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martes, 12 de abril de 2011

APOCALÍPTICOS Y DES-INTEGRADOS


El miedo es el más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejos. (Edmund Burke)

Qué ha pasado el 10 de Abril

Hace casi 2 días que la primera vuelta de las elecciones presidenciales peruanas ha terminado. De ellas, y de acuerdo a las cifras oficiales que están saliendo ya, emerge un cuadro que calificaremos, siguiendo y a la vez apartándonos del conocido texto de Humberto Eco, de APOCALÍPTICOS Y DES-INTEGRADOS.

¿Qué ha ocurrido? Pues que, como es obvio en cualquier elección, emergió un ganador. GANA PERÚ, coalición liderada por Ollanta Humala se ha alzado con la primera mayoría, al lograr un 31 % de los votos. Un 23 % aproximadamente, ha logrado FUERZA 2011, nombre que para estas elecciones adoptó el fujimorismo. Los grupos más o menos afines al modelo económico de Castañeda, Toledo y Kuczynski, han quedado atrás, y ya no juegan el juego sino desde la cazuela o entre bastidores. Desde el punto de vista estrictamente electoral, su influencia está ahora circunscrita al nivel congresal, y en este aspecto, y durante los cinco años que vienen, el Congreso que emerge de estas elecciones tendrá vigencia. Para la dilucidación de la Presidencia, el 5 de junio se realizará la segunda vuelta electoral, donde se enfrentarán Ollanta Humala y Keiko Fujimori.

Cinco años de Guerra Sucia

Desde el año 2001, la estructura electoral ha reflejado la carencia de un real sistema de partidos. La representatividad del sistema político, producto de la Constitución de 1993, ha sido y es severamente cuestionada, y resulta defendida básicamente por los que ganan con ello. También ha resultado normal que los sucesivos Congresos hayan carecido de una clara mayoría que diera sostenibilidad al gobierno, y ello ha fomentado la negociación política bajo la mesa. La disolución por Alberto Fujimori de un Congreso sobrepoblado, indiferente y corrupto en 1992 fue saludada por la ciudadanía en su momento, pero el resultado político ha sido un Congreso más o menos igual de indiferente y corrupto, pero esta vez con infrarrepresentación.

Las elecciones del 2006 y las del 2011 registran el mismo ganador en la primera vuelta, Ollanta Humala. En 2006 una coalición de todas las fuerzas de la derecha, estructurada a toda prisa, y basada en oscuros manejos electorales que permitieron a Alan García llegar al ballotage, le arrebató el triunfo a Ollanta Humala por muy pocos votos y en medio de una guerra sucia malévola y sin cuartel. Esta guerra sucia ha sido la característica más saltante del discurso político los últimos cinco años, y en ella se emplearon a fondo gran cantidad de recursos, desde el gobierno y desde el poder económico y mediático. El “Método Montesinos” fue rechazado de dientes para afuera, pero aceptado como manual de operaciones. Se adquirió congresistas al por mayor, se sesgó la información, se manejó el efecto anchoring y el bloqueo informativo, se emplearon el Poder Judicial, la escucha electrónica y la represión, todo bellamente estructurado como en los mejores tiempos de los 90, aunque no con la misma efectividad, hay que decirlo.

Quizá nunca un personaje político peruano haya sido tan espulgado y atacado desde todos los ángulos como lo ha sido Ollanta Humala, con la única excepción de Víctor Raúl Haya de la Torre. Sin embargo, el efecto de esta guerra sucia resultó contraproducente, pues en estas elecciones Ollanta logró básicamente el mismo porcentaje de votos entonces que ahora. Obviamente la guerra sucia no logró reducir la percepción del pueblo peruano de su propia realidad, sino que además permitió objetivamente un aumento cuantitativo en el apoyo electoral, dado el crecimiento vegetativo de la población. Ni Haya de la Torre ni Ollanta Humala fueron atacados por los grupos del poder fáctico de nuestro país por ser feos, malos chicos o por un repentino interés en la democracia por parte de los poderes fácticos. La política de a verdad se fabrica a partir de los intereses, y en nuestro país, si bien el pueblo está infrarrepresentado, los grupos de poder fáctico están perfectamente representados, e incluso sobrerrepresentados.

De nuevo y a acomodarse

No hemos revisado aún cuantos parlamentarios ha conseguido poner Yanacocha en su “bancada dorada”. La Confiep ha respondido con rapidez a la primera vuelta creando un spot radial, que ya se emite, y cuyo mensaje es “No al Cambio”. Don PPK ha manifestado que no votará por Ollanta, lo que quiere decir que ya sabemos por quien lo hará. Aunque los alineamientos no están aún completamente claros, los discursos ya presentan ciertas características de una nueva guerra sucia, otra vez, tal vez con unos pocos cambios y ajustes. Se seguirá fabricando el miedo, creando estereotipos y prejuicios, y los temas serán los mismos: que si Chávez, que si la estatización, que si el radicalismo, que si se comen a los niños crudos o sancochados.

