viernes, 23 de septiembre de 2011

CONTRA LOS PARADIGMAS DE LA EDUCACIÓN PERUANA









“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.” (Alejandro Dumas)

“Educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela.”
(Albert Einstein)

“Al término de mi mandato de cinco años quisiera haber hecho una gran revolución transformando la educación en el Perú” (Ollanta Humala, presidente de la república)

Parece que estamos en el contexto de una revolución Educativa y sabemos aún poco de ella. Ello puede ser una desventaja, pero también constituye una oportunidad. Se sabe que se necesita “revolucionar” la educación, es decir mover radicalmente sus paradigmas, y está en manos de las actuales autoridades educativas el qué hacer al respecto, los cómos, cuándos y dóndes. Hay bases para iniciarla, porque nunca se parte de cero, para bien o para mal, y hay ideas y situaciones que vienen dadas. La exigencia de resultados “aquí y ahora” que exhiben ciertos voceros y operadores políticos de la oposición en Educación como en muchos otros aspectos, pasa por alto y trata de disculpar frente a la ciudadanía la increíble complacencia con la que se ha tratado el tema en los últimos años, y el guante blanco reservado a los gobiernos anteriores, y negado a éste. Como no se pueden hacer las cosas antes de hacerlas, aún estamos en ese período indefinido de gobernar en que se trata de aprender a velocidad de crucero a mantener andando el aparato a la vez que se le transforma. Y este aprendizaje, como todo aprendizaje que se respete, toma tiempo.

Atrapados aún en la pre-modernidad educativa tendremos que saltar a la post-modernidad, o cuando menos intentarlo con solvencia. Los paradigmas educativos deletéreos suelen romperse de dos maneras: Una es parcialmente, introduciendo mayor o menor cantidad de cambios en algunos lugares, los que producen tensiones y tiranteces en un entorno de alta inercia, muchos cambios terminan eliminados si eran demasiado extraños a los paradigmas imperantes, o malamente adaptados a éstos, con lo que perdían su filo innovador. La Otra es el cambio de estructuras, intentado en nuestro país con la Reforma educativa de los 70, que siguió los avatares políticos de los cambios de gobierno, y se diluyó en parte frente a la contraofensiva conservadora, aunque dejó fuertemente instalados notables gérmenes de cambio en los que hoy nos apoyamos, como la educación inicial y la importancia de la educación productiva. Tal vez este gobierno consiga instalar nuevos gérmenes que resistan a las contrapresiones políticas, y que sobrevivan a los avatares del poder político. La lógica de la cuestión es donde se logran mayores cambios con menores esfuerzos y empleo de recursos.

Todo proceso de cambio es la resultante entre dos fuerzas: La inercia sistémica de la estructura a cambiar, versus la potencia de la nueva estructura de cambio introducida. Las resistencias que las estructuras establecidas ofrecen pasman, retardan o relativizan los cambios, porque las estructuras previas representan intereses más o menos vigentes, dentro de los que se han acomodado ciertos grupos, y por eso los cambios conllevan pisar callos y se necesita mucha audacia. Una política educativa sana ofrece alternativas al choque frontal entre lo que es posible y lo que no lo es; así como entre lo que es moralmente necesario y la estructura legal que lo permite parcialmente o no lo permite. Por ello los liderazgos políticos son siempre arriesgados, porque existen para asumir los riesgos del cambio. Y si hablamos de una revolución educativa, hablamos necesariamente de cambios y de riesgos.

La mejora de la Calidad de la Educación es un tema de alto riesgo, porque no afecta solamente la capacitación de Docentes, nuevos y mejores materiales, o una currícula mejor estructurada; por más importantes que sean. De poco sirven los cambios si no poseen energía propia y no transforman su entorno. La sostenibilidad del cambio se mide en cuánto consigue modificar la estructura anterior en la dirección prevista, y en cuánto consigue impermeabilizarse frente a la influencia negativa de la inercia institucional del entorno. Se ha lanzado un proceso de debate de la currícula nacional, y hay consenso alrededor de la necesidad de capacitar a los docentes. Pero los diversos paradigmas que ofrecen resistencias a los procesos de cambio no verían afectada su inercia únicamente por más y mejor capacitación, materiales o currícula.

La organización escolar

Un paradigma importante se presenta en la organización escolar. Las instituciones educativas son organizaciones que encuadran a alumnos, docentes, autoridades y padres y madres de familia en una estructura determinada cuyo objetivo es el aprendizaje. Sus inercias estructurales se presentan en la forma de un constante conflicto entre los actores. La dinámica de la escuela circula entre el relajo irresponsable y el autoritarismo jerárquico. El centro de las actividades escolares no es el aprendizaje, sino los conflictos entre los diversos actores, que se resuelven apelando a la fuerza, sostenidos en una cultura vertical, de obediencia sin chistar, de uniformidad, de ritos y ceremonias que mal disfrazan la olla de grillos. Los docentes enfrentan a la Dirección y a la vez tratan de contener a los alumnos. Los padres y madres de familia enfrentan a los docentes y la Dirección. Se producen enfrentamientos y alianzas entre los actores, trabados en lucha por el control de la Institución, e incluso la matonería – bullying se inscribe en el proceso, olvidando que la cultura institucional es su principal alimentador. Resolver el problema de la autoridad y los mecanismos para alcanzar consensos entre los actores parecería ser un elemento esencial para atacar este problema, reducir las pugnas internas, y hacer el espacio educativo algo menos tenso y más capaz de educar.

