martes, 4 de diciembre de 2012

CONTRA LA NAVIDAD REAL

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“Los padres no existen, todo es un montaje de Santa Claus” (Yo)

“ … siempre he pensado que (las navideñas) son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que conozco en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino.”  (Charles Dickens, Cuento de Navidad)


Reviso mi artículo Contra la Navidad del 2011, y encuentro que nada ha cambiado desde entonces. Sí, es presuntuoso pretender que el ejercicio de la expresión libre pueda mover tan profunda estructura, cuento análogo al de la Navidad que se nos hace creer. Sin embargo, y más que no sea porque uno no debe callar, retomo el refrito y lo reedito, reformo, deformo, aumento y corrijo. Porque de esto siempre se debe hablar.

Quién celebra la Navidad

El Libre Mercado instrumenta todo para venderlo, eso es puro dato de la realidad, ni bueno ni malo. Claro que establece una escala de valores que pone por encima de todo a la ganancia y al consumo, pues de eso se trata la Navidad Real. Quien crea otra cosa, discúlpenme, o posee una fe excesiva en la bondad humana o una impresionante bandada de pajaritos en la cabeza. Lo más importante de la Navidad es la “campaña navideña” iniciada desde Noviembre, pues las ruedas de la economía giran en la medida que lo hagan las previsiones en las ventas. No faltan los que en nombre de una moralina hipócrita y/o ingenua llenarán páginas o espacios radiales o de TV contra el “materialismo capitalista que trastoca la Navidad”, o por unos “valores” desfasados de la realidad navideña. Hablarle a los que no tienen chamba o plata de Navidad como “materialismo capitalista” resulta en broma de pésimo gusto. Seamos claros, la Navidad Real es para los que tienen plata. Hablémosle de Navidad a los padres que no tienen para regalar a sus hijos, veamos qué nos responden. Y no es que tienes que estar en la última lona, de repente tienes chamba, pero también deudas, y si tienes grati – suposición irreal – ésta se destinará a ponerte al día en tus cuentas con el único ente que tiene reales motivos para celebrar la Fiesta: El Sistema Financiero. O tal vez te endeudas con el banco para tu campaña navideña y cruzas los dedos para que tu previsión de ventas sea la que esperas. A veces eso sale cuadra: Durante el incendio navideño de Mesa Redonda, las gentes arriesgaban sus vidas y se metían al fuego para rescatar sus mercancías, adquiridas con plata prestada, y de las que tantas cosas dependían, y el valor mismo de la vida humana quedó trastocado en las cenizas de más de 300 cadáveres. No creo que al sistema bancario eso le haya importado mucho, para eso existen los seguros de desgravamen. Ni creo que les haya perdonado la deuda a los que sobrevivieron.  

Navidades e Inocencias

Y en estas cosas el corazón se nos endurece y el alma se nos marchita un poco más cada año, hasta que la inocencia de la Navidad desaparece, decapitada por la realidad. Es verdad que no sólo de pan vive el hombre, pero resulta que sin pan el hombre no puede vivir. La invocación al deber ser de la Navidad se olvida fácil de las personas de verdad. Se burla uno de la gente si se desprecian sus pequeñas alegrías, y esa burla es sanguinaria cuando destruye las ilusiones de los niños. Así que ni condeno la Navidad ni la aplaudo, trato de ver qué hay realmente en ella. Mi hija acaba de cumplir siete años de edad, y en conversa de sobremesa manifiesta, con seguridad no exenta de cierta sombra de tristeza, que ella ya no cree en Papá Noel. Yo entiendo que un padre está en la obligación de cuidar de las inocencias infantiles y de ayudar al tránsito hacia una realidad que tiene mucho de cuestionable. Y con la mesura que el caso se merece, trato de indagar sobre esto. Paula me dice que ella sabe que son los padres y familiares los que hacen los regalos, y que lo sabe porque ella le pidió en secreto a Papá Noel que le trajera un regalo en especial, y no se lo trajo. En su infantil y blindada lógica, si Papá Noel existe y se le asigna tal grado de discrecionalidad omnipotente, pues entonces debe saber qué regalos quiero. Y si no llega a enterarse, quizá sea, como diría Voltaire, que es simplemente porque no existe. Y ello le presta una vaga tristeza a esa necesaria afirmación de su personalidad, al convencimiento que todo niño debe adquirir tarde o temprano de que tiene que hacerle caso a sus sentidos y a su pensamiento más que a las monsergas sociales, aunque sean sus mismos padres quienes las sostengan.

