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martes, 9 de septiembre de 2014

CONTRA LA POLÍTICA DE LAS MAFIAS

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CONTRA LA POLÍTICA DE LAS MAFIAS 

Asistimos a un espectáculo útil y necesario, aunque cínico y nauseabundo: todos los hombres públicos, valiéndose de documentos fehacientes, se arrojan a la cara el lodo que amasaron en su camino. Parece la sacada al Sol de todas las inmundicias almacenadas en un hospital de sifilíticos y leprosos. Sólo falta que la nación arroje una buena dosis de ácido fénico.  
(Manuel González PradaHoras de Lucha – Nuestros Beduinos - 1889)

Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz   (Lucas 16:8)


Mafia y Política

Las elecciones a gobiernos locales y regionales en todo el Perú hacen saltar chispas políticas que normalmente se esconden. Es momento para deconstruir discursos falaces o mentirosos, y tal vez elevar el debate. En el Perú los términos Mafia y Política devienen sinónimos, abundan cuestionamientos por Corrupción de Presidentes y Consejeros Regionales, Alcaldes y Regidores Provinciales y Distritales, Congresistas de la República, Ministros de Estado, Jueces y Fiscales, Policías y Militares, y demás instituciones. La cosa no mejora en el sector privado, la Derecha Económica busca frontalmente lobistas expertos y hábiles que gobiernen directamente para ellos – no parece haber más que los chapuceros de siempre – y las estructuras de la corruptela se desinforman en los medios de comunicación concentrados y parametrados. Leo los ensayos de Horas de Lucha de Manuel González Prada, y me sorprende la similitud de las  situaciones, las que salvo dos o tres nombres propios son tan aplicables a la situación de hoy que de hecho me pregunto si en verdad algo ha cambiado en los últimos cien años.

Estructuras mafiosas

Incuestionable es que en la política peruana hay Capos y Dones, e incluso capi di tutti di capi, lo que sugiere estructuras largamente establecidas del tipo famiglias y argollas. No diré nombres por motivos de supervivencia y flotamiento, pero son tan obvios, tan conocidos y tan protegidos que son capaces – ya ha ocurrido en México – de acallar incluso aparentemente inofensivos Blogs con mandatos judiciales debidamente remunerados. A tales Capos se les reconoce rápido, acaparan titulares y acumulan medios defensivos. Y, hay que decirlo, actúan con mayor habilidad que los hijos de la luz. Pero entendámonos, acá no creemos en una moral de dibujos animados, con los buenos de un lado y los malos del otro, menos aún en una sociedad donde la sotana esconde la alianza con los aparatos de corrupción más documentados de toda la Historia peruana (Ver al respecto mi Crónica de Lecturas 47 – Historia de la Corrupción en el Perú: http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2013/08/cronicas-de-lecturas-47-historia-de-la.html). Por ello siempre me ha parecido que amarrar el tema de la Corrupción con el de Valores es un truco barato para esconder los árboles dentro del bosque.

El aceite que lubrica

Por si alguien en el Perú aún es tan caído del palto que duda de la procedencia del aceite que lubrica el asunto, éste se reparte entre la delincuencia directa y el empleo de la caja fiscal. Entre sus formatos está la mayor o menor permisividad con que se saben conectar. Dentro de las industrias ilegales destaca el Narcotráfico por los montos que maneja, su internacionalización y el silencio que lo recubre, que también tiene su costo. Hablamos acá más o menos de unos 6,000 millones de dólares anuales, que requieren una economía en crecimiento para lavarlos bien lavados. El sistema de la Corrupción no es, pues, un conjuntito de aisladas argollas sin contactos entre sí y con islas de “Bondad” y “Honradez” entre ellas en donde se puedan esconder los ciudadanos que no quieren hacerse problemas. La complicidad asume muchas formas, entre ellas la de votar por los candidatos de la Corrupción que todo el mundo conoce, y por lo tanto ya no es posible a estas alturas aducir ignorancia. Hoy no quedan más que dos alternativas en ese respecto: O se es imbécil o se es cómplice.

Un Sistema Corrompido

No hay, pues, donde esconderse, la realidad nos alcanza. Por más mentolátum que le echemos al cáncer sigue siendo cáncer. Un sistema de Corrupción implica organizaciones (unificadas o no), modus operandi, protocolos de acción, funding, dispersión tentacular y códigos como la ley del silencio, entre otras características. Usar la ley con fines de corruptela es más conocido que los agujeros de las orejas, e incluso su lenguaje retorcido rememora la Camorra siciliana y calabresa: No hay mafioso que no se reclame “honorable” y “cavaliere” como Berlusconi. Son, por supuesto, hombres (y mujeres) que defienden su honor, a los que en Sicilia recibirían ni más ni menos que como mafiosos. Manuel González Prada les llamó hace más de un siglo Los Beduinos, en memoria de los asaltantes de Caravanas.         

Cómo se combate la Corrupción

No nos interesa acá ser específicos y detallistas. También es verdad que es facilísimo hablar, pero si se tiene cierta claridad en ver los problemas, se tiene cierta claridad en ver las soluciones. El problema más grave de la Corrupción es su enquistamiento en el Estado, la Empresa y la Sociedad Civil. Un Sistema corrompido desde la médula solo puede atacarse de dos modos: Desde Dentro o Desde Fuera. La solución “Desde Fuera” se ha probado muchas veces, y ha chocado con poderosas resistencias, y aunque parece más efectiva y tentadora, hoy ya no está de moda. La solución “Desde Dentro” es condenadamente fácil, pero lo fácil es difícil: Es tratar a los delincuentes como delincuentes y combatir al fuego con fuego, y esto no se consigue de la noche a la mañana. Como en todo, hay que comenzar por el principio, y el principio es una cuestión política: que la gente señale a los delincuentes con el dedo y diga: Estos son delincuentes.

Condena Política   

La Corrupción carece de sentido del Humor, salvo ciertos cavalieres. Por ello no sabe ni puede defenderse de la vergüenza pública, responderá primero con el silencio y el acallamiento, que para eso controlan los medios. Sólo en segunda instancia serán agresivos con el sarcasmo, la ironía, la burla y la superioridad intelectual. Recurren ahí a “argumentos”: Falacias, calumnias y mentiras. Crecer en un ambiente de silencio es más fácil que crecer a la luz del día, la gente ve juntarse tipos cada vez más impresentables, y las reputaciones se erosionan y derrumban. Las redes clientelares mafioso-delincuenciales-periodísticas son cada vez menos capaces de engañar a una cantidad respetable de la población, a no ser convenzan que todos son lo mismo a punta de machaconas insistencias y de llevar la gente al hartazgo. La Condena Política empieza por decir del pan que es pan y del vino que no es aceite: Si una encuesta dice que para un 40, 50 o 60 % de la población el “Hacer Obra” es tan valioso como “Robar”, pues dejémonos de tonterías y digamos directamente que hay gente que es o Estúpida o Cómplice, y que si esa población es coherente que se deje de bobadas y le enseñe a sus hijitos lo importante que es ROBAR, y les envíe a colegios donde se enseñen estas habilidades. Total, lo que importa son los Valores.

Colofón

En realidad, si fuéramos coherentes, deberíamos dejarnos de lo que en México ya llaman “diatribas semánticas” y lanzarnos de frente a una Operación Manos Limpias de desmantelamiento de argollas y mafias. Pero parece que aun no estamos preparados para semejante grado de desarrollo social, y que la situación deberá empeorar antes de mejorar,  y llegar primero a un punto de crisis insoportable. Que el que tenga Oídos, Vea. Que el que tenga Ojos, Oiga. Y después, que no se quejen.

martes, 28 de febrero de 2012

POLÍTICA, GENÉTICA Y MEDIO AMBIENTE


Han pasado varios meses desde la campaña electoral que terminó ungiendo a Ollanta Humala como Presidente de la República del Perú. Las aguas se han aquietado, aunque de modo extraordinariamente diferente a cómo se podría haber previsto. Se nota que muchos no desean volver la mirada a dichas épocas, a la mucha tinta que se derramó y las muchas cosas que se dijeron, pues leerlas y recordarlas hoy en día probablemente traería a los que las perpetraron agruras y malas digestiones. Hoy, sin embargo, y debido a las exclusivas ganas de fastidiar la paciencia que a veces se apoderan de mí, pisaré el terreno fangoso del Recuerdo y la Remembranza, antes que se pierdan en la lontananza del pasado remoto, que en nuestra Patria suele iniciarse a dos o tres semanas del acontecimiento. Y como el tema lo amerita, relacionaremos la Política de la Campaña Electoral con las conocidas posiciones contrapuestas y complementarias sobre la determinación de las características y actos humanos: La Genética y el Medio Ambiente.

Mensajes iguales y contrapuestos

Durante la muy larga Campaña Electoral de los años 2007 a 2011, recordemos, se dio una constante, incisiva y total ofensiva mediática contra Ollanta Humala, dirigida y financiada por los órganos representativos de lo que después, con fortuna, ha sido denominado entre jocosa y agresivamente por el Periodista Juan Carlos Tafur la Derecha Bruta y Achorada, en adelante DBA. Una parte del mensaje de esta guerra mediática orientada a la demolición del candidato Ollanta se concentraba en afirmaciones hechas por su Señor Padre, Don Isaac Humala, cuya escasa capacidad para ejercer el derecho de callarse sus opiniones fue explotada inmisericordemente por los conocidos plumíferos de la DBA. Sin embargo, lo que llamaba la atención era la afirmación jamás verbalizada pero omnipresente que subyacía a la crítica: Los hijos heredan las características de los padres. De esta manera, si Don Isaac afirmaba por ejemplo que se haría bien en fusilar a los homosexuales, su hijo Ollanta con absoluta seguridad y sin duda alguna pensaría exactamente lo mismo y los fusilaría masivamente en un eventual y catastrófico gobierno suyo. Falacia evidente por supuesto, pero no por eso menos machacada.

El problema fue en la segunda vuelta electoral. En la primera los tres candidatos Kuczynski, Toledo y Castañeda se habían demolido mutuamente con tal entusiasmo que los tres quedaron fuera de carrera y le cedieron el paso a Doña Keiko Fujimori Higuchi, candidata que enfrentó en Segunda Vuelta a Ollanta Humala. El mensaje anteriormente machacado acerca de que los hijos heredan las características de los padres encontróse con una suerte de corroboración extraordinaria, aunque muy comprometedora, porque si se le aplicaba a la Otra lo que al Uno se había aplicado con tanta constancia, pues la Señora Keiko no salía tan bien librada. Los medios controlados por la DBA echaron la reversa y trataron de decir que no se había dicho lo que se había dicho cuando se había dicho sino al revés y por todo lo contrario, tratando de sortear al toro con una chicuelina que ni El Niño de la Capea. El retorcimiento intelectual y la descolocación conceptual de toda la campaña de los medios de la DBA fue patente, e incluso tuvieron que reconstruir su estrategia a toda prisa. Esto debe haber causado mucha gracia en los predios ollantistas en su momento, entre otras razones porque estas disparadas al pie hacían trizas la credibilidad necesaria en los medios que trataban de influir y determinar a la opinión pública. Y es que no se les ocurrió mejor idea que seguir disparándose al pie predicando exactamente lo contrario que predicaban acerca de Ollanta Humala: Keiko Fujimori no era igual a su padre.

