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martes, 4 de junio de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 38: CLÁSICOS (2)

CRÓNICAS DE LECTURAS - 38
Clásicos (II)

I
Los Clásicos y la delicia de la relectura

Conforme pasan los años encuentro que me provoca leer y releer libros clásicos que por angas o por mangas no he podido leer, o que he leído pero me he olvidado y es como si no los hubiera leído. Me gustaría saber por qué lo hago, pero más interesante me parece dilucidar los criterios para determinar cuáles libros y lecturas se emprenderán o reemprenderán. Como todo el mundo que lee tengo mi lista de libros qué leer, soy consciente que hay mucho de obligatorio y de interesante que no he leído, y hay algunos libros de los que probablemente jamás tendré noticia y que me moriré sin haber leído. Horribles límites de la condición humana, aunque si tratamos de salvarlas hay ciertas cosas que de cajón uno siente que debe leer por razones profesionales y laborales, incluyendo las que de todos modos uno debe enterarse para hacer su trabajo más o menos coherente: En esta categoría entran todas las actualizaciones, artículos nuevos y libros editados recientemente en los temas en los que uno está vinculado e interesado por laburo. Y de eso no te libras ni a cañones. Por el otro lado, la lectura que podríamos llamar de cultura general y/o entretenimiento – he explicado en alguna otra parte lo idiota de separar la Cultura del Entretenimiento - presenta muchas obras y autores de las que tengo referencias, y que sé de algún modo que quiero leer, aunque no con la misma urgencia, necesidad, obsesión o ansiedad que los anteriores. Y son esas lecturas las que por angas o por mangas no puedo emprender por diversas razones, de las que la principal por lo general es la falta de disponibilidad de los libros por su elevado costo, aunque esto pueda relativizarse. Cuando se tienen gastos, gastar en libros no se puede, del mismo modo que cuando no te puedes tomar una chela pues no te la tomas, o no vas a ver los conciertos de tu vida porque no se puede, y ya. Y eso lo entenderá cualquier persona que conozca las viscisitudes de la vida, que los que no las conocen creen por tener zapatos que el suelo es de cuero.

Entre algunos autores que se me ocurren ahorita, y que no he abordado aún, están Paul Auster, Ayn Rand y Stieg Larsson, los que no he leído y por los que siento curiosidad. De otros he leído alguna que otra cosa, pero no me conquistan, a pesar de lo que me cuentan algunos amigos. Por otra parte, hay relecturas obligadas: Releí a la velocidad de la luz El Hobbit, de J.R.R. Tolkien, dado que no quería ver la película sin antes haberme refrescado esta lectura y poder hacer las comparaciones correspondientes. Por otra parte es interesante cada cierto tiempo releer Clásicos. Se me ha hecho costumbre cada cierto número de años releer la Odisea de Homero; La Divina Comedia de Dante Alighieri; el Fausto de Goethe; e igualmente El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, algunos de estos los he mencionado junto con el Poema del Cid en otra Crónica, incluyendo algunas buenas razones personales para releerlos. Pero ¿a qué libros llamamos Clásicos? La antigüedad tiene que ver, indudablemente. Pero Herodoto y Homero son clásicos, tanto como Rabelais, Shakespeare, Milton y Víctor Hugo, pero entre unos y otros hay hasta milenios de diferencia. Me da la impresión que lo que está en el pasado se ve como la Historia en general, es decir como una pantalla tridimensional donde se ubican ciertos acontecimientos siguiendo criterios objetivos (su antigüedad real) y subjetivos (su importancia para uno). Así  puede resultar que uno sienta “más cerca” la Odisea que Ivanhoe, por ejemplo, aunque la primera es más “vieja”. Y debido a esa subjetividad parece natural que uno se plantee su propio concepto e idea de lo que es Clásico. Y así yo diría que es un Clásico toda aquella obra que nos dice algo importante y permanente sobre los valores humanos, empleando a su vez una forma y estilo de superior calidad. Y por ello debo confiar tanto en mi propio criterio como en el de filólogos, editores y literatos; amén de los especialistas en diversos temas, porque hay Clásicos de la Pedagogía como el Emilio de Rousseau, o de la Historia, como Vidas Paralelas de Plutarco; o de la Historia Natural, como El Origen de las Especies de Charles Darwin, de la Sociología como Las Reglas del Método Sociológico de Emile Durkheim, de la Antropología como La Rama Dorada de James George Frazer o de la literatura gauchesca como Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Parece que abundan los Clásicos, y aspirar a leerlos puede ser un programa de vida, aunque uno se pregunte por la finalidad de semejante programa. Yo entiendo que a uno le tiene que gustar la cosa para darse el esfuerzo. No basta para ser Clásico plantear valores fundamentales y/o trascendentales y ser estéticamente convincente; se debe pasar la prueba generacional: Superar la generación del escritor y continuar superando generación tras generación victoriosamente, sólo así estamos seguros de que tal obra es universal. Es un hecho que hay Clásicos que mueren; y es más, deben morir tal como las obras de Galileo o Copérnico; que ya envejecieron, pues lo importante en ellas se asimiló a toda la Cultura. Es decir, la Astronomía o la Física de estos autores se integró a textos más modernos que incorporan lo posterior. No pasa esto con la Literatura, sin embargo, o si pasa, es más lento, y el Decamerón, la Epopeya de Gilgamesh y Os Lusíadas pueden seguir leyéndose hoy en día, aunque en versiones actualizadas. Si la obra se sigue leyendo es porque los valores que representa mantienen validez y permanencia para determinados grupos humanos.

