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miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA FELICIDAD COMO OBJETIVO DE LA EDUCACIÓN - Un Video TED - LEÑA PARA LA HOGUERA EDUCATIVA (VIII)


LA FELICIDAD COMO OBJETIVO DE LA EDUCACIÓN - Un Video TED

LEÑA PARA LA HOGUERA EDUCATIVA VIII

Introducción

En épocas navideñas es normal observar que el consumo programado comercialmente trata de instaurar un engañoso y artificial estado de bienestar, y de alguna manera ello lleva a cuestionar el sentido y la dirección de nuestras actividades para obtener tal bienestar, e incluso el concepto de bienestar mismo. Desde que el financiamiento de dicho "Bienestar" favorece en esencia al sistema financiero, única institución que saldrá mejor de lo que entró a estas "Fiestas", conviene un examen ligero de dicho estado a la luz de algunas ideas científicas sobre la Felicidad. Y como somos educadores, nos conviene aproximarnos a esto desde una perspectiva de la Felicidad como Fin y Objetivo de todo el proceso educativo. 

El problema de la Felicidad

El Problema es que, según el Psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi (Apellido impronunciable de aparente origen húngaro), parece que todas las investigaciones corroboran este principio fundamental: 

EL DINERO NO HACE LA FELICIDAD, 
pero
SU AUSENCIA PROVOCA INFELICIDAD..      

Sin embargo, Csikszentmihalyi, a fuer de científicono se concentra en el tema de la Infelicidad, más bien aborda de modo positivo la definición de ciertos rasgos que definen un estado de Felicidad, encontrando una regularidad empírica importante: Las personas con una sensación global de Felicidad definen la percepción de tal estado de Bienestar como un Flujo

En este punto visualizamos lo que ocurre si centramos los fines u objetivos del proceso educativo en poner a las personas (los educandos) dentro del proceso del pursuit of happiness, de la búsqueda o persecución de la Felicidad  Ello es objeto de la ética y la axiología, pues da cuenta de lo que en verdad nos interesa como sociedad, o más bien da fe de nuestro desconcierto al respecto. Poner la FELICIDAD como Objetivo de la Educación nos suena pretencioso e incluso huachafo y kitsch, pero creemos que esto es porque no nos hemos detenido a examinar el problema y damos por reales ciertas suposiciones no necesariamente correctas.   

Pero en esto mejor no me crean a mí, queridos lectores, véanlo por ustedes mismos haciendo click en el enlace TED que les convenga (Abajo a la derecha de la pantalla coloque los subtítulos en castellano o la lengua que prefiera):



Sent from TED app for iOS




Rasgos de la Felicidad

No pretendo sustituir a nuestro travieso psicólogo húngaro-norteamericano, pero bien podemos permitirnos un cuadrito que relacione lo que hace el sistema educativo con ciertos rasgos del Estar inmerso en el "Flujo" de la Felicidad del que habla. La Traducción es mía y por supuesto cualquier error al respecto también:




Rasgo de la Felicidad


Habilidades y/o Valores que el sistema educativo debería proporcionar al efecto
¿Logra el sistema educativo alcanzar esta Habilidad o construir este Valor en las personas?
(Califique en una escala de – 5 a + 5)
Involucramiento total con la actividad que se realiza (Enfoque, concentración)



Atención y Concentración
Enfoque
Sentido de pertenencia
Experiencia de la vivencia espiritual
Inteligencia Intrapersonal
Autoestima
Serenidad
Altruismo
Concentración
Motivación
Capacidad de Retroalimentación (Feedback)
Resiliencia

(Siéntanse libres de añadir las Habilidades y Valores que crean necesarias)

Sensación de éxtasis


Gran claridad interior – Conocimiento de lo que debe ser hecho, y cómo hacerlo bien

Conocimiento de que la actividad es realizable, que nuestras habilidades son adecuadas al objetivo

Sensación de serenidad, sin preocupaciones acerca de uno mismo, y una sensación de crecimiento más allá de los límites del Yo.

Pérdida de la noción del tiempo – enfoque acucioso en el Presente, sensación de que el tiempo “no pasa”

Motivación Intrínseca – Lo que sea que produzca “el flujo” trae consigo su propia recompensa.


Sin embargo, no nos dejemos llevar por el entusiasmo: El elemento esencial del Poder Ganarse de la Vida como Fin de la Educacióin no puede soslayarse, dado que si bien no colabora con la Felicidad en sentido positivo, sí en cambio su ausencia puede ser y es un elemento de frustración que lleva a la Infelicidad. No extraña así que Ganarse la Vida haya sido desde tiempos inmemoriales un Fin de la Educación.

Asimismo, nuestro amigo húngaro detecta como condición en el acceso al Flujo de la Felicidad un período de Inmersión de más o menos diez años en una actividad o campo determinado.

Tanto el Poder Ganarse la Vida como la inmersión en un Campo o conjunto de actividades NO son elementos de autoayuda, sino de definición de circunstancias vitales, con facetas tanto sociales como personales: Se puede hacer mucho para lograr estas condiciones desde lo individual y es deseable hacerlo. Pero también es perfectamente posible desde la sociedad pasmar, destruir o colapsar los esfuerzos individuales (lo contrario también es cierto), y ello en parte explicaría nuestra alta tasa de migración y nula de retorno, pese al crecimiento económico en nuestro país en los últimos años. 

Si no puede uno ganarse la vida y/o meterse en su actividad llegar al Flujo de la Felicidad es cuando menos muy problemático. Podemos razonar que de no lograrlo se cae en estados más o menos permanentes de apatía, aburrimiento, ansiedad y preocupación. Es decir, en lo que en ocasiones llamamos en nuestro país "Vida Normal". Esta percepción se agudiza notablemente en tiempo de Navidad. Y para entenderlo mejor conviene distinguir el problema del aburrimiento en las escuelas, de la apatía en los jóvenes NINI y de la ansiedad y preocupación en los adultos, y según parece el panorama se hace evidente: Educamos a las personas para ser Infelices.    

Colofón 

Cuando decimos "proceso educativo" y/o "sistema educativo" no es que limitemos estos conceptos a la Escuela. Otras instancias educativas son de igual o mayor importancia tanto para constituir un sistema como para definir un proceso: El Hogar, los medios de comunicación, las interacciones sociales en las comunidades e instituciones, etcétera, son todas corresponsables de los resultados del proceso educativo, e indudablemente forman parte esencial de dicho "sistema". 

Es tiempo de "desescolarizar" el problema, pues ello no sirve para determinar lo que ocurre, sino para exculpar a los verdaderos responsables políticos de las taras de un sistema y proceso educativo que parece dirigido a objetivos muy distintos del de hacer felices a las personas. Ya que hoy tratamos de hacer viable un Currículo que resultó un mamotreto inmanejable, quizá resulte mucho más conveniente replantear los contenidos en función de los Objetivos y Fines. Creemos que en esto es hora de incendiar la pradera, porque las hogueras no solamente queman, también iluminan la noche. Hasta otra.

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jueves, 16 de mayo de 2013

¿SER FELICES O SER COMPETITIVOS?

¿SER FELICES O SER COMPETITIVOS?

Francesco Tonnucci, un tremendo pedagogo, ha estado en Lima, Nadie le ha dado bola. Como que no extraña, en el Perú no acostumbramos escuchar sino al que nos canta como sirena, y al que nos dice cosas bonitas o nos dice que somos lindos. Eso explica muchas cosas pero básicamente el por qué tenemos una Escuela que es una Desgracia, y continuará siendo una Desgracia porque se orienta a ganar plata, no a educar. Y si no podemos Educar porque nos ahoga el medio ambiente, entonces mejor cerramos el Ministerio, despedimos y desbandamos a los maestros y le dejamos todo al mercado.

Veamos este videíto, si tenemos ganas de escuchar un par de verdades. Ya que no aprovechamos a Tonnucci acá por lo menos tratemos de verlo en You Tube.

.https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=fdHAnNgu_90#! 

Hacia el minuto 8 encontraremos por fin de qué se trata la Educación; la FELICIDAD.Y es al principio cuando nos dice el rol de la Competitividad. Al video os remito. El que tenga Ojos, que Oiga.

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viernes, 30 de diciembre de 2011

DEL 2011 AL 2012



El tiempo es muy lento para los que esperan; muy rápido para los que tienen miedo; muy largo para los que se lamentan; muy corto para los que festejan … (Shakespeare)

Se acaba el Año 2011, y al acabarse pareciera arrastrara consigo las resacas de lo vivido, como dijera el poeta. En la vida social el Año Nuevo es un happening, un acontecimiento social más o menos vasto y festivo, pretexto o causa legítima para jaranearse y divertirse, es decir, olvidarse por un rato de las preocupaciones del diario, gastar un poco de la plata que no tenemos, y tratar así de suponer que la vida vale la pena de ser vivida. Hacer balances y recuentos del Año que se va es un lugar común en el que cae casi todo el mundo, y resulta la antesala de unos buenos propósitos que raramente se cumplen, y es que el simbolismo de un número que cambia parece estar muy instalado en la conciencia social. Pero los calendarios del mundo difieren, y el Año Nuevo – el Nuevo Principio – cambia según las culturas y las sociedades. La globalización determina que “todos” – un todos bastante limitado, reconozcámoslo – celebremos el final de un Año y el Principio del Otro, dentro del esquema de la variante Gregoriana del Calendario Solar que fue creado por el egipcio Sosígenes gracias a la decisión política del Princeps de Roma, Cayo Julio César, hace unos 2000 años. Nuestro tributo emocionado a ellos, y sigamos con la digresión.

Una vez hecho este sentimental minuto de silencio en honor a la memoria de los creadores del calendario que nos rige, y al que debemos añadir al Papa Gregorio, que hace medio milenio lo hizo más exacto en relación a los movimientos de la Tierra, el Sol y la Luna, ¿qué nos queda? Termina el año 2011, y termina entre sorpresas, cambios, movimientos, idas y tornas, retornos y precipitados viajes y virajes. Ni más ni menos que siempre. Se supone que dejamos atrás las maldades, pecados, errores, dificultades y molestias del Año Pasado e iniciamos uno Nuevo, limpio y sin uso. Esta variante del rito del chivo expiatorio tan profundamente instalada en la psique humana, y tan inconsciente en casi todos nosotros, se expresa en los muchos cohetes que, pese a las prohibiciones, reventamos; y en los muchos muñecos que, pese a la contaminación, quemamos. Hay que dinamitar lo viejo en una quemazón de polendas, luego alcoholizarse hasta el embrutecimiento, y así al día siguiente todo lo que vemos parece moverse solo, y entramos al Nuevo Lapso en los brazos de cierta ebriedad inconsciente, que al desaparecer nos deja metidos en el Nuevo Año. No voy a ponerme huachafamente a despreciar todo esto desde una moralina pequebú, las alegrías de las gentes son respetables, y más se aguanta un impuesto nuevo que una limitación de la libertad de hacer el loco por un rato antes de volver a la chamba.

La Historia es Tiempo, y es necesario medir el Tiempo. Los finales siempre presuponen nuevos inicios. Los acontecimientos que parecieron tan importantes y que construyen la percepción de las gentes se difuminan en la memoria, y lo que pasó tiende a olvidarse. Este proceso es casi tan importante como el recuerdo, pues solamente se recuerda aquello que es importante para quien lo recuerda. La Historia se fabrica con las percepciones comunes a los grupos humanos, y si quisiéramos determinar lo que fue común en este larguísimo año 2011 que se muere de muerte natural, encontraríamos que es más o menos lo mismo de cada Año: El conflicto entre el mantenimiento denodado de una realidad virtual versus la irrupción de la realidad real. Es decir, la diferencia entre lo que nos dicen y lo que vemos por nosotros mismos. Los seres humanos aspiramos a ser felices, a no ser que estemos rayados sin remedio, y en ese proceso fabricamos nuestras percepciones y nos la creemos a nosotros mismos. A veces esforzarnos por entender lo que es complica nuestra felicidad y nos hace problemas. Pero entiendo que nuestra felicidad suele estar para todos antes que la consciencia.

Arrancarse con este tema, sin embargo, excede las capacidades de este cronista, pues mi aporte de hoy no es percibir ni describir los acontecimientos, que eso todo el mundo lo hace, y como son más o menos semejantes todos los Años, resulta algo aburrido. Trato de registrar otra cosa: el simple paso del tiempo que tratamos de medir, y al que le adjudicamos significados. El Año 2012 después de Cristo se supone que es el Fin del Mundo según los mayas, lo que, además de ser una soberana tontería diseñada para ganar plata con el miedo difuso de las gentes, resulta completamente falso, y además una manera bastante estrafalaria de arrebatarle su felicidad a la gente. De repente sirve para que la gente se instale más en el presente y gaste más en la borrachera y la cohetería. Lo cierto es que siempre hay una marca para lo que finaliza, y que hay diferentes tiempos para los diferentes individuos. Se construye la vida no con el tiempo, sino con los sucesos, de los que el Tiempo es la materia prima, y lo que esperamos siempre es que lo que viene sea mejor que lo que termina. Seamos por un rato prácticos y quedémonos con eso. Sea lo que sea la Felicidad o lo que entendamos por ella, la idea es que seamos cada vez más felices y cada vez menos desdichados, y si en el transcurso tenemos que cambiar nuestra noción de felicidad, pues que así sea, y tiene sentido que el nuevo periodo que se inicia signifique un paso en ese sentido para todos. Y punto, por este Año.


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lunes, 12 de septiembre de 2011

CONTRA LA FELICIDAD DE LOS HIJOS o LA POLÍTICA DEL AVESTRUZ

CONTRA LA FELICIDAD DE LOS HIJOS o LA POLÍTICA DEL AVESTRUZ

Ser madre o ser padre inevitablemente significa ser jodido” (Pilar Sordo, 
Psicóloga chilena)

Título provocador sin duda. Todos queremos a nuestros hijos felices. Yo prefiero atacar eso, a ver a donde llegamos.

Originalmente pensé ponerle a este artículo Los Límites de la Autoridad, pero la verdad del asunto es que lo que pasa no es que falte Autoridad, sino que sobra Permisividad, y ésta se justifica con el cuentazo de la felicidad de los hijos.

Como padre y docente he enfrentado las ideas de otros padres, madres, abuelas, tíos, tías e incluso docentes, que con desesperación tratan de hacer felices a sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos. Se hacen esfuerzos ímprobos para proteger a los niños, lo que está bien por supuesto, pues protegerlos de la violencia, la miseria y la ignorancia es lo que le toca a la generación anterior. Pero de ningún modo podemos ni debemos protegerlos de absolutamente todo. No podemos tratarlos como tacitas de porcelana, como si la vida fuera en su totalidad algo tan terrible y tan insoportable que podría quebrarlos, por lo que tratamos a toda costa  que no tomen contacto con ella. Esta es una Política de Avestruz, la de tratar por todos los medios de impedir que niños y niñas contacten los hechos desagradables de la vida.

La Felicidad, ja ja

Empecemos por el principio, con nuestro fiel Diccionario de la Real Academia, en su versión virtual:

Felicidad. (Del lat. felicĭtas, -ātis).
1. f. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.
2. f. Satisfacción, gusto, contento.

Lo primero que surge es el tema del estado de ánimo que se complace en poseer un bien. Entiendo que los bienes no son siempre físicos, y el acento no está en la posesión, sino en el estado de ánimo. Hablar de un bien así en directo nos refiere al tema de los valores. La felicidad parece ser un estado de bienestar íntimo, una satisfacción, un gusto, un contento generalizado. Creo que la definición  RAE explica poco, porque la felicidad es una idea elusiva, más aún cuando tratamos de hacer felices a otros.

Procurar la felicidad parece la obligación que la generación más vieja le debe a la más joven, en vez de un objetivo que cada ser humano se plantea en el transcurso de su vida. El deseo de lograr un estado de ánimo de satisfacción plena es general, de ahí que podamos afirmar con seguridad que la felicidad no viene de afuera, sino de dentro de la persona humana. La felicidad es un enorme problema, lograrla quiero decir, pues hay tantos factores en la vida que nos privan de los bienes físicos y emocionales, que al final la infelicidad se ceba en todos en algún momento y en alguna forma, nadie se salva de pasarla mal algunas temporadas. De otro lado, nadie tiene el monopolio de la felicidad, la que parece no tiene que ver con la posesión de bienes materiales, aunque es indudable que un mínimo de bienes materiales es necesario para alcanzarla.

La Felicidad de los Hijos

No hay cosa más instalada en la mente de madres y padres que el cuidado de la progenie, lo que ha funcionado bien hace una buena recatafila de milenios. La Cultura metió la nariz pocos miles de años ha, pero asumió el asunto con todo, y en nuestras mentes y documentos cuidar a nuestros hijos está presente, no hay sociedad que tolere que se trate mal a los hijos a no ser “por su bien”, claro. Sin embargo, esos locos bajitos siempre salen con otras ideas, amén desde hace milenios. No piensan en ser felices, quizá por eso necesitan muy poco para serlo. La felicidad de los hijos suele confundirse con la inconsciencia, y la inocencia - virtud infantil - es extemporánea y prueba de pérdida de contacto con la realidad en jóvenes y los adultos. Sin embargo leí en alguna parte que lo mejor de la inocencia es perderla, y la inconsciencia sirve más para crear émulos de los tres monos de ojos, boca y orejas tapadas, o avestruces que creen que la cosa deja de existir porque no la ve.

Los niños son cualquier cosa menos esos dulces seres que nos venden los huachafos. Son increíblemente perceptivos, absorben todo cual esponjas. Son excelentes aprendices y su razonamiento concreto y blindado, cuando no se le castrado o descuidado irresponsablemente la salud, educación y demás cuidados; basta para resolver la mayor parte de los problemas de la vida. También hay en ellos cierta perversidad, como es fácil ver cuando destripan un animalito, o juegan entre ellos un juego que involucre jerarquías. Vamos, no son angelitos de cerebro tábula rasa, como cualquier maestro, padre o madre de familia no obnubilada sabe.

Frustración y Felicidad

Que los niños sean felices no es tan deseable, hay que protegerlos, pero hay cosas de las que no se les puede proteger, tales las frustraciones. Está muy bien acompañarlos cuando las sufren, pero no puede ni debe impedírseles vivirlas, porque entrarán en juego las compensaciones, y el chico termina por aprender que cada vez que le pase algo, papi, mami o abuelita le darán su caramelo. Y cuando no lo reciba la infelicidad le pasará la factura acumulada con intereses. Pero papis, mamis y abuelitos por lo general evaden sus propias frustraciones proectándolas a los niños, y resuelven su problema pasándoselo a la siguiente generación. Un amigo me lo ilustraba muy bien: Definición de chompa: Lo que las mamis le ponen a los hijos cuando ellas tienen frío. Crear entornos con exceso de protección es un riesgo.


Bertrand Russell decía que niños y jóvenes deben enfrentar situaciones controladas de riesgo físico que les formen para enfrentar las durezas de la existencia. Los niños deben ser enseñados a lidiar con la frustración y los problemas de la vida. Si no lo hacen de chicos, igual lo harán de adultos, a la mala. De los apoderados depende esto, pero es fácil no estar, o estar a medias, siempre habrá pretextos para ello. En realidad los maestros de los niños son los medios de descomunicación, en particular la televisión, que fáciles imágenes de la felicidad, entendida básicamente como una fiesta permanente. La tierrita donde el avestruz entierra la cabeza está poblada de mentiras y falacias. La escuela no puede competir con los medios, todo lo que queda es el ejemplo familiar. Pero el consumismo le arrebata a la familia su aportación valorativa, y el espacio de los padres es cada vez más estrecho. Los niños aprenden con rapidez extraordinaria y lo que los padres no hagan cuando son niños, ya no lo harán nunca. Por desgracia lo que hacen la mayoría es pintar un mundo de colores brillantes que poco o nada tiene que ver con el gris tono de la existencia real.

Familia y permisividad

La familia se supone sigue siendo la base de la sociedad, pero sabemos que las familias andan como la mona, que hermanos a hermanos se hacen la guerra, que hay hijas e hijos que asesinan a sus padres y madres por plata, que a la hora de las herencias se produce una general sacadera de ojos, que el principal asesino de mujeres es la pareja, que los principales violadores de menores son padres, tíos y otros parientes cercanos, y que hay padres y madres que alquilan a sus hijos por cinco soles al día, cuando no son ellos mismos los que dirigen el negocio de la mendicidad, la venta nocturna de cuerpos núbiles, o el narcotráfico hormiga. Parece que los problemas de la generación anterior pasan a la posterior en automático, en función de una mímesis donde los niños repiten las tradiciones familiares reales. De esto no se libra nadie, como dice la canción, se sufre en ambos extremos de las clases sociales. Algunos lo explican por la pérdida de valores, y francamente me canso de decir que los valores no son billeteras que se pierden en la calle. Cabe preguntarse qué pasa hoy con las familias, y mirar atrás a la sociedad patriarcal no ayuda en nada, si no es a sentir una chocante nostalgia por los tiempos pasados que me evoca una senilidad anticipada. Sin embargo, la ética pueden ayudar a entender un poco esto de la felicidad.

Valores y Felicidad

La Sociedad se sustenta en prácticas y acciones que se expresan en ritos y ceremonias, actitudes y conductas, con potentes contenidos simbólicos basados en un núcleo axiológico: Los valores. El proceso de la felicidad se supone adscrito en la percepción, crítica, aceptación y corporización de dichos valores sociales. Si vives de acuerdo a ellos serás feliz, veamos algunos caracteres de ello:

Los valores son básicamente preferencias, las personas tienden a preferir ciertos estados de cosas a otros, eso se expresa en unos valores con preferencia a otros: Estar tranquilo y en paz parece ser mejor que estar intranquilo y en conflicto constante, y por eso tratamos de mantener la tranquilidad pública a través de leyes y una fuerza policial que las haga cumplir. Ocultarlo bajo la alfombra implica que los niños no saben que la paz y la tranquilidad tienen precio, y que este precio hay que pagarlo sí o sí con actitudes y acciones.

Los valores poseen polaridad, tienen positivo y negativo: Malo - Bueno, Feo – Lindo, Lógico – Ilógico, Sagrado – Profano, Salud – Enfermedad. Hay una tendencia a referirse a estas parejas como valores”·- “anti-valores, lo que me parece insulso y carente de sentido. Diferenciar pros de antis no es rentable para una ética de contexto postmoderno relativista. Tan valor es la Justicia como la Injusticia, la Honradez como la Deshonra. Se puede recurrir a la idea de anti-valor, pero me parece que el relativismo postmoderno determina que los valores son producto de conflictos entre grupos, y que adscribir a determinados valores coloca a las gentes en un bando de varios. Ocultar que hay anti-valores apreciados socialmente no ayuda a educar. Pensemos en Drogas, ya no es fácil decir son malas, cuando, como decía un amigo, el problema de las drogas no es que sean malas, es que son buenísimas. Ello ilustra lo relativo de los conceptos de bueno y malo, de modo que educar en valores es un ejercicio de reflexión y dilucidación, y un procedimiento para lidiar con los problemas de la vida cotidiana. Formar en valores no es proteger de la realidad, sino enfrentar lo que ocurre reflexiva y proactivamente. Y si no se hace ahora, no se hará nunca.

Escalas de Valores

Los valores se ordenan en escalas. Para la Sociedad, los grupos que la conforman, los individuos, no hay valores aislados. Hay una jerarquía que permite tomar decisiones morales. Para decidir un curso de acción se privilegia un Valor sobre el Otro, así las sociedades y grupos consideran que hay Valores que cuentan más que otros. Donde hay desacuerdos es porque hay escalas de valores en conflicto. Los debates sobre unión civil, aborto, eutanasia, gasto social, impuestos son obvios para los niños. No se puede esconder en el closet por la eternidad que hay gays, pobres y muertos. La historia del príncipe Siddhartha ilustra el shock que produce toda la data que se viene de golpe.

Los Valores son guías para realizar acciones o tomar actitudes en la realidad cotidiana. Las situaciones reales modifican el ejercicio de los Valores. Se necesita coraje – a veces le decimos “valor”, así, en general – para defender una causa impopular, por ejemplo. Todos dicen querer la paz, pero veamos cómo nos comportamos en una barra brava, o cuando alguien se pone delante de nosotros en la cola. La coherencia de acciones y valores pasa por pruebas de fuego constantes, ocultar lo que está a la vista solamente produce desazón.

Los Valores, como todo lo humano, son “dobles”. Pasa que se dice tener un Valor, cuando en realidad se sostiene otro, o incluso el anti-valor. Se instrumentan ciertos valores para justificar el no adoptar medidas efectivas contra el narcotráfico y la prostitución clandestina, por ejemplo. Las incoherencias sociales, tal como se dan en las familias, se clavan en las almas de los niños y revientan en la adolescencia, a no ser que al chico se le tenga en una esfera de cristal tan sólida - o en un ghetto o banthustan - que la realidad no entre en ella. Pero parece que la máxima aspiración social de muchos es construir esas esferas en esos ghettos. Y ello es parte de nuestra anomia social tanto como las previsibles psicopatías y sociopatías.

Colofón

Esto da para un libro. Lo cierto es que la felicidad de los niños y niñas no puede construirse sobre la mentira. No tiene sentido esconder el mundo, hay que mostrarlo y dilucidarlo sin exageraciones ni dramatismos, los padres tienen como primer deber comportarse como adultos, enfrentar ellos mismos el mundo y no pasar su problemática irresuelta a la siguiente generación. Y punto.

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miércoles, 27 de abril de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACION – ADDENDA PARA UNA CATARSIS


Hace poco publiqué en este Blog una serie de artículos acerca de los objetivos de la educación con unas notas realistas y algo desesperanzadas, sabiendo que mucho de lo dicho no tendría efecto visible y mensurable. Esto, en la labor educativa, no es raro. Nosotros no “vemos” resultados. Sembramos, regamos, cuidamos el jardín, a veces podamos con energía, a veces tenemos que mirar con tristeza el tronco doblado que tras enormes esfuerzos no pudimos enderezar. Un maestro que se precie de serlo siempre intenta superar la común condición humana. Ningún maestro lo es por el ansia de aumentar sus bienes, sino de enriquecerse enriqueciendo la común herencia humana. Como decía Bertrand Russell, un maestro de verdad tiene un instinto paterno/materno superdesarrollado, que no se puede agotar en los propios hijos, y que lo convierte en el padre y la madre de todos sus alumnos. No hay peor frustración ni peor destino para un maestro que el no poder enseñar. Quizá por eso pretendo, en un momento donde, en el calor de la lucha electoral, aparecen voces que nos culpan de lo mal que anda la educación, hacer una catarsis a través de esta Addenda a esos artículos.

Hoy algunos egregios maestros peruanos recomiendan a sus alumnos, con realismo y paternal firmeza, que no estudien Educación a no ser que la vocación sea tan insoportable que haya que seguirla de todos modos. Hoy la profesión es devalorada y vilipendiada, atacada desde todos lados y, oh ironía, responzabilizada de la debacle y decadencia educativas en nuestro país. Los maestros somos la única barrera que se interpone entre los niños y jóvenes; y las políticas de la sociedad, el mercado y el estado destinadas a embrutecer y mercantilizar. Es una pelea desigual y descorazonadora, porque ellos tienen todos los medios a su disposición, y a nosotros nos quitan hasta lo que no tenemos. Y lo que con tanto esfuerzo tratamos de construir es destruido de un plumazo, y encima nos echan la culpa. La sociedad, el mercado y el estado son en nuestro país entes hipócritas que dicen que la educación es lo más importante, y como consecuencia reducen los presupuestos educativos, desnutren y pauperizan a los niños, hacen de la equidad educativa un sueño, y tienen a los maestros con sueldos de hambre.

Como cualquiera ser humano, a veces me deprimo, y busco mis motivos para seguir adelante y no terminar sentado en la encrucijada lamentándome de mi suerte. Busco, entre los grandes educadores que me inspiraron, los motivos para seguir en la pelea, los objetivos por los que tanta gente común y silvestre como yo pelean una batalla que muchas veces damos por perdida. Nuestro problema existencial como docentes, del que nadie se ocupa porque a nadie le interesa, es por qué deberíamos seguir en una actividad tan maltratada y tan inútil. Los docentes tenemos motivos sobrados para el hartazgo y la depresión. Y la pregunta existencial del docente, que no puede evitar porque la lleva clavada detrás de todas las incomprensiones y desdichas, siempre está dirigida a los objetivos de lo que hace. Por eso a veces tenemos que rebuscar, junto a la vocación primigenia que nos movilizó, lo que aquellos que nos antecedieron en esta tarea tan poco comprendida nos dijeron acerca de los OBJETIVOS DE LA EDUCACIÓN.

Los Objetivos de la Educación según los Educadores

Donde hay buena educación no hay distinción de clases.
(Confucio, China)

La educación iguala a los hombres en lo que se debe igualar a los hombres, en su condición humana. Por sobre la situación económica y las diferencias de toda clase debería estar siempre la comprensión de la común condición humana. Educamos, por lo tanto para que cada ser humano alcance su plena dignidad, es decir, que sea plenamente humano.

Reconocer, mantener y promover en cada ser la dignidad de la persona, ésta es toda la educación de la humanidad
(Enrique Pestalozzi, Suiza)

Por ende, si algo debe hacer la educación es hacernos humanos en un sentido no solamente individual o reactivo a la existencia de desigualdades, sino en el sentido social del término. Es decir no podemos ser plenamente humanos sin el Otro. Porque de nada sirve mi felicidad individual si no está enraizada en la común lucha humana, es que un Objetivo de la Educación es integrarnos a la humanidad en su conjunto.
“La educación debe hacer que cada uno encuentre su propia felicidad, realizada en la medida en que hace que se mejoren las condiciones de los otros” 
(John Dewey, Estados Unidos)

La contradicción entre individuo y sociedad es resuelta por John Dewey en un tema ético: No es un ser humano pleno y feliz aquel que no se preocupa por mejorar las condiciones de los Otros. No recuerdo en qué película escuché esta frase: ¿Qué clase de hombre es aquél que no se preocupa de mejorar el mundo en que vive? Un Objetivo de la Educación es construir una ética de la felicidad alcanzada a través del servicio a los Otros.

Para educar a un niño hace falta la tribu entera. 
(Proverbio africano)

Los maestros solamente somos la punta del iceberg. No podemos enseñar sino en el contexto de la sociedad en que vivimos. Si la sociedad considera la educación solamente cosa de aulas, maestros y alumnos, camina hacia su ruina. Se aprende enseñando y se enseña aprendiendo. Hay una relación dialéctica, un círculo virtuoso entre ambas actividades, como bien lo intuyó el desconocido educador africano que cito. Un Objetivo de la educación es convertir a todos los miembros de la sociedad en Educadores, para mantener nuestra viabilidad y nuestra supervivencia social.

“Luchamos por lograr que los niños sean libres en su interior, libres del miedo, de la hipocresía, del odio, de la intolerancia.” 
(Alexander Neill, Gran Bretaña)

La libertad es uno de los dones más preciados que el ser humano posee. Es condición para todo. Elude una explicación única, porque es uno de esos principios que, como todo maestro sabe, más que instilado debe ser vivido. Se puede ser libre incluso en el fondo de una mazmorra. Pero sabemos bien a donde nos lleva el miedo, como destruye la iniciativa, como pasma la voluntad, como transforma a los seres humanos en medrosos animalitos agazapados esperando que las cosas les pasen en lugar de salir a hacer que las cosas pasen. Instilar el miedo es objetivo político de muchos para manipular y dominar. Pero el maestro es el enemigo público número Uno de la manipulación, precisamente porque tiene el poder de hacerlo. Un verdadero maestro forma y educa, no manipula. Por ello las dictaduras de todo calibre tratan siempre de amaestrar al maestro. Un Objetivo de la Educación es liberar – y liberarnos - del Miedo, y de toda su odiosa parentela: El Odio, la Intolerancia, la Hipocresía, el Racismo. Y esto es lo más difícil.

La gran meta de la educación no es el conocimiento, 
sino la acción. 
(Thomas Henry Huxley, Gran Bretaña)

El ser humano puede definirse, entre otros rasgos, por su capacidad para la acción y el trabajo fecundo. Si bien es esencial saber para qué hacemos las cosas, es igual de importante educar para hacer cosas. Conocer es necesario pero no suficiente. La teoría sin práctica sirve para lo mismo que la práctica sin teoría: Para Nada. Se educa para que nuestros niños y jóvenes salgan al mundo a transformarlo, no a contemplarlo. Un Objetivo de la educación es, a través de nuestros alumnos, transformar el Mundo para hacerlo más humano y vivible.

Conclusión

Cuando nos formulamos el tema de Objetivos de la Educación deberíamos siempre mirar lo que tenemos, con sus gangas y sus mermas, pero además mirar al cielo, a la utopía, al sueño. Siempre desde nuestra realidad por más dura que sea. Pero la dureza de la realidad no nos arredra, porque, como dice el antiguo y siempre reactualizado refrán de los educadores: “El estado no hace nada, el director no dirige, el coordinador no coordina, pero el profesor siempre dicta su clase”.
Y punto.

martes, 25 de enero de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (III Y ULTIMA)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (III)


Vamos a suponer que nuestros hijos y nietos nos interesan realmente, y que no los educamos para lograr una suerte de pensión de vejez que ni el Estado ni la Empresa privada nos garantizan verdaderamente. ¿De qué se trata esto de educar parta el futuro, para la felicidad, para la realización personal? Me centraré básicamente en el tema de la identidad personal-social.

Movilidad Social y Sentido de Pertenencia

Como los padres y madres no somos entelequias y estamos en la sociedad igual que el resto, es obvio que intentamos que nuestros hijos “mejoren”. Como vivimos en una sociedad y en ella nos desarrollamos, nuestro lugar en la sociedad cuenta. Es importante que nuestros vástagos consigan mantener la ubicación social en que nacieron, mejorándola si es posible. Es lo realista, y lo que está detrás de una serie de procesos identitarios que vivimos las personas. La identidad personal-social implica, entre otras cosas, la posición social en la que se nace. En la realidad y no en la entelequia, se nace en unas coordenadas sociales tan reales como las geográfico-temporales, y ellas determinan en buena parte nuestra identidad, es decir, la percepción y concepto que tenemos de nosotros mismos en cuanto personas. Que haya grupos sociales es un lugar común, y no hay sociedad que no los tenga. El cuento es qué determina dichos grupos sociales, y qué tipo de integración exista entre ellos. Una sociedad sana e integrada ofrece a sus individuos la posibilidad de pertenecer a un todo mayor, lo que a más de favorecer la identidad, resuelve en parte nuestra profunda necesidad de ser apreciados y reconocidos, y determina una estructura de derechos y obligaciones en los que nos insertamos. En Ciudadanía esto sería grosso modo lo que llamamos “Sentido de Pertenencia”. Y ese Sentido de Pertenencia se funda en las experiencias vividas desde temprano.

Valores Sociales

Todas las sociedades evolucionan y pasan por cambios. Desde hace algunos siglos, la libertad civil, política y económica, la igualdad ante la ley y la equidad son criterios que han presidido la formación de las sociedades liberales y democráticas de la actualidad. Son valores sociales que nos parecen deseables. Hay siglos de desarrollo social al respecto en nuestras sociedades. Parte de ese desarrollo social, del Sentido de Pertenencia y de la formación de la Identidad pasan por reconocer, aceptar y adaptarse a la diversidad en la que se vive, e implica necesariamente el reconocimiento de la igualdad fundamental entre los seres humanos. Es bastante mejor, práctico y sostenible basar la existencia en sentimientos de afecto y amor que en los de odio y rechazo. En teoría, la convivencia democrática tiene como objetivo el que toda la sociedad esté mejor organizada y constituya un entorno que permita la felicidad y la realización individual de las personas. Y es a esa sociedad a la que supuestamente traemos a nuestros niños y niñas. O a donde debiéramos traerlos, por lo menos.

Piel y Plata

Miremos un poco nuestra realidad al respecto. Los grupos sociales se definen por muchas razones, y en nuestro país, por suerte o por desgracia, los determinantes de las posiciones sociales son “piel y plata” (cito a Hugo Neira en su libro La Tercera Mitad). Vale decir combinamos históricamente elementos de casta, heredados de nuestro pasado, con los de clase, propios de la modernidad capitalista. Aunque la “piel” con que venimos al mundo no puede modificarse, sí lo hacen las percepciones sociales sobre ella. La fortuna ha querido que nuestra sociedad multiétnica sea complicada hasta el absurdo debido a nuestra doble herencia occidental y andina, más las profundas contribuciones africanas y asiáticas, que determinó que nuestro país pueda ser considerado en buena medida como un cierto paradigma de unidad social y étnica, con sus límites por supuesto. El vetusto sentimiento de casta está en pleno retroceso desde unos 40 años a esta parte. Es verdad también que no nos faltan gentes que aún están mentalmente en el siglo XIX. Algunos muestran su retraso ciudadano en los medios de comunicación, y fomentan la segregación y el racismo como si fueran una parte de la herencia nacional. Como si Don Nicomedes Santa Cruz no hubiera resuelto el problema racial en el Perú al detectar solamente tres razas: La Indoblanquinegra, la Blanquinegrindia y la Negrindoblanca. Aunque se le olvidaron los orientales al moreno. Pero sospecho que eso complicaría ampliamente el esquema.

Veamos el otro factor, la “plata”. La pertenencia a un grupo socio-económico marca la identidad desde un principio de manera espectacular. Nos guste o no, el niño o niña que forma su identidad lo hace en el seno de un hogar que está en medio de una estructura social de un modo determinado. Y el principal elemento que determina la posición al interior de la sociedad es el ingreso. El concepto de clase implica ciertas relaciones sociales, y constituye una suerte de mala palabra hoy en día, por sus fuertes connotaciones ideológicas, pero “nivel socio-económico” no es mejor, en realidad. Como el marquetero Rodolfo Arellano ha demostrado, no basta el ingreso para definir nuestro lugar social, hay que añadir elementos de la cultura. Pero por ahora nos interesa el tema de la ubicación en una clase social. Y es esa pertenencia a una clase social a la que el niño deberá, por las coordenadas donde nació, tener o no acceso a ciertas formas de atención de salud, seguridad, alimentación, educación, etcétera.

No reducimos la Desigualdad

No contamos en el Perú con mecanismos de reducción de las desigualdades y de integración social, tales como un sistema de Salud generalizada al estilo inglés; o una legislación protectora al estilo escandinavo; o un sistema de colegios públicos como el norteamericano. Apenas contamos con “programas sociales” que aseguran que una parte de la población “en pobreza extrema” no se muera escandalosamente de hambre o de enfermedades curables. Pero no contamos con políticas de integración social, como las que informan los sistemas que hemos mencionado. Solamente poseemos un cierto desarrollo en esa novísima rama de la ciencia social que llamaremos Pobretología, que tiene el efecto colateral de convertir el hambre, la enfermedad y la miseria de los seres humanos en cifras manipulables. De hecho, aparte de crear esta ciencia, no hemos hecho absolutamente nada al respecto que no sea intentar calmar nuestras conciencias culpables, en el supuesto que las tengamos, claro. La Tradición Republicana vigente es dejar estar la cosa, esperando de algún modo que se resuelva solo. O que no se resuelva y nos acostumbremos.

Integración Social

El barrio urbano constituía, hasta no hace tantos años, una forma de integración social que fomentaba identidad, y esto tanto al interior de los diversos grupos sociales, como estableciendo formalidades de relación social con otros grupos. La larga tradición de barrios que relacionaban las diversas castas sociales, y luego las clases en formación es detectable desde principios del Virreinato. Forma parte de nuestra tradición, como se ha descrito con acierto en lúcidos ensayos y en la literatura nacional. Los barrios dieron fisonomía humana a nuestras ciudades, hasta que estas empezaron a alcanzar los niveles de la megalópolis, con su cortejo de inseguridad, desorden y anomia social. La caótica migración de los serranos hacia los espacios costeños y selváticos en busca de mejores condiciones de vida fue asumida como agresión, y su efecto fue que los barrios se replegaron sobre sí mismos, y tendieron a aislarse, formando progresivamente una suerte de “bunkers” y luego “ghettos”. Aunque la demarcación distrital nacional, con criterio adecuado, tendía a reunir grupos sociales diferentes, a fin de asegurar una suerte de reparto equitativo de las cargas impositivas, las invasiones silenciosas realizadas por las empresas constructoras de urbanizaciones privadas descuartizó este esquema en trozos más o menos aislados presididos por la lógica del ghetto y el aislamiento. Se trató, sin duda de manera más o menos inconsciente, de dividir las ciudades en zonas urbanas y periféricas, para tratar de contener el llamado “desborde popular” producto de la migración, que respondía también con invasiones más bullangueras. La ausencia de políticas de integración social permitió dejar estar esta situación como tantas otras, y “ser sorprendidos” por algo que se gestó durante casi un siglo.

Segregación de facto

Esta segregación de facto produce un hecho concreto y fácilmente observable: Fronteras psicológicas que marcan a fuego la identidad desde el principio mismo. Las playas del Sur están más “cerca” para ciertas personas que Pamplona o Villa El Salvador, asumidos como una suerte de “pasajes” hacia las playas, por donde los automóviles circulan raudos, sin detenerse y sin mirar. Sin contar con la creciente y supuestamente prohibida privatización de playas. Los niños y niñas crecen en espacios geográfico-psicológicos cerrados, y su identificación con la sociedad es parcial. Su lealtad y su identidad estarán no con la totalidad de la variopinta sociedad que conformamos sino con una parte. Carreteras y muros separan físicamente los sectores sociales. Inconsciencia, estereotipos y prejuicios los separan psicológicamente. La peculiar combinación casta – clase (“piel” y “plata”) en nuestro país muestra su más abominable faceta, la de la segregación hipócrita, la de la negación de la identidad e incluso de la existencia del Otro. Y cuando se trata de poner las cartas sobre la mesa, los prejuicios largamente instalados asoman su inmunda cabeza.

Que no se piense que esto de los prejuicios es una prerrogativa de ciertos grupos sociales. El desconocimiento y la negación del Otro siempre llevan a demonizarlo, en especial cuando hay relaciones de explotación y sentimientos de miedo que separan unos de otros. El costeño piensa del serrano que es sucio, invasor, hipócrita. El serrano piensa del costeño que es ocioso, explotador, que habla mucho y poco hace. (Golte y Adams).

La política del Ñoqai´ku

A los niños y niñas que se incorporan a la sociedad se les enseña desde pequeños a “no ver”, a tomar como no existente aquello que “no somos” y que “no nos pertenece”. Y en el inconsciente grabamos bien grabados los prejuicios que afloran. Rompemos el esquema que los fundadores ideológicos de la República del Perú tenían en mente al establecer como el primer lema de la República el de Firme y Feliz por la Unión. En la práctica lo único que nos queda de eso es el Jirón de la Unión que empalmaba, nada casualmente, con el Paseo de la República. Pero los sucesores de los Fundadores tenían en mente un “nosotros" nacional diferente. En quechua existen dos términos que quizá puedan ayudar a entender esto. Ñoqanchis y Ñoqai´ku que significan ambos “Nosotros”, pero con dos connotaciones diferentes, según el que habla. Si yo digo “ñoqanchis” el "nosotros" te incluyo a ti que me escuchas. Pero si yo digo “ñoqai´ku” te excluyo, te opongo a mí y a los míos, te saco de mi grupo. Podríamos decir que los grupos sociales en nuestro país progresivamente han ido adoptando la política del Ñoqai´ku, del hablar de nosotros mismos sin el Otro. Y una sociedad así dividida tiene que tener en su agenda el resolver sus contradicciones y unirse para poder enfrentar los retos que impone el futuro.

El tema tiene poco de teórico. Sus consecuencias son tan evidentes como un puñetazo en la quijada. La segregación entre castas – clases es notabilísima en el tema de los empleos y los ingresos, del cuidado de la salud, de la seguridad ciudadana, de la relación entre transporte público y privado, y más aún en el espacio pre-escolar y escolar; con rarísimas excepciones; y solo por citar lo más evidente. La República democrática del Perú establece sus límites sociales empleando como medio fundamental el dinero, sin apenas mecanismos que eviten el roce entre las castas-clases, solamente el aislamiento y la alimentación del prejuicio. Si tienes plata, todo te irá bien, tendrás acceso a los servicios, porque estarás pagando por ellos. Si no tienes plata, ya fuiste, porque entonces irás a malatenderte a los puestos de Salud del Minsa, si es que los hay; te sentarás en tu ladrillito a escuchar a un desganado profesor mal pagado; tomarás una combi asesina para movilizarte; serás objeto privilegiado de asalto, más aún si eres niño, mujer, quechuahablante.

Patéticos medios de incomunicación

El esfuerzo de los medios de comunicación por ocultar la realidad adquiere en ocasiones un patetismo grotesco. Se oculta mejor un árbol en el bosque. Se muestra nuestra sociedad como conformada en sus sectores más bajos por delincuentes: ladrones, violadores y asesinos, según las noticias propaladas por los canales de señal abierta. Nuestros niños crecen con imágenes estereotipadas de “los de abajo” como dinamitadores anómicos del “orden social”. Se fomentan los estereotipos y los prejuicios. Los mal llamados cómicos parodian a negros delincuentes e indios brutos. La sociedad pareciera al borde del colapso social no por obra de las bandas organizadas del narcotráfico o de la delincuencia “de blanco”, sino por la presencia de rateros o asesinos que según parece demostrar la prensa, pululan por las calles sin control. Se fomentan desde el poder mensajes contradictorios y efectistas destinados a oscurecer, no a iluminar, y se proclaman con una mezcla curiosa de solemnidad y escándalo soluciones simplistas a los problemas: La pena de muerte a los violadores, por ejemplo. Y a la vez se dice con todo desparpajo que ”la plata llega sola”. ¿Serán así realmente las personas? En otras latitudes se castiga frontalmente la apología del prejuicio y la incitación al delito, pongamos por caso, y ello no parece afectar demasiado eso de la libertad de prensa. ¿Por qué aquí se hace apología del racismo tan impunemente? ¿Por qué nuestras autoridades apologizan la corrupción? ¿Cuánto hay?

Aprendizaje de valores sociales relevantes

Terminemos de una vez con el cuento ese de que la escuela enseña. La escuela enseña poco y mal, y es a través del hogar, el entorno barrial y los medios de comunicación por donde se transmiten los contenidos socialmente relevantes, los que cuentan para formar identidad. La educación en valores existe, no cabe duda, pero se limita a un solo y único valor supremo que opaca a todos los demás: La posesión de medios de pago, vulgo “plata”. Total, es lo único que realmente te cambia las cosas. El consumo desaforado, el ocio como objetivo y estilo de vida, la inconsciente farra eterna, el paraíso artificial del consumo son valores secundarios y subordinados. ¿Nos extrañará entonces que haya hijos e hijas que asesinan a sus padres por el dinero o por la posibilidad de salir a la calle hasta altas horas de la noche? ¿Nos extrañará esa suerte de desesperación existencial que conduce a la emigración o a la delincuencia a nuestros jóvenes, en especial a los que NI estudian NI trabajan?

Nos guste o no, estos son los Valores que nuestra sociedad nos mete por los ojos con reflectores. Las palabras valen poco cuando los hechos no las corroboran. El proceso social de la identidad queda marcado por algo, si cabe, peor que la división social, por la apercepción de la realidad, o por la percepción falaz y sesgada. Como profesor secundario la he observado en acción en el proceso de la adolescencia. Junto con la aparición de las hormonas aparecen también los primeros indicios de la pérdida de la fe en el discurso social. Parece preferible irse a cualquier otra parte, pero estás aquí, y en clase te vuelves indisciplinado y odioso, porque eso es lo que están haciendo contigo. Es una rebelión ciega, sin dirección, carente de elementos de autocomprensión, anárquismo quintaesenciado. En los chicos más inteligentes da lugar a una suerte de fatalismo. Otros preguntan por qué los trajimos al mundo. Los adolescentes más inteligentes no son felices, no se sienten realizados, más bien se sienten agredidos y estafados. Y las alternativas que les damos no suenan demasiado afectuosas. Años de esfuerzo académico ingente para obtener pocos empleos y mal pagados. Cualquier persona con medio dedo de frente se percata que el valor supremo no es el trabajo, es la plata, pues que con plata todo se te disculpará. Y entonces se busca la manera de obtenerla, pues siendo el valor supremo la plata, para el resto el fin justifica los medios.

Formar Valores Sociales

Esto no es funcional cuando tenemos que mantener andando una sociedad. La sociedad no se organiza únicamente en torno a la posesión de dinero. Es indudable la importancia del ganarse la vida, pero no de cualquier manera. Y socialmente hablando no puede ser el valor supremo la posesión de medios de consumo para un juez, un policía, un médico, un maestro, un artesano, un urbanista, un político, un servidor público, un militar, un científico, un ambientalista, un agricultor, un artista, un arqueólogo, un gastrónomo, un ingeniero. Y menos aún para un ciudadano. Un sistema político y social debiera estar formando valores sociales todo el tiempo. Es la garantía de su supervivencia. Al no hacerlo tenemos militares que espían para el enemigo, políticos corruptos y ladrones, jueces injustos, maestros descuidados. Todos en esa correteadera general en busca de la plata, pues que ésta es el valor supremo, y nada la supera. Poderoso caballero es Don Dinero.

¿Felicidad = Plata?

Y no es que no sea absolutamente esencial sobrevivir, vivir bien, realizarse, alcanzar la felicidad. Contraponer ambas cosas sería irreal y muestra de un pensamiento dicotómico que, por desgracia, parece presidir la lógica social. Pero cabe preguntarse si es para esto para lo que educamos a nuestros hijos. O si tomamos el rábano por las hojas, confundimos la velocidad con el tocino y hacemos nosotros mismos la ecuación de felicidad = plata. Me viene a las mientes la situación de un padre de familia cercano a mi entorno y de la que fui circunstancialmente testigo. Este caballero no es para nada una mala persona, más bien califica como padre amoroso y responsable y buen ciudadano. Y eso ya es decir en nuestra sociedad. Pero su hija, joven de 12 años, de tacos y brassiere - su desarrollo físico hace rato que dejó atrás el emocional - manifiesta directamente en una reunión familiar una actitud marcada de desprecio hacia los cholos y los pobres, que además pone en el mismo saco. La familia reunida mira al padre de la criatura. El atribulado señor, profesional capaz y empresario luchador y exitoso, sabe que algo debe decir, que algo tiene que responder, que hay que detener esa actitud, porque sabe que está mal, que es disfuncional. En cualquier caso, algo le repugna en esa actitud. Y encima, la concurrencia le observa. Abre la boca para decir algo. Y en ese momento se percata horriblemente que no tiene discurso, no tiene nada qué decir. Y balbucea ante los ojos de su hija. Ahogado él mismo entre las contradicciones en las que jamás ha pensado, carente de certezas propias y de herramientas intelectuales, se ubica en su verdadera realidad y retorna a la infancia cognitiva, y balbucea. Al final lo único que puede decir es lo único que realmente ha aprendido: Que eso está mal. Y lo único que tiene para respaldar tal aserto es la imposición autoritaria de su condición paterna. La hija semiadolescente se muere de risa.

Aprender a Hablar

El lenguaje que empleamos es el lenguaje que tenemos. Si balbuceamos, o si mantenemos silencio, es porque carecemos del lenguaje para expresar lo que sentimos o pensamos. Es lo que en otra parte de este artículo llamé las certezas y las herramientas, que siempre se expresan a través del lenguaje. Si carecemos de lenguaje lógico o afectivo es porque no lo hemos desarrollado. Si no podemos expresarnos sobre algo, no hemos aprendido nada sobre ese algo.

Quizá ahora entendamos algo mejor algunos de los contenidos que bienintencionados y a veces muy capaces especialistas incluyen en las currículas escolares, y el por qué están tan atiborradas de contenidos. Se trataría de la desesperada actitud de los pocos espíritus lúcidos que ven el huayco venirse y tratan de hacer algo al respecto. Nuestras currículas es seguro que califican entre las más completas del mundo. Queremos que nuestros alumnos sean matemáticos, historiadores, filósofos, ciudadanos, artistas, geógrafos, generosos, músicos, valientes, eruditos, traductores, solidarios, lingüistas, atletas, filólogos, astutos, comunicadores, militares, psicólogos, disciplinados, corteses, chefs, oradores, cibernéticos, científicos, diseñadores, economistas, etc., etc., etc. Todistas y a la vez especialistas. Lúcidos y a la vez aguantados. Qué distante de los medios de los que disponemos. Qué frustrante no poder lograrlo sino con un porcentaje ínfimo de la población. Qué poco práctico. Qué contradictorio en sus términos con lo que la sociedad plantea o con las necesidades reales. Quizá es hora de replantearnos para qué educamos a nuestros hijos, para poder así saber en qué los educamos.

Solucionática

Siempre hay quienes me piden soluciones a los problemas que planteo. En otras ocasiones he señalado que es papel de las autoridades dar soluciones, que para eso se les ha puesto allí. Cada vez que las autoridades exigen de los atribulados y problematizados ciudadanos que den soluciones a los problemas que padecen, con ese tonito de autoridad ofendida, tengo la sensación de que en realidad ellos no sienten que estén ahí para resolver problemas. No, que va. Ni el Sapa Inca ni el Virrey resuelven problemas – aunque los Sapa Incas y los Virreyes de nuestra historia con sentido de estadistas, sí lo hacían – sino que su agenda es otra. Y las elecciones y el cargo obtenido dizque democráticamente un pretexto para poder desplegar las plumas.

Recuerdo que una vez estuve escribiendo un libro por encargo. Un tomo de este libro empezaba con la palabra “Solucionática”. El neologismo es biensonante, y vale la pena recordar su origen, que en apariencia se remonta a un jugador brasileño de fútbol, conocido tanto por hacer goles en todos los partidos, como por la manera tan fea en la que jugaba., y ya sabemos que en Brasil el “jogo bonito” es parte de su personalidad nacional. Y cuando se le entrevistaba a dicho jugador, cuyo apodo era el de Dadá Maravilha (“Papá Maravilla”) y se le enrostraba la manera poco elegante de jugar fútbol, él señalaba muy suelto de huesos que no se trataba de hacer goles bonitos, sino que lo feo era no hacer los goles. En otra ocasión sesudos periodistas analizaban la “problemática” del fútbol, y Dadá Maravilha intervino señalando con desparpajo, mientras se golpeaba la pierna: Ya basta de problemática, yo aquí tengo la solucionática

Y por eso esto de plantear soluciones siempre me deja un regusto amargo. Es obvio que asumir la responsabilidad de plantear soluciones sin poseer la autoridad de aplicarlas es frustrante. Y a veces pienso que de eso se trata, de redirigir las energías de los ciudadanos de reclamar por respuestas que las autoridades – que nosotros pusimos ahí, recordemos – debieran proporcionar, a pensarlas nosotros mismos. Y a la hora de aplicar y presentar, verlas como son simplemente rechazadas de plano, encarpetadas, empleadas para sostener la pata cojeante de la mesa. Y sus autores quedan con un palmo de narices, con su tiempo perdido y sus energías malgastadas. Entonces para qué queríamos a las autoridades en primer lugar. Así que no pisaré el consabido palito sino de manera procedimental, es decir, no me centraré en el planteo de ideas que nadie va a implementar, sino en establecer ciertos parámetros de sentido común.

Sentido Común

Como Dadá Maravilha, pienso que no se trata tanto de jugar para la tribuna cuanto de hacer goles. Para hacer goles hay que estar en la cancha, que con eso te ganas el derecho de meter la cuchara en esto de las soluciones. Decidir para qué educamos implica primero meter en la cancha a todos los jugadores. Si dejas fuera a los jugadores estás en el papel de los que le quitan el timón al piloto en el momento de la emergencia aérea. Y los jugadores somos todos. Toda la sociedad tiene algo que decir acerca de la Educación, y no existen mecanismos para ello. Maestros, padres de familia, instituciones sociales, ciudadanos de a pie, todos tienen algo que ver. Esto es como el huayco que a todos aplasta sin hacer diferencias. Deberíamos empezar por crear mecanismos para sentar en la misma mesa a todos los actores sociales, y ponernos de acuerdo acerca de qué queremos. Tener una visión de sociedad, ya que no una predicción de futuro. Y contar con las percepciones ciudadanas y no solo con la visión de los especialistas. Entiendo que este hecho de por sí es peligroso, y será evitado por todos los medios, y si es permitido se relativizará lo más posible, y si no es posible relativizarlo se acallará. Pero que hay que hacerlo hay que hacerlo, como dijo el chico que puso el dedo para evitar que el famoso dique holandés no se viniera abajo. Y exigir acuerdos vinculantes, y los dientes para morder cuando no se cumplan. El que tenga Oídos, que Oiga. Y punto.


lunes, 24 de enero de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACION (II)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (II)

Tras el ligero, incompleto y seguramente sesgado recorrido sobre las diversas etapas de la educación que he hecho en la primera parte de este artículo, vuelvo al tema de fondo. Me han dicho que la primera parte arrancaba bien pero que la bilis me iba ganando conforme iba escribiendo. Debo decir que se hace lo que se puede. Veremos qué pasa ahora. Si la bilis nos hace la vida un poco más complicada, tal vez podré recabar ciertas disculpas …

Y cómo decíamos ayer …

¿Para qué sirve educarse? Parece que, en un sentido amplio, la supervivencia es un objetivo esencial de la Educación en la medida de que se necesita permanecer vivo para poder hacer cosas. Quizá valga la pena pensar qué significa eso de supervivencia.

Cualquier vida razonablemente vivida implica una serie de aspectos, algunos de ellos que nos preocupan tanto que procuramos no pensar en ellos nunca, o cuando menos hacerlo lo menos posible, porque suena a medio chiflado ponerse a hablar sobre “el sentido de la vida”. Pero el problema de Para qué Educamos se combina necesariamente con este del sentido de la vida. No parece demasiado relevante penetrar en la profundidad filosófica del asunto, aunque parece que es inevitable asumir ciertos puntos desde allí.

Las realidades de la Vida

Es obvio que “la vida” la tienen también los hongos y las amebas. Pero ellos no se educan, ni lo necesitan para la supervivencia. Les basta con sus capacidades genéticas. Por otra parte, por más que nos reconozcamos como” hermanos de las rocas, los peces y las estrellas”, las duras realidades de nuestra vida resultan ser bastante semejantes a las de los hongos y las amebas. Es decir, personas, amebas y hongos nacen, crecen, intercambian energía con el entorno, se reproducen, y, "al final”, entregan la maleta y salen de casa con los pies por delante y en traje serio. Puede que haya algo después de la muerte, puede que no, pero por ahora nos interesa la perspectiva que podamos conocer, y no sabemos en realidad si hay algo después o no. Es en el terreno de la fe donde esto contará o no con alguna certidumbre. No educamos ni nos educamos para la vida futura, sino para la supervivencia en este barrio. Indudablemente, no es una cuestión baladí, pero no es materia de este artículo.

Imagino que para los seres humanos del paleolítico inicial las realidades de la vida empezaron a vivirse de manera más consciente, y se asumieron como hechos que se vivían dentro de estructuras que después alcanzaron gran desarrollo, las sociedades. En éstas es que aparece la cultura, y el ser humano termina ubicado en estructuras sociales cada vez más complejas dentro de las que desarrolla su existencia, de modo que la “vida” es, básicamente, la manera cómo nos desenvolvemos y los roles que asumimos al interior de dichas estructuras sociales. La supervivencia se hace humana, porque ya no se trata solamente de comer, sino de comer “en sociedad”, mostrar tu "clase" en lo que comes y en cómo comes, hacer gastronomía y modales; ni sólo de reproducirse sino de casarse y formar una familia, o a veces al revés; ni sólo de intercambiar energía con el entorno sino de trabajar para ganarse la vida. El nacimiento y la muerte dejan de ser puramente naturales, pues se nace en una estructura social, y se muere uno en una estructura social, a veces la misma. En todo caso, todo esto es así en la medida que como humanos nos podemos asumir, tal vez con justicia, como diferentes de los chimpancés y demás animales.

Cross-Over

En este contexto, la “vida” ocurrirá en un período en el tiempo, que percibimos agudamente como un presente formado de hechos sucesivos. Se nace un determinado día de un determinado año, se vive un plazo dentro de ciertas coordenadas de espacio y tiempo en este universo, básicamente limitados a este planeta, y luego se hace mutis. Vulgo, se muere uno. La pertenencia a la sociedad implica un conjunto de deberes sociales y de posibilidades que se desenvuelven a lo largo de este período vital, y que supuestamente conducen a ciertos logros que propenden a una mejora de las condiciones en que realizamos nuestra estadía en el presente universo. Una manera larga y farragosa de decir que tratamos de “vivir bien”. Toda esta reflexión parecería más o menos inútil, ya que constata cosas que damos por evidentes (aunque pienso en el humor inteligente de Monty Python, Les Luthiers y otros al respecto), si no fuera porque existe algo que nos ha dado qué pensar en estos últimos tiempos, y ello es la posibilidad concreta de la extinción de la especie humana. Hacia el año 2070, comentan ciertos expertos, se dará el “cross-over”, es decir, el cruce de diversas situaciones límite que la presencia de las sociedades humanas ha producido en el equilibrio de nuestro planeta. La posibilidad de la extinción de las sociedades actuales, e incluso de la especie, agrede frontalmente una convicción que tenemos, tan obvia que jamás la asumimos como tal, que suponemos que nos perpetuaremos indefinidamente en nuestros descendientes, y que éstos “vivirán” en una sociedad humana. Por lo menos ese parece ser el modo en que verbalizamos algo que por lo general no pensamos y que justifica nuestras acciones con nuestros descendientes. Por otra parte, nuestra particular percepción del tiempo como presente hace que tal futuro no nos quite demasiado el sueño.

Susto

El colectivo humano parece cada vez más “asustado” al respecto. Las mentes más brillantes con las que cuenta la especie discuten el calentamiento global, la crisis energética, la explosión demográfica, la contaminación, la posibilidad de intercambios nucleares, los alimentos transgénicos, y otros problemas derivados de nuestro exponencial crecimiento demográfico y nuestra creciente intervención, para mal, en los delicados equilibrios de nuestro entorno. Las previsiones no son nada optimistas. Esto se refleja en los medios de comunicación y en las industrias culturales. Se publican libros, se producen películas y se diseñan titulares que predicen el Fin del Mundo para la semana, mes, año o década que viene. Al margen de un posible complot para la creación de un cierto “Gran Miedo”, o del aprovechamiento comercial de los temores profundos de la humanidad, lo cierto es que estamos viviendo en apariencia una época de “temores difusos” bastante difundidos. Quizá, como decía Borges, todos los tiempos son el Fin de los Tiempos; o, como señalaba un chusco por allí, el Mundo ya se acabó, pero como estamos tan ocupados, no nos hemos percatado … . En cualquier caso, el “espíritu de la época” (zeitgeist) que quería Hegel parece estar básicamente signado en nuestros días por el miedo y la aprensión frente al futuro.

Educarnos para Enfrentar el Miedo

Para no perdernos en generalidades, recuperemos el tema. ¿Nos educamos y educamos para enfrentar estas difíciles circunstancias que se avecinan? Enfrentar los miedos es algo necesario para poder superarlos. Eso se empieza a hacer a través de la formación de una identidad sólida, y luego adquiriendo certezas y herramientas conceptuales para enfrentar los miedos mismos, identificar los problemas reales que enfrentamos, sus complejas realidades, analizarlos, comprenderlos, evaluarlos y definir decisiones para resolver los problemas con las mejores armas de que podamos disponer, y en la medida que podamos. Esto es válido para todas las sociedades. E implica una visión de largo plazo que el sistema educativo puede implementar, pues trabaja sobre la base de largos plazos. Decía Franklin D. Roosevelt, en épocas de extraordinaria dificultad, que a lo único que hay que tenerle miedo es al miedo mismo. Y en consecuencia pregunto: ¿Qué hace el sistema educativo para superar el miedo mismo? ¿Qué identidad fomenta? ¿Con qué certezas nos equipa? ¿Con qué herramientas nos pertrecha para conocer y enfrentar la realidad de la supervivencia? De repente lo único que estamos haciendo es trasladar el miedo de una a otra generación.

Se ha planteado que la Educación no necesita más reformas, que lo que se necesita urgentemente son revoluciones educativas orientadas al cambio fundamental de un modelo industrial a un modelo orgánico, más adecuado y propio a las condiciones y la esencia de la vida humana. El concepto de progreso industrial y científico está en un colapso económico y cultural, y se observa un cierto retorno a las falaces tranquilidades que proporcionan ciertas ortodoxias antiguas y nuevas, y una suerte de pensamiento mágico que se generaliza en las sociedades. Hay un doble peligro en todo ello.

Desconfianzas Saludables

Por una parte, no podemos confiar ciega y mágicamente en el desarrollo científico y tecnológico, como se ve claramente en el caso de los transgénicos, los que inteligentemente el Ministro del Ambiente considera que colisionan con el modelo agroexportador peruano, que se está centrando en la producción que aprovecha el hecho de ser un centro Vavilov de biodiversidad. Y en esto hay oposición por parte de ciertos intereses económicos y otras instancias de gobierno que llevados de una lógica estrictamente de corto plazo, pretenden introducir productos transgénicos, con consecuencias imprevisibles para el medio ambiente y la estabilidad económica.

Por otra parte, no podemos confiar ciegamente en puntos de vista ortodoxos que, como en el caso de algunas iglesias más o menos mayoritarias, defienden entre otras sandeces el crecimiento demográfico al prohibir a sus fieles el empleo de anticonceptivos, o chocan contra las libertades civiles de las personas. Y en esto hay apoyo por parte de ciertos sectores sociales y políticos centrados en el interés de poseer una masa de maniobra grande, subempleada e iliterata que se pueda manipular política y económicamente.

Educarnos para la Desconfianza

¿Nos educamos y educamos en el conocimiento político y económico de estos procesos, de manera que el ejercicio de nuestra libertad sea responsable? ¿Educamos y nos educamos en ciencia y tecnología para poder juzgar y decidir sobre los muchos temas ciudadanos que las implican? ¿Nos educamos y educamos en la identificación, descripción, análisis, comprensión, evaluación y toma de decisiones de cara a los problemas que nuestras sociedades afrontarán y en muchos casos ya afrontan? Y si no lo hacemos, ¿qué deberíamos hacer al respecto?

Linealidad y Puntos Críticos

El educador británico Ken Robinson plantea un hecho educativo interesante: La “linealidad”. Tendemos a considerar los procesos educativos – y muchos más – como “lineales”, al modo de cadenas de producción heredadas de las revoluciones industriales. Dado que los sistemas educativos provienen de las revoluciones industriales, se estructuraron del mismo modo para proporcionar trabajadores a las líneas de producción, presionando en las estructuras psicológicas de los niños y jóvenes para adaptarlos al sistema de producción “lineal”. Es un hecho que la situación en este siglo XXI ha cambiado. La especialización de las labores propia de la línea de producción ha cambiado en profundidad las relaciones sociales y ha desnudado la poca sostenibilidad del modelo “lineal”. De hecho, en la constante búsqueda de la eficiencia y la eficacia, los sistemas administrativos de avanzada incorporan cada vez más conceptos muy alejados de la linealidad. Se “retorna” a paradigmas globales y sistémicos. Se habla de lógicas difusas y paraconsistentes, de economía de crecimiento cero, entre otras muchas cosas. Claro está, hay una inercia arrastrada desde hace 200 y pico de años que amenaza con una detención cuando se alcance algún punto crítico. Como en la vida humana, que se detiene no cuando más del 50 % de los sistemas orgánicos falla, sino cuando se produce un fallo crítico en un 5 o 6 % – como un ataque al corazón o una crisis diabética – y se muere uno dejando la mayor parte del cuerpo sano e intacto pero bien muerto; así también la estructura de la sociedad humana, que es orgánica, en la medida que la conforman seres humanos, está llegando claramente a puntos críticos.

Opciones

¿Qué debe hacer la Educación entonces? ¿Para qué educamos? Mi hija enfrentará estos temas de una u otra manera. Quizá se adaptará a la realidad adoptando un punto de vista derivado del pensamiento mágico que la alejará de la realidad y le dará la ilusión de la inconsciencia y la “felicidad”, aunque sea por un tiempo. O tal vez contribuirá eficazmente desde su espacio y su tiempo a la resolución de los problemas nacionales y globales, labor en la que podría encontrarse su realización personal y algún sentido a la existencia. En un contexto futuro del que tan poco sabemos, y que incluso podría resultar completamente diferente a nuestras “predicciones”, cuál puede ser el sentido de una vida que la Educación tendría que tomar como un paradigma para saber qué va a contribuir a formar.

Felicidad y Sentido de la Vida

Porque un tema que estamos pasando por alto considera que “la felicidad” es importante para las personas, y que se la considera un objetivo vital al que se puede y se debe dedicar todos los esfuerzos. Hay la creencia generalizada que el “sentido de la vida” es ser “feliz”, o alcanzar la “felicidad”. Me detengo un poco aquí. La Felicidad, jaja, como quería una canción de moda y el título de un libro de cuentos de Bryce Echenique. ¿Es el “sentido de la vida” el encontrar “la felicidad”?. Esta es otra de esas reflexiones que no hacemos porque la damos por sentada. ¿En qué diablos consiste eso de ser “feliz”? No lo sabemos, no lo hemos pensado, pero aspiramos a que nuestros hijos lo sean, y a veces consideramos con amargura que la infancia puede ser “el único momento feliz” de nuestras vidas. Hace no tanto tiempo, cuando la expectativa de vida de los seres humanos era de más o menos 30 años, estoy seguro que el período de “felicidad” era la infancia. Pero la humanidad se metió en el chiste de la civilización y el progreso, y la expectativa de vida aumentó, y la infancia ha pasado a ser algo así como una suerte de paraíso perdido que añoramos. El hecho es que nuestros hijos, según tablas actuariales, vivirán tanto o más que nosotros. Puede preverse que una “Educación para la felicidad” puede ser importante. Si es que es real eso que decimos de que nos interesa la felicidad de nuestros hijos.

Realizarse

Algunos asimilan la “felicidad” con la “realización”. No he encontrado mejor definición que ese magnífico chiste de Les Luthiers acerca de que realizarse es trascenderse en el más allá de los hechos hasta alcanzar cierto tipo de equilibrio. El humor lutheriano pone el dedo en la llaga: ¿Qué es eso de trascenderse en el más allá de los hechos, dicho además en el tono más ridículamente serio imaginable de estereotipo de clase de filosofía? ¿Y qué es eso de cierto tipo de equilibrio? Parece una confesión extraordinariamente sarcástica de nuestro propio desconcierto frente al hecho de algo que no sabemos qué es ni de qué hablamos, pero eso sí, deseamos ardientemente que suceda …. . Sin embargo, es cierto que queremos que nuestros hijos se “realicen”, quizá en el sentido de que esperamos que lleguen a ser aquello que quieren ser y tengan “éxito” en el empeño. O quizá que hagan lo que nosotros, que sabemos ya cómo son las cosas …

Nadie pide venir al mundo, pero todos eligen quedarse

Algunos adolescentes sutiles y astutos hacen la declaración rebelde – parece ser la época para ello – de no haber solicitado venir a este mundo. Con lo que nos cargan a los adultos con la responsabilidad de su venida. Es cierto, por supuesto. Nadie pide venir. Y la pregunta suele estar presidida por la convicción subjetiva del joven adolescente de que la vida es un hecho atroz, y que lo sabemos y que no parece haber gran cosa qué hacer al respecto. Por cierto, también sabemos que la vida es dulce y que no nos queremos ir, por lo que tendemos a demorar el momento de la salida a lo más tarde posible. Y vaya si hacemos cosas para demorar el inevitable momento. Pero eso es un punto de vista adulto que no convence a nuestros jóvenes, cuya rebeldía existencial termina canalizada por el medio ambiente hacia el hedonismo y el consumo que nos haga olvidar que nacimos para morirnos. Quizá sea útil plantear la respuesta que yo les di a mis propios manganzones cuando me clavaron la pregunta. Es cierto, y no hay duda, ellos no pidieron venir, pero tampoco se trata de echar culpas, pues muchacho. Claro que el mundo es atroz, pero cuando nosotros, sus padres, llegamos, ya estaba así. Todo el cuento es qué es lo que nosotros los adultos hemos hecho o estamos haciendo para mejorar las cosas. Y aquí es donde me temo que no podemos mostrar grandes logros, como el padre ese que decía a su hijo que le presentaba una libreta que parecía ensangrentada de puros rojos: “A tu edad Napoleón se sacaba 20 en todo”, y la desenfadada respuesta del vástago: “Y a la tuya, emperador de Francia …

Y por otra parte, es cierto que ninguno de nosotros eligió vivir, pero ello no es más que una enorme paradoja porque antes de vivir no podías elegir nada, y por ello nadie escoge o no escoge, porque no puede escoger o no escoger, porque no hay una entidad que pueda elegir. El estar vivo no se “elige”, es un hecho dado en el devenir del universo. Y en eso somos iguales a las plantas y los animales. El estar aquí es una parte de lo que implica el existir en el mundo en sentido general, no es parte de nuestra humanidad. Y si lo creemos es puro antropocentrismo de creer que somos el centro del universo. Y la cara de mis hijos cuando les decía estas cosas oscilaba entre el desconcierto y el “no te entiendo ni papa, papá …”. Pero yo seguí sin misericordia señalando que lo humano, como Albert Camus implicaba, no es elegir venir sino elegir permanecer. Y resulta que, siempre siguiendo a Camus, el suicidio es verdaderamente el único problema filosófico realmente importante. Porque nadie elige venir, pero cada día que no nos suicidamos, elegimos quedarnos acá. Pero eso mejor no se lo digamos a nuestros hijos … . Y además, estoy seguro que se puede decir mucho más al respecto.

Estar contento

Y es que esto de la felicidad no es “estar contento”. Estar contento ocurre si hacemos algo que nos guste particularmente. Un adicto a las drogas, un asesino en serie o un borracho consuetudinario serían, entonces, felices. Tampoco la felicidad es alcanzar la satisfacción de las necesidades, como según parece tendemos a pensar. La famosa historia de la camisa del hombre feliz nos muestra que el problema de las necesidades, como saben los teóricos de la economía, es que son infinitas, y se suceden unas a otras. Y sin embargo, como decía Woody Allen, el dinero no hace la felicidad, pero qué bien la imita … pero la posesión de dinero y el consumo desaforado y hedonista que parece ser el modelo social predominante no nos proporciona felicidad sino inconsciencia. Y en la actualidad el modelo es que la inconsciencia de la farra es sinónimo de felicidad. Pero es fácil constatar que se sufre en todas las clases sociales, en todos los colores y diseños que la humanidad presenta.

Condiciones de la Felicidad

El decir que somos “felices” tendría que resolver dos problemas, al menos. Uno es el problema de mi identidad en medio de una sociedad y de un mundo, porque no vivimos solos y mucho de lo que nos hace felices corresponde a intercambios sociales. Y el otro es el de la consciencia individual del yo en el mundo, porque no estoy seguro que una persona que no sabe que está allí podrá experimentar la felicidad. O. de hecho, cualquier cosa.

Esta segunda parte del artículo me sale larga otra vez. Me temo que una tercera parte será inevitable. También Viene: ¿Es el objetivo de la educación ser felices o lograr el éxito económico? ¿Qué tiene que ver acá la Educación en Valores? ¿Será posible revertir el cross-over, por lo menos antes de las elecciones peruanas? ¿Qué podrá contar más en la Educación: Lectura, Valores, Ciencias, Matemáticas, Música, Artes, Humanidades, Educación Física?

Todo esto, en la continuación, si todo sale bien.