viernes, 30 de septiembre de 2011

HAY QUE MORIR EN EL ESTADIO PARA QUE SE HAGA ALGO o Cómo apesta todo esto



“¡Que no haya (campeonato) descentralizado, pues! ¿Acaso va a pasar algo si no lo hay? ¿Qué es más importante, un muerto o un campeonato?”  (Reacción de un furioso ciudadano al enterarse que los clubes quieren continuar jugando fútbol a pesar de la muerte de Walter Oyarce)

La noticia de la horrible muerte del joven Walter Oyarce en el Estadio Monumental del Club Universitario, por obra de criminales disfrazados de hinchas deportivos, suma una nueva víctima a las muchas causadas por la “mano invisible” del mercado en el Deporte, combinada con la intensiva política de “dejar hacer, dejar pasar” - es decir de hacer nada - que ha caracterizado a los últimos cuatro gobiernos. La continuidad del abuso a lo largo de muchísimos años denota estructuras largamente instaladas y afiatadísimas en el control de los ingresos. Los intereses económicos informan la práctica del deporte en nuestro país, y están tan enraizados y mandan tan poderosamente en el ánimo – y el bolsillo – de tanta gente, que han llegado a constituir bandas o argollas que han logrado plenamente los objetivos que todas las argollas se plantean: controlar la plata, dominar las organizaciones y excluir a los no argollados de sus áreas de control. Lo han logrado con tanto éxito que no solamente han quebrado a la mayor parte de los clubes deportivos de nuestra patria, sino que han conseguido hacerse el harakiri al alienar a la gran mayoría de los peruanos tanto de la práctica deportiva como de la posibilidad de expectarlo en persona sin que lo arrojen a uno del palco.

Indignación ciudadana

Naturalmente esto no quita un ápice de culpa a los criminales que actuaron directamente. Sin embargo, estamos bastante acostumbrados a ver cómo los otros responsables salen bien librados, gracias a nuestro Poder Judicial experto en colar el zancudo mientras se traga el camello, en sesuda aplicación del aforismo de que la pita se rompe por lo más delgado. Sin embargo, algo positivo ocurre, y es que el escándalo está in crescendo conforme se averiguan más cosas y así como las protestas estudiantiles en Chile, no parece estar disminuyendo. Y se comprende: Uno de los homicidas fuga a los Estados Unidos, y vuelve tras una rápida acción de amenaza de extradición. Se denuncia pago de uno para que el otro se haga el chivo expiatorio. Sale una canción que, al margen de su calidad, es vista por la ciudadanía como manipulación y oportunismo. La revista Caretas lanza una fotografía que crea polémica. Los clubes se quejan de que no los dejen jugar, tras haber provocado que estas situaciones se entronicen y se repitan. Periodistas y otros líderes de opinión alzan su voz y tratan de movilizar a las gentes alrededor del tema de los valores. Muchos ciudadanos comparan lo que está pasando acá con lo que ha pasado en circunstancias análogas en otros países, y en todas partes las reacciones de los clubes fueron rápidas y adecuadas al caso. No es el caso en el Perú. Se evidencia el nivel rastrero y metalizado en el que viven nuestras dirigencias deportivas. No es que no se cuezan habas en todas partes, pero por lo menos los de afuera no se dedican solamente a cocer habas. Hace que uno se pregunte cómo la hizo nuestra “dirigencia” deportiva para arribar a donde está.

¿Hay que morir para que te hagan caso?

La ciudadanía teme ir a un Estadio. Es más, teme tener su casa, o incluso circular, cerca a uno. Se cumple el sueño dorado de cualquier argolla delincuencial, que consigue expropiar la calle transformándola en “zona liberada” por la acción de barras bravas, grupos delincuenciales estructurados en los polos de un artificial conflicto que supuestamente opone a los hinchas de los clubes Universitario de Deportes y Alianza Lima, y “justifica” el despliegue de la violencia y la expoliación, acaso el asesinato. Los verdaderos conflictos quedan ocultos tras la increíble artificialidad que esconde a los verdaderos responsables, los que de hecho deben estar muriéndose de risa, mientras el deporte colapsa en las manos de delincuentes de poca monta, que esconden a los de cuello y corbata, los que sí la llevan y se la llevan.

