sábado, 30 de abril de 2011

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO


Para mi amigo Ángel,
que quemó cerebro.


Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto, no son buenas, pero las drogas son parte de mi vida y son tan fuertes como el diablo
(Kurt Cobain)

niños que se ponen como motos / con goma para pegar 
(Miguel Ríos)

El problema con las drogas no es que sean malas, es que son buenísimas (Ernesto Blume)


No soy un experto en el tema, pero me parece que todo educador debería tener ideas claras sobre el problema. Estas son algunas de las mías.

Una generación de convivientes con las drogas

Desde que tengo memoria me han prevenido contra las drogas. Como mi niñez empieza a perderse en la oscuridad de lo antediluviano, eso es desde hace mucho tiempo. No es que supiera muy bien qué cosa era eso de drogas, pero sí que eran malas, muy malas, y que los padres responsables se preocupaban de ello, lo suficiente para sentarse con uno a hablar sobre el tema en una época donde no se estilaba que los padres hablaran con sus hijos. Naturalmente no era consciente de lo que pasaba, eso de las drogas a los 9, 10 u 11 años no es algo que a un chico de clase media en realidad le preocupe demasiado. Yo miraba más bien a las chicas.

Sin embargo, otro recuerdo me viene a la mente, tan marcado en ella como a veces ciertos sueños muy vívidos lo están. Estaba en la cancha de fútbol de mi cole, sentado en medio de un corro de chicos de mi tonelaje, tendríamos unos 9 o 10 años de edad. Uno de estos compañeros hablaba directa y frontalmente de lo rico que era el “asio”. Por supuesto, quería decir “ácido”, que se refiere a un tipo de droga alucinógena. No sé si en verdad este chico de diez años la usara, pero hablaba con tal convencimiento y con tanto gusto de los efectos que producía, que los que lo escuchábamos sentíamos esa especie de combinación de envidia, fascinación y celos que mostraría un chico virgen oyendo hablar de la primera experiencia sexual de alguien. La conversación, en la que yo intervine en absoluto silencio, derivó en cómo obtener el “asio” y otras drogas menores, aunque bacanes, como la marihuana. La cocaína aún no estaba muy de moda. No dudo que la mayoría de aquellos compañeros hicieron la experiencia, de manera inmediata o tardía. Algunos de ellos, como se decía entonces y ahora, “quemaron cerebro”, y fueron concomitantemente condenados a una suerte de ostracismo social, sea por condena moral, sea porque era más probable que en su compañía los consumidores no tan torpes terminaran por ser detectados. Alguno que otro de aquellos muchachos se especializó en el narcotráfico. Les va muy bien económicamente.

Durante décadas hemos convivido con las drogas. Muy poca gente hablaba con claridad de ellas. Se ponía por delante la condena moral. Quiso la suerte que mi humilde persona fuera elegida en algún momento para hablar en un evento escolar masivo sobre el tema de las drogas, de donde muy tempranamente me alisté en el bando de los no consumidores. Sin embargo, ello no me libró de las otras drogas, esas que no sabíamos que lo eran, y cuyo consumo era socialmente permitido y alentado, como el tabaco y el alcohol. Es más, su empleo se asociaba a los ritos de adolescencia. No se salía de la niñez sin el empleo de dichas sustancias. La condena no las alcanzaba, eran legales. Y claro, quien toca guitarra quiere cajón, y la gran mayoría de los jóvenes de clase media de mi época adolescente fueron consumidores de drogas ilegales en diferentes medidas. Hasta hoy muchas personas de mi generación se reúnen a puerta cerrada para fumarse su porrito, y conforman un mercado interesante por su capacidad de gasto. No haré al respecto fáciles juicios morales. Los adultos supuestamente sabemos qué hacer y qué no. Sin embargo, divierte ver gente hecha y derecha tomar infantiles precauciones propias de niños malcriados que hacen su travesura, para fumarse el tronchito.

La ruptura generacional

Esta generación ahora tiene hijos adolescentes y jóvenes, y creció en medio de la aceptación soterrada e hipócrita de las drogas ilegales combinada con la aceptación abierta de las drogas legales. Muchos de ellos son en la actualidad indiferentes ante ellas, y traspasan esa indiferencia a sus hijos. Más importante resulta prevenir el embarazo adolescente, por ejemplo, cuyos efectos son más decisivos en la vida y la economía de las personas y familias. Otros son más militantes y enfrentan en sus hijos el consumo de drogas ilegales, aunque aceptan el consumo de las legales. Naturalmente esta confrontación es tanto más inútil cuanto que la nueva generación de adolescentes y jóvenes maneja sus propias reglas, como ha sido desde que el mundo es mundo. Otros padres y madres, situados en las puntas estadísticas, son consumidores de drogas, legales e ilegales; mientras que otros son no consumidores de drogas ni legales ni ilegales.

