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martes, 10 de diciembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 68 - HISTORIADORES ROMANOS

CRÓNICAS DE LECTURAS – 68
Historiadores Romanos

I
La Historia y la Roma de la Edad de Oro

Se supone que el Imperio Romano epitomiza y resume toda la Edad Antigua en un solo estado universal que terminará por abarcar políticamente la mayor parte de la Geografía de las civilizaciones del mundo. Y esto que acabo de decir, que es la creencia que todo el mundo tiene hoy en Occidente, corrobora una idea que me ronda hace mucho y que refiero a la letra de una canción de moda: Johnny, la gente está muy loca. Si yuxtaponemos el mapa del Imperio Romano al del Imperio de Alejandro Magno, vemos que fuera del Imperio Romano hay inmensos territorios, como Persia (actual Irán) que fue Imperio mucho antes que Roma y que los romanos nunca conquistaron, sólo Alejandro Magno lo retuvo completo y no por mucho tiempo. Mesopotamia fue ocupada un rato. Y más allá la India, Tibet, Ceilán, Camboja, Viet, Sillá, China y Japón indican que Roma no jugaba sola entonces, ni hoy los Estados Unidos. Pero tanto romanos como estadounidenses presentan una exagerada autoestima que conduce a la xenófoba tendencia a contemplar el propio ombligo como eje del mundo, dejando al resto de comparsa de su “destino manifiesto”. La historia de la cultura artística y literaria de Roma suele dividirse extrañamente en edades de oro, plata y hierro, presentando así una cierta imperial obsesión con la Decadencia. Obras de ficción como El Señor de los Anillos dejan un análogo tufillo a Nostalgia del Apogeo muy Edad Media, y que en el Renacimiento y la Reforma estallarán en antipatías religiosas y culturales.

En todo caso, la Roma que el Emperador Adriano calificó de Eterna no se quedó en Roma. Como un espíritu acosado por los bárbaros, Roma se fugó con las familias y grupos que abandonaban los bienes  y dejaban atrás la permanencia. Mediolanum (Milán) y Rávena le robaron el mando político, en el arte y la literatura la fuga fue hacia Bizancio / Constantinopla. Cuando en las últimas décadas del siglo V d.C. los Hérulos se levantaron lo poco que dejaron godos y vándalos, el analfabeto Odoacro remite las insignias imperiales a Constantinopla. El Imperio del mundo le quedaba grande a la desastrada urbe, Constantinopla devino Segunda Roma, aunque eventualmente también decayó. Estoy seguro que los historiadores cargan las tintas a la derrota de 1453 porque ganó el Turco musulmán, que haría de la Ciudad de Constantino la Sublime Puerta (Estambul) a Oriente. Se barrió bajo la alfombra el saqueo de 1204 por los cristianísimos cruzados, cuyo entusiasmo y sapiencia devastadora dio lecciones a Godos, Vándalos, Hérulos, Mongoles y Otomanos. Tal vez por ello el Espíritu de Roma no fugó a París, Londres, Berlín, Nueva York, o a la Roma Católica revivida; sino hacia un Moscú quizá más primitivo pero más seguro.

Así perduró el espíritu de Roma, y si a Grecia se le debe la Ciencia, la Lógica y la  Democracia; a Roma se le debe el estado, las leyes y el orden jurídico. En frase feliz de Marguerite Yourcenar, Roma veló sobre el Dios desarmado, mientras pudo. Una idea sustancial romana es la del Poder, para entenderla hay que ir hasta el momento en que los dos gemelos ahítos de leche de loba marcaron el destino del mundo sobre las Siete Colinas. Guste o no, hay que reconocer a Numa Pompilio y Evandro, a Virgilio y Lucano y al griego romanizado Polibio; a Catón el Censor y Marco Tulio Cicerón; a Lucrecio, Catulo y los historiadores Tito Livio y Cayo Crispo Salustio, a Publio Virgilio Marón, a Suetonio y Tácito; y a Cayo Julio César, Octavio César Augusto y Cayo Petronio, cuando menos. Los romanos copiaron los modelos de Grecia en Filosofía, Retórica, Oratoria, Literatura, Poesía e Historia, y al adaptarlos los universalizaron sin saberlo. Tito Livio inicia la cosa, y es tal vez el “menos griego” de todos, pero asume el viaje de Eneas – tal como lo narrará Publio Virgilio Marón - como inicio mítico de la Historia Romana, con lo que empata a Roma con la Troya Heroica de Príamo, Eneas y Héctor. Cayo Julio César es historiador de sí mismo, talentoso y excelente manipulador del idioma y del pueblo, salvando las distancias parece un Herodoto romano. Y Salustio resiste bien la comparación con Tucídides, aunque sea un partisano y la objetividad no signifique gran cosa para él.                 

II
Tito Livio y Las Décadas (Ab Urbe Condita libri)

A mí siempre me ha gustado Tito Livio (59 a C – 17 d C), porque lo que él hace en las Décadas es lo que la Historia debería ser siempre cuando uno es niño: Un conjunto de cuentitos dirigido a mejorar nuestra autoestima como comunidad, y ojo que sirvió así no solamente en la Roma Imperial sino en la Italia del Quattrocento y hasta la del Risorgimento. Cine Cittá se apropió de sus relatos para filmar decenas de películas de bajo presupuesto en blanco y negro o a todo color. Todo esto para estatuir que aunque Roma no fue como Tito Livio dijo que fue, lo importante no es la fidelidad a los hechos (a quien le importa eso), sino que todos se creyeron los cuentos edificantes de Tito Livio, hasta el propio Tito Livio. Ab urbe conditia libri (“Desde la fundación de la ciudad”) es el nombre con que se conoce a esta obra monumental, de la que se conservan solo 35 de sus 142 libros. Empieza con el desembarco del príncipe troyano Eneas en la desembocadura del Tíber, y la fundación de la ciudad de Roma por los gemelos de la loba, Rómulo y Remo. La calidad literaria de la obra y su fiabilidad en las partes claramente no legendarias están corroboradas con otras fuentes - grandes secciones de la obra pueden ser utilizadas como fuente histórica sin remordimientos, por claro que sea que la intención del autor es glorificar a Roma y a los romanos. No otra función tienen las historias que conocemos básicamente por él, aunque las tome de Polibio, Catón el Viejo y otros: La leyenda de Rómulo y Remo, el rapto de las sabinas, el combate de los Tres Horacios y los Tres Curiacios, la defensa del puente por Horacio Cocles, la mano quemada de Mucio Escévola, el Vae Victis! de Breno, la violación de Lucrecia, la instauración de la República, etcétera.

