domingo, 11 de agosto de 2013

CUANDO "ESAS RUINAS" SEAN "MI HUACA", por Ulla Holmquist


CUANDO "ESAS RUINAS" SEAN "MI HUACA"


(Nota: 
Me solicita Ulla este espacio
 y a ciertas cosas yo
 no sé decir que no. Además yo también tenía mi Huaca Pucllana)


He vivido más de 20 años mirando desde la ventana de mi casa materna la huaca Mateo Salado. Desde niña esos montículos informes de tierra han sido parte ineludible de mi paisaje cotidiano. En mi niñez, pasé del mirarla a observarla - de manera quizás semejante a cómo observaba los huacos en las vitrinas del Museo Nacional al cual iba porque le pedía a mi mami ir allí en vez de ir al cine. Tenía suerte, vivía muy cerca.


Más adelante, en mi adolescencia, gracias mi recordado profesor Ortiz quien en 1º de secundaria hizo que me enamorara de la historia “prehispánica” - aquella que yo necesitaba tanto para entenderme como persona - ya no sólo la observaba. La pasión de mi profesor logró despertar muchas preguntas que necesitaban respuestas, y es así que estudié Arqueología, comenzando un diálogo personal con esta huaca y otros “sitios arqueológicos”. Más adelante, estudié Museología, y es entonces cuando de mirar, observar y conversar pasé al contemplar. Y al contemplarla, esa antigua “ruina” reconocida y entendida como “sitio arqueológico” pasó a convertirse en “mi huaca”. 


No sé si todos tengan “su huaca”. Lo que sí sé es que ese proceso de reconocimiento y apropiación tomó un tiempo, necesitó de intermediadores amables, cariñosos, apasionados, y de muchas experiencias directas, sensoriales, concretas, con ella.


Yo a ella la conocí de cerca, entablamos una amistad, y ahora tenemos una relación. Es decir, la quiero. Y porque la quiero, quiero que más gente la conozca, converse con ella, la contemple y la disfrute. No porque en un libro haya visto impreso y leído la frase “los sitios arqueológicos son patrimonio nacional” o “hay que cuidar las huacas”. Por supuesto que es muy importante que haya mucha información y además que se incluya ésta en los textos escolares como lo está ahora, como está bien también que la ley exista y que sancione a quienes la incumplen, y atenten contra el patrimonio de la nación. Es más, cuando mi generación estaba en el colegio, el tema de la protección ni estaba en los textos, ni las leyes ni procesos de protección existían (que se cumplan o no ahora, es tema para otra nota). Y las huacas de la ciudad eran botaderos de basura. Y los museos eran bien aburridos.


Y es mi generación (y las anteriores) la que construye los edificios de 20 pisos o más frente a las huacas, y la que se tira abajo el complejo Paraíso para tener más terrenos que vender… Es mi generación (y las anteriores) la que está parada en la orilla contraria a la “protección del patrimonio” mirando aún a las “ruinas” de un pasado que desconocemos, y que no hemos reconocido como parte de lo que somos. Y eso no se arregla con un discurso, no se arregla con un texto, no se arregla ni se “inculca” como no te pueden “inculcar” enamorarte de alguien. 


Entonces, ¿cómo se arregla? ¿cómo se hace para que un constructor decida no construir un edificio de 20 pisos que afecte el horizonte visual que se puede apreciar desde el hermoso mirador de la huaca principal de Mateo Salado? ¿Cómo se hace para que si se le ocurriese hacerlo pueda considerar sus propios afectos y tomarlos en cuenta para evaluar la decisión, porque él también quiere que cuando te subas tú a ese mirador, tu familia, y la gente que viene de otro lugar a conocernos, pueda ver a nuestro hermoso mar, nuestro cerro San Cristóbal y sentirse allí, en medio de un recodo impensable de silencio amable en medio de una ruidosa y gran ciudad, parte de una historia milenaria?


No sé si se arreglará ahora o pronto, porque ello requeriría que esos constructores hubieran no sólo tenido “cursos de historia” en el colegio, sino que alguien los hubiese llevado a abrazar a una huaca. A conocerla. A mirarla, luego a observarla, a conversar con ella, a enamorarse de ella, a quererla. Y nuevamente, a abrazarla. Y la fórmula es simple, pero a veces nos la olvidamos: No se cuida lo que no se quiere. Y si bien no se puede inculcar o adoctrinar en el amor, sí se puede seducir y coquetear… O eso no vale con el patrimonio?


Y de eso nos hemos olvidado. ¿Quiénes? Precisamente, los “gestores del patrimonio”. Urge que entendamos que nuestro discurso intelectualizado del valor de nuestra historia, de nuestro patrimonio y de su protección, debe volverse experiencia, contacto, exploración. Seducción y coqueteo. Juego.


Y por ello, admiro, aplaudo y me emociona cada esfuerzo que apasionados profesores hacen desde su aula por generar experiencias de este tipo con sus alumnos y alumnas, desde una edad temprana… Y por ello también, cada vez es más claro que nuestra esperanza radica en las alianzas que se deben fortalecer entre Escuelas y Museos, entre Escuelas y Sitios Arqueológicos, desburocratizando y facilitando acercamientos y el uso para la educación de cuanto sea posible: materiales, espacios, personal. Porque los niños y niñas que hoy están abrazando a sus huacas - gracias a sus profesores y profesoras, a sus padres, a los museos, sitios y proyectos arqueológicos que se esfuerzan por ofrecer experiencias de exploración, indagación, juego y disfrute - , serán quizás médicos, chefs, abogados, alcaldes, ingenieros, financistas, profesores, congresistas, contadores, arqueólogos, economistas, artistas, y etcétera, diferentes a los de hoy. Diferentes no porque sean “más buenos”. No. Diferentes porque en su historia personal esa experiencia de aprendizaje directo con el valor del patrimonio, nadie se las contó. Ellos la vivieron. 


Somos una de esas pocas ciudades en el mundo que se puede ufanar de 4,500 años de vida continua, como bien dice mi querido amigo Javier Lizarzaburu al recuperar y comunicar tan valiosísima información en su campaña Lima Milenaria. 4,500 años de historia. De uso de este espacio común. Sí, por donde camines han caminado cientos de miles antes que tú, y han construido sus casas, sus plazas, sus almacenes, sus templos, sus observatorios… y tenemos el PRIVILEGIO de poder conocerlos aún, “a al vuelta de la esquina”… 


Pero no basta con tener estas evidencias y mirarlas todos los días. Y ponerlas en valor para el turismo. Y contar desde ellas la historia “de los antiguos peruanos”… Sólo cuando sean “nuestras huacas” contaremos desde ellas “nuestra historia” a otros. Sólo cuando sean “nuestras huacas” el constructor, el urbanista, el explorador minero y el ingeniero, evaluarán con más criterios sus posibles decisiones. Y uno de esos criterios será quizás la emoción que le genere esa huaca, que le recuerde el amor temprano que sintió por “su huaca”. 

Ulla Holmquist Pachas

* Más adelante, una nota sobre algunas experiencias valiosísimas de apropiación del patrimonio histórico, de conciencia histórica, que yo prefiero llamar de “seducción” histórica.


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