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lunes, 11 de marzo de 2013

HUGO CHÁVEZ, O LOS MIEDOS SOCIALES


HUGO CHÁVEZ, O LOS MIEDOS SOCIALES

"Los medios de comunicación de América Latina son la principal razón de que la mayoría de la gente de Latinoamérica tenga una visión de Venezuela igual de distorsionada incluso peor que la de la mayoría de ciudadanos estadounidenses."
(Mark Weisbrot, columnista de The Guardian, codirector del Center for Economic and Policy Research)

"(A la hora de la muerte) a un hombre debe bastarle pensar que es un hombre, que está de pie, que está bajo las estrellas"
(G.K.Chesterton)



Pocos políticos en América Latina levantaron más polémica en vida y en muerte que Hugo Chávez: Temido y odiado por bastantes; amado y adorado por millones. Objeto de absolutamente todos los trucos que una prensa dedicada a la desinformación podría utilizar para tumbárselo, incluyendo el  golpe de estado. Sin embargo les sobrevive incluso en su muerte. Hugo Chávez, ser humano, ha enseñado cómo vivir la lucha por un ideal, además de cómo se debe morir. Como a estas alturas de mi vida no creo en pajaritos, no solamente voté NO en la Revocatoria, sino que no me llama la atención la defensa irrestricta de la libertad de empresa. No es interesante preguntarse lo que ya sabemos: si la prensa dice lo que dice, es tema de tarifa y punto. Lo único que puede variar creativamente y despertar cierto interés es el monto y la forma de pago. El “secreto a voces” peor guardado de la historia es que hasta las piedras saben en nuestro continente que la prensa no es creíble y que opina con la billetera. Testigos los revocadores acá en Lima, conchabados con quien te jedi, caballero yedi. Es gracioso que, salvo cuatro o seis periodistas sensatos y/o lúcidos por ahí, siguen actuando como si se les creyera. Allá ellos.

El problema es Otro

En consecuencia el problema es Otro, y es el mismo del Fin del Mundo del 2012: ¿Por qué gente  inteligente y capaz, de toda procedencia, se cree las historias de la prensa, y repite un discurso mendaz, a todas luces tendencioso, e incluso falso? Sobre Hugo Chávez he escuchado monsergas  increíbles, expresiones tan emotivas que de repente se las merece un marido tramposo, un padre ausente, un hijo sinvergüenza. Pero … ¿el presidente de Venezuela, nación petrolera y hermana, pero  muy lejana de nuestras preocupaciones inmediatas? Vamos, que eso se merece su poquito de análisis.

Hay gente que no puede escribir – e incluso pensar – el nombre Hugo Chávez sin sentir violentas arcadas físicas y emocionales. Miremos algunos de los epítetos dedicados a Chávez, el proceso venezolano y sus aspectos vinculados, recogidos tan solo en un par de intervenciones en una discusión en red social:

Fraude, genocidio, se atornilló miserablemente, vomitó, amordazó, sojuzgó, emputeció, dictatorial, estupideces, payaso, títere, malvado, apestoso, miserable, desgraciado, hijo de puta, golpista, malvado más un larguísimo y efectista etcétera.

Yo no sé, pero ahí algo me suena raro. Tengo mis ideas de izquierda bien enraizadas e incluso familia en Chile, pero puedo decir con toda soltura, naturalidad, desenfado, e incluso donaire estas dos palabras: “Augusto Pinochet”, y no solamente no me vienen arcadas, ni agruras, ni me salen pústulas moradas, ni siquiera una vergonzante acidez estomacal. Es más, siento cierta satisfacción de poder mostrar un aura de objetividad frente a un tema polémico. Gratificante, si uno se pretende analista de la realidad y capaz de conceptualizarla sin malabarismos de conveniencia personal. Total, nadie me paga por opinar, lo que tampoco es tan bueno pues hay cuentas que pagar, y gente que me lo recuerda con insistencia digna de encomio. Pero puedo decir “Alan García” y hasta “Keiko Fujimori”, y no me da chucaque ni soponcio. Y no es que me gusten, pero no le doy a nadie el gusto de amargarme la cotidianidad con sus barbaridades en hechos y palabras. Y eso que hay quien se esfuerza.

Cuando veo lo que hacen y oigo lo que dicen, me escandalizo mi algo, pero luego se me pasa, y digo con toda dignidad “qué badulaque”, y continúo con mi vida, algo bastante más importante. Sigo el sapientísimo consejo del gran filósofo brasilero Chico Buarque: A pesar de Usted / mañana ha de ser / otro día.

Los Perros de Pavlov

Ahora bien, ¿por qué a tanta gente le da ataque? Como soy educador y me sé mi poco, tengo mi respuestita: La asociación de un concepto a contenidos negativos determina estímulos aversivos asociados en este caso a la imagen “Hugo Chávez”. Es decir, alguna gente sometida al estímulo “Hugo”, está condicionada a salivar amargo. No me creo el cuentazo que a veces dicen que la Prensa no tiene tanto poder, porque machaca y machaca diaria y subliminalmente, y no me vengan con que no, que grandecitos ya somos. Es que me molesta que me tomen por imbécil, aunque puedan eventualmente tener razón. Cuando la prensa es monocorde y manejada por gente sin escrúpulos, el condicionamiento es más efectivo todavía, y convendrán ustedes conmigo que estas condiciones de monocordia y concentración capitalista se cumplen ampliamente en nuestro continente.

Pero no puedo culpar a la gente por ser condicionada cuando el sistema educativo te estafa y te dice, por ejemplo, que sabes leer cuando en verdad eres semianalfabeto – apuesto que por ahí aparecerá uno que dirá que lo estoy insultando, de los que cree que “panzón” es un insulto. Piénsalo, si no decodificas discursos ni diferencias lo manifiesto de lo latente, ni puedes analizar más allá de tus simpatías y antipatías, eres perfecto para salivar como los perros de Pavlov y ser parte de la “masa de maniobra” mediática.

El Malo de la Película

Nuestra Derecha Bruta y Achorada tiende a opinar con los juanetes y creerse los discursos destinados a los incautos. Otorgarle a Hugo Chávez el cuasi demoniaco poder de intervenir en todo, e influir - no “influenciar”, por favor, me tiene harto ese galicismo - decisivamente en casi todo, pues eso no lo consiguió el comunismo soviético con bombas nucleares, Comintern y todo eso. Nos guste o no, Chávez nunca pudo disputar el dominio del mundo, o de América Latina, a los Estados Unidos, ya bastante hizo manteniendo en lo posible la independencia de Venezuela. Pero como está en la técnica del psicosocial meter miedo y fortalecer simbólicamente al enemigo, basta asustar a los pobres de espíritu para que se abandonen a una autoridad fuerte que se ofrezca a quitarte la pesada carga de la Toma de Decisiones. Pero asignar omnipotencia siempre es sospechoso, aun si la DBA sabe lo que hace – cosa que dudamos, sus decisiones corporativas últimamente han sido bastante malas.

