miércoles, 27 de julio de 2011

28 DE JULIO: HERÁLDICA CÍVICA

28 DE JULIO: 
HERÁLDICA CÍVICA

“… esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel…” (Jorge Basadre)


La Historia es el proceso de lo que cambia y lo que permanece. En un momento de la historia humana donde lo único permanente parece ser el cambio, siempre vale la pena volver a lo que de alguna manera siempre está con nosotros, como lo estuvo con nuestros padres, abuelos y ancestros, aún los más remotos. Si bien lo que hoy llamamos Perú tiene corta Historia, este 28 de Julio nos acercamos un poco más a nuestro bicentenario como nación independiente y republicana, y nos damos cuenta que nuestro país y sus antecedentes son una de esas realidades a la que estamos adscritos, queramos o no, por el mero hecho existencial de haber nacido aquí. Algunos aman al Perú con locura, otros – terrible es decirlo - lo odian con fanatismo. Hay patriotas, no-patriotas y antipatriotas de todas menas y calibres. Y me he encontrado tratando de escribir esto, con la sensación de que hay demasiado qué decir, o tal vez demasiado poco.

Entonces me acordé de un texto de Don Jorge Basadre Grohman, Historiador de la República, referido a la Heráldica Cívica, y parte de su monumental Historia de la República. Nuestra Fiesta Nacional, adornada de los colores rojo y blanco, se merece bastante más que mi modesta pluma. Por ello, le cedo la palabra al ilustre republicano:


Así quedaron fijadas las armas y la bandera de la República. Ellas simbolizaron una historia cuyo curso ningún desgarramiento, ningún infortunio, ninguna opresión pudieron hasta ahora, torcer o cortar. Acompañaron a la patria en jornadas de triunfo y de aflicción: Socabaya y Yungay, Ingavi y Montoni, Tarqui y Mapasingue, San Juan y Tarapacá, Miraflores y Concepción, Huamachuco y el Callao. Flotaron sobre el fragor y el polvo de las batallas, el parsimonioso ritualismo de las ceremonias, la sabrosa alegría de las fiestas populares, el tremendo oleaje de las muchedumbres.


Cinta en la guitarra criolla, escarapela en el uniforme escolar, faja en el indio de frontera, cadeneta en la vivienda humilde, condecoración en el pecho militar, adorno en el automóvil, el camión o el aeroplano que pasan por los desiertos, ríos, montañas y selvas y bordean precipicios, sello de identificación en la banda presidencial y en las insignias de magistrados y rectores de universidades. Dan sombra permanente, invisible y común a lugares y sitios que debieran ser de peregrinación como Machupicchu, el Coricancha, Sacsayhuamán, Paracas, Chavín, Chanchán, Pachacámac, Cajamarca, el balcón de Huaura, el árbol de Pativilca, la pampa de Junín, el Cóndorcunca, el Real Felipe, el cerro de Acuchimay y la casa en la que se decretó en Ayacucho la abolición del tributo y en Huancayo la abolición de la esclavitud, el istmo de Ftzcarrald, Paucartambo, de donde salió para su última expedición Faustino Maldonado, el Alto de la Alianza, la casa de Bolognesi en Arica, Huamachuco, Zarumilla, los reductos de Miraflores.


Han llegado a ser como el retrato de esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel, donde están desde hace siglos esparcidos innumerables ruinas, chulpas y huacas y yacen todavía grandes riquezas inexplotadas y en cuyos paisajes y en cuya historia y en cuya existencia colectiva hay cumbres y hay abismos.


Enlazan la majestad imperial del Cusco y el señorío de Trujillo, las rebeldías cívicas de Arequipa y el heroísmo incontrastable de Tacna durante cincuenta años de ocupación, las ciudades embozadas en la magia de rica solera como Huancavelica, Huánuco, Ayacucho o Moquegua y las ciudades que se desarrollan rápidamente como hoy Chimbote, Ilo, Tarapoto, Huancayo o Chiclayo, las comarcas abiertas ya a la riqueza como Cerro de Pasco, Talara, Morococha, Toquepala, el Santa, Marcona o Acarí y las otras que el esfuerzo y la técnica van a ungir, las minorías de cultura cosmopolita y las masas urbanas o rurales que necesitan urgentemente elevar su nivel de vida.