El lado de la propuesta resulta igual de fantasioso. Los discursos de los grupos del poder fáctico plantearán el mundo bello y hermoso de la Inversión, como si nada hubiera pasado, unido al tema de lo malo que es Ollanta y de que ya, ya, ya, el crecimiento llega y todos seremos ricos. Se planteará una vez más el mundo ideal de la República NeoLiberal de Ninguna Parte, habitada por esforzados inversionistas extranjeros, pajaritos de colores, puros de corazón y los candorosos a los que Ricardo Palma llamaba cándidos. En esa República reinan los hermosos sentimientos patrióticos, los empresarios trabajan teniendo en su mira el bienestar de las mayorías, los políticos abandonan sus intereses particulares para servir a los Pobres del Perú, los electores son todos igualitos en cuanto a inteligencia, capacidades y sentimientos, y los intereses de las grandes empresas resultan ser los de todos los peruanos. Es una pena que esa República solamente exista en la imaginación.

Floro y chamullo

Como los discursos políticos, lejos de evidenciar los intereses, por lo general los ocultan, la capacidad para el disfraz es altamente valorada en el mundillo de los poderes fácticos, lo que por cierto linda con la hipocresía y la mentira. En términos muy generales podríamos decir que la mentira y la corrupción andan juntos, y la plata en realidad “no llega sola”. El discurso puede hasta ser correcto, inclusivo, hermoso y coherente. El único problema es que no se condice con la realidad, y un discurso tal puede terminar perfectamente devaluado por su aplicación concreta en manos de un político determinado. Testigos los últimos cinco años de chamullo.

Los muchachos solían decir, cuando un discurso sin contenido se orienta a un objetivo no confesado, pero que redundará en ventaja para el que lo dice y daño para el que lo escucha, que eso es “floro”. El término es tan bello que vale la pena dilucidarlo. ¿Aludirá quizá al hablar bonito que “echa flores” que distraigan al incauto al que se dirige? ¿Se percatará la chica que ese canto de sirena hará que termine, como decimos acá, bastante agresivamente por cierto, con la yuca adentro? No es nada casual que la yuca, ese inocente tubérculo, se haya constituido en el imaginario popular como un símbolo de Alberto Fujimori, cuya participación en un eventual nuevo gobierno parece estar siendo celebrada con antelación. Pero la yuca en tanto que instrumento político ha sido tan utilizada estos años en su versión aprista, que ha producido ingentes daños en la confianza de las gentes, y en la capacidad de los electores para el discernimiento político.

Apocalípticos

El Apocalipsis es un libro de la Biblia y un género literario que nos remite a las señales que preceden al fin de los tiempos. El fin de los tiempos, además, es visualizado como una suerte de gran cataclismo universal. Parece que estuviera en el fondo de cada ser humano el temor frente a estas fuerzas de la naturaleza que en su furor tratarían a los seres humanos como éstos tratan a las hormigas. Y este temor puede explotarse y es explotado. No falta nunca un periódico cuyo titular diga, en letras grandes y espectaculares que el fin del mundo se acerca, sea por meteoros, erupción volcánica, terremoto, tsunami, invasión extraterrestre o epidemia universal. Y curiosamente siempre aparecen cuando hay alguna noticia sobre Ollanta Humala, así que podemos fácilmente colegir que la asociación del contenido apocalíptico a una determinada persona o posición política empleando las técnicas de la comunicación de masas, seguramente sirve a un objetivo político. E implica además algún tipo de coordinación. Hace mucho que dejamos de chuparnos el dedo.

Lo que se trató y se tratará de nuevo es de presentar un eventual gobierno de Ollanta Humala como un sucedáneo del Fin del Mundo. Tuvo algún efecto. No sirvió para reducir la votación de Ollanta, pero sí para elevar barreras emocionales sólidas y dividir al país. La emocionalidad es resistente a los argumentos lógicos, y por ello en el Manual del Perfecto Manipulador (Prólogo de Rendón, Prefacio de Montesinos) con toda seguridad están detallados los métodos y protocolos a emplear. Por supuesto, si haces las cosas descriteriadamente, por más que sigas el manual al pie de la letra no te funcionarán las cosas. Se requiere cierto desapego emocional, cierto profesionalismo que, cuando estás a merced de tus propias antipatías, casi siempre indica que eres una víctima de tu propia medicina. Eso le pasa a algunos dizque periodistas y directores de ciertos medios de descomunicación.

En mi artículo Humala el Malo planteé algunos de los temas que andan por debajo de ello, así que ahí lo dejo. Ahora me interesa más hacer notar el planteo apocalíptico que se está dando a estas elecciones. Se empezó desde una perspectiva discriminadora y racista, orquestada desde las redes sociales, como para decir, por ejemplo, que el voto de alguien con Féisbuk es más “válido” que el de alguien que no lo tenga. De hecho se jugó, a mi entender con absoluta irresponsabilidad, con los sentimientos negativos instalados en profundidad en las gentes. Campean los adjetivos y los epítetos vacíos pero efectistas. Incluso hay abiertos discursos racistas, frente a los cuales una personalidad de alta calidad moral y prestigio alcanzado con toda justicia como Gastón Acurio, elevó con coraje su voz, dando una muestra de decencia personal y sentido democrático que debería ser mucho más imitada.