Me pregunto si para que te hagan caso te tienes que morir primero. Esa lógica perversa está instalada desde mucho en el Perú. Se sabe que la palabra de las autoridades no vale el papel en que se escribe, y los acuerdos firmados con sonrisas e hipócrita estrechamiento de manos serán desconocidos ni bien voltees la cabeza. La lógica de la violencia y el achoramiento se ha entronizado en las relaciones sociales. Hay que decir que el último gobierno llevó este modus operandi a su perfección, dejándonos montones de conflictos sin solucionar, demasiado ocupados en los faenones y en los cristos del pacífico para preocuparse de otras cosas menos importantes, como la desnutrición, por ejemplo, o como los muertos acumulados por los dizque hinchas de Universitario o Alianza. Lo terrible es que, según parece, sólo te harán caso si pones muertos en la mesa de negociaciones. ¿Quiere decir esto que hay que morir para que te hagan caso y algo cambie?

Algo apesta en todo esto

Alianza Lima y Universitario de Deportes son quizá los equipos de fútbol más queridos entre nosotros. Yo soy hincha de la U, aunque hoy en día eso me duele y me da vergüenza y asco. Las viejas adhesiones emocionales a una historia y unas características deportivas – la picardía aliancista o la “garra” de la U – han cedido a un tema delincuencial. El fútbol ya no es más un juego de varones de pelo en pecho que juegan duro y parejo, rudos pero limpios y respetando al adversario, que no es lo mismo patear al adversario cuando se busca la pelota que patear a la pelota cuando se busca al adversario, y donde ganas el partido porque pones lo que las gallinas ponen, pero ahí en la cancha. Hoy los jugadores, se sabe bien, juegan por dinero y cambian sus lealtades con completa indiferencia, porque dicha lealtad – un valor al fin y al cabo – no es al equipo del que forman parte, o al club que les cobija, sino al sobre de pago o al posible futuro contrato en el exterior. La lógica del mercado ha matado al deporte hace ya mucho tiempo, y de hecho no creemos que reviva y se salve. Esperar, por ende, que una convocatoria a añejos valores deportivos consiga resultados parece un tanto irreal, aunque entiendo que es válido. Sospecho que más vale considerar todo este asunto del deporte como lo que hoy es: empresas con fines de lucro, con chambas y relaciones comerciales y laborales que se rigen por su propia lógica. En este contexto capitalista moderno, no se entiende qué justificación puede tener la existencia de esa suerte de repartimientos llamados Trinchera Norte o Comando Sur, grupos que en la práctica encuadran jóvenes NINI (que NI estudian NI trabajan), desempleados, miembros de pandillas, e individuos de mal vivir. En la práctica estas organizaciones reclutan para la realización de acciones pandillescas de alto vuelo y financiadas por las dirigencias de los clubes. No existe en absoluto ninguna justificación sino para su desbande, a mano policiaca si es necesario. Estas bandas de matones deben ser eliminadas de plano, desaparecidas, acabadas, sacadas de nuestras vidas de una vez y para siempre. Si aún después de todo esto continúan existiendo será signo que a las dirigencias de los clubes les importa tres pepinos el tema, y que necesitan de sus delincuentes para su propia sobrevivencia. Se evidenciará la relación delincuencial y encomendera entre las barras bravas de abajo con los cuellos blancos de arriba. Y el problema será entonces de otra clase.

Los poderes públicos

Estamos agradablemente sorprendidos por la rápida y decidida reacción de los poderes públicos a nivel nacional y municipal. Al revés de los últimos gobiernos, tanto el Presidente Ollanta Humala, como la Alcaldesa Susana Villarán se compraron el pleito, y no se voltearon para no ver lo que pasa, como sus antecesores. Esto es algo que con seguridad la oposición de derechas no reconocerá y retrecheará, como es costumbre. Los gobiernos nacional y municipal están, pues, en sintonía con la Nación que se opone terminantemente a que esta situación se eternice. Debe ser porque somos peruanos, pero sorprende que una autoridad cumpla con su deber. Por lo demás, ha bastado que Presidente y Alcaldesa hayan tomado rápidas y contundentes medidas, de esas que pisan callos, para que se haya levantado el consabido clamor mediático en pro de Clubes Deportivos que bien poco tienen de deportivo, y sí mucho de banda.

¿Será esta actitud flor de un día? Dado que el Estado en el Perú se ha caracterizado por su absoluta inoperancia en el tema del deporte, y como consecuencia éste fue dejado a su arbitrio durante luengos años, la actividad deportiva terminó en manos de argollas, y en refugio de individuos de mal vivir en relación de clientelismo con los capos de las argollas. Es que hay mucha plata, señor, y plata internacional incluso. Y sorprende la lenidad y la poca voluntad de la respuesta de los clubes, en especial Universitario de Deportes. Acá parece que de tanto “agarrar” se les acabó la “garra”. Cabe preguntarse, ya para terminar, ¿qué demonios necesitan que pase para que reaccionen, que se prohíba el fútbol?


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