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lunes, 14 de noviembre de 2011

ARREPENTIMIENTO - Generación NINI: Un caso de estudio

ARREPENTIMIENTO
Generación NINI: Un caso de estudio


En pocos días se cumplirá un aniversario más de la muerte de Stanley “Tookie” Williams. Poco conocido en nuestro medio, Tookie Williams constituye una buena representación de todo lo que puede llegar a ser un joven de la calle, sin oportunidades ni posibilidades a la vista, que para disfrutar de la simple posibilidad de una oportunidad tiene que vivir y equivocarse.

Tookie Williams fue el fundador y líder de una Banda, Pandilla o Gang en la violenta ciudad de Los Ángeles, el tristemente famoso Crips Gang. En su desempeño callejero, Tookie Williams asesinó a tiros al dependiente Albert Owens, a los propietarios de un motel de Los Ángeles, y a la hija de ambos, durante un atraco. Sin duda era un asesino, no hay enredos legales ni disculpas posibles que limiten el hecho. Los lugares y los tiempos pudieron tener importancia o no, pero hay hechos tan irrevocables que nos perseguirán hasta el microsegundo mismo anterior a nuestra desaparición del mundo. La justicia de los hombres, correcta o incorrectamente, envió a Tookie Wiliams a prisión y a la larga y torturante espera del condenado a muerte, que no es el menor de los castigos.

Tookie Williams no era uno más de tantos delincuentes, culpable de su sino, o víctima del sistema, como elijamos. En la experiencia espantosa de la privación de la libertad y la integración a una sociedad de convictos, parece que algo le ocurrió, y ese es el motivo de este artículo. En un lenguaje muy antiguo y perfectamente válido, y para decirlo de una vez, parece que Tookie Williams se arrepintió de sus pecados.

Arrepentirse se dice fácil, pero el proceso es complicado. Arrepentirse no es, según muchos parecen creer, disfrutar de los frutos del crimen y echar en el cepillo de las limosnas de la parroquia un óbolo destinado al adormecimiento de la conciencia. El trámite es bastante más largo y complejo. Requiere un proceso interior de convencimiento intelectual y emocional de que lo que se hizo está mal, que no debería hacerse nunca y que no solamente no debería volverse a incurrir en ello, sino que nadie debería incurrir en ello. Hasta aquí el asunto es puramente interior, pero después viene la parte complicada: Si un daño se ha hecho, ese daño debe repararse en lo posible, aunque esa reparación sea necesariamente limitada, y a veces, como en el caso de Tookie, en una parte tan mínima que no habrá manera de compensar el hecho, no importa cuánto se haga. El reino de las interioridades de la conciencia nos será siempre esquivo, pero por lo que se puede ver, creemos que Tookie Williams se arrepintió y trató de reparar.

Por supuesto tenemos derecho a juzgar sus actos de arrepentimiento. Es lo que se debe hacer cuando el delito se realiza contra la sociedad. Y no siempre lo juzgaremos con benevolencia, pues tenemos el perfecto derecho a plantearnos si tal arrepentimiento es real o es una máscara para obtener mejores condiciones de carcelería o de pena. Tookie Williams, condenado a muerte y a la espera del castigo correspondiente, parece que en verdad quiso reparar en lo posible el daño cometido.

Algunos, claro, no le creyeron. No le creyeron los familiares de los muertos, cadáveres que se alzan entre Tookie y sus buenas intenciones. No le creyeron los profesionalmente suspicaces fiscales y abogados del Estado de California, ni le creyó tampoco un notable porcentaje de la población.

Pero Tookie Williams hizo lo que creemos debía hacer: Él, el violento, el asesino, enfrentó con coraje la violencia en la prisión, negándose él mismo a caer en la violencia y asumiendo la ideología de la no-violencia, algo que si en la vida cotidiana es complicado, en la cárcel es casi imposible. En procesos así hay derrotas y retrocesos. Desde la prisión piloteó a su banda, los crips, hacia acciones no-violentas, aunque muchos dijeron que lo hizo para obtener una mejor posición ante la opinión pública. Es posible que haya algo de verdad en ello. Como Tookie no termina de confesar sus cuatro asesinatos, de eso se agarran los abogados y demás adversarios de Tookie para mantenerlo en la línea fatal de los condenados a muerte.

Tookie se percata que lo que está haciendo no basta. Supongamos por un momento que su arrepentimiento es real. Cuando alguien se arrepiente, seguramente debe sentir que nada de lo que hace basta, porque el arrepentimiento seguramente es mayor según el grado de culpa que percibas en ti mismo, de manera que si eres un asesino, si quitaste de este mundo cuatro vidas humanas – Es lo que, incuestionablemente, hizo Tookie – entonces el tamaño de tu culpa, y de rebote el tamaño de tu arrepentimiento debe ser descomunal, aparatoso, avasallante, sin dejar espacio alguno para el relax que los buenos espíritus llaman “Conciencia”.