Desde el otro lado, ciertas opciones asumen un sentido común bastante cuestionable, la de suponerse a sí mismas como “democráticas”, con exclusión de otras. Normalmente este discurso iría unido a un sentimiento de superioridad intelectual y a cierto desarraigo emocional. Naturalmente esto último lo digo a modo de hipótesis. Se asume alegremente que ser demócrata significa estar de acuerdo a rajatabla con un modelo económico, y si no lo estás, ya no eres demócrata sino un malvado. Y en este saco se echa a todo aquel que haga alguna crítica al modelo económico, aún de modo light, por ejemplo si crees que si hay empresas que hacen sobreganancias no esperadas se podría cobrar impuestos sobre ellas. O si deberíamos utilizar el quechua y el aymara para comunicarnos con los millones de peruanos que emplean estas lenguas. ¿Cuál es el fundamento racional – que debería tenerlo – para oponerse a estas medidas? Cuando estos y otros temas aparecen la discusión política es dirigida a temas de carácter emocional que ocultan en vez de mostrar.

No puedo dejar de mencionar al más talentoso de nuestros apocalípticos, Don Mario Vargas Llosa, cuya contribución a las visiones del Apóstol Juan nos ha dado excelentes y a veces magníficas metáforas. Lástima que la mayor parte de las veces estén desprovistas de sentido político, excepto tal vez para esa República NeoLiberal de Ninguna Parte, que según parece solamente existe en la desbordante imaginación de nuestro Premio Nóbel, en alguna región entre la España de los Borbones y el Irak democratizado a la prepo.

Des-integrados

En el terreno de la Política de verdad ahora se trata de plantear los términos de la discusión. Ir a la búsqueda del centro político. De la gobernabilidad que permite la estabilidad dentro del libre juego de los mecanismos democráticos. No será sencillo. Primero porque GANA PERÚ aún no ha sido refrendado en segunda Vuelta. Segundo porque los mecanismos comunicacionales de la Desintegración y la Exclusión volverán a formularse y reformularse, a la búsqueda de la mejor defensa de ciertos intereses. Y aquí se jugará otra vez con el Miedo.

Hay muchas cosas que nos dividen, pero hay una que atraviesa el esquema político de parte a parte, de tal manera que pareciera ser constituyente del esquema con que nos hemos manejado hasta hoy. Esta división traza una línea dentro de la sociedad y las instituciones, en el Poder Judicial, en el parlamento, en las Fuerzas Armadas y policiales, en los Partidos políticos, en el Sector privado, en las ONGs, en fin, en todo. Es la fina línea que separa a la corrupción del interés bien entendido. Nadie puede realistamente oponerse a que las gentes se ganen la vida desplegando esfuerzo, capacidad y astucia, y a alcanzar el bienestar aumentando las riquezas propias con sensatez, abiertamente y creando valores agregados. Gastón Acurio y muchos otros empresarios peruanos constituyen un ejemplo al respecto, que ya quisiéramos que fuera el paradigma preponderante. Pero no es lo que las desconcertadas gentes peruanas tienen instalado en su inconciente colectivo, por poco que rasquemos. El narcotráfico, el aprovechamiento de las ventajas injustas, el patrimonialismo, la concentración que excluye, la corrupción simple y llana, en suma, son todavía los modelos en los que educamos a nuestros hijos, lo sepamos o no. Lo único realmente decente es hacer algo al respecto.

Quizá el elemento real que, considerado individualmente, produzca más miedo silvestre y cerval en ciertos grupos económicos y en un sector importante de la clase política, sea el de la Lucha contra la Corrupción. Este miedo es proyectado a las cajas de resonancia mediática con la idea de generalizarlo, en la idea de que un árbol se esconde mejor en el medio de un bosque. El compromiso de GANA PERÚ en la Lucha contra la Corrupción produce Miedo. Miedo a ser descubierto, miedo a que se sepa la Verdad. Recordemos los Vladivideos, de donde Montesinos extraía en parte su poder sobre la sociedad peruana, un poder que surgía curiosamente del manejo retorcido de la verdad. Interesante resulta ver a la candidata de FUERZA2011 señalar que será ella misma la que se ponga al frente de la Lucha contra la Corrupción en un eventual gobierno de Fujimori. Recordemos que Alan García dijo lo mismo, y que nombró a una “zarina” que tuvo que renunciar porque no tenía ni presupuesto, ni sueldo ni escritorio ni pasajes ni siquiera una cafeterita para el cafecito de media mañana. El lenguaje también suele servir para ocultar la decisión política de no hacer nada.

