miércoles, 10 de abril de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 28: SHAKESPEARE (i)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 28
Leer y Ver a William Shakespeare (I)

I
Leer, Ver y Representar

Leer Teatro es una experiencia interesante y curiosa. Se lee teatro poco más o menos como se lee narrativa, la diferencia es que uno sabe que lo que se está leyendo está destinado a ser representado en un proscenio, por gentes de carne y hueso que dirán el texto que estás leyendo, y le darán entonación, volumen y actitud, y le harán cosas desconcertantes. Eso lo cambia todo, en especial cuando has vivido eso de pararte en un escenario, confrontarte con las luces, y saber que hay un público ahí que mira lo que haces y escucha lo que dices. Entre mis más entrañables experiencias de aprendizaje estuvo la incursión a las tablas, allá en mi remota, excesiva y extraordinariamente intensa juventud. Rodeado además de queridos amigos de toda la vida, y de la mano de competentes directores como Luis Durand Arp-Nissen y Roberto Fois Coniglio. Perdí la virginidad escénica a los catorce años de edad con una obra de las que se estilaban entonces, de “creación colectiva”. Y no la he olvidado nunca, ni podré hacerlo mientras viva, y aunque tratara, que no trato. Como cuestión de hecho, todo lo teatral era muy mal visto por la familia, y una consecuencia colateral de ello fue el aprendizaje de algunas elaboradas técnicas de clandestinidad, lo que junto al Teatro dieron forma al resto de mi vida. Y así continué hasta que la vida me alcanzó, y me resigné a dejar las tablas en la ruta, entre tantas cosas queridas que uno abandona con tristeza y nostalgia. Sin embargo, nada se aprende en vano, la experiencia y sus resultados ahí están, lo bailado no te lo quita nadie. En unos cinco clandestinos años de teatro, hice coreografías de canciones de Víctor Jara y otros, y conseguí de uno u otro modo llegar a diversos escenarios, gracias a los dichos directores y otros, en puestas de Bertold Brecht, Enrique Jardiel Poncela, Alejandro Casona, e incluso una comedia de Anton Chéjov. Y para reírnos un poco de estas juveniles veleidades, digamos que las críticas fueron buenas.

Cuando veo Teatro, en consecuencia, no veo solamente lo que ven los espectadores. De uno u otro modo sé lo que pasa ahí, lo fácil o no que es hacerlo, y por eso me molesta un poco que se vea Teatro como se ve cine o televisión. Deberíamos enseñar que una cosa es la imagen ensayada y emitida como producto final, y otra muy diferente ver gente “en vivo” interpretando. El Teatro es algo que se desarrolla en el momento que se ve, en “tiempo real”, y aunque haya un texto referencial e instrucciones del autor, lo cierto es que el Director y los actores hacen chichirimico el texto y las indicaciones, perpetrando eso que se llama “interpretación”. Y no solamente no está mal, sino que interpretar está en la misma esencia del teatro. Y en eso la pieza teatral se parece más a un Concierto de Rock, donde el público está allí, aunque las reglas sean otras. Pero nuestra sociedad no posee tradición teatral, y aunque nuestros actores mucho hacen y bien, la mayor parte de las veces nos acercamos al teatro leyéndolo. Mutatis mutandi, las preocupaciones puristas sobre la fidelidad al texto están de más cuando llevas una obra a la escena. Y como leer teatro no es lo mismo que verlo representado, hay diferencias muy notables en las dos operaciones vistas desde lo cognitivo. Yo he leído obras que he visto representadas después, como La muerte de un Viajante de Arthur Miller; o Edipo, Rey de Sófocles, y puedo decir que hay diferencia. Y el asunto puede empeorar cuando la obra teatral se lleva al cine, inclusive si es el mismo autor quien lo hace. La vieja película El zoológico de cristal de Tennessee Williams, por ejemplo, tiene de guionista al propio escritor, y es muy pero que muy floja en comparación con la obra escrita. Y vi hace un tiempo una representación combinada de las tres obras de Esquilo, Agamenón / Orestes / Las Euménides, de primera, en la que la actriz que representaba a la infortunada Casandra recitaba su parlamento en castellano con mote andino, potenciando así su cualidad de extraña y distinta de los otros personajes, matiz que no se distingue cuando lees la obra. 

II
Shakespeare

Para un actor aficionado y a la vez avezado lector, William Shakespeare es un reto y un hito. Dos momentos liminares marcan mi relación con el Cisne de Avon. El primero fue culpa y responsabilidad de Lucho de los Heros, quien en cabal cumplimiento de sus deberes de tío, y advertido de mi inmoderado y ecléctico gusto por la lectura, hace casi diez lustros trató de mejorar la calidad de éstas a través del obsequio de cuatro obras de Shakespeare, tres de ellas de la Editorial de la Universidad de San Marcos: El mercader de Venecia, Hamlet y Romeo y Julieta; y una de Plaza & Janés, de bolsillo, Macbeth. Nunca he recibido regalos de cumpleaños más trascendentales: Están frente a mí cuando escribo estas líneas y sus ajadas esquinas y amarillentas páginas testimonian los múltiples lugares y circunstancias donde me han acompañado. Me introdujeron al mundo shakesperiano, de la mano del magnífico traductor Marcelino Menéndez y Pelayo, cuyo trabajo respeta el espíritu del escritor y de la lengua en que estas obras fueron escritas, así como el espíritu del otro poderoso idioma en que las vierte. La primera lectura que emprendí fue la de El mercader de Venecia, y me conquistaron para siempre los dichos y hechos de Porcia, Shylock, Basanio, Antonio, Lanzarote, Graziano y Jéssica. La complejidad de la trama no resultó de ninguna dificultad, aún atendiendo al hecho que yo no tenía diez años cuando estos libros llegaron a mis manos, aunque reúne episodios como los de los tres cofres, el de la libra de carne y el de la apasionadamente monetizada relación de Lorenzo y Jéssica. El segundo momento liminar se lo debo a mi pareja, que conocedora de mi pasión por Shakespeare, me regaló por mi cumpleaños la representación de El mercader de Venecia del Teatro Británico de Lima. Cuando se conoce y disfruta una obra hasta la saciedad, y esta obra es teatral, y tras muchos años la puedes ver en el Teatro, que fue para lo que se hizo, el hechizo es especial, y está así marcada a fuego como recuerdo imperecedero. Y eso que había visto antes una excelente versión en cable en el nunca bien ponderado Canal Film and Arts, por el Teatro Nacional Británico, y luego vería en el cine la película de Michael Radford, con Jeremy Irons, Al Pacino y Lynn Collins. Pero no existe nada en el mundo como ver tu obra desarrollándose ahí, delante de tus ojos. Gracias, Ulla.

Luego fue Macbeth, también traducida por Menéndez y Pelayo. Drama de ambición descomedida y descontrolada, donde fair is foul and foul is fair (que traduzco como bondad es maldad y maldad es bondad) como salmodian las brujas al principio. Macbeth es la víctima de su propia pasión por el poder, verdugo de sí mismo, trastocado en su alma a pesar de sí mismo y en connivencia consigo mismo y para el mal. En cierto modo el Gollum del Señor de los Anillos de Tolkien se inspira en él. Además, conocí un personaje femenino completamente diferente de cualquier mujer que hubiera conocido, en real o en ficción: Lady Macbeth. Claro que por entonces no tenía muy clara del todo aún la petite différence entre mujeres y varones, pero aún así me parece que empecé a entender algo bastante mejor por entonces, el que ambos no son tan diferentes, después de todo. Me pregunto a estas alturas si algo así debería ser leído por un niño de diez años, y mi respuesta es afirmativa, no creo que “proteger” a los niños de la Literatura Universal sea rentable, y si se trata de introducir en las durezas de la vida a los párvulos, pues los cuentos infantiles no son precisamente más protectores. Además si vamos a enterarlos que el asesinato, la ambición, la tiranía y la muerte existen y son moneda corriente en el mundo, es mejor hacerlo de la mano de los que lo han planteado de modo insuperable. Me dejó tremenda impresión por entonces la escena aquella en que Lady Macduff apostrofa de cobarde y traidor a su marido por abandonarlos a ella y a su hijo en manos de los esbirros de Macbeth. Léanse esa parte, el diálogo entre madre e hijo. Rememoro el shock que me produjo ver al niño asesinado por los asalariados del tirano, lo que me hizo pensar como nunca a los diez años sobre lo horrorosa que puede ser la condición humana. Otra distinción personal del Macbeth es que es la única de todas las obras del Bardo que me he atrevido a emprender en su inglés original, cuya dificultad para los anglolectores de hoy es análoga a la que presenta El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha para los castellanolectores de la actualidad. Y más aún para mí, pues mi inglés no es de locutor de BBC, y para esas lecturas no te preparan. Aunque la dificultad es grande, me pasa como con El Poema del Cid en su castellano bárbaro y original, que así como le encuentro el gusto de saber qué dijo el desconocido poeta, así me pasa con lo que quiso decir William, y que se pierde en el inglés moderno y en la traducción castellana. Y el esfuerzo vale la pena.

Un link para bajarse a Macbeth:
http://escuelahistoria.fcs.ucr.ac.cr/contenidos/biblioteca/esociales/Shakespeare_Macbeth.pdf

III
Double, double, toil and trouble

La fascinación que la obra de William Shakespeare me despierta solamente puede compararse con la que me produce El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, aunque la verdad Shakespeare me resulta más interesante que Cervantes, cuya obra es bastante más irregular, pues al lado de las Novelas Ejemplares y El Ingenioso Hidalgo … hay bodrios realmente imposibles de trasegar ni con la mejor buena voluntad, como Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, que tengo en versión digital, y tanto mejor así, porque no pienso gastarme un céntimo en adquirirlo, discúlpenme los filólogos y demás fans de Cervantes. William Shakespeare presentará altos y bajos en su obra, pero no es por ninguna parte aburrido o intragable, incluso cuando se le da por poner en boca de sus personajes parlamentos larguísimos. Un buen autor teatral equilibra circunstancias y tramas con los personajes que fabrica, de modo que la cosa sea verosímil, pero a la vez suficientemente imaginativa como para interesar y conmover. Eso se llama oficio, y lo tienen hasta los autores menores, si se han esforzado y hecho su tarea a conciencia. Pero si además del oficio consiguen reflejar en su proceso creativo los temas universales del corazón humano, de manera que nosotros – actores, espectadores, lectores - nos metamos en ello y quedemos metidos e inmersos ahí, que se nos arrebate y se nos haga uno con lo que pasa en la obra, ahí creo que podemos decir que estamos ante la genialidad. Al principio la sensación es inefable, porque el autor ya dijo lo que dijo, te dejó sin palabras, y sabes que no hay manera de decirlo mejor. Y lo sé porque ahora puedo decir con mis palabras aquello que en mi temprana edad apenas podía intuir en la oscuridad. Shakespeare no es cualquier escritor, y según parece es así que se forma el gusto estético, cuando se te expone a obras de calidad indiscutible. Y una vez más debo rendir homenaje a Don Marcelino Menéndez y Pelayo, pues, y esto hay que decirlo, ciertas traducciones pueden ser consideradas mejores que otras, según el auditorio. 

Ilustraré este tema de las traducciones y su mayor o menor comprensión y presentación del espíritu de la obra para diversos públicos con el ejemplo del aterrador aquelarre de las Brujas en Macbeth, en el Cuarto Acto, Escena Primera, donde éstas trabajan la caldera hirviente del hechizo cuya tremenda fuerza llevará a Macbeth a su perdición. Mientras las brujas preparan el caldero en el que arrojan inmundicias para dar forma a su hechizo, salmodian el siguiente par de versos, cuyo original (Macbeth, New Penguin) dice así: Double, double, toil and trouble / Fire burn, and cauldron bubble. Estos versos tienen carácter de hechizo mágico, cuya repetición salmodiada por las Brujas es de extrema importancia para la correcta elaboración de la horrible pócima en la que entran las peores características de plantas, animales y hombres: raíz de cicuta, piel de víbora, lana del murciélago amigo de lo oscuro, dardo del escorpión, colmillos de lobo, brazo de un sacrílego, dedo de un niño arrojado al pozo por su infanticida madre… . Y todos estos ingredientes y más, unen sus diabólicas fuerzas mientras las brujas recitan lo que en castellano se ha traducido como No descansemos hasta que espese la mezcla y hierva como en el infierno (Obras Completas, Ediciones Castell, Traducción de Ramiro Pinilla); o como ¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese! / ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese! (Obras Completas, Editorial Aguilar, Traducción de Luis Astrana Marín), o como Aumente el trabajo: crezca la labor; hierva la caldera. (Marcelino Menéndez y Pelayo para el Macbeth de Plaza & Janés). Nótese que Astrana y Menéndez conservan el ritmo del verso, en tanto que a Pinilla se le escapa. Los tres tratan de encontrar las mejores palabras para trasladar la sensación del aquelarre, y mientras que Pinilla alude en prosa al infierno en curiosa hipérbole del fuego, Astrana conserva los dos versos con rima consonante, mientras que Menéndez usa en cambio tres períodos rítmicos. Al lector dejo el juzgar cuál le puede parecer mejor y por qué. Yo veo dos grandes respuestas y una regular.

IV
Mares y Océanos Shakespearianos

Tras El mercader de Venecia y Macbeth, ataqué a Hamlet y a Romeo y Julieta. Y, la verdad, no las entendí cabalmente entonces, era demasiado temprano aún para mí. Tras la orgía de acción física y mental que se leía entre líneas en las primeras obras que leí, las dudas del príncipe de Dinamarca y las vicisitudes de los amantes de Verona no se me hacían tan bacanes, porque al fin y al cabo, cuando eres niño la acción te gana por sobre las profundidades psicológicas, que recién se está aprendiendo a captar y apreciar. Pero fue a partir de entonces que empecé mi navegación por mares y océanos shakespearianos, maravillándome con las diferentes obras a las que iba accediendo, y asimismo, conforme pasaron los años, la vida me aclaró los libros y particularmente los personajes de Shakespeare. Porque lo que a mí me conquista de Shakespeare son sus personajes, empezando por supuesto, por aquellos que conocí primero: Macbeth, Banquo, Lady Macbeth, Shylock, Basanio, Antonio y Porcia, en Macbeth y en el Mercader de Venecia. Pero hay más, y para mí ese es el sello shakespeariano por excelencia, el haber traído a la vida a muchísimos personajes, tanto que hasta los secundarios tienen existencia propia, ni más ni menos que en nuestra vida cotidiana. Y es de ahí que salieron mis paradigmas, que de un modo u otro son lo que aquellos que los entienden nos devuelven una vez que los procesaron: En nuestra vida nos asumimos, somos o vemos y escuchamos a Hamlet y sus dudas sobre aquello que nos es sustancial. O somos Romeo encontrando a nuestra Julieta en una fiesta de máscaras. O Benedicto y Beatriz en Mucho Ruido y Pocas Nueces, opuestos enemigos enredados en cortesanos  amores de conveniencia. O el vital, ingenioso y bebedor Falstaff. O el joven Rey Hal en Enrique V, que tiene que evolucionar a la prepo de joven calavera a maduro y maquiavélico estadista tratando a la vez de seguir siendo él mismo. O simplemente nos lleva el diablo, como al Calibán de La Tempestad.  

Si la vida es una tragicomedia, llena de sonido y de furia, y que nada significa, es porque estamos metidos en ella hasta el cuello, y vivos de ahí no saldremos. No hay más modo de vivir que viviendo, aunque mi pequeño cuerpo está ya bien harto de este inmenso mundo. William Shakespeare está entre aquellos que, como Cervantes, Homero o Tolstoi, entienden cómo es eso de vivir y estar vivo, que puede presentar una perspectiva del ser humano que lo considere tanto en lo que le es propio y permanente como en lo que cambia y evoluciona. Se es uno mismo también cuando se cambia, como el Quijote que a la hora de su muerte quiere ser otra vez Alonso Quijano el Bueno. Y se vive siempre, como dice Benedetti, dentro de las esclusas de la vida, y eso se ve claro cuando estás obligado al cambio aunque no lo quieras, como Pierre Besukhoff en La Guerra y la Paz, cuando las circunstancias exteriores se nos vienen encima al margen de nuestra voluntad. Pienso que el gran mérito de un escritor - visto desde la perspectiva de un enamorado de los libros -, es el poder presentarnos reflejos de uno mismo, es decir, mostrarnos como en un espejo nuestra propia humanidad en nuestras propias circunstancias. William Shakespeare nos muestra todo el tiempo en su obra esos espejos de humanidad, curiosamente quintaesenciados y a la vez particularizados en circunstancias concretas. Si como en La Vida es Sueño de Pedro Calderón de la Barca, resulta que somos más parecidos a lo que soñamos ser que a lo que somos, sin podernos diferenciar, es tal vez porque estamos hechos del tejido de nuestros sueños. Pienso en tantas gentes que he conocido en mis andanzas por la vida, y también cómo me he comportado yo mismo en innúmeras ocasiones en las más diversas circunstancias, y me encuentro allá y aquí, a derecha e izquierda, adentro y afuera, arriba y abajo; que soy a veces el Yago de Otelo, el Mercucio de Romeo y Julieta, la Cordelia de El Rey Lear, el Falconbridge de El Rey Juan; el Marco Antonio de Julio César; que quisiera conocer y enamorarme de la incomparable Rosalinda, a la que jamás encontraré de nuevo; y honestamente ya no sé si es Shakespeare quien ha retratado este mundo o es este mundo el que se esfuerza por auto-retratarse lo más parecido posible a imagen y semejanza de William Shakespeare.
Y si aún lo dudas, mira esto: http://www.youtube.com/watch?v=999mLuLm32E
  
V
Colofón

Y así, dado que nada de lo humano nos es ajeno, podemos abordar a Shakespeare sabiendo que además de entretenernos a ultranza, lo haremos en nuestra propia salsa. Y claro, para encontrarle todo eso al hombre, hay que leerlo, así que lee lo que quieras de Shakespeare, como quieras y donde quieras, y créeme que no te arrepentirás. Pero puede que te convenga primero verlo representado. Tú escoges.

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