Lo más interesante de Ab Urbe Condita Libri no es entonces la información histórica que conforme va más atrás basa en fuentes cada vez más legendarias, sino la pretensión y la intención de Tito Livio al escribirla. Tito Livio empieza su gran obra aproximadamente donde la deja su contemporáneo – igual de protegido por el estado - el poeta Publio Virgilio Marón en La Eneida. La historia científica es relativamente nueva, la narrativa histórica a veces simplemente continúa el relato de los mitos, erigiendo una sencilla superestructura ideológica para consumo de las masas que las clases dirigentes fomentan e imponen a toda la sociedad, en función de sus objetivos. Se plantea un cierto deber ser a través de la Historia, los historiadores son siempre moralistas, gústeles o no, sépanlo o no. Los personajes y los hechos del pasado se narran como paradigmas para consumo de los contemporáneos. Presentan y representan opinión, estado mental, corriente o ideología; antes que dirigirla. Tito Livio la tenía muy clara, pues cuando llega a tiempos históricos de los que cuenta con fuentes, empleará un libro para contar lo que pasó en un año, y eso aunque en los primeros diez libros abarque más de cinco siglos de “historia romana”. En sus frases de tono moralista se nota la intención de plantear un ser-romano particular, funcional al Estado Imperial que asoma en el horizonte: La ley es sorda e inexorable, incapaz de ablandamiento ni de benignidad; La verdad puede eclipsarse pero no extinguirse; Ningún favor produce una gratitud menos permanente que el don de la libertad especialmente entre aquellos pueblos que están dispuestos a hacer mal uso de ella (Dardo contra los no romanos); Para un buen general, la  muerte no tiene importancia; Por los hechos, no por las palabras, se han de apreciar los amigos. Nótese como se va marcando un estereotipo del carácter romano deseable para el Imperio en ciernes, sostenido en las virtudes republicanas más convenientes, y morigerando otras para prevenirle problemas al recientemente advenido princeps. No fue Tito Livio, por otra parte, incondicional del César Augusto, más bien un crítico benévolo y amistoso. Es decir más útil todavía, porque los sobones abundan, no así los críticos equilibrados e inteligentes.  

Puedes encontrar esta obra capital de Tito Livio en el enlace: https://sites.google.com/site/adduartes/tito-livio

III
Cayo Julio César y Comentarios de la Guerra de las Galias (De Bello Gallico)

Pasa con Julio César lo que pasa con todos los grandes personajes históricos, que además de ser escriturados son elevados a leyenda, y llegan así a ser no solamente conocidos, sino ad-mirados, es decir, presentados como ejemplo o paradigma de un cierto deber-ser. Los juicios apreciativos de la Historia tienden a ser lapidarios en positivo: Julio César, dícese, es uno de los Tres Grandes Capitanes de la historia, con Alejandro Magno y Napoleón Bonaparte, lo que parece ser muy importante. Yo discrepo en la valoración moral de este hecho: Me parece a mí – escandalizaré con esta opinión y me importa un comino – que el desconocido inventor del papel higiénico (¿Dónde andará su monumento?) o el Capitán US Army Doctor Walter Reed y los valientes soldados que se inocularon gérmenes en interés de la ciencia y por el bien de la humanidad hicieron muchísimo más que los tales Grandes Capitanes y para el caso todos los otros que queramos juntar. Asesinar más gente durante más tiempo, con mayor eficiencia y a menor costo, no me parece sea un logro como para enorgullecerse y registrarlo con bombos y platillos en los anales de la Historia. Juicios de mejor equilibrio aprecian la obra positiva de estos Tres y colocan el tema militar en su contexto: La Gran Biblioteca de Alejandría, la pax romana y el Código Napoleónico me resultan más potables que las montañas de cadáveres de Arbela, Alesia o Austerlitz. Pero por alguna razón genética, los seres humanos encontramos satisfacción en la conducta guerrera, y en glorificar a los mayores carniceros. Sorprende un tanto que estos Tres Grandes Capitanes formen un club del que se excluye a Genghis Khan, Timur Lenk, Tchaka, José Stalin o Adolfo Hitler. Puede atribuirse al hecho de que Occidente se ve a sí mismo con cierta complacencia y está dispuesto a perdonar los cadáveres que no le perdona a esos otros, hijos extraños o rechazados. Que Napoleón sea igualado a Hitler como Anticristo en la hechiza y mítica Historiografía de Nostradamus, por ejemplo, indica el origen reaccionario y nostálgico de esa historiografía.

Hecha la crítica al concepto, vayamos al hombre: La dominante y extraordinaria personalidad de Cayo Julio César, historiador de sí mismo como el heleno Jenofonte; excepcional estadista por donde se le vea; magnífico general – he de decir que para mí un buen general es el que economiza la sangre, no el que la derrocha; el que combate a pesar suyo para obtener resultados tangibles y no por prurito; el que protege a sus muchachos -; y gran escritor en los géneros lírico, dramático y científico, aunque mucho de su obra se haya perdido. Tal como el Académico Napoleón Bonaparte o el aristotélico Alejandro Magno, no despreciaba las Bellas Artes ni las Ciencias Exactas, y eso habla del hombre. Su estilo es intencionadamente sobrio, le basta mostrar lo que quiere y no extrema demasiado la expresión, trata siempre de ser preciso en lo que dice, en eso es maestro de historiadores, no le faltan ni le sobran palabras:  … aunque nadie dudaba que se trataba de tomar las armas contra César, con todo eso determinó éste sufrirlo todo mientras le quedaba alguna esperanza de disputar sus derechos en justicia antes que romper la guerra. Pidió César al Senado que Pompeyo renunciase al poder, prometiendo imitarle; de lo contrario, añadió, César sabrá mantenerse digno de él y defenderá a su patria. Así terminan los Comentarios de la Guerra de las Galias, casi como prometiendo que ya llega y ya viene la Segunda parte del cuento en los Comentarios de la Guerra Civil (De Bello Civile), que empiezan en donde se quedó en las Galias. Posee talento en el ejercicio del agudo sentido teatral de los políticos, como además un proverbial dominio del latín, por lo que su obra se ha empleado muchísimo a lo largo de los siglos para enseñarlo.
Encontrarás el libro en: http://www.ricardocosta.com/sites/default/files/pdfs/julio_cesar_-_la_guerra_de_las_galias_0.pdf

IV
Cayo Crispo Salustio y La Guerra de Yugurta

La primera pregunta que me harían los expertos, y con razón, es por qué elijo a Salustio cuando andan por ahí sueltos Suetonio y Tácito e incluso Polibio. A mí me gustan más aquellos que Salustio, pero como trato de mantener un criterio más o menos objetivo, no basado en exclusiva en mi preferencia, acudo al criterio de lo contemporáneo:. Cayo Crispo Salustio (86 – 34 a.C.) corresponde más o menos a la llamada Edad de Oro inmediatamente pre-imperial, con Julio César y Tito Livio, y eso tiene alguna significancia. Además Suetonio y Tácito están centrados en lo que ven como decadencia imperial, no en la expansión y apogeo que la agresiva Roma republicana está obteniendo. Y en cuanto a Polibio, narra lo mismo que el mencionado Tito Livio, y toda repetición es una ofensa. Tiene Salustio en común con los mencionados la crítica acerba de las costumbres, en cuya descomposición ve la causa del colapso de la República, particularmente en el tema de la corrupción. Uno se lee la interesante Guerra de Yugurta y por momentos parece que debería titularse: De cómo Yugurta casi derrotó a Roma sobornando senadores y funcionarios. Da la sensación que Roma era una inmensa casa de pignoración donde todo se compraba y se vendía al mejor postor y cada cual tenía su precio publicado en catálogo. Ni más ni menos que ahora. Por lo que sabemos Salustio algo debía saber del asunto, pues parece que participaba con grande y activo entusiasmo de la debacle moral imperante, de la que se queja amargamente pero de la que se beneficia a manos llenas. Es posible que en su obra tratara de sembrar, como hacen los corruptos a modo de estrategia, un bosque en donde esconder su propio árbol de sí mismo y del resto. Todos creemos actuar con la mejor de las intenciones, o por lo menos sabemos cubrir con mayor o menor talento nuestras huellas. Salustio fue experto en las técnicas del saqueo organizado que los romanos llamaban “gobernar una provincia”, y precisamente le tocó la Numidia sobre la que escribe. Desde antes había practicado el arte de la malversación de fondos públicos como cuestor, pretor y tribuno de la plebe, no se explica de otro modo esa furia moralizadora que en verdad plantea de modo tan vociferante como inconsistente. Tal vez habían prescrito sus delitos de corrupción, y el único tribunal ante el que le faltaba descargarse era el Tribunal de la Historia, y no es el primero ni será el último que despotricará contra la corrupción habiendo sido él mismo un ejemplo vivo de ella.

Claro que nada de esto tiene que ver con su desempeño como historiador, en donde alcanza calidad en la expresión de ideas y la exposición de hechos. Su manera de expresarse se basa en una cortante y algo nerviosa concisión y el empleo arcaizante de los tiempos de verbo en latín, que en la traducción castellana es un a veces angustioso tiempo presente. Este calculado estilo no fue constante en su producción, en su anterior Conjuración de Catilina había sentido de cuando en cuando la necesidad de largas digresiones para explicar hechos de la historia romana que supone sus lectores no tienen presente, o transcribir largas secciones de discursos para remachar ideas. Pero ya tiene oficio al escribir la Guerra de Yugurta, en especial en el detalle con que describe la geografía africana, la física como la climática y la humana, que como hemos dicho conocía de primera mano al haber gobernado aquella provincia Senatus populusque romanus, en nombre del Senado y del Pueblo de Roma. Aprovechó bien su estancia en recoger la información necesaria que luego convertiría en Historia. Desfilan por sus páginas el propio Yugurta y los romanos Metelo, Mario, Sila, Catón y otros; y el desempeño de cada cual en la guerra de Yugurta termina en el anuncio que Yugurta era traído a Roma encadenado, y Mario celebró su triunfo con gran solemnidad en las calendas de Enero. Y desde entonces todo el poder, toda la esperanza de la República parecían vinculados a su persona.

Podemos hallar La Guerra de Yugurta y también La Conjuración de Catilina en:   http://www.dominiopublico.gov.br/pesquisa/PesquisaObraForm.do?select_action=&co_autor=2068

V
Colofón

Y hasta aquí Roma. Podremos eventualmente hacer una o dos Crónicas más sobre Roma, pero ya no serán inmediatas, pues sentimos que en esto vamos cumpliendo. Trataremos luego de acercarnos algo más a la literatura romana en su conjunto. Entre tanto, punto.

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miércoles, 27 de julio de 2011

28 DE JULIO: HERÁLDICA CÍVICA

28 DE JULIO: 
HERÁLDICA CÍVICA

“… esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel…” (Jorge Basadre)


La Historia es el proceso de lo que cambia y lo que permanece. En un momento de la historia humana donde lo único permanente parece ser el cambio, siempre vale la pena volver a lo que de alguna manera siempre está con nosotros, como lo estuvo con nuestros padres, abuelos y ancestros, aún los más remotos. Si bien lo que hoy llamamos Perú tiene corta Historia, este 28 de Julio nos acercamos un poco más a nuestro bicentenario como nación independiente y republicana, y nos damos cuenta que nuestro país y sus antecedentes son una de esas realidades a la que estamos adscritos, queramos o no, por el mero hecho existencial de haber nacido aquí. Algunos aman al Perú con locura, otros – terrible es decirlo - lo odian con fanatismo. Hay patriotas, no-patriotas y antipatriotas de todas menas y calibres. Y me he encontrado tratando de escribir esto, con la sensación de que hay demasiado qué decir, o tal vez demasiado poco.

Entonces me acordé de un texto de Don Jorge Basadre Grohman, Historiador de la República, referido a la Heráldica Cívica, y parte de su monumental Historia de la República. Nuestra Fiesta Nacional, adornada de los colores rojo y blanco, se merece bastante más que mi modesta pluma. Por ello, le cedo la palabra al ilustre republicano:


Así quedaron fijadas las armas y la bandera de la República. Ellas simbolizaron una historia cuyo curso ningún desgarramiento, ningún infortunio, ninguna opresión pudieron hasta ahora, torcer o cortar. Acompañaron a la patria en jornadas de triunfo y de aflicción: Socabaya y Yungay, Ingavi y Montoni, Tarqui y Mapasingue, San Juan y Tarapacá, Miraflores y Concepción, Huamachuco y el Callao. Flotaron sobre el fragor y el polvo de las batallas, el parsimonioso ritualismo de las ceremonias, la sabrosa alegría de las fiestas populares, el tremendo oleaje de las muchedumbres.


Cinta en la guitarra criolla, escarapela en el uniforme escolar, faja en el indio de frontera, cadeneta en la vivienda humilde, condecoración en el pecho militar, adorno en el automóvil, el camión o el aeroplano que pasan por los desiertos, ríos, montañas y selvas y bordean precipicios, sello de identificación en la banda presidencial y en las insignias de magistrados y rectores de universidades. Dan sombra permanente, invisible y común a lugares y sitios que debieran ser de peregrinación como Machupicchu, el Coricancha, Sacsayhuamán, Paracas, Chavín, Chanchán, Pachacámac, Cajamarca, el balcón de Huaura, el árbol de Pativilca, la pampa de Junín, el Cóndorcunca, el Real Felipe, el cerro de Acuchimay y la casa en la que se decretó en Ayacucho la abolición del tributo y en Huancayo la abolición de la esclavitud, el istmo de Ftzcarrald, Paucartambo, de donde salió para su última expedición Faustino Maldonado, el Alto de la Alianza, la casa de Bolognesi en Arica, Huamachuco, Zarumilla, los reductos de Miraflores.


Han llegado a ser como el retrato de esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel, donde están desde hace siglos esparcidos innumerables ruinas, chulpas y huacas y yacen todavía grandes riquezas inexplotadas y en cuyos paisajes y en cuya historia y en cuya existencia colectiva hay cumbres y hay abismos.


Enlazan la majestad imperial del Cusco y el señorío de Trujillo, las rebeldías cívicas de Arequipa y el heroísmo incontrastable de Tacna durante cincuenta años de ocupación, las ciudades embozadas en la magia de rica solera como Huancavelica, Huánuco, Ayacucho o Moquegua y las ciudades que se desarrollan rápidamente como hoy Chimbote, Ilo, Tarapoto, Huancayo o Chiclayo, las comarcas abiertas ya a la riqueza como Cerro de Pasco, Talara, Morococha, Toquepala, el Santa, Marcona o Acarí y las otras que el esfuerzo y la técnica van a ungir, las minorías de cultura cosmopolita y las masas urbanas o rurales que necesitan urgentemente elevar su nivel de vida.


Envuelven o deben envolver, por igual, a mestizos, indios, blancos, a los de otras razas y también a todos los que vengan a contribuir honestamente al quehacer nacional. Hacen más vibrantes las notas del Somos Libres y el Ataque de Uchumayo y algo de ellas alienta en la zamacueca y el huayno, el tondero y el yaraví, el festejo y la muliza tarmeña, el vals criollo, las danzas de los diablillos y de las pallas, de las chonguinadas de huancayo y de los Avelinos. Dan un sabor especial al pisco y a la algarrobina, a la coca y al café, al maíz y a la quinua, a la papa amarilla y a la chirimoya, al ají y a la chicha que puede ser de reír, de llorar, de pelear o de amar.


Otorgan un hechizo común al mate huancaíno, al sombrero de Catacaos, a la piedra de Huamanga, al “torito” de Pucará, al caballo de los “morochucos” y al bastón plateado de los alcaldes indígenas.

Podrían estar adornadas permanentemente por ramas, hojas o flores de plantas o árboles como la cantuta y la puya raimondi, que fue la especie vegetal más bella que encontró el naturalista, el algodonal, el algarrobo y el caucho, el amancae, la orquídea y la victoria regia, las lomas, cuya húmeda y abigarrada vegetación aparece en ciertos cerros de la costa fecundados durante algunos meses por las lloviznas o garúas y el ichu que, con la árnica, la tola y otras yerbas pajizas, forman la flora de las jalcas, el magüey en otras partes es llamado el árbol del Perú y el quiñual, árbol de las regiones situadas a más de tres mil metros de altura, el chachacomo de la sierra, de oscura copa en cuyos troncos el corte de hacha deja heridas de un rojo impresionante y la ceiba costeña, de grueso tronco con piel verde y ramas horizontales dirigidas en distintos sentidos como si fueran brazos.


El rojo, blanco y rojo verticales, nítidos como una cifra, pintorescos como un cuadro, emocionantes como un poema, hondos como una oración y más subyugantes aún bajo el frío de extranjeros cielos, son, en suma, sobre lomas y valles, barrancos y quebradas, palacios y chozas, batallones y navíos, muchedumbres y paisajes, cadáveres y niños, la esencia o la emanación del Perú.


Desmán condenable del diputado, del gamonal, del poderoso grande o pequeño, del alto o el menudo funcionario; enriquecimiento ilícito del que comete impunemente peculado, oratoria vacía y vana del que, en sus adentros, se ríe de sus frases comunes como sendas por cualquiera transitadas, ocio costoso del diplomático inútil, negligencia o rutina del burócrata mezquino en daño o en desmedro del derecho claro o del interés legítimo, intriga sórdida de las camarillas, egoísmo ciego de las oligarquías, conculcación mendaz de los derechos del pueblo y del ciudadano, calumnia vil en el pasquín y en el corrillo que quienes a sí mismos se llaman caballeros suelen sugerir o amparar, envidia tenaz, decidida a hundir o a manchar a la capacidad y al mérito, arrastrarse en las cadenas o enfurecerse en los tumultos, frenesí destructor de las turbas irresponsables, indiferencias, hostilidad y desprecio ante los que pueden o deben ascender legítimamente desde un nivel demasiado bajo. A nada de esto vino a ayudar o a proteger la patria, de la cual son emblema tangible sus armas y su pabellón que, sin embargo, muchos utilizaron para su propio beneficio. Todo eso, en lo que tenga de anormal o desmesurado, se halla contradicho y negado en principio por la razón de ser de la República, por la justificación del Perú independiente, entendido como morada donde se lleve una vida libre, justa, estable, de acuerdo con la bella esperanza, la amplia promesa, la misión y el destino altísimo entrevistos por quienes crearon y fecundaron nuestra libre existencia en común.


¡¡FELICES FIESTAS PATRIAS!!

martes, 26 de julio de 2011

HABEMUS GABINETE


"No hace falta un gobierno perfecto; se necesita uno que sea práctico." (Aristóteles)


Tras idas y tornas y bastante de especulación, por fin habemus gabinete. Vale la pena que hablemos un poco de Ciencia Política, y de las estructuras y coyunturas que determinan un gabinete.

El Presidente

Nuestro orden constitucional y legislación actuales al respecto provienen de una larga tradición iniciada en la época del Mariscal Ramón Castilla, evolucionada desde allí a través de nuestras sucesivas constituciones. Tras varios intentos fallidos al principio de la República, nos encaminamos hacia un Ejecutivo fuerte. Así, nuestra tradición republicana es común a la de las Repúblicas Presidenciales, como Francia y en Estados Unidos, donde el Presidente de la República es a la vez Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. Si comparamos el cargo con los cargos homólogos de una Monarquía Constitucional – caso España o Inglaterra – o de una República Parlamentaria – como Israel o Alemania –, notaremos en primer lugar que los Reyes Constitucionales o los Presidentes de regímenes parlamentarios son figuras bastante bonitas y decorativas, representantes de su Nación, de poder político bastante limitado, y cuya principal función parece ser sonreír mucho para las cámaras. No es el caso del Perú. El Presidente, como Jefe de Gobierno, es el responsable máximo de todo; y como Jefe de Estado es el representante de la Nación, y por esa razón nuestras leyes le dan harto poder y responsabilidad, y también mecanismos de protección para mantener la gobernabilidad. Sin embargo, y aunque le parezca mentira a muchos, el poder del Presidente del Perú es menor que el de sus homólogos francés o estadounidense. Ello es porque nuestro sistema, temeroso de entregar tanto poder a una sola persona, trató de integrar controles parlamentarios y un conjunto de checks and balances. Uno de los aspectos donde esto es más notable se da precisamente en el Gabinete.

El Primer Ministro

El Primer Ministro es en realidad el que preside el Consejo de Ministros. Se le llamó incorrectamente Premier, por cierta semejanza con la misma figura política de la Tercera República Francesa, aunque es una denominación que va cayendo en desuso. En nuestro orden constitucional surge cuando Ramón Castilla considera conveniente separar a un Ministro entre varios para que le coordine las reuniones. De ahí en adelante el puesto se quedó y terminó por ser consagrado en las diversas constituciones. El Primer Ministro, teóricamente al menos, es convocado por el Presidente para que le proponga a los encargados de las diversas carteras, y coordine los Consejos de Ministros. Con el tiempo se le añadieron ciertas atribuciones y funciones. Pero Siomi Lerner no es un Jefe de Gobierno. Esa atribución la tiene el Presidente de la República, que por ello rubrica los dispositivos legales junto a los Ministros. Vale decir, aunque Siomi tiene poder directo en algunos aspectos, su puesto es exactamente lo que dice: presidente del Gabinete. Casi podríamos decir que su única atribución real será la de hablar primero. Pero el hecho de que Siomi proponga y Ollanta nombre nos da una idea de su real peso político. En la práctica, el Jefe de Estado y de Gobierno – Ollanta Humala - coordina con una persona a quien invita y nombra primer ministro. Toda la representatividad del Primer Ministro proviene de la del Presidente de la República. Vale decir, el Presidente le otorga la confianza para que ejerza las funciones que le son propias.

Los Ministros

En los Estados Unidos no hay Ministros, hay Secretarios, y la diferencia es notable. En un régimen presidencial neto la responsabilidad general de todo recae en el Presidente, no en sus ayudantes, que el Presidente pone y saca a su antojo. Por eso no son Ministros, sino simples Secretarios, aunque de hecho detenten gran poder. No es nuestro caso. El Ministro de Estado en el Perú, propuesto por el Primer Ministro, y al que el Presidente otorga su confianza para que ejecute unas políticas determinadas, posee una autonomía que no tienen los Secretarios. Indudablemente el Presidente nombrará a aquellos que le merezcan más confianza para la ejecución de sus Planes, lo que quiere decir que elegirá a los que vea por conveniente para lograr determinados objetivos políticos. De este acuerdo fundamental surge el Gabinete.

El Gabinete

El término “Gabinete” se refiere en Política al conjunto de personal de confianza encargados de diversas tareas. Muchos funcionarios poseen un gabinete. Conducir la nave del estado no es algo que el Presidente pueda hacer él solo. La Constitución y las Leyes le proveen por ende de estos auxiliares, personal de confianza, pero no Secretarios. Y como no son Secretarios, en realidad co-gobiernan con el Presidente. Aclaremos el punto: Si en un Consejo de Ministros el Presidente manifestara el deseo de emitir una norma o ejecutar una política con la que uno o varios Ministros no estén de acuerdo, éstos pueden y deben manifestar su desacuerdo, y por supuesto tratar de convencer al Presidente, y éste a ellos. Hay dos opciones posibles, y no más: O el Presidente llega a un acuerdo con sus Ministros, o no. Los Ministros en desacuerdo pueden recurrir a la renuncia, si el asunto se considera justificado. Y en ese caso, se dirá que el gabinete entra en “crisis”. No es la única manera en que entra en crisis, por supuesto. Pero de hecho la renuncia, o la amenaza de renuncia, es una presión que un Ministro, algunos de ellos, o el Gabinete en pleno, pueden poner sobre la mesa en caso que el Presidente a su entender se descantille. Es una cuestión de confianza. Se podría llegar al caso que si hay desacuerdo de base con el Presidente, éste “pierda” la confianza en sus Ministros, y por ende, se convoque a otros que sí gozaran de esa confianza.

Ha habido casos. En la historia reciente de nuestro país destacan la digna renuncia de una Ministra cuando se produjo el tema de Bagua, o la renuncia en pleno del Gabinete de los Heros cuando Fujimori dio el autogolpe del 5 de Abril. En el primer caso, se manifestó la imposibilidad de permanecer en el gabinete de un gobierno que actuaba de un modo con el que la Ministra renunciante no estaba de acuerdo. En el segundo, la medida política tomada por Fujimori llevaba a una situación política que el gabinete no consideraba deseable. También puede verse desde el otro lado: El Ministro, o el Gabinete, renuncian para darle libertad al Presidente en la ejecución de sus políticas. No olvidemos que es el Presidente el Jefe del Gobierno, no el Primer Ministro.

Otro caso interesante se produjo a raíz de la renuncia de Fujimori a la Presidencia de la República por Fax. El Gabinete Salas tomó posición repudiando el hecho y permaneciendo en sus puestos hasta que el Congreso proveyó nuevo Presidente, que fue Valentín Paniagua, y ante él renunciaron a sus cargos. Se ve aquí la voluntad del Consejo de Ministros de no dejar al Perú sin gobierno durante aquellos difíciles días.

¿Puede entonces un Ministro, digamos el de Economía, presionar al Presidente en función de una u otra política? Puede, por supuesto. Si al Presidente se le ocurriera, como a Alan en su primer gobierno, estatizar la banca, con seguridad el Ministro renunciaría tras manifestar su absoluto desacuerdo. Y ello traería consecuencias políticas de grandes proporciones. Notemos que llegar a este punto significa el harakiri del Ministro, y que previamente habrá conversa. Esto constituiría al Consejo de Ministros como un interesante espacio de concertación.

Gabinete y Congreso

Como el Presidente es Jefe de Estado, a la vez que Jefe de Gobierno, la Constitución y las Leyes lo protegen. En un régimen presidencial neto, la relación entre los Secretarios y el Congreso es muy limitada. El Congreso de Estados Unidos no puede tumbarse un Secretario, a lo más puede invitarlo a comisiones o al pleno para insultarlo a conciencia, pero tumbarlo, naranjas. Si el Congreso USA quisiera realmente cambiar las políticas tendría que volarse al Presidente, y eso es casi imposible. Nótese cuánto poder le da esta situación al Presidente de los Estados Unidos, que inclusive ha sido llamado en teoría un “Rey por Cuatro Años”. Naturalmente los checks and balances en un país federal son muy distintos a los que se dan en un régimen unitario como el nuestro. En Francia, república unitaria, suele darse que las elecciones complementarias a la Asamblea Nacional Francesa cambie la correlación parlamentaria, y la Oposición domine el Legislativo. En tal caso, los franceses tratan de mantener el equilibrio político imponiendo al Presidente el nombramiento de un Primer Ministro proveniente de la oposición. A esto los franceses le llaman, con romántico gracejo, la “cohabitación” o “concubinato”.

En nuestro país las relaciones entre el Gabinete y el Congreso siempre han sido complicadas. Las diversas Constituciones y Leyes tratan de mantener el equilibrio de modo que no se rompa el orden constitucional y el Ejecutivo pueda hacer gobierno. El Gabinete que goza de la confianza del Presidente, debe ahora solicitar la confianza de la representación nacional, expresada en el Congreso. Vale decir, se presenta a sí mismo y a sus planes; y el Congreso le otorga la confianza, o no. Si aprueba, adelante; y si no, el Presidente Ollanta deberá empezar de nuevo todo el proceso. Esto depende de la composición partidaria en el Congreso. Es obvio que cuando un Partido solo no posee la mayoría, tendrá que aliarse o asociarse con otro u otros. Esto es muy común en los regímenes parlamentarios, pero en nuestro país como que no está tan bien visto. Por desgracia tenemos historia atrás que nos señala lo difícil que puede ser para el Ejecutivo gobernar sin el Congreso. La Constitución de 1933, por ejemplo, establecía la obligatoriedad de la renuncia del Gabinete en el caso de que algún Ministro fuera interpelado y el Congreso le quitara la confianza. Al Presidente Bustamante (1945-1948) lo torpedearon empleando inclusive el quórum parlamentario y dejándolo sin Congreso, es decir, sin leyes, y así le pavimentaron el golpe de estado a Odría. Tras un interregno dictatorial y otro más o menos democrático, la Coalición Apra-Odriístas voló muchos Ministros durante el primer gobierno de Belaúnde (1963-1968), a veces por pretextos bastante tontos. Y hubo otro golpe de estado pavimentado por la incapacidad de gobernar el Ejecutivo, acosado por un Congreso atrabiliario y canibalesco. El golpe del 5 de Abril se justificó en el negativo accionar del Congreso. Un Ejecutivo necesita cancha para gobernar y no puede estar parchando gabinete a cada rato. Las Constituciones de 1979 y 1993 tomaron este aspecto en cuenta, introduciendo algunos mecanismos que hicieran más fácil la convivencia entre Legislativo y Ejecutivo. Hoy en día hay más límites al respecto de lo que el Congreso puede hacer, y más atribuciones presidenciales, incluso la de disolver legalmente el Congreso si éste le volara dos gabinetes, con límites temporales. Y eso el Congreso lo sabe.

De aquí que el acuerdo de gobernabilidad de Gana Perú con Perú Posible sea muy importante, en el caso de que una oposición rastrera y antropófaga quisiera desestabilizar las posibilidades de gobierno del Ejecutivo. Menos mal no es tradicional que se empiece un gobierno con una declaración de guerra, y cuando esto ha pasado en otras latitudes, ha sido preludio de conflictos graves entre Ejecutivo y Parlamento. El canibalismo político por lo general espera un poco antes de desatarse. Sin embargo, resulta difícil en este momento hacer profecía. La composición del gabinete de Lerner y Ollanta resulta una suerte de empate técnico, destinado a tranquilizar al respetable señalando con claridad que no nos vamos a una farra, y que no habrán sorpresas. De hecho respeta el juramento hecho por Ollanta Humala en momentos electorales.

28 de Julio y después

¿Qué le espera a este gabinete a partir del 28 de Julio? Parece claro que se gobernará con cuidado, dejando a cada cual que haga lo que sabe hacer, y en este aspecto debemos decir que nos parece que este Gabinete tiene futuro, en la medida que los previsibles choques entre lo que se quiere hacer con el pago de las facturas que generará tendrán como árbitro al Presidente de la República. Cabe una felicitación al que según parece ha orquestado un Gabinete de Reconciliación Nacional, a Siomi Lerner, porque juntar en la misma mesa a Francisco Eguiguren, Kurt Burneo, Miguel Castilla, y José Luis Silva requiere ciertas dotes.

Algunos sin embargo se quejan, desde diversas posiciones. Que si debió poner a uno o al otro. Que si el hecho que uno esté o no esté determina una mejor política. Puede ser. Lo que es incontrovertible es que el presidente tiene el derecho de poner a quien le parezca llevará a cabo las políticas que pretende. El juicio se hará a partir de su desempeño. Y para eso se necesita tiempo. Y tanto el Parlamento como la Ciudadanía deben darles ese tiempo. Y punto por hoy.

martes, 7 de junio de 2011

EL PRESIDENTE ELECTO



Primera ley de Dror:
“While the difficulties and dangers of problems tend to increase at a geometric rate, the knowledge and manpower qualified to deal with these problems tend to increase linearly.”
(“Mientras las dificultades y peligros tienden a crecer geométricamente, el conocimiento y capacidad humana calificados para tratar con estos problemas tienden a crecer aritméticamente”)

Segunda ley de Dror:
“While human capacities to shape the environment, society, and human beings are rapidly increasing, policymaking capabilities to use those capacities remain the same.”
(“Mientras las habilidades para dar forma al ambiente, la sociedad y los seres humanos están en rápido aumento, las habilidades de construcción de políticas continúan estacionarias”)


Debo decir que estoy contento, pues ganó las elecciones quien quería que las ganara. Ganó por varias y muchísimas razones que unos con alegría y otros lamiéndose la autoestima dañada intentan dilucidar con mayor o menor solvencia. Nuestro propósito hoy es escaparnos un tanto de la coyuntura y tratar de ver a la persona que hoy es el Presidente Electo del Perú en su relación personal con este importante encargo que la ciudadanía le ha entregado. Mirar hacia adelante tiene importancia, aunque todavía se cierna algún que otro nubarrón, procedente de impaciencias y angustias de gentes que lucen sus ganas de estar histéricas y sus deseos de seguirlo estando. Pero eso es precisamente coyuntura, y en parte se dirige a medir, y de ser posible responsabilizar, controlar o atolondrar al Presidente Electo, lo que a todas luces resulta irónico, pues no se ha esperado ni siquiera a los resultados oficiales de ONPE para empezar a ajocharlo.

Es cierto que el Presidente Electo tiene que medirse con la ciudadanía que lo eligió, pero también la ciudadanía tiene que medirse con la persona que ha elegido para el cargo. Esta confrontación es parte del juego democrático, aunque a veces mucho no pensamos en ello, en parte porque creemos saberlo todo a partir de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. Las campañas electorales nos muestran una parte de las personas, pero de hecho solamente una parte, y muchas veces ni siquiera la más importante. Las personas somos más complejas que el estereotipo en que nos quieren encasillar, y según parece los vencidos aspiran aún a gobernar, olvidando que tienen sus propias responsabilidades en torno a temas como la Guerra Sucia Mediática y las evidentes zancadillas de campaña, que aún tienen que explicar. No podemos dejar que la Histeria nos gobierne.

Hombre Público versus Persona Privada

Hoy que la persona Ollanta Humala es Presidente Electo y está en el centro de todos los focos, me viene a las mientes un dicho del pueblo estadounidense que, mal recordado, dice más o menos así: “Ese señor será el presidente, pero caramba, cuando se levanta por las mañanas, pone primero una pierna en una pernera del pantalón, y luego la otra, igual que yo”. Esto nos permite introducir algunas ideas sobre la relación entre la persona que se es, y el cargo que se tiene. La persona que es Presidente Electo no es demasiado diferente de nosotros, y comparte nuestra común condición humana, excepto por el pequeñísimo hecho que ha sido elevado por sus conciudadanos al rango de Primer Ciudadano de la Nación. Vale decir el Gobernante y Hombre Público por excelencia.

Ser el Primer Hombre Público de un país tan complicado y complejo como el Perú estoy seguro debe ser cuando menos aterrador, ni bien se piensa un poco. Significa tener que constituirse como el ejemplo vivo de las virtudes ciudadanas y republicanas, algo que muy pocos mandatarios llegan a entender verdaderamente, y menos a vivir. Nuestra tradición política de Sapa Incas y Virreyes pone a los líderes políticos por las nubes, y algunos, como es sabido, se marean y pierden la perspectiva. Esto le ha pasado a hombres de gran calidad moral, inclusive. El “mal de altura” suele producir una pérdida de la respiración, un cierto malestar, y luego una sensación irreprimible de estar fuera de foco, que sentimos debe resolverse cuanto antes. En las alturas seguir siendo el mismo ser humano que se era ya no es posible. La mayoría de las personas viven estos cambios de diversos modos, lo que es naturalmente el caso de nuestro Presidente Electo, pero para ello se requiere cierto tiempo de adaptación a la altura, como bien sabe todo aquél que se ha mudado por algún tiempo a nuestros Andes.

El Presidente de la República, por razón de su cargo, representa a la Nación entera. Se convierte en un ícono, en el centro representativo de todas las responsabilidades. Debe mostrar sus habilidades y cualidades, y ocultar sus defectos. Debe utilizar sus ventajas comparativas y disimular sus falencias. Todo el tiempo lo creerán intencionado y alerta, y el problema es que tendrá resfríos, como todo el mundo, y sufrirá días buenos y días malos. Nadine, por más Primera Dama que sea, puede que se despierte ciertas mañanas de mal humor, o los chicos traer malas notas, o las cuentas no cuadrar. Y tendrá que resolver estos temas de uno u otro modo, muchas veces antes de sentarse en el escritorio de los Deberes del Estado. La fuerza de lo cotidiano le puede permitir, sin embargo, no perder la perspectiva. Me imagino que el Primer Hombre Público puede despojarse de arreos, galas y miradas cuestionadoras en la intimidad de su hogar, que se constituye como un bunker de protección de las partes del propio ser que se desea mantener alejadas del trajín público. Pero esta protección será limitada. El Primer Hombre Público pierde una parte sustancial de su entorno físico y social. A partir del lunes, cada vez que la persona Ollanta Humala asome la nariz a la calle, será mirado, escrutado, analizado, comparado y explicado desde su condición de Hombre Público, no desde su condición humana. Imagino que Ollanta Humala, como cualquier marido responsable que se precie, de vez en cuando sacaba a la basura a la calle, y apuesto mi cabeza que los vecinos le dedicaban una de esas miradas compasivas e indiferentes propias de tan banal acontecimiento. Pero el Presidente Electo de la República del Perú ya no podrá sacar la basura sin que aparezcan veinte hueleguisos listos para sacarle la bolsa de las manos, ni sin que se le espulgue alguna clase de intención política oculta, ni sin que la basura sea cuidadosamente escrutada por periodistas o servicios de inteligencia, en busca de claves sobre su acción política, o con fines más inconfesables. También pierde a parte de sus parientes, vecinos y amistades. Es sabido que cuando los amigos son personas de cierta decencia personal, tienden más bien a tomar distancia del Hombre Público, y esperan a que la persona se manifieste. Conseguir mantener las amistades para el Hombre Público implica entonces hacer malabares, porque es obvio que aquellos que se le acerquen lo harán principalmente por interés. Y ni hablemos de la parentela, que es un tema mucho más serio.

Cuéntase por ahí, y no sabemos si será cierto, que cuando el Presidente Lula alcanzó la primera magistratura del Brasil, reunió a sus familiares en un almuerzo o cena bastante bien pertrechado. Cuando estaban en lo mejor, Lula tomó la palabra y dijo, muy suelto de huesos, algo como esto: “Disfruten esta comida, porque será la primera y la última que verán”. Otros Hombres Públicos tienden, por el contrario, a olvidar la separación entre sus familiares y su cargo, con efectos de nepotismo. Es un hecho que saltar de ser un ciudadano destacado a ser el Primer Ciudadano de la Nación tiene que cobrarse algo, por lo menos debe determinar cierta ocultación o desplazamiento de los sentimientos humanos que, indudablemente todos tenemos. Debe ser un tema muy complejo. Ser el Presidente significa que, si bien te pones el pantalón por las mañanas del mismo modo que el resto, el resto ya no te ve como un simple hijo de vecino, sino como una especie de ser superior dotado de poderes extraordinarios.

Buenas Compañías

El Hombre Público, pues, queda aislado del resto en proporciones variables según su condición y personalidad. Queda detrás de un cerco levantado por el cargo que deberá llevar, cuál cruz, por cinco años. Y si algo necesita la persona que está aprisionada socialmente, es compañía. El Presidente Electo cuenta, menos mal, con una familia bien constituida, con hijos pequeños y obvias preocupaciones domésticas. Esto tiene un valor inmenso, considerando que nuestros mandatarios, con pocas excepciones, no han sido muy santos en esto de sostener la Moral Pública. La familia del Presidente Electo, a más de anclarlo en las pequeñas realidades cotidianas, le proporciona un esquema desde el cual relacionarse con sus amistades, y un ejemplo a brindar a toda la nación.

Por más brillante que se sea intelectualmente nadie sabe todo, ni por más poder que se tenga nadie puede hacer todo. Pero nuestra tradición política espera del Primer Hombre Público que cuente con una sarta de atributos que ni Dios. Pero eso es lo que los Otros, los de acá abajo, deseamos y esperamos que pase. Una condición que se espera del Gobernante es que esté despierto y alerta cuando el resto de nosotros no lo esté. Los pueblos duermen tranquilos cuando eligen un buen guardián que esté al tanto de absolutamente todo. Pienso que hemos acertado al elegir a alguien que tiene entre sus rasgos definitorios el de ser un “guerrero vigilante”, que eso significa el nombre Ollanta. La esencia de la seguridad está en la convicción de que el que está a cargo se ocupa que las cosas marchen.

¿Hasta dónde puede ser esto posible? En nuestro país tan problemático, la calidad de las personas de las que el Gobernante se rodee es esencial. El Presidente de la República necesita personas leales, y si son capaces mejor todavía. Es crucial entonces que acierte en la valoración de los subalternos que elegirá para asumir cargos en la estructura jerárquica del Estado, en especial considerando que estos subalternos a su vez deberán elegir sus propios subalternos, y de ahí para abajo. Valorar correctamente le es necesario al Gobernante para otorgar su confianza, para saber positivamente que en tal o cual sector las cosas se harán tal como se planteó programáticamente, y además, de acuerdo a los compromisos que ha asumido, los públicos y los otros, y que en buena medida han determinado su elección.

Porque la habilidad del Hombre Público no está más en lo que sabe o deja de saber, o en lo que hace o deja de hacer. El Hombre Público que apueste a ser Dios se equivoca de medio a medio, cuando debiera apostar a ser una Súper Computadora. Lo decisivo para él es la habilidad en el procesamiento de la multitud de información que recibirá desde todas direcciones, mucha de ella contradictoria. Este procesamiento implica en lo objetivo separar lo esencial de lo secundario, tanto como valorar las posiciones existentes en lo subjetivo. Lo que el Hombre Público necesita sobre todas las cosas son filtros conceptuales que le permitan tomar decisiones, pues la información le debe llegar procesada y lista. No le sirve para nada, a estas alturas, la larga poesía de los diagnósticos y las declaraciones líricas y de principios. En cualquier caso el tiempo de ellos ya pasó. Ahora el Gobernante necesita, fuera de la lealtad, colaboradores capaces de procesar grandes cantidades de información, correctamente y a alta velocidad. Y tendrá que cortar con algunos de sus antiguos compinches, y traer a otros que ni siquiera se imaginaron estar en el bolo.

Malas Compañías

Una consecuencia de las Leyes de Dror mencionadas arriba, y que aplicamos a este tema, lleva al Gobernante al riesgo del bloqueo informativo. Al principio el Gobernante trata de captarlo todo, pero es obvio que el factor tiempo no le dejará hacerlo, y deberá tomar decisiones rápidas en la esperanza que sean acertadas. Esto, sumado a su aislamiento personal, le llevaría a confiar cada vez más en cada vez menos personas, en la medida que la eficiencia de los filtros le demuestren que puede confiar en ellos. El Presidente no tiene tiempo que perder esperando que la gente se explique las cosas para explicárselas a él. Los colaboradores del Gobernante tienen que saber las cosas ya, con toda claridad. Por eso el Gobernante necesita confiar, pero no podrá confiar incondicionalmente jamás. Y no podrá ni siquiera confiar totalmente en sí mismo.

Al respecto me viene a las mientes un recuerdo del mejor jefe que he tenido, del que yo era primer subalterno, y además, sin falsas modestias, el más capaz y confiable. Algunas veces que tratábamos problemas cruciales que requerían una decisión, su actitud y lenguaje corporal me mostraban que de alguna manera “no estaba”, que “se iba” de la conversación. Por suerte éramos amigos y por eso le pregunté qué le pasaba en esos momentos. Él me respondió algo así como esto: “Es parte de mi estilo de ejercer autoridad. Cuando me traes problemas urgentes y complejos, me esfuerzo en salir de mí mismo. Me pongo en tu lugar y en el de otras personas. Pienso qué decidirías tú y otros en mi lugar. Trato de que mis defectos no me cierren la posibilidad de tomar una buena decisión.” En las posiciones de responsabilidad, tener la suficiente confianza en sí mismo para suspender el propio juicio y mirar otras posibilidades resulta fundamental en la Toma de Decisiones.

Los colaboradores eficaces son, pues, necesarios. Pero los colaboradores necesitan también una firmeza de propósito, una inspiración y una dirección adecuadas a las características del Primer Ciudadano, no solo del Presidente. Ollanta Humala ha estado marcando algunos de estos rasgos desde el mismo nombre: Gobierno de Concertación Nacional, que denota su deseo de concertar y negociar, y no limitarse el abanico de posibilidades. Desde lo administrativo parece apostar a tener grandes coordinadores para los temas cruciales de Inclusión, Lucha contra la Corrupción y otros temas, así como especialistas adecuados que le permitan hasta donde se pueda dejar la macroeconomía en piloto automático. Ha manifestado su deseo de ir a todas las partes del Perú que pueda, en una suerte de reedición de la Visita General de Francisco de Toledo, buscando los problemas y tratando de mantener una visión micro, personalizada, no burocrática. Es evidente su deseo de establecer un aparato de colaboradores, técnicos, y funcionarios que combinen las características de innovación, eficiencia y capacidad necesarias para los logros a los que se ha comprometido.

Los Límites de la Autoridad

Los peruanos y latinoamericanos creemos de alguna manera que el Gobernante es Dios. Pero, a diferencia de Dios, el Primer Ciudadano tiene límites surgidos tanto de su condición humana, como del común límite temporal al que estamos sometidos. Encima, a la visión del Gobernante Absoluto que tenemos enquistada en nuestras mentes, nuestras constituciones y leyes le oponen límites a su autoridad, que no siempre entendemos.

El orden jurídico de nuestra República Democrática se basa en la separación de poderes, y determina que el Presidente de la República tenga que convivir con una suerte de gentes que ejercen autoridad aparte de él, y sobre las que no tiene mando directo o, si lo tiene, lo tiene en ciertos aspectos y en otros no. Los Presidentes de los Poderes Judicial y Legislativo están en su nivel jerárquico, y poseen autonomía. Los Jefes de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, si bien le deben obediencia como Jefe Supremo, no tienen por qué consultarle acerca de muchísimas cosas que están en sus institucionales atribuciones. Los Presidentes Regionales, los Alcaldes, y un largo etcétera poseen autoridad en cuestiones precisas en las que el Gobernante no puede intervenir directamente. Si ciertas Instituciones están bien dirigidas o configuran clústers cerrados, como la SUNAT, pueden marchar solas, tal como debe ser. Adaptarse a estos hechos requerirá del Gobernante tiempo y esfuerzo consciente.

Además están los poderes fácticos, que en la actual coyuntura tratan de medir los límites de la autoridad del Presidente Electo, a veces de modo bastante descortés y hasta irrespetuoso. Los poderes económicos están representados por Presidentes de Directorio, dirigentes de gremios y personas individuales sin cargos pero con enorme influencia en los asuntos financieros y productivos del país. Los representantes del Trabajo y de la frondosa Sociedad Civil en cierto modo están también en esta situación. El Presidente de la República podrá ser Presidente, pero aunque puede formalmente, por ejemplo, emplear sus atribuciones para lograr colocar un representante del estado en el Directorio de una empresa privada, más le valdrá no hacerlo a no ser en último extremo, so pena de perder la confianza que, con dificultad y muy retrecheramente, eventualmente le otorguen.

El Presidente de la República, además, tiene pares, es decir los Mandatarios de otros países, con los que tiene obligadamente que establecer relaciones y resolver diversos conflictos. Los pares de los países vecinos revisten especial trascendencia, en una negociación constante de fuerzas. Y la relación con Estados Unidos requiere de muchos cuidados.

Todo esto quiere decir que si en teoría el Presidente es el Mandatario Supremo de la Nación y dirige los asuntos de Estado, en la práctica encontrará diariamente diversos personajes y autoridades, cada cual en su parcela grande o pequeña, todos celosos de sus derechos, prerrogativas, autoridad y autonomía. Y deberá aprender qué hacer en cada caso. Y para eso necesitará tiempo y esfuerzo consciente.

Colofón

La habilidad primordial del Hombre Público /Gobernante está, sobre todo considerando las actuales circunstancias, en dos cosas fundamentales: Saberse rodear de personas confiables, leales y capaces en sus respectivas áreas; y negociar con eficiencia, manteniendo las propias prioridades con toda claridad, entendiendo desde ellas las posiciones de cada interlocutor y calibrándolas constantemente en función de los intereses supremos de la Nación. Es una menuda tareíta. No todo se puede resolver aplicando energía, aunque deberá utilizarla en los momentos oportunos. Ni todo puede resolverse negociando, aunque deberá hacerlo todo el tiempo. Y cuando haga una cosa u otra, de acuerdo al equilibrio general que debe guardar en todo momento, siempre habrá algunos que le gritarán que lo hizo mal. Entiendo, sin embargo que las características personales del Presidente Electo auguran buenos vientos para la nave del Estado y para el país en su conjunto. Le deseamos suerte y bonanza.