Nunca sabremos si en el fondo había razones ajenas al arrepentimiento. Podemos suponer que así fue, porque los seres humanos no somos buenos ni malos a rajatabla. No creo que sea tan importante a estas alturas. Tookie, sea por impresionar favorablemente en la opinión pública, sea por verdadero dolor del corazón, sea por ambas razones, observa el hecho que el problema del pandillaje empieza por los niños, en los hogares y las escuelas. De hecho esta es la razón por la que decidí escribir sobre este tema. Pensemos en nuestras tremendas falencias y errores en la formación de Valores, pensemos en la sostenida campaña en la que algunos creen que los regímenes militarizados permiten la enseñanza de valores a nuestros niños y niñas, pensemos en esa constante y machacona insistencia en la pena de muerte. Nos sobra autoritarismo y represión, nos sobran impulsos asesinos, y no creo que eso sirva para arreglar el problema, pues como Tookie Williams conocía de primera mano, la violencia solamente engendra violencia.

Tookie Williams empezó a escribir libros para las escuelas de California, dirigidos a los niños y docentes. Sus nueve libros, tras iniciales desconfianzas – Es un prisionero que hace cola para la inyección letal - empiezan a ser utilizados, hasta llegar a los millones de copias repartidas a lo largo de todos los Estados Unidos e incluso fuera, en todos aquellos lugares donde cunde el pandillaje. Un pandillero reo del homicidio de cuatro personas enseña a los niños y jóvenes cómo no caer en la tentación y librarse del mal. Como para preguntarse muchas cosas. Según parece los libros de Tookie son bastante exitosos, no sabemos si por sus virtudes intrínsecas o por esa tremenda impresión que hace en la imaginación el saber que el autor es un criminal que trata no de reivindicarse sino de prevenir. Creo que difícilmente podríamos pensar en un maestro más experimentado.

La máxima aspiración de Tookie Williams consistía en seguir pagando su pena en cadena perpetua, aunque no veo porqué descartar que pudiera haber salido libre. Otros lo han hecho, mucho más culpables que Tookie, sin siquiera tener a su favor su evidente arrepentimiento. Pinochet y otros dictadores de manos manchadas de sangre anduvieron libres por la calle, lo hacen narcotraficantes y asesinos notorios. Basta con tener dinero y/o conexiones que se paguen con dinero.

Pero conviene no olvidar que Tookie Wiliams un negro de Los Ángeles, California, un negro en los Estados Unidos de América. El entonces gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, le negó la clemencia, argumentando no estar seguro del arrepentimiento de Tookie. Se me ocurre que puede ser porque en los negros el arrepentimiento no se ve tan claro.

Tookie Williams fue ajusticiado en diciembre de 2005, y mientras lo ejecutaban se extrañaba en sus últimos momentos de lo mal que hacen su trabajo los alguaciles que debían encontrar su vena para inyectarle la combinación mortal. Atrás quedaban cuatro muertes, la no-violencia en prisión, una pandilla reorientada y millones de libros que según parece resultan especialmente útiles. No sabemos si se compensan unas cosas con otras. No sabemos si la justicia quedó servida. Por momentos quisiéramos que lo que nos contaron de niños fuera verdad, y hubiera allá en alguna parte un cielo con muchas moradas para aquellos que se arrepienten. ¿No fue el Carpintero de Galilea el que dijo que más alegría hay en el paraíso por un pecador que se arrepiente que por cien justos que no necesitan arrepentirse?

Colofón

Cuando escucho hablar de la pena de muerte me pregunto si el espacio para el arrepentimiento y la reparación consiguiente son factores que tomamos en consideración. ¿Qué mal o bien podría haber producido que a Tookie Williams se le hubiera concedido su deseo de vivir en cadena perpetua? ¿Estaba lo suficientemente rehabilitado? Se me ocurre que trataba de llenar su inmensa culpa con acciones que significaran algo para él. Que haya defendido su vida pertenece al Derecho que en teoría tenemos todos los seres humanos. Todos necesitamos, además, que nuestra vida tenga sentido. Me pregunto por qué retrechearle esa oportunidad a la Generación NINI en función de una vindicta pública que solamente satisface la sed de sangre de algunos y los discursos políticos autoritarios de otros.

VIENE DE: CONTRA EL LUCRO EN LA EDUCACIÓN: LA GENERACIÓN NINI PASA A LA OFENSIVA - http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2011/08/contra-el-lucro-en-educacion-o-la.html
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miércoles, 19 de octubre de 2011

PENA DE MUERTE, ÉTICA Y DIÁLOGOS APÓCRIFOS - Parte 2


"Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (Mateo 7, 12).
"No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti" (Confucio)
“Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida / Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, / Quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.” (Éxodo 21, 23-25)



Parte Dos:

Continúo en donde me quedé:

Ius naturalismo y positivismo

En ética y política en el mundo real, las opciones morales parecen partir de dos asunciones o supuestos antagónicos: O el ser humano es bueno, y aplica la Regla de Oro; o es malo y aplica la Regla de Hierro. La escuela ius naturalista del Derecho sostiene que el origen de los derechos parte de la naturaleza del ser humano, que supera y precede a cualquier ley positiva. En el caso de las religiones, los derechos naturales son dados por Dios, superior y precedente a los seres humanos. Parece obvio que los conservadores tenderían a ser ius naturalistas por principio, en la medida que apoyan sus asertos en la idea de que existe algo – Dios o la naturaleza humana - que de alguna manera obliga y predetermina lo que está bien y lo que está mal. Es la de todas las ortodoxias. En mi modesta opinión, sería muy ventajoso para la sociedad y las personas que hubiera alguien o algo que nos dictara indubitablemente el deber-ser y nos librara de las pesadas cargas del pensar y de la libertad.

El suponer que el ser humano es Bueno o Malo por naturaleza aplica un tercio excluido que en apariencia funciona poco, pues la reserva de personas buenas hasta el sacrificio o malas hasta la telenovela es, en la realidad cotidiana, escasa. Los conceptos de Bueno y Malo son antitéticos solamente en cuanto conceptos, pero las situaciones humanas en las que debemos aplicarlos suponen tomar decisiones morales. En la vida, las personas no somos ni luminosamente buenos ni oscuramente malos, nos debatimos en una zona grisácea donde nuestras conductas determinan acumulativamente lo que somos, y donde nunca somos enteramente lo que queremos ser. Se me hace, por otra parte, que una aplicación a rajatabla de la Regla de Oro llevaría a una Dictadura o Anarquía, en tanto que la aplicación de la Regla de Hierro lleva a … ah caray … qué coincidencia. Y así nos podemos explicar por qué las Leyes de un estado no se pueden basar en exclusiva en la Bondad o Maldad intrínsecas del ser humano, sino en una suerte de pragmatismo de raíces más bien maquiavélicas y positivistas. Vale decir que la Ley sería lo que queremos que sea Ley, y ya.

La Regla de Plata

El problema de la Moral Social es que determina la conducta social. Las Reglas de Oro y Hierro, como hemos visto, dependen de supuestos sobre la naturaleza humana, pero la experiencia propia y ajena nos dice que, a pesar de todo lo que podamos decir al respecto, el hombre no es ni puede llegar a ser completamente Bueno o Malo, y por lo tanto las Reglas de Oro y Hierro admitirán excepciones que las convertirán en inútiles. Parece necesario encontrar un principio moral que admita más posibilidades para el razonamiento moral y proporcione instrumentos racionales que permitan tomar decisiones morales. Parece que la Regla de Plata responde a estos criterios.

Diálogo apócrifo sobre la Regla de Plata

La Regla de Plata se formula igual que la Regla de Oro, pero en voz pasiva: NO hagas al Otro lo que tú NO quieras que te hagan. No se trata de hacer el bien o el mal, sino de no hacer, algo infinitamente más fácil. No se alcanzarán cumbres éticas, pero cuando menos nos podemos asegurar cierta tranquilidad a nosotros mismos y al resto. Combinamos a nuestros apócrifos Confucio y Buda para producir el acercamiento entre el Oro y el Hierro, a ver qué resulta:

(Discípulo) – Buda, este es Confucio. Confucio, este es Buda.
(Confucio) – Gusto en conocerte.
(El Iluminado) – El gusto es mío.
(Discípulo) – Maestros, estoy muy preocupado. ¿Qué regla de conducta debo seguir?
(Confucio) – Todo depende para qué.
(El Iluminado) – Claro. ¿Para qué necesitas una regla de conducta?
(Discípulo) – Pues para poder alcanzar la felicidad y convivir con las gentes.
(Confucio) – Ah, entonces sigue la Regla de Oro.
(El Iluminado) – Y no olvides esconderte cuando los otros la apliquen.
(Discípulo) – Ya, dejen de tomarme el pelo (sobándose la calva). Maestro Confucio, tú mismo me dijiste que no debería seguirla.
(Confucio) – No, Saltamontes. Te dije lo que pasaría si todos la aplican. Pero ese riesgo no existe. Y tal vez así puedas alcanzar la felicidad. Por lo menos bien sí te sentirías.
(Iluminado) – Ya, no lo desconciertes más, Confucio. Saltamontes, ¿qué deberías hacer para alcanzar la felicidad en la sociedad?
(Discipulo, más desconcertado que nunca) – Díganme lo que sea, yo lo hago.
(Confucio) – Oh, Saltamontes, forma y sigue tu propio camino.
(Iluminado) – Oh Saltamontes, sigue el justo medio.

En el plano personal, cuando nosotros descubrimos, casi siempre sin anestesia, que la vida no es como los principios la pintan, se produce la consabida crisis de valores, y se busca un reajuste que adapte los unos a la otra. Tratamos de superar la dicotomía entre los principios éticos y las realidades sociales. Tratamos de conocer el deber-ser moral y a la vez el ser moral, y nos hacemos conscientes de que necesitamos ajustarnos a esa dicotomía, y posteriormente lo intentaremos con nuestros propios hijos. Saber “cómo es”, que le decimos. Derivar de una posición ética activa a una posición ética pasiva ocurre cuando se pasa de la adolescencia a la adultez, y no somos tan conscientes de ello como de la crisis de valores que lo produce. Dado que la formulación pasiva de la Regla de Plata separa con eficacia la ética individual privada de la Moral Pública y de la Política, se suele derivar hacia ella de manera casi natural. Digámoslo de este modo: En la medida que no me interesa lo que el otro hace mientras no me friegue, menos dispuesto estoy a hacer cosas que lo frieguen. Ya no se devuelve el Bien por el Mal, sino la Justicia por el Mal. Y puede incluso que sea mejor así.

Pena de muerte

Pensemos en la Pena de Muerte. La Regla de Hierro nos dice que SÍ. La Regla de Oro nos dice que NO. Por cierto, es un ejercicio interesante en la enseñanza de la ciudadanía el recoger las opiniones de los alumnos sobre la pena de muerte en un cuadrito. Tratemos de hacer esto, dentro de nuestros límites.

Una pena presupone la noción de un sufrimiento corporal o espiritual impuesto a un individuo en retribución de una conducta reprochable. Ojo que no he dicho “mala” para no deslizarme al ius naturalismo, sino reprochable, que sería más positivista. Una pena constituye, para quien la sufre, perder en todo o en parte algo importante: La propiedad en el caso de las multas, la libertad en el caso de caer preso, o incluso la vida, en el caso de haber pena de muerte. Sin embargo, otros creen que la pena debería ayudar a la redención, transformación y reinserción social del delincuente. Y aquí empezamos a tener discrepancias serias, porque la pena de muerte es algo tan definitivo que si pensamos en redención y reinserción social, pues no hay manera de reinsertar cadáveres. Y aquí estaríamos en una discusión bastante irreductible, pero que devuelve la pelota a los defensores de la pena de muerte, pues estos deberán creer necesariamente que el ser humano es irrevocablemente Malo, y por lo tanto la única solución al crimen máximo es la pena máxima, es decir la muerte, porque no habría, a priori, esperanzas de redimir y reinsertar a un asesino o violador de menores.

Los otros argumentos a favor de la pena de muerte son de carácter más bien pragmático. Por ejemplo el del costo de mantener encerrado a un delincuente comparado al costo de matarlo. En la República Popular China esto ha llegado al extremo de hacerle pagar al reo la bala que le perforará la nuca, así que según parece la situación de costo-beneficio se maximiza. Por otra parte, en los Estados Unidos el costo de matar a alguien es más bien alto, tanto por las leyes que lo mantienen encerrado en la “Línea Verde” durante años, como por la necesidad de asegurarse que la muerte es misericordiosa, y no un espectáculo bárbaro. Entre nosotros la tradición ha sido el fusilamiento a cargo de un pelotón del Ejército. Este argumento no tiene más argumento moral que la conveniencia social. Otro argumento, más pesado es el de la disuasión por la ejemplaridad. La ejemplaridad funciona bien en otros contextos, como el  de la lucha contra la corrupción, por ejemplo, en el que si caen los grandes, los chicos tienden a tomar las cosas con más calma para evitar la canasta. Del mismo modo, se supone que si un determinado crimen genera la pena máxima, esto disuadiría a los potenciales criminales de cometerlo. El argumento es de carácter psicológico y social, y para verificarlo tendríamos que hacer una investigación entre los criminales y entrevistar a una muestra representativa que nos informe sobre su posible capacidad de disuadir. También se puede verificar comparando en determinados lugares la incidencia de crímenes y la pena máxima. Hay cifras interesantes. En Providence, Rhode Island, no hay pena de muerte y la incidencia de homicidios es de 3,6, mientras que en Louisiana hay pena de muerte y el índice de homicidios es de 17,5. El argumento, pues, no parece ser concluyente, por la intervención de otros factores que no son tomados en consideración. Un último argumento, interesante por lo pragmático, es que la pena de muerte es eficaz para prevenir actos de justicia popular, lo que parece optar por un mal menor.

Hay otros “argumentos” que no se dicen con claridad pero que están claramente configurados en forma de analogías o ejemplos. Por Internet me llega cada cierto tiempo spam sobre la incidencia de crímenes en Singapur u otro país asiático, y su relación con las penas de multa, cárcel o máxima; que siempre buscan correlacionar pena de muerte y tranquilidad social. Aunque parece un argumento de disuasión, en realidad apela más bien al egoísmo de grupo: Si permites que la autoridad castigue con ejemplaridad, entonces vivirás tranquilo. En realidad una Regla del Hierro edulcorada con azuquitar rubia, que muestra las contradicciones morales internas de los que mandan estos spams, o es propaganda gratis para gobiernos conservadores, supuestamente más eficientes en mantener el orden encarcelando a los que escupen al piso. Otro “argumento” análogo se basa en la enormidad del crimen y en la equidad de la respuesta, y se basa en escandalizar al ciudadano común mostrando imágenes horribles o describiendo con fruición el crimen cometido. Para estos apologistas de la pena de muerte, mientras más grave el crimen, más atroz debe ser el castigo, y aunque ya pasaron los tiempos en que a los condenados a muerte se les arrancaban las tripas mientras aún estaban vivos, parecieran desear que volvieran esos espectáculos. En la práctica es la apología de la venganza, es decir la aplicación no tan soterrada de la Regla de Hierro.

La idea de la pena de muerte no es matar por matar. La pena de muerte, y cualquier pena por cierto, no es administrada por los individuos sino por el estado, y además se entiende que el estado es legal, legítimo y tiene por fin el proteger a la sociedad, pues de otro modo no habría fundamento por el que aplicara penas. Aún donde hay pena de muerte, que el estado mate a alguien es entendido como una espantosa obligación a la que hay que rodear de toda clase de ritos y ceremonias que de alguna manera lo justifiquen. La finalidad de las penalidades judiciales es hacer justicia de manera efectiva. La discusión por ende debería centrarse en la Justicia y la manera de hacerla efectiva.

Colofón

Para cualquier estado es inconmensurablemente más fácil prohibir hacer cosas que lograr que se hagan. Este es un hecho verificable: Los estados cuya Moral Pública se basa en la Regla de Oro o en la Regla de Hierro atentan contra su propia supervivencia, por realidad ética y política. Una de las gracias o desgracias de la acción política en un contexto democrático es que refleja la composición social y el avance político de las sociedades. El estado sobrevive en la medida que convence a las gentes que es moral interesarse en que se fortalezca y cambie en determinadas direcciones. Ello convoca del individuo y del estado la necesidad de razonar ética, moral y políticamente. Y por ahora, chau.

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martes, 18 de octubre de 2011

PENA DE MUERTE, ÉTICA Y DIÁLOGOS APÓCRIFOS - parte 1

Parte Uno:

"Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (Mateo 7, 12).

"No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti" (Confucio)
“Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida / Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, / Quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.” (Éxodo 21, 23-25)


La “mano dura”

Se escucha siempre la exigencia de “mano dura”, como si ella en principio fuera a arreglar algo. Es un discurso clásico de los conservadores más recalcitrantes, que manifiestan cierta afición por la bala como método privilegiado para solucionar los problemas sociales. Se propone a grito pelado la pena de muerte, el fusilamiento o el despellejamiento televisado con hoja de afeitar sin filo, cada vez que se produce un asesinato especialmente sanguinario, o violaciones de menores. Algunos incluso manifiestan que la aplicación de una mano especialmente dura reduciría la comisión de delitos, artificio comparable a suponer que cortando la puntita del iceberg se acaba el iceberg, y que matando pobres se acaba la pobreza.

Un hecho extrañamente contradictorio es que estos conservadores por lo general también dicen estar “a favor de la vida”, cuando del tema de aborto y concepción se trata. La contradicción antedicha manifiesta, creemos, o creencias religiosas profundas o alineamiento con posiciones ultraconservadoras de la Iglesia Católica, que algunas ventajas debe traer. El problema es cuando se necesitan argumentos de carácter racional, pues si se escarba un poquitín en lo que estos respetables conservadores sostienen, se culmina en la apología del Miedo Difuso, del Egoísmo individual o de grupo, del Interés particular y/o en un muy emocional afán de Venganza. Nadie niega que el crimen es moralmente negativo y debe reprimirse en cualquier circunstancia. Tampoco que es igualmente negativo que el Estado prevenga o castigue el crimen guiado por la venganza y el egoísmo. Tratamos que el Estado y el Sociedad funcionen mejor de lo que lo haríamos los seres humanos individuales, esperando que la acción conjunta se vaya por la mejor y no por la peor.

Bases éticas

Nosotros no queremos estacionarnos en ningún extremo de la ingenuidad moral. La Moral Pública no funciona igual que la Moral Privada, pues aquélla se vincula con la convivencia social, es decir, con la Política. Pero el problema de fondo no es ni racional ni emocional, sino ético. Las posiciones conservadoras, aireadas públicamente mucho más allá de su real impacto entre la población por los medios de comunicación deberían tener algún tipo de base ética sólida por sí misma. Si de lo que se trata es de poder ejercer un razonamiento moral que nos permita conducirnos por la vida, hay que proporcionar instrumentos válidos. La ética, cosa individual, se continúa en la Política, cosa pública, y presupone una serie de principios y valores. La Moral Pública resulta de la acción ética de los individuos trasladada a la acción política.

Las Reglas de Conducta Moral

La relación entre la Ética, la Moral Pública y la Política se podría mirar desde la perspectiva de las principales Reglas de Conducta Moral, conocidas como las Reglas de Oro, de Plata y de Hierro. Para ello desarrollo y aplico un texto del libro “Miles de Millones” de Carl Sagan.

La Regla de Oro dice: “Haz al Otro lo que quieras que te hagan a Tí”. Una reformulación interesante de la misma, de raíz bíblica, dice que se trata de devolver el Bien cada vez que te hagan el Mal. Esta Regla es la que enseñamos normalmente en las escuelas y supuestamente sostiene e informa las normas de convivencia social vigentes, entre ellas los Derechos Humanos y las éticas de origen religioso. Su raíz es judeo-cristiana-musulmana, aunque tanto las religiones como las éticas laicas la asumen como propia de una u otra manera, posiblemente porque es vista como superior a la Ley del Talión (“Ojo por Ojo y Diente por Diente”), que aparentemente es la que en verdad aplicamos o tendemos a aplicar. Por otra parte, no parece que en política y otras relaciones sociales se pueda aplicar la Regla de Oro impunemente. Incluso algunos filósofos como Kant, Bertrand Russell, Nietszche y Popper la rechazan por lo que tendría de invasivo e intervencionista.

Diálogo apócrifo sobre la Regla de Oro

(Discípulo) – Oh maestro Confucio, allá en el remoto Occidente el Maestro Jesús dice que hay que devolver el Bien cuando te hacen el Mal.
(Confucio) - Ah, mi pequeño Saltamontes, ¿Dice que hay que devolver el Bien por el Mal?
(Discípulo) – Sí, Maestro.
(Confucio) – Parece un método interesante para acabar con las disputas y problemas sociales, si todos devolviéramos bien por mal.
(Discípulo) – ¿Entonces estás de acuerdo, Maestro?
(Confucio, soñador) – Es un modo radical de lograr el Cielo en la Tierra.
(El Discípulo se apresta a abandonar a Confucio y partir esperanzado hacia Occidente)
(Confucio) – ¿A dónde crees que vas, mi pequeño Saltamontes?
(Discípulo) – A seguir al rabí Jesús, Maestro.
(Confucio) – Mejor desempaca.
(Discípulo) – ¿No me has dicho que Devolver Bien por Mal es lograr el Cielo en la Tierra?
(Confucio) – Devolver el Bien por el Mal funciona si y sólo si todos devuelven Bien por Mal.
(Discípulo) – Por eso voy para allá, Maestro.
(Confucio) – Detente y usa tu cerebro, Saltamontes … ¿qué pasaría si una y solamente una persona no devolviera el Bien por el Mal? (El Discípulo repentinamente cae en la cuenta de la cosa, y se sienta) … esa persona mala sería el Rey o Emperador de todos los demás.
(Discípulo) – ¿Cómo puede ser eso posible, Maestro?
(Confucio) – Si una persona devuelve el Mal por el Bien cuando los demás devuelven Bien por Mal logra ventajas, acumula grandes riquezas, hace que los otros hagan lo que quiere.
(Discípulo) – Si solamente uno devuelve Mal por Bien, eso seguramente pasaría, Maestro … por eso hay que convencer a todos.
(Confucio) – Suponte que lo logras, Saltamontes, y convences a todos … ¿Cuánto tiempo, ay, se demoraría uno solo en aquilatar las ventajas de devolver Mal por Bien?

Este muy apócrifo diálogo pretende mostrar un hecho: La Regla de Oro establece principios generales, pero como todas las axiologías sostenidas desde un principio exterior a ellas – la existencia de un Dios bondadoso, que sin embargo castiga el pecado – problematiza al fiel con temas como la culpa, el pecado y el perdón, diferidos normalmente para después de la vida, con lo que se asegura una especie de control exterior a las gentes que paradójicamente se instala en su interior. La sociedad y el Estado laicos modernos deben asegurar la libertad de cultos, pero a la vez la libertad de pensamiento, y ello implica que no pueden aceptar por principio una moral pública basada en una fe religiosa, aunque pueda inspirarse en ella. Es problemático inspirarse en exclusiva en una sola fuente, por bondadosa que sea. Tan peligroso y poco práctico es basarse en el afán de venganza de la sociedad como en la bondad natural de las personas, desmentida por hechos como Auschwitz, Hiroshima, el Gulag o Cayara. De ahí que la Regla de Oro, dice mi apócrifo Confucio, sea inaplicable como base de convivencia social. Veamos como aprieta el zapato en otro pie.

Diálogo apócrifo sobre la Regla de Hierro

La Regla de Hierro dice así: “Haz a los Otros lo que no quieras que te hagan a Ti”. Opuesta totalmente a la de Oro, parece una Ley del Talión más elaborada, la que, en tanto primera ley judicial de la historia, proviene precisamente del convencimiento – o experiencia - de que la gente no mata solamente si es amenazada con la muerte por hacerlo. La idea es adelantarse al daño por recibir, pegando primero, así uno se asegura que no le pegaran. Sin embargo, la lógica subyacente resulta análoga a la de la Regla de Oro. Y en esto hay que decir que el pensamiento conservador recalcitrante defiende la Ley del Talión como base para la convivencia social.

(Discípulo) – Maestro Buda, dejé al Maestro Confucio porque no me mostraba el camino …
(El Iluminado) – Cuéntame tu problema, Pequeño Saltamontes (Que nombres tan raros se ponen estos chinos …)
(Discípulo) – El Maestro Jesús dice que hay que devolver el Bien cuando nos hacen Mal, y el Maestro Confucio …
(El Iluminado) – Ya entiendo … Confucio te dijo que eso no se puede …
(Discípulo) – No sólo no se puede, Maestro Buda, he visto que los hombres tienden a hacerle a los otros lo que NO quieren que les hagan a ellos.
(El Iluminado) – ¿Confundido, no?
(Discípulo) – Pues sí.
(El Iluminado) – Me recuerdas la primera vez que abandoné el Palacio de mi padre. Cuando aún era el príncipe Siddhartha, vi lo que tú dices. El mundo anda como la mona, Saltamontes.
(Discípulo algo impaciente) – Entonces, Maestro Buda, ¿SE PUEDE SABER QUÉ REGLA ES LA QUE DEBO SEGUIR?.
(El Iluminado) – Tranquilo, Pequeño Saltamontes. Menos mal todo lo que existe es pura ilusión, pura maya …
(El Discípulo, más desconcertado que nunca) - ¿Entonces?
(El Iluminado) – La Ilusión no es, pues hijo … El mundo sólo te ofrece dolores y maldades. La única realidad es desasirse de eso, no-estar-ahí, el nirvana …
(El Discípulo se rasca la cabeza dubitativo)

La solución que propone mi apócrifo Iluminado consiste en escaparse del estado de anomia social, de la guerra hobbesiana de todos contra todos, refugiándose en la individualidad o en la inconsciencia, tratando el problema poco más o menos como si no existiese. Estoy seguro que no le hago justicia al Buda con el Diálogo, pero ciertamente a veces parece que la única manera de defenderse de una sociedad orientada por la Regla de Hierro es agachar la cabeza para que no te caiga el sopapo. Es claro que la sociedad y el estado laicos modernos no se pueden basar en la Regla de Hierro más que en la Regla de Oro, pues significaría institucionalizar la Ley de la Selva. 
(CONTINUARÁ)

lunes, 16 de agosto de 2010

PENA DE MUERTE, BARBARIE Y MANIPULACION POLITICA

Pena de Muerte, Barbarie y Manipulación Política

Esta mañana el Señor Presidente de la República del Perú se levantó con ganas de establecer una agenda política. Como ya nos tiene acostumbrados a la profunda inanidad intrínseca de los temas de agenda que ha venido planteando, los que usualmente culminan en globitos llenos de humo; la gran mayoría de la gente pensante no consigue, por más buena voluntad que tenga, tomarla en serio por sí misma. Más bien, la gente pensante tiende a buscar cuál puede ser el intríngulis – vale decir, la intención política secundaria – latente, que se manifiesta detrás de lo efectivamente dicho. Por supuesto un buen análisis debe ser multifocal – término bellísimo, si supiéramos a qué miéchica se refiere si no es a varios focos. En todo caso, no es una buena declaración política aquella que no sirve a diversos fines, y en eso el Señor Presidente de la República es definitivamente un experto.

Una manera de analizar el tema es examinando qué cosas ocurren en paralelo y qué relación puede guardar con lo declarado. La intención suele ser “aguar” otras noticias, como la eventual tacha del candidato conjunto del Apra y del Fujimorismo a la Alcaldía de Lima. Como escribimos haciendo uso de nuestra libertad, que nos deja escribir para la media docena de gente que con tanta amabilidad sigue este espacio, creo que podemos interpretar que ese cuento de Carlos Roca candidato del Apra no se lo cree ni él mismo. Sospechamos que los varios miles de millones que se afectarán de ahora en adelante para asegurar la pitanza de las Fuerzas Armadas puede tener alguna relación. Así como las públicas desventuras conyugales del Presidente de la República, incómodamente aireadas en estos días.

Otro modo es observar de qué trata el tema, y a quienes fortalece, esconde o ataca. En el caso que nos ocupa, como en otras ocasiones, se trata de la Pena de Muerte. Un tema que no es nuevo, y que nos da qué pensar acerca de lo que significa utilizar el aparato del Estado para poder matar gente. Indudablemente resulta escandalosa y condenable la lenidad judicial (que suelta asesinos, narcotraficantes y otros delincuentes), la inutilidad policial (que suelta asesinos, narcotraficantes y otros delincuentes), y la culpable estupidez legislativa (que da la base legal para soltar asesinos, narcotraficantes y otros delincuentes). Pero graciosamente, el Presidente de la República es el jefe máximo de la Policía, y es su responsabilidad política empezar a hacer algo al respecto. O de repente piensa como su exministra del Interior, la tristemente célebre Mayor del Ejército Mercedes Cabanillas que dijo tener una responsabilidad de coordinación, y que son otros los que cargan con los muertos. El Apra, que sepamos, tiene además una nutrida representación en el Congreso. El Presidente de la República no menciona las responsabilidades políticas propias ni de su partido, distanciándose de un modo bastante forzado del asunto.

La cercanía del Presidente de la República con las posiciones más autoritarias, que data desde el momento en que renunció a su programa político – inmediatamente después de las elecciones, claro – lo acerca al gelatinoso extremo derecho de la alianza en el poder, que pugna por repartirse la torta estatal en esquemas variables en sus actores, pero al final siempre con el mismo resultado. Vale decir, fuera de la cortina de humo lo que hay es una defensa programática de la fuerza como solucionadora de problemas, que lo acerca a sus obvios y siempre negados aliados, y a la vez les quita la exclusividad de una de sus banderas autoritarias más queridas.

Lo que indudablemente resulta más fácil es solicitar, exigir, engolar la voz disparando la Pena de Muerte como solución a los problemas, montándose sobre casos particulares y convenientemente aireados, y jugando irresponsablemente con las naturales ansias vengativas de una parte de la población, más la hartura de otro sector que es inducido a pensar que si fusilamos gente eso resuelve el problema de la delincuencia. 
Creo que no hay duda alguna en cuanto a la defensa de la barbarie y el desesperado intento de voltear la posición abolicionista que, en nombre de la humanidad, se asumió hace ya bastantes años. Estos retrocesos en lo humanitario, claramente guiados por las minucias políticas del momento, no nos hacen ningún favor, a nadie, si no es a aquellos que les encantaría ser los ejecutores. Es que disponer del poder de la vida y la muerte debe ser riquísimo y delicioso, y seguro eleva la autoestima de algunos de una manera espectacular. Para no hablar de la posibilidad de tener amenazados a los eventuales opositores. Claro, podemos entonces apelar al asesino que todos llevamos dentro, e ir a la solución que parece más fácil y adecuada. Es decir, les disparamos y ya. O, como quiere el Presidente, cortarles la cabeza, suponemos que con un hacha sin filo, para que sufran bastante, se derrame una roja sangre que resalte en la pantalla (podría transmitirse en vivo y en directo, se vendería publicidad que da miedo) y el populacho se sienta satisfecho y no se preocupe de minucias, como los Petroaudios, por ejemplo, que deben quedar en manos de los inteligentes. Que para eso “semos” la aristocracia. O la “kakistocracia”.

De hecho, el Presidente de la Corte Suprema ha salido al frente del exabrupto presidencial poniendo algunos puntos sobre las íes. Pero por desgracia, el tema de agenda ya fue, ya no es ese, ya pasó la noticia, ya se ganó el titular de los diarios chicha, los que manejan ya sabemos quienes. Y por lo tanto apostamos doble contra sencillo que a Villa Stein se le dará el silencio por respuesta, o algunas palabritas para salir del paso, porque los objetivos políticos del exabrupto ya se han logrado: Convertir en sentido común la barbarie, distraer de la debacle de Kouri y del ridículo de Carlos Roca, reforzar la Alianza en el Poder moviendo tres o cuatro piecitas conceptuales. Quien sabe si devolver uno que otro favorcito político.

Por ende, no habrá resultados reales en todo este asunto, fuera de algunos escandaletes mediáticos. Nada pasará, fuera de unos cuantos titulares y artículos periodísticos. No se puede tomar en serio este tema. Y menos en el Señor Presidente de la República. En especial después de soltar a Lori Berenson por gestiones (¿u órdenes?) directas del Presidente Obama. Sobre todo después de estar bastante claros que mientras el Presidente exabrupta, la delincuencia se está apoderando de la sociedad, no sabemos si con la lenidad, complacencia o alianza de los responsables políticos. En especial cuando los grupos en el poder están abocados en hacerle comulgar ruedas de molino a la ciudadanía haciéndole creer a través de sus medios que los cárteles de narcotraficantes colombianos y mexicanos no están actuando en el Perú, y que más bien es Sendero Luminoso quien controla el narcotráfico. Una como esa de creer que Carlos Roca es el candidato del Apra.

Ahora, quizá la mejor ganancia de todo este asunto sea el que resulta muy gracioso escuchar al Presidente de la República empleando términos como “miserable” y “marica”. Aunque estamos seguros que hay términos mejores. Y también temas mejores.