viernes, 27 de enero de 2012

LOS SEIS AÑOS Y EL PRIMER GRADO

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El Ministerio de Educación de la República del Perú ha dado una Norma que está levantando harto polvo. Para matricularse en el primer grado de primaria, niñas y niños deben haber cumplido seis años antes del 31 de marzo. Si naciste a las 12:00 con diez segundos del Primero de Abril – conocido en los países anglosajones como All Fool´s Day, el “Día de Todos los Tontos”, coincidencia que no creo se haya notado -, o el médico que te ayudó a nacer equivocó la fecha o la hora, no entrarás y seguirás en el pre-escolar si estás en uno o te seguirás quedando en tu casa. Punto. Se acabó. No hay más. He estado siguiendo los argumentos a favor y en contra de la norma sobre el 31 de marzo como fecha límite para el ingreso a primer grado. Y francamente estoy algo sorprendido, porque según parece el odre viejo se rompe precisamente en un aspecto que duele a todo el mundo, aunque por muy diferentes razones en cada caso.

Niños y Niñas

No me vengan por favor con el tema de la socialización o de los niveles cognitivos. Mantener a un niño en un nivel determinado, o no promoverlo por razón de una norma, y no por razones inherentes a las características del niño es un soberano saludo al principio de autoridad y al reinado de los indicadores estadísticos. Eso no es Pedagogía, es Administración de la Educación. Administrativamente se adopta una norma porque se entiende “conviene a la mayoría”, y se sostiene porque las normas dictadas por la autoridad son para eso, para cumplirse. Pero poco veo qué tenga que ver con los niños y su desarrollo. El desarrollo infantil es diferente en cada criatura, y tiene que ver con el logro o ubicación del niño o niña en los diferentes niveles de desarrollo motor, cognitivo, afectivo, moral y social supuestos para una determinada edad, de acuerdo a un plan educativo determinado, orientado por unos fines educativos específicos. Desde esa perspectiva se toma una decisión referente a en qué nivel debe estar un niño u otro. Lo que debiera mandar es la etapa del desarrollo del niño, no la decisión del burócrata. Pero esta norma curiosa nos dice sin decirnos que todos los niños y niñas deben tener el mismo nivel a los seis años para el 31 de Marzo del año en curso. Y si no, naranjas, no entra. Como administrador, entiendo el problema. Como educador me cuesta entender esa lógica “igualadora”.

Maestros e Instituciones Educativas

Se supone que los maestros sabemos cuáles son los niveles, estadios o etapas que atraviesan los niños – o por lo menos sabemos cómo averiguarlas -, y podemos por lo tanto decir algo así como “Fulanito está en su nivel cognitivo, pero tiene un retraso – o adelanto – en su desarrollo motor, en tanto que Menganita anda como cañón en lo motor, pero socializa de manera pobre – o superior”. Al margen de la crítica a una Evaluación que te estaciona y predetermina de acuerdo a estándares desconocidos para la mayoría, y que en otras latitudes se está abandonando con todo éxito, se evalúa para tomar decisiones sobre qué nivel le corresponde a cada niña y niño, y por ende qué recursos educativos serán destinados a su desarrollo. Dejándonos de vainas, en la realidad real la mayor parte de los maestros no sabemos evaluar. Y no parece que el sistema tenga bastantes Psicólogos para hacerlo, ni demasiadas ideas aplicables al respecto. Y aunque los maestros supiéramos hacerlo o hubiera psicólogos, ni unos ni otros toman la decisión, lo hacen las Instituciones Educativas, de las que los maestros y psicólogos somos parte muy relativa, sea porque no hay, sea porque rotamos más rápido que el cometa Halley, sea porque los órganos que intermedian al estado con el aula están más interesados en hacerle saber a los padres, madres, maestros y psicólogos que su poder es omnímodo, más que sea por ser la Autoridad. El número de aulas, carpetas y profesores, la cantidad de tizas y pizarras son argumentos de peso mucho mayor que cualquier evaluación de niñas y niños, eso es bastante más que obvio. Estas serían algunas razones latentes por las que el ministerio se convierte en el gran evaluador nacional, saca un promedio general y pone la raya en el 31 de Marzo. Por lo menos que nos digan qué tiene el 31 de Marzo respecto a los niños y niñas que no tengan el 15 de Abril o el 14 de Octubre, por ejemplo. Y qué tiene una fecha taxativa que no tenga mejor una franja.

El Ministerio de Educación

El Viceministro Martín Vegas y la Ministra Patricia Vargas manifiestan que la norma pretende proteger el desarrollo de niños y niñas. Acabamos de ver que este argumento manifiesto podría esconder otros latentes de carácter más bien administrativo y burocrático, pero cuando menos es un argumento atendible e interesante, referido a una lógica educativa, y no es para quitarlo de en medio, pues puede ayudar a distinguir en qué se basa esta decisión del 31 de Marzo. Tratemos entonces de entenderlo. ¿Por qué razón el Ministerio daría una norma para proteger el desarrollo de niñas y niños, que se sabe será entendida como taxativa? Debe ser porque se espera que sea taxativa, pues hasta donde sabemos las autoridades del Ministerio no son caídos del palto y conocen el sentido de las normas. ¿Y por qué una norma debe ser taxativa? Pues para resolver un problema generalizado, que no podría ser enfrentado mejor o de manera más adecuada de otro modo. ¿Cuál problema es ese? Pues proteger el “desarrollo” de niñas y niños. Hasta aquí el argumento.

Las Preguntas Tempestad

Ahora, las Preguntas Tempestad: ¿De qué amenaza hay que proteger el “desarrollo” de niñas y niños? Pues de la amenaza de las decisiones equivocadas que otras instancias podrían tomar, que resultarían en “adelantar” o “retrasar” a los niños y niñas a niveles que no serían los adecuados a su edad. Pues si “protegemos el desarrollo” es precisamente para velar que cada niño y niña esté donde le corresponde, no donde no le corresponde, y como el sistema es progresivo y se basa en la edad y los logros pedagógicos, pues entonces a cada nivel de desarrollo le corresponde un nivel institucional. Es decir, si tienes seis años te corresponde primer grado, no si tienes cinco porque te “adelantarías”, y si tienes siete, estás “retrasado”. Y se entiende que estar “adelantado” o “retrasado” no es bueno para el “desarrollo”. Desde el otro lado, el primer grado se diseña para los que tienen seis años, no cinco ni siete.  Ahora bien, “cinco”, “seis” y “siete” son letreritos, rótulos que en Educación representan la correspondencia de los años cronológicos con un determinado paquete de rasgos motores, cognitivos, afectivos, morales y sociales.  Y “primer grado”, “segundo grado”, etcétera, son otros tantos letreritos que representan un proceso en que se entra con ciertos rasgos motores, cognitivos, afectivos y sociales, y se sale con ciertos cambios introducidos en el desarrollo de dichos rasgos. Todo muy ordenado en apariencia, y todo por el bien del niño y niña.    

Sin embargo, aquí empiezan los problemas, porque desde el mismo momento en que dije – por más que me ampare en la Pedagogía – que Primer Grado es el nivel que “corresponde” a los seis años cronológicos, y confundo el letrero con el paquete de rasgos que representan, entonces me he metido en camisa de once varas. Porque las personas, y en especial los niños y niñas, tienen la manía de no ser todos igualitos, y porque las circunstancias de las comunidades y las familias; los entornos culturales, geográficos y sociales; los diferentes niveles de aprestamiento; las situaciones personales particulares como el biotipo y la posible discapacidad; y la exposición a diferentes estímulos de todo tipo hacen de cada persona un alguien diferente. Y los letreritos por lo tanto lo que hacen es cubrir con un manto de homogeneización los muy heterogéneos rasgos cognitivos, afectivos, motores, sociales y morales de un determinado grupo de edad. Si vamos a homogenizar así, entonces no entiendo ni para qué diversificamos la currícula, ni para qué descentralizamos el país, ni para qué establecemos la Inclusión educativa, si al final vamos a terminar de nuevo homogenizados por la norma del Ministerio desde Lima, para todos, y sanseacabó. Homogenizar lo heterogéneo es poco pedagógico en sí mismo, aunque desde lo administrativo es comprensible maximizar los recursos disponibles para lograr los fines que nos hemos propuesto con el proceso educativo. Si tengo un paquete a obtener de logros pedagógicos es porque tengo una idea de adónde me dirijo, es decir, un resultado al que apunto. Y el problema es que nuestro sistema educativo está en crisis hace demasiado tiempo, y lo está porque si algo ha demostrado es su incapacidad para responder a las necesidades sociales. Y esto nos lleva a más Preguntas Tempestad. 

Más Preguntas Tempestad

¿De quiénes hay que proteger el “desarrollo” de niñas y niños? Según parece hay que proteger el desarrollo de los niños de la acción de las propias Instituciones Educativas, que ya vimos no están en su inmensa mayoría en condiciones de evaluar correctamente el “desarrollo” de los niños. ¿Por qué? Pues porque o no están en capacidad de hacerlo, o si lo están posiblemente tomarían decisiones que no protegerían el “desarrollo” de los niños y niñas. Curioso, parece ilógico que los protejas de Instituciones a las que los vas a meter. La verdad no alcanzo a comprender del todo el alcance de esta amenaza. Debe estar muy mal la cosa para no permitirle a una Institución que por lo menos conoce al niño o niña involucrado que tome una decisión al respecto, cuando menos dentro de una franja. A diferencia del Ministerio, en la Escuela ven a la niña o niño en tiempo real y en vivo y en directo, y no entiendo cómo una evaluación escolar in situ pueda ser peor que una homogenización a rajatabla tomada a base de estadística desde un edificio de Lima; “válida” de Jaén a Huancané y de Chancay a Caballococha; para entornos rurales y urbanos; para aymaras, matsiguengas, criollos y andinos; para personas con y sin discapacidad. Si el promedio de las Escuelas está  tan mal que se considera no pueden decidir al respecto, entonces lo coherente sería impedir al niño o niña que ingrese a una Institución que ni siquiera es capaz de evaluarlo.

¿De quién más hay que proteger a las niñas y niños? Pues me parece obvio, y me lo guardé para el final, pues de sus Papis y Mamis. Aparentemente, según el Ministerio, Papis y Mamis no están en condiciones de decidir correctamente qué es mejor para sus hijos en cuanto a su desarrollo. ¿Está esa conducta equivocada de papis y mamis tan generalizada que el mismísimo Ministerio tiene que actuar para que los Padres y Madres actúen de una buena vez por todas como se debe y no cómo les parece? Pues parece que el Ministerio entiende que sí, pues de otro modo no entenderíamos que meta la mano de este modo. ¿Y por qué está generalizado? Ah, esto es más serio de lo que parece.

Padres y Madres de Familia ¿lacras sociales?

¿Qué trata de evitar el Ministerio con esta Norma? Pareciera que varias cosas, aunque la principal, la confesada en cualquier caso, es que los Padres y Madres de Familia tomen decisiones erradas en cuanto al desarrollo de sus hijos, “adelantándolos” del nivel de su edad. Tratemos buenamente de ver por qué los papis tomarían esa tan equivocada decisión. Hasta donde sabemos, papis y mamis no son lacras sociales, como algunos periodistas los están pintando. En su gran mayoría quieren a sus hijos, aunque más no sea por predeterminación biológica, y se comprende que desean en general “lo mejor para ellos”.  Nuestra Constitución y Leyes protegen a la Familia y le acuerdan a los padres ciertas prerrogativas en la Toma de Decisiones sobre la Educación de sus hijos, entre ellas algunas trascendentales, como decidir en qué credo religioso, o ausencia de éste, los educarán. Se supone que tienen derecho a decidir sobre la Educación que desean para sus hijos.

Esto en el papel, por supuesto, porque en la práctica las decisiones de los padres y madres están en dependencia directa de cuánta plata tengan. La educación pública existe entre otras razones para permitir a los padres y madres una alternativa que puedan adoptar en el caso que, como ocurre con la gran mayoría en nuestro país, no puedan agenciarse otra. Y su intervención en el proceso educativo está consagrada a través de su participación en las AMAPAFAS – Asociaciones de Madres y Padres de Familia – en los colegios públicos y privados. El discursito acerca de los Padres y Madres que no saben no está corroborado por los hechos.

La escuela guardería

Un primer factor para “adelantar” a niñas y niños es el tema laboral de la familia. Si papá y mamá tienen que trabajar para traer el pan a casa, pues no pueden quedarse a cuidar a la criatura, pues que yo sepa nadie, excepto San Martín de Porras, tiene el don de la bilocación, y mientras la preescolar no esté generalizada, pues la Escuela funciona como guardería. Y no es descaminado, pues el servicio educativo que presta puede ser mediocre y homogéneo, pero permite a papis y mamis – en especial en los casos de familia monoparental – salir a buscársela. Naturalmente, este factor nada tiene que ver con el nivel de desarrollo del niño o niña, pertenece a los datos de la pura realidad según la cual la supervivencia – comer - es primero que el “adecuado desarrollo”, sea éste la entelequia que sea. Quizá el funcionar como guardería sea una de las funciones sociales reales más importantes que la escuela cumple en nuestro país, lo que en buena parte explicaría algunos de los increíbles problemas y desórdenes que están saltando con una norma que, en principio, podría ser adecuada. Según creo, esto es algo conocido y que las autoridades del Ministerio supongo deben haber previsto, pues es su trabajo hacerlo. Por otra parte, me ha desagradado profundamente leer y oír a algunos periodistas, algunos de ellos sin ninguna experiencia de paternidad o maternidad, pontificando sobre la irresponsabilidad de los padres desde la comodidad de su clase media. Algunos de los que tienen zapatos creen que el suelo es de cuero.     

La Lucha por la Vida

Pero el factor esencial de la oposición a la Norma parece ser otro. La Educación es un bien escaso, y la calidad educativa ha sido expropiada en favor de las instituciones Educativas privadas, que ofrecen el servicio de colocar a niñas y niños en condiciones ventajosas socialmente por un precio, más aún en nuestra sociedad estamentaria. Todos los padres y madres conscientes saben que la educación es importante. Se la piensa como vehículo de ascenso social en casa, o medio para emigrar fuera del país en busca de condiciones más o menos decentes de vida. Por lo tanto conviene comprar los servicios de una escuela donde el niño aprenda las esotéricas habilidades de la comprensión lectora, los idiomas extranjeros, los valores, las matemáticas y las ciencias, negadas a las instituciones públicas. La inversión es fuerte, como bien sabemos, y no todos tienen la plata. Un cálculo económico obvio es cuánto va a costar en plata y en tiempo la educación de un hijo o hija, cuál es el costo-beneficio de que “empiece antes” y “le saque ventaja” al resto. Porque que hay competencia, hay competencia. Que la hija o hijo se incorpore a la Lucha por la Vida cuanto antes y con todas las armas posibles es un objetivo directo de las familias, en especial porque nada es seguro, y menos que nada la jubilación en un país donde ésta es otro bien escaso, y se cuenta tradicionalmente con la capacidad de los hijos adultos para mantener a sus padres ancianos. “Adelantar” a los hijos no es, pues, algo que se hace por maldad o por lacra social, sino un arma de supervivencia en medio de la Ley de la Selva instalada en la sociedad.

Colofón

Pareciera que sin querer queriendo el Ministerio ha chocado con procesos sociales que le superan enormemente. Cuando estas cosas pasan, casi siempre es la inercia social la que consigue imponer el Odre Viejo para guardar el Vino Nuevo. Imponer la autoridad por la autoridad misma tiene límites. En la República de Utopía esta Norma tendría un enorme éxito, porque alguna sensatez presenta, pero pareciera que nuestras autoridades educativas están contando con que la sensatez, la razón pedagógica y el sentido moral y ético de los padres y madres de familia se impondrán sobre las necesidades perentorias y la lógica social. Puede que sea lo correcto, pero qué poco políticamente viable la forma de plantearlo. No somos tan optimistas como los funcionarios del Ministerio, ni creemos que al final la razón se imponga, no son así los procesos humanos. Lo que nos dice nuestra pequeña experiencia es que hecha la ley, hecha la trampa. En ese proceso de sacarle la vuelta a la norma como a tantas otras bienintencionadas normas, la autoridad se deteriora con mayor rapidez, y la legitimidad se va difuminando de a poquitos, y al final se cae en la inercia de siempre. No creo que hubiera costado demasiado pensar en procesos más que en disposiciones, más en educar a la gente que en imponer la autoridad. En fin, veremos qué pasa con esta norma cuya viabilidad política no parece estar en manos de los funcionarios. Y por hoy, puntos suspensivos… .