La Fiesta de la Mafia y la Delincuencia

A mí hace mucho que la Navidad Real no me gusta, y estoy en buena compañía: Charles Chaplin, el genial comediante, sentía profunda repulsión contra la Navidad, según atestigua su hija Geraldine. No la odiaba, sólo no le veía el punto a celebrarla si no era por los niños. No era su fiesta. De niño, el Vagabundo había sufrido la más podrida miseria londinense, y en Navidad recorría descalzo las engalanadas calles de relucientes vidrieras repletas de juguetes y golosinas que no eran para él. Probablemente ese sentimiento explique sus preocupaciones sociales, a la vez que su inmensa capacidad de trabajo, expresión de una suerte de juramento personal de no ser pobre jamás. Tratando de salvaguardar la inocencia de los niños, y en alocada carrera para tratar de compensarnos a nosotros mismos, la mayoría de nosotros tratamos de no pensar en nuestro interior que esta Fiesta no nos pertenece, porque lo único que sacamos de ella son dolores de cabeza, estrés, empujones y la probabilidad de ser objeto de asalto. Los mafiosos y delincuentes celebran así la Navidad a su modo, porque ellos sí saben positivamente que sus ingresos aumentarán y llevarán juguetes a sus hijos. Y así la Navidad es Fiesta para la Mafia y la Delincuencia.  

El Cuento de Navidad

Quizá la expresión literaria más impresionante de estas épocas del año sea el Cuento de Navidad de Charles Dickens, en su versión original, claro. Como todo lo navideño, al Cuento de Navidad está domesticado en sus muchas versiones, pues soltado así como es, como que malogra la farra. A fin de cuentas, de lo que se trata es que haya audiencia televisiva o asistencia a los cines para que la economía se mueva y haya para pagar planillas, lo que en sí mismo no es tan malo, pues la gente trabaja para vivir. Dickens era un moralista de los de a de veras, que no temía llamar las cosas por su nombre, con profunda fe en la realidad individual del hombre. Para él la Navidad era básicamente una oportunidad. El Fantasma de la Navidad Presente no es un producto comercial ideado para vender más, sino un personaje poderoso, alegre como un niño pero sin infantilismos idiotas, que lleva aquí y allá su espíritu, y que también sabe acusar a puritanos, inhumanos e hipócritas. Y así como trae consigo el espíritu de la Navidad, porta también terribles nuevas en esos dos seres abyectos - la Ignorancia y la Necesidad - que cobija bajo su manto y que nos restriega en la cara en dramática escena, diciéndonos claro que la miseria humana no se detiene porque haya Navidad, que el dolor es la marca de la condición humana, aunque también sea cierto que humanamente podamos, como decía San Agustín, hacer el loco una vez al año, pero con la cabeza bien puesta sobre los hombros.

El Cuentazo de Navidad

Las ruedas de la economía no funcionan bien cuando la gente es consciente. Los marqueteros saben que la inconsciencia redunda en más gasto. Quizá el mejor ejemplo sea el personaje emblemático de la Navidad Real, que no es Jesús, por favor, sino Papá Noel / Santa Claus. Siempre hay quien recuerda que San Nicolás fue un Obispo del Asia Menor, hombre de inmensa caridad y digno de ser recordado por eso. Pero el mito de cómo un caritativo Obispo se convierte en un gordito que recibe solicitudes de regalos en el Polo Norte es interesante de ser examinado con algún detalle. ¿Quién es Papá Noel? Parece ser la creación de un genio del márketing, aparentemente vinculado a Coca-Cola, no estoy seguro, pero su anécdota presenta interés: Papá Noel no es una buena persona, ni es ese abuelito regalón que nos quieren vender. Si tú “te portas bien”, él te da lo que le pides en tu carta. Si “te portas mal”, te pone carbón. Eso no parece consistente con el origen cristiano de la Fiesta. Y está claro que está diseñado para establecer la primacía de un valor que, para decirlo como mi amiga Yanira, “no me parece”. Ese obeso presidente de directorio es para mí persona non grata, y no le dejo entrar a mi casa, por más que me quiera sobornar con regalos. Hay mejor gente por ahí, que no me estará enrostrando lo reducido de mi pavo o cuánto me gasté en los regalos: Jesús, San Nicolás, el Ekeko, los Reyes Magos y el Fantasma de la Navidad Presente. No me parece que alguien que desprecia a los pobres por el mero hecho de serlo se merezca un sitio en una Fiesta presidida por la generosidad y la alegría.