II
La Divina Comedia (Dante Alighieri)

Entiendo que considerar épica a la Divina Comedia es un abusivo empleo del concepto, pero que es Clásico, es Clásico. A más de la incomparable belleza de la forma – visible aún en las traducciones castellanas, en especial en verso -, se enfoca en el tema del Camino de la Vida, que es tema de  todo ser humano, y en el problema esencial de nuestro destino más allá de la muerte: la cuestión de nuestra salvación eterna. Aunque es obvio que no creemos, como Dante y los demás hombres y mujeres de la Edad Media, en la realidad física del cielo, el purgatorio y el infierno; podemos aceptarlos como alegoría, aunque eso a muchos no los tranquilice. Detengámonos un momento aquí, y abundemos un poco en esto: He ido a la Iglesia de Andahuaylillas un par de veces en mi vida, y la segunda vez me entregué a mí mismo el obsequio de observar detenidamente las pinturas que adornan las paredes de este monumento religioso colonial del Perú, tratando de sentir lo que sentían las gentes al ver las representaciones del cielo y el infierno combinadas con las representaciones alegóricas de los caminos ancho y estrecho (Ancho es el camino que lleva a la perdición, cito la Biblia de memoria). Dichos caminos alegóricos eran entendidos como alegoría por los que veían las pinturas hace 200 o 300 años, pero ellos mismos asumían reales los tormentos del Infierno y las delicias del Paraíso, igual que los primeros lectores de las “dantescas” descripciones de Dite y los tormentos de los diversos círculos del infierno de La Divina Comedia: Eran realidades en el mismo plano que la realidad que experimentamos al presente. Para tratar de hacer entender la pervivencia de estas imágenes e ideas, siempre hago el ejercicio de preguntar a mis alumnos y expectadores de mis conferencias (y me atrevo a preguntarte, lector): ¿Dónde está Dios? Y te apuesto doble contra sencillo que miraste arriba, tal como invariablemente todos me señalan. Igual pasa con el Diablo, y apuesto que mirarás hacia abajo. No es solamente una cuestión de la topografía del Mundo, sino una Filosofía sobre la realidad que le debía casi todas sus ideas a Aristóteles. Un libro que me ayudó sobremanera a entender muy bien esta manera de pensar, y las escisiones mentales producidas al respecto, fue Los Sonámbulos, de Arthur Koestler, cuya lectura por supuesto recomiendo.

El hecho es que, tomada a lo alegórico o a lo real o en combinación, La Divina Comedia sigue siendo un clásico estremecedor. Compuesta entre 1304 y 1321 más o menos, ya tiene siete siglos de permanencia. Se llama Comedia debido a los cánones tradicionales, pues Tragedia no podía ser, ya que termina con la salvación eterna del Dante. Vale la pena en este punto rendir homenaje al fallecido estudioso Leopoldo Chiappo, intelectual peruano profundo conocedor de esta obra, a quien tuve el gusto de escuchar sobre este tema y otros. Consta La Divina Comedia de tres grandes partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, divididos en cien tercetos – las traducciones castellanas en verso los mantienen, pero por lo general varían la métrica acomodándola a la castellana – y cada una de estas grandes partes culminan en la palabra stella: estrellas, lo que nos habla del conocimiento que el Dante tenía del cielo, y cómo pensaba en cosmológico mientras componía su poema. También pensaba en numérico, influido por Pitágoras y sus conceptos metafísicos sobre los números: El número tres de la Trinidad está en las tres partes del poema, como en los tres personajes principales: El Dante, que perdido en el camino de la vida, es protegido por su amada Beatriz (La Fe) desde el Cielo, quien le encarga al poeta clásico romano Virgilio (La Razón) que guíe y proteja a Dante.  El número cabalístico Diez está presente en los cien cantos (33 en cada parte, más uno de introducción), y en los nueve círculos del infierno, diez con el anteinfierno. Es notable lo que un gran poeta puede hacer con tan poco material: Los personajes antiguos y modernos que pueblan el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso son representados vívidamente, y de acuerdo a la situación en la que están: Desesperación absoluta en el Infierno; sufrimiento esperanzado en el Purgatorio; alegorías sobre lo indecible en el paraíso. El último verso nos remite al Amor: L'amor che muove el sole e l'altre stelle (Amor, que mueve al Sol y a las Otras Estrellas).

La Divina Comedia en verso: http://www.perueduca.edu.pe/c/document_library/get_file?p_l_id=42501&folderId=97683&name=DLFE-4682.pdf; y en prosa: http://www.mxgo.net/e-booksfree180511/1arteyentretenimiento/divina_comedia.pdf

III
La Guerra y la Paz (León Tolstoi)

No sé si los rusos de principios del siglo XIX eran como los peruanos de principios del siglo XXI, a veces me parece que sí, a juzgar por la manera como esta sociedad se desenvolvía, tal como se lee en los autores rusos del Siglo XIX: Dostoiévsky, Krylov, Gorki, Pushkin, Gogol, Turgueniev, Bunin, Chéjov y otros más. Entre esta pléyade de excelentes escritores destaca León Tolstoi, que en los ránkings de La Mejor Novela Jamás Escrita tiene a su obra La Guerra y la Paz compitiendo con el Ulises, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Rojo y Negro o Los Miserables. Aunque tales ránkings me parecen un poco sonsos, nos dan ciertas pistas acerca de la consideración que una novela puede tener por parte de un cierto público o de unos editores en particular. Que León Tolstoi conocía bien la sociedad de la que hablaba se distingue en que aunque su novela tiene carácter histórico y narra con lujo de detalles la epopeya nacional rusa contra la invasión de la Grande Armée del invicto Emperador Napoleón, abunda en la descripción de situaciones y en personajes muy bien delineados. Las partes en las que divide el libro nos presentan a sus grandes personajes Pierre Besukhoff, los príncipes Volkonsky, Nicolai y Natalia Rostov, el general Kutuzov, y muchos otros precisamente en el Antes, el Durante y el Después de la Invasión Napoleónica, complaciéndose en mostrarnos su intimidad, sus pensamientos, sus sentimientos gastados por el paso del tiempo y las circunstancias, conforme aumentan en edad y experiencias. Es magistral la pintura del desgaste prematuro de los sentimientos de una Natalia Rostov que al final de la obra arroja al mundo en un suspiro su frase: Nunca pensé que se pudiera ser tan feliz. Y asimismo, el final, puesto en boca del jovencísimo Príncipe Nicolasito: Haré algo más grande que los hombres de Plutarco, y mi hazaña se popularizará, me amará el pueblo y todos hablarán con elogio de mí.

Nos resulta difícil de creer en la actualidad que esta super-novela fuera escrita por entregas, y publicada por puchitos en revistas. Así se acostumbraba en el Siglo XIX, y parece esto continuó en las seriales cinematográficas de principios del siglo XX, y de ahí a las series de televisión de hoy en día, que se dividen en episodios y temporadas del mismo modo que las obras literarias que publicaban las revistas se dividían en entregas y capítulos. Hoy en día un escritor tiene que escribir para la televisión si quiere ganarse la vida y ser regularmente conocido, parece que la novela por entregas era la forma de hacerse conocido entonces, particularmente importante para anglosajones y franceses, pero también para los rusos. Cosas del mercado, que no entiendes pero igual es caro. Si tu novela era interesante la gente le seguía el argumento y esperaba la continuación en el siguiente número de la revista, la que adquiría precisamente para poderla leer. Y por supuesto, así se entiende que se escribieran historias cortas, que tenían su inicio, nudo y desenlace en la misma entrega, como se entiende que se contaran historias largas, que seguían la línea gloriosa abierta desde Las Mil y Una Noches, donde el argumento principal incluye precisamente interrumpir la historia en el medio para dejar al Sultán intrigado por el final, y así impedirle que le diera por cortar cabezas. Un algo de esto tiene La Guerra y la Paz, aunque no en la forma, pues resulta difícil soltarla, es la típica novela que se puede tener en la propia recámara, como para leerse algunas páginas antes de dormir. Y ello también es por la importancia del tema: Una epopeya patriótica que movilizó a todo y a todos tiene que haber marcado a profundidad a sus participantes. Y ello explica por qué Tolstoi, siguiendo en esto posiblemente a Víctor Hugo, se detiene a pontificar durante algunas páginas como historiador o filósofo, aunque por lo menos a mí nunca me cae pesado y algunas de esas páginas están entre las mejores del libro. Por cierto, este carácter también es compartido por los modernos Alejo Carpentier, Milan Kundera y Umberto Eco, a los que se les da por interrumpir la narración y hacer disgresiones de diverso carácter.

Puedes hallar La Guerra y la Paz acá:
http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/T/Tolstoi,%20Leon%20-%20Guerra%20y%20Paz.pdf   

IV
Fausto (Johann Wolfgang von Goethe)

No hace mucho reemprendí la lectura del Fausto. Creo que es en esta obra que se plantea completa por primera vez la leyenda clásica alemana del ser humano que, insatisfecho y presa de la frustración, vende su alma al Diablo a cambio de una respuesta económica al aquí y ahora que le permita disfrutar la vida, motivo por el que casi siempre hay una cláusula que contiene el tema de la eterna juventud. Es que dejándonos de vainas, eso de que te ofrezcan una eternidad de goce y pachanga celestial a cambio de unas cuantas decenas de años de sufrimientos, frustraciones y complicaciones, en los que encima hay que portarse bien y estarse quietecito, suena en abstracto como un magnífico negocio en el largo plazo, pero no se siente igual cuando estás subido en la mula. En el muy presente corto plazo uno tiene que sobrevivir y mantener gente, y esas complicaciones del hoy pueden ser muy complicadas. A largo plazo todos estaremos muertos y así no vale. Por eso no carece de atractivo venderle el alma al Diablo (O a quien sea, la cosa es que haya quien te la compre), cosa que además, por poco que observemos, parece que todos están ansiosos por hacer, y si no lo hacen no es por falta de demanda sino porque el Diablo ya no aparece por esta parte del camino como lo solía hacer. Así que existe una cierta tendencia a ajustar todo de manera que podamos tener ambas cosas, como por cierto logra Fausto, dejando al pobre Mefistófeles con un palmo de narices. Resulta obvio que Goethe inspiró su Fausto en la Historia Bíblica de Job, aunque volteada, zurcida y retorcida; pues el Job de la Biblia es básicamente un pobre diablo al que Dios no se digna dar una respuesta, con lo que el tema del mal en el mundo queda en ahí veremos. En el medio de esta contradicción, sazonada con el tema de la sabiduría, el poder y la satisfacción de los placeres sensoriales, es que Goethe inserta esto de vender la propia alma al Diablo. En medio hay más temas y alusiones, entre las que destaca la del eterno femenino que nos salva, representada en la desventurada Margarita (Gretchen), víctima de ese par de sinvergüenzas, Fausto y Mefistófeles.

Entre las muchas obras que se han escrito y filmado con este tema, me vienen a la memoria un par de piezas literarias en las que la anécdota se repite, aunque de modo muy diferente. Es que, claro, en ambos casos está al servicio de diferentes objetivos literarios y responde a los muy diferentes estilos de los autores. El estadounidense Stephen Vincent Benét emplea la anécdota en El Diablo y Daniel Webster, relato corto de 1941, de épica folklórica destinada a elevar el patriotismo de guerra, y en que con su algo de ironía el héroe que vencerá al Diablo será el patriarca estadounidense Daniel Webster, personaje histórico presentado como caballero medieval (sus caballos se llaman Constitución y Constelación; y su Caña de Pescar, cuál Espada de Héroe, llámase Killal y las truchas no la pueden resistir y se arrojan ellas solas al zurrón de Daniel) que defenderá en juicio a Jabez Stone, hombre con simple mala suerte que aspira a cambiarla (Juro que esto es suficiente para hacer que un hombre quiera vender su alma al diablo. Y yo lo haría si me diera dos centavos), demostrando que el Contrato firmado entre Stone y el Diablo es írrito: si queremos brujas en este estado podemos criarlas nosotros mismos sin ayuda de extraños. Y yo añado: God Bless America. El tradicionista peruano Ricardo Palma toma el tema en su tradición Don Dimas de la Tijereta, narrando como un escribano limeño consigue engañar al demonio empleando un retruécano verbal que modifica el contrato mismo. Muy criollo, aunque no consigue más que una ventaja individual, muy distinta de la declaración de principios que Bénet llega a plantear y que tiene la marca de la grandeza. Claro, las comparaciones son odiosas, pero es que no es para nada lo mismo decir Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que he vendido y a lo que estoy obligado (…) Repase usted, señor diabolín, los términos del contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado; que decir: (Jabez Stone) un hombre común (que) iba a ser castigado para la eternidad. (…) Era triste ser hombre, pero también constituía un orgullo (…) Si, aún en el infierno, si un hombre era un hombre, se sabía. La idea del Fausto es mostrar una elección entre el Hoy y el Futuro, y mientras Bénet consigue convertirlo en una epopeya de la libertad del ser humano, nuestro Ricardo Palma apenas puede sacarle la lección de la viveza criolla, y una extraña protesta: ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!  

El Fausto de Goethe se puede descargar desde acá:
http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Goethe-Fausto.pdf

V
Colofón

Tres Grandes Clásicos, Tres Grandes Temas: El camino de la vida; lo que cambia y lo que permanece; y la elección entre el sacrificio del Hoy y la felicidad del Mañana. Y hay más, mucho más: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Lee Clásicos. 


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domingo, 24 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 21: BIBLIA (II)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 21
 LEER LA BIBLIA (II)

I
Leer desde diversos ángulos

Es inevitable ver la Biblia como texto sagrado, pero ella no es sólo la histórica depositaria de una Verdad Trascendente para diversas confesiones religiosas. Posee otras dimensiones, y desde el Concilio Vaticano II nadie se irá al Infierno por leer la Biblia desde lo histórico, historiográfico, sociológico o literario, así que podemos adoptar estos ángulos sin riesgo. En anterior Crónica nos referimos a Moisés, el Hagiógrafo por excelencia, a quien la tradición le encaja la improbable autoría de todo el Pentateuco o Torah. Pero vimos que había más hagiógrafos en la danza. Y tras el ingreso del pueblo de los hebreos en la gran Historia, más aún. En el Antiguo Testamento, el elohista del Génesis, el Rey David de los Salmos, el Qohelet o Predicador del Eclesiastés pueden equipararse con Homero, Dante o Shakespeare, por oficio literario y por la universalidad de sus mensajes. Los hagiógrafos hacen épica para narrar la Creación del Mundo, lírica en la lamentación y la deprecación, reflexionan sobre el mal en el mundo y la brevedad de la vida. A estos temas universales que todos enfrentamos la religión les aporta su visión, los libros sagrados tratan de responder a las necesidades humanas espirituales más básicas, incluso si no se arrogan ser la palabra certificada de un Dios personal. Para efectos de guía en la peripecia de la Vida, y por su atención a la múltiple condición humana, la Biblia le resulta esencial, directa o indirectamente, a vastas cantidades de personas. A pesar de todos los esfuerzos por ocultarla y volverla arcano, durante siglos la Biblia, como el Qurán y los poemas homéricos, se usó como libro de texto, con el que se aprendía a leer y escribir, y hoy en varias confesiones religiosas se tiene en mucho conocerla al detalle y citarla con exactitud y precisión. Se podrá estar a favor de ella o en contra de ella, pero según parece, no sin ella.

En cuanto a la universalidad de los mensajes que construyen nuestra humanidad, no se puede encontrar actualmente en Occidente algo comparable a la Biblia. Desde una muy distinta perspectiva los poemas homéricos aún representan ciertos valores universales más o menos contrapuestos a los bíblicos, pero en la actualidad La Ilíada y la Odisea son obras irremediablemente anacrónicas, no nos dicen lo mismo que le dijeron a los ilustrados griegos y romanos de la Antigüedad, y si bien gozan de un sólido prestigio en el núcleo de la tradición Occidental, los valores que los presiden conservan su validez solo relativamente. Han perdido el aura sagrada de cuando fueron recitados y escritos. Desde hace siglos los valores homéricos se han subsumido en los cristianos, que los transmuta y subordina a los valores supremos expresados en la Biblia. Para hallar algo parecido tendríamos que bucear en los libros sagrados de otras confesiones. Y, por cierto, hay épocas en la vida en la que esta búsqueda se impone, cuando tratamos de conocer mejor para fijar nuestras creencias. Buscamos entonces esos libros, a ver qué nos dicen. Mi búsqueda personal me llevó a pasearme por el Corán o Qurán; el Libro de Mormón;  el Bhavagad-Gita, centro mismo de la gran epopeya hindú Mahabharata; el Tao-Te-King; e información suelta sobre el Budismo, el Taoísmo, el Baha´ísmo y otras religiones. Cuando me tocó vivir la curiosidad al respecto no existía aún la Internet, esa cosa que en un click nos da lo que busquemos, y así esta búsqueda y reflexión se prolongó en mi caso durante varios años, lo que en sí no fue tan malo. En un tema tan espinoso como el de las propias creencias morales y religiosas, conviene detenerse cuanto sea necesario y usar lo más masivamente posible de las neuronas que Dios nos ha dado. Y, como decía un sacerdote amigo mío, darle su tiempo y su espacio al Espíritu Santo para que actúe.

II
Multiplicidad ético-moral y el problema del Monoteísmo

La Biblia presenta múltiples puntos de vista ético-morales, a veces opuestos entre sí. En parte ello explica las divisiones e interpretaciones que produjeron cismas del tronco original cristiano casi desde el principio, y explica también el intento de mantener una ortodoxia más o menos permanente a través de los tiempos. Es un tema delicado: Basta asumir explícita o implícitamente una parte del Libro Sagrado como más importante que otra, para privilegiar un punto de vista sobre otro y muy probablemente entrar en conflicto con los que sostienen la mayor importancia de otras partes. Según parece esto fue lo que pasó con la Iglesia Cristiana durante unos dos siglos y medio, justo antes que el Emperador Constantino pusiera orden y resolviera ciertos impases en el Concilio de Nicea con unos cuantos puñetazos en la mesa. Y eso que este es solamente uno de los muchos problemas de las Ortodoxias que se apoyan en Textos. En dos mil años de experiencia de tratar con la Biblia – y para los Judíos mucho más – la sensatez no ha sido la norma en un texto que es igualmente sagrado en todas sus partes. La diversidad de interpretaciones ético-morales ha servido para justificar la defensa de los coyunturales intereses nacionales, sociales y económicos del momento, en verdad muy poco o nada vinculados con el problema de la Salvación Eterna. Parece que una parte indisoluble de la Fe de ciertas personas es considerar sin matices a la Biblia como Palabra de Dios, y así es que terminamos enfrentados a diversos Yo-Soy. Y de éstos, el más peliagudo, complicado y fastidioso es el Yahvé Sebaot – Dios de los Ejércitos – que los hagiógrafos presentan prepotente, terminante y horriblemente vengativo, que ordena cometer matanzas, genocidios y anatemas, llevado de una ira a la que nuestra mentalidad de hoy se resiste. Se le encuentra sin disfraz alguno en el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; pero de uno u otro modo le seguiremos encontrando a lo largo de todos los Libros de la Biblia mostrando el difícil tránsito de los hebreos hacia el monoteísmo. Una de sus últimas menciones está en el Nuevo Testamento, en la Epístola de Santiago: El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Dios de los Ejércitos (Santiago, 5, 4), y así distinguimos como los siglos transmutaron al Vengativo Dios del Pentateuco en un Dios Justiciero en Este Mundo y en el Otro; de modo que si antes era un Dios de Unidad Nacional, ahora resulta poco menos que Dios Universal de la Lucha de Clases: ¿Creéis que estoy aquí para traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos tres contra dos, y dos contra tres … (Lucas, 12, 51-52).  

Es posible que las contradicciones que se nos patentizan en la Biblia obedezcan a los contactos y choques entre principios contrapuestos, en el tratar de expresar la Contradicción como un solo Concepto. Desde el racionalismo tratamos en gran medida con conceptos unívocos, cuando lo universal ha sido y es “separar uniendo” dualmente las cosas, tal vez es un error considerar como Unidad lo que siempre es Dos: Las dicotomías Bien – Mal, Ser – No Ser, Día – Noche, Bien – Mal, Varón – Mujer, Vida – Muerte, Padre – Hijo, etcétera, son patentes a todos los humanos y con ellas entendemos y ordenamos nuestro mundo. La expresión de estas dualidades evoluciona a lo largo de los Libros de la Biblia: Al principio, como en el Evangelio de Juan, está el Verbo, la Palabra, (En el Principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. / Ella estaba ante Dios en el principio. Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. - Juan, 1, 1-2); y en el Génesis, Dijo Dios: Haya Luz, y hubo luz. (Gén. 1, 2). El Verbo es una Palabra que se hace Acción, y así se plantea el problema: Los hagiógrafos nos ofrecen desde el mismo inicio del Génesis el final de su proceso hacia el Monoteísmo, porque el Yahvé / Elohim / Adonai Omnipotente y Creador del Cielo y la Tierra, el del Diluvio, el que confundió las Lenguas en Babel, el Libertador de las Cadenas de Egipto, el que separa el Mar Rojo, el Incomparable, el Celoso, el Único (Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad = Oye, Oh Israel, El Señor es Nuestro Dios, el Señor es Uno – Deuteronomio, 6, 4); no parece ser el mismo Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de agricultores de secano, de pastores y cazadores que de a poquitos se impone a los de otros pueblos conforme los hebreos toman control de Canaán (¿No tienes ya todo lo que tu dios Camos te ha dado? Igualmente nosotros tenemos todo lo que Yavé, nuestro Dios, nos ha dado en posesión – Jueces, 11, 24); ni parece de hecho el Padre Amoroso de la predicación del Cristo, en el Nuevo Testamento. Desde el principio hay idas y tornas: Para fijar un primer canon de la Biblia utilizable para el culto, hubo que esperar que hubiera un estado hebreo, y ello tuvo sus bemoles: El Rey Salomón, hijo de David, no era muy ortodoxo y aceptó otros dioses aparte de Yahvé, pero como era el Rey no le pidieron pasaporte, y tras su muerte la crisis estalló y Judá e Israel se separaron por el problema de si Uno o Muchos Dioses, lo que en la práctica era la lucha entre diversas facciones y sacerdocios.

El Monoteísmo no te deja claro el grave problema de Quién es el Malo de la Película. El Dualismo lo resuelve fácil en la zoroástrica contradicción Ormuz / Ahrimán, en el universal conflicto donde Hombres, animales y plantas toman partido: Si tú eres buen súbdito y soldado leal del legítimo Rey, agricultor que paga sus impuestos, eres de Ormuz; si en cambio eres extranjero, idólatra, nómade, eres de Ahrimán; y el mundo así es simple de entender. Pero viene el Monoteísmo y, ay, todo lo complica al tener que lidiar con un Dios que Todo lo Puede, pero que admite, permite o atraca lo Malo en el mundo. La asociación Dios-Bien no queda clara, ni tampoco el rol del espíritu maligno (Diablo, Demonio, Satanás, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú = Baal Zebub = Señor de las Moscas, título de una novela de William Golding), porque este espíritu maligno debe desplegar un gran poder, ma non troppo, pues de otro modo ni se entiende la Omnipotencia Divina, ni se establece el Principio del Libre Albedrío. Así que no la tenemos tan fácil como los zoroastras en lo ético-moral: No basta con trazar una raya diciendo: Aquí lo Bueno, allá lo Malo. Como dice la gran filósofa Mafalda de Quino: el problema es cómo apechugamos con lo malo que tiene lo bueno, y lo bueno que tiene lo malo. El Dualismo y el Monoteísmo tienen sus límites para explicar el mundo, y así va la vaina desde varios milenios.

III
El Libro de Job, y el Qohelet o Predicador: 
Vanidad de Vanidades

En el Libro de Job, Dios hace apuestas con el Enemigo, el mismísimo Diablo, nada menos. Y parece que se regodean harto en el asunto, con los seres humanos en el desastrado papel de carne de cañón. Cuán fuerte se instaló esta visión en el inconsciente occidental, lo demuestra el prólogo del Fausto de Goethe, así como innumerables historias: Job, sin saber leer ni escribir, es reducido a la abyección y se le destroza la vida, por una apuesta. Se justifica sin lugar a dudas que el atribulado se pregunte ¿Por qué no morí en el seno y no nací ya muerto? (Job, 3, 12), pero como en el Féisbuk, no le faltan bien pensantes que le presentan diversas opciones más o menos tibionas, pero Job defiende la pertinencia de su pregunta y la justicia de su causa (Ojalá se escuchara mi ruego y Dios me concediera lo que espero, / que por fin se decida a aplastarme, que deje caer su mano y me suprima. / Al menos tendría consuelo … - Job, 6, 8-10). Si te gusta la Biblia, no puedes dejar de leer como Job aborda una cuestión tan esencial en el devenir humano como el ¿por qué recuernos a mí me tiene que pasar esto? Al final la cosa se pone color de hormiga cuando se aparece el mismo Dios a poner orden, y de hecho ni se molesta en contestarle a Job, sino que de frente lo cuadra y lo ridiculiza: Amárrate los pantalones como hombre: voy a preguntarte, y tú me enseñarás. / ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Habla si es que sabes tanto! – Job, 38, 3-4. No hay respuesta alguna al ¿Por qué a mí? y la vaina queda en un incómodo veremos, envuelto en un Misterio que no comprendemos, con lo que nos dejan en Pindinga, lugar cercano a Babia. Tal vez haya sido hasta considerado de parte del hagiógrafo dejarlo así, porque quizá, como Job, lo sabio sea sufrir el azar con paciencia, aceptar lo que no entendemos ni podemos cambiar, inclinarnos ante lo inevitable … Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. / Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. / Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. / Por esto, retiro mis palabras y hago penitencia… – Job, 42, 2-6 … ¿O no? 
    
Pero el asunto no acaba aquí. De hecho no ha hecho sino empezar: En el Eclesiastés sangra la misma herida abierta en Job: No hay Razón, dice el Qohelet, el Predicador, no hay razón, y todo es absurdo – Ecl. 1, 2, como se traduce en la Biblia Latinoamericana de 1972. La de 1995 dice ¡Esto no tiene sentido! Decía Qohelet, ¡esto no tiene sentido, nada a qué aferrarse! Y ambas traducciones tratan de transmitir en castellano el sentido de lo que la Biblia de Jerusalén traduce como ¡Vanidad de Vanidades! – dice Qohelet - ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!. El Eclesiastés es mi libro preferido de toda la Biblia, quizá por su visión pesimista de la vida y del hombre: ¿Qué le queda al hombre de todas sus fatigas cuando trabaja tanto bajo el Sol? – Ecl. 1, 3; constatando una verdad que atraviesa también la gran poesía de los Rubaiyat, del persa Omar Khayyam, de contexto cultural parecido: Si la vida es breve y absurda y no tiene sentido, entonces … ¿qué hacemos en el tiempo de vivir que tenemos, en esta vida que no sabemos bien qué es, pero que es tan dulce y no queremos que se acabe? Después de todo Me dije: Si la suerte del insensato es también la mía, ¿qué he ganado con mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada (Ecl. 2, 15). Las peripecias de la vida hacen sabio al Qohelet o Predicador, en buena cuenta alguien que decide no esperar nada. El Libro de Job empieza con una apuesta y termina en la entrega del Yo al Dios que no entendemos; el Eclesiastés empieza y acaba constatando el absurdo de que el último y amargo destino de los humanos sea la muerte que debe ser aceptada sin más. Pero allá atrás hay una velada esperanza: Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos, y los años que se acercan, de los cuales dirás: `No espero más de ellos` / antes que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y que vuelvan las nubes apenas haya llovido (Ecl. 12, 1-2). La muerte se vuelve una parte de la vida, un descanso de este servicio militar, una amiga que nos libera del absurdo: El hilo de plata no llegará más lejos: dejaron de hilarlo; la lámpara de oro se rompió, se quebró el cántaro en la fuente, y cedió la polea del pozo. / El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio (Ecl. 12, 6-7). Y así el Qohelet aconseja mesura y equilibrio, a diferencia de Khayyam, que quiere la orgía, el vino y el amor: Sin amor y sin vino la vida es nada. Nada / es sin el dulce canto de la flauta de Irán. / Sólo dos cosas valen en ella, según veo: / la fiesta y el placer, y lo demás es nada (Rubaiyat 113). Ascetismo y Desenfreno responden a la misma pregunta, son más cercanos de lo que parece, aunque donde el uno se resigna a no saber, el otro trata de avanzar. Como que el Qohelet no quiere dejar la cosa en veremos, y deja sembrada la idea de la Resurrección, única solución a la vista de la sangrante contradicción mostrada en Job. El Qohelet y Khayyam se parecen también, donde uno dice Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida fugaz (Ecl. 9, 9); el otro Olvida la sapiencia de los sabios, y enrédate / en el sedoso pelo de una mujer bonita (Rubaiyat 121). Pero si me preguntan, prefiero un Qohelet que se adentra en el vacío con coraje a un Khayyam que no se atreve a rozarlo, escondido tras una copa de buen vino. O ambos tienen razón, porque hay un tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo. (Ecl. 3,1). 

IV
Rey, Guerrero y Poeta: David y los Salmos

David fue Rey de Israel en Jerusalén, poeta y místico de primer orden. Su vida se narra en los Libros de Samuel, de Reyes y en las Crónicas o Paralipómenos., que repiten la misma Historia de los Reinos de Israel y Judá, pero desde distintas perspectivas. Las Crónicas son relato oficial disfrazado de registro objetivo; en cambio el elohista – hagiógrafo probable de Samuel y Reyes – es un crítico que cuenta lo que el oficialismo calla, y juzga y valora desde la Religión, no desde la Política, al modo de un historiador independiente. En Segundo de Samuel y en Primero de Reyes hay la mejor biografía del poderoso David, Rey de Israel en Hebrón y en Jerusalén, en sus triunfos como en sus debilidades: Lo vemos así permitiendo al intrigante Joab – Montesinos de la época, poder detrás del trono - que asesine al leal Abner; mandando matar a Urías por satisfacer su lujuria con la guapa Betsabé; dejando sin castigo la violación de su hija Tamar por su hijito consentido Amnón; derrotado por último por otro consentido, Absalón. David como Gobernante muestra astucia y ausencia de escrúpulos, lo que el elohista refleja en el amargo Discurso de Semeí dirigido al propio David en huida: Vete, vete, hombre sanguinario y perverso. / Yavé hace recaer sobre tu cabeza toda la sangre de la familia de Saúl, que masacraste. Así como tú le quitaste el trono a Saúl, así también Yavé se lo ha dado a tu hijo Absalón. Tú eres un criminal, por eso te persigue la desgracia (2 Samuel, 16, 7-8). David acepta el designio de Yavé, y cuando los cortesanos quieren cortarle la cabeza al incómodo Semeí, David apunta: Déjenlo que me maldiga si Yavé se lo ha mandado (2 Samuel 16, 11). El elohista presenta así no a un David oficial, héroe de cartón, sino al ser humano en sus complejidades y circunstancias. David, juzgado por los parámetros actuales, es un político marrullero y veleta, con un evidente interés por el poder y un maquiavelismo que roza la traición. Pero ahí lo tenemos igual de paradigma, porque son los vencedores los que escriben la historia.

Pero yo se lo perdono, porque el poeta David es magnífico en lo épico, lo místico y lo lírico. Su poesía se alimenta de su experiencia, es un poeta natural, que recita sin saberlo, empezando por su magnífica respuesta al reto del gigante filisteo Goliat: ¿Quién es ese filisteo incircunciso que insulta así a los batallones del Dios Vivo?  (1 Samuel, 17, 26). Tras vencer a los filisteos, David se mete de costado en la familia real al casar con Micol, hija del Rey Saúl, pero su afecto se dirige más bien a su cuñado Jonatán. El Rey Saúl le envidia y le odia, mas David y Jonatán son hermanos de armas y comparten espíritu y temple: Vete en paz (David), ya que nos hemos comprometido en nombre de Yavé, que Yavé esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya, para siempre. (1 Samuel 20, 42). David escapa así del odio de Saúl y se interna en la precaria existencia del guerrillero y soldado de fortuna. Pero cuando Saúl y Jonatán mueren en Gelboé a manos filisteas, David recita su doloroso Canto Fúnebre: Ay, la gloria de Israel pereció en los montes / ¿Cómo cayeron los héroes? / (…) / El arco de Jonatán no retrocedió jamás ni la espada de Saúl se blandía en vano / (…) / Eran más ligeros que águilas, más fuertes que leones / Por ti estoy apenado, Jonatán, hermano mío, por ti, a quien tanto yo quería. Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres …  (2 Samuel 1, 19-26). Se ha especulado homosexualidad, olvidando la hipérbole tan común en Oriente, y el contexto fúnebre. Algunas interpretaciones se acercan más a nuestras ideas preconcebidas que a los hechos. Otros poemas de David son de tema religioso, como el de 2 Samuel, 22, 2-51: Yavé es mi roca y mi fortaleza, mi libertador y mi Dios, e inspiran los hermosos y sentidos Salmos. La experiencia de vivir a salto de mata se refleja en las súplicas a Yavé en el peligro, al ruego de su fortaleza y guía en medio de la tribulación, en la confianza que está con nosotros: Los cielos cuentan la gloria de Dios, / la obra de su mano anuncia el firmamento (Salmo 19, 1); Dios mío, de día clamo, y no respondes, / también de noche, no hay silencio para mí / Más tú eres el Santo, / que mora en los laúdes de Israel / En Ti esperaron nuestros padres, / esperaron y tú los liberaste …  (Salmo 22, 3-4); El Salmo 23 es popular en los países anglosajones: Yavé es mi pastor, nada me falta / (…) /Aunque pase por valle tenebroso, / ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo / tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 23, 1, 4). El Salmo 51, el Miserere, lamenta el peso de los pecados, ruega el perdón en la última hora (Ténme piedad, oh Dios, según tu Amor, / por tu inmensa ternura borra mi delito, / lávame a fondo de mi culpa, de mi pecado purifícame. – Sal 51, 3-4) y se ha rezado innúmeras veces a lo largo de los siglos por todos los que sólo a Dios pueden recurrir en su desesperanza, en especial los moribundos (Retira tu faz de mis pecados / borra todas mis culpas / (…) / El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; / un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias. Sal 51, 17, 19). David no fue el único Salmista, están Asaf, los hijos de Coré – posiblemente un Coro permanente -, y el Maestro de Coro, aunque muchos Salmos aparecen sin autor y serían creación colectiva, como el Salmo 137, de la Deportación a Babilonia, la famosa Balada del Desterrado: A orillas de los ríos de Babilonia / estábamos sentados y llorábamos, / acordándonos de Sión. / (…) / ¿Cómo podríamos cantar / un canto de Yahveh / en una tierra extraña? / ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, / que se seque mi diestra! / ¡mi lengua se pegue al paladar / si de ti no me acuerdo!  (Sal 137, 1, 4-6). En la larga historia de desarraigos y persecuciones del Pueblo Elegido, este Salmo debe haberse cantado en Sinagogas y hogares, musitado con fervor por los rabís, exultado por aquellos que retornaron a la Tierra Prometida y vieron nuevamente la Colina de Sión. La historia del Sionismo que ocurrió después, disculpen, no tiene demasiado que ver con la Biblia.   

IV
Colofón

Termino así esta segunda Crónica sobre Leer la Biblia. En las siguientes seguiremos en el mismo estilo, picando de aquí y allá. Como decimos siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te prives.