El combate frontal y sin atenuantes contra los faenones es una bandera irrenunciable. Sin ella, GANA PERÚ es nada. Urge que se presente un Plan Anticorrupción, sólido y con dientes. Ramón Castilla decía que la corrupción no era tan complicada en los estratos bajos de la sociedad, sino en los altos, porque desde allí se contagiaba como la fiebre amarilla. Pero tampoco se trata de ser complaciente con la “corrupción-hormiga”. Sin embargo, el Buen Gobierno exige sentar ejemplos claros.

Si bien la negociación política es normal en el desenvolvimiento de las relaciones de Poder, se necesita diferenciarse con absoluta claridad y evidencia del estilo de “negociación” de Fujimori-Montesinos, y recordar a la olvidadiza memoria nacional, sin temor alguno, las inocentes reunioncitas en la salita del SIN. La negociación es un mecanismo político decente y normal, donde las astucias se despliegan y las inteligencias contienden entre sí. Las negociaciones que se establezcan debieran ser en lo posible a puertas abiertas, con las cartas cara arriba y a la vista de todo el mundo. Nada hará más daño que una negociación bajo la mesa. No se puede permitir confusión alguna en este sentido.

Qué hemos ganado los peruanos

Dentro de la real situación de nuestro país, donde incluso el Presidente García acepta, fuera de su habitual triunfalismo, que hay población que no ha alcanzado los beneficios del crecimiento económico, ahora se trata de ver como integramos los esfuerzos de los peruanos de buena voluntad para empezar a hacer lo que se reclama necesario y frente a lo cual no se ha hecho realmente nada o muy poco en los últimos años.

Los objetivos nacionales resultan claros: Calidad educativa, masiva. Atención de Salud de calidad, masiva. Lucha contra la Corrupción, masiva. Seguridad Ciudadana, masiva. Inclusión, masiva. Crecer no lo es todo, repartir es necesario. Se trata de mantener un crecimiento económico sólido y consistente que dé soporte a la ejecución de estos objetivos, empleando las exportaciones mineras – riqueza que Dios nos ha dado, y que se acabará algún día - como palanca para un desarrollo eficiente, que abarque a la mayor cantidad de peruanos que nos sea posible. La Agricultura de consumo interno, y la de exportación no tienen por qué desarrollarse de espaldas la una a la otra. Producir alimentos, en este mundo abarrotado de gente, es Poder. La investigación científica y el desarrollo tecnológico deben dejar de ser los huérfanos del Estado. Erradicar el analfabetismo no es obligar a la gente a que emplee el castellano, sino a que aprenda a leer, en su idioma y también en castellano, nuestra lingua franca. Defender el patrimonio natural y cultural es una prioridad. Desarrollar nuestra Identidad como País de Todas las Sangres, un imperativo.

¿Cómo obtener una integración nacional en función de estos altos objetivos frente a las inmensas fuerzas que se le oponen? Durante mucho tiempo hemos estado presos en un esquema donde el Otro era visualizado falazmente como poco menos que responsable de su pobreza e ignorancia. Para que algunos vivieran regular se condenó a millones a la abyección. Decir que la pobreza ha disminuido porque si en vez de morirte lirondamente ahora vives con tuberculosis y desnutrición, y además hay que agradecerlo, no tiene sentido ni racional ni emocional. Hay que abandonar la costumbre infame de decir las cosas sotto voce. Se necesita, antes que nada, superar el miedo. El miedo destruye. El miedo paraliza. A lo único que debemos temer es al temor mismo.

martes, 22 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 1)


Como dice la canción, no se puede nadar sin agua. Tengo en la línea de producción cosas sobre didáctica de la Historia, enseñanza / aprendizaje de valores, perlitas cognitivas, educación para el trabajo y varias cosetas más, pes cholo. Pero se nos meten las elecciones en medio, y queda tan poquito para la primera vuelta que mejor tratamos de hacerle guiños a la realidad política y meternos de nuevo en el ajo. Estos últimos días las cosas decantan. Las encuestadoras, temerosas de perder credibilidad – deben seguir vendiendo estudios de mercado cuando no hay elecciones, la vida hay que ganársela – empiezan a sincerarse. Y es lógico, hay dos mil maneras de manipularlas, y muchas se han evidenciado en los últimos días, con lo que la gente pensante debería no caerse de contento cuando una encuesta te da más votos de los que te dijo originalmente que tenías. Los abrazos de oso sueles ser algo apretados. Pero para nosotros, la indiada, pueden ser cosas del Orinoco, de esas que tú no sabes y yo tampoco.

Así que ni modo. Habrá que intentar meterle un poquito más de neuronas a la campaña electoral. Y en este caso se me ha ocurrido pensar qué es lo que esperamos lograr con las elecciones. Y pensaba que si vamos a votar por Presidente de la República, por Jefe del estado, valdría la pena hacer un pequeño recorrido.

