamos, me cargan los patriotas en patria ajena descritos por Ricardo Palma, así que un día que el vikingo fregaba más que de costumbre, y que yo estaba particularmente sensible, parafraseé y modernicé a Palma, y como soy picón dije: Vecino, tienes razón. Todo acá es malo, malísimo, pésimo, peor no puede ser … pero en el Perú hay algo buenísimo, magnífico e insuperable: Un excelente aeropuerto internacional de primera clase con vuelos de salida hacia todas partes, para que se vayan todos a los que no les guste … Aunque no soy patriotero y creo en la hermandad de la raza humana, canto con entusiasmo la Internacional y me computo humanista de alto vuelo y ciudadano del mundo, me RE-VIEN-TA que Julio Verne escribiera una novela ambientada en la Lima de primeros años de la república, que aunque fallara en puntos evidentes, a la vez pintaba un escenario social y político horroroso, pero completamente acertado: El amor contrariado por barreras sociales e insoportablemente romántico entre un indio y una española, en el contexto de una sangrienta rebelión indígena en trance de estallar en la Fiesta de Amancaes. Había españoles blancos con algo de poder, un sector mestizo y otro judío usurero emergente – Verne era antisemita y racista social, como toda su sociedad  - capaz de cualquier cosa por plata. Me saca pica y recontrapica que Julio Verne la tuviera tan clara, mientras que muchos políticos e intelectuales nieguen la realidad tan brutamente. Que en Extranjia nos conozcan por nuestra desigualdad e injusticia social me joroba, en especial cuando vienen a decirnos qué hacer al respecto. Me da ganas de repetir lo que le dije al danés, y a la vez ganas de hacer la revolución social, yo solito y sobre la marcha. ´Tá qué vaina.

Julio Verne debe haberse leído las Peregrinaciones de una paria de Flora Tristán, y se documentó con relatos de viajeros franceses. Veamos una descripción calcada de estos relatos: A los pies de los espectadores extendíase la antigua Ciudad de los Reyes, cuyas torres y campanarios llenos de sonoras campanas, elevábanse osadamente hacia el cielo. San Pedro, San Agustín y la catedral atraían las miradas hacia sus torres, que brillaban heridas por los rayos del sol. Santo Domingo, la rica iglesia cuya Virgen no lleva jamás dos días seguidos el mismo manto, levantaba más que sus vecinas la flecha elegante de su campanario. A la derecha, el océano Pacífico hacía ondular sus extensas llanuras azules al soplo de la brisa, y la vista, volviendo del Callao a Lima, deleitábase en la contemplación de todos aquellos monumentos funerarios que contenían los restos de la gran dinastía de los Incas. En la lejanía el gran cabo Morro-Solar encerraba como en un cuadro los esplendores de aquel espectáculo. En la descripción se ven los prejuicios literarios y sociales de la época, así como un huachafo romanticismo: - Señor ladrón, ¿por qué no roba usted los diamantes que están sobre esa mesa? (…) – Señor, si repite usted semejante insulto, me daré muerte a sus pies. Verne creía con su época que algunas razas degeneraban y otras se agostaban, requeridas de ser reconstituidas con migrantes blancos, en particular los robustos y muy civilizados trabajadores franceses. Así vemos en el diálogo entre el español Marqués de Vegal con el Indio Martín Paz: Ya ves cómo vuestros intereses desaparecen en medio de las revoluciones perpetuas de las que es teatro el Perú: revoluciones que perderán al mismo tiempo a los Indios y a los españoles, en beneficio de los mestizos. (…) Lo digo con dolor, pero a (…) los españoles, hijos degenerados de una raza poderosa, nos falta la energía necesaria para levantar un Estado, y, por consiguiente a vosotros os toca triunfar de este desdichado americanismo que tiende a rechazar a los colonos extranjeros (…) sólo una inmigración europea puede salvar el antiguo imperio peruano (…) debéis tender francamente la mano a los hombres trabajadores del Viejo Mundo. Qué bueno que esta exótica novela no tenga película. Tras ver El Puente de San Luis Rey, con buen guión y excelente Dirección y actores como la imbatible Kathy Bates, no quiero pensar como se vería el Perú en un Martín Paz de película. No es lo mejor de Verne, le sirvió para agarrar oficio, y ya es bastante. Su interés está más en presentar los prejuicios de la época que en su calidad o profundidad literaria, lejana de sus Viajes Extraordinarios. A los peruanos nos saca de cuadro, eso le da interés pero con errores: En la primera línea Verne mete una geográfica e inconmensurable pata impensable en otras novelas: El dorado disco del sol habíase ocultado tras los elevados picos de las cordilleras …, cuando sabemos que en Lima el Sol se pone en el mar. Martín Paz combate y mata un tiburón en la ría del caudaloso río Rímac, que baña a una Lima fundada el 6 de enero de 1534. No son errores graves, pero dejan mal a quien se haría conocido por la exactitud. Y creo que es todo lo que vale la pena decir.

En todo caso, desde acá puedes bajar el libro y juzgar por tí mismo:
http://www.medellindigital.gov.co/Mediateca/repositorio%20de%20recursos/Verne,%20Julio/Verne_Julio-Martin%20%20Paz.pdf

III
Thornton Wilder: El Puente de San Luis Rey y el Distanciamiento


Thortorn Wilder escribe sobre tema manoseado, trivial y primario. Como no estoy acá para jugar a adivinanzas o hacerme el interesante, diré sencillamente que Thortorn Wilder debe ser el literato que mejor ha escrito sobre el Amor, e importa poquísimo desde qué lugar lo haga, pues lo hace desde el corazón, y eso basta y sobra. No lo haría mejor si viniera o lo ambientara en las montañas de Bulgaria o Uzbekia, o en los desiertos del Magueb o la costa del Pacífico, o en una isla perdida en el Atlántico o Índico. Importa poco de dónde venga el hombre, y dónde ambiente El Puente de San Luis Rey. Pero lo hizo. Y lo hizo en el sitio menos sospechoso de albergar al Amor: La Lima del Perú del siglo XVIII. Un Perú que sí se parece al de a de veras, ma non troppo; con sitios de problemática existencia, pero verosímiles como el limeñísimo Convento de Santa María Rosa de las Rosas, o el serrano balneario de Santa María de Cluxambuca. Puestos a encontrar faltas, el mesmísimo Puente de San Luis Rey. En la película Harvey Keitel hace el papel de su vida como el Tío Pío, así como Kathy Bates de Marquesa de Montemayor. Me imagino a los grandes actores haciendo cola y pidiendo sitio para actuarla: Murray Abraham, Robert De Niro, Gabriel Byrne, Geraldine Chaplin. Lo lograron, aunque la película termine por ser un facilista panfleto contra la Inquisición. En fin, todo no se puede, volvamos al libro y al autor, Thortorn Wilder, que no tiene más que un solo tema: El amor; y un solo estilo, el suyo; y un modo de contarlo, el humano. Convengamos que si una vez no es fácil, dos es extraordinario, y Wilder lo hace con su obra teatral Nuestro Pueblo, donde los temas gemelos del Amor y de la Muerte alcanzan inesperada plenitud. Escuchemos el diálogo: Emily.-  … ¿Nunca puede un ser humano darse cuenta de la vida mientras la vive, en cada ... en cada minuto? Director de Escena.- No. (Pausa) Tal vez los santos y los poetas … un poco. Considerando que Emily está muerta y que el Director de Escena no actúa, eso que decíamos del Distanciamiento, la Extrañeza y el Re-enfoque pueden ser pertinentes: Sí, algo circula atrás de los aburridísimos hechos de la vida ordinaria (como los de Nuestro Pueblo), tanto como de los extraordinarios (la caída del Puente de San Luis Rey, donde mueren cinco personas). Algo hay ahí flotando que le presta sentido al todo:   … casi nadie, a no ser yo, recuerda a Esteban y a Pepita. Sólo Camila recuerda a su Tío Pío y a su hijo; esta mujer, a su madre. Pero pronto moriremos y con nosotras todo el recuerdo de aquellos cinco que dejaron la tierra, y a nosotras mismas nos amarán un poco de tiempo y nos olvidarán. Mas el amor habrá bastado (…). Ni siquiera el recuerdo es necesario para el amor. Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos, y el puente que las une es el amor, lo único que sobrevive, lo único que tiene sentido.

El puente de San Luis Rey, segunda novela de Thorton Wilder, valió un Pulitzer: No es la caída de un Puente, son cinco historias entrelazadas de cinco personas. Se busca el sentido del suceso: Fray Junípero reúne información sobre esas vidas para ver si hay algo más que azar en lo que los llevó al Puente justo cuando decide poner fin a su resistencia, si Dios intervino en el hecho. Aunque la lectura nos arrastre como el Puente a sus viandantes, hago el casi doloroso esfuerzo de saborear cada frase y a veces cada palabra que Wilder elige: … hay ocasiones en que se requiere un valor extraordinario para decir trivialidades (…) Todos hacemos lo que podemos, Esteban. Al fin y al cabo, no se nos pide otra cosa que seguir tirando. Y, después de todo, no es por mucho tiempo, ¿sabes? El tiempo pasa más de prisa de lo que parece. Los viajeros saben de lo doloroso y extremo del abandono, el desamor, de la fundamental soledad sin fantasías ni pretextos ni consuelos. Cuando el Puente cae todos vivían una esperanza que se frustró, pues los muertos no llegan a destino. Los personajes: la Marquesa de Montemayor, Pepita, Esteban, el Tío Pío y el pequeño Jaime, todos hablan pero tenemos la opción de no creerles. Todo se siente real en el extraño sentido de que el lector sólo puede querer que lo contado sea real, tan intenso como se cuenta en especial para los sobrevivientes de la caída del Puente, que nos incluye a nosotros que vivimos en la Lima del Perú. Wilder eligió Lima como escogió Grover ´s Corners en New Hampshire como Nuestro Pueblo, pues los sobrevivientes de todas partes tratamos de encontrar sentido en lo que no lo tiene: Madre María del Pilar (uno de esos seres que han consentido en la anulación de su vida, por haberse enamorado de una idea varios siglos antes del momento fijado para su orto (…) conferir una cierta dignidad a la mujer); el capitán Alvarado (¡Qué falso, qué irreal! Exclamó (…) ¡Felices los ahogados, Esteban!); el propio Fray Junípero, quemado por hereje en la Plaza Mayor de Lima junto con su libro sobre el Puente de San Luis Rey  - no podemos decir que les sobreviviera (… dispuesto estaba (…) a sacrificar su vida por la pureza de la Iglesia, pero habría deseado oír una voz que atestiguara por él que su intención, cuando menos, había sido a favor de la fe); y sobre todo la personaje principal, tan bien conocida de los peruanos y presunta responsable de que Wilder se enamorara de estos parajes: la rayada y descocadísima Micaela Villegas, la mismísima Camila Perrichola, la que perdió padre e hijo en el Puente: ¡Madre, madre!, ¿qué debo hacer? Estoy sola, sola … No tengo nada en el mundo. (…) ¿Qué debo hacer, Madre?

El libro puede descargarse desde: http://www.libroos.es/libros-de-narrativa/varios/34171-wilder-thornton-el-puente-de-san-luis-rey-doc.html

Trato de hablar del Amor, pero me quedo corto. No sé en verdad qué es, trato de hallarlo presente en mi presente, que mi pasado ya fue, y mi futuro es cada vez más corto. Haber leído y releído El Puente de San Luis Rey, como ver ciertas películas, tratar con ciertas personas, vivir la experiencia de la soledad como el Tío Pío, que ha vivido y no se la cuentan; me lleva a salirme de la impersonalidad del pretencioso escribidor sobre libros; y me empodero en el texto, y digo que el amor es una suerte de dolencia cruel, que los escogidos tienen que pasar al final de su juventud y de la que salen pálidos y estrujados, pero prontos para el negocio de vivir (…) (existe) un amplio repertorio de errores misericordiosamente imposibles a los seres humanos que lograran recobrarse de aquella enfermedad. Por desgracia, aún les quedaban un sinfín de flaquezas, pero cuando menos (…) (conservan) una cierta gentileza (…) y jamás se les ocurriría considerar ningún ser humano, fuera príncipe o lacayo, como un simple objeto (…). Detesto percatarme de haber vivido la tal enfermedad y participar de una pavorosa aristocracia, pues aquellos que no tenían capacidad alguna para el amor (…) no podía decirse que estuvieran vivos (…). Eran (…) una especie de población flotante, que llenaban el mundo con  sus risas y lágrimas y parlerías sin sentido, acabando por desvanecerse … . Pero el amor siempre es más que nosotros, siempre reventará nuestros límites porque en el amor, nuestros mismos errores no parecen capaces de perdurar largo tiempo. Y ahí te dejo, Camila.  

IV
Otros más, menos importantes, no puedo no contarlos

Seguramente no agotaré el tema de las menciones de ambientes literarios peruanos. Pero ya dí mis dos ejemplos importantes, el Exótico de Martín Paz y el Distanciado de El Puente de San Luis Rey. No sé si es importante mencionar a Pedro Calderón de la Barca y su pieza La aurora en Copacabana, ficción del origen del culto a la imagen de la Virgen de Copacabana, donde sobre la base del Inca Garcilaso de la Vega, de Ramos Gavilán y de Alonso de Ercilla, se hace teatro presentando en escena a Guáscar y Atahualpa, a Almagro y Pizarro. Calderón se permite cambiar la Historia y por ello merece un lugarcito en esta recopilación, junto con Tirso de Molina y Luis Vélez de Guevara, que en apariencia fueron contratados por los herederos del Marqués Gobernador para mejorar la imagen familiar dañada por la Rebelión de Gonzalo Pizarro y las habladurías de la época, y elaboraron sus piezas teatrales ambientadas en el Perú, pero no las  conozco. Espero un alma compasiva que me haga llegar alguna de estas obras. Miguel de Cervantes menciona de pasada en sus Novelas Ejemplares alguno de sus personajes que se ha enriquecido en el Perú. Saltamos al Siglo de las Luces, y François Marie Arouet (a) Voltaire lleva a Cándido, protagonista de la obra de ese nombre, a la patria original de los Incas, la región de El Dorado de la que los Incas nunca debieron salir. Esta patria original de los Incas es el único lugar del mundo donde todo es perfecto, y la intención volteriana es irónica a más no poder. Otras insólitas menciones al Perú en la literatura universal: Somos vampiros en un caso resuelto por el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, el Perú es sinónimo de exotismo. En la novela Resurrección, León Tolstoi critica a los presumidos peruanos de París que ni siquiera hablan bien el francés, lo que me trae al recuerdo menciones al provincialismo peruano en el París en el siglo XIX, contado por Ventura García Calderón. En Moby Dick, Herman Melville menciona la tristísima atmósfera de Lima, interesante pues Melville conocía la costa peruana. Thomas Mann coloca unos pacientes peruanos fallecidos de frío en el sanatorio de La montaña mágica. Pareciera que cuando del Perú se trata los autores se movieran siempre entre el exotismo, la crítica social, el estereotipo o el distanciamiento.

Benito Pérez Galdós hace una excepción en el episodio Dos de Mayo de sus Episodios Nacionales, es curioso leer cómo se percibió desde el otro lado la Guerra con España, que termina en la epopeya del Dos de Mayo de 1866. George Bernard Shaw se ubica de nuevo entre el exotismo y la crítica en las muy laterales observaciones sobre el Inca de Perusalem, personaje ficticio que reúne rasgos de dictador y tirano. Esta asociación es sumamente desagradable para nosotros, pero por desgracia consistente con la mirada que los viajeros europeos más observadores y perspicaces hacen, entre los que contamos a Charles Darwin, que narra algo de Lima y el Callao en su Viaje de un Naturalista alrededor del Mundo. Emilio Salgari hace pocas alusiones a los Incas y los tesoros ocultos o los eldorados, pero la selva del Perú que describe se parece más a la selva malaya de Sandokán. Julio Verne menciona un matrimonio peruano embarcado en el Great Eastern, que pasa el charco en Una Ciudad Flotante, peruanos que se casaron en el Perú, se adoraron en Francia, se aburrieron en Inglaterra y se divorciarán en América. Federico García Lorca dedica un poema a Carmela, la peruana: Oh Perú de metal y melancolía. No debería mencionar aquí a Marcos Aguinis, pues su conocimiento del Perú es muy bueno, y no cae ni en el exotismo ni en el estereotipo fácil, así que al mencionarlo no lo menciono. En la Ciencia Ficción se menciona mucho al Perú, en especial en las ucronías, como las de la Patrulla del Tiempo de Poul Anderson: El Año del Rescate, referido al Inca Atahualpa y los españoles en Cajamarca. La novela Un caso de conciencia, de James Blish (Premio Hugo 1959), no tiene lugar en el Perú sino en otras partes de nuestro planeta, en particular Roma, y en el remoto planeta Litina; pero su protagonista, el padre Ruiz-Sánchez, es un jesuita  peruano. Este libro es ejemplo interesante de cómo se venden gato por pericote: La celebrada película Avatar es calcada de esta historia, incluyendo sus resonancias místicas, si bien volteada del cristianismo al new age, con argumento simplificado para hacerlo comprensible a las masas, pero la novela es mejor: El árbol de las comunicaciones de Litina es más interesante que el místico árbol de la vida de los habitantes de Pandora, los que son excesivamente mamíferos y antropomorfos para mi gusto. Pero qué le vamos a hacer. El consagrado Robert Silverberg conoce el Perú, aunque no sé en qué circunstancias, y está enamorado de la geografía de su costa, así como del pasado incaico, que emplea en sus ucronías. H.P. Lovecraft menciona que el Necronomicón solo tiene unas pocas copias en el mundo, una de ellas en la Universidad de Lima, en Perú. Podemos añadir, casi por útlimo que Las Cartas de la Ayahuasca, de William Burroughs con la colaboración de Allen Ginsberg tienen lugar en la selva del Perú. Asimismo, hay menciones a los magos peruanos en las obras de J.K. Rowling de la serie Harry Potter, uno de los principales equipos de Quidditch del Mundo es el Tarapoto Tree-Skimmers, y los Vipertooths son Dragones oriundos del Perú. 

La novelita de Ciencia Ficción Un Caso de Conciencia, de James Blish,  se puede bajar y leer desde acá:
http://www.bibliocomunidad.com/web/libros/Blish,%20James%20-%20Un%20Caso%20de%20Conciencia.pdf

V
Colofón

Nuestro lugar en el mundo no siempre es claro, aunque siempre esté allí. He tratado de mostrar al Perú exótico, distante o estereotipado de la literatura universal previa aún a la acumulación del todo en la licuadora de la globalización. Por supuesto falta. Pero creo que esta Crónica nos da una idea. Lee como quieras. 


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jueves, 2 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 33: NOVELAS DE AVENTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 33
Leer Novelas de Aventuras

I
Adolescencia y Aventura


Dicen los editores que las novelas de aventuras siempre tienen mercado, y este mercado es de adolescentes. Para los que aún no saben, la adolescencia es una enfermedad cuya única cura es el tiempo, se le suele comparar con una botica abandonada por aquello de que no tiene remedio. Dada la condición incurable, sólo se puede mejorar la calidad de vida del entorno familiar, pues el paciente vive muy cómodo esta enfermedad. El entorno social combate el carácter endémico de la adolescencia con dosis masivas de tranquilizantes, pues aunque los papis padecen en vivo y en directo la adolescencia de sus hijos, la sociedad en su conjunto padece todo el tiempo gran número de adolescentes en acción. La Fisiología sostiene que la adolescencia arranca con ciertas hormonas operando a lo loco, lo que se traduce en los “que adolecen” en desajustes, movidas, desadaptaciones y permanente sensación de tener un rascapié en salva sea la parte. Por ello actúan de una manera más o menos enervante más o menos todo el tiempo. Entre otras cosas se ha detectado en los adolescentes las ganas de salir al mundo, de aventurarse, si es que son sanos y normales. En apariencia esto no es del todo posible sin desajustar sin remedio el tejido social, como puede observarse en nuestro vecino Chile, que se la pasa complicadísima con los pingüínos (así llaman allá a los estudiantes), y eso que aquí no pasan nunca esas noticias, no vaya a ser contagiosa la cordura, no vaya a ser que nos demos cuenta que el crecimiento económico no lleva a ninguna parte. Yo supongo que una Educación más humana - menos carrera de ratas - sería una maravilla para los adolescentes, que ya no tendrían que salir a la calle a protestar por oportunidades y podrían resolver sus necesidades aventureras a través de la lectura de historias de aventuras. 

Este rasgo aventurero de la adolescencia de todos los tiempos se refuerza con la cultura visual, que matiza si no sustituye al texto escrito. El género de aventura vende como pan caliente, necesita producir material excitante y ya no basta el socorrido recurso de editar la acción a velocidad supersónica. Los argumentos pesan y cuentan para producir guiones, y la cultura visual depende en enorme medida de los clásicos de aventuras para construir blockbusters en los diferentes soportes y mercados, para ganar copiosa audiencia adolescente y hacer plata como cancha. El cine y la tele de aventuras sustituyen al texto escrito, con el efecto colateral aprovechable de desplazar el polo lector al hogar. Claro, eso si los papis están en la nota aventurera y en las dinámicas visual y lectora, lo que les exige estar vivos y actuantes. Se trata de poner coto a la personalización de la pantalla, de modo que no se llegue al extremo ludópata, y chequear bien chequeados esos video-juegos de aventura, como Zelda, Warcraft y unos cuantos miles más. La diferencia entre video-juegos con cine, TV y libros está en la interactividad, que exige distintos y mayores compromisos neuro-musculares. 

Pero lo que no cambia es la trama, el guión, el argumento, el movimiento, lo que pasa, ocurre y acontece en el libro, la película, el programa de televisión o el video-juego. De ahí que resulte importante revisar siempre los parámetros de la novela de aventura, que no es nada vetusta como se cree a veces, ni se ha muerto. Por el contrario, los argumentos tienden a repetirse y encontramos en lois libros la mayor parte de lo que hay en manga, video-juegos, cómics, películas o series. Así que, papis y mamis, ustedes no están quedados sin remedio. Por el contrario, es más que probable que ustedes sean los expertos en el tema este de las aventuras. Les comento que así me pasa con mi hijo Alejandro, un artista del manga, con el que discuto los códigos literarios de la aventura, que él entiende mejor que yo.   

II
Los Tres Mosqueteros / Veinte Años Después / El Vizconde de Bragelonne
(Alejandro Dumas padre).


Se recuerda poco en estas épocas que los editores españoles y latinoamericanos solían hasta no hace mucho pedirle a los obispos católicos un checking del texto que publicaban, dando fe que su contenido no chocaba con las verdades promovidas por la Santa Religión Católica, Apostólica y Romana. Cuando era el caso aparecía en las primeras páginas el Nihil Obstat (Nada Impide), que indicaba a los católicos que podían leer el libro sin riesgo para su salvación eterna. Los editores más acuciosos añadían al Nada impide el Imprimátur (Imprímase), sutil orden, no sólo permiso, de lectura. Esto constituía un auspicio de la autoridad eclesiástica, lectura no sólo permitida sino casi impuesta a través de la sacrosanta Que se Imprima. Supongo que los editores estaban felices por los lectores que se sentían autorizados por su Iglesia para ejercer la lectura y por ende comprar el libro. Los libros que ostentaran el Imprimátur serían lectura casi edificante según la jerarquía eclesiástica, casi obligatoria para los que sujetaran su juicio al de la jerarquía. Allá al fondo acechaba el Índex Librorum Prohibitorum, lista de libros a los que ningún católico debía acceder sin arriesgar su salvación eterna, según criterio de los censores. La Iglesia Católica ejercía la censura no prohibiendo sino desaconsejando ciertas lecturas. Ustedes dirán que a qué cuento viene esto de la censura respecto a Alejandro Dumas y las aventuras de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan en Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones. Lo diremos con claridad de agua bendita: La mayor parte de las ediciones de Los Tres Mosqueteros en castellano se censuraron y mutilaron. Partes enteras figuraban en el Índex, en especial las que sugerían o relataban las aventuras sexuales de Milady con Athos y D´Artagnan, al marido de Constance consintiendo en la sacada de vuelta de ésta con D´Artagnan, así como las que simpatizaban con los Hugonotes protestantes. Y esa fue la primera versión que leí, concentrada en las aventuras de D´Artagnan y sus compañeros, pobre en la intriga y sugerente que la ejecución extrajudicial de Milady por los Tres Mosqueteros, Lord de Winter, los lacayos y el verdugo de Lille se justificaba en el pecado de Milady, el ser ligera de cascos y mala esposa del Conde de la Fère. 

La primera vez que leí Los Tres Mosqueteros tal como la escribió Dumas yo ya andaba por mis treinta años, y era otra cosa de lo que había leído en mi niñez. En España e Hispanoamérica muchísimas obras literarias (todas) fueron censuradas y mutiladas por el control eclesiástico apoyado en el autoritarismo franquista español y de sus aliados conservadores en América Latina. Los editores fueron víctimas, pero también en algo cómplices, y dicho esto, podemos continuar con Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones tal como fueron escritas. Las aventuras de D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramis; no se escribieron para jóvenes, sino para el público adulto francés, que los editores de la Tercera República veían ansiosos de leer sobre la vida de antes de la Revolución Francesa. Estas novelas no ocultan nada, y lo que me permitió descubrir este asunto de la censura fue que me leí Veinte Años Después, continuación de Los Tres Mosqueteros, y era tan buena que parecía de otro autor que el de Los Tres Mosqueteros. En la práctica los editores hicieron puré de Los Tres Mosqueteros, y eso que leí ya no era Dumas. La edición de Oveja Negra a la que accedí era tres veces más grande que la que leí antes, y mostraba la realidad del liberal sexo de entonces, la discriminación a los gascones, las jesuitas hipocresías de Aramis, el matrimonio por conveniencia de Porthos. Me pregunto a qué le tenían miedo los censores, y a qué se lo tienen, pues las versiones cinematográficas actuales también censuran, como en La máscara de Hierro, de Randall Wallace – guionista culpable de falsear la Historia escocesa en el Corazón Valiente de Mel Gibson –, y ello a pesar de Leonardo Di Caprio (Philip / Louis), Jeremy Irons (Aramis), Gerard Depardieu (Porthos), Gabriel Byrne (D´Artagnan) y en especial el magnífico Athos construido por John Malcovich. No sé cuál sea peor: La censura eclesiástica de antes o la autocensura de los productores, directores, guionistas y demás yerbas cinematográficas y de la TV de hoy. Porque solamente leyendo las tres obras nos enteraremos por qué son Los Tres Mosqueteros, y no los Cuatro del Uno para Todos y Todos para Uno: Al final de la última novela - El Vizconde de Bragelonne – Aramis, que ahora es General de los Jesuitas, voltea casaca, traiciona y enfrenta a sus amigos, y al final los Tres mueren honorablemente. Por alguna razón que nunca comprenderé se pretende proteger a los jóvenes de que hay traiciones e hipocresías. Qué absurdo. Como si no lo vieran diario en la vida cotidiana.

Para bajar y leer:
http://dominiopublico.es/libros/Alejadro_Dumas/Alejadro%20Dumas%20-%20Los%20Tres%20Mosqueteros.pdf       

III
Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino / La Isla Misteriosa; y en otra línea Los Hijos del capitán Grant (Julio Verne)


En estas Crónicas de Lecturas me he referido in extenso a Julio Verne, pero siempre podemos ir un poco más allá. La serie de novelas a que me refiero ahora surgió de forma peculiar, pues Julio Verne no tenía intención de escribirla. Es decir que cuando se mandó con Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino no sabía que escribía el primer libro de una serie. Se ve ello en la extensión de la obra y la maestría con la que cierra los hechos que narra. Como obra es redonda, tanto que debe ser una de las novelas mejor escritas en la historia. El contrapunto entre Pierre Aronnax (narrador en primera persona) y el capitán Nemo da sentido a toda la novela, lo que a Verne no le costó nada, a fuer como quien esto escribe, de gran aficionado al mar y a la navegación. El viaje de iniciación del francés a bordo del extraordinario submarino Nautilus marca el paso de una infantil admiración por el Sabio al desencanto de notar la tortura emocional en que se debate Nemo, su no resuelta confrontación con los demonios del pasado de los que trata de escapar en lo profundo del mar. Demonios que le alcanzan en la forma de las fragatas inglesas de guerra que Nemo, ante el horror de Aronnax, Conseil y Ned Land, hunde sin piedad con el espolón de su portentoso buque submarino. El capitán Nemo no se reconoce parte de una humanidad que siente le rechaza, que le niega patria y nacionalidad, y Aronnax se separa de esta exigente figura paterna. La novela culmina en la catástrofe de la desaparición del Nautilus en el remolino Maelström de las Islas Löfoten, que a más de ser guiño y homenaje al Edgar Allan Poe de Un descenso al Maelström, desaparece a Nemo de la escena sin matarlo. La obra termina así con brillantez, hasta con cita bíblica del Libro de Job. En cambio, la serie Los Hijos del capitán Grant sí parece haberse pensado como serie dirigida a jóvenes, en especial por la iniciación del joven Robert Grant. La historia es tan extensa como la de Veinte Mil Leguas …, por lo que se edita en tres novelas, o como una gran novela en Tres partes: La búsqueda en América del Sur, Australia y el Océano Pacífico del Capitán Grant por sus hijos, generosamente auspiciados por el aristócrata Glenarvan y su entorno, que incluye al geógrafo francés Santiago Paganel. El largo periplo culmina con un final desdichado y otro feliz, en uno el traidor Ayrton a.k.a. Ben Joyce es abandonado en una isla desierta para expiar sus culpas, en el otro los hijos se reúnen con el padre perdido, con matrimonios por medio y hasta el galán cómico (Paganel) encuentra tarde, pero encuentra, a su dama cómica (Lady Arabella). Ahora bien, ¿qué podrían tener así en común Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino con Los Hijos del capitán Grant? Pues de arranque, nada. Me ocurrió como a todos los lectores de Verne, que no me enteré de nada hasta que leí La Isla Misteriosa.


Estoy casi seguro que a Julio Verne tampoco se le ocurrió atar cabos sueltos sino cuando estaba escribiendo el segundo tercio de La Isla Misteriosa. La anécdota del principio era más que suficiente para la aventura: Prisioneros unionistas de la Guerra de Secesión encerrados en Richmond escapan en globo, tropiezan con un huracán que los arrastra al Pacífico Sur, hasta una pequeña y deshabitada isla volcánica, que bautizan Isla de Lincoln. Ahí vivirán a lo Robinson Crusoe, que inspira esta obra. Hay cuando menos un personaje muy bueno: el Ingeniero Cyrus Smith, que representa brillantemente al paradigma del progreso y la revolución industrial. Pero tengo para mí que acá Julio Verne se tropieza con que tiene a sus personajes en el Pacífico Sur, está en una isla … y … ¿por qué no enlazar los cabos sueltos …? Desde el final de Los hijos del capitán Grant, Ayrton sigue en la Isla Tabor / María Teresa, a pocas millas de la Isla de Lincoln, cuyo origen volcánico deja jugar con la idea de súbitos surgimiento y desaparición. Y ahí es que se le debe haber venido a la cabeza el capitán Nemo, el Nautilus y el Maelström. No había cometido el error de Arthur Conan Doyle en Reichenbach y Nemo estaba disponible para traerlo y utilizarlo como deus ex machina … y ya está. Solamente hubo de superar el inconveniente de que al no haber planeado la serie se le enredaban las fechas, que no cuadraban ni con la mejor buena voluntad, lo que resolvió bonitamente con notas al pie de página, introduciendo sin percatarse un “universo paralelo”, truco y técnica hoy bien conocida de escritores y editores, que no estoy seguro fuera tan evidente en los tiempos de Julio Verne.

Para descargar y leer:
http://nuestraslecturasdotcom.files.wordpress.com/2013/03/vernejulioveintemilleguasdeviajesubmarinoresumen.pdf

IV
Las Minas del rey Salomón / Allan Quatermain / La Guerra Zulú  (Henry Ridder Haggard)


He leído y releído Las Minas del Rey Salomón ad náuseam. La culpa es de la solvencia con la que Henry Ridder Haggard escribe en primera persona. Un escritor del siglo XIX  de antes del cine y la televisión estaba obligado a ser eficiente y específico en la composición del lugar, en la descripción y la narración de hechos consecutivos o no. Qué podemos decir sino que la narrativa y descriptiva de Ridder Haggard parecen escritas antes de ayer. No es raro que se hayan hecho tantas versiones en cine de sus libros. Abundan incluso los pastiches, entre ellos el cómic pastiche Los Caballeros de la Liga Extraordinaria que, discúlpenme, no me cuaja ni convertido en la película de última La Liga Extraordinaria, que a pesar de Sean Connery en el papel del legendario cazador no le hace la más mínima justicia. Para mis lectores que ignoran lo que es un pastiche, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice Imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente. Y así sucede con continuaciones espurias de ciertas obras literarias escritas por autores de segunda o tercera categoría ávidos de un poco de fama o de ingresos (Nunca segundas partes fueron buenas, Cervantes dixit), tales como pergeñar las aventuras de Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin, lacayos de Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan; o qué pasó con Ishmael tras el hundimiento del Pequod; o cómo Paco Yunque se metió al Partido Comunista. Dumas, Melville y Vallejo dejaron ahí a sus personajes, y bien dejados estuvieron. La línea que separa una obra bien escrita de un pastiche es tenue. Si está bien hecho, el pastiche tiene cierto artesanal encanto. También es pastiche tomar personajes de ficción y combinarlos con otros o con personajes reales, como para ver qué pasa al juntar al cocainómano Sherlock Holmes con el psicoanalista Sigmund Freud, en la novela Elemental, Doctor Freud, del Director de Cine Nicholas Meyer. En la novela de Umberto Eco La Isla del Día de Antes se toma a Biscarat, un muy menor personaje de Dumas en Los Tres Mosqueteros, como antagonista. En todo caso, a Allan Quatermain le han hecho de todo en el mundo anglosajón, hasta cambiarle el nombre a Quartermain, y ello porque el personaje en sí mismo es interesante, se come la novela y cualquier versión en cine, porque los guiones a veces se apartan demasiado del sentido de la obra original, y para salvar el asunto hay que cambiar el personaje.  
 
Se puede decir de Ridder Haggard un par de cosas: Creó a Quatermain, y qué bien narra en primera persona el maldito, qué fluido, directo y excelente descriptor de la naturaleza y las situaciones. Conserva estas fortalezas con pocas excepciones en la serie de Allan Quatermain como en la serie Ella, excelente también por donde se le mire. Pensemos algo en esto: Narrar en primera persona algo que ha pasado es como servir una sopita fría, es casi empezar por el final, porque ya sabemos que si el narrador está narrando es que está allí para contarlo, no importa qué terribles riesgos o peligros haya vivido, no se ha muerto, y esto no es poco en una novela de aventuras. Así que la narración se desliza a cómo la hizo para salir bien del asunto. Porque si de aventuras se trata, pocos han vivido tantas como Allan Quatermain, que representa una especie de oda al colonialismo liberal británico del siglo XIX en la extensa África inglesa, en especial Sudáfrica. Ridder Haggard no hace el papel de propagandista barato de la civilización inglesa, en el que sí se siente cómodo Rudyard Kipling en Kim, El Libro de la Jungla y otras obras ambientadas en la India. Se le creen a Allan Quatermain sus increíbles aventuras porque él es verosímil, porque piensa y habla y actúa como un hombre que conoce la realidad, con opiniones propias, y que va a contramano de los muchos ingleses dedicados a explotar y disfrutar su imperio colonial sin considerar nada de lo que hoy llamamos interculturalidad. De ahí que, a diferencia de sus contemporáneos, sus valoraciones sobre los nativos africanos sean escandalosas para su tiempo (¿Qué es un gentleman? (…) no lo sé y, sin embargo he tenido que tratar con negros … Pero no, voy a tachar la palabra ´negros´ porque no me gusta. He conocido nativos que lo eran (gentlemen) (…) y blancos inteligentes, de buena familia y con dinero que no lo eran), e incluso ventajosas para los africanos, como en la comparación entre el valiente amazulu Umslopogaas y el cobarde europeo Alphonse en la novela Allan Quatermain. La calidad de la narración no decae nunca, y abarca todo el periplo vital de Quatermain, hombre de 55 años de edad en Las Minas del Rey Salomón, cuando nos es presentado. El éxito del libro llevó a Ridder Haggard a escribirle secuelas, como Allan Quatermain; así como lo que hoy se llama “precuelas” (odioso término), tales como La guerra Zulú, La esposa de Allan y La venganza de Maiwa, entre otras. Así podemos conocer la biografía completa de los 18 a los 68 años de este personaje, coincidente con el apogeo del Imperio Británico en África.

Para descargar y leer:
http://www.medellin.edu.co/sites/Educativo/Repositorio%20de%20Recursos/Haggard_H.%20Rider-Las%20Minas%20del%20Rey%20Salomon.pdf            

V
Colofón

Pienso que nos gustarán siempre las novelas de aventuras. Hay una cierta necesidad eterna en el ser humano de vencer dificultades, de mostrar logros, de atravesar por circunstancias difíciles y superarlas. Cuando no podemos vivir esas aventuras por nosotros mismos, tratamos de hacerlo por interpósitas personas. Sea en la realidad o en los libros necesitamos vivirlas, y no tenemos que ser adolescentes para ello. Así que ya saben: El que tenga Ojos, que Lea.

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sábado, 25 de febrero de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 4: PRIMERAS LECTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS - Cuatro

Mis primeras Lecturas

I
Lectura enciclopédica y por qué no hacerla

Ya conté cómo aprendí a leer, aburriendo hasta la muerte a mis pacientes lectores. No trato de ser prescriptivo, sin embargo. Me limito a presentar algunos recuerdos personales, recordar mi proceso puede reflejar lo que pasa o deja de pasar en las familias en este tema. Como sabemos, si no practicamos la lectura se nos olvida la habilidad de leer. No hace mucho volví a retomar la bicicleta. Es broma común decir que montar bicicleta es como el sexo, y que en realidad nunca se olvida uno cómo se hace, o cuando menos cómo era. Pero eso no es tan cierto, cuando menos en lo que concierne a la bicicleta. Mi anécdota sobre cómo aprendí a leer a los tres años, supuestamente presenta cierto interés, pero la cosa hubiera quedado ahí como gracia de parvulito recién llegado. Podría no haber seguido leyendo, y ahí quedaba la promesa, yo sería un analfabeto funcional más. Me habría perdido de mucho, pero no lo sabría y no me haría falta, no añadiría o quitaría un ápice a mi felicidad o desgracia. Pero la anécdota trajo cola. Entre aquellas cosas que a uno lo definen está la visión que la familia tiene de uno. Y los míos parece me veían como un lector superdotado, y así me trataron. Así, como en la iniciación heroica, marcaron mi destino. Mi padre, ni muy parecido ni muy diferente a todos los padres del universo, pensó probablemente que valía la pena gastar unos cobres en tener libros en casa, dado que el muchacho de miércoles se leía hasta las instrucciones para el uso del papel higiénico, así que mejoró la calidad de mis lecturas poniendo a mi alcance algunos libros, entre ellos las enciclopedias, muy de moda en esa época pre-cibernética. Y todo esto que voy a contar me ocurrió antes de cumplir diez años de edad.

Creo que la moda de las enciclopedias empezó unos siglos ha, con la Enciclopedia Británica y la de los franceses que precipitó la Revolución Francesa, que desde entonces produjo en las clases dominantes cierta incomodidad frente a la posibilidad que la indiada de cualquier color se eduque. En mi caso, parece que estaba bien aprestado, y como a todos los chicos me atraían las ilustraciones y figuritas. Desde el principio me gustaron las enciclopedias, porque tenían muchas fotos y figuras. Mucho después encontré que al lado de las fotos y figuras había letras, oraciones y párrafos. No recuerdo ni cómo ni cuándo empecé a decodificar, parece haber sido aplicación espontánea de lo que aprendía en el Nido. La curiosidad por las letritas vino asociada al vacilón de los dibujitos, y la creciente sensación de dominio del texto llegó a través de la lectura de los textos tal y como me llegaban. Nadie trató de adaptar nada, a lo más trataron de exponerme a la letra escrita. Parece que la Enciclopedia Barsa, muy popular entonces, estaba razonablemente bien redactada, sin dificultades especiales, y por ende la exposición a una correcta sintaxis y vocabulario produjo un dominio espontáneo de la lengua castellana. Hay asociados ciertos rudimentos de metacognición: La gracia de que las enciclopedias empiecen por la A, y sigan el alfabeto hasta la Z, me intrigaba y me sugería una totalidad cuya comprensión se me escapaba, pero que intuía. Te das cuenta que leerte todo no es posible, te enteras que existe eso de los “libros de consulta”, complementado con un Diccionario que conservo y uso, y además un Tomo de Referencias. En todo caso, era rico eso de encontrar lo que uno quisiera buscándolo con la letra de principio. El alfabeto se te transforma sin querer queriendo en una “Base de Datos” digital, concepto de moda varios decenios después. Traté también la aproximación analógica, es decir empezar por la primera página y terminar en la última, y menos mal fracasé antes de terminar la “A”. Me fascinaba eso de que en una Enciclopedia esté compendiado absolutamente TODO, no me gustó descubrir que todo el conocimiento no estaba en la enciclopedia de mi casa. Fue frustrante, y a la vez esclarecedor. Si eres una enciclopedia ambulante te vuelves un mocoso pedante y un provinciano intelectual, aparte del insoportable del barrio e inmarcesible portador de chapas (apodos). En aquellas épocas se apreciaba la memoria repetitiva, y, dígolo para mi vergüenza, la poseía magnífica. Como en estos tiempos de Wikipedia y enciclopedias on-line las impresas son tan útiles como los pies para un pez, esta aproximación “enciclopédica”, funcional entonces, posee poca validez hoy en día, y la desaconsejo absolutamente.  

II
Contra las “Adaptaciones” y sobre el plagio

Me encantaría acordarme de los datos bibliográficos de una vieja y maravillosa colección que me habita aún hoy. La he visto contadas veces en otras partes que no fueran mi casa, no parece haber estado muy difundida. Se llamaba Mi Libro Encantado, y presentaba un conjunto de narrativas y textos en unos ocho o nueve tomos ordenados por las diversas etapas de la niñez. El primer tomo estaba dedicado a las mamás y se centraba en los cuidados a los bebés, y lo paso por alto. Del Tomo 2 en adelante se planteaba presentar y fomentar diversos valores a través de textos de diversas procedencias y géneros - líricos, narrativos, épicos, en prosa y verso. La extensión de los textos estaba cuidadosamente planeada, eran extractos de obras de literatos y autores universales y argentinos, entrelazadas y puntuadas con versos, canciones y poemas. La dificultad sintáctica y la extensión de los textos estaban bien diseñadas, y todo procedía de autores originales. Los editores, con criterio digno de ser imitado, estructuraron los extractos en unidades muy cortas, que tomo a tomo aumentaban su extensión y su dificultad semántica y sintáctica, dentro de una franja interesante, pues no necesitabas leértelo todo para disfrutarlo, que ese era el objetivo. Se fiaban de la genialidad de Víctor Hugo, los Hermanos Grimm o Almafuerte, y no trataban de enmendarles la plana. He estado mirando las “adaptaciones” que hacen ciertas editoriales hoy en día y distingo la petulancia sin nombre que significa enmendarle la plana a Borges, Tolstoi o José Martí. Estos “adaptadores” destruyen la obra de arte tratando a los niños y jóvenes como conceptuales tacitas de porcelana que se romperán si se los somete, oh crueldad infinita, a los textos originales. No jorobes, hombre. No necesitas “adaptar” lo que ya está bien hecho. Lo que tienes que hacer es presentarlo. En esta enciclopedia las unidades de sentido tenían creciente extensión y dosificación, y del original. Se facilita así extraordinariamente la lectura “digital”, la búsqueda de los padres y de los propios niños de lo que realmente quieren leer, desde una oferta amplia y variada. Doy fe que poemas como Los Caballos de los Conquistadores de Chocano, u otros de García Lorca, Víctor Hugo o Juan Ramón Jiménez ni estaban adaptados ni lo necesitaban. Con la prosa era igual, y como la función hace al órgano, acostumbras a los mocosos a leer directamente el original, y ya no necesitas “adaptaciones”. La única manera en que se podría aceptar “adaptar”, es cuando “cuentas” oralmente el texto, es decir en el cambio de lo escrito en oral, que implica cambio de registro lingüístico. De otra manera “adaptar” se convierte en una muleta, útil solamente para enriquecer a ciertas editoriales, pues no le encuentro ninguna, pero ninguna utilidad remedial. Volviendo a Mi Libro Encantado, su tipografía era variada, si bien tradicional, lo que entonces había. Hoy se hacen cosas maravillosas con la tipografía, que no estaban entonces al alcance de las imprentas. Pero este “tradicionalismo” se compensaba con ventaja con magníficas imágenes. De hecho, cuando la evoco vienen a mi mente esas imágenes, en particular la de San Francisco de Asís hablando con el terrible lobo de Gubbia, que ilustraba el bello poema Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, el que estaba completamente extractado, originalísimo por supuesto. Repito de memoria: El varón que tiene / alma de querube, lengua celestial / el mínimo y dulce Francisco de Asís / está con un rudo y torvo animal...

Particularmente interesante me resultaron los tomos Héroes y Santos; El Mar y la Aventura; Grandes Hombres, grandes hazañas; En Alto la bandera y así en adelante. Si de formación en valores se trata, y si éstos pueden fomentarse en base a ejemplos, estos textos son exitosos. Encontrabas desde las leyendas o historias de San Cristóbal y San Francisco de Asís hasta las de los héroes de las guerras de Independencia de España e Hispanoamérica, de autores como Benito Pérez Galdós, Perú de Lacroix o Leopoldo Lugones. Hace muchos años que no tengo esta colección, pero su evocación es en extremo notable, y puedo citar de memoria muchos pasajes. Los textos sobre científicos y descubridores me familiarizaron con las epopeyas de los descubrimientos geográficos y la terca búsqueda de los hombres de ciencia. De entre los diversos relatos que me impresionaron, dos me quedaron en la mente hasta hoy con pelos y señales. Uno es la sabrosa historia de Johann Kepler y su mujer, sobre el problema de la Armonía del Universo, salvada gracias a la deliciosa ensalada preparada por la Señora Kepler. Esta historia caló hondo, e inspiró mi primer ataque a la literatura hasta el extremo del plagio, pero a los siete años el plagio es casi una virtud. Nadie se imaginaba que yo pudiera escribir “tan bonito”, pero yo sabía que era una copia y que “ellos” no conocían el texto plagiado. La otra lectura relata la Expedición de 1911 al Polo Sur de Scott y sus cinco compañeros, en la que dejaron la vida. Usaba como fuente las cartas de Scott halladas con su cadáver. Esta fracasada expedición - el noruego Amundsen les ganó por un mes -, y todas las sensaciones, emociones e ideas que despertaba el aparentemente inútil sacrificio de vidas humanas obligaba a la reflexión y valoración. Era historia real, así la asumí, y aún hoy me estremece.

III
Julio Verne y lo que es “adecuado”

Había más libros en casa para sus diferentes usuarios, es decir mi padre, yo y mi recién llegado hermano menor, que heredó todas mis lecturas con resultados diferentes, ni mejores ni peores. Entre los aciertos de mi Señor Padre estuvo la adquisición de las Obras Completas de Julio Verne, de la Editorial Plaza & Janés, las que me comí con zapatos, calcetines y demás prendas. Están frente a mí cuando escribo estas líneas, junto con un par de sesudos estudios sobre la obra del autor. Al revés de lo que piensa la mayoría de las personas, los niños no son estúpidos. Ni tampoco Verne es “autor menor” por escribir para niños y jóvenes. A veces el esquematismo psicológico de sus personajes es atroz. Pero más esquemático es Salgari, y era tan popular como Verne. La reflexión que me hago ahora tiene que ver con lo que es adecuado y lo que no lo es. El hecho que Verne esté tan adaptado en las pantallas cinematográficas y televisivas indica que sus temas son muy rendidores, en especial los de su serie Viajes Extraordinarios. De hecho hay versiones, variantes y recontravariantes, pues es de los guionistas su chamba. Incluso hay en cartelera en estos precisos días una versión de Viaje el Centro de la Tierra. Pero si uno conoce a Verne se percata que hay contenidos que “no son adecuados”. Y aquí un problema. Como la quisicosa esa que dice “Chompa.- prenda que las mamás le ponen a sus hijos cuando ellas tienen frío”, algunos padres permiten o censuran ciertos libros. No dudo de que los padres tienen la responsabilidad, y la responsabilidad sin autoridad no existe. Pero estimados papis y mamis, no tapemos el sol con un dedo. Los niños acceden a la televisión y a los juegos de video sin anestesia, y aún programas tan aparentemente innocuos como Angelina Ballerina o los Backyardigans poseen cargas que podríamos considerar “peligrosas” o “inadecuadas”, no digamos el asesinato organizado de ciertos juegos de video. Repito una vez más: Los niños no son estúpidos, saben mucho, mucho más de lo que creemos, y ni siquiera resulta conveniente tratar de “censurar”. Verne, como muchos otros autores, es un mundo tan completo en sí mismo que te arrebata y te entregas. Si eres niño, te convence y te la crees. Si tú, papi, no has leído lo que tu hijo lee, tu hijo se da cuenta y le pasan dos cosas: Por una parte atrapa autonomía intelectual personal, por otra empieza a percatarse que tú no lo sabes todo. Así que es hora que si no lo haces, empieces a leer lo que tu hijo lee, papi. Y cuando lo hagas, habla con él sobre lo que está leyendo. Labor de los papis es introducir a sus hijos al mundo, y eso se hace sobre base cotidiana. A la manera de Vygotski, es mejor si estás tú para guiar el texto. Si no, puede ocurrir que tu hijo crea – me pasó a mí – que el Nautilus llegó al Polo Sur por aguas libres, por ejemplo. O que la venganza – guía del Capitán Nemo – es un sentimiento positivo.        

Como pasa en toda la Literatura, los autores escriben inevitablemente desde su carga personal, y Verne tiene harta. Compartía el antisemitismo francés del Siglo XIX, patente en sus personajes judíos, pero a Shakespeare le pasaba lo mismo y no es menos genial. Julio Verne pretendía explícitamente influir en la juventud – se observa este hecho en los autores europeos de la época como Salgari, D´Amici, y otros clásicos como Grimm y Perrault. Por ello algunos personajes vernianos son de antología e inspiran sagas, variantes y continuaciones para Cine y Televisión. Los protagonistas vernianos ejecutan hazañas y epopeyas: El Capitán Nemo el más importante, de hecho. Pero también son esenciales a sus respectivas tramas el Ingeniero Ciro Smith; el correo del Zar Miguel Strogoff; el Capitán de Quince Años Dick Sand; los viajeros lunares Barbicane, Nicholls y Michel Ardan; Phileas Fogg y su fámulo Passepartout; el Capitán Hatteras; el Profesor Liddenbrock; los hijos del Capitán Grant; e incluso el indio peruano Martín Paz. Nadie más podía hacer lo que ellos hacían. Los matices ético-morales son esquemáticos, los buenos son buenos y los malos, malos desde el principio hasta el mismísimo final. Hay excepciones, como la de Ayrton en Los Hijos del Capitán Grant y La Isla Misteriosa, pero la principal es el Capitán Nemo, que Verne presenta misterioso y torturado en 20.000 Leguas de Viaje Submarino, para descubrirlo humano en La Isla Misteriosa. De seguro los estereotipos de los valores de la Ciencia, el Trabajo, la Libertad y la Independencia en los que Verne creía, son el motivo por los que se le ve como un Clásico para Niños y Jóvenes. Los héroes vernianos adultos luchan por conocer y domar la Naturaleza al servicio de la Humanidad. Dirigen así la Iniciación Heroica de los jóvenes héroes vernianos. En el fondo del mar en 20.000 leguas … hay los tesoros que el Capitán Nemo usa para financiar revoluciones, el refugio del guerrero desilusionado y la iniciación de Pierre Aronnax; el Polo Norte en Aventuras del Capitán Hatteras es imán del orgullo nacional británico; la expedición en Viaje al Centro de la Tierra es investigación geológica, iniciación heroica de Hans y resolución del acertijo de un alquimista; Fergusson y Kennedy en el África de Cinco Semanas en Globo son descubridores y civilizadores; llegar al espacio interior en De la Tierra a la Luna es el objetivo de los norteamericanos, y también equivalente moral de la guerra; en Los Hijos del Capitán Grant el aristócrata Glenarvan usa su fortuna para reunir a los huérfanos Grant con su padre, y a la vez es inicio heroico del joven Robert. A mi modo de ver con acierto, las versiones modernas corrigen los estereotipos de los personajes y las inocencias de la trama, dándole actualidad a las viejas historias, conservando lo esencial: la iniciación heroica. Claro que a veces se les pasa la mano, pero no creo a Verne le hubiera importado mucho. Me parece que ciertas adaptaciones a la pantalla – en especial las que no pretenden ser exactas – resultan muy adecuadas para presentar hoy la temática verniana.    

IV
Más libros, y las lecturas sin supervisión

Entre otros libros que leía en mi niñez, destacaban algunos como la Enciclopedia Cumbre de la Editorial Jackson, que aún conservo, que registraba en lenguaje sencillo y con profusión de fotografías, los hechos curiosos y las costumbres de una época ya en retirada, justo antes de que el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el principio de la Globalización empezaran a homogenizarlo todo. Aprendí que la especie humana era heterogénea, y capté avant-la-lettre eso de la interculturalidad. Por cierto, desde mi escritorio puedo ver la Cumbre, que conservo por razones puramente sentimentales. Sus fotos en blanco y negro y color atestiguan la diversidad de la especie humana, que empecé a entender poblada de todas clases de gentes. Junto a Barsa y Mi Libro Encantado, estos libros influyeron mucho en mi visión del mundo. De esta etapa data también mi encuentro con un conjunto de deliciosos libritos, de Richmal Crompton, que después hallé completa en la Librería Studium del centro de Lima - hoy cerrada - referidos a un niño inglés de nombre Guillermo en los 1930, que narraba en clave humorística muy británica sus aventuras y choques con el mundo de los adultos. Recuerdo en particular Guillermo el Genial y Guillermo y los Mellizos. Así encontré el Humor Literario, aunque al principio mucho no la agarraba, pero para eso son las relecturas. Esta colección debe haber sido una de las que más he releído, precisamente por su Humor. También a esta época corresponde mi encuentro con la literatura nacional a través de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma, que también me atraparon por el Humor, en nuestro propio y nacional sentido. Aún hoy día trato de conservar de la mejor manera posible un par de docenas de Tomos de la vetusta Enciclopedia Espasa, editados hace más de cien años, que conservo por razones sentimentales, porque como consulta mucho no eran, y hoy menos aún son. Este intento español de producir una Enciclopedia análoga a la Británica dio por resultado una acumulación de datos sin parangón alguno en idioma español, sólo la Espasa puede de algún modo compararse a la web hoy en día. Sigo. Salgari, después de Verne, no me impresionó, la verdad. Sí lo hicieron, y mucho, Las Minas del Rey Salomón y La Isla del Tesoro, de Henry Rider Haggard y Robert Louis Stevenson, respectivamente. De entre las muchas versiones en cine, de mérito desigual, recuerdo la muy jocosa de La Isla… protagonizada por  Abbott y Costello. No olvidamos los cómics o chistes, pero eso será materia de otra Crónica. Y para culminar este párrafo, antes de cumplir los diez años mi tío Lucho me obsequió tres libritos de la Editorial San Marcos que me marcaron inmensamente pues me hicieron descubrir dos cosas extraordinarias: El Teatro y a William Shakespeare. Y qué obras: Hamlet, Macbeth, y El Mercader de Venecia.  Desde entonces Will y yo somos patas del alma, aunque la verdad a Hamlet no la capté mucho, más me gustaron las otras. Mucho le debo a mi tío Lucho, descansen en paz sus nada santos huesos, pues no solamente me metió a Shakespeare por los ojos, sino también me enseñó a jugar al Ajedrez y cada cierto tiempo me regalaba libros fuera del main-stream. Así, creo, me entró el bicho de lo contestatario. Suele pasar así.

Concedámosle espacio a las lecturas “no calculadas”, es decir a los libros y otros textos que  leí sin que estuvieran en modo alguno pensadas para mí, o por lo menos con algún tipo de supervisión adulta. De hecho en mi casa esa supervisión brillaba por su ausencia. Si mis viejos hubieran sabido lo que leía el mocoso, se les hubieran parado los pelos. Los mayores compraban para sí novelas de temática adulta, best-sellers, algunos bien escritos, y los ponían con los demás libros. Así que este pechito se los enchufaba a velocidad de Grand Prix. Así leí a Upton Sinclair y su serie sobre Lanny Budd, a Harold Robbins, de descarnada narrativa; a Janet Taylor Caldwell, autora muy vaporosa aunque interesante, e incluso libros de cruda temática sexual o cultural, que entraron en mi novel mente antes de cumplir los diez años, con efectos más o menos catastróficos. La verdad, muchas de estas lecturas no eran adecuadas. Pueden constituirse en factor de “sobre-adaptación”, y aunque proporcionan claves para la comprensión de los conflictos de los adultos que repercuten en los niños y jóvenes, no deberían abordarse sin supervisión parental cercana. Yo sé lo que me costó entender, como dice Marguerite Yourcenar, que la vida no está sólo en la palabra escrita, pues no cabe entera. Entre otras lecturas “por fuera” que un ávido jovencito lector abordaba estaban las revistas de tipo Vanidades, Buenhogar y Cosmopolitan, leídas por mi madre, tías y demás féminas de la familia. Las llevaba a mi dormitorio a escondidas, y las devolvía a su lugar con la debida rapidez, antes que se echaran en falta. Si me hubieran confrontado entonces con el hecho no lo hubiera confesado ni sometido a tortura con caballos salvajes, no parecía muy varonil eso de leer revistas femeninas, aunque en verdad eso no me preocupaba. Me llamaba oscuramente la atención ese otro lado de la especie humana, así que seguro trataba de enterarme así qué pensaban y sentían esas extrañas criaturas del Señor. Leí así a Corín Tellado, que la verdad no me impresionó nada. Ciertos artículos me llamaban la atención, otros me dejaban frío. Era lectura descartable, si no había nada más interesante a mano. Todo eso lo leía a espaldas de la familia, y tenía el sabor de lo prohibido. Fueron las primeras veces que leí sobre sexo como actos que las personas realizaban. Debo decir que estas lecturas sin guía me indujeron a muchas preguntas, pero también a grandes confusiones. Fue interesante, por supuesto, pero nada conveniente. Supongo que eso es discutible.

Colofón

Hasta aquí la Crónica. No estoy cumpliendo mucho con mi propia promesa de disparar una cada Sábado, pero es que la verdad no es tan fácil como creí en un principio. Pero si fuera fácil seguro no valdría mucho. Trato de mostrar un proceso, una pasión, incluso una obsesión, y trato de hacerlo de manera que pueda contribuir a fomentar la Lectura. Y es así que lo dejo así, y termino como siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás, brother.

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