Los docentes

Otro paradigma se expresa en la pedagogía aplicada por los docentes, las personas que intermedian la Cultura social que pretende trasladarse a los alumnos. En la mentalidad de las gentes y de muchos líderes y operadores políticos sobrevive el viejo concepto de la Ilustración, que sobrevalora el conocimiento, la buena preparación y el orden de la clase – reflejado en el silencio, considerado como indicador de un buen desempeño docente - por sobre la capacidad de llegar a sus alumnos y motivarlos y cohesionarlos para que aprendan. La principal cualidad valorada en el docente será entonces su capacidad para mantener el orden en el aula, lo que muchas veces se consigue apelando a una verticalidad autoritaria. Mientras se siga formando y evaluando a los maestros de acuerdo con estos criterios nos mantendremos anclados en la premodernidad, y para soltar el ancla tendríamos que resolver el problema de la formación de maestros en pre y post grado, así como con una actualización y capacitación constantes y sostenidas; y con una evaluación en serio de los maestros en el contexto de una Carrera Pública sólida, que ofrezca oportunidades laborales y de desarrollo personal.

El aprendizaje

El paradigma instalado en el aprendizaje se refiere a los procesos que se emplean para lograr en el alumno el resultado esperado, es decir, el dominio de ciertos contenidos, procedimientos y actitudes considerados importantes. Nos guste o no, aún creemos que “saber” significa memorizar, registrar y transmitir por repetición cierta información dada, y no se evalúa en los alumnos si pueden ejecutar procedimientos motor-intelectuales, sino si han memorizado lo que el profesor les dijo en clase. Se valora al profesor que logra más memorización con menor gasto del recurso tiempo, y se relegan la comprensión y el dominio de los procedimientos intelectuales, que demandan tiempo, porque el tiempo es considerado esencial en la cadena de producción que arroja alumnos a la calle. En un entorno de aula así no hay espacio ni para la curiosidad del alumno – que distrae y molesta – ni para la indagación intelectual y científica – que insume tiempo – ni para la producción autónoma de ideas – que ya están en el texto y en el profe – ni para construir respuestas a las preguntas que, por cierto, raramente se fomentan. Y luego nos preguntamos por qué los muchachos “no entienden” la clase y en cambio se las ven muy bien con la computadora. Necesitaríamos implementar un proceso de cambio de paradigma para todos los maestros, dirigido a las necesidades de la postmodernidad y la formación de los alumnos en capacidades reales y útiles para ellos mismos y la sociedad.

El Centralismo

El paradigma del Centralismo es perverso por donde se le vea, porque se alimenta tanto de arriba abajo como de abajo arriba, en un círculo vicioso de relaciones de dominación y sumisión de unos grupos respecto a otros: Del Ministerio a las Direcciones Departamentales, de éstas a las UGELES, de las UGELES a las Instituciones Educativas, de éstas a los docentes, alumnos y padres y madres de familia. Y para remate, el Sindicato impregnando todos los sectores. El centralismo sirve básicamente para uniformizar el sistema, a fin de mantener bien aceitadas las relaciones de poder. La Diversificación Curricular, cosa buena en sí misma, queda fácilmente pasmada por el control de los procesos de abajo hacia arriba que se ejerce desde los centros de autoridad, en una dinámica cuyo objetivo es controlar desde arriba cada uno de los movimientos posibles de todos los actores. Se ha dicho que lo único que ha logrado la Regionalización es que en vez de mirar a Lima, los docentes y autoridades de las Instituciones Educativas miren a la capital de la Región con la misma actitud y los mismos objetivos con que antes miraban a Lima. Es decir, lo que se ha logrado en tantos años y con tanto gasto ha sido descentralizar el centralismo. Y es palmario que diversificar la currícula no basta. Siempre se ha sostenido que una de las dificultades de la Regionalización es la ausencia o deficiencia de capacidades en las regiones. Sin negar este hecho, se ha pretendido que las regiones aprendan antes de aprender, o que sepan antes de saber, lo que es absurdo considerando que se aprende a montar caballo estando encima de él, no con una descripción acuciosa de la silla de montar. Y así se ha perpetuado y dificultado la transferencia de funciones a las Regiones. Quizá una de las muestras del criterio seguido, casi diseñada para fracasar, ha sido la malhadada y felizmente fenecida “municipalización educativa”, que para evitar entregar poder a las regiones, que podía salirse de los esquemas centralistas, pretendía transferir funciones – las consideradas como “papas calientes” - a las instituciones con más necesidad de formación de capacidades, las municipalidades.

Colofón

¿Bastará entonces con considerar la prioridad del aprendizaje de la Comprensión Lectora, las Matemáticas y las Ciencias, y/o capacitar profesores y/o mejorar materiales y/o reestructurar la currícula? Ayudará, por supuesto, pero contra la corriente, cuando de lo que se trata es de cambiar la dirección de la corriente. De poco sirve meterle más plata a un sistema que no funciona, a no ser que exista una dinámica clara de mantener el aparato en funcionamiento mientras se le va cambiando hacia direcciones concretas y posibles. La gradualidad es útil cuando se sabe qué se quiere y a dónde se va, pero necesita de garantías de sostenibilidad política del nuevo modelo. Deseamos que las autoridades educativas piensen en esto, si no lo han hecho ya. Y deseamos ver resultados, pero habrá que tener paciencia. Vivir para ver.


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