Cultura política y orígenes

Nuestra cultura política es curiosa. Es una de esas cosas que determinan nuestra identidad. Y aunque quizá eso no nos guste, nuestra identidad, eso de “ser peruano”, está muy determinado por esa cosa que se llama sociedad, y la sociedad tiene un desarrollo en el espacio – este territorio que llamamos Perú – y en el tiempo. Lo que hacemos hoy tiene, tras de nosotros, casi 200 años de vida republicana, 300 años más de Colonia de los españoles, un siglo de Tahuantinsuyo más, y, casi nada, 10,000 años de constante permanencia en nuestro territorio. Ello nos sube la autoestima, y nos ha dado una cierta prestancia que otros países no tienen, y en América, salvo México, y quizá Bolivia y Guatemala, ningún país es comparable a este pedazo de tierra, con su curiosa gente y sus extrañas ideas de cómo gobernarse. En los Estados Unidos, algo que tenga 200 años es realmente viejísimo. En la Argentina, la gente no desciende de sus abuelos, sino de los barcos repletos de migrantes. Nuestras tradiciones son viejas como los agujeros de las orejas y el Hombre de Lauricocha. Gozamos o padecemos de una mezcla informe de estirpes, muy nuestra, donde convivimos desde bailarines de marinera moches hasta navegantes lacustres aimaras, pasando por descendientes directos de Huayna Cápac – nuestro amigo el genealogista Ronald Elward los ha encontrado -, polacos nacionalizados, palestinos fabricantes de alfombras mágicas, huancaínos que comercializan hasta los ojales vacíos de las camisas, quechuas mahometanos, pentecostales e israelitas del Nuevo Pacto Universal, zambos que tocan el cajón y rockean como los buenos, pitucas que charlan por los codos en sus casas de playa, tusanes que cocinan el mejor wantán frito del universo, croatas pescadores, tiroleses con mote, capullanas morenas de ojos verdes como la perdición de Adán, bricheros y pequeños empresarios, vedettes y delincuentes, sacerdotes y luchadores sociales, y un larguísimo e inacabable etcétera. Pucha, que tratar de entender nuestros orígenes como sociedad es tan sencillo como explicar en fácil la teoría de las Supercuerdas.

Don Nicomedes Santa Cruz, ese grande y orgulloso Negro Peruano, pretendía en una de sus décimas simplificar el nudo gordiano, y sugería con gracejo que en el Perú solamente cohabitaban tres razas, y eso era fácil de entender para todos. Total, no hay más que indoblanquinegros, blanquinegrindios y negrindoblancos. Pero se le olvidaron al zambrano los tusanes y los niseis, que hay harta gente de esa por acanga; y de que decir “indio” es meter en el mismo saco a huancas, quechuas, moches, tallanes, chachapoyas, cajamarcas, chancas, collas, shipibos, matsiguengas, aháninkas, aymaras, etc.; y que decir “negro” es mezclar a congos, angolas, ashantis, sudaneses, bantús, zulús, xhosas, hausas, etc.; y que decir “blanco” es mezclar a vikingos, árabes, tiroleses, andaluces, calabreses, provenzales, escoceses, bávaros, húngaros, bielorrusos, drávidas, etc.; y que decir “chino” es combinar viets, han, song, nipones, coreanos, taiwaneses, mongoles, tibetanos, y más etcéteras todavía. Así que tratar de dilucidar las mezclas y combinaciones puede ser realmente espeluznante, e incluso escandalizar a algunos creyentes en la imposible “pureza de la sangre”. ¿Cómo, Dios de Israel, le llamamos a alguien cuyos ocho bisabuelos son de origen cajabamba, portugués, croata, vasco, danés, chincha, alemán, y español? ¿”Chincapocromán? ¿”Davascajañol””? Yo tengo mi propia teoría al respecto, y creo que es la mejor posible. A alguien así le llamo “hija”. Es que solamente Dios, en su infinita sabiduría, quizá pueda tener una idea de los tipos de gente que existe, y de cuánto grupo más hay en nuestra patria tan extraordinaria. Total, dicen que Dios, para rematar esto de la mezcla, nació en Trujillo … Así que mejor no nos metamos con lo que no es posible meterse.

Un paréntesis

(Dicho sea de paso, eso del tema de “peruanos afrodescendientes” estará bacán para los discursos oficiales, pero desde que tengo memoria tengo amigos negros, y vaya, negros les he dicho siempre, aceptando bien interculturalmente el mote de “crudo” para mí, por cierto. Es que una cosa es el discurso oficial, que pretende marcar la interculturalidad para los que no la agarran, lo que debe hacerse y está muy pero que muy bien, y otra cosa muy distinta es jugar fulbito y decirle a Carlitos: “¡afrodescendiente no amarres bola, pásala!”. El idiolecto es el idiolecto, y solamente debiéramos pretender cambiarlo cuando resulta ofensivo o irrespetuoso con un grupo humano, o cuando el grupo mismo, con todo derecho, desee ser conocido de otro modo. También es cierto que el tono dice mucho, y entiendo que los “negros – afrodescendientes” se resientan de la palabra “negro” dicha con displicencia, desprecio o prejuicio. Y es cierto que palabrejas como “negroide” son monstruosidades por donde se las mire. Y para sentar un ejemplo, no otra cosa ha sido sustituír “campas” por “asháninkas” o “machigüengas” por “matsiguengas”, que es como los asháninkas y matsiguengas de nuestra patria desean ser llamados, por sus propias razones y sin que al resto nos tenga que importar cuáles sean. Si yo me llamo Javier no quiero ser Douglas Enrique, pues mi nombre es parte de mí y mi identidad. Y como dice Guareschi, cada uno consigo mismo, y Dios con todos. Fin del paréntesis.)

El Gobernante en la Historia del Perú

Me encantan las digresiones, dicho sea de paso. Mis sufridos lectores lo habrán notado. Llevo dos páginas y no he entrado en materia todavía. Así que, como dice el dermatólogo, vamos al grano. Los estilos de ser gobernante en nuestra Historia marcan, quieras que no, el estilo actual de serlo. Tratemos de entenderlo mejor.

¿De dónde proviene la autoridad republicana con la que revestimos al Presidente de la República? Teóricamente del consentimiento popular expresado en la voluntad general del pueblo. Este ya es un ajo conceptual. Porque el “consentimiento popular” siempre ha sido en eso que llamamos Democracia, una trampa para cazar inocentes pajaritos. La “voluntad general del pueblo” es algo tan huidizo y tan difícil de determinar que el teórico francés Condorcet – víctima de la Revolución Francesa que dio lugar a la frase de que la Revolución se traga a sus hijos-, que era hombre práctico, tenía que recurrir a una falacia, la de suponer que si alguien obtenía más de la mitad de los votos, entonces representaba la “voluntad general del pueblo”. Es decir, el hecho práctico de que todos los habilitados para ello votemos nos da una idea aproximada de la “voluntad general del pueblo”. En las actuales elecciones las encuestas, cuál grandes electores, proponen a cinco probables candidatos al “Sillón de Pizarro”, lo que nos parece gracioso. ¿Qué clase de autoridad republicana es la de alguien que sale elegido con el 30 % de los votos? Eso está en nuestra Tradición, porque el ballotage o Segunda Vuelta es cosa bien nueva en nuestra legislación.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los gobernantes anteriores de este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él.

Autoridad y elecciones

Miremos un poco más adentro, ligeramente. Al principio de nuestra Historia Republicana el Presidente era elegido de manera indirecta por el Congreso. Lógico en una República que recién empezaba y que pretendía tener cierta estabilidad para lograr eso de ser Libre y Feliz por la Unión. Viéndolo en cierta perspectiva, veníamos de haber sido Virreinato y Tahuantinsuyo, y en esas unidades políticas nadie elegía a nadie. El Sapa Inca era resultado de una combinación de sucesión por sangre y guerra ritualizada; y el Virrey del Perú era nombrado por el Rey de España. Sin embargo, nuestro imaginario popular y social vio y ve aún a los gobernantes como una suerte de seres semi-divinos, con capacidad para hacer más o menos lo que les venga en gana, limitados básicamente por su propia voluntad y por las fuerzas concretas a las que les deben sus cargos. Nada raro si entendemos que la democracia y la república son instituciones novedosas – menos de 200 años - en un país con más de 10,000 años de Historia.

Nos pasamos los primeros 30 años de la República con caudillitos imitadores de los Virreyes y los Sapa Incas, pero incapaces de moverla con la solvencia ya no de Pachacútec o el Virrey Toledo, sino de sacristán de Iglesia de Cristo Pobre. Llegó Ramón Castilla y tuvimos ilusiones, ingresos y veleidades de gran potencia, y por un buen rato – lo que duró la plata del guano y el salitre -, nos la creímos. La Guerra con Chile nos devolvió a nuestro nivel, y con el tiempo y tras el supuestamente tranquilito período de la República Aristocrática (1895 – 1919), en la que gobernaban los que la movían y nadie más, se vinieron huaycos democratizadores de dentro y de fuera del Perú, y empezó un ajuste de cuentas interno que aún no acaba. Tras la dictadura de Leguía y su fracaso en perpetuarse, vino una Constitución – 1933 - que nos movió el piso y el cotarro, porque por primera vez había voto directo para elegir al Presidente de la República. Se acababan para siempre los compromisarios y las tutelas, y el pueblo pisaba con sus pies cochinos lo que hasta entonces fue salón dorado de aristócratas y señores semifeudales. Quien pateó esa puerta, debemos decirlo, fue Víctor Raúl Haya de la Torre. No nos interesa ahora lo que haya hecho después, en aquel momento era visto peor que Ollanta ahora. Hasta entonces caudillajes militares y civiles le pasaron la factura al sistema político peruano. Desde entonces las Dictaduras ya nunca más pudieron ser lo que eran, desde que el pueblo estaba involucrado. Para ser Dictador, como lo fueron Benavides, Odría, Velasco, Morales Bermúdez y Fujimori, debías rodearte de ciertas formas gubernamentales que te dieran legitimidad, para hacer tu régimen “sostenible”. Incluso elecciones, aunque fueran amañadazas, como las de Odría de 1950, o las de Fujimori. Y si te sometes a elecciones estás frito, Dictador, porque tarde o temprano te darán forata, de uno u otro modo. Testigo el ciudadano Fujimori. Y, desde otra perspectiva, testigo el general Velasco, que precisamente cuestionaba a profundidad las elecciones, dado que así como estaban no representaban a nadie, y por eso jamás las convocó pues no las necesitaba.

Desde 1933 hasta la fecha sostenemos la elección directa del Presidente de la República, aunque con dos cambios fundamentales. Uno fue la ampliación constante y sostenida de capas de población al electorado. Las ampliaciones fueron por edad, de 21 años a 18; luego por género, y las mujeres votaron; y al final se acabó con la prohibición para los analfabetos. La otra fue el sistema de Segunda Vuelta, que reflejaba la preocupación de darle más carne a la “voluntad general del pueblo”, para que el Presidente tuviera más del 50 % de los votos, y lograra legitimidad para que fuera más difícil bajárselo.

Pachacútec, Sapa Inca

Empecemos el recorrido por los gobernantes más característicos del Perú por el Sapa Inca Pachacútec, autocrático y divino gobernante del Tahuantinsuyo, que es su principal paradigma. Podemos suponer que la Autoridad del Sapa Inca reflejaba a la de los muchos Sinchis, Cápacs, Curacas y gobernantes de toda índole que hubo en el Perú desde 10,000 años en adelante. Así que tradición telúrica de gobierno había tras él. Hubo en apariencia, incluso, otro Imperio en la Historia anterior a la invasión española, el Imperio Huari, y podemos perfectamente suponer que el Sapa Inca heredaba, como era lógico, toda la parafernalia, características, y conceptos vinculados a la Autoridad in illo témpore. Así que el Big Boss en cuestión, autoridad suprema del Tahuantinsuyo, devenía su poder de una legitimidad basada en su relación con la Tierra y los poderes del más allá, que de una u otra manera hemos heredado. El Sapa Inca era un jefe religioso, porque era el Hijo del Sol, nada menos. Lo que quería decir que tenía que negociar con toda una élite religiosa muy poderosa. Aliado con ella rodeaba sus actos de ritos religiosos que reforzaban su legitimidad. Al Hijo de Dios no lo detienes en la calle y le pides DNI para que se identifique. Y por si hubiera alguna duda, el Big Boss circulaba sentado en sus andas, con una guardia personal de esas que no te las para ni mandinga, rodeado de sacerdotes, vírgenes del Sol, soldados adustos, ayayeros, cargadores de andas, funcionarios de gobierno, ministros de estado, portaquipus, y como diez mil extras encargados básicamente de gritar Causachum Pachacútec. Había que ser muy idiota para no verlo, y más te valía verlo y gritar causachum, so pena de perder salva sea la parte antes de que sin mayor ceremonia te cortaran el pescuezo.

Es obvio que a Pachacútec no lo eligió nadie, si acaso él mismo. Ni siquiera le tocaba ser Sapa Inca. Él se la hizo, por decirlo así. Es decir impuso su Autoridad. Naturalmente primero fue héroe militar al derrotar a los chancas en Carmenca y Yahuarpampa, cuando no era más que el Auqui Cusi Yupanqui, lo que demuestra su audacia al enfrentar ejércitos más poderosos, así como su capacidad militar. Es curioso, porque hemos tenido presidentes que han sido héroes militares, como Castilla, Cáceres y Benavides. Aunque tampoco ello asegure algo. Don Eloy Ureta, ilustre vencedor en la Guerra con Ecuador, perdió las elecciones frente al insípido Manuel Prado. Ah, pero el Jefe de Estado Mayor en esa guerra, Manuel A. Odría, sí que fue presidente por golpe de estado. En fin. Lo cierto es que el Auqui Cusi tiene que ajustar sanguinarias e internas cuentas con el aparente correinante Inca Urco, a quien le pisaba los callos; y hacer de su padre el Sapa Inca Viracocha una figura decorativa, conservándolo como mandamás teórico, para que sea el Auqui Cusi quien realmente la mueva. A la muerte de su padre, el Auqui Cusi deviene Sapa Inca, y ahí es donde lo vemos realmente en acción.

El Sapa Inca Pachacútec respeta la institucionalidad que ha heredado y la utiliza, ni más ni menos que un Presidente moderno, para remachar su Poder y aumentar su Autoridad. Hace alianzas sociales, políticas y militares con diversos ayllus y etnias, y combate a otras, lo que le permite controlar las fuentes de poder de todos los tiempos, los recursos económicos y a la vez aumentar sus efectivos militares. Organiza un aparato administrativo realmente eficiente para manejar dichos recursos. Los quipucamayocs son el aparato burocrático y administrativo al que nada se le escapa en su furia contable. Los tocricocs o tukuy ricocs son una combinación de contralores, fiscales y espías que, premunidos de la Autoridad del Sapa Inca, simbolizada en las hebras de la mascaypacha que portaban, vigilan con los ojos bien abiertos todo lo que ocurre y ponen orden en donde hay que ponerlo, destituyendo funcionarios y expandiendo, para ponernos poéticos, “la Justicia en toda la Tierra”. Claro que esa era la justicia de Pachacútec, no la nuestra. Pero que la gente se comió ese contenido ideológico se lo comió con ojotas y uncus completos. Y con todo éxito, pues aún hoy en día, nos la creemos.

Me imagino una posible escena de la época. Un Collca Camayoc (administrador incaico de collca) se tira una cantidad de maíz producto del tributo de los ayllus, y por el que debe responder, para hacerse su aqa (chicha) a espaldas de las gentes, y meterse su tranca de vez en cuando. Alguien más tenía que saber de esto, porque habría cuando menos un quipu camayoc que viera el faltante y lo registrara, pues así es la chamba. El astuto Tocricoc que casualmente “por ahí pasaba”, seguro metía la nariz en los quipus, y detectaba el faltante. Casi veo al Tocricoc desplegar las hebras, tomar el mando y dedicarle al corrupto, con la mismísima Autoridad del Sapa Inca, frente a quien todos tiemblan, una de esas muertes espeluznantes por lo horribles, y que se vuelven testimonio de la dureza en la aplicación de la Ley. Desde siempre es así como se sienta ejemplo sobre el adecuado manejo de los recursos comunes. Por supuesto no lo hacía en nombre del pueblo, sino del sacrosanto Sapa Inca Dueño de Todo y Detentador del Derecho, a quien robarle era, Inti no lo permita, nada menos que crimen nefando. Aquí tenemos ante los ojos el significado real de decir Ama Súa, Ama Qella, Ama Llulla, por más que la frase misma no sea real. Lo real y concreto era “róbame y miénteme, y verás lo que te pasa”.

De entonces acá, vemos la Autoridad política como la de un alguien que “organiza”, que “hace funcionar” el aparato del estado de manera correcta. Ese Alguien no tiene piedad con la corrupción. Nos interesa tanto que las cosas anden bien que le exigimos al Sapa Inca, perdón, al Presidente, que sea un buen organizador y que castigue duramente la corrupción. En nuestra historia republicana encontramos que hombres como Manuel Pardo y Nicolás de Piérola cumplimentan de alguna manera este primer paradigma, el de “organizador” y “luchador contra la corrupción”.

Sigamos con el Poderoso Sapa Inca Pachacútec que, premunido de la autoridad que le da poseer el control religioso, económico y militar, está subido en la cresta de la ola de una dinámica de expansión militar y política, en la que se va apoderando a la velocidad de Illapa (el rayo) de las fuentes de riqueza de la época. Lo vemos extender su aparato organizativo, ordenar el mundo poniendo a los ayllus a trabajar para él, construir, reconstruir y mantener con eficacia caminos, puentes, tambos, collcas, acllahuasis, centros administrativos, palacios y ciudades completas. Así legitima su Autoridad a cada paso que da, aprovechando todo lo que encuentra en su victoriosa marcha. Logra asegurar condiciones de vida vivibles y ordenadas a la población, y la organiza para utilizarla como un instrumento bien templado para la sostenibilidad del sistema de la que él es la cabeza. Crea círculo virtuoso tras círculo virtuoso. Es, realmente, un ejemplo extraordinario de Buen Gobierno que ha superado las barreras del tiempo. Sobre el Orden que erigió, su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac añadieron y modificaron, pero no fueron muy creativos, sino simples talentosos continuadores. Si miramos el paradigma de la Autoridad Política en el estado anterior a la invasión española, ese paradigma indudablemente es el Auqui Cusi Yupanqui, el Sapa Inca Pachacútec. Él es indudablemente nuestro Hammurabi, Marco Aurelio o Tsi Huang Ti andinos.

Hagamos un juego que tiene algo de ejercicio mental y pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Sapa Inca Pachacútec?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de AUDACIA - CAPACIDAD DE ORGANIZACIÓN - LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Luego suma sus puntajes. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
AUTORIDAD

LUIS CASTAÑEDA
KEIKO FUJIMORI
OLLANTA HUMALA
PEDRO PABLO KUCZYNSKI
ALEJANDRO TOLEDO

Nota: Que me perdonen mis amigos que piensan votar por otros candidatos, pero es que se necesita ahorra espacio también ...

Y ojo, TAMBIÉN VIENE: El Virrey Francisco Álvarez de Toledo, y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado.