miércoles, 6 de abril de 2011

PREJUICIOS ELECTORALES Y DE LOS OTROS


“Cuanto más prejuicios tengan lugar, más debilitado el sentido de identidad (…) el yo conoce menos y menos de sí mismo” - Saúl Peña K.

El estado de la cosa electoral

Estamos en medio de una campaña electoral, y faltan pocos días para la primera vuelta que decidirá si hay o no Ballotage, y con quienes será. También de estas elecciones sale el Congreso, es decir, se emplea la fragmentación propia de una campaña en dos vueltas para generar la representación nacional, y ello no es del todo equivocado, si es que entendemos que el Congreso lo que debe hacer es representar a la Nación.

Por desgracia, en estas elecciones se agitan otra vez temas emocionales. No es raro, así son las elecciones, y es cierto que la emocionalidad es parte de la condición humana, así que quejarse de lo que no tiene remedio es bastante fútil. La característica del 2006, la guerra sucia, se repite edulcoradamente el 2011, aunque muy mediatizada entre otras cosas porque se distingue que el extremismo de derechas en la defensa de sus intereses en el reparto de la torta genera un rechazo absoluto en la población electoral.

Sin embargo, ríos de tinta se derraman en contra de un candidato. Quizá algo bueno surja de esto, y es lo que se está diciendo sin decir, es decir, una autocrítica de los candidatos de los grupos económicos. Aunque extrañamente no es confesa, lo que hace de la autocrítica algo verdaderamente extraño, con un elusivo saborcito a disculpa. Qué problema que esas “disculpas” que toman forma en la promesa electoral de darle rostro humano al capitalismo salvaje, ya hayan sido devaluadas por Alan García, que explotó el artificial temor difuso y generalizado para alcanzar el gobierno y convertirlo en el gran elector de estas justas electorales. Como sabemos, tales promesas son agua de borrajas, como se dice, es decir, han sido puramente instrumentales, y nada da confianza para suponer que esta vez no lo serán, a pesar del esfuerzo ingente de los medios para generar alguna forma de confianza en los ciudadanos en gentes que no han hecho lo que dicen que van a hacer cuando pudieron.

En cualquier caso, parece que hace carne la percepción de la necesidad de profundas modificaciones en el modelo económico para que se acerque a la resolución de las necesidades de la población en general, y no solamente de un puñado de beneficiarios del crecimiento económico. Si el mercado trae beneficios a la población en general, queremos saber donde están. Si el estado no regula o lo hace mal por incapacidad o constitución, no parece haber, de acuerdo a la experiencia, otro quien lo haga. Resulta gracioso ver que hay candidatos que parecen no haber entendido este apotegma tan sencillo, y siguen proponiendo cuál “ábrete sésamo” del desarrollo, más mercado irrestricto, cuando lo que está claro es que hay un inmenso desorden de origen multicausal, y que no es que el estado pueda resolver en su totalidad tampoco, pero el mercado dejado a su mano escondida, menos aún.

Prejuicios y Miedos

Sin embargo, la más importante reflexión que me genera esta campaña se centra en el Prejuicio. Al momento de pergeñar estas líneas, la actual campaña se centra en contenidos emocionales más que en contenidos racionales. Se está haciendo cundir un “miedo difuso”, análogo al del 2006, con la salvedad que esta vez no parece surtir un efecto mensurable en las grandes masas de electores que no son tuiteros ni feisbukeros. Los medios se lamentan al unísono que no haya publicación de encuestas y que no se pueda aplicar el “anchoring”, lo que nos indica que al desaparecer uno de los medios más eficaces de manipular la opinión, la cosa queda librada a los candidatos solos, de los que tres o cuatro están luchando a muerte por pasar a segunda vuelta. Y esto no genera ninguna confianza a los decisores macroeconómicos. Entonces entran en acción los elementos de manipulación “hormiga”: Rumores, videos editados, imágenes efectistas, spam, etc., complementando el esfuerzo publicitario ingente de la Confiep, las empresas mineras y demás que financian a sus candidatos. No deja de sorprenderme que personas que considero de gran inteligencia y capacidad de crítica se traguen con zapatos y todo un video evidentemente editado, por ejemplo, y se conviertan en cajas de resonancia de éstos medios “hormiga”. Solamente me puedo explicar esto por una suerte de suspensión del propio juicio.

Prejuicio como no-juicio

De la lectura tardía del libro “Psicoanálisis de la Corrupción” (2003), del lúcido psicoanalista Saúl Peña K., extraigo algunos conceptos. Según el autor, el prejuicio para empezar es un no-juicio. Ello, que parece muy obvio, ya indica que no hay racionalidad presente. Las decisiones están presididas no por una percepción de los hechos y su valoración, sino por contenidos previamente existentes, ocultos y de alguna manera vergonzantes. Estos, evidentemente, estarían basados en simpatías y antipatías previamente instaladas. De otro modo, ya no sería prejuicio, sino valoración de los intereses propios, correctamente definidos, calibrados y planteados como tales. Ello quizá no sería lo ideal, después de todo decir que se vota porque me conviene no es lo mismo decir que voto por la patria, lo segundo parece mucho más bacán que lo primero. Pero sería más sincero.

Imaginemos por un momento que Ollanta Humala gana las elecciones. Imagino que, dadas las circunstancias muchos creerán que ello sería una suerte de infierno en la Tierra. Pero si de algo estoy seguro es que ni sería el acabose ni sería tan terrible. Por cierto, tampoco creemos que será la gran maravilla del universo. Seguiría habiendo Congreso. Seguiría habiendo Poder Judicial, seguiría habiendo los Checks and Balances que ya tenemos afiatados. Y de seguro aparecerán algunos más. Si miramos lo que hicieron Lula, Kirchner, Tabaré Vásquez, Correa, en otro contexto Ricardo Lagos en Chile, y hasta el mismo Evo Morales en Bolivia, veremos que las primeras medidas se dirigieron a tranquilizar a los inversionistas, empresarios y emprendedores, y a aclarar las reglas de juego. Naturalmente, quizá uno de los contenidos que no se dicen pero que ahí están, invisibilizados, y que a los medios les molesta – corrijo, lo que a los dueños de los medios les molesta – es que su posesión de las frecuencias del espectro electromagnético estará en entredicho, porque el espectro electromagnético no les pertenece. Tal espectro pertenece a la Nación en su conjunto, y el estado lo administra por la vía de concesiones. Lo que ocurre es simplemente que durante decenios ha estado en manos oligopólicas por cobardía y falta de decisión política del estado. Y la preponderancia de los oligopolios por concentración de capitales es una deformación neoliberal de la libertad del mercado. Hay muchísimos intereses económicos detrás de la tan pregonada libertad de expresión. Algunos creemos que hay que meter la mano en ello. En lo personal me inclino por el modelo chileno, que asocia instituciones culturales privadas al usufructo del espectro electromagnético. A ver si así tenemos una TV que no sea solamente caja de resonancia de los grandes intereses.

La dicotomía entre los buenos y los malos

El prejuicio, además, posee como rasgo el establecimiento de una dicotomía irracional que refleja una suerte de omnipotencia propia, basada en la exclusión del Otro: Todo lo bueno está en mi grupo, y todo lo malo en el Otro. Este planteamiento tipo Tom y Jerry se distingue claramente en el ultimátum que el candidato Toledo lanza a los votantes, evidentemente con la intención latente de ser la carta de recambio que pueda estar “en medio” entre las opciones dicotomizadas. No creemos que le funcione muy bien, salvo con el sector de la población que vota por primera vez, que no es deleznable. Muchos, por otra parte, ya estamos curados del espanto y no nos tragamos los cuentos de campaña electoral.

Prejuicio y hostilidad

Otro rasgo del prejuicio es su hostilidad intrínseca. El Otro nos es tan insoportable que su existencia nos resulta odiosa, dado que escapa a los esquemas mentales que nos hemos fabricado, o que otros han fabricado en nuestra mente. La incapacidad de tolerar la mera existencia del Otro implica el deseo de negar su existencia. Quizá aquí haya que buscar el origen de las espantosas medidas de eliminación de adversarios políticos por desgracia tan común en gobiernos de todas las layas. Es evidente que aquí hay algo que se busca compensar – sigo a Saúl Peña, a beneficio de crítica e inventario, por supuesto – y lanzo la hipótesis de que lo que se trata de negar detrás del prejuicio es un sentimiento difuso de culpa. Nos guste o no, tras 500 años de irrupción de los españoles, la discriminación y racismo dirigidos contra la gran mayoría de la población indígena está basada en sentimientos que se nos introyectó, y que perduran y aparecen en toda su maldad en circunstancias electorales como éstas – Alejandro Toledo padeció algo de esto en su período de gobierno –. Estos sentimientos de rechazo, de ghetto inconsciente manifiestan una oculta pero profunda huella muy adentro. Es el mismo temor de los encomenderos y hacendados de hace siglos, pero negado, escondido y transfigurado al estilo Siglo XXI.

Prejuicio como proyección

Soy consciente que empleo un vocabulario psicoanalítico para el que no estoy preparado, pero desde que es de uso público, creo que puede utilizarse con sus límites. Un aspecto muy duro de roer que señala Saúl Peña, y lo es incluso para quien estas líneas escribe – creo que todos aquí tenemos nuestras propias culpas afincadas – es el de la proyección de la propia imagen castrada en el Otro denigrado y atacado. Se acusa de ignorantes a quienes hemos mantenido en la ignorancia. Se acusa de pobres a quienes hemos mantenido en la pobreza. Tenemos la respuesta absurda de los oprimidos que no quieren reconocer a su opresor y dirigimos nuestra agresión a los demás de allá abajo, que no pueden defenderse. Y si lo hacen, los acusamos de defenderse, y de agredir. Ello podría interpretarse como una proyección de nuestra propia impotencia frente a un mundo en el que nada podemos dar por sentado.

Las personas nos sentimos más o menos cómodas dentro del equilibrio inestable de nuestros propios esquemas mentales. Una sociedad estamentaria, donde la experiencia (o la imaginación) de la exclusión te alcanza siempre en algún momento de tu vida, produce el temor de la caída a estamentos más bajos y despreciables. El temor de parecernos a los indígenas/negros, los pobres, o los vernáculohablantes nos abruma. Nuestros esquemas, los de los peruanos posmodernos de las ciudades, son quieras que no la expresión de algo que nos metieron dentro hace mucho, la sensación de nuestra superioridad frente a los indígenas/negros, los pobres, los vernáculohablantes, e incluso las mujeres. Socialmente nuestro país ha alcanzado cotas de exclusión inimaginables fuera de nuestro continente. La reproducción social de estas situaciones determina la existencia de ghettos sociales. Nos aislamos para no ver al Otro, para darle “su lugar” y darnos “nuestro lugar”. La inconsciencia es un arma para no mirar alrededor. Y quizá las redes sociales son expresión clara de esta exclusión, y cómo estamos “entre nosotros” decimos lo que no nos atreveríamos a decir en Villa El Salvador o en Independencia.

Prejuicio y realidad

Desnudar el prejuicio no cambia lo que está fuera sino lo que está dentro. Puede que Ollanta Humala sea el malo de la película. Pero parece ser más bien la proyección de los miedos y los prejuicios, en tanto que “representa” a los Otros. La representación puede ser discutible, pero está sí muy claro que tal proyección es instrumentalizada para mantener los injustos privilegios de una minoría que históricamente se ha alzado con el poder en nuestro país, formando en la ruta una estructura que sin dejar lo malo del pasado le añade lo peor del presente. Exclusión sobre exclusión se acumulan. De nosotros depende, con el voto y más allá de él, que nuestra patria sea la casa de Todos, no solamente la nuestra. Nuestra patria no puede ni debe construirse sobre la exclusión del Otro. Hay espacio suficiente para todos. Dejemos de ser casa dividida. Si no, como decía Martín Fierro, “nos comen los de juera”.

Mi reflexión final

En mi identidad de enseñante y docente, no me importa por quien voten unos y otros, sino cómo lo hagan y en nombre de qué. Naturalmente tengo mis simpatías, y entiendo que cada cual tenga las suyas. Ello siempre será discutible, y sabroso además. Pero hay algunas cosas que podemos dar por ciertas. Entre esas cosas, está que tras las elecciones nuestra persona nacional seguirá viviendo y evolucionando, y en eso todos, los que están a favor y en contra de cualquier opción, tienen un espacio y una labor. Matar al prejuicio y al estereotipo, a la discriminación y el racismo subyacentes, hacer las necesarias críticas desde lo mejor que tenemos en la mente y el corazón, no desde la autoestima herida, requiere coraje personal, lucidez y una verdadera autocrítica personal. No es el Otro el que debemos temer, es al temor mismo instalado en nuestro espíritu. Y no es solamente por nosotros, sino para no pasar esta vergüenza nacional a nuestros descendientes. Votemos por el que nuestra mente y nuestro corazón nos convoque, pero no olvidemos que entre tantas cosas que hay qué hacer en esta patria dulce y cruel que decía Basadre, no es lo menor o lo accesorio mirar en nosotros mismos.

Lo intuía el inmortal César Vallejo. Hay, hombres, humanos, hermanos, mucho qué hacer.