martes, 1 de febrero de 2011

DISCIPLINA Y VALORES ¿CURSO CÍVICO-MILITAR?

Nos llamó la atención días atrás una noticia publicada en El Peruano, respecto a la implementación en el Callao de un así llamado “Curso Cívico-Militar”, que sería obligatorio para los estudiantes secundarios del primer puerto. La noticia no dice mucho más, sino que la justificación estaría dada debido a “que un sector de la juventud ha perdido valores fundamentales como el respeto al prójimo y a la propiedad lo que tiene como desenlace el pandillaje y la delincuencia. (SIC)” Son palabras atribuidas a Félix Moreno, Presidente Regional del Callao.

Dícese también que “el curso no implicará marchas con pasos militares ni el uso de indumentarias castrenses, pero sí el reforzamiento de la cultura cívica de los estudiantes para contribuir a su formación como hombres de bien.” Gracias a Dios el Ministerio de Educación ya se enteró y puso el correspondiente grito en el cielo, aunque ampliamente edulcorado por la necesidad de transar con las autoridades políticas, que por alguna razón parecen ser bastante expertos en Educación “Cívico-Militar”.

Me pregunto qué estará pasando con el curso de educación ciudadana y cívica en el Callao que no pase en el resto del país. Cuál podrá ser la diferencia. Ya sabemos que ese curso es bastante inoperante, como lo son, dicho sea de paso, los de Comunicación, Matemáticas y Ciencias (A PISA 2009 nos remitimos), pongamos por caso. Pues mirando bien parece que con el curso no pasa nada especial. Tal vez sea la situación del Callao. Sabemos de más que el Primer Puerto, y como buen puerto además, cuenta con su cuota de delincuencia común. Y según parece, la delincuencia que, por desgracia, caracteriza al Callao, requiere de algún tipo de respuesta política. O cuando menos la finta de que algo se hace. Y se les ocurrió esta simpática medida de crear un “curso cívico-militar”, a la sombra, claro está, de la diversificación curricular. La justificación ensayada por el presidente Regional se refiere directamente a valores como el “respeto al prójimo y a la propiedad”, que serían, si comprendemos bien la noticia, causas de la formación de pandillas y de la proliferación de la delincuencia.

No deja de ser interesante que, interesadamente o no, se confundan causas con consecuencias. Creemos, sin lugar a dudas, en la capacidad de las autoridades del Puerto para entender los problemas. Y sin embargo, tengo entendido que el asalto y el robo – a esto se refieren con los eufemismos de “falta de respeto por el prójimo y la propiedad” – son una consecuencia del ingreso de jóvenes concretos, reales, con nombre y apellido, piernas y brazos, en la delincuencia. No al revés. No es que primero eres “malo”, y luego haces “cosas malas”. Es teniendo en tu entorno “cosas malas”, y viendo hacer “cosas malas” es que aprendes a copiarlas, y en la copia y perfeccionamiento de esta habilidad es que te vuelves “malo”. Y que me perdonen mis lectores por este argumento, pero estoy obligado a ponerlo de manera que lo entiendan las autoridades del Puerto.

Esto de señalar como causa de todo mal social a la “falta de valores” honestamente ya cansa un poco. Escuchar a algunas personas pontificar sobre los valores, como si supieran de qué se trata, y confundirlos con los hechos concretos de la vida sería jocoso, si no fuera porque los que así se expresan son autoridades elegidas, y sus carencias de entendimiento desembocan en curiosidades como un curso cívico-militar para “reforzar” valores. No entiendo cómo se puede “reforzar” algo que se ha tipificado como “carencia”. Si no hay, no hay nada que reforzar, pues. Hay que “crearlos”, “traerlos” o “instilarlos”. El Ministerio de Educación, con mejor criterio, prefiere “formarlos”, que aunque no le ligue, es mejor que imponerlos a patadas.

La lógica de las cosas, obviamente, sería bien aumentar las horas de educación ciudadana y cívica, o bien mejorar su calidad, o mejor aún, ambos. Pero aparentemente eso no da réditos políticos, ni produce la finta de hacerle creer a la población que algo se hace contra la delincuencia, o cuando menos que existe algo que recuerde más que sea de lejos a una política al respecto.

Es que hay temas escondidos debajo. Se habló de “monitores” proporcionados por la Marina de Guerra, para plantear “disciplina”, y, suponemos, introyectar “valores”, aunque eso de introyectarlos espero que alguien me cuente como se hace. Digo, de verdad, porque si se trata de emplear el garrote para que los alumnos chalacos saliven disciplina y valores, bueno, ya sabemos que muy bien no funciona, por más monitores y por más Marina de Guerra que se meta en el tema. Por supuesto, a falta de definiciones claras o ideas precisas sobre el tema, se cae en los lugares comunes ya escuchados. Y todo indica que esos lugares comunes, que se quieren imponer como la lógica de las cosas, son los que presiden esta curiosa decisión del Gobierno Regional. Según estas extrañas ideas todo tiempo pasado fue mejor, y como la vetusta Instrucción Pre-Militar funcionaba y a la vez no había tanta delincuencia, se hace la correlación automática de que uno supone el otro, y ya está. Y la disciplina consistirá en marcar el paso y obedecer sin chistar. Es decir, la aplicación de la famosa política de “contención”.

Me detengo en esto de la “contención”. Este término es de lo más curioso y merece una poca de análisis. ¿Qué es “contener”? A mí me sugiere algo que se nos viene con una fuerza eventualmente destructiva, y a lo que hay que ponerle un dique. Si nos atenemos a lo señalado, esa fuerza ciega es la delincuencia, la que se produciría por “falta de valores”. Y como la mayoría de los que entran a este inframundo de la delincuencia lo hacen durante la adolescencia y juventud, pues entonces hay que contener esa entrada de niños y jóvenes a la delincuencia. Y hasta acá, qué duda cabe, podríamos tener un cierto acuerdo. Nadie puede estar de acuerdo con los asaltos y los robos. Y algo hay que hacer al respecto. Lo que objetamos es que la aplicación a rajatabla de esa llamada “disciplina” y la formación de valores vengan de la mano con un curso “cívico-militar”. Es indudable que la adolescencia y la juventud son etapas de la vida. Los niños aprenden lo que viven. El niño es el padre del hombre. Y si el niño es mal formado, lo demás sería simplemente contención. Pero la adolescencia en nuestro país es un período que tiene demasiado de desencantamiento, demasiadas contradicciones irresueltas, muy poco de alternativas de vida. Y produce, por ende, una reacción agresiva. Como el curso se propone para Secundaria, suponemos que es a esta agresión ciega a la que se le propone como dique un curso “cívico-militar” de reforzamiento de valores.

Y la disciplina. Ah, la famosa disciplina, tan asociada en nuestro país al garrote y al principio de autoridad. Se nos olvida tan fácil que la disciplina es un sustantivo y no un adjetivo. Que la disciplina se define como la habilidad (HA-BI-LI-DAD, no imposición) de poder centrar el esfuerzo personal o social para obtener un resultado determinado. Y que ello requiere formar el “carácter”, la “fortaleza” de la persona o el grupo, precisamente para poder centrar los esfuerzos y evitar la dispersión. Pero acá confundimos el “carácter disciplinado” del militar que cumple órdenes con la “disciplina”, que es la habilidad de centrarse en cumplirlas. No en vano se llama “disciplina” a las matemáticas, la física o la filosofía, pues para estudiarlas y conocerlas se requiere centrar el esfuerzo en su aprendizaje, seguir sus reglas, abocarse a entenderlas. Esfuerzo personal, sí, pero con establecimiento de un “foco” en el cual esforzarse. Es decir, la disciplina no va de fuera adentro, sino de dentro afuera, como una habilidad aprendida, con actitudes más. Pero acá asociamos disciplina a castigo. La “disciplina” no es un “valor”, es una habilidad. El “ser disciplinado” sí muestra el valor de la “fortaleza de carácter”.

Aparte de este tema de la disciplina, que no se menciona pero que se supone, está el de los “valores”. En las penosas declaraciones del presidente regional se dice que la “juventud” ha “perdido” valores. Interesante concepto ese el de “perder valores”. Habría que ver primero si los jóvenes delincuentes en potencia a los que se quiere contener, se los han encontrado en alguna parte del previo camino de la vida, y si estos son los valores sociales que suponemos correctos. Porque nadie puede perder lo que jamás ha tenido. Si los valores de “respeto al prójimo y a la propiedad” se han perdido, sería bueno empezar por ver si en algún momento se adquirieron. Los educadores sabemos que los valores no pueden imponerse con acciones estereotipadas, so pena de crear hipocresías y dobles discursos con los que simplemente disimulamos el problema y lo enredamos más. Y sabemos que de lo que se trata en términos formativos es de fomentar actitudes que conlleven acciones, lo que significa tomar la vida tal cual es, como al proverbial toro, por las astas. De nada sirve decir que esto es lo que le gusta a alguna entelequia, tal como Dios o la Patria, sin formar las emociones y proporcionar cuando menos alguna explicación racional de por qué es preferible el valor “x” al valor “y”. Y es viejo el chiste ese que mencionaba al chiquito cuyo padre le dice que hay que decir siempre la verdad, pero que cuando el cobrador llama a la puerta, debe decirle que el papá no está.

Me he cansado de escuchar jóvenes que dicen con todas sus letras que no hay nada qué hacer en esta sociedad, que todo es plata, que todo es simplemente una suciedad andando, y que lo único que hay es vivir como se pueda y ganar plata. Perdón, ganar plata y vivir, el orden cuenta. Y el resto qué importa. Jamás olvidaré a una señorita que insistía en que nada se podía hacer, y traía como ejemplo un acto de injusticia que simplemente no se resolvía nunca. Estos jóvenes han captado, a mi entender perfectamente, de lo que se trata la cosa. No podemos engañarlos con frasecitas bien construidas. Saben que hay corrupción, saben que hay engaño, saben que cualquier discurso sobre valores es vacío, es contradictorio, o peor aún, sirve a algún interés. A no ser claro, que todavía siga creyendo en pajaritos, y que hay gente así, la hay a montones. Muy conveniente para algunos, parece. No extraña así ni la emigración ni la delincuencia como reacciones lógicas de esa juventud abandonada a su suerte. Y los que se van de nuestro país no son por lo general los menos audaces e inteligentes.

Volviendo al malhadado curso, se ha precisado que no se empleará indumentaria militar o que no se realizará marchas militares. Esto parece ser una concesión a esas malhadadas nuevas ideas educativas – que en realidad son bastante antiguas – de “educación para la libertad” y demás monsergas ideológicas importadas del extranjero por malvados iconoclastas enemigos de la patria y sus instituciones tutelares …. caray, que el discurso conservador se contagia … Bueno, eso es porque para tal discurso el esquema pedagógico básico a emplear es la repetición pavloviana. Y ella es magnífica para enseñar a salivar, de repente para marcar el paso, pero para poco más. Y así seguimos sin entender qué tendrá de militar el curso de marras. La Educación y la Instrucción militares sirven para una cosa en específico, y ella es formar soldados. Ese es su objetivo y ese es su razón de ser. Gente con capacidad de seguir órdenes y eventualmente darlas, en la consecución de los objetivos políticos que se dirimen por medios armados. ¿Es a eso a lo que se dirigirá el Curso “Cívico-Militar”? Porque esto de amar a la patria y a los símbolos sagrados me suena algo más bien para ser trabajado desde la Primaria. Lo militar no existe para fomentar valores, ellos se suponen vienen dados desde la sociedad, es decir, suponiendo que haya algo que valga la pena defender en ella.

La educación militar bien entendida no crea matones, sino soldados con disciplina suficiente para seguir órdenes en función de objetivos. Las instituciones armadas son sociedades con sus propias reglas y normas, basadas en una jerarquía necesaria para el cumplimiento de órdenes, diseñadas para defender al conjunto de la nación. Por desgracia ello no siempre se la ha entendido así, como nuestra historia de caudillaje y pronunciamientos militares nos muestra. Pero la “militaridad” tiene un carácter que no tiene el resto de la sociedad, que es que se entrena y se instruye para el uso de la fuerza orientado al objetivo de vencer. Y mientras el mundo no esté formado por corderos, sino también por lobos, debemos estar listos para ser corderos con el cordero y lobos con el lobo (Manuel González Prada dixit). Si vis pacem, parabellum. Podemos deducir que todo este asunto del curso “cívico-militar” parece sugerir esta característica del uso de la fuerza como argumento para “contener” a los enemigos de la patria.

A nuestro modesto entender, esto es una simple manera de hacerle creer a una sociedad atemorizada el cuento de que se empleará la fuerza militar para “contener” a pandillas y delincuentes, y para asociar a los “delincuentes” como “enemigos de la patria”. Así preparamos la intervención de carros blindados que dispararán en todas direcciones sin preguntar. Porque los “enemigos” solamente se merecen bala, en este curioso revolvimiento de conceptos. Pero da la casualidad que estos “enemigos” son, ni más ni menos, nuestros hermanos e hijos. No creemos que la Marina de Guerra se vaya a prestar a una manipulación tan burda por parte del poder político. Después de todo, son militares, no matones. Aunque supongo que entre ellos también hay nostálgicos de la “disciplina”.

Si toda la sociedad está organizada en torno a valores sociales muy específicos orientados al consumo y a la ganancia fácil; si toda la sociedad nos dice que el vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo; si el famoso chorreo no chorrea y no existen mejores opciones para los jóvenes que la emigración o la delincuencia; si los medios de comunicación hacen del asesinato y la muerte su principal noticia diaria; si el narcotráfico se difunde como la fiebre amarilla; si nuestros gobernantes nos señalan que “la plata llega sola” y que la autoridad consiste en la imposición hasta el grado de la agresión física; si las familias están desorganizadas y desorientadas por la pobreza y la anomia … ¿se puede saber qué demonios va a lograr este curso “cívico-militar”?

¿Proporcionará una alternativa viable a la formación de pandillas? Si las instituciones educativas no lo logran, con la enorme cobertura que poseemos, no veo como este curso en particular vaya a hacerlo. Una pandilla es, fundamentalmente, un conjunto de jóvenes carentes de referentes sociales positivos, nucleados alrededor de valores como el respeto a la fuerza, la carencia afectiva compartida, una suerte de estoicismo brutal y la lealtad al grupo. ¿Qué puede hacer este curso en cuanto a instilar valores alternos que tengan la misma fuerza que los pandillescos, si maestros y padres están igual o peor de desorientados que estos jóvenes? ¿Volveremos a los tiempos de “A la droga dile NO”, sin razones, sin explicaciones, solo en base a slogans, estos sí, importados del extranjero?

¿Reducirá la delincuencia? Es decir, y sin engañarnos, ¿reducirá el número de jóvenes que ingresan al inframundo de la ilegalidad, cuando la ilegalidad “es”, en este mundo trastocado, la legalidad? ¿Cuándo la sociedad misma vive una perversión axiológica y el inficionamiento de la delincuencia organizada del narcotráfico, que no es detenida – a veces creemos que es fomentada – por los que tienen la responsabilidad de mantener el orden social? Lo que estos jóvenes chalacos y peruanos necesitan no son “valores” inyectados a la fuerza, son alternativas de vida. Y no solamente ellos, sino las familias – todo delincuente proviene de una familia –, los maestros y los medios de comunicación. Es decir, aquellos que supuestamente tienen el rol de asegurar la continuidad de los valores sociales, sirviendo de correa de transmisión de éstos. Los mismos valores sociales están trastocados, y sabemos positivamente que en nuestro país en crecimiento económico no se da el desarrollo social correspondiente, y se deja a amplios sectores de población a su suerte. Y esto es percibido por nuestros jóvenes cuando alcanzan una cierta comprensión del mundo que los rodea.

El “respeto por el prójimo y la propiedad” se logra formando a nuestros alumnos en el conocimiento y la emoción de que el cuerpo humano – el propio y el ajeno – es sagrado. Que no me puedo apoderar del borrador del vecino sin antes solicitarlo. Que el ladrón y el asesino son juzgados por la sociedad y castigados, y no soltados por la mal llamada Justicia en nuestro país. Que el trabajo y los derechos del trabajador honesto y decente son respetados, y que la buena fortuna se debe al esfuerzo y la habilidad personales. Que la corrupción y el narcotráfico no pagan, sino que crean sociedades jerarquizadas con la misma o peor explotación y que se sale de ella en piyama de madera y los pies por delante. Que el mundo no es perfecto y que siempre estamos intentando hacer las cosas mejor. Que la sociedad civilizada se esfuerza para que todos surjan y para eso se necesita guardar orden y ejercitar valores.

Si en nuestra sociedad la corrupción – la principal forma de delincuencia, curiosamente dejada de lado por el cursito de marras - está tan institucionalizada que ya es norma de vida, lo que necesitamos es un esfuerzo nacional contra la corrupción. Vienen las elecciones. Miremos cuales candidatos nos aseguran que ese esfuerzo contra la corrupción se hará y será efectivo. Compulsemos sus ideas con las terribles realidades. Como decía Brecht, alcemos el dedo, y preguntemos “Por Qué”. Insistamos en que nos expliquen cómo piensan prevenir y enfrentar la corrupción.

Finalizo el presente artículo con una reflexión del Mariscal Ramón Castilla. Decía el viejo militar, dos veces Presidente Constitucional del Perú, que la corrupción no era algo tan negativo en las clases bajas de la sociedad. Cazurro y criollón como era, se percataba con claridad que la corrupción era mucho peor en las capas altas, porque desde ahí se contagiaba, para emplear sus términos, “como la fiebre amarilla”. Los valores se transmiten por procesos de mímesis social, no por cursos “cívico-militares” sacados de la manga.