Envuelven o deben envolver, por igual, a mestizos, indios, blancos, a los de otras razas y también a todos los que vengan a contribuir honestamente al quehacer nacional. Hacen más vibrantes las notas del Somos Libres y el Ataque de Uchumayo y algo de ellas alienta en la zamacueca y el huayno, el tondero y el yaraví, el festejo y la muliza tarmeña, el vals criollo, las danzas de los diablillos y de las pallas, de las chonguinadas de huancayo y de los Avelinos. Dan un sabor especial al pisco y a la algarrobina, a la coca y al café, al maíz y a la quinua, a la papa amarilla y a la chirimoya, al ají y a la chicha que puede ser de reír, de llorar, de pelear o de amar.


Otorgan un hechizo común al mate huancaíno, al sombrero de Catacaos, a la piedra de Huamanga, al “torito” de Pucará, al caballo de los “morochucos” y al bastón plateado de los alcaldes indígenas.

Podrían estar adornadas permanentemente por ramas, hojas o flores de plantas o árboles como la cantuta y la puya raimondi, que fue la especie vegetal más bella que encontró el naturalista, el algodonal, el algarrobo y el caucho, el amancae, la orquídea y la victoria regia, las lomas, cuya húmeda y abigarrada vegetación aparece en ciertos cerros de la costa fecundados durante algunos meses por las lloviznas o garúas y el ichu que, con la árnica, la tola y otras yerbas pajizas, forman la flora de las jalcas, el magüey en otras partes es llamado el árbol del Perú y el quiñual, árbol de las regiones situadas a más de tres mil metros de altura, el chachacomo de la sierra, de oscura copa en cuyos troncos el corte de hacha deja heridas de un rojo impresionante y la ceiba costeña, de grueso tronco con piel verde y ramas horizontales dirigidas en distintos sentidos como si fueran brazos.


El rojo, blanco y rojo verticales, nítidos como una cifra, pintorescos como un cuadro, emocionantes como un poema, hondos como una oración y más subyugantes aún bajo el frío de extranjeros cielos, son, en suma, sobre lomas y valles, barrancos y quebradas, palacios y chozas, batallones y navíos, muchedumbres y paisajes, cadáveres y niños, la esencia o la emanación del Perú.


Desmán condenable del diputado, del gamonal, del poderoso grande o pequeño, del alto o el menudo funcionario; enriquecimiento ilícito del que comete impunemente peculado, oratoria vacía y vana del que, en sus adentros, se ríe de sus frases comunes como sendas por cualquiera transitadas, ocio costoso del diplomático inútil, negligencia o rutina del burócrata mezquino en daño o en desmedro del derecho claro o del interés legítimo, intriga sórdida de las camarillas, egoísmo ciego de las oligarquías, conculcación mendaz de los derechos del pueblo y del ciudadano, calumnia vil en el pasquín y en el corrillo que quienes a sí mismos se llaman caballeros suelen sugerir o amparar, envidia tenaz, decidida a hundir o a manchar a la capacidad y al mérito, arrastrarse en las cadenas o enfurecerse en los tumultos, frenesí destructor de las turbas irresponsables, indiferencias, hostilidad y desprecio ante los que pueden o deben ascender legítimamente desde un nivel demasiado bajo. A nada de esto vino a ayudar o a proteger la patria, de la cual son emblema tangible sus armas y su pabellón que, sin embargo, muchos utilizaron para su propio beneficio. Todo eso, en lo que tenga de anormal o desmesurado, se halla contradicho y negado en principio por la razón de ser de la República, por la justificación del Perú independiente, entendido como morada donde se lleve una vida libre, justa, estable, de acuerdo con la bella esperanza, la amplia promesa, la misión y el destino altísimo entrevistos por quienes crearon y fecundaron nuestra libre existencia en común.


¡¡FELICES FIESTAS PATRIAS!!