Un primer análisis

En primer lugar, es bastante obvio que eso ya lo sabíamos. Las personas que, con posible y pedante injusticia, nos jactamos del empleo de algún sector de nuestros cerebros en el mismo nivel cuando menos que su equivalente hepático; y que sostenemos posiciones a favor de la equidad social, la integridad intelectual y la justicia, no podemos pensar de otra manera. El matrimonio bien avenido entre principios éticos más o menos sólidos con una inteligencia más o menos despejada, determina que no se pueda creer en barbaridades como que los hijos heredan las taras morales de los padres. Y esto es válido para “A” y para “B”, para Ollanta y para Keiko. Un viejo refrán decía que de padres cojos, hijos bailarines, y, contrario sensu, que el hijo de un tuerto no tiene nada de cíclope. Si el problema fuera genético, no podríamos explicarnos las diferencias realmente existentes entre padres e hijos, y se pasaría por alto el hecho de la natural rebeldía adolescente, que casi siempre busca diferenciarse de los padres. Aldo Mariátegui, egregio director de un medio de comunicación, no podría, por ende, sostener las creencias que sostiene, diametralmente opuestas a las de su ilustre abuelo José Carlos Mariátegui La Chira. Por otra parte, pasada cierta edad, las personas tienden a emplear sus cerebros. En algunos casos esa edad puede ser muy temprana. Mi hija me demostró palmariamente que no estaba dispuesta a tragarse cualquier contradicción que se le dijera, cuando frente a una gran figura que representaba a un perro yo, haciéndome el gracioso, le dije: “Mira, Paula, un helicóptero”. Ella me miró con una desaprobación tan evidente, con tanta vergüenza ajena del exabrupto paterno, que atinó a jalonearme hacia abajo a fin de ponerme en el nivel de su impresionante medio metro de estatura para decirme quedamente al oído: “No, papá, ese es un guau-guau”. Y luego mirarme con una expresión preocupada que valía por todo un discurso de Aristóteles, del tipo “Piensa antes de hablar, ¿quieres? No me hagas pasar vergüenza ajena”. Es magnífico, aunque terriblemente exigente, eso que los hijos le crean más a sus ojos que a sus padres.

Genética y Medio Ambiente

Que la Genética tiene algo qué hacer en el parecido entre hijos y padres, tiene. Pero no es tanto como se cree. El medio ambiente cuenta. Los árabes dicen, con sabiduría de siglos, que los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres. Y aunque decimos que “De tal palo, tal astilla”, también sabemos que “En casa del herrero, cuchillo de palo”. Johann Sebastian Bach era hijo y nieto de músicos, y fue padre y abuelo de músicos. Obviamente ello implica un entorno musical que para qué te cuento. Pero que tenía habilidades propias que determinaron que fuera él el genio musical en una familia dedicada a la Música, las tenía. Por el otro lado es patente que muchas familias cuentan con sus ovejas negras, rojas y de otras y diversas coloraciones. A veces los hijos eligen la misma profesión que los padres, a veces no. Mis hijos mayores me hacen el honor de pensar de manera muy diferente a la mía en muchos aspectos, y yo lo único que les pido es coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. La oposición entre padres e hijos es más conocida, repito, que los agujeros de las orejas del hombre de Lauricocha, y puede alcanzar ribetes emocionales dramáticos. Educadores y Psicólogos sabemos que muchos niños y jóvenes hacen contra-identificación de la conducta paterna, de manera que, por ejemplo, hijos de padres irresponsables o autoritarios se convierten ellos mismos en padres de familia responsables y afectuosos. Por el contrario, hay hijos irresponsabilísimos surgidos de familias ejemplares. Las variables intermedias al respecto son infinitas, por desgracia o por suerte.

Falacias a la vista

Una vez establecido el punto, llama la atención la increíble escisión que se operó en la mente de algunos comentaristas políticos. Tras años de enrostrarle al hoy Presidente las ideas de su padre y señalarlo con el dedo - como si de una verdad evangélica se tratara - eso de que los hijos repiten a sus padres; ahora pretendían convencernos de lo contrario, cuando de la otra candidata se trataba. ¿Por qué podrá haber sido que se limitara el debate “intelectual” de tal manera? ¿Por qué está tan claro que se defendió la posición exactamente opuesta a la que se defendía antes? Algunos de estos comentaristas políticos llegaron a defender abiertamente el racismo y la discriminación por motivos étnicos, que precisamente sostiene falazmente que los rasgos heredados son más determinantes que los adquiridos en el medio ambiente, incluso hasta el extremo de negarle humanidad o derechos a los que no poseen los rasgos supuestamente más mejores. Si se cree en esta barbaridad, claro está que desde ahí se puede creer en casi cualquier cosa. La libertad de empresa no está reñida con la ignorancia. Se puede ser, en nuestro medio, periodista o propietario de un medio de comunicación, y a la vez ignorar las verdades más elementales de la Genética y del Medio Ambiente, y elevar a la categoría de Verdad Evangélica aquello que a los susodichos les conviene creer. Quizá lo único que cabría pedir sería algo de coherencia. Pero tal coherencia tampoco existía. En esa ocasión fue palmario que se habían pasado de vueltas o estaban en plena resaca intelectual.

Un inocente análisis

¿Cómo puede alguien sostener a la vez dos ideas diametralmente opuestas? ¿Cómo puede ser posible que lo que es verdad para “A” no lo sea para “B”, cuando “A” y “B” están en situación análoga? Intentemos un ligero y altamente inocentón análisis.

Inocente Posibilidad Uno

Porque en la mente de ciertos comentaristas políticos no existe tal problema. Es decir, están en condiciones de aceptar que se pueden hacer dos afirmaciones mutuamente excluyentes pero igualmente aceptables, y a la vez. En psiquiatría esto es, más o menos, síntoma de una pérdida consistente de contacto con la realidad, con escisión de los mundos interior y exterior, y confusión entre las cosas que son con las que se quisiera que fueran. Esto es algo que creo se denomina esquizofrenia, e implicaría tratamiento médico urgente, medicamentos incluidos y pijama de fuerza. Pero no sabemos de ningún comentarista que esté internado en el Asilo de Arkham, ni en ningún otro.

Inocente Posibilidad Dos

Porque no se tiene conocimiento de las reglas de la lógica, o se carece de las habilidades necesarias para realizar operaciones lógicas. Ello produciría afirmaciones contradictorias, del tipo “Llueve pero a la vez no llueve”, “Ese guaguau es un helicóptero” o, más complejo, “Los hijos heredan las taras de los padres, en consecuencia, Ollanta heredó las taras de su padre, pero Keiko no las heredó”. La posibilidad de hacer estas “operaciones ilógicas” no es descabellada, si nos atenemos al nivel educativo de nuestra patria. Pero no nos explica cómo es que algunos de estos comentaristas pueden dirigir hasta la fecha diarios de circulación nacional y espacios de televisión. Los propietarios de éstos podrían mostrar un poco de responsabilidad contratando a gente capaz. Sin embargo, se observó que dicha gente verdaderamente capaz fue separada de sus exitosas direcciones y espacios, y sustituida por aquellos que confundían los guaguaus con los helicópteros. Es posible que esto haya pasado para evitar sobrecostos laborales. No nos consta.

Inocente Posibilidad Tres

Si eliminamos las Posibilidades Uno y Dos, lo que quede, por más improbable que sea, debe ser verdad. Así decía por lo menos Sherlock Holmes, poco sospechoso de aconchabamiento con los Liberales o los Izquierdistas. Es decir, deben existir razones suficientemente poderosas para que personas supuestamente sanas emocional e intelectualmente hagan público ridículo. Probemos, siempre con toda inocencia, con el más obvio, la supervivencia y/o el bienestar económico, que no son moco de pavo para nadie. Así, podemos suponer que esta suspensión del juicio está guiada por intereses distintos a la de la conservación de la cordura, la lógica o la sindéresis. Es decir, cómo decía el gran Filósofo Wilfrido Vargas, que por la plata baila el mono.

Posibilidad Tres punto Uno: Los comentaristas mencionados tenían la creencia real de que lo mejor que le podía pasar a nuestra patria era que Keiko fuera Presidenta del Perú. Esta creencia podría estar guiada por un patriotismo acendrado, de bases muy emocionales, que hayan producido que los comentaristas hayan perdido el contacto con la realidad, de modo que lo que en uno ocurre, en el otro no pase, aunque la situación sea exactamente la misma. Nuevamente se pregunta uno si es responsable que se permita a personas tan alienadas de la realidad que dirijan periódicos o posean espacios radiales o televisivos, por más bueno y patriótico que sea el motivo.
Posibilidad Tres punto Dos: Los comentaristas poseían un interés personal en lograr que Keiko Fujimori ganara las elecciones. Tal interés podría haber sido Directo o Indirecto. En el caso del Interés Directo, y ateniéndonos a la realidad, podría ser que dicho interés tuviera carácter crematístico explícito. Imaginemos que el interés se dirija a resolver las necesidades básicas de la supervivencia. Estos comentaristas percibían un sueldo. Es decir, se les paga para que bailar al son que desde la jefatura se les toque. Es un motivo interesante y desde todo punto de vista respetable, cuando es conocido. A ver, pues, quien no le sonríe al jefe. Un caso interesante al respecto es el de Jaime Bayly, y la eventual tarifa que habría cobrado, de US$ 20,000 por programa emitido. Yo hasta encuentro justa esa tarifa, pues Jaime Bayly, cuando apoyó desinteresadamente – suponemos - a Susana Villarán en las elecciones municipales de Lima, ensayó una suerte de justificación sobre el tema del supuesto o real chavismo de Ollanta, con el que no podía estar de acuerdo. Podemos entonces discrepar de Jaimito, pero por lo menos ensayó un anteproyecto de coherencia lógica. De hecho, dicha coherencia lo hizo más importante y caro, por la sencilla razón que a él se le podía creer. Es que el muchacho sabe posicionarse. Si lo trajeron desde Miami era porque a los otros ya no se les creía, así de simple. En cuanto al Interés indirecto puede tomar las formas de amistades, participación en las mismas argollas sociales, alianzas políticas, conveniencias personales, ocultamiento de diversos ajetreos poco amables con las finanzas públicas, etcétera. Igual, se trataba de defender la plata que llegaba sola, y el proceso que determinaba que eventualmente seguiría llegando por sí sola.

En resumen y para no cansar, la verdadera razón para decir que “A” no es igual a “A” era por la plata.

Colofón

Este artículo pensaba dispararlo en la época de la campaña electoral. Se me refundió por ahí y me olvidé de él hasta que lo encontré por fin, y con algunas modificaciones de actualidad, aquí lo presento. Aunque es medio vetustón, igual lo saco al fresco por mor de la educación política de los peruanos. Un buen recuerdo no es nunca deleznable. Por ahora ando preparando algo sobre Sedapal, otra cosa sobre la Crisis de la Educación Formal en nuestro país, y continúo mirando con interés el pandillaje y la presencia de los “maras” en nuestro país. Continúo además mis Crónicas de Lecturas. Ojalá pueda cumplir con todo eso. Punto por hoy. El que tenga cerebro para recordar, que recuerde. Y que piense.   


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viernes, 25 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 3)



Inicio esta Tercera, y espero que última parte, recuperando las ideas fuerza mencionadas en las partes anteriores. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera de gobernar que tienen los mandamases, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Vale decir, aquellos gobernantes que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Y dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de ellos, especialmente cuando estamos en el trance de elegir a alguno de ellos.

Esta tercera parte se la dedico al Señor Presidente de la República, Don Ramón Castilla y Marquesado. Gobernó estas tierras y sus habitantes varias veces, como Presidente Provisional y como Presidente Constitucional. Él es quizá el mejor paradigma de todos, en la medida que siendo perfectamente hijo de su época, supo mirar el futuro y dejar encaminada a la Nación.

Orígenes psicosociales de Ramón Castilla

El Maestro Jorge Basadre dice de Ramón Castilla que fue el epítome y resumen de todo lo que es auténticamente peruano. Por ello nos llama la atención que fuera hijo de bonaerense. Más o menos como Don Miguel Grau, hijo de colombiano, y Don Francisco Bolognesi, hijo de italiano. Según parece, y dado lo que era “ser peruano” entonces – harto distinto de hoy – parece que ser “español” o ser “indio” no era ser demasiado peruano allá por esos años de principios y mediados del Siglo XIX. Tal vez heredamos ello de la Conquista. Los que vinieron acá, los que “ganaron el Perú” combatiendo contra los guerreros del Tahuantinsuyo, y sus hijos, los “criollos”, dejaron una marca de la que aún no terminamos de desprendernos. Tal vez para ellos, o para algunos, el “ser peruano” era algo que más bien había de ganarse. Y si alguien se lo ganó, ese fue indudablemente Ramón Castilla.

Esto me da pie a varias hipótesis y una reflexión sobre la “peruanidad”. En nuestro país hoy por hoy resulta imposible hacer un acercamiento étnico a la “peruanidad”, por lo imposible que es diferenciar las estirpes. Desde una perspectiva puramente práctica, hoy en día no es posible separarnos, y cualquier concepción moderna de la “peruanidad” tiene que tomar en cuenta este hecho. Pero esto no era tan cierto a principios del Siglo XIX. Las líneas sociales trazadas por la sociedad estamentaria española en América que nos habían dejado y con las que había que convivir, estaban marcadas por las diferencias establecidas legal y socialmente desde la Piel y la Plata. Tras la Independencia, los grupos sociales estaban más o menos igual que durante el Virreinato: Los indios, explotados como siempre o incluso peor; los negros, esclavos; los blancos, terratenientes o comerciantes o comechados. Si hubo algún grupo que con la Independencia cambió radicalmente su situación, ese grupo fue el de los desubicados, los perdidos, los “fuera del sistema”, es decir los mestizos. De ser “casi inexistentes” según la legislación hispana anterior a la Constitución española de 1812, pasaron a ser, de alguna manera, “gente”. Esto tuvo que impactar el cotarro social de entonces, porque muchos mestizos se abrieron paso socialmente haciendo carrera pegados al aparato del naciente estado moderno español constitucional - y luego peruano -, básicamente el aparato militar. Y la milicia colonial entre 1812 y 1820 fue la cantera de los oficiales que terminarían combatiendo contra los realistas durante largas campañas y librando batallas en Macacona, Torata, Moquegua, Zepita, Junín, Ayacucho y los Castillos del Callao. Y así deben haberlo sentido de algún modo los defensores de esta Patria repentinamente naciente, la que justamente por ser defendida con uñas y dientes la sentían como propia, como su niña bonita, como su propiedad. Una Tradición de Ricardo Palma muestra a un montonero capturado por los realistas, a quien un oficial español le espeta. Y a ti, ¿qué te ha dado la patria, pobre diablo?, y la retadora respuesta del montonero: La patria me ha dado este sable para defenderla, y para cortar pescuezos de godos.

De alguna manera el caudillismo de los primeros años de la república resultó ser una especie de “igualador social”, pero solamente para algunos mestizos y contados mulatos. La cualidad del “ser peruano”, el ser reconocido como integrante verdadero de esta patria recia y guerrera, hubo que ganársela en los campos de batalla contra los realistas, y en este aspecto el resto de los “peruanos” fuimos extraordinariamente laxos y ambiguos. Las grandes batallas de nuestra independencia fueron libradas por peruanos, pero la mayoría de ellos estaban en las filas de los realistas en calidad de carne de cañón. Y como hemos dicho, los oficiales peruanos de la Independencia, entre ellos el veterano de Ayacucho Ramón Castilla, se formaron en el ejército realista, y luego se enrolaron con los patriotas. Tras la Independencia, y como consecuencia de su cualidad de guerreros en la defensa de la Patria, había cierto desprecio de los militares por los civiles quejosos y acomodaticios, y parte de este desprecio se expresaba en la forma de una suerte de patriotismo montonero, en el que el gobierno y el poder político, a veces muy limitado, estaban a merced del más sanguinario o astuto arrastrador de sable.

Vale la pena mencionar que no fueron solamente mestizos los que se comprometieron con este novedoso Perú republicano. Miembros de otros grupos sociales hicieron suya la idea y el sentimiento, y se ganaron su espacio, uno de los muy pocos espacios de inclusión social que existía por entonces, pero que se abría precisamente porque los habitantes de este territorio habían dejado de ser súbditos de la Corona española para convertirse en ciudadanos de la libre República del Perú. Tal vez haya aquí uno de los lugares donde haya que buscar esa promesa de la vida peruana, y esa idea primigenia de los primeros hombres de la República, de la que habla Basadre.

Ramón Castilla, el hombre

Nacido en Tarapacá, en el medio del Desierto más seco del mundo, seguramente su carácter no fue nada contemplativo, sino más bien de acción directa, y de una sola pieza. Rudo en sus maneras, poco cortés, en el sentido medio hipócrita que a veces se le da a esta palabra, su trato era muy familiar, y empleaba el tú para referirse a la mayoría de las personas con las que conversaba. Tenaz en sus propósitos, astuto y calculador, y de intuición que compensaba su pobre educación, sus cualidades y rasgos lo podrían colocar, como quiere Basadre, en la categoría social de plebeyo.

A pesar de las muchas acusaciones de enriquecimiento ilícito que le obsequiaron sus contendores políticos, Castilla murió pobre. Claramente, no robó, aunque a veces se le pasó el gasto. Claro que tampoco armaba mafias para tirarse la plata. Ello, unido a otros datos sobre su persona, demostraría que, como el Virrey Toledo, era razonablemente inmune a la codicia, otra vez por la razón de que quien nada desea, nada apetece. Pero al revés del Virrey, contenido y sobrio, Castilla era fanático de las féminas, la cacería de patos y el juego del rocambor. Disfrutó todo lo que la vida le dio, pero no más. Y ello porque, un tanto como era el espíritu de su época, vivió con una tremenda intensidad y audacia. Resulta difícil hacer un recuento de todas las ocasiones de su vida en las que Don Ramón demostró esa intensidad, pero que podía ser impulsivo, podía. En especial si le tocaban el Perú. Porque el rasgo quizá más notable de su persona era un viril patriotismo. Siendo presidente del Congreso con posterioridad a su Presidencia, y con los buques españoles ocupando las Islas Chincha, al borde mismo de la Guerra con España, escucha asombrado desde su curul al Presidente Pezet pretendiendo negociar con los chapetones que le quieren ocupar la Patria. Y reacciona agresivamente contra el Presidente que en su idea está traicionando a la Patria, se sale violentamente de su curul, se lanza contra el Presidente de la República y ante el asombro de la representación nacional, lo echa por tierra a puñetazo limpio.

Y así como era agresivo, audaz y arrojado, tenía la característica del buen humor. Porque las ocurrencias de Castilla se hicieron proverbiales, hasta el extremo de escribirse libros contándolas. Mostraba, en especial en su vejez, la ironía propia de aquellos que conocen del mundo y sus demonios, pero nunca llegó al sarcasmo sangriento. Estaba protegido por su juventud de espíritu, su indeclinable cariño por el Perú, y la creencia desmesurada en su propio destino.

Ramón Castilla y Marquesado, Presidente del Perú

De estos entornos e ideas provino Ramón Castilla, hombre, soldado y presidente del Perú. Sin embargo, la Historia le reconoce cualidades que de alguna manera no tuvieron otros. Como hombre, soldado y político, estaba empeñado en lograr algún tipo de orden en la República, y por ello fue siempre partidario de los gobiernos fuertes. Parte de esta fortaleza era la solidez legal y constitucional, y por ello tal vez a Ramón Castilla siempre lo encontraremos en la línea política más apegada a lo legal posible, siempre y cuando ello no pusiera en peligro la existencia de la problemática Patria de entonces. Por ello fue uno de los más duros adversarios y enterradores del experimento de la Confederación con Bolivia entre 1836 y 1839. Astuto y trejo, ejerció cargos de gobierno con Gamarra, entre ellos el de Ministro de Hacienda. Nada mal para un soldado de vocación que apenas sabía leer, escribir y contar. Sus escuelas fueron solamente el ejército y la vida. Y ello debería darnos qué pensar acerca de esa oligárquica visión de los “inteligentes” en el gobierno, entendiendo por inteligentes a los que tienen cartón de San Marcos, claro. Un cartón no te hace buen Ministro o buen Presidente necesariamente.

La obra de Castilla como Jefe de Estado es ingente y bastante conocida. Pero siempre vale la pena señalarla. Porque si queremos ver la obra duradera de Ramón Castilla no podemos sino mirar alrededor de nosotros. La de coyuntura no es deleznable: Hacienda saneada, dinero en la caja fiscal, presupuestos ordenados, finanzas correctamente manejadas, orden constitucional, burocracia funcionando, ejército y marina de verdad, barcos a vapor, ferrocarriles, exploración de la selva, Libre Navegación en el Amazonas, defensa del continente frente a la agresión neocolonial, defensa acérrima e inclaudicable de la soberanía nacional, unidad de los americanos, apoyo a México contra la intervención francesa, alumbrado a gas, contacto con el mundo. Y ni siquiera he mencionado 25,000 esclavos y sus descendientes libres para siempre. Ni la supresión del indigno Tributo de los indios.

Su mayor preocupación como Presidente consistió básicamente en hacer plata, pero a diferencia de otros, para el Estado. Es decir, dedicó ingentes esfuerzos a arbitrar los medios necesarios para poder hacer cosas de importancia. De hecho es posible rastrear las investigaciones acerca del guano a su período como Ministro de Hacienda. Todo parece indicar que fue uno de los primeros en echarle el ojo al excremento de las aves guaneras como medio para poder construir un Estado. Y el hecho con seguridad debe de haberlo hecho sonreír. Pragmático él, usar la porquería de los guanayes en el país del Oro de los Incas, debió parecerle una broma del destino. Como buen hijo del Desierto, tendió siempre a seguir siempre la línea de menor resistencia, y no le temblaba la mano cuando en esa ruta había que hacer lo necesario, pero arbitrando siempre los medios legales y constitucionales para hacerlo. No siendo miembro de ningún partido, usaba a todos los que pudieran serle útiles a la República. Convocó a sus adversarios a hacer gobierno con él, siempre y cuando reconocieran quien era el Jefe. Se rodeó de las mejores cabezas del país. Pero su pragmatismo tenía límites concretos en los parámetros legales a los que ajustaba su acción. No se salía de la legalidad, pero dentro de ella se desenrollaba cuanto podía. Construyó el estado con lo que tenía a la mano, y nunca se quejó de que no fuera perfecto. Pareciera que su lema era “Lo Mejor es enemigo de lo Bueno”.

Porque si algo hay que decir de Ramón Castilla es que fue él el que construyó el Estado peruano. Gobernó durante dos periodos, de 1845 a 1851 y de 1856 a 1862. Doce años. Y su legado puede circunscribirse a una sola frase: Fortaleció el Estado, es decir la estructura básica de la gobernabilidad y de la convivencia humanas. Sin saberlo, era un estadista en el verdadero sentido del término. De hecho casi toda la estructura histórica de nuestro Ejecutivo y Legislativo, así como las relaciones entre ellos que permiten el Buen Gobierno, salió de su cabeza, conforme a la experiencia que iba acumulando en el día a día del gobierno efectivo. Nuestra República actual y su organización es, en todo lo básico, hechura de Castilla, modificada, mejorada – o empeorada – por los sucesivos gobiernos que le siguieron, hasta el día de hoy. Las Constituciones pasan, pero la estructura básica se quedó ahí, repetida todas las veces. Podríamos decir con cierta injusticia, parafraseando a Martí hablando de Bolívar, que en cuanto a la organización del Estado del Perú, lo que Castilla no dejó hecho, aún está por hacerse, o por lo menos por completarse.

La muerte de Ramón Castilla es el resumen de una vida dedicada al Perú. Castilla a los 69 años, levantado contra el gobierno que considera traidor a la Patria, muere en medio del Desierto, con las botas puestas, y murmurando en su delirio la palabra “Patria”.

Ahora hagamos algo con esta Información. Ramón Castilla presenta diversos caracteres, entre ellos la HONRADEZ, la AUDACIA, la TENACIDAD, la ASTUCIA, la SOBRIEDAD, la INTENSIDAD DE VIDA. Busca si esos caracteres están presentes en nuestros candidatos y anótale a cada uno un número 1 si lo tiene, y un 0 si no lo tiene El puntaje máximo es 6. El que más tenga más se parecerá a Ramón Castilla, el mejor Presidente que ha tenido el Perú.

Candidatos en orden
Alfabético

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y gracias por la paciencia.

jueves, 24 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)


En esta segunda parte de ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERÚ, empezaré por recuperar un par de ideas fuerza que mencioné en la primera. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera y el estilo de dirigir que tienen sus gobernantes, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Aquellos gobernantes cuyo recuerdo ha quedado fijado, y que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de los gobernantes potenciales, especialmente de cara a las elecciones que en unas semanitas tenemos que afrontar.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los que mandaron en este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él. A ellos estamos dedicando este Tríptico, y ya pasamos por el Sapa inca Pachacútec, centrándonos en algunos de sus rasgos que de alguna manera hoy en día nosotros, la indiada, esperamos nuestro gobernante posea.

Esta segunda parte se la dedico al Excelentísimo Señor Virrey del Perú, Don Francisco Álvarez de Toledo. Cualquier semejanza de nombre con el apellido de cualquier candidato es pura, purísima, extraordinariamente impóluta e inocente, y además involuntaria, coincidencia. Qué culpa tengo yo que se apelliden igual.

Francisco Álvarez de Toledo, Virrey del Perú


El Perú, tras la Conquista del Tahuantinsuyo y el esfuerzo de sojuzgar y controlar a la población originaria, seguía siendo tierra levantisca. El Rey, en la remota España, lo sabía. Había que poner orden en estas tierras, y sostenerlo. Se había intentado ya al convertir al Perú en Virreinato, es decir un Reino más bajo la directa autoridad del Rey de España, y que resultó ser el más extenso, pues que abarcada toda América del Sur menos las posesiones brasileñas. Y los Incas ni se habían rendido ni estaban derrotados, y resistían desde Vilcabamba, amenazando, como espada de Damocles suspendida sobre las cabezas, la estabilidad de la perla más preciosa de la Corona española. Los españoles, fieles a sus antiguas tradiciones anárquicas, también andaban soliviantados. Algunos españoles en el Perú mantenían encomiendas para darse la gran vida como señores feudales con los tesoros del Virreinato, y se sentían más dueños del Perú que el Rey mismo, lo que seguro no le gustaba ni poco ni mucho. Las Nuevas Leyes de 1542 en lugar de aplicarse como Dios manda, servían básicamente para aguantar la pata rota de la mesa donde comían pan los Virreyes del Perú, de los que el primero – Blasco Núñez Vela – por excesivo entusiasmo en hacer cumplir la Ley, había perdido la cabeza a manos de los Conquistadores, ahora Encomenderos, del Perú, que tras haber derrotado al Tahuantinsuyo no se sentían demasiado impresionados por una Corona real, menos todavía por un gorro virreinal. Y para remate, el tesoro español demandaba recursos para mantener su prestigio y poder en Europa. Había en estos reinos una crisis de autoridad y una crisis de lealtades. ¿A quién enviará al Perú el Rey Felipe II, en cuyo Reino jamás se pone el Sol?

Francisco Álvarez de Toledo, tras larga y hazañosa vida, estaba más o menos en lo que hoy llamaríamos “situación de retiro”. Cuando el Consejo de Indias, reunido para examinar los problemas de las colonias españolas en América, decide proponerlo para Virrey, el Rey lo nombra como su representante directo en tanto que “persona real” en el Perú – que nada menos que eso era ser un Vice-Rey – en 1568, hace ya más de 400 años. Con el nombramiento de Virrey venían también adjuntos los de Gobernador y Capitán General, vale decir, el control de los asuntos civiles y militares, nada menos. Don Pancho de Toledo no conocía las Indias, y ya era un veterano cincuentón, que pesaban como muy cercanos a la vejez en aquellas épocas, en que tal edad no tenía el mismo significado que hoy. Es así que llega a Cartagena de Indias en 1569 con sus credenciales de Virrey en la faltriquera.

Nótese que la Autoridad de Francisco de Toledo le viene por delegación del Rey mismo. La fuente de la Autoridad es importante, dado que su prestigio se suma al prestigio personal del nombrado. Hay en esto cierto parecido con lo que ocurre en la actualidad con las democracias republicanas. En las Monarquías del Siglo XVI el Soberano – el depositario de la Soberanía - por supuesto, era el Rey, y nadie más. Si al Soberano del Perú, el Rey Felipe II Austria, se le hubiera ocurrido sentar sus reales por estas tierras, pues ni modo, de cajón hubiera sido el Big Boss. De hecho algo semejante ocurrió a principios del Siglo XIX con nuestro vecino el Brasil, gracias a ciertas travesuras napoleónicas. Hoy en día el Soberano sigue ahí, pero por supuesto ya no es el Rey de España, sino el Pueblo peruano. Pero ni el Rey ni el Pueblo están en todas, y los Virreyes lo eran precisamente por dos cualidades consideradas esenciales en aquestas monárquicas épocas, la lealtad y la capacidad. La capacidad era esencial, pero ningún Rey hubiera nombrado para Vice-rey a alguien cuya lealtad en el cumplimiento de las instrucciones no estuviera absolutamente fuera de toda duda. Más aún considerando que pasar el charquito del Océano Atlántico, más el cruce el istmo de Panamá, más embarcarse en este Pacífico Océano, hacia la costa más remota del mundo que era la nuestra precisamente, implicaba un aislamiento geográfico tan grande que la lealtad al Rey resultaba desde todo punto imperativa. Más en épocas en que una carta podía tomarse seis meses en llegar del Perú a España, y eso cuando era rápido. Ellos en todo caso preferían el error leal que el acierto desleal. Y desde el punto de vista político tenían toda la razón, qué duda cabe. Quizá ello explique por qué los funcionarios de gobierno parecen a veces tan tontos. Ser leal al Rey significaba poseer la virtud o valor de la lealtad, y ello significaba in illo témpore que se era español a toda prueba y católico a ultranza. Lo que implicó que Don Francisco Álvarez de Toledo gobernaría con tres ideas fijas en la cabeza: Servir a Dios, al Rey y a España. Y que quede claro que él no vino a gobernar a favor del Perú sino de España. No pertenecía por la sangre a la familia imperial incaica, no tenía ningún contacto telúrico con los Andes, y menos aún había sido electo por nadie, sino por el Rey, que Dios guarde, con la ayuda de los Consejeros de Indias.

Notamos muy presente este valor, al que se le da entonces y hoy una enorme importancia: La Lealtad. Podemos criticarle al Virrey Francisco Álvarez de Toledo todos, absolutamente todos sus actos de gobierno, pero indudablemente ni tirios ni troyanos, ni entusiastas ni opositores podemos criticarle en absoluto su insoslayable lealtad al Soberano, que fue absoluta y completa, hasta en sus errores. ¿Y qué significa eso de la lealtad? Ateniéndonos a algunas definiciones que encontramos por ahí, digamos que la lealtad es muy parecida a la Fidelidad, aunque no exactamente igual, y consistiría en “hacer aquello con lo que uno se ha comprometido”. Alto el fuego. Observemos primero que “ser leal” es asumir un compromiso determinado frente a un tercero; y en segundo lugar que se trata de ser consistente con ese compromiso y hacer todo lo necesario para cumplir el compromiso. Esto es tan importante para asegurar el Buen Gobierno, que hacemos jurar a los Presidentes, por lo que tenemos por más sagrado, el cumplimiento fiel de la Constitución y las Leyes. Y si lo cumple, se supone que la Patria se lo premiará, y si no, que se lo demandará. Y se entiende que el compromiso debe ser total, porque los intereses generales no se compelen con los particulares, y al que representa el interés general no le cabe anteponer intereses particulares ni propios ni ajenos. Hacerlo constituye una deslealtad política de alto vuelo. El soberano, frente al cual se ha asumido el compromiso, tiene el derecho de demandar el cumplimiento y castigar el incumplimiento.

La comparación con nuestros gobernantes republicanos es posible en este punto. ¿Cuáles de nuestros gobernantes republicanos resultaron más leales a su Soberano, es decir, al pueblo peruano que los colocó en el puesto? Hay que ver los dos elementos, el compromiso asumido y las acciones realizadas en función de éste. Se puede asumir de palabra el compromiso, de hecho todos los mandatarios lo hacen … ¿pero cumplirlo? Parece harina de otro costalillo. Porque los candidatos se comprometen a hacer y no hacer cosas, y cuando ya han gobernado, y tenemos la experiencia, se puede recurrir a ella para averiguar si efectivamente el Presidente cumplió con lo que prometió cuando era candidato. Y esto podemos observarlo, por ejemplo, en la persona de nuestro muy querido y jamás bien ponderado Señor Presidente de la República, cuya lealtad a su Soberano, el pueblo sufrido del Perú, es cuando menos cuestionable, dado que, según recordamos, en esto de la lealtad no lo es demasiado, pues fue electo con ciertas promesas cuyo cumplimiento aún estamos esperando. Pero tenemos fe que en los meses que le quedan de repente le da por cumplir alguna.

En el Siglo XIX tenemos dos casos tristes de lealtad presidencial. Derrotado nuestro país en la Guerra del Pacífico, el General Cáceres y sus heroicas huestes combatían con desesperación básicamente para no cederle territorio a Chile. Militarmente vencidos, peleamos en los aciagos años de 1881 a 1883 para minimizar el daño lo más posible. Haríamos lo que fuese para gestionar la paz, menos ceder territorio. Y por eso la lealtad del llamado “Presidente de la Magdalena”, Francisco García Calderón es un paradigma. Porque lo peor es que era un presidente de cartón, de esos que resultan elegidos para cargar el muerto, sin Poder efectivo, excepto el que viene de su investidura. No tenía plata ni tropa, y lo único que nos recordaba que era Presidente era esa bonita faja bicolor con la que se adornaba. Casi daba risa. Y los chilenos que ocupaban Lima por supuesto que rieron de buena gana, porque ya la veían hecha. Pero el caso es que el compromiso que García Calderón había recibido de la representación nacional era clarísimo: Paz, pero sin ceder ni un milímetro cuadrado de territorio. Y cuando los chilenos le pusieron el Tratado correspondiente ante los ojos – Tratado que estaba listo desde 1879 – se les congeló la sonrisa, porque, leal como era este valeroso hombrecito sin ningún poder, simplemente les dijo aquello que saca de sus casillas a esa gente que disfruta de poder efectivo y que cree que tiene la sartén por el mango: NO, NO y, en caso que haya dudas, NO. Y cumplió con ese compromiso hasta el extremo de soportar vejaciones e insultos, incluso la deportación de la patria a tierras enemigas. Un paradigma digno de seguir en horas aciagas.

Por cierto, el valor de la Lealtad parece distinguirse mejor en tiempos de Guerra. La discusión contemporánea sobre si era mejor ceder terreno y acabar esa maldita guerra de una buena vez se hizo amarga y compleja con la deportación a Chile de García Calderón. La potencia de ocupación esquilmaba sin misericordia al Perú, y la juventud peruana moría con denuedo en los campos de batalla. No soy de los que está de acuerdo con lo que hizo Miguel Iglesias al reconocer la derrota y ceder territorio, pero lo cierto es que demostró entereza al aceptar una posición que en automático lo haría odiado por todos. Iglesias prometió terminar la guerra, y cumplió con lo prometido, preso de inmensa amargura, podemos imaginarlo, desde que él mismo había combatido contra los chilenos en el Morro Solar, donde vio morir a su propio hijo, y en San Pablo. Cuando entendió que el Perú no podía soportar más la guerra (en lo que podemos y debemos discrepar), el Presidente Miguel Iglesias cargó sobre sus hombros la responsabilidad de firmar la rendición y hacer la paz con Chile. Podemos estar en desacuerdo, pero que se compró el pleito, se lo compró. Y la entereza moral necesaria para hacer lo que se debe hacer tiene en Miguel Iglesias un trágico exponente.

En el Siglo XX, tan pletórico de deslealtades y promesas incumplidas, la figura del Presidente del Gobierno de Transición, Valentín Paniagua, también posee este brillo de la Lealtad. Por mandato constitucional y exigencia popular, el Presidente Paniagua debía tomar una serie de medidas que permitieran al Perú recuperar la vía institucional y democrática tras casi un decenio de dictadura de Fujimori y Montesinos. Y lo hizo dentro de los plazos establecidos, convocó a elecciones, y cumplió con toda lealtad su deber para con el Soberano que ahí lo había puesto, es decir el pueblo del Perú. ¿Por dónde andará su monumento?

Volvamos al siglo XVI con el Virrey Don Pancho Álvarez de Toledo. Si tomamos en cuenta lo importantes y discutidos que fueron sus más de 11 años como gobernante del Perú, el carácter de Don Pancho deviene como muy importante, y explica en buena medida lo acertado de su nombramiento. Don Pancho, a los 53 años de edad, ya era hombre completo y experimentado en las lides militares y políticas de su época. Administrador no lo era tan bueno, curiosamente, o cuando menos nada nos hace pensar que tuviera una gran experiencia previa. Pero está claro que poseía valores personales propios, que se decantaban en una conducta que se puede calificar de moralmente intachable. Sobrio hasta el extremo, era bastante inmune a la corrupción, por aquello de que quien nada necesita, nada apetece. De contextura sólida e imponente físicamente, su carácter serio y su firmeza le permitían, y seguramente muchas veces lo hizo, imponerse sobre los que le rodeaban, y establecer un fuerte liderazgo, que ejerció con audacia. Pagado de su propia persona, era impulsivo por momentos, e impaciente frente a lo que no andaba bien o no funcionaba, con seguridad debe haber dado muchos puñetazos contra la mesa para hacerse obedecer por los españoles de la época, tan aficionados al revolutis; y seguramente debe haber tenido medio aterrorizados a sus subalternos. Como era altivo, seguramente pensaba que nadie haría mejor que él las cosas, y debe haberle costado delegar la Autoridad del Rey. De ideas firmes y concretas, vino con la idea de reformar lo que debía reformar y mantener lo que había que mantener. No era fácil meterse con el Virrey Toledo, y más difícil todavía tenerlo bajo control, coacción o relativizar su autoridad, incluso influir en él debe haber sido casi imposible, y eso que los peruanos tenemos harta experiencia en eso de manejar al Príncipe. Este hombre haría lo que creyera correcto al servicio de Dios, el Rey y la Patria española, y punto.

Quizá sea difícil hallar en nuestra historia republicana a un gobernante que, en términos de carácter fuerte y firmeza de propósito, le sea comparable. Nuestros presidentes han sido demasiado dubitativos, demasiado temerosos de pisar callos, y esto demasiadas veces. Tal vez podamos encontrar en el siglo XIX la figura de Don Andrés Avelino Cáceres, empecinado en la Resistencia contra los chilenos invasores hasta el extremo de nunca admitir la derrota, y que jamás se rindió, con lo que dio muestras de un carácter parecido en ciertos aspectos al del Virrey Toledo. Es indudable que el carácter de una persona influye grandemente en su forma de administrar el estado. Si es sobrio, de carácter reformista, firme en sus ideas y planteamientos, serio y capaz de ejercer liderazgo, podemos decir que es una persona idónea para ejercer el mando, que requiere tener autoridad. En el siglo XX tenemos realmente pocos ejemplos de carácter fuerte. Esto parece ser más propio de los gobiernos fuertes, donde la Autoridad del gobernante muchas veces se expresará en términos del carácter que posee. Los gobernantes de Facto no pueden basar su Autoridad en fuentes externas a ellos mismos, tienen necesariamente que ser muy caudillos. Es posible que el Presidente de Facto Juan Velasco Alvarado haya contado, según se cuenta de sus acciones y contando con su talante reformista, con estas características personales cercanas a las del Virrey Toledo.

Retornando al Siglo XVI, lo cierto es que Francisco Álvarez de Toledo, ni bien llegó a Lima, lo primero que hizo fue establecer su Autoridad. Podría haberse comportado como otros Virreyes, en el sentido de que cuando estás en un cargo así, contemporizas con la realidad para no chocar demasiado con Chocano – que debe ser personaje de mucho poder - y hacer lo que tienes que hacer de la mejor manera que veas, aunque eso implique que pases por alto ciertas cosas. Cualquier persona que ha ejercido alguna autoridad, de cualquier tipo, sabe que esa autoridad nunca se desenvuelve en el vacío, sino en medio de inquinas, recelos, antipatías, conflictos, conveniencias, luchas por el poder y el control. Pero Pancho Toledo metió carácter y puso orden donde no lo había, de manera que pudiera dejar la capital, que era lo que quería hacer, y las cosas siguieran funcionando. Así se metió con lo más difícil por delante, de arranque y sin meter embrague: Reorganiza la hacienda y las escalas de salarios, restablece el servicio militar, nombra corregidores, pone orden en la Iglesia y la Audiencia. Se toma un año entero para poner orden en casa, porque aspira a más, y por eso o pisa ahora los callos difíciles y complicados, o no lo hará nunca. Y no deja títere con cabeza, y se mete con los temas de la plata, de las armas y de los nombramientos, es decir, los recursos económicos, militares y políticos, con lo que se asegura el control de las fuentes del poder.

Con esto sólo bastaría para decir que el Virrey Pancho de Toledo hizo un Buen Gobierno. Pero eso fue solamente el principio. Uno no hace cosas por hacerlas, sino para algo. El Virrey tenía un programa qué cumplir. Y como la única manera de hacer las cosas bien es verlas con los propios ojos, inició una famosa Visita General al Perú que duró 5 años, de 1570 a 1575, y dejó huellas tan duraderas como los corregimientos, las reducciones y las mitas. No insinúo que estas medidas hayan sido positivas para nosotros o para el Perú visto como la “persona nacional” de Basadre, solamente dejo sentado que Pancho Álvarez de Toledo, con lealtad probada a su Rey y a su Patria, y con eficiencia y firmeza de carácter hizo lo que debía hacer, y lo hizo bien. Y dejó por ello una huella histórica imborrable. Podemos admirar al hombre sin tener que denigrarlo por hacer eficientemente lo que desde su posición debía de todos modos hacer. Quizá podamos deplorar que no haya sido más tonto, débil o ineficiente, como la mayoría de los que han detentado autoridad en nuestra Patria. Quizá hubiera sido mejor para la vida de los peruanos de entonces el que no hubiera hecho bien las cosas. O tal vez podemos deplorar que de todos los ineficientes españoles de la época justo nos haya tocado éste. Pero que fue eficiente y eficaz, por suerte o por desgracia, lo fue.

No por nada le llamaron el Solón peruano. Solón, como mis lectores saben o ignoran, es el paradigma universal del legislador reformista y creativo, el que a partir de la realidad que encuentra, la modifica para mejorarla, para desactivar los conflictos y permitir el desenvolvimiento de una vida más o menos normal, tras resolver las contradicciones que encuentra. El Virrey Francisco Álvarez de Toledo resultó ser un reformista creativo y realista, que encontró al Perú como la mona, y cuadró las cosas para hacerlas manejables. En la ruta cometió errores, que su empleador Felipe II no le perdonó, lo que consideramos fue muy injusto. Porque, efectivamente, tuvo características de un Solón. Quizá debamos pedirle a Dios que nos libre de tipos eficientes que gobiernan bien, pero para el extranjero …

Ahora hagámosla igual que la que hicimos en la Parte 1. Pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Virrey Francisco Álvarez de Toledo?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de LEALTAD - FIRMEZA Y DECISIÓN POLÍTICA - CARÁCTER REFORMISTA. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. Luego suma sus puntajes. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
CARÁCTER

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y ojo, QUE DESPUÉS VIENE: El Presidente Ramón Castilla y Marquesado.



miércoles, 23 de marzo de 2011

UNA VISITA AL CARDENAL PRIMADO DEL PERÚ

(Corta Interrupción de la serie sobre Elecciones y Gobernantes en la Historia del Perú)


Nuestro amadísimo Cardenal es una persona extremadamente especial. Goza de un puesto de autoridad proveniente de una Institución que representa en la actualidad líneas muy conservadoras, incluso desde el Vaticano. No es una autoridad política, pero es indudable que desde que el mundo es mundo, las Iglesias tienen implicancias políticas reales, efectivas y concretas en el devenir de la política. Cualquier política realista debe tomar en cuenta este poder. Muchos años atrás Pablo Macera señalaba lapidariamente que en el Perú se gobernaba teniendo de una mano a la Iglesia, y de la otra al Ejército. Es decir, en corto, a los que influyen las conciencias y a los que portan las armas. Dos fuentes de poder indudables.


Con el tiempo esta visión ha cambiado y se ha diversificado. La Iglesia Católica ya no es la única fuerza que influye en las conciencias. Los medios de comunicación, otras Iglesias cristianas y de las otras, y diversas corrientes laicas se reparten una influencia sobre las mentes que antes era mantenida con mano de hierro vía los mecanismos sacramentales. Por otra parte muchas personas, en su fuero interno, no adscriben a estas posiciones. Los agudos conflictos históricos entre Iglesia y estado que se desataron en América Latina desde los años 30 y 40 hasta la actualidad, en el Perú no se produjeron con la misma intensidad. La fuente de conflicto más dura fue la Reforma Agraria del General Juan Velasco Alvarado, que afectó al antiguo y mayor terrateniente de la época, la Iglesia Católica. El Cardenal Juan Landázuri, hombre de Dios de inmensa caridad cristiana, puso por delante esta característica que debiera informar las acciones de los actuales dignatarios católicos, y renunció a la propiedad de estas tierras, evitándole al Perú un conflicto de grandes proporciones, y dando muestra de que a veces las Iglesias pueden ajustarse a las necesidades de la justicia. Viendo el desempeño de nuestro actual Cardenal – Arzobispo, cómo se le extraña a Landázuri.


Si pensamos en los milenarismos brasileños, o la guerra de los cristeros en México, veremos que nosotros al fin y al cabo la pasamos piola. La Teología de la Liberación, producto peruano de exportación, proporcionó un equilibrio necesario a la Iglesia Católica, cosa que hoy extrañamos al ver a la Iglesia de Bartolomé Herrera y Hubert Lanssier tan decantada a un conservadorismo tan poco ajustado al ágape cristiano. Los grupos de laicos conservadores católicos más extremos invariablemente son grupos de personas con mucho dinero y poca sesera, que reproducen las diferencias sociales y les otorgan carácter de voluntad divina, que terminan presos en contradicciones que de cuando en vez saltan, y que se acallan en medios de comunicación porque la imagen es lo último que se pierde. La estructura de la Iglesia Católica de hoy no proporciona suficiente guía a estos grupos y tampoco a la gran masa de sus feligreses. Tampoco es que sea una organización muy santa. En nuestro país la Iglesia Católica se las arregló para estar apegada al poder económico y político de modo tal que su influencia se empleó en la defensa y refuerzo de las posiciones conservadoras, y a la inversa, fue defendida – y aún lo es – por los grupos más conservadores, aunque no con la unanimidad de que solía gozar. Una simbiosis de poder, en suma. Pero que afecta la labor que supuestamente se planteó a sí misma hace ya siglos. De hecho, y como suele ocurrir con las Iglesias, el compromiso político se tragó al Catolicismo Peruano, que nunca fue demasiado fuerte ni en sus mejores momentos, y que por desgracia históricamente ha estado mayoritariamente del lado de los poderosos, formando al final parte objetiva de la alianza para extraerle la plusvalía a las gentes, con la excepción de personalidades y grupos que sostenían y sostienen otro y más evangélico espíritu.

La Iglesia Católica es en consecuencia, y hoy más que nunca, una fuerza política, con posiciones, compromisos y alianzas, a la que, como a todo actor político, es necesario considerar en un análisis concreto del tejemaneje político. Ello, como es obvio, no tiene mucho que ver con quien ocupe el solio. Podría ser la Madre Teresa de Calcuta o el fraile Torquemada. Igual hay que caer por ahí. Y sonriendo además. A la vista de ganar las elecciones y asumir el control del aparato del estado, las relaciones con el vecino que administra la Catedral se vuelven repentinamente importantes. Cabe entonces, en una acción política medianamente eficaz, establecer como aliada si es posible, o por lo menos neutralizar, a dicha fuerza política. ¿Cómo se neutraliza la posición política de un grupo político? Esto es parte de la teoría de las alianzas. Por lo general primero se establece una línea de comunicación que permita el intercambio de ideas y opiniones. Luego se buscan los elementos comunes que permitan establecer conversaciones y tratativas. Se refuerzan los puntos en común. Se negocia. Se llega a cuerdos acuerdos. Casi un protocolo de Realpolitik.

Es así que un rito no tan formal como la Misa o la Confirmación, pero igualmente importante, es el de que los candidatos a la Presidencia de la República se den su vuelta para visitar al posible vecino. Naturalmente es una reunión de lo más cordial, llena de lugares comunes acerca del rol histórico de la Iglesia en la formación de la nacionalidad del Perú, y de la importancia de mantener buenas relaciones entre la Iglesia y el estado, ambos preocupados por el bienestar de la Indiada, etc, etc, etc. Es decir, podría haber sido una cosa muy sencilla, una de esas conversaciones que no te obligan a nada pero que establecen líneas de comunicación que dado el caso serán necesarias. O que cuando menos, no estorba tener. Conversar no es pactar, decía Don Ramiro Prialé, epítome de los negociadores políticos en nuestro país.

Por otro lado, la reacción de los grupos ciudadanos de defensores de los derechos de las personas de diferente orientación sexual ha sido muy interesante. Creo en lo personal que los ciudadanos de diferente orientación sexual necesitan y deben tener vías para que las situaciones afectivas y legales creadas a nivel de las parejas sean protegidas por el Estado, en el mismo nivel, equivalencia o igualdad de las relaciones entre los heterosexuales que son el resto de la población. Se legisla por la naturaleza de las cosas, no por la condición de las personas. Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos y costumbres, y más aún en el terreno afectivo social. Contra esto va la ausencia total de políticas de fomento social, que en nuestro ordenamiento legal obedece a muchos factores. No tenemos, o si las tenemos son inoperantes, políticas de juventud, de infancia, de adulto mayor, de parejas, de género, de adopciones, etc. Falta, error, inconsecuencia y responsabilidad de los que hasta hoy nos han gobernado, de los cuales muchos intentan hoy repetir el sabroso plato. Esta ausencia de visión de desarrollo social es uno de los grandes temas pendientes, y forma parte de la Deuda Social que los administradores del estado peruano, ocupado en favorecer a los grandes conglomerados a cambio de migajas, no se ha preocupado de satisfacer.

Menos aún se han establecido políticas para el caso de las personas de diferente orientación sexual. Pero aclaremos. Los derechos son algo esencial en el ordenamiento democrático. Pero convertirlos en realidad es complejo, y depende del principio de realidad, es decir del mapa político en concreto y del avance de la opinión pública. El ejemplo de la abolición de la esclavitud es notable y muy análogo. En una perspectiva maximalista tenía que hacerse, debía hacerse, era cosa ya no solamente de derechos sino de humanidad y de dignidad. Pero se necesitaba o el dinero para pagar, o una guerra civil. De hecho en Estados Unidos hubo una guerra civil. Y en Brasil el tema era tan esencial que produjo la caída del imperio y la fundación de la República. En nuestro país el guano financió la liberación de los esclavos y nos evitamos una guerra social. Por supuesto, esto los maximalistas se lo criticaron a Ramón Castilla en nombre del deber ser. Pero la esclavitud fue abolida.

Sin embargo, la situación de las personas de diferente orientación sexual en el Perú no es como la de los esclavos del último tercio del siglo XIX. Menos mal. Ni tampoco son tontos ni están ahí esperando que los liberen, lo que es mejor aún. En mi modesta opinión, las personas de diferente orientación sexual deben ejercer todos los derechos que nos asegura la ciudadanía en un estado democrático, y soy partidario de una apertura total, hasta maximalista en ocasiones. Pero una cosa es con guitarra y otra es con vihuela. Veamos la operatividad de las cosas, es decir el problema concreto de convertir una aspiración en un hecho político. En mi experiencia asesorando y elaborando Planes de Gobierno, me costaba muchísimo, incluso en partidos de izquierda, introducir el tema puntual de los derechos y libertades que se les debe a las personas de distinta orientación sexual. Personas con indudables raíces revolucionarias, luchadores sociales valientes y capaces se oponían a esta ampliación natural de los derechos mostrando una homofobia completamente inconsecuente con sus avanzadas posiciones en otros campos. Muy humano, por cierto. Había particular oposición al “matrimonio gay”, por motivos de nombre y de rasgos del matrimonio en el Perú, que está tan arrejuntado con el tema del matrimonio religioso, que es considerado “Institución”, y no solamente “Contrato”, como en la mayoría de los países. Y es que esta “Institución”, por serlo, es protegida por el Estado, y esto es constitucional e imposible de soslayar. Tampoco es que estos políticos de izquierda opositores al matrimonio gay fueran impermeables, en especial cuando se les mostraba los hechos reales sobre los que había que crear posiciones y tomar en cuenta. Tampoco dejaban de entender que hay vastos sectores de población con diferente orientación sexual, cada uno con su voto,m y que esos votos pueden ser orientados al voto preferencial. Y así apareció en la discusión política la figura, en varias partes a la vez, de la “Unión Civil”, contrato pero no institución, que pareció en aquel momento producto de una negociación política nada deleznable. Poner de acuerdo a políticos profesionales es tarea para los chinos que construyeron la Gran Muralla …


Se entiende que las organizaciones que nuclean a personas de diferente orientación sexual sean maximalistas. Como a muchos, me hizo sonreír la manifestación de chapes hecha al frente de la casita del Cardenal-Arzobispo. Era singularmente apropiada, y extraordinariamente bien dirigida, aunque es cierto que lindaba con la invasión de propiedad. Sin embargo, tomada con cierto liberalismo, no resulta muy diferente de la ritualizada forma en que los sindicatos y organizaciones sociales de base estructuran sus marchas al Congreso, gases lacrimógenos incluidos. Como para darles a los compañeros LGTB la bienvenida en nombre de todos los “protestantes” del Perú. Pero sospecho que tienen que aprender aún que parte del rito también es que su manifestación y posiciones sea minimizada, deformada o banalizada. Y que si logran visualizar su tema, este será atacado, no importa la justicia de su causa. Naturalmente, en la defensa de sus derechos, siguen y seguirán contando con el suscrito.

El que un político como Ollanta Humala le señale al Cardenal Primado del Perú que su familia es católica o que las familias de Nadine y la propia son familias conservadoras, no nos parece que sea para tanto. No le va a contar que nunca van a Misa, si es que no van, claro. Decir de lo que es, que es, es decir, según Aristóteles, la verdad. El Presidente de la República gobierna para todos los peruanos, héteros y homos, varones y mujeres, católicos y ateos. Tiene que andar con la opinión pública, es lo que le corresponde, y lo que más le vale hacer si no es tonto. Y aunque no nos guste no es tema fundamental en el Perú la situación legal de las personas de distinta orientación sexual, lo es el tema de las estructuras familiares, que lo abarca. Y tampoco creo que el manejo que Ollanta hizo del tema haya sido el mejor. De hecho creo que pudo hacerlo mucho mejor. Pero perdónenme mis amigos, el problema del aborto es mucho más grave. Perdónenme mis amigos, pero hay muchas más familias con un solo padre que personas de orientación sexual diferente, aunque a veces coincidan las problemáticas. Perdónenme mis amigos, pero la situación de las familias en el Perú, sin chamba, sin salud, sin educación, sin servicios, sin seguridad, abarca a la de las personas de diferente orientación sexual. Por ser de distinta orientación, no han dejado de ser ciudadanos ni de padecer estas situaciones que, según parece, la mayoría de los candidatos no está afrontando frontalmente en su afán por sostener el modelo económico.

Para culminar, veamos el asunto desde una perspectiva que suponemos más realista. Entre las posibilidades reales de presidentes de la república que tenemos, ¿Será Toledo el que volverá funcional el tema? Recordemos que frente a la presión mediática ya retrocedió sobre el tema, imaginemos qué pasará cuando tenga que enfrentarse con Cipriani, sobre todo considerando lo que le pasó en su anterior gobierno, extraordinariamente débil. ¿Y Keiko? Me parece que ella más bien no ve con simpatía el tema… ¿Y Castañeda? Bueno, ahí francamente no sabemos, pero creemos que en vez de apoyar a las personas de diferente orientación sexual, posiblemente les construya una escalera. ¿Y PPK? Me parece que es demasiado conservador para meterse con la Iglesia. Visto desde esta luz, las cosas se ven un poco diferentes.

El problema con este tema, como con otros, es que siempre será un tema polémico, guiado de las hormonas o del hígado en vez de ser afrontado por las neuronas. No creemos ser los dueños de la verdad, pero creemos que nuestra opinión merece ser manifestada, en especial porque pensamos que la política también es una ciencia. Y ya vuelvo con la segunda Parte de Elecciones y Gobernantes en el Perú.

martes, 22 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 1)


Como dice la canción, no se puede nadar sin agua. Tengo en la línea de producción cosas sobre didáctica de la Historia, enseñanza / aprendizaje de valores, perlitas cognitivas, educación para el trabajo y varias cosetas más, pes cholo. Pero se nos meten las elecciones en medio, y queda tan poquito para la primera vuelta que mejor tratamos de hacerle guiños a la realidad política y meternos de nuevo en el ajo. Estos últimos días las cosas decantan. Las encuestadoras, temerosas de perder credibilidad – deben seguir vendiendo estudios de mercado cuando no hay elecciones, la vida hay que ganársela – empiezan a sincerarse. Y es lógico, hay dos mil maneras de manipularlas, y muchas se han evidenciado en los últimos días, con lo que la gente pensante debería no caerse de contento cuando una encuesta te da más votos de los que te dijo originalmente que tenías. Los abrazos de oso sueles ser algo apretados. Pero para nosotros, la indiada, pueden ser cosas del Orinoco, de esas que tú no sabes y yo tampoco.

Así que ni modo. Habrá que intentar meterle un poquito más de neuronas a la campaña electoral. Y en este caso se me ha ocurrido pensar qué es lo que esperamos lograr con las elecciones. Y pensaba que si vamos a votar por Presidente de la República, por Jefe del estado, valdría la pena hacer un pequeño recorrido.

Cultura política y orígenes

Nuestra cultura política es curiosa. Es una de esas cosas que determinan nuestra identidad. Y aunque quizá eso no nos guste, nuestra identidad, eso de “ser peruano”, está muy determinado por esa cosa que se llama sociedad, y la sociedad tiene un desarrollo en el espacio – este territorio que llamamos Perú – y en el tiempo. Lo que hacemos hoy tiene, tras de nosotros, casi 200 años de vida republicana, 300 años más de Colonia de los españoles, un siglo de Tahuantinsuyo más, y, casi nada, 10,000 años de constante permanencia en nuestro territorio. Ello nos sube la autoestima, y nos ha dado una cierta prestancia que otros países no tienen, y en América, salvo México, y quizá Bolivia y Guatemala, ningún país es comparable a este pedazo de tierra, con su curiosa gente y sus extrañas ideas de cómo gobernarse. En los Estados Unidos, algo que tenga 200 años es realmente viejísimo. En la Argentina, la gente no desciende de sus abuelos, sino de los barcos repletos de migrantes. Nuestras tradiciones son viejas como los agujeros de las orejas y el Hombre de Lauricocha. Gozamos o padecemos de una mezcla informe de estirpes, muy nuestra, donde convivimos desde bailarines de marinera moches hasta navegantes lacustres aimaras, pasando por descendientes directos de Huayna Cápac – nuestro amigo el genealogista Ronald Elward los ha encontrado -, polacos nacionalizados, palestinos fabricantes de alfombras mágicas, huancaínos que comercializan hasta los ojales vacíos de las camisas, quechuas mahometanos, pentecostales e israelitas del Nuevo Pacto Universal, zambos que tocan el cajón y rockean como los buenos, pitucas que charlan por los codos en sus casas de playa, tusanes que cocinan el mejor wantán frito del universo, croatas pescadores, tiroleses con mote, capullanas morenas de ojos verdes como la perdición de Adán, bricheros y pequeños empresarios, vedettes y delincuentes, sacerdotes y luchadores sociales, y un larguísimo e inacabable etcétera. Pucha, que tratar de entender nuestros orígenes como sociedad es tan sencillo como explicar en fácil la teoría de las Supercuerdas.

Don Nicomedes Santa Cruz, ese grande y orgulloso Negro Peruano, pretendía en una de sus décimas simplificar el nudo gordiano, y sugería con gracejo que en el Perú solamente cohabitaban tres razas, y eso era fácil de entender para todos. Total, no hay más que indoblanquinegros, blanquinegrindios y negrindoblancos. Pero se le olvidaron al zambrano los tusanes y los niseis, que hay harta gente de esa por acanga; y de que decir “indio” es meter en el mismo saco a huancas, quechuas, moches, tallanes, chachapoyas, cajamarcas, chancas, collas, shipibos, matsiguengas, aháninkas, aymaras, etc.; y que decir “negro” es mezclar a congos, angolas, ashantis, sudaneses, bantús, zulús, xhosas, hausas, etc.; y que decir “blanco” es mezclar a vikingos, árabes, tiroleses, andaluces, calabreses, provenzales, escoceses, bávaros, húngaros, bielorrusos, drávidas, etc.; y que decir “chino” es combinar viets, han, song, nipones, coreanos, taiwaneses, mongoles, tibetanos, y más etcéteras todavía. Así que tratar de dilucidar las mezclas y combinaciones puede ser realmente espeluznante, e incluso escandalizar a algunos creyentes en la imposible “pureza de la sangre”. ¿Cómo, Dios de Israel, le llamamos a alguien cuyos ocho bisabuelos son de origen cajabamba, portugués, croata, vasco, danés, chincha, alemán, y español? ¿”Chincapocromán? ¿”Davascajañol””? Yo tengo mi propia teoría al respecto, y creo que es la mejor posible. A alguien así le llamo “hija”. Es que solamente Dios, en su infinita sabiduría, quizá pueda tener una idea de los tipos de gente que existe, y de cuánto grupo más hay en nuestra patria tan extraordinaria. Total, dicen que Dios, para rematar esto de la mezcla, nació en Trujillo … Así que mejor no nos metamos con lo que no es posible meterse.

Un paréntesis

(Dicho sea de paso, eso del tema de “peruanos afrodescendientes” estará bacán para los discursos oficiales, pero desde que tengo memoria tengo amigos negros, y vaya, negros les he dicho siempre, aceptando bien interculturalmente el mote de “crudo” para mí, por cierto. Es que una cosa es el discurso oficial, que pretende marcar la interculturalidad para los que no la agarran, lo que debe hacerse y está muy pero que muy bien, y otra cosa muy distinta es jugar fulbito y decirle a Carlitos: “¡afrodescendiente no amarres bola, pásala!”. El idiolecto es el idiolecto, y solamente debiéramos pretender cambiarlo cuando resulta ofensivo o irrespetuoso con un grupo humano, o cuando el grupo mismo, con todo derecho, desee ser conocido de otro modo. También es cierto que el tono dice mucho, y entiendo que los “negros – afrodescendientes” se resientan de la palabra “negro” dicha con displicencia, desprecio o prejuicio. Y es cierto que palabrejas como “negroide” son monstruosidades por donde se las mire. Y para sentar un ejemplo, no otra cosa ha sido sustituír “campas” por “asháninkas” o “machigüengas” por “matsiguengas”, que es como los asháninkas y matsiguengas de nuestra patria desean ser llamados, por sus propias razones y sin que al resto nos tenga que importar cuáles sean. Si yo me llamo Javier no quiero ser Douglas Enrique, pues mi nombre es parte de mí y mi identidad. Y como dice Guareschi, cada uno consigo mismo, y Dios con todos. Fin del paréntesis.)

El Gobernante en la Historia del Perú

Me encantan las digresiones, dicho sea de paso. Mis sufridos lectores lo habrán notado. Llevo dos páginas y no he entrado en materia todavía. Así que, como dice el dermatólogo, vamos al grano. Los estilos de ser gobernante en nuestra Historia marcan, quieras que no, el estilo actual de serlo. Tratemos de entenderlo mejor.

¿De dónde proviene la autoridad republicana con la que revestimos al Presidente de la República? Teóricamente del consentimiento popular expresado en la voluntad general del pueblo. Este ya es un ajo conceptual. Porque el “consentimiento popular” siempre ha sido en eso que llamamos Democracia, una trampa para cazar inocentes pajaritos. La “voluntad general del pueblo” es algo tan huidizo y tan difícil de determinar que el teórico francés Condorcet – víctima de la Revolución Francesa que dio lugar a la frase de que la Revolución se traga a sus hijos-, que era hombre práctico, tenía que recurrir a una falacia, la de suponer que si alguien obtenía más de la mitad de los votos, entonces representaba la “voluntad general del pueblo”. Es decir, el hecho práctico de que todos los habilitados para ello votemos nos da una idea aproximada de la “voluntad general del pueblo”. En las actuales elecciones las encuestas, cuál grandes electores, proponen a cinco probables candidatos al “Sillón de Pizarro”, lo que nos parece gracioso. ¿Qué clase de autoridad republicana es la de alguien que sale elegido con el 30 % de los votos? Eso está en nuestra Tradición, porque el ballotage o Segunda Vuelta es cosa bien nueva en nuestra legislación.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los gobernantes anteriores de este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él.

Autoridad y elecciones

Miremos un poco más adentro, ligeramente. Al principio de nuestra Historia Republicana el Presidente era elegido de manera indirecta por el Congreso. Lógico en una República que recién empezaba y que pretendía tener cierta estabilidad para lograr eso de ser Libre y Feliz por la Unión. Viéndolo en cierta perspectiva, veníamos de haber sido Virreinato y Tahuantinsuyo, y en esas unidades políticas nadie elegía a nadie. El Sapa Inca era resultado de una combinación de sucesión por sangre y guerra ritualizada; y el Virrey del Perú era nombrado por el Rey de España. Sin embargo, nuestro imaginario popular y social vio y ve aún a los gobernantes como una suerte de seres semi-divinos, con capacidad para hacer más o menos lo que les venga en gana, limitados básicamente por su propia voluntad y por las fuerzas concretas a las que les deben sus cargos. Nada raro si entendemos que la democracia y la república son instituciones novedosas – menos de 200 años - en un país con más de 10,000 años de Historia.

Nos pasamos los primeros 30 años de la República con caudillitos imitadores de los Virreyes y los Sapa Incas, pero incapaces de moverla con la solvencia ya no de Pachacútec o el Virrey Toledo, sino de sacristán de Iglesia de Cristo Pobre. Llegó Ramón Castilla y tuvimos ilusiones, ingresos y veleidades de gran potencia, y por un buen rato – lo que duró la plata del guano y el salitre -, nos la creímos. La Guerra con Chile nos devolvió a nuestro nivel, y con el tiempo y tras el supuestamente tranquilito período de la República Aristocrática (1895 – 1919), en la que gobernaban los que la movían y nadie más, se vinieron huaycos democratizadores de dentro y de fuera del Perú, y empezó un ajuste de cuentas interno que aún no acaba. Tras la dictadura de Leguía y su fracaso en perpetuarse, vino una Constitución – 1933 - que nos movió el piso y el cotarro, porque por primera vez había voto directo para elegir al Presidente de la República. Se acababan para siempre los compromisarios y las tutelas, y el pueblo pisaba con sus pies cochinos lo que hasta entonces fue salón dorado de aristócratas y señores semifeudales. Quien pateó esa puerta, debemos decirlo, fue Víctor Raúl Haya de la Torre. No nos interesa ahora lo que haya hecho después, en aquel momento era visto peor que Ollanta ahora. Hasta entonces caudillajes militares y civiles le pasaron la factura al sistema político peruano. Desde entonces las Dictaduras ya nunca más pudieron ser lo que eran, desde que el pueblo estaba involucrado. Para ser Dictador, como lo fueron Benavides, Odría, Velasco, Morales Bermúdez y Fujimori, debías rodearte de ciertas formas gubernamentales que te dieran legitimidad, para hacer tu régimen “sostenible”. Incluso elecciones, aunque fueran amañadazas, como las de Odría de 1950, o las de Fujimori. Y si te sometes a elecciones estás frito, Dictador, porque tarde o temprano te darán forata, de uno u otro modo. Testigo el ciudadano Fujimori. Y, desde otra perspectiva, testigo el general Velasco, que precisamente cuestionaba a profundidad las elecciones, dado que así como estaban no representaban a nadie, y por eso jamás las convocó pues no las necesitaba.

Desde 1933 hasta la fecha sostenemos la elección directa del Presidente de la República, aunque con dos cambios fundamentales. Uno fue la ampliación constante y sostenida de capas de población al electorado. Las ampliaciones fueron por edad, de 21 años a 18; luego por género, y las mujeres votaron; y al final se acabó con la prohibición para los analfabetos. La otra fue el sistema de Segunda Vuelta, que reflejaba la preocupación de darle más carne a la “voluntad general del pueblo”, para que el Presidente tuviera más del 50 % de los votos, y lograra legitimidad para que fuera más difícil bajárselo.

Pachacútec, Sapa Inca

Empecemos el recorrido por los gobernantes más característicos del Perú por el Sapa Inca Pachacútec, autocrático y divino gobernante del Tahuantinsuyo, que es su principal paradigma. Podemos suponer que la Autoridad del Sapa Inca reflejaba a la de los muchos Sinchis, Cápacs, Curacas y gobernantes de toda índole que hubo en el Perú desde 10,000 años en adelante. Así que tradición telúrica de gobierno había tras él. Hubo en apariencia, incluso, otro Imperio en la Historia anterior a la invasión española, el Imperio Huari, y podemos perfectamente suponer que el Sapa Inca heredaba, como era lógico, toda la parafernalia, características, y conceptos vinculados a la Autoridad in illo témpore. Así que el Big Boss en cuestión, autoridad suprema del Tahuantinsuyo, devenía su poder de una legitimidad basada en su relación con la Tierra y los poderes del más allá, que de una u otra manera hemos heredado. El Sapa Inca era un jefe religioso, porque era el Hijo del Sol, nada menos. Lo que quería decir que tenía que negociar con toda una élite religiosa muy poderosa. Aliado con ella rodeaba sus actos de ritos religiosos que reforzaban su legitimidad. Al Hijo de Dios no lo detienes en la calle y le pides DNI para que se identifique. Y por si hubiera alguna duda, el Big Boss circulaba sentado en sus andas, con una guardia personal de esas que no te las para ni mandinga, rodeado de sacerdotes, vírgenes del Sol, soldados adustos, ayayeros, cargadores de andas, funcionarios de gobierno, ministros de estado, portaquipus, y como diez mil extras encargados básicamente de gritar Causachum Pachacútec. Había que ser muy idiota para no verlo, y más te valía verlo y gritar causachum, so pena de perder salva sea la parte antes de que sin mayor ceremonia te cortaran el pescuezo.

Es obvio que a Pachacútec no lo eligió nadie, si acaso él mismo. Ni siquiera le tocaba ser Sapa Inca. Él se la hizo, por decirlo así. Es decir impuso su Autoridad. Naturalmente primero fue héroe militar al derrotar a los chancas en Carmenca y Yahuarpampa, cuando no era más que el Auqui Cusi Yupanqui, lo que demuestra su audacia al enfrentar ejércitos más poderosos, así como su capacidad militar. Es curioso, porque hemos tenido presidentes que han sido héroes militares, como Castilla, Cáceres y Benavides. Aunque tampoco ello asegure algo. Don Eloy Ureta, ilustre vencedor en la Guerra con Ecuador, perdió las elecciones frente al insípido Manuel Prado. Ah, pero el Jefe de Estado Mayor en esa guerra, Manuel A. Odría, sí que fue presidente por golpe de estado. En fin. Lo cierto es que el Auqui Cusi tiene que ajustar sanguinarias e internas cuentas con el aparente correinante Inca Urco, a quien le pisaba los callos; y hacer de su padre el Sapa Inca Viracocha una figura decorativa, conservándolo como mandamás teórico, para que sea el Auqui Cusi quien realmente la mueva. A la muerte de su padre, el Auqui Cusi deviene Sapa Inca, y ahí es donde lo vemos realmente en acción.

El Sapa Inca Pachacútec respeta la institucionalidad que ha heredado y la utiliza, ni más ni menos que un Presidente moderno, para remachar su Poder y aumentar su Autoridad. Hace alianzas sociales, políticas y militares con diversos ayllus y etnias, y combate a otras, lo que le permite controlar las fuentes de poder de todos los tiempos, los recursos económicos y a la vez aumentar sus efectivos militares. Organiza un aparato administrativo realmente eficiente para manejar dichos recursos. Los quipucamayocs son el aparato burocrático y administrativo al que nada se le escapa en su furia contable. Los tocricocs o tukuy ricocs son una combinación de contralores, fiscales y espías que, premunidos de la Autoridad del Sapa Inca, simbolizada en las hebras de la mascaypacha que portaban, vigilan con los ojos bien abiertos todo lo que ocurre y ponen orden en donde hay que ponerlo, destituyendo funcionarios y expandiendo, para ponernos poéticos, “la Justicia en toda la Tierra”. Claro que esa era la justicia de Pachacútec, no la nuestra. Pero que la gente se comió ese contenido ideológico se lo comió con ojotas y uncus completos. Y con todo éxito, pues aún hoy en día, nos la creemos.

Me imagino una posible escena de la época. Un Collca Camayoc (administrador incaico de collca) se tira una cantidad de maíz producto del tributo de los ayllus, y por el que debe responder, para hacerse su aqa (chicha) a espaldas de las gentes, y meterse su tranca de vez en cuando. Alguien más tenía que saber de esto, porque habría cuando menos un quipu camayoc que viera el faltante y lo registrara, pues así es la chamba. El astuto Tocricoc que casualmente “por ahí pasaba”, seguro metía la nariz en los quipus, y detectaba el faltante. Casi veo al Tocricoc desplegar las hebras, tomar el mando y dedicarle al corrupto, con la mismísima Autoridad del Sapa Inca, frente a quien todos tiemblan, una de esas muertes espeluznantes por lo horribles, y que se vuelven testimonio de la dureza en la aplicación de la Ley. Desde siempre es así como se sienta ejemplo sobre el adecuado manejo de los recursos comunes. Por supuesto no lo hacía en nombre del pueblo, sino del sacrosanto Sapa Inca Dueño de Todo y Detentador del Derecho, a quien robarle era, Inti no lo permita, nada menos que crimen nefando. Aquí tenemos ante los ojos el significado real de decir Ama Súa, Ama Qella, Ama Llulla, por más que la frase misma no sea real. Lo real y concreto era “róbame y miénteme, y verás lo que te pasa”.

De entonces acá, vemos la Autoridad política como la de un alguien que “organiza”, que “hace funcionar” el aparato del estado de manera correcta. Ese Alguien no tiene piedad con la corrupción. Nos interesa tanto que las cosas anden bien que le exigimos al Sapa Inca, perdón, al Presidente, que sea un buen organizador y que castigue duramente la corrupción. En nuestra historia republicana encontramos que hombres como Manuel Pardo y Nicolás de Piérola cumplimentan de alguna manera este primer paradigma, el de “organizador” y “luchador contra la corrupción”.

Sigamos con el Poderoso Sapa Inca Pachacútec que, premunido de la autoridad que le da poseer el control religioso, económico y militar, está subido en la cresta de la ola de una dinámica de expansión militar y política, en la que se va apoderando a la velocidad de Illapa (el rayo) de las fuentes de riqueza de la época. Lo vemos extender su aparato organizativo, ordenar el mundo poniendo a los ayllus a trabajar para él, construir, reconstruir y mantener con eficacia caminos, puentes, tambos, collcas, acllahuasis, centros administrativos, palacios y ciudades completas. Así legitima su Autoridad a cada paso que da, aprovechando todo lo que encuentra en su victoriosa marcha. Logra asegurar condiciones de vida vivibles y ordenadas a la población, y la organiza para utilizarla como un instrumento bien templado para la sostenibilidad del sistema de la que él es la cabeza. Crea círculo virtuoso tras círculo virtuoso. Es, realmente, un ejemplo extraordinario de Buen Gobierno que ha superado las barreras del tiempo. Sobre el Orden que erigió, su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac añadieron y modificaron, pero no fueron muy creativos, sino simples talentosos continuadores. Si miramos el paradigma de la Autoridad Política en el estado anterior a la invasión española, ese paradigma indudablemente es el Auqui Cusi Yupanqui, el Sapa Inca Pachacútec. Él es indudablemente nuestro Hammurabi, Marco Aurelio o Tsi Huang Ti andinos.

Hagamos un juego que tiene algo de ejercicio mental y pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Sapa Inca Pachacútec?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de AUDACIA - CAPACIDAD DE ORGANIZACIÓN - LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Luego suma sus puntajes. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
AUTORIDAD

LUIS CASTAÑEDA
KEIKO FUJIMORI
OLLANTA HUMALA
PEDRO PABLO KUCZYNSKI
ALEJANDRO TOLEDO

Nota: Que me perdonen mis amigos que piensan votar por otros candidatos, pero es que se necesita ahorra espacio también ...

Y ojo, TAMBIÉN VIENE: El Virrey Francisco Álvarez de Toledo, y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado.