viernes, 25 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 3)



Inicio esta Tercera, y espero que última parte, recuperando las ideas fuerza mencionadas en las partes anteriores. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera de gobernar que tienen los mandamases, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Vale decir, aquellos gobernantes que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Y dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de ellos, especialmente cuando estamos en el trance de elegir a alguno de ellos.

Esta tercera parte se la dedico al Señor Presidente de la República, Don Ramón Castilla y Marquesado. Gobernó estas tierras y sus habitantes varias veces, como Presidente Provisional y como Presidente Constitucional. Él es quizá el mejor paradigma de todos, en la medida que siendo perfectamente hijo de su época, supo mirar el futuro y dejar encaminada a la Nación.

Orígenes psicosociales de Ramón Castilla

El Maestro Jorge Basadre dice de Ramón Castilla que fue el epítome y resumen de todo lo que es auténticamente peruano. Por ello nos llama la atención que fuera hijo de bonaerense. Más o menos como Don Miguel Grau, hijo de colombiano, y Don Francisco Bolognesi, hijo de italiano. Según parece, y dado lo que era “ser peruano” entonces – harto distinto de hoy – parece que ser “español” o ser “indio” no era ser demasiado peruano allá por esos años de principios y mediados del Siglo XIX. Tal vez heredamos ello de la Conquista. Los que vinieron acá, los que “ganaron el Perú” combatiendo contra los guerreros del Tahuantinsuyo, y sus hijos, los “criollos”, dejaron una marca de la que aún no terminamos de desprendernos. Tal vez para ellos, o para algunos, el “ser peruano” era algo que más bien había de ganarse. Y si alguien se lo ganó, ese fue indudablemente Ramón Castilla.

Esto me da pie a varias hipótesis y una reflexión sobre la “peruanidad”. En nuestro país hoy por hoy resulta imposible hacer un acercamiento étnico a la “peruanidad”, por lo imposible que es diferenciar las estirpes. Desde una perspectiva puramente práctica, hoy en día no es posible separarnos, y cualquier concepción moderna de la “peruanidad” tiene que tomar en cuenta este hecho. Pero esto no era tan cierto a principios del Siglo XIX. Las líneas sociales trazadas por la sociedad estamentaria española en América que nos habían dejado y con las que había que convivir, estaban marcadas por las diferencias establecidas legal y socialmente desde la Piel y la Plata. Tras la Independencia, los grupos sociales estaban más o menos igual que durante el Virreinato: Los indios, explotados como siempre o incluso peor; los negros, esclavos; los blancos, terratenientes o comerciantes o comechados. Si hubo algún grupo que con la Independencia cambió radicalmente su situación, ese grupo fue el de los desubicados, los perdidos, los “fuera del sistema”, es decir los mestizos. De ser “casi inexistentes” según la legislación hispana anterior a la Constitución española de 1812, pasaron a ser, de alguna manera, “gente”. Esto tuvo que impactar el cotarro social de entonces, porque muchos mestizos se abrieron paso socialmente haciendo carrera pegados al aparato del naciente estado moderno español constitucional - y luego peruano -, básicamente el aparato militar. Y la milicia colonial entre 1812 y 1820 fue la cantera de los oficiales que terminarían combatiendo contra los realistas durante largas campañas y librando batallas en Macacona, Torata, Moquegua, Zepita, Junín, Ayacucho y los Castillos del Callao. Y así deben haberlo sentido de algún modo los defensores de esta Patria repentinamente naciente, la que justamente por ser defendida con uñas y dientes la sentían como propia, como su niña bonita, como su propiedad. Una Tradición de Ricardo Palma muestra a un montonero capturado por los realistas, a quien un oficial español le espeta. Y a ti, ¿qué te ha dado la patria, pobre diablo?, y la retadora respuesta del montonero: La patria me ha dado este sable para defenderla, y para cortar pescuezos de godos.

De alguna manera el caudillismo de los primeros años de la república resultó ser una especie de “igualador social”, pero solamente para algunos mestizos y contados mulatos. La cualidad del “ser peruano”, el ser reconocido como integrante verdadero de esta patria recia y guerrera, hubo que ganársela en los campos de batalla contra los realistas, y en este aspecto el resto de los “peruanos” fuimos extraordinariamente laxos y ambiguos. Las grandes batallas de nuestra independencia fueron libradas por peruanos, pero la mayoría de ellos estaban en las filas de los realistas en calidad de carne de cañón. Y como hemos dicho, los oficiales peruanos de la Independencia, entre ellos el veterano de Ayacucho Ramón Castilla, se formaron en el ejército realista, y luego se enrolaron con los patriotas. Tras la Independencia, y como consecuencia de su cualidad de guerreros en la defensa de la Patria, había cierto desprecio de los militares por los civiles quejosos y acomodaticios, y parte de este desprecio se expresaba en la forma de una suerte de patriotismo montonero, en el que el gobierno y el poder político, a veces muy limitado, estaban a merced del más sanguinario o astuto arrastrador de sable.

Vale la pena mencionar que no fueron solamente mestizos los que se comprometieron con este novedoso Perú republicano. Miembros de otros grupos sociales hicieron suya la idea y el sentimiento, y se ganaron su espacio, uno de los muy pocos espacios de inclusión social que existía por entonces, pero que se abría precisamente porque los habitantes de este territorio habían dejado de ser súbditos de la Corona española para convertirse en ciudadanos de la libre República del Perú. Tal vez haya aquí uno de los lugares donde haya que buscar esa promesa de la vida peruana, y esa idea primigenia de los primeros hombres de la República, de la que habla Basadre.

Ramón Castilla, el hombre

Nacido en Tarapacá, en el medio del Desierto más seco del mundo, seguramente su carácter no fue nada contemplativo, sino más bien de acción directa, y de una sola pieza. Rudo en sus maneras, poco cortés, en el sentido medio hipócrita que a veces se le da a esta palabra, su trato era muy familiar, y empleaba el tú para referirse a la mayoría de las personas con las que conversaba. Tenaz en sus propósitos, astuto y calculador, y de intuición que compensaba su pobre educación, sus cualidades y rasgos lo podrían colocar, como quiere Basadre, en la categoría social de plebeyo.

A pesar de las muchas acusaciones de enriquecimiento ilícito que le obsequiaron sus contendores políticos, Castilla murió pobre. Claramente, no robó, aunque a veces se le pasó el gasto. Claro que tampoco armaba mafias para tirarse la plata. Ello, unido a otros datos sobre su persona, demostraría que, como el Virrey Toledo, era razonablemente inmune a la codicia, otra vez por la razón de que quien nada desea, nada apetece. Pero al revés del Virrey, contenido y sobrio, Castilla era fanático de las féminas, la cacería de patos y el juego del rocambor. Disfrutó todo lo que la vida le dio, pero no más. Y ello porque, un tanto como era el espíritu de su época, vivió con una tremenda intensidad y audacia. Resulta difícil hacer un recuento de todas las ocasiones de su vida en las que Don Ramón demostró esa intensidad, pero que podía ser impulsivo, podía. En especial si le tocaban el Perú. Porque el rasgo quizá más notable de su persona era un viril patriotismo. Siendo presidente del Congreso con posterioridad a su Presidencia, y con los buques españoles ocupando las Islas Chincha, al borde mismo de la Guerra con España, escucha asombrado desde su curul al Presidente Pezet pretendiendo negociar con los chapetones que le quieren ocupar la Patria. Y reacciona agresivamente contra el Presidente que en su idea está traicionando a la Patria, se sale violentamente de su curul, se lanza contra el Presidente de la República y ante el asombro de la representación nacional, lo echa por tierra a puñetazo limpio.

Y así como era agresivo, audaz y arrojado, tenía la característica del buen humor. Porque las ocurrencias de Castilla se hicieron proverbiales, hasta el extremo de escribirse libros contándolas. Mostraba, en especial en su vejez, la ironía propia de aquellos que conocen del mundo y sus demonios, pero nunca llegó al sarcasmo sangriento. Estaba protegido por su juventud de espíritu, su indeclinable cariño por el Perú, y la creencia desmesurada en su propio destino.

Ramón Castilla y Marquesado, Presidente del Perú

De estos entornos e ideas provino Ramón Castilla, hombre, soldado y presidente del Perú. Sin embargo, la Historia le reconoce cualidades que de alguna manera no tuvieron otros. Como hombre, soldado y político, estaba empeñado en lograr algún tipo de orden en la República, y por ello fue siempre partidario de los gobiernos fuertes. Parte de esta fortaleza era la solidez legal y constitucional, y por ello tal vez a Ramón Castilla siempre lo encontraremos en la línea política más apegada a lo legal posible, siempre y cuando ello no pusiera en peligro la existencia de la problemática Patria de entonces. Por ello fue uno de los más duros adversarios y enterradores del experimento de la Confederación con Bolivia entre 1836 y 1839. Astuto y trejo, ejerció cargos de gobierno con Gamarra, entre ellos el de Ministro de Hacienda. Nada mal para un soldado de vocación que apenas sabía leer, escribir y contar. Sus escuelas fueron solamente el ejército y la vida. Y ello debería darnos qué pensar acerca de esa oligárquica visión de los “inteligentes” en el gobierno, entendiendo por inteligentes a los que tienen cartón de San Marcos, claro. Un cartón no te hace buen Ministro o buen Presidente necesariamente.

La obra de Castilla como Jefe de Estado es ingente y bastante conocida. Pero siempre vale la pena señalarla. Porque si queremos ver la obra duradera de Ramón Castilla no podemos sino mirar alrededor de nosotros. La de coyuntura no es deleznable: Hacienda saneada, dinero en la caja fiscal, presupuestos ordenados, finanzas correctamente manejadas, orden constitucional, burocracia funcionando, ejército y marina de verdad, barcos a vapor, ferrocarriles, exploración de la selva, Libre Navegación en el Amazonas, defensa del continente frente a la agresión neocolonial, defensa acérrima e inclaudicable de la soberanía nacional, unidad de los americanos, apoyo a México contra la intervención francesa, alumbrado a gas, contacto con el mundo. Y ni siquiera he mencionado 25,000 esclavos y sus descendientes libres para siempre. Ni la supresión del indigno Tributo de los indios.

Su mayor preocupación como Presidente consistió básicamente en hacer plata, pero a diferencia de otros, para el Estado. Es decir, dedicó ingentes esfuerzos a arbitrar los medios necesarios para poder hacer cosas de importancia. De hecho es posible rastrear las investigaciones acerca del guano a su período como Ministro de Hacienda. Todo parece indicar que fue uno de los primeros en echarle el ojo al excremento de las aves guaneras como medio para poder construir un Estado. Y el hecho con seguridad debe de haberlo hecho sonreír. Pragmático él, usar la porquería de los guanayes en el país del Oro de los Incas, debió parecerle una broma del destino. Como buen hijo del Desierto, tendió siempre a seguir siempre la línea de menor resistencia, y no le temblaba la mano cuando en esa ruta había que hacer lo necesario, pero arbitrando siempre los medios legales y constitucionales para hacerlo. No siendo miembro de ningún partido, usaba a todos los que pudieran serle útiles a la República. Convocó a sus adversarios a hacer gobierno con él, siempre y cuando reconocieran quien era el Jefe. Se rodeó de las mejores cabezas del país. Pero su pragmatismo tenía límites concretos en los parámetros legales a los que ajustaba su acción. No se salía de la legalidad, pero dentro de ella se desenrollaba cuanto podía. Construyó el estado con lo que tenía a la mano, y nunca se quejó de que no fuera perfecto. Pareciera que su lema era “Lo Mejor es enemigo de lo Bueno”.

Porque si algo hay que decir de Ramón Castilla es que fue él el que construyó el Estado peruano. Gobernó durante dos periodos, de 1845 a 1851 y de 1856 a 1862. Doce años. Y su legado puede circunscribirse a una sola frase: Fortaleció el Estado, es decir la estructura básica de la gobernabilidad y de la convivencia humanas. Sin saberlo, era un estadista en el verdadero sentido del término. De hecho casi toda la estructura histórica de nuestro Ejecutivo y Legislativo, así como las relaciones entre ellos que permiten el Buen Gobierno, salió de su cabeza, conforme a la experiencia que iba acumulando en el día a día del gobierno efectivo. Nuestra República actual y su organización es, en todo lo básico, hechura de Castilla, modificada, mejorada – o empeorada – por los sucesivos gobiernos que le siguieron, hasta el día de hoy. Las Constituciones pasan, pero la estructura básica se quedó ahí, repetida todas las veces. Podríamos decir con cierta injusticia, parafraseando a Martí hablando de Bolívar, que en cuanto a la organización del Estado del Perú, lo que Castilla no dejó hecho, aún está por hacerse, o por lo menos por completarse.

La muerte de Ramón Castilla es el resumen de una vida dedicada al Perú. Castilla a los 69 años, levantado contra el gobierno que considera traidor a la Patria, muere en medio del Desierto, con las botas puestas, y murmurando en su delirio la palabra “Patria”.

Ahora hagamos algo con esta Información. Ramón Castilla presenta diversos caracteres, entre ellos la HONRADEZ, la AUDACIA, la TENACIDAD, la ASTUCIA, la SOBRIEDAD, la INTENSIDAD DE VIDA. Busca si esos caracteres están presentes en nuestros candidatos y anótale a cada uno un número 1 si lo tiene, y un 0 si no lo tiene El puntaje máximo es 6. El que más tenga más se parecerá a Ramón Castilla, el mejor Presidente que ha tenido el Perú.

Candidatos en orden
Alfabético

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y gracias por la paciencia.