La gran mentira

Tal como mi hija me enseñó, la Navidad es otra cosa. Es inocencia, sí, pero también el desencantamiento cuando se pierde. Cuando eres niño y careces de malicia, puedes creerte que la Navidad es hermosa y disfrutar de los colores, la música y la alegría, porque no sabes que la vida puede ser hermosa y a la vez una carga atrozmente pesada. El Fantasma de las Navidades Presentes no ha llegado aún para recordarnos que la Navidad no son sólo compras y ventas. Es posible que enterarte de que Papá Noel no existe sea un hito en ese proceso de “integración social” por el que los niños tristemente tienen que pasar. Percibir que son tus padres los que te regalan invierte la visión sobre la sociedad en que se vive, de lo que “debería ser” a lo que realmente “es”. La mayoría de los padres no tiene la más remota idea de cuándo sus hijos se enteran que Papá Noel no existe, y continúan dándole a la gran mentira como si nada pasara. Algunos incluso tratan de traspasar este estado de catatonia emocional navideña basada en la inconsciencia y la abundancia, aunque sea artificial. Parece que son los adultos los que no quieren crecer y aspiran a seguir creyendo en pajaritos de colores, como si nos instaláramos en medio de la creencia / no creencia, como si en el fondo de nuestra alma creyéramos que Papá Noel existe, que se nos hará justicia algún día, que Alguien se hará cargo de todo. Una suerte de esquizofrenia navideña generalizada, por la que nos escondemos de la realidad, esperando que la “solución” nos venga de afuera.

La Navidad: Una oportunidad

Pero puede haber Navidad para los adultos si te liberas de la presión social, lo que siempre es ir contracorriente. Una visión desencantada de la Navidad no excluye recuperar el encantamiento a la adulta, si es que eres capaz de ver más allá de tus corporativas narices, y tratas de ejercer la generosidad y la alegría por decisión personal e intransferible. Que una mesa bien provista no es pecado, ni regalar es maldad. El tema es cómo lo haces, cómo celebras. La Navidad puede ser una oportunidad, como Charles Dickens vio con tanta claridad. Después de todo, recuerda de quién es Su Cumpleaños. Tal vez no podamos poner las cosas en su sitio, pero siempre podemos intentarlo. Incluso si tu inocencia se desbarrancó en el agnosticismo o el ateísmo, puedes disfrutar de la Noche Buena – por cierto, qué nombre más bonito para una Noche - y siempre puedes acordarte del motivo original de la Fiesta: Aquél que hizo andar a los cojos y ver a los ciegos.

Tengo que contar también que me he reconciliado con el Árbol de Navidad. Pensaba yo en mi estrechez que el Árbol de Navidad no nos pertenece en estas tropicales latitudes. Pero me enteraron de un par de cosas que me gustaron: Allá, en el lejano Norte – donde también resulta que es Navidad – el verde árbol adornado con velas, tan pobremente representadas en esas “luces de colores” que tan profusamente se venden, es la manera de las gentes sencillas de no permitir que el Sol del Invierno se vaya en su larga noche invernal. Qué humano parecido le encontré a nuestra viejísima y andina tradición de “amarrar el Sol”. Y así ahora simpatizo con esa secular manera de traerse el Sol con nosotros en esa Noche Buena, de cuyo frío tenemos igual idea en nuestras Montañas. Y además esas gentes, que como nosotros no tienen nada de bobas, guardaban al costado de las velas encendidas de su Árbol cubos de agua y arena … para prevenir que celebrar la Fiesta no resulte en el incendio de la casa. Hay algo que aprender ahí, que no haya más Mesas Redondas que enluten nuestras Navidades, y que aprendamos a apagar las luces, que Navidad no es presumir de mis luces hacia afuera, sino iluminar nuestras vidas hacia adentro.

Colofón: Navidad en Tiempo Real

Tantas veces he tenido que trabajar Nochebuena y Navidad, que no puedo menos que sentirme solidario con todos aquellos que deben hacerlo para llevar el pan a su mesa, en especial cuando están en el servicio como los buenos. La Navidad es así para mí el ejercicio directo de la Solidaridad, el tratar de velar por los demás, el tratar de no ser felices solamente nosotros y los nuestros. Como en el Cuento de Navidad, hay un espíritu poderoso y generoso que recorre los lugares en que trabajan los obreros y empleados de turno, los marineros, los policías en servicio, los bomberos, los médicos y enfermeras, los telefonistas, los vendedores, los que laboran en aeropuertos, restaurantes y hoteles. También está en donde residen los emigrantes que añoran la patria lejana, el ambiente emocional en que se criaron, las familias y amigos que dejaron atrás. Y está en todos y cada uno de aquellos que tratan de hacerla mejor para todos los que no pueden. Esa es la Navidad en Tiempo Real, no el escaparate ni las luces, aunque éstas puedan contribuir a su escenografía. Si no hay luz en la conducta, de poco servirá que dejemos el símbolo prendido toda la noche. Y así saludo la Navidad de todos mis lectores, en especial a los que tienen que trabajar esos días, deseando que puedan construir una Navidad que sea mejor que la que existe. Y punto.