Los ritos de paso de la niñez a la juventud en nuestras culturas están profundamente asociados al consumo de drogas de varios tipos. El tabaco y el alcohol son los más conocidos, como aceitadores de relaciones sociales, tan complicadas para los adolescentes. Las profundas urgencias hormonales y los desajustes entre lo que el cuerpo exige y los límites sociales podrían estar en el origen del consumo. El cuerpo pide sexo, y los senderos químicos del cerebro estructurados desde la educación formal y no formal no son suficientes ni para obtenerlo ni para contenerlo. El celibato y la virginidad son, como dice la canción, cosa medieval en tiempos de fácil acceso a anticonceptivos y condones. Basta ver el estrepitoso fracaso de las iglesias en contener su empleo en la gran mayoría de los fieles. Lo máximo que pueden ofrecer es la sublimación de una tremenda urgencia hormonal, y, claro está, las reuniones parroquiales se convierten en oportunidades para que los chicos y las chicas se conozcan e intimen. La masturbación, por otra parte, ofrece alguna contención, aunque siempre ronda aquella antigua quisicosa de que mejor es el sexo, porque se conoce gente. Visto desde la química cerebral, el cerebro de un adolescente debe ser lo más parecido a una elaborada e inquietante trompeadera de pulpos. Se entremezclan urgencias y temores, y hormonas y neurotransmisores están en una revolución que hace de la Marcha de los Cuatro Suyos, por comparación, una reunión de monjes trapenses.

Naturalmente este enredo se expresa en contextos sociales determinados. La acelerada descomposición social de nuestra sociedad deja de proporcionar referentes utilizables efectivos. Domar, en el buen sentido del término, a los jóvenes y orientar sus energías hacia actividades “adecuadas”, como cualquier profesor y padre responsable de familia sabe, es una labor paciente que requiere de presencia física y emocional. Ningún contenido valorativo se instala sin referente concreto. La principal contención en los adolescentes es un juego de toma y daca, de tira y afloja, del que se espera emerja un ser humano capaz de contenerse a sí mismo y determinar un uso de su sexualidad libre y responsable. El problema es cuando los padres y educadores no estamos ahí, en esas situaciones que ellos deben resolver solos. Ese es nuestro terror y eso determina nuestra dificultad para dejarlos crecer autónomamente. Es un tema complejo, y me contento por ahora con dejar planteadas algunas de sus dificultades.

Drogas, sexo y envidia

Nadie como los Les Luthiers ha conseguido expresar la profunda ambivalencia y envidia de los padres frente a los hijos en su pequeño y maravilloso R.I.P al Rap. El enlace es

 http://www.youtube.com/watch?v=PULB4MjXCPg

Préstese especial atención a dos aspectos: La velada y graciosísima alusión al “éxtasis” y las drogas como las metanfetaminas, y la general y muy jocosa “denuncia” de la envidia de nosotros, “los mayorcitos”, sentimos frente a la libertad sexual que muchos jóvenes ejercen. Creo que la relación entre Consumo de Drogas y Libertad Sexual queda suficientemente explicitada, aunque no suficientemente demostrada.

Lo que entendemos por Drogas

Para la acción práctica de los padres y educadores, aparte del jovial reconocimiento emocional que debiéramos hacer sobre nuestra propia posición al respecto, resulta imperativo manejar ideas dinámicas alejadas de los estereotipos socialmente instalados, so pena de perder de vista lo que realmente pasa.

No existe consenso social sobre qué son drogas y qué no. Las mejores definiciones son las más simples por lo general, y la definición de “droga” como sustancia que al ingresar al organismo modifica una o varias de sus funciones, aunque tal vez demasiado amplia, da cuenta de la ambivalencia en que se desarrolla el tema. Porque entonces una sal de Andrews y una aspirina resultan ser drogas. Y desde el punto de vista farmacológico lo son. A nadie se le ocurriría igualar el consumo de aspirinas con el de marihuana, pero desde la perspectiva de la definición dada, vienen a ser lo mismo. Ello obliga a pensar que el tema de las drogas debería desplazarse hacia sus efectos. Y separar lo que es dañino de lo que no lo es.

Esta es una distinción clara en lo que respecta a los medicamentos, drogas por derecho, digamos así, e introduce criterios cuantitativos y cualitativos en el tema. Si te enchufas 40 aspirinas las modificaciones que harán en tu organismo producirán un “daño” concreto y a veces irreversible. La pasta básica de cocaína resulta diabólica en sus efectos, dado que en muchas personas basta una probadita para engancharse. Se supone que si se usan drogas es porque de alguna manera se necesitan. Y los efectos de cualquier droga son más o menos conocidos, en especial en lo que se refiere a la creación en el cerebro de ciertos “senderos químicos” relacionados con las sustancias cerebrales productoras del placer, cuya necesidad se hace perentoria, y cuya falta de satisfacción produce el espantoso “síndrome de abstinencia”. No puedo dejar de pensar en la reflexión de Bertrand Russell al respecto de lo fácil que es para las culturas primarias aceptar el alcohol de los hombres blancos, dado que los efectos de su consumo son, y cito de memoria, una de las pocas cosas que hacen que se crea que la vida es digna de vivirse. Ello nos lleva al tema de a qué consideramos “daño causado por las drogas”, el porqué se decide consumirlas, y por qué se cree que la voluntad debiera bastar para dominarlas.

El daño que causan las drogas

Hay un cierto consenso en que las drogas causan “daño” físico. Esto tiene sus absurdos incorporados. Mi santa abuela fumó su proverbial cajetilla de nauseabundos cigarrillos negros hasta los 85 años de edad, cuando dejó este mundo por otras muy distintas razones. Muchos ven el tema no como una cuestión o no de consumo, sino de si el consumo modifica de modo “negativo” las relaciones sociales de estudio y trabajo, en una suerte de “si no se nota, no existe”. Naturalmente están los efectos de largo plazo, acumulables, como lo sabe cualquier fumador. Desde una perspectiva puramente física – pulmones, hígado, etc. – parece que el consumo está guiado por el efecto rana: La rana salta cuando la meten en agua caliente, pero si la metes en agua fría la sancocharás antes que el batracio se percate. Si eres inteligente sabrás que el equilibrio entre el consumo de drogas en general y la vida depende de un nivel de consumo asociado a un estilo de vida saludable que compense tus pequeñas desviaciones hacia el tabaco, el alcohol o la marihuana. La mayoría de los consumidores, sin embargo, no hace este razonamiento y sufre diversos desequilibrios homeostáticos en diversos momentos, como las aseguradoras y los sistemas de Salud privados bien saben al cobrar sus primas y tarifas. Nadie ha hecho ningún esfuerzo serio por instalar una cultura de prevención de Salud.

El daño producido por las drogas en el terreno mental es, en cambio, mucho más oscuro de determinar y más visto como un estereotipo por el que sentir un temor difuso. No todos los consumidores queman cerebro, pero el daño que se percibe en la conducta del consumidor crónico es evidente en especial cuando se presenta el “síndrome de abstinencia”, que muestra la pérdida de control de las propias acciones. Este parece ser el punto crítico donde el daño que las drogas producen es considerado más negativo. Es un lugar común el fumador que sale a las 4 am de su casa a comprar cigarrillos. El “síndrome de abstinencia” evidencia la pérdida del control volitivo, y se asocia además con la evasión del mundo real. No me meteré con el problema de la realidad de la percepción del mundo, aunque bien se lo merecería.

Se registra consumo de drogas entre los soldados en los frentes de batalla, sea en la forma de la administración de alcohol antes de una batalla, o sea en la forma del consumo de marihuana y otras drogas más “duras” entre los jóvenes soldados norteamericanos durante la Guerra de Vietnam. De hecho, parece ser que el consumo puede ser fomentado en ciertas circunstancias, como se ha hecho inveteradamente en nuestra sierra con el consumo de coca para extraer mayor fuerza de trabajo a los indios sin sobrecostos laborales, como darles de comer, por ejemplo. Es evidente que en estos casos el consumo de drogas parece estar bastante “justificado” desde el lado de la realidad, sea para ocultarla o sea para soportarla.

Voluntad y Drogas

Uno de las creencias ético-morales más instaladas socialmente es la idea de que el problema de las drogas es una cuestión de voluntad individual. Las personas somos diferentes en nuestra química cerebral, y es evidente que la voluntad está relativizada por motivos genéticos. Un “deber-ser” señala que el pasarse en el consumo hasta el extremo de la pérdida de la propia voluntad debería generar acciones de recuperación del propio Yo. Alcohólicos Anónimos y las diversas acciones sociales de rehabilitación de consumidores de drogas ilegales muestran resultados poco alentadores al respecto, aunque según parece no hay mejores opciones para todos los que necesitan de estas instituciones. En todos estos casos se entiende como condición el aceptar una especie de “fuerza superior” – a veces con contenido religioso – a la que se debe someter la propia voluntad, y que de alguna manera funciona como una prótesis emocional. Tal vez esto pueda entenderse como que la necesidad de una profunda convicción emocional que marque la química cerebral de tal modo que pueda “sustituir” la necesidad de la droga. Parece una “solución” semejante a la de la extirpación del lóbulo frontal para enfrentar ciertos desórdenes mentales. La conversión religiosa parece funcionar en este sentido, lo que es utilizado seguramente por diversas confesiones. No estamos seguros que este camino sea otra cosa que una solución desesperada.

La necesidad de prevenir

Visto lo anterior, parece que la Prevención es el arma de la victoria en este caso. Se necesitan políticas de Salud Pública al respecto, y políticas de Familia y Juventud. El sector Educación parece que la tiene más clara, aunque los problemas para aplicar políticas de prevención en este caso son más complejos. Pero está claro que la Prevención es mucho más barata y eficiente, y políticas efectivas al respecto deberían reducir el número de los que requieren “rehab”.

En el nivel directo de las familias y las instituciones educativas es posible actuar preventivamente, aunque esto también presenta problemas. Las famosas charlas antidrogas que cualquier centro educativo que se respete organiza para padres de familia y profesores en algunos colegios tienen entre sus espectadores a consumidores de alcohol, tabaco y medicamentos, así como algunos consumidores crónicos o eventuales de marihuana y cocaína, hoy padres y madres de familia y/o docentes. Me pregunto qué pensaran para su coleto cuando escuchan la consabida y siempre repetida condena moral. Tiene que haber una profunda escisión en las mentes de los que aceptan de boca para afuera la condena al consumo de drogas legales o ilegales. Mi generación tiene tan instalada, vista como unidad, el consumo de drogas, que en realidad dudo mucho que esta condena, implícita o explícita, surta algún efecto. Cuando no nos cuentan la cosa moral, aunque esta condena se suponga, y se incide más bien en el daño producido, entra en juego la racionalidad adulta y los efectos de estas charlas suelen ser mejores. De aquí se extrae como lección que no es la apelación moral lo importante, sino informar y enseñar cómo prevenir. Y la prevención tiene que instalarse en los padres de familia desde el nivel inicial, porque si queremos que nuestros hijos manejen la cosa por ellos mismos necesitamos formarlos en determinadas direcciones, y la inmensa mayoría de los padres y madres de familia no tiene ni idea de cómo hacerlo. Y ello implica también tratar con el tema sexual, de las relaciones sociales, de la envidia de los mayores, y de las relaciones intergeneracionales, entre otras cosas.

A los adolescentes no les interesa mucho esto, como no les interesa demasiado la estructura del aparato reproductor cuando lo que quieren es sexo. La información es necesaria, qué duda cabe, pero los adolescentes no necesitan la condena moral, que produce muchas veces inquietantes escisiones emocionales. Los adolescentes, a veces sin saberlo ellos mismos, necesitan herramientas para entender qué diablos les pasa, por qué se sienten como se sienten, y por qué las relaciones sociales son como son. Y ello en un ambiente que les dé autonomía y seguridad propia, así como confianza, guía y consejo constante. Ellos necesitan lo que dijimos antes, autonomía para poder aprender a relacionarse unos con otros, y a lidiar consigo mismos y con las cosas que les ocurren.

En términos más generales, nadie, excepto algunas agencias y ONG s se han preocupado realmente del tema preventivo. Se ve más importante la salida – o ingreso - de divisas o el fortalecimiento de grupos de poder más o menos vinculados, directa o indirectamente, al tráfico de drogas. Lo que podríamos llamar “génesis social” del consumo de drogas no parece estar muy visualizado. Las drogas como parte de los happenings que marcan el ingreso de los adolescentes al mundo de los adultos presuponen una elección por parte de cada joven al consumo de éstas. Necesitamos, como sociedad, hablar de este tema más allá de las coyunturas electorales y de los intereses particulares. Por desgracia, la ausencia o inoperatividad de políticas al respecto ha sido la constante. Hay más preocupación por otras cosas.

Conclusión

Pienso que enfrentar el narcotráfico y prevenir el consumo de drogas son dos caras de la misma moneda. Se necesita un fuerte liderazgo para encaminar un esfuerzo nacional realmente efectivo. Esto es política social, y no deberíamos pensar que las políticas sociales son solamente para pobres. En las elecciones políticas de Junio deberemos elegir entre dos opciones, y tengo la sensación de que solamente una de ellas podría plantearse con seriedad el tema. La otra, por desgracia, parece demasiado vinculada al otro bando.

Y punto.