El insulto y su relación con el inconsciente

A mí, que jamás me gustó el estilo de Chávez, entiendo que el hombre ha tenido mucho éxito: ganaba las elecciones, caray, a medio la docena, y si puedes hacer eso, hacerte dictador suena poco inteligente: Una ventaja de la Democracia es que te enteras de las cosas y tus decisiones son más sensatas, aparte que no tienes que hacer toda la chamba. Pero los opositores de Chávez y hoy de Maduro creen que insultar es un argumento, que la magia de los conjuros tipo Brujas de Macbeth son algo a mostrar y sentir orgullo, y despachan su ignorancia a gusto. La agresividad desatada es tal que uno se convence que estos solo se conformarían con matar a quien sienten que los agrede. Para  estas gentes debe ser terrible que Hugo Chávez se haya muerto por su cuenta, sin que hayan podido clavarle la estaca al vampiro. Denigrar al muerto linda con las ambivalencias necrofílicas, y no creo que la gente, Johnny, esté tan loca. Sería terrible que encontraran, como les pasó a algunos veteranos de la Lucha contra el Comunismo, que Chávez les hacía el favor de darle sentido a sus vidas.

Ahora cómo lo mantenemos amenazante, menuda dificultad que seguro produce enredos padre en cabezas no entrenadas en exceso en el ejercicio del pensamiento. Vemos a algunos tratar de encajar la realidad a esos esquemas, le chapamos el chiste, empezamos a reírnos y la comunicación se pierde, pues el interlocutor se ofende con uno y lo desamiga de las redes sociales.

El Problema del Otro

El problema entonces no es – o era - Chávez, sino el Otro, el que habla de él. Imagínate que tratas de conocer y posiblemente de cuestionar las bases del gobierno bolivariano (no vale decidir a priori que lo vas a condenar, primero necesitas la data como sabe cualquier investigador serio), te apuesto doble contra sencillo que NO vas a encontrar información fidedigna, o que conseguirla te va a costar sangre, porque por allí están más ocupados demonizando a Chávez y al Chavismo, y creen que con eso ganan más. Como por allí suponen que las gentes son irremisiblemente estúpidas (tampoco se les puede culpar de creer que tras décadas de destruir la Educación no tengan la conciencia de cierto éxito), ya no se molestan en argumentar, piensan que basta con la salivación pavloviana a lo Montesinos. La gran mayoría de los que se dicen "analistas" de la prensa peruana se creen la propaganda que repiten y que hasta colaboraron en fabricar, y no proporcionan información nueva sino que repiten lugares comunes, como eso de “perpetuarse en el poder”: Explíquenme  cómo hace un muerto para perpetuarse. Por cierto, estos límites analíticos se vieron también en la renuncia del Papa Benedicto, donde muchísimos “analistas” no dicen esta boca es mía porque esperan el His Master s Voice proveniente del Palacio correspondiente.

El Problema es el Otro

Hugo Chávez ha muerto de cáncer. Hemos visto gente que escupe el cadáver y patea el ataúd, si bien virtualmente. No lo harían en persona, la fácil valentía de las redes sociales no da para tanto. Es simbólico eso de patear al muerto, de insultar a gentes a los que se les adjudica ipso facto la calidad de “enemigo”. El muerto, en esas mentes, no está tan muerto, de repente anda de parranda. Seguro que esto duele a algunos, pero Chávez muerto sigue siendo mayoría en Venezuela. Se ganó un prestigio muy superior al de sus críticos. En cierto modo está más vivo que muchos, si la intensidad en el vivir es un parámetro. Porque el problema de fondo sigue siendo el Miedo expresado en la necesidad de disfrutar del control de la propia vida, que se cree tener porque se puede insultar en las redes sociales a los que les digitaron debían odiar. No es posible controlar los conceptos con adjetivos añadidos: Chávez malvado, dictador, criminal. Vale la pena preguntarse a qué le temen realmente tanta dama y caballero tan prolífico en epítetos. Ahora que el “Diablo” está muerto va a ser peor, porque es inevitable comparar con el Mío Cid Ruy Díaz El Campeador, que vencía después de muerto, lo que levanta ronchas por lo cantado que estuvo el triunfo de Nicolás Maduro.

De donde viene el odio

Ahora bien, el odio viene del Miedo, y el miedo de la posibilidad de que me quiten lo que entiendo es mío. Eso se entiende perfectamente en los muy pocos que se apropian de más de la mitad de la riqueza de nuestras naciones, y que alguna culpa inconsciente deben sentir por despojar al resto, aunque esa inconsciencia en algunos debe ser bien inconsciente, mientras en otros es Responsabilidad Social. Ciertos medios de comunicación peruanos hacen plata explotando y reflejando el temor inconsciente de los que la mueven, y la manipulación que ciertos periodistas lograban ya no es tan eficiente como solía ser. Ya se cae porque no se puede vender indefinidamente la bobada ideológica del comunismo internacional, que resolvemos metiendo bala y “matando menos gente”. Los grandes capitales están inmovilizados por conflictos sociales que el poder político ejercido por los dichos superdotados no atina a tipificar ni a resolver con un mínimo de solvencia. En consecuencia vender el temor a los ajustes sociales de cuentas por el que se cobre con intereses la deuda social tiene límites. El pacto entre derecha liberal y nacionalismo humalista como que morigera la cosa, aunque muchos la vemos compleja, como solamente ganar tiempo, y a ver qué hacen con ese tiempo. La lucidez no se compra, se trabaja. Y hay mucho vendedor de sebo de culebra (no “cebo”, por favor). Y ahí. 

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martes, 2 de agosto de 2011

CONTRA EL RACISMO, LA HOMOFOBIA Y EL ODIO

“Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta.” (Herman Hesse)

“Odiar a alguien es sentir irritación por su simple existencia.” (Ortega y Gasset)


Sé que este tema ha sido tan vastamente tocado por tantas personas capaces en estos últimos tiempos, que de repente ni vale la pena hacerlo de nuevo. Pero dos cosas me pasaron que me llevan a tocar el punto. Una fue el cruzarme en la calle con una señora de respetable edad, que interpretó mi color de piel como carente de toda modestia, lo que la llevó a pensar que de necesidad yo estaría de acuerdo con sus puntos de vista alrededor de la “India” y su modo escarapelante de vestir en la ceremonia de juramentación del Presidente de la República. Por “india”, por si acaso, se refirió a la Primera Dama. Mi respuesta no viene al caso, pero su interpelación me dejó pensando tanto en el hecho mismo, como en el que la señora, tan rubia ella, estaba acompañada por un sumamente moreno – eventualmente negro – caballero que, supongo que eventualmente también, fungía de marido. Contradicciones de la vida, sospecho.

Por otra parte y a la vez, yo estaba en plena relectura de una conferencia de Cornelius Castoriadis, “Reflexiones en torno al Racismo”, fácilmente obtenible en la red, que destripa el tema con fruición, lo que interesa por la coincidencia entre ambos hechos. Entro, pues, al tema sin anestesia y sin vaselina, a la busca de relaciones al respecto. Castoriadis señala que el racista, llevado por fuerzas intrínsecamente perversas, no siente interés alguno en “convertir” o “asimilar” al Otro, sino que su interés básico es desaparecerlo, lo que demuestra a partir de diversos y desagradables hechos históricos, muchos de ellos extraídos de la historia de las religiones, en particular la judía, la cristiana y la mahometana, aunque tampoco deja atrás otras confesiones. Estos hechos históricos resultan configurar una constante en el desenvolvimiento del hecho del racismo en los planos cultural-social y psíquico-individual, con los que el conferencista juega, saltando de uno al otro con solvente suficiencia lógica.

El error en la crítica al racismo

El rechazo al racismo comúnmente trata de racionalizar lo intolerable de éste por considerar injusto que se odie a alguien por ser Otro sin tener responsabilidad en ello. Castoriadis considera accesorio este aserto, pues no ataca frontalmente la esencia del racismo, que no es, como se piensa, considerar al Otro culpable por pertenecer a una colectividad no elegida por él, lo que me parece queda patente en la actitud de la señora mencionada al entender que cuando dijera “india” yo sabría directamente a quien se refería. Por ende, los que racionalizan el tema alrededor de este punto se equivocarían al hacerlo.

El hecho mondo y lirondo del racismo, según Castoriadis, se puede resumir en una frase extremadamente empleada en la historia: “El mejor ………… es el …………. muerto” (Póngase en los espacios vacíos cualquier cosa: indio, piel roja, alemán, comunista, judío, nazi, árabe, homosexual, etc.). Vale decir, el racismo es en su base el deseo de asesinar al Otro. Y con esto se encuadra el racismo en una escala más amplia, dentro de lo que se puede denominar “crímenes de odio”, que tendrían una base en la naturaleza humana, que toda sociedad civilizada está en el trance de vigilar y transformar, para no morir de alguna de sus formas agudas o crónicas. En consecuencia, el racismo no presenta posibilidad alguna de “conversión” o “asimilación” del Otro. Es Odio puro y simple y llano. El racismo, prístinamente considerado, no se limita a desear alejar al Otro del propio alcance, solamente puede conformarse con su desaparición completa, es decir con su exterminio, porque una posible abjuración no le sirve al racista para satisfacerse y completar sobre sí mismo su circuito perverso. Si el racista pudiera aceptar la asimilación del Otro en una común caldera de caracteres y representaciones, ya no sería racista, sino en el peor de los casos un simple discriminador, o en el mejor manifestar una interculturalidad limitada, pero interculturalidad al fin y al cabo, potencialmente capaz de aceptar su propio rechazo, y sustituirlo por la curiosidad por la diferencia, el deseo de conocer, la valoración positiva o negativa de los rasgos del Otro, y la aceptación o rechazo válidos únicamente para el sí mismo, razonados suficientemente. El resultado sería como mínimo una Tolerancia distante, y como máximo el Crisol Cultural. En todos estos casos hay intervención del sujeto consciente, que para ello emplea las herramientas que le proporcionan su mente y sus emociones, dirigidos por un Deber-Ser determinado.

Es obvio que la señora a la que me he referido no presentaba ninguna de estas características. Estaba empeñada en hacerme aceptar su punto de vista por principio, considerándome como un eventual cómplice, dado mi fenotipo. Buscaba no una conversación, sino un aliado sobre el que pudiera reflejarse, lo que denotaba el rechazo a la mera posibilidad de conocer la realidad, por preferir - o tal vez necesitar - quedarse en su construcción mental previa, de la que extrae ciertas seguridades seudorracionales y emocionales para sí misma. De ahí se puede concluir que la ignorancia ignorante – por oposición a la ignorancia ilustrada – sea una compañera inseparable del Odio, pero no su determinante. Vale decir, no arreglamos el Racismo solamente con el conocimiento del Otro.

El yo racista

El racismo aspira a entronizar al propio Yo sobre todas las cosas. La Señora a la que me he referido rechazaba la condición de “indio”, aunque, a juzgar por el marido, no la de “negro”, eventual y posiblemente por su capacidad para el desempeño en ciertas áreas íntimas que imagino debe resultarle útil o placentera. El racista rechaza al Otro no porque sea distinto, sino porque es Otro, es decir porque no es el Yo que proyecta. Tal vez el sueño acariciado de esta Señora es una sociedad sin indios, aunque no sin negros. Difícil saberlo. El racista percibe en sus mismos huesos que la simple existencia del Otro le agrede, en distintos grados y con distintas respuestas, por supuesto. La Señora en cuestión no puede aceptar a un indio en la Presidencia, o a una india como Primera Dama, le es demasiado agresivo a su autoestima pensar que puedan tener injerencia alguna sobre su vida. Le cuesta pensar en el Poder ejercido por los indios, aunque es evidente que ni el Presidente ni su Primera Dama corresponden a dicho fenotipo, aunque es obvio que para dicha Ñora sí los representa.

Aunque Castoriadis se niega a considerar como causa del racismo el odio a sí mismo, sí lo distingue como contrapartida o reflejo del Odio al Otro. Tras una elaborada demostración de la falacia del pensamiento que da lugar a una visión retorcida de la realidad social, que no repetiré aquí, llega a la conclusión precisamente de que para el racista la mera posibilidad de la Inclusión resulta ser la evidencia de una equivalencia insoportable entre él mismo y el Otro. El racista vive en el agudo y espantoso temor de descubrir, una mañana como cualquiera, que es igual al Otro. Mirarse en el espejo y verse indio, en suma. En su interior inconsciente – o tal vez no tanto - supone que la existencia del Otro es un riesgo para su propia existencia, y aquí cedo a la tentación de citar a Castoriadis: “ … en lo más profundo de la fortaleza egocentrada una voz (repite), dulce pero incansablemente (que) nuestras murallas son de plástico, nuestra acrópolis de papel maché”, lo que nos habla de una inseguridad interior que tiene que sacudir los mismos cimientos de la personalidad del racista, al que le es intolerable aceptar lo muy poco que se auto-valora, o por mejor decir cuánto se odia a sí mismo, porque esa constatación lo calatearía primero frente a sí mismo, y luego frente al resto, incluyendo en esto a los indios. Podríamos decir, extremando los conceptos, que el racista es básicamente un pobre diablo que no sabe que lo es, y que hará lo que sea para evitar enterarse de que lo es. Lo siento por la Señora.

Racismo y homofobia

Encuentro aquí una equivalencia notable con las expresiones sociales de la homofobia, que para nosotros resulta mucho más evidente dado que socialmente es de menos buen tono manifestar racismo que homofobia. La homofobia en nuestro medio es socialmente más aceptada que el racismo. Es decir, se puede expresar puntos de vista abiertamente homofóbicos sin ser frontalmente sancionado por ello, excepto por los directamente agredidos, y ello solamente en la medida que sea aceptable socialmente. En la perspectiva individual, la práctica del sexo nos define a nuestros propios ojos de manera tan decisiva, nos otorga tanta parte de la mascarada que hacemos pasar por identidad, que el rechazo al Otro puede manifestarse con toda evidencia, como ocurre entre nosotros de manera constante y evidente. Pocos heterosexuales manifestarán tolerancia frente al Distinto Sexual sin acotar autodefensivamente y como al desgaire, que él – o ella – mismos no son Homosexuales o Lesbianas. Extrapolando lo señalado antes referente al racismo, el temor más grande del heterosexual normal y silvestre, es que le atraigan sexualmente las personas de su mismo sexo. Quedaría claro que para el homofóbico, como para el racista, su temor real es tener ese Otro Homosexual albergado en su interior sin el propio conocimiento. Y como necesita desesperadamente afirmarse a sí mismo, y de hecho no tiene ni idea de cómo, entonces lo hace hacia fuera, rechazando de plano la homosexualidad como tal, y como quien no quiere la cosa, a los homosexuales de carne y hueso.

Los llamados programas cómicos de nuestra televisión presentan imágenes identitarias del homosexual que están diseñadas para despertar el rechazo de gran parte de la población. Es perfectamente coherente que esos mismos programas empleen los estereotipos raciales de manera abiertamente evidente e insultante; porque al final de lo que se trata es de dividir y no de unir. Según parece, esta propaganda social está destinada a que las gentes hagan la introyección de estereotipos divisores, pues en verdad todo esto no sirve para otra cosa. El abierto fomento del Odio al Otro es una práctica social, que aunque en la Señora de marras queda limitada a unas frases dichas en la calle, es particularmente expresada y manipulada desde los medios de comunicación, lo que debería desterrarse de manera decisiva y completa, sin ninguna concesión. El fomento del Odio solamente puede ser útil para aquellos que lo instrumentalizan como una manera de impedir que los pobres piensen, pues como decía Voltaire, el día que los pobres piensen, “estamos” perdidos.

Los momentos del Odio

Encuentra Castoriadis dos momentos en el devenir del racismo, considerando su entraña social e individual. Creemos que ello puede extrapolarse, como enfermedad social, a todas las manifestaciones del Odio. Primero sería la “fijación” del Otro como diferente, que ocurriría en el tiempo y como producto del encontronazo entre unos y otros. En la Señora a la que me refiero, dicho encontronazo es percibido como muy agresivo, un algo así como decir “cómo se atreven estos indios a gobernarme”. En segundo lugar, se trata de la “cristalización” de esa Otredad en un conjunto de atributos que “demuestren” la esencia malvada y perversa que la caracteriza, con lo que se justifica la diferencia y se le da una falaz racionalidad al rechazo. En el caso que me ocupa, la constatación de la manera de vestir de la Primera Dama en la señalada ocasión. Así entonces, los indios son “huachafos”, “ignorantes”, “brutos”, “no saben votar”, “hipócritas”, etc. así como los homosexuales son “perversos”, las mujeres “taradas”, los judíos “tacaños”, y los negros “rateros”. ¿Quién se salva de éstos estereotipos sólidamente instalados en nuestras cabezas? Pues solamente los blancos y, algo menos, los mestizos, siempre y cuando pasen por el aro de los blancos, es decir, hagan el esfuerzo de “blanquearse”, lo que claramente no hacen ni el Presidente ni la Primera Dama. Resulta realmente curioso que los blancos y mestizos no posean atributos negativos socialmente obvios. Y que los negros también, siempre y cuando sepan “cuál es su lugar”, como el marido de la señora de marras.

Es obvio que hay una tercera parte del tema, que Castoriadis no evidencia, pero que se puede suponer es la instrumentalización social de ese rechazo a acciones dirigidas a poner a determinados sectores de la población unos contra otros. Es la parte más definidamente política del asunto, y representaría la insurgencia de determinadas formas de fascismo. Creemos que socialmente esto es posible, en la medida que existan sectores amplios de la población que acepten soterrada u obviamente estos parámetros de pensamiento.

Colofón y Transferencia

Nuestro país, como es sabido, alberga un conjunto de población que me arriesgo en dividir hipotéticamente en dos corrientes culturales básicas, complementarias y contrapuestas a la vez. Habrían surgido del mismo y traumático origen, la invasión española del siglo XVI. Estas vertientes son las que a veces llamamos “criollo-occidental” y “andino-amazónica”. Los criollos-occidentales tendrían como arquetipo fenotípico al “hombre blanco” primero, y luego al “mestizo blanqueado”. Los andinos-amazónicos, por el contrario, se encontrarían mejor representados en un “indígena puro”, y luego en un “mestizo con rasgos de indio”. También podemos darle una significación más telúrica rastreando la diferenciación cultural como parte del proceso de aculturación que los invasores y sus adláteres instrumentaron en el transcurso de los cinco pasados siglos, sobre dos grandes áreas étnico-geográficas específicas, que corresponden al Norte y al Sur de nuestro país, con una zona de arrejunte y yuxtaposición, el Centro, donde está Lima y su hinterland geográfico.

Social, cultural y económicamente hablando el fenómeno del “blanqueo” correspondería al dominio de una vertiente sobre la otra, diferenciados a través de líneas sociales, económicas y políticas, creándose en principio una sociedad de estamentos, que proporciona de alguna manera la base emocional y racional para justificar y mantener las diferencias sociales, es decir, el estado de cosas actual, de una sociedad excluyente, patrimonialista y concentradora de riqueza. Y con esto se puede discutir algo, porque el Odio está ahí, agazapado, y hay que prevenirlo como necesidad política, pues ni se arreglará solo ni saldrá de la bienvenida y bienintencionada bondad de algunos. Se requeriría para ello políticas y acciones, que los anteriores gobiernos no pensaron ni por asomo, y menos ejecutaron, pues se beneficiaban de ello. Si el actual gobierno no diseña y ejecuta políticas al respecto, pues yo no sé entonces cuál lo hará. Urge entonces tocar este punto frontalmente y sin atenuantes.

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domingo, 31 de julio de 2011

INTOLERANCIA


“Aunque toda sociedad está basada en la intolerancia, todo progreso estriba en la tolerancia.” (George Bernard Shaw)

Intolerancia. Una palabra más, si no fuera porque es indicativa de una actitud que es necesario combatir, con la debida Tolerancia por supuesto. Me viene a la memoria el clásico del cine mudo de David Wark Griffith, del mismo título, que quería ser un llamamiento contra ella. Fue triste que, a pesar de su hondo sentido moral, el elaborado y revolucionario lenguaje cinematográfico al que acudió Griffith no fuera entendido por las audiencias de entonces, lección que hay que aprender cuando se trata de estos temas, pues siempre resulta más fácil ser necio que sensato, vale decir, es más fácil ser intolerante que tolerante. Es, por otra parte, alucinante que el mismo Griffith, capaz de la generosa convocatoria a los mejores sentimientos humanos que mostró en “Intolerancia”, fuera a su vez autor de otro clásico, El Nacimiento de una Nación, donde narraba en tono épico nada más y nada menos que el surgimiento del Ku Klux Klan, organización racista a la que apoyaba. Otra lección más, que nos lleva a reflexionar que se puede ser muy contradictorio en esto de la defensa de las propias creencias. Muy humano, me temo.

Esto es un tema para preocuparse en extremo, porque no hace muchos días un joven noruego, Anders Behring Breivik, llevado probablemente de los mejores sentimientos, dejó 76 muertos y 96 heridos entre jóvenes y adultos, unidos básicamente por una sola cuestión: Defendían una posición diferente a la suya. Este horrible suceso conmocionó a la sociedad noruega y al resto del mundo, porque el único argumento del asesino fue que le daba miedo ver a los musulmanes en Europa, y le parecía que los socialistas eran demasiado tolerantes con ellos. Debería haber sabido que los musulmanes recorren Europa hace unos cuantos siglos. Pero tampoco creemos que de conocer el hecho las cosas hubieran cambiado demasiado. El Fanatismo, de necesidad, tiene que poner en huelga a las neuronas.

El día 28 de Julio del presente año se produjo otro hecho, que aunque no alcanzó el mismo extremo, muestra una intolerancia de la misma calaña. La Congresista Martha Chávez, secundada por algunos miembros de su bancada – aunque parezca mentira no fueron todos, hay alguna cordura aún en algunas gentes – se la pasó gritando durante el discurso de toma de posesión del Presidente Ollanta Humala, porque le pareció que el presidente juraba por la Constitución de 1979, y no por la de 1993. Sobre esta premisa empezó a construir una serie de conclusiones, como la de que Alan García seguía siendo Presidente y que los militares debían intervenir para derrocar al “presidente de facto”. Debería haber sabido que se juró en el marco legal existente en nuestro país, y que desde que hay libertad en la forma del juramento se ha llegado incluso a jurar “Por Dios Y por la Plata”. Tampoco creemos que de tener presente el hecho las cosas hubieran cambiado demasiado. El Fanatismo, de necesidad, tiene que poner en huelga a las neuronas.


Tolerancia y Respeto

Como encontramos varias ideas, procedamos a desmenuzarlas un poco. “Intolerancia” es “no-tolerancia”, veamos que nos dice la Real Academia Española sobre su significado.

tolerancia. (Del lat. tolerantĭa).
1. f. Acción y efecto de tolerar.
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
3. f. Reconocimiento de inmunidad política para quienes profesan religiones distintas de la admitida oficialmente.
4. f. Diferencia consentida entre la ley o peso teórico y el que tienen las monedas.
5. f. Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
6. f. Máxima diferencia que se tolera o admite entre el valor nominal y el valor real o efectivo en las características físicas y químicas de un material, pieza o producto.

Naturalmente las acepciones 1, 3, 4, 5 y 6 o no se refieren al punto, o son secundarias a lo planteado. Es la segunda acepción la que nos llama la atención: Es el “respeto” a las ideas, creencias o prácticas de otras personas, cuando son contrarias o distintas a las de uno. Aquí el centro del tema es el respeto. Veamos qué implica:

respeto. (Del lat. respectus, atención, consideración).
Aquí me quedo con la acepción 2 y paso por alto las demás, que no se refieren al punto:
2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Aplicando la una en la otra, veremos que la tolerancia consistiría básicamente en los miramientos, consideraciones y deferencias que debo tener por las ideas, creencias y prácticas de otros, cuando son distintas de mis ideas, creencias y prácticas. Notemos que los miramientos, consideraciones y deferencias se tienen por las personas, no por las ideas, creencias o prácticas. Tales consideraciones y deferencias son mercancía de ida y vuelta, pues somos personas, sujetos de respeto, ciudadanos libres e iguales, y por ello debo considerar que las ideas y creencias de los otros merecen respeto, es decir, deben ser consideradas, y se debe tener miramientos con ellas por lo mismo que los otros deben respetar las mías. Por ende, no debo burlarme de un militar que saluda a otro, o de un judío o budista que proceden a sus ritos religiosos. También espero que militares, judíos y budistas no se burlen y guarden respeto por mi civilidad, catolicismo o agnosticismo, si fuera el caso. Si estoy en el Estadio en un partido internacional, debo respetar el Himno Nacional del país visitante, y por ello debería ponerme de pie cuando lo toquen. Es obvio que tengo derecho al mismo respeto cuando yo soy el visitante.

Es bastante obvio que dispararle a alguien porque sostiene una idea es una falta horrorosa de respeto, pues que afecta directamente el valor de la vida. Cabe preguntarse por qué Breivik consideraba su verdad no solamente tan importante que justificara el matar por ella, sino tan poderosa que implicara el rechazo total de la posición contraria, la que probablemente no conoce bien tampoco. Igualmente, la actitud de la Congresista Chávez y de algún otro, si bien no llegó al extremo del noruego, sin embargo si justificaba, a su entender, un golpe de estado. Curiosamente, el juramento por la Constitución del 93 se había hecho y respetado, pero se le había añadido este acápite referido a los principios y valores de la Constitución del 79, que la del 93 por desgracia no tiene por una serie de circunstancias que no vienen en este momento al caso. En ambos casos podemos ver la presencia del fanatismo que no escucha sino lo que quiere escuchar y no entiende sino lo que quiere entender.


Tolerancia, Respeto y Polémica

Naturalmente, todo esto no quiere decir que por respeto vamos a dejar que nos ganen el partido. Podemos criticar las ideas, creencias y prácticas de civiles y militares, de católicos, agnósticos, judíos o budistas. Pero hay que hacerlo con respeto por las personas que tienen dichas creencias y realizan dichas prácticas. El respeto no excluye la polémica, porque tolerancia no es necesariamente aceptación, sino miramiento no con la creencia, sino con las personas que las sostienen. Es como el Fútbol, donde respetamos el Himno de Colombia o Venezuela, y luego les rellenamos el arco de goles. En el terreno del respeto por las personas, no nos vamos a dedicar a gritar cuando ellos cantan su Himno, o reírnos en una sinagoga o en donde quiera que los budistas hagan lo suyo, en especial cuando están en plena ceremonia. Si lo hiciéramos seríamos nosotros los que estamos faltando el respeto; y sabemos que si a uno le faltan el respeto, pues debe defenderlo. Ello es fácil cuando somos nosotros los que estamos en mayoría, porque en caso contrario, si nos dedicamos a gritar en medio de una ceremonia religiosa ajena, alguien o alguienes nos callarán la boca de manera ligeramente agresiva. Y no tendríamos nada de qué quejarnos, porque seríamos nosotros los que estamos en falta.

En la lucha política es común sostener diferentes ideas, creencias y prácticas. La política es una actividad que pone muchas cosas en juego y tiende a ser muy seria, motivo por el que es natural que surjan conflictos, desencuentros y desavenencias. Como es natural, si sostenemos los valores de la Tolerancia y el Respeto, tales conflictos y discusiones debieran realizarse idealmente en el plano de los principios. Pero en la política entra la pasión como componente fundamental, y veces he escuchado a mucha gente defender actitudes reprobables apelando a la pasión política. Pero es obvio que las gentes deberían recordar, como el Cristo de Guareschi, que además de carne y corazón también están formados de cerebro. El apasionamiento político no es, como decirlo, disculpa para el asesinato o para la convocatoria a un golpe de estado. No es el se me chispoteó del Chavo del Ocho. Cuando se llega a extremos de asesinato o de convocatoria a un eventual golpe de estado, el tema rebasa los límites de la mera polémica, e incluso de la Intolerancia, y se cruza con los del fanatismo, y su primo hermano el fundamentalismo. Fieles a nuestro objetivo de esclarecer, aquí nos metemos.

Fanatismo y Fundamentalismo

fanático, ca.
(Del lat. fanatĭcus).
1. adj. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. U. t. c. s.
2. adj. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo. Fanático por la música.

El Fanatismo parece asociado al Fundamentalismo:

fundamentalismo

1. m. Actitud que defiende los fundamentos de una determinada doctrina en su integridad o pureza más rigurosa. Ejemplo: todos consideran que el fundamentalismo de sus ideas políticas es un síntoma de intransigencia.

La defensa tenaz y apasionada de una doctrina política en sí misma no parecería tener nada de negativo. Se puede ser, por ejemplo, un fanático de la libertad o de la justicia, y no parecería sino que la acepción 1 de Fanatismo se deslizaría hacia la acepción 2. Parecería entonces que lo que podríamos considerar negativo del fanatismo sería más bien el tipo de “creencias” u “opiniones” que se sostienen. No es así, sin embargo. Es demasiado fácil caer en la desmedida, la desmesura, o la pérdida de la perspectiva aún sobre temas tan políticamente correctos como la Libertad o la Justicia. El fanatismo tiende a ser ciego, como se ve en su acepción 2, y por ende elimina la reflexión sobre el tema objeto de fanatismo, con lo que se cae de modo extremadamente fácil en la intolerancia. El “igualitarismo” produjo históricamente actitudes y hechos históricos tan reprobables éticamente como los Campos de Concentración y las Dictaduras de toda laya y calibre. El fundamentalismo de la Libertad llevó históricamente al Terror y el uso despiadado de la Guillotina, y en lo moderno a un reinado irrestricto del Mercado, y a la sustitución de valores democráticos por valores mercantiles.

Aunque soy personalmente “fanático” de la música de George Harrison, la gente con la que convivo no lo es necesariamente, y entonces eso de escuchar la música de George a toda hora, por más fanático que yo sea, molesta y perturba al resto. El fanatismo por principio es intolerante con el Otro. Por supuesto tengo el derecho de exponer a mis hijos a la música de George, pero ellos tomarán sus propias decisiones al respecto, seguramente influidos por la música de George con preferencia a la de McCartney. Desde la ética es mandatorio que yo tolere a mis hijos, es decir que respete sus ideas, creencias y prácticas musicales. Sólo así puedo esperar que respeten mi “fanatismo”, que con ello en cierto modo dejaría de serlo, y así podría tragarme un poco ese reggetón. Pero si yo fuera un Fundamentalista de George Harrison, probablemente estaría tratando todo el tiempo de imponer mis puntos de vista, obligando a mis sufridos vástagos a la constante escucha de las canciones Something, My Sweet Lord o Dark Horse, y pontificando constantemente acerca de los valores morales del empleo del ukelele en los blues. Consideraría, por supuesto, que es lo mejor para mis hijos, y cuando mis creencias fueran rechazadas (con los hijos eso siempre pasa), pensaría que ellos están dolorosamente equivocados, y así reforzaría mi propia certeza, considerándome un mártir incomprendido, o algo por ahí, de la religión georgeharrisonista. Porque la base del Fundamentalismo es la creencia absoluta de que estoy en lo correcto, y que aquellos que no tienen la misma creencia están equivocados en toda la línea. Es que soy el depositario de la sabiduría de Harrison, lo que me hace a mis propios ojos algo parecido al Infalible Papa.

Cuando se llega al extremo del fanatismo fundamentalista, se suele negar inclusive aquello que está el frente de los propios ojos, o lo que han escuchado las propias orejas. No se aceptan los argumentos de la otra parte, porque son falsos por principio, y como es mi creencia la que a mi ver posee los atributos de la Verdad - con mayúscula - aquellos que la niegan son pasibles de toda suerte de desgracias y miserias, al caer en una suerte de estado de pecado. Entonces se les niega la condición de persona y se les deshumaniza, porque para el fanático la mera existencia del Otro que no soy Yo es agresiva y por lo tanto debemos desaparecerlo. Para aquellos que creen que exagero ahí está Breivik, “desapareciendo” de manera muy real a los miembros del otro partido, a punta de balazos. Y en el caso de la Congresista Martha Chávez, pretendiendo “desaparecer” simbólicamente al Otro cuyas ideas no tolera exigiendo un golpe de estado y luego, en actitud más simbólica aún, dando ls espalda a la manera de los avestruces.


Colofón

Hay tanto qué decir sobre este tema. Algo avancé en mi artículo Miedo, en el que intenté deconstruir algunos de los mecanismos precisamente del Miedo, que subyace en el fondo de las motivaciones “racionales” de la Intolerancia, el Irrespeto, el Fanatismo y el Fundamentalismo.

En todas partes y en todas las posiciones hay fanáticos y fundamentalistas. Pero es por lo general de la extrema derecha de donde salen las balas. No disculparé con esto las barbaridades que se puedan cometer desde la izquierdas, son igualmente deplorables y condenables. Pero lo que produce aprensión hoy en día es ver cómo se trata de seguir fomentando el Odio como arma política, y de qué manera aquellos que lo hacen terminan por creerse el propio cuento, y culminan justificando ciegamente de cualquier actitud. Lo hemos visto en la anterior campaña electoral, y estuvimos en un tris de que el Miedo, el Odio, el Racismo y la Intolerancia vencieran. Es que están demasiado adentro del inconsciente colectivo de los peruanos. Ser intolerante y estúpido siempre será más fácil que ser tolerante y sensato, y por ello siempre será más fácil de manipular. El que tenga Oídos, que Oiga.

Peru Blogs

viernes, 27 de mayo de 2011

UNA ÉTICA POLÍTICA



Soy un reformista radical. No separo la libertad de la igualdad ni la creación de riqueza de su reparto. Jean Daniel


Acabo de leer un magnífico artículo de Jean Daniel, Director de Le Nouvel Observateur, y traducido por El País de España. Me parece tan importante que hay que meterle punche latinoamericano y lanzarlo a ver qué pasa. El artículo es una síntesis y una profesión de fe, intitulado “Lo que yo creo: Una ética de Izquierda”, e invita en realidad a realizar, o a intentar realizar, una profesión de fe y una síntesis análogas. Para leerlo ir a este enlace: http://www.elpais.com/articulo/opinion/creo/etica/izquierda/elpepiopi/20110506elpepiopi_4/Tes

Una síntesis personal y social

Y ahora, mi turno. Trataré de ser muy personal, porque cada país, cada realidad, cada vida, tiene su propias coordenadas, sus propias circunstancias y su propia lógica. Una ética es algo espantosamente personal, así que hay que negarse al determinativo “la”, y no pretenderse el poseedor de la espada del augurio. Jean Daniel pretende hablar únicamente por sí mismo, y su vida seguramente le respalda. Es cierto que cuando se trata de hacer una síntesis propia inspirándose en el trabajo de otra persona existe el doble riesgo de la copia o de la caricatura. Trataré de colocarme en el centro, por más difícil que sea la equidistancia entre lo propio y lo ajeno. Una síntesis obliga a uno a volver a sus maestros, a sus fuentes primigenias propias o adoptadas, de donde le salió su manera de ser. Personalmente he tenido la suerte de tener muchos maestros y fuentes, así que de seguro cometeré la gran injusticia de no mencionar a algunos y algunas, así que intentaré no mencionar a ninguno.

Sintetizar la propia ética es todo un problema, pues vivimos la película de nuestra vida en una tensión dinámica entre lo que creemos y lo que hacemos y decimos. Consistencia y/o coherencia, que le dicen. Pensar la ética en cierto modo no es posible, como no es posible revisar a conciencia el automóvil mientras éste está en funcionamiento. La ética no se fabrica, se vive. Para los que nos interesa, la ética es mortalmente importante, que nos da una suerte de parámetro desde donde actuamos, y esas acciones a la larga nos dan forma y nos hacen ser lo que somos de manera tal que cada vez se cambia menos. El fin previsible de este proceso es “El Gran Cambio”, la muerte, el paso del Ser al No-Ser. Y de ahí que la ética sea algo que de tan dinámico suele escaparse, y muchos ni saben que la tienen.

Pero este artículo se llama “Una ética política”, y no es casual, porque el entorno cuenta. Hoy el tema de la ética divide a los peruanos. Está, como nunca antes, presente en el paisaje electoral peruano, donde muchos - esperamos que la mayoría - la afirmará como elemento fundamental para definir la elección, y otros, que no son pocos, pretenderán, muchas veces haciéndose violencia, ignorarla o relativizarla en favor de poder seguir diciéndose la Gran Mentira sin estorbos, y continuar viviendo de manera más o menos inconsciente, dejándole sus decisiones a otros. Y es Política, no solamente porque la Política, acto social, es continuación de la ética individual, sino porque hay tantas éticas políticas como individuos. Y esto me lleva a establecer mis propios principios políticos. Recurro aquí a lo dicho por el propio Jean Daniel: No separo la libertad de la igualdad, ni la creación de riqueza de su reparto. La falsa dicotomía que muchos quieren establecer a la prepo en nuestra patria, más que una mentira, es una atroz falacia, que no le deja nada sino el vacío a los que la siguen. Y como a falacia hay que tratarla, es decir como un error de razonamiento. No veo por ende ninguna razón, motivo o circunstancia para separar esquizofrénicamente los valores del crecimiento económico y de la distribución social.

Reflexiones dirigidas

1.- No se puede separar el crecimiento de la distribución de la riqueza.

Mi ética política me dice que la sociedad no puede crecer económicamente sin que crezcan los seres humanos en cuanto tales. No es admisible éticamente para un “homo politicus” (qué feo suena) que el crecimiento solamente beneficie desaforadamente a unos pocos y la gran mayoría se quede tirando cintura. Como el mundo cambia más rápido que nuestro deseo de cambiarlo, me separo de Daniel en que no veo razón para no ser radicalmente radical, y exigir el cambio “desde la raíz”, todo, aquí, y ahora; que es exactamente eso lo que significa ser radical. Creo en las reformas porque hay que hacerlas, y en las revoluciones cuando hay que hacerlas, porque hablar de progresos – asumo el sentido de Jean Daniel de “progresos” – es relativo a los grupos humanos. No es admisible moralmente que haya gentes que empiecen su ruta vital desde las alturas mientras otros lo hagan desde condiciones de vida que avergonzarían a un perro.

2.- El Poder Corrompe, y se le controla con Democracia

Con Jean Daniel, desconfío del Poder y de las revoluciones que tienen por fin la Toma del Poder. Demasiado hemos visto en el siglo XX, desde Bela Kun hasta Stalin, pasando por Mao y Sendero Luminoso sobre lo que ciertas revoluciones le pueden hacer al ser humano, en lo bueno y en lo malo, y creo en profundidad que lo bueno no justifica lo malo. Pero eso no quiere decir que los compromisos a los que necesariamente hay que llegar se conviertan en componendas, inevitablemente ligadas a la Corrupción. Para evitar o paliar este fin la revolución se justifica, como la historia demuestra, para demoler los sistemas que convierten la libertad y la igualdad humanas en payasadas. Una política honesta no puede transar con el relativismo desencantado de la posmodernidad, y está en la obligación de llamar las cosas por su nombre. Si la democracia no es una pasión movilizadora, entonces no es nada.

3.- En vez de ideologías, “virtudes republicanas”

Los dogmas y las ideologías se hicieron puré en el siglo pasado. El principio de Complejidad de Edgar Moran no es un divertimento intelectual, es una condición del pensamiento para empezar a hacer política en serio. La soberbia y exclusividad del pensamiento único, que nos dirigen al fracaso y a la extinción como especie, deben ser combatidas frontalmente con astuta tolerancia democrática, hábil humildad intelectual, y un inteligente entendimiento en el diálogo y en el manejo de los eternos conflictos de la convivencia humana. Y hay que estar vigilantes para extirpar la soberbia y la autosuficiencia del seno de las propias filas de la opción política que uno asuma. Ya se hace demasiada. Hay que decirlo claro: El que no está contra nosotros, está con nosotros.

4.- El ser humano es su propia finalidad

No se puede sesgar la igualdad de la libertad, ni a la inversa. En el primer caso llegamos a la dictadura y la tiranía, como avizoraran en diferentes líneas Proudhón, Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci; en el segundo caso arribamos al Capitalismo Salvaje y la Ley de la Selva. Dialécticamente, la fraternidad como Valor debiera limar las asperezas que existen entre la Libertad y la Igualdad, reunirlas y dar algo nuevo como resultado, algo que no existía antes. Los extremos de Hobbes y Rousseau no nos sirven. El ser humano ni es lobo ni es cordero, es un ser humano. Por eso el crear riqueza no debe estar separado de distribuirla, y una sociedad no es solamente un sistema económico.

5.- El dinero no es mercancía

El dinero es el símbolo de la riqueza, la unidad de cuenta y un eficaz instrumento para circular la riqueza. La especulación es la culpable de la mayoría de las crisis. Cuando la sociedad pierde de vista la producción de bienes y se “financiariza” en exceso, el dinero se convierte en fin supremo, y desplaza al ser humano. La pobreza no es una cifra, ni la sociedad una bolsa de valores donde impere el individualismo cínico.

6.- La violencia lleva a la extinción

Tras siglos de irresponsabilísima indiferencia frente a los costos humanos de la violencia, o a su relativización en función de valores supuestamente más importantes; llega el momento de decir con toda claridad que la violencia no se justifica ni siquiera en los peores momentos, y que si debe tolerarse como parte de la condición humana, debe ser reducida al mínimo absolutamente indispensable. La violencia es el instrumento de la extinción humana, si es de origen individual, pero peor aún cuando se asume como medio institucional. La violencia es regresión al pasado pre-humano. Si hay que luchar por la Libertad y la Justicia, y contra el Terror y la Injusticia, las formas de lucha que preferiremos son activamente no-violentas, para evitar el sacrificio inútil. La guerra solo se puede justificar en legítima defensa, y tras haber agotado todos los recursos pacíficos.

7.- La barbarie no se responde con barbarie

Si a la barbarie se le oponen sus mismas armas, nos convertimos en aquello contra lo que luchamos. De víctimas nos convertimos en verdugos. Usar las mismas armas del enemigo nos convierte en enemigos de nosotros mismos, porque así traicionamos los valores por los cuales combatimos. La pulverización de los dogmas, las ideologías y los credos religiosos que nuestra época opera rebotan en fanatismos irracionales. El fanatismo es una absolutización de las propias creencias que crea deformidades morales, con las que se justifican los temores ocultos de la humanidad, y se llega a la barbarie. El fanatismo debe ser entonces prevenido y desarmado por todos los medios a nuestro alcance.

8.- El Odio destruye

Entre los efectos principales del odio instalado en la condición humana están el racismo, la discriminación, el desprecio del Otro que lleva inevitablemente con el tiempo a su destrucción física, a no ser que se intervenga activamente al respecto. La opresión lo es fundamentalmente porque humilla al Otro, pero el Yo y el Otro somos el Nosotros, y una casa dividida se derrumbará sobre sus ocupantes. La anti-ética del odio debe ser sustituida por una ética del sentimiento, de la vida y de la razón humana, armoniosamente vinculadas.

9.- La resignación mata

La vida es lo único que poseemos, individualmente y por poco tiempo. La humanidad permanece en nuestros descendientes. Resignarnos ante las desgracias de la vida y las maledicencias de los seres humanos es perder los valores más acendrados y sostenidos de la humanidad: El coraje de no claudicar jamás ante la Mentira, la Corrupción, el Odio, la Intolerancia, la Soberbia y todos aquellos antivalores que destrozan la supervivencia de la especie y la arrojan a condiciones de vida inhumanas y abyectas.

Sé que esto sonará a mis amigos como romanticismo. Me importa tres pepinos. Una ética es un deber ser, y el deber ser se involucra necesariamente con el intento que hacemos de vivir acordes con aquellos principios que, como seres humanos, nos planteamos. Lo que cuenta en estos momentos electorales es saber quiénes somos, cuánto valemos y por qué hacemos las cosas. Como lo planteaba San Pablo, Ama y Haz lo que Quieras, porque si asumimos el Amor como un principio de valoración fundamental, y la intención como elemento de la validez de una ética, entonces aún en los errores habrá posibilidades. Lo que no es admisible es que la Política no contenga límites y que todo sea dirigido por una simple ansia de poder.

Y cómo los seres humanos no somos perfectos, tenemos que replantearnos la naturaleza de la utopía. El que tenga cerebro, que entienda.