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martes, 29 de noviembre de 2011

CONTRA EL CASTIGO



Escena gris:
Los niños están resolviendo un problema de matemática. Un niño llama a la profesora y le dice “¿Cuánto es tres por seis, miss? No me acuerdo”. La profesora le responde: “¿Tres por seis? ¿No lo sabes? Eso te pasa por no saber las tablas de multiplicar ¿Ves? Tienes que saber la tabla. No sé. Sigue pensando”. Y el chico se quedará pensando hasta que concluya la hora.
Escena clara:
La misma escena. El niño: “¿Cuánto es tres por seis, miss? No me acuerdo”. La profesora: “¿Tres por seis? A ver. Es como si dijeras tres veces seis. ¿No? Saca la cuenta”. El niño “Seis y seis doce… … y seis… dieciocho…  Entonces, seis por tres ¡dieciocho! Ya lo sé”. La profesora: “Claro que lo sabes. Ahora puedes continuar ¿no?”
(Ejemplo de Manuel Valdivia Rodríguez – Blog de Educación y Pedagogía)

El colega Manuel Valdivia publica en su Gaceta de Educación y Pedagogía un esclarecedor artículo, del que he extraído el epígrafe que preside éste. El colega enfila sus baterías contra el negativismo y mala leche de los docentes en lo que a evaluación se refiere, expresado en la manía de los docentes de encontrar los errores que el alumno comete. De hecho, vivimos en una cultura evaluativa dedicada al aplastamiento de la autoestima a través del hallazgo, enumeración y concienzudo restregamiento en la cara de toda suerte de errores y omisiones que se presenten en los trabajos y tareas de los alumnos, como se ve en el masivo empleo de tinta roja para corregir y hacer notar el error. No estamos entonces ante un estímulo aversivo destinado a provocar en el alumno el deseo de trabajar, sino ante un castigo que aunque teóricamente se dirige a vehicular un cambio de conducta hacia lo positivo, en realidad produce lo contrario. A veces parece que los docentes resolvemos el problema personal-social del maltrato de la profesión, trasladándole la sensación de fracaso y desilusión a los alumnos. Por alguna razón, educadores, padres y madres de familia creemos que el castigo educa. Creemos que si maltratamos a los chicos, ellos usarán la sensación de fracaso como un reto para superarse. Nada más falso. Al margen de que el castigo en sí mismo tiene ribetes de inhumanidad, encima es la peor manera práctica posible de educar, en especial en las etapas más álgidas de formación de la personalidad.

Distinciones

Tratemos de distinguir la Educación basada en la punición, los estímulos aversivos y los castigos. He conversado varias veces con distinguidas personas de pensamiento conservador, que presentan una visión del mundo que justifica EL CASTIGO como forma de educar. El razonamiento latente que lo soporta es poco más o menos el que sigue: Hay un complot mundial comunista-islamista - que la Unión Soviética se evaporara en 1992 o que el Islam es una religión y el comunismo ateo no parecen afectar el argumento - que financia a los caviares vía ONG con plata de Hugo Chávez, para reblandecer nuestra sociedad desapareciendo los valores que la sostienen, y destruir las fuerzas armadas que los garantizan, y así vivimos en una sociedad que ha perdido sus valores. Sí, ya sé que el razonamiento es circular, pero así es como me lo han puesto montones de veces. Recibo a cada rato por Internet anécdotas e historietas que ilustran lo maravillosa que era la educación punitiva del pasado en comparación con la de hoy día, educación blandengue y maricona, que consiente a los alumnos y los trata con demasiado guante blanco, dejándoles hacer lo que les da la gana, con el resultado que son unos relajados morales que no aprenden nada. Y todo por falta de valores. A este holocausto educativo le oponen la defensa del autoritarismo y la violencia escolar, la añoranza y nostalgia por el bullying y matonería de profesores contra alumnos y alumnos contra alumnos, la apología del látigo, la palmeta y las orejas de burro, del pararse mirando a la pared, de la jaladera de patillas, del congelamiento durante el recreo; en suma de la aplicación de la DIS-CI-PLI-NA, señores, para formar los valores que la patria necesita y que deben imponerse como Dios manda, a fuetazo limpio y qué me mira cadete.

Estímulo aversivo y castigo

Distingamos. Una cosa es castigar, otra es aplicar un estímulo aversivo. Si mi hija de tres años acerca su mano hacia una tetera hirviendo llevada por su natural curiosidad por las cosas, no puedo ponerme a explicar. Un golpe directo y firme en la mano es muchísimo más eficiente para evitar el daño y establecer con claridad lo que no se debe hacer. Naturalmente el golpe debe ser medido pues señora, porque NO ES UN CASTIGO POR PORTARSE MAL ni es para que usted saque al fresco sus justificadas tensiones, es un estímulo aversivo para impedir que la niña se haga daño. A no ser que seamos sado-masoquistas o tengamos serios problemas emocionales, deberíamos poder diferenciar claramente el uno del otro. Por desgracia, mucha gente no los diferencia, porque hemos sido criados en una cultura punitiva y autoritaria, y tendemos a repetir la manera cómo nos trataron, quizá por una suerte de revanchismo escondido en el fondo, ahí al lado del recuerdo de nuestra resistencia pasiva. Somos aún demasiado “fieles al castigo”.

Todos sabemos, más que sea en lo teórico, que para educar no necesitamos estar dando de golpes. Si eres inteligente hace rato que empleas estímulos positivos y aversivos combinados y habrás condicionado a tus hijos a que obedezcan. Sabes además que tienes que explicar el estímulo aversivo, por qué lo aplicas y por qué lo sostienes, porque en otro caso no será sostenible, y en la adolescencia de los hijos pagarás las consecuencias de no haberlo explicado. No le tengamos miedo a la palabra condicionamiento o estímulo, es sólo una manera más descriptiva de hablar de “premios y castigos”, términos que no me gustan por su polisemia. No necesitas romperle el alma al chico para que haga lo que tú quieres. Alzar la voz, mirar de un determinado modo, y/o hacer un gesto determinado debería bastar y sobrar. Y no es que eso no sea agresivo, hay niveles de agresividad en juego, y los seres humanos no nos caracterizamos precisamente por ser blanditos. El chiste es usar de la agresividad y no dejar que la agresividad te use. Si tenemos dirección, sabemos a dónde vamos. Lo que pasa es que mezclamos todo, nos vamos al otro lado, y por “no castigar” dejamos de aplicar estímulos aversivos, y por supuesto, nos equivocamos otra vez, y esta vez al revés.

Castigo y coerción

¿Significa esto que todo castigo es malo? Pues mire, eso depende. Entendamos qué es un castigo. Quítesele al “castigo” todos los contenidos provenientes de la religión (pecado original, perdón, conciencia, culpa) o del derecho (punición, pena, falta, delito, justicia), y nos quedaremos con esto: El castigo es un procedimiento para hacer que una conducta cambie. Es decir, un procedimiento de coerción que se basa en el condicionamiento operante, y que por cierto tiende a funcionar en muchísimos casos. La amenaza de multa por pasarse la luz roja de los semáforos, o la misma existencia y sanciones de la SUNAT (Organismo recaudador de impuestos) son clarísimos condicionamientos operantes. Y funcionan, aunque no muy bien, porque están basados en una ley a la que se supone obedecen también los que la aplican, por lo que se erosionan cuando el común de las gentes percibe que las autoridades no las cumplen. Aún en el mejor de los casos encontraremos mil y una ocasiones en que la norma no se cumple, porque existe en el fondo de nuestro ser una resistencia a la autoridad, que salta hasta el techo cuando percibimos la arbitrariedad.

Si a un chico le quitamos el iPod o la Televisión hasta que haga la tarea, pues estamos “castigando”. Como las consecuencias de no usar el iPod o ver la TV son insatisfactorias y desagradables, se supone que el chico hará la tarea. Eso, mamis y papis, es terriblemente relativo. El chico en el mejor de los casos hará la tarea con desgano y aplicando la ley del mínimo esfuerzo, y de hecho como la situación de aprendizaje está rodeada, en su mente, de arbitrariedad, su aprendizaje es nulo. Sí, nulo, sin ambigüedades. Claro es que a veces necesitamos poner coto a conductas claramente disfuncionales, y ahí, a mi modesto modo de ver, el castigo se impone por vía de excepción. Pero las tareas no están en ese caso. No hay recetas unívocas para remediar una situación de este tipo ya instalada, lo que hay o debería haber es una combinación de estímulos positivos y aversivos. Si la situación de tarea y aprendizaje se rodea desde que el chico es pequeño de un ambiente acogedor y de una creciente autonomía, entonces el problema no debería ni siquiera presentarse. O si se presenta debería bastar con un pequeño estímulo aversivo adecuado, del tipo: ¿Qué no es hora de hacer la tarea, jovencito?

Castigo y autoritarismo

El problema del castigo es el autoritarismo, no la autoridad. Y aquí también hay que distinguir. ¿Qué hacemos cuando aplicamos la autoridad? Pues que aplicamos un estímulo aversivo para sostener una norma a la que nosotros mismos nos sometemos. Es decir, no soy yo que aplico la norma porque soy más fuerte que tú, o porque soy adulto, o porque soy tu padre. La aplico porque es lo correcto, y porque es correcto para ti y es correcto para mí. Notemos la enorme diferencia con el autoritarismo. Una cosa es la Norma y la Ley, que está por encima de todos nosotros, y al que papá, mamá, el profe, los hijos y los alumnos igualmente debemos obedecer. Otra cosa es el uso abusivo y punitivo de la Fuerza y del Poder como Padres y Maestros, estrictamente por ser quienes somos. Castigamos porque nos sentimos mal con el alumno o el hijo, no porque el hijo haya hecho algo incorrecto. Y si castigamos porque nos sentimos mal, ese es un uso déspota, discrecional y autoritario del poder que como maestros y padres tenemos, lo que nos descalifica y socava nuestra autoridad. El hijo y alumno aprenden que la voluntad del jefe es “la ley”, y que esta “ley” no tiene más sustento que la mayor fuerza. Y eso es autoritarismo, y si el chico o chica tienen carácter pues se rebelarán, sea por la activa, sea por la pasivo-agresiva. Claro que algunos padres y maestros solo se dan cuenta de lo que pasó cuando están camino a la Guillotina.

Castigo y sobreprotección

El castigo es el otro lado de la sobreprotección. ¿Qué es sobreproteger si no es establecer una situación de dependencia afectiva? ¿Y para qué estableces la dependencia? Pues para establecer una jerarquía hogareña, con alguien que ordena y otro que obedece, alguien que protege y alguien que es objeto de protección. La persona protege, la cosa es protegida. Es decir, autoritarismo clientelista de la peor especie, en la que el CASTIGO es parte esencial, en la forma de chantaje emocional del tipo “Cómo puedes hacer esto si yo hago tanto por ti”. Se mantiene a niñas y niños en situación dependiente precisamente para condicionarlos a la obediencia para toda la vida. Y si no obedecen, si resulta que se rebelan, entonces entra en acción el chantaje emocional, el acudir a la costumbre de la dependencia que tanto ha costado instalar permanentemente en la mente y el corazón del chico, de resultas que el acto de la rebelión - que visto positivamente encarna el inicio de la madurez -, es sentido por papi, mami o profe como una suerte de insulto personal, de ataque contra uno mismo. Y claro, se toma el rábano por las hojas (“Cómo puedes hacerme esto a mí, que soy tu madre”, “Tú no consideras a tu pobre madre”, “Me has desilusionado”, “Ahora ya sé quién eres y cómo te portas, de nada ha servido todo lo que he hecho por ti”), y la cosa termina en una reconciliación entre lágrimas o en la rebelión abierta, sin términos medios.

Vale la pena hacer aquí una acotación que le debe algo al psicoanálisis. Los varoncitos en particular se crían en una sociedad de madrecitas generosas y buenas, pero terribles a la hora del chantaje - castigo, pues que éste está instalado no en el exterior de sí mismos, sino en el interior. Y sufren horriblemente al desobedecer y saber que eso “hace sufrir a la pobre madre”, lo que además está pésimamente mal visto socialmente. Esta ambigua imagen femenina instalada en el propio interior, cuyas muestras más antiguas se pueden rastrear en el universal cultural de la vagina dentata, continúa desarrollándose en la adolescencia, juventud y madurez del varón, y el vicioso patrón de la relación se traslada a las relaciones afectivas con el sexo opuesto. Por supuesto, todos estamos enterados de las consecuencias de una sobreprotección mal curada, una de cuyas expresiones sociales es la mamitis, mientras que otra se expresa en los vividores de mujeres. El término mamitis es gracioso y a la vez dramático, y alude a una “inflamación” de la mami que vive en el interior del varón, y hacia la que éste es dependiente. Y las chicas de hoy no toleran la competencia, algunas de ellas por buenas razones, mientras que otras más bien repiten el patrón. Porque el machismo es como la hemofilia, lo padecen los hombres pero lo transmiten las mujeres.

Feminicidio y sobreprotección

Quizá aquí podríamos encontrar un factor – no una justificación, por favor – de un tema últimamente visibilizado, el del feminicidio. La ambivalencia de la relación entre madres e hijos varones se traslada a las situaciones de conflicto de pareja, y la rebelión contra la madre que no se produjo antes se produce ahora, pero sin recursos emocionales para manejarla y redirigirla a algo productivo o cuando menos inocuo y socialmente sano. Sin embargo y por fortuna no toda separación conyugal conduce al asesinato, y esto parece ser tanto porque el varón ha logrado superar la situación emocional previa de dependencia, como que la mujer – la de este siglo – se ve mucho más como persona autónoma y está menos necesitada de establecer dichas relaciones de dependencia. Lo triste es cuando hay desnivel entre ambos. Por otra parte es seguro que este factor no debe ser el único en juego.

(Un paréntesis para potenciales asesinos y abogados sinvergüenzas. Esto que digo no es una justificación para los varones ni constituye un permiso o atenuante para asesinar a la pareja o expareja. El asesinato sigue siendo un crimen, y si un varón sabe distinguir de una u otra manera entre lo que está bien y está mal – el razonamiento moral – entonces es positivamente culpable y debe pagar por ello. La sensación de culpa, por cierto, debe ser abrumadora, y quizá ello explique el alto índice de suicidios inmediatos que cometen algunos varones que han asesinado en su pareja o expareja a la madre simbólica. Por supuesto el suicidio no se vincula solamente a la culpa sentida, también al temor a la cárcel, al poder judicial, a la pobreza económica y a enfrentar el futuro, entre otros. Fin del paréntesis.)

Un Colofón

Creo que el punto queda claro. Estímulo aversivo en el hogar y la escuela, sí., Castigo, no. Castigo físico, menos aún. Y Educación basada en el Castigo, fuera. Si el profesor no sabe hacerse respetar en el salón de clase, que mire dentro de sí mismo por qué, y que trate de corregirse. El tema de la disciplina en clase necesita ser esclarecido por los profesionales del aprendizaje, y los profes deben ser reentrenados y actualizados todo el tiempo en Gestión de Aula. Respecto a los padres y madres, lo que puedo decirles es que todo lo que se haga con los hijos, aún lo desagradable, debe hacerse en función del Amor como principal valor en juego. Pero el Amor, como decía no me acuerdo quien, puede ser muy destructivo, así que miremos en nosotros mismos qué entendemos por Amor. Que los papis revisen su idea de autoridad. Que las mamis revisen su concepto de protección. Que papis y mamis, aún los que tengan rota su relación afectiva, continúen siendo amigos en función del bienestar de sus hijos.

Otro Colofón

El Amor no debería estar divorciado del cerebro. El único secreto real para hacer las cosas bien es tener un criterio claro y sano para hacerlas. Y los criterios, como toda cosa racional, se enriquecen y cambian con el tiempo. Nadie nació sabiendo y Roma no se hizo en un día, así que relajémonos un poco, porque la vida sigue y todos los días construimos nuestro hogar y nuestras relaciones humanas. Sin prisa y sin pausa dejemos de lado el castigo y pensemos un tanto en las situaciones que nuestros hijos y alumnos realmente viven. No olvidemos que sin querernos a nosotros mismos no podemos enseñarles a quererse a sí mismos. Punto por hoy.


Peru Blogs

lunes, 21 de noviembre de 2011

NI ESTUDIA NI TRABAJA NI NADA: GENERACIÓN FRUSTRADA


NI ESTUDIA NI TRABAJA NI NADA: GENERACIÓN FRUSTRADA

"Los jóvenes tienen que trabajar de manera tan competitiva, que se acaban rompiendo (...) No están sólo desorientados, es que, en realidad, no hay pistas, no hay camino, no hay derecha, izquierda, adelante, detrás". (Alain Touraine)

“Si seguimos confundiendo lo que es el éxito para una persona, si queremos pensar que alguien exitoso es aquel que en menos tiempo hace más dinero, estamos equivocándonos, y eso tiene que ver con el crimen organizado y con la búsqueda de salidas falsas que no llevan a ninguna parte” (José Narro López, Rector de la UNAM de México)

“No son chicos que la que estén pasando genial a expensas de los padres. Son chicos, chichas, grandotes, grandotas y asustados.” (Alejandro Schujman)

"Lo que pasa es que rechazan el menú laboral que les ofrecemos. El fallo es nuestro, de nuestra educación y nuestros medios de comunicación (…) Se está produciendo una gran quiebra cultural. Los componentes identitarios de los jóvenes no son ya las ideas, el trabajo, la clase social, la religión o la familia, sino los gustos y aficiones y la pertenencia a la misma generación y al mismo género; es decir elementos microespaciales, laxos y efímeros" (Federico Jabaloy)

Empecemos con algunos testimonios recogidos en red. Son jóvenes Ni-Ni y adultos preocupados que hablan de su experiencia en posts anónimos sobre el problema. En algún caso he intervenido la ortografía para hacer legible el post:
“(…) hace tres meses terminé mis estudios (…) la empresa que me había prometió contratarme no me contrató. (…) después del enorme esfuerzo que supuso para mí, estudiar (…) ya pasaron 4 meses desde que terminé la escuela (…). Ahora que me entero de los NINI, me siento fatal, porque (soy) de esa generación, y por más que ayude a las tareas domésticas y trate de ser útil en mi hogar, (…) no estoy haciendo lo que a mis 21 años debo hacer. Me siento muy mal y con mucho miedo, (…) tengo pánico de ponerme a trabajar. Lo que estudié no es (…) lo que más me gusta, (…) lo estudié para (…) conseguir trabajo (…), pero no contaba con que la empresa retiraría su inversión e interés en mi, dejándome sin nada. Ahora me siento insegura porque (…) tengo que buscar trabajo (en) lo que estudié, pero es terrible buscar trabajo (en lo) que no te gusta y no puedo (en lo) que no estoy capacitada. (…) queda la opción de (…) estudiar, pero no hay (lugar) en las escuelas públicas, (…) y mis padres no me pueden pagar una escuela privada. No sé qué hacer, no quiero trabajar por pánico a tener un trabajo (que) no me gusta (ni) motiva, no puedo (entrar) en la universidad pública porque tiene un cupo super-extra limitado, (…) y no estoy dispuesta a trabajar (…) donde me paguen una miseria (…). No sé qué hacer, estoy bloqueada y ese bloqueo me hace ser parte de la nueva generación (…) de los NINI. (…) me la paso leyendo libros y estudiando Italiano en línea, pero sé que pronto eso no va ser suficiente y siento que una enorme depresión se avecina....”

“Hola, no soy bienbenido aqui, estoy pidiendo ayuda, aqui estoy en mi casa sin aser nada pero no por huevon, yo quiero estudiar y trabajar para darme mis lujos, pero no puedo, mi problema es que soy flaco, feo con lentes, un poco chaparro, tengo 15 años, cada ves que salgo la mayoria de la gente se burla y se rie, no quiero salir, ademas me jusgan sin siquiera conoserme, que me creo mucho, que tengo cara de pendejo, entre muchas cosas mas. Me sacó mi madre por que hiba a reprobar, trabaje en un restaurante en donde casi todos me trataron mal, me tuve que salir de ai y a mi si me gustaba mi trabajo, mi ermana me trata mal pero no la culpo soy un parasito, haora aveses estoy tratando de buscar como estudiar y trabajar pero aun no encuentro nada. “

“ .. usted sabe que cuando encontró empleo fue sin experiencia, igual que toda la gente grande que comenta aquí. No nos hagamos tontos, la verdad yo ahorita trabajo de chalan, aunque soy ingeniero de software y tuve que pasarme por empleado por que pedía trabajo como ingeniero y no me daban, según los empresarios por que no tiene uno mucha experiencia. Que se vayan al carajo esos vejetes, ellos mismos entraron sin experiencia y con conocimientos nulos”

“Hace días explotó mi relación con mi pareja en parte por este problema, yo nunca vi justo (que sus) dos hijos (…) (de) 24 y 22 años -no soy el padre biológico- no estudien no trabajen, exijan comodidades y lujos y hasta vehículo último modelo, no ayudan a levantar ni un papel del suelo, ah, pero sí beben alcohol y fuman. Ellos dicen porque es obligación de la madre hacerlo …”

“Yo tengo un sobrino de 21 años y no hace nada, ni trabaja ni estudia ni da golpe como dicen en mi tierra, no sabemos qué hacer, cuando dejó de estudiar mi esposo y yo lo intentamos motivar con apoyo económico como "premio", pero nada ha funcionado, al principio pensamos que por haber "salido del closet" tenía choques emocionales pero ahora ya no sé qué es lo que tiene. Sacarlo de casa y quitarle el apoyo no creo que ayude mucho, su papás nunca han tenido mucho así que mi pregunta es ¿tienen algún reportaje guía, comentarios, o algo que nos pueda guiar a sacarlo de esa actitud? Es un desperdicio de vida, capacidades y tiempo la actitud que toman.”

"Miramos con descrédito la vida que nos ofrece la sociedad. Nuestros padres trabajaron mucho y se hipotecaron de por vida, pero tampoco les hemos visto muy felices. No es eso lo que queremos. La gente tiene pocas prisas para hacerse mayor"

En este Blog hemos tocado reiteradamente el problema de los Ni-Nís, centrándonos en advertir la existencia de este grupo generacional, que abarca gran número, y algunos de sus rasgos, aunque en realidad sobre los Ni-Nís los estudios no abundan y poco sabemos fuera de hipótesis más o menos astutas y testimonios como los que muestro líneas arriba. El fenómeno, por cierto, no es privativo de los países subdesarrollados o emergentes, en verdad pasa en todos lados, aunque con diferentes modalidades e intensidades. Lo único de lo que podemos en verdad estar seguros es que el problema social ya está aquí, pero no lo vemos.

Agendas Políticas

En general a los problemas sociales en nuestro medio se los invisibiliza. Esto en parte refleja un conflicto entre Agendas políticas. Las agendas periodísticas están sesgadas hacia intereses ajenos a los grandes problemas de la sociedad. Existe un lenguaje que oculta, así como hay un lenguaje que muestra, y parece que la agenda periodística oculta muchísimo más de lo que muestra, y cuando muestra lo hace muchas veces para ocultar. La Agenda Pública la establecen los gobernantes, que tienden a ver los problemas según los criterios de lo que se puede hacer, la legalidad disponible para hacerlo y la posibilidad real de lograrlo. A su vez, hay una Agenda Ciudadana con muy limitados medios de expresión, pues la Agenda Periodística muestra poco interés en ella, y la Agenda Pública está limitada por las leyes, los presupuestos y las inercias institucionales.

Estereotipos Públicos

Hay temas que el discurso de los medios solamente toca desde sus estereotipos, que a su vez articulan un lenguaje y una visión de la realidad destinadas a lograr objetivos políticos dictados desde las alturas de los poderes fácticos. En apariencia se trata de fomentar el temor difuso y mantener lo más aislado posible en compartimentos estancos a ciertos grupos sociales. En el discurso de los medios los niños y jóvenes Ni-Ní se representan en sus estereotipos de vagos, pandilleros, delincuentes juveniles y mendigos de la calle; las Personas con Discapacidad como cieguitos, cojitos y niños Down objetos de lástima y requeridos de asistencia; los Excluidos sociales como pobretones, vagos, cholos, indios y nativos amazónicos protestones, informales, invasores y perros del hortelano; los alumnos y profesores que necesitan educación como senderistas y sindicalistas, resentidos, culpables de la decadencia de la educación, revoltosos y manipulados. Es una visión infantil de la realidad.

En el discurso de los medios así como hay los Malos de la película no pueden faltar los Buenos, tan estereotipados como los Malos, pero con estereotipos cuyos rasgos se consideran deseables en la republiqueta de fantasía que alguien por ahí pretende vender: Los emprendedores y empresarios que dan trabajo y hacen que El Perú Avance por puro patriotismo; los peruanos pobres pero honrados que sobreviven felices con unos cientos de soles al mes y no se quejan porque quejarse es de resentidos; los buenos trabajadores que son buenos precisamente porque no protestan nunca, ya que entienden los problemas de la empresa y no necesitan más que el sueldo mínimo e incluso menos; los buenos alumnos que estudian calladitos la boca, chancando sus cursos, rezando sus oraciones y obedeciendo a sus superiores; y los deportistas que sacrificada y ocultamente le dan lauros al Perú sin pedir nada a cambio. Los problemas sociales los tienen estas personas, y son presentados en los medios como, sin ironía, “casos humanos”.

El estereotipo Ni-Ní

Los adultos tenemos grandes prejuicios hacia los jóvenes, como si los adultos fuéramos lo máximo. Es así que construimos una serie de estereotipos, porque la vaca se olvida de cuando fue ternera, y los estereotipos a veces hablan más de los propios temores que de las reales características de a quienes se refiere. Los adultos ven – vemos - a los jóvenes como eventuales competidores laborales, y saben – sabemos - que se viene una avalancha de muchachos y muchachas pertrechados de montones de papeles a nombre de la Nación que dicen que son esto y lo otro, aunque sabemos que muchos de ellos son, por desgracia, analfabetos funcionales pobremente formados en universidades públicas y privadas que los han procesado como latas llenas de caballa, pero que dice atún en la etiqueta.

En lo laboral los jóvenes son repudiados, minimizados, odiados y manipulados por adultos atrincherados detrás de un escritorio y una suficiencia que ostenta supuestos conocimiento y experiencia. Olvida la vaca que un día fue ternera y el adulto que un día fue joven. Me he cansado de escuchar a muchos cuánto trabajo les costó llegar a donde están, cuando en su realidad de jóvenes consiguieron la chamba en la empresa de papi, o de un amigo de papi, o encaramándose sobre el apellido, la plata y/o las relaciones sociales de papi, mami o el abuelito, y por ende con un ingreso laboral de alfombra roja, pues menos no se mereció el hijo, sobrino o nieto de Fulano de Tal. Hoy en día se mantienen muchos rasgos del pasado, pero las estructuras sociales han colapsado por el crecimiento demográfico, y los tarjetazos y posibilidades laborales se han reducido y hecho más caras, y si no has marcado el paso, ya fuiste. Es sabido que un profesional recién salido en realidad sabe muy poco de la profesión que ejerce. Los noveles ingenieros civiles - anécdota escuchada a un ingeniero que heredó una de las fábricas más importantes del Perú – saben menos que los maestros de obra, pero tienen que aprender el arte de disimularlo, no vaya a perder valor el cartón colgado en la pared. Pero la pregunta es cómo los trabajadores jóvenes o que recién entran en el mercado laboral van a obtener la experiencia que todas las empresas solicitan de sus nuevos trabajadores, pero que ninguna está dispuesta a dar. Nadie nació sabiendo y la experiencia laboral es como el sexo, que no sabes lo que es hasta que no lo experimentas por ti mismo.  

Los Ni-Nís del Perú

El Latinobarómetro 2011 registra un porcentaje de alrededor del 18 % de los jóvenes peruanos entre los 14 y los 29 que ni trabaja ni estudia, lo que está aproximadamente dentro de los parámetros para toda América Latina. En términos sociales implica que varios millones de jóvenes están desencuadrados de los mecanismos de ubicación social y laboral.

Ser parte de la Generación Ni-Ni en el Perú significa muy probablemente que vives en una ciudad; que estás fuera del sistema educativo sea porque desertaste de él porque no te llegó a absorber (pobres rurales, personas con discapacidad), o porque desertaste antes de terminar el colegio, o si lo culminaste no te encuadraste en una chamba o en la educación formal superior. También significa que es muy probable que tu situación familiar sea vulnerable y precaria en lo económico, lo emocional, lo social o varias. Hay Ni-Nís en todas las clases sociales y en todos los niveles de remuneración de las familias, aunque es obvio que debe haber muchos más en los sectores pobres y entre las familias colapsadas o altamente disfuncionales.

Las válvulas de escape por fuera del sistema que se le ofrecen a los Ni-Nís pueden ser la migración - forma de encajarle el problema social a otro país-; el ingreso al lumpenproletariado por las vías de la mendicidad organizada, la prostitución, el bricherismo, la informalidad, las redes de narcotraficante e incluso los remanentes de sendero luminoso; combinado con distintos niveles de vagancia y permanencia en casa en una interminable adolescencia que los hace eternamente dependientes, compartiendo con la Tercera Edad el ser una carga económica para el resto de la familia, no producir y por lo tanto carecer de decisión dentro de la familia. Por ello, tampoco cuentan con decisión en su vida personal, como en la formación de pareja. Resulta ser, pues, la escuela más difundida de formación de sociópatas.

¿Qué se siente ser Ni-Ní?

Los problemas de los estereotipados Ni-Nís en el caso del Perú son invisibles para las gentes, y la preformación a través de medios tiende a aislarlos y hacerles sentir que su problema es individual y responsabilidad absoluta de ellos mismos. Se sienten en crisis permanente, estagnados, paralizados; sensación que se extiende al resto del grupo familiar, aumentando su disfuncionalidad y añadiendo presión y estrés a los productores de la familia. Pero los Ni-Nís no son vagos que tratan de pasarla bien, excepto tal vez en los casos en que la situación económica familiar es razonablemente buena.

Un tema psicológico social se vincula a la angustia de ser Ni-Ní: La tendencia social generalizada a buscar logros inmediatos que centra los objetivos en los resultados y no en los procesos. Si algo no se obtiene de inmediato es desechado con la misma inmediatez, medida del valor del logro, reforzado por la inmediatez de las necesidades, que al estar en creciente aumento requieren de mayor y más rápido financiamiento. El abuso de los medios tecnológicos que la realidad ofrece – un clic permite obtener productos intelectuales terminados – abstrae el esfuerzo que costaron dichos productos intelectuales y no se es consciente que detrás del producto hay muchísimas horas-hombre. Si los propios objetivos no son obtenidos por el joven de manera automática, o casi, entonces se frustra, se estanca y entra en estado de eterna adolescencia, de la que no sabe cómo salir. No hay cultura instalada de esfuerzo ni concepto de que las cosas cuestan tiempo, trabajo y esfuerzo físico e intelectual. El esfuerzo no es valorado ni posee sentido, y al no lograr el objetivo planteado inmediatamente la frustración se convierte en costumbre. Aunque no lo sabemos de cierto, podemos suponer con solidez que la sobreprotección y la ausencia de límites familiares desde la infancia contribuye a este hecho, con el efecto de que el joven no sabe controlar ni manejar sus estados de frustración, que se van instalando permanentemente en la psique.

Como nuestra sociedad se ha inestabilizado profundamente en lo económico y en lo emocional, y eso es percibido por todos, los jóvenes no ven emocionalmente rentable comprometerse en un proyecto de vida definido por estar casi definido su fracaso o relativización. Como los beneficios de hacer algo no son seguros, por lo tanto mejor no embarcarse y no comprometerse. Se instala el presentismo y se aprovecha el momento en una suerte de “carpe diem” hedonista que deriva en un pragmatismo neutro axiológicamente, es decir sin valores involucrados. Total, sólo el momento cuenta, pues el mundo, se dice, se acaba el año 2012.

La virtualidad de las redes sociales juega en contra de los Ni-Nís. El mundo artificial de la pantalla es vehículo de las relaciones interpersonales, y cuando el computador se apaga el joven se halla en la más absoluta de las soledades existenciales, con la que no saben cómo lidiar, ante el desconcierto de los padres y docentes. Los psicólogos ya hablan del Síndrome Ni-Ní, dada la generalización en grandes sectores de jóvenes de rasgos de apatía, astenia, pragmatismo, indefinición, presentismo, nihilismo, regresiones a la adolescencia, la pubertad e incluso la niñez, observada en jóvenes en diversas latitudes. Quizá estos caracteres tengan más tiempo instalándose de lo que creemos, y posiblemente formen la estructura psíquica básica de los miembros del movimiento de los Indignados. Es un hecho que la juventud chilena está reaccionando contra la sociedad gracias a una mayor madurez política de su sociedad. Se ha dicho abiertamente que la columna vertebral de la rebelión árabe han sido los Ni-Nís. Del alpinchismo a la protesta y el rechazo hay un pasito corto de dar. Parafraseando la maldición china, si no hacemos algo al respecto, pero ya, se nos vienen tiempos interesantes.

¿Conclusiones?

Los Ni-Nís están, en consecuencia, en la condición social de marginación, discriminación y exclusión social; obligados a mantener una situación forzada de ocio frustrante, obligatorio, impuesto, incómodo, improductivo y, por supuesto, angustiante y doloroso. Son jóvenes desocupados que buscan acomodo, que tratan de encontrar un lugar en el mundo, que luchan para obtener alguna migaja pero que no lo logran, simple y sencillo. Se les encuentra por manadas en busca de trabajos, maestrías y diplomados, fantasmas con sus currículum vitaes bajo el brazo, haciendo eternas colas, llenando montones de formularios, entrando a entrevistas y dando exámenes, para sólo recibir en la inmensa mayoría de los casos la negativa más absoluta. La frustración acumulada es clara, el desencanto sobrecogedor, el temor creciente y la situación cada vez más crítica. La autoestima se hace puré y la confianza en sí mismo desaparece. El maltrato social es evidente, y es más grave porque ocurre en la etapa más delicada de la vida, al inicio del desarrollo profesional y la inserción social, cuando se fabrican los primeros proyectos personales y se chambea en función de los sueños. La dura realidad envía a los Ni-Nís al despeñadero emocional y quedan a la deriva, sin rutas abiertas ni posibilidades a la vista, y en esto están acompañados por sus núcleos familiares, que a los problemas de la supervivencia añaden la propia angustia y ansiedad del no saber qué hacer.

La condición del joven es por naturaleza vital, combativa y llena de capacidades para la superación. Pero esta especie de desánimo general visible desde hace muchos años pero invisibilizado por la incapacidad de la sociedad de percibir y observar sus propios problemas, hace que uno se pregunte por el futuro. Las soluciones que se plantean parecen pequeñas y desarticuladas, sin impacto profundo. Los efectos del desánimo generalizado pueden ser duraderos e instalarse en la sociedad como un pesimismo generalizado y el pasmo de las posibilidades de cambio. A no ser que se tome el toro por las astas. El que tenga ojos, que vea.




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miércoles, 26 de octubre de 2011

CONTRA LA SOBREPROTECCIÓN




“La culpa de nuestro destino, querido Horacio, no es de nuestro destino, es nuestra” – William Shakespeare, traducción libre)

En general todos tenemos Miedo. Y no cualquier miedo, sino uno difuso, sin dirección ni brújula, análogo al que los niños sienten cuando de repente caen en que están en un entorno perfectamente desconocido, mirando a todos lados y sin ver nada que puedan identificar. El miedo se refiere a eventuales riesgos o peligros que deberemos enfrentar en algún momento, no sabemos muy bien cuales, pero estamos muy seguros que ahí están, y tenemos miedo precisamente porque aunque no sabemos de qué se trata, nos imaginamos los peores escenarios posibles, y así derivamos en la angustia, la ansiedad y el estrés.

Sobreprotección

¿Qué cuernos tiene todo esto que ver con la sobreprotección? Pues simple. Si le preguntamos a mamis, papis y profes la pregunta del profesor Jirafales: Por qué razón, motivo o circunstancia protegen a sus niños y niñas, nos dirán que es porque tratan de evitarles peligros, riesgos y daños. En principio muy bien, y con algunos centenares de miles de años de práctica, por lo que ha terminado por meterse en nuestros genes, resultando que aún el papi o mami más capaz de dejar que un pobre se le muera de hambre en su puerta siente la necesidad de proteger a su descendencia. También hay modos culturales específicos de proteger a la prole. En nuestra tradición nacional, que proviene - aunque a algunos no les guste - de la Grecia y Roma Clásicas intermediadas por las Españas y otros más, proteger a los niños y niñas es un trabajo parental con preponderancia materna, o quizá sea mejor decir femenina. Está asociada a la presencia materna, a la emotividad, contrarreflejada en el endiosamiento de la madre de cabellos canos, al matriarcado, a la tradición que se va y a los valores que siempre decimos es preciso recuperar. Así se configura en nuestras sociedades un fenómeno interesante, al que muchos personajes de gran lucidez se han referido de manera tan aguda como perfectamente inútil: La Sobreprotección.

Breve descripción irónica

Tratemos de describirlo para precisarlo. Que me perdonen si me pongo irónico, pero no es para menos. Las mamás les ponen chompas a los niños cuando ellas tienen frío. Hay niños que salen en la mañana con cuatro camisetas, una encima de la otra, un día de sol, pues podrían atrapar un virus y fallecer de pulmonía o tuberculosis. Hay niñas y niños que conocen la calle solo por foto, pues no se les permite salir a ella por estar erizada de violadores, asaltantes, asesinos, combis asesinas y contaminación ambiental. Hay niñas y niños en hogares que parecen restaurantes, pues no comen la comida del día que no les gusta, y los hogares se transforman en restaurantes con menús a la carta. Hay niños y niñas de cierta edad a los que no se les permite usar los muy peligrosos cuchara y tenedor, y ni mencionar los afilados cuchillos, y para evitar la posibilidad de cortes se les pone el alimento en la boca, y si se puede previamente masticado. Hay niñas y niños que no pueden aprender a caminar pues cada vez que lo intentan hay papis, mamis y amas de cría que temen que se caiga y se haga daño. La enfermedad, en esta época de virus y microbios – perdónenme, tengo entendido que todas las épocas han tenido sus microbichitos – acecha a niñas y niños, así que se les atiborra de vitaminas y minerales – que están y siempre han estado en los alimentos que no comen porque no les gustan – y de remedios y programas de Salud que se emplean rarísima vez, pero que se pagan religiosamente todos los meses. Como los niños y niñas pueden llegar tarde al colegio y eso es terrible, “se gana tiempo” vistiéndolos. Como pueden hacerse daño con las esquinas de las mesas y otros muebles – artilugio malvado inventado por los ebanistas para dar chamba a los médicos – entonces que ni se encaramen en una silla ni caminen ni salten, no sea se claven y mueran. Juro y prometo que he visto mamis, tías y abuelas aparecer como un pelotón de Fuerzas Especiales para cubrir con las manos las esquinas de las mesas cuando un chico de 10 años pasa a unos 50 centímetros de distancia. No se permite a niñas y niños bajar o subir la escalera sin una mano de apoyo o un paracaídas, porque las escaleras son inclinadas, y hay que defender a los niños de la fuerza de la gravitación universal. No se enseña hoy en día la costura y el tejido, enojosos procesos que quitan tiempo al iPod o al Wii, y que exponen a los chicos a las riesgosas agujas y palos de tejer. Se cubren los tomacorrientes con adminículos plásticos especiales para que no introduzcan los dedos en un arranque de investigación científica. No se permite a los chicos el complejo proceso de cruzar la pista, a no ser tomados de la mano, aunque el vehículo más cercano sea una carreta de caballos a una milla de distancia. El montar bicicleta es un deporte en vías de extinción, pues hay riesgo de caídas con raspones o de chancado por un trailer de 90 toneladas que justo podría pasar por ahí.

Suficiente de ironía. Es verdad que los chicos necesitan protección, eso ni qué dudarlo. Nunca me falta quien me toma el rábano por las hojas y piense que cuando abogo por algo, me voy al otro extremo y quiero matar criaturas. Ya pues, no soy extremista. Hecha esta acotación sigo con el tema.

Hablemos sin Anestesia

La sobreprotección impide que los niños y niñas vivan experiencias habituales e ineludibles que comporten su adecuada socialización, de acuerdo a su entorno y a los años de vida que tienen. Sin entrar en tanto barullo conceptual, la Socialización es, básicamente, el proceso de adquisición de conductas, costumbres y valores – sí, valores, esos que dicen que se han perdido – propios del grupo en el que se ha nacido, en el que se vive y en el que con toda probabilidad se seguirá viviendo. Por eso existe la Educación, proceso con el que la Sociedad retransmite sus valores a través de las conductas y costumbres que efectivamente existen y pasan de generación en generación. Esas costumbres y conductas no son intercambiables con los de otras culturas, sino que constituyen el mismo meollo del cómo los niños y niñas se relacionarán con sus pares, sus mayores y menores; así como con los diversos grupos y subgrupos que conforman la sociedad. Son experiencias ineludibles, que no pueden pasarse por alto. Los niños las vivirán, si no cuando deben pues después, cuando sean púberes, adolescentes o jóvenes. Pero sin protección, desnudos de habilidades y con sus propios y escasos recursos.

Pobrecitos, mis calzones

La sobreprotección solamente protege a los niños de una cosa: De experimentar la vida. A vivir se aprende viviendo, y la falta de experiencias no es, como vemos, producto de la casualidad o de que el planeta Tierra esté inclinado. Reconoce una causa, y esta causa es la sobreprotección que se viene instalando en nuestros códigos culturales. ¿Es tan mala, desagradable y horrible la vida que tenemos que proteger a nuestros vástagos de ella? No hablamos aquí de los excluidos, que por serlo precisamente padecen cortapisas en sus posibilidades de vivir una vida plenamente humana, que sí se merecen una protección que la sociedad les niega. Los ciudadanos quechuahablantes, indígenas, afrodescendientes, discapacitados, mujeres u homosexuales son exceptuados de amplios aspectos del ejercicio de la cultura de la que técnicamente forman parte. No es nada casual que una de las primeras reacciones de un ciudadano promedio frente a la conciencia de la exclusión en una persona concreta sea decir “pobrecito fulano, es negro, indio, maricón o ciego”. Digámoslo de frente, no son “pobrecitos”, son excluidos, que es algo muy diferente, y a lo que sí se le puede poner remedio. Este trato es continuación de la manera en que nos referimos a los niños y niñas cuando se caen y se raspan una rodilla, o cuando lloran porque la comida no es la que ellos les gusta: “Pobrecito mi hijito”. Para decir qué pienso al respecto emplearé una expresión italiana de la edad media: “Pobrecitos, mis calzones”.

Dejémonos de coartadas y racionalizaciones, de justificaciones y chantajes emocionales, de evasivas y angustias. El adulto es adulto precisamente porque es autónomo, es decir porque ha adquirido y emplea plenamente esas habilidades sociales que los niños deben aprender para integrarse a la sociedad. Mucha verdad decía un mi amigo hace luengos años, cuando ya jóvenes adultos criticábamos esta trama social: “En el Perú la adolescencia dura hasta la vejez, por lo menos”. Crecer es una chamba a la que la sobreprotección se opone. Abundan pobrecitos manganzones de 25, 30, 35 y 40 años que aún esperan que les tiendan la cama y que venga mamá a hacerles la comidita, que no saben valerse por sí mismos porque se les enseñó en la práctica desde mocosos que mamá estaba ahí para atenderlos. La invalidez emocional se aprende, la dependencia se instila, y es funcional porque resulta muy conveniente para todo el mundo: Para cubrir la necesidad de mamis y papis de licuar su ansiedad frente al futuro, por ejemplo para asegurar la pensión de vejez que el estado y la sociedad niegan; así como para los liderazgos sociales, políticos y económicos, pues mientras más minusválidos emocionales seamos más fácilmente manipulables seremos; e incluso para los dependientes mismos, ya que es más fácil echarle la culpa de nuestras desgracias y problemas a toda suerte de entidades metafísicas, como la educación, la historia, la Iglesia católica, el comunismo, el neoliberalismo, la novena sinfonía o la perestroika, y justificar nuestro inmovilismo mientras esperamos la gloriosa venida de la autoridad que resolverá nuestros problemas. Así nos quedamos insertos en la espiral de nuestros Miedos, que además pasamos a nuestros hijos.

Fenomenología de la Sobreprotección

La razón por la que el adulto sobreprotector sobreprotege es sencilla: Para licuar su propia ansiedad, su propia angustia y sus propios miedos. La posibilidad de que los miedos se corporicen en algo concreto que me afecte es lo que me quita el sueño. La lista es inmensa: Desempleo, Inflación, Terrorismo, Epidemias, Rayos Ultravioleta, Transgénicos, Tránsito, Delincuencia, Corrupción, Narcotráfico, Bombardeo meteorítico, etc, etc, etc. Pero todo esto son conceptos, y nada más que eso. Sus expresiones en la realidad que vivimos sí pueden revestir mayor o menor gravedad en el tiempo, y cuando la tienen se enfrentan conociéndolos y arbitrando medidas específicas para resolverlos o al menos paliarlos. Eso es lo que los adultos hacen frente a los problemas. Pero nos llenamos la cabeza de temores, dejamos de pensar y nos angustiamos en nuestra dependencia.

Un meteorito podría caer sobre mis retoños justo cuando salgan a la calle mañana en la mañana. Podría ser muy grande y acabar de paso con toda la vida en el planeta. Podría ser. Pero no necesito ser astrofísico para que la experiencia me diga que no es común que caigan meteoritos, por lo menos no en Barranco temprano en la mañana. Sabemos que cae un meteorito que hace chichirimico toda la vida del planeta una vez cada cierto número de centenares de millones de años. No es que no pueda pasar. Pero la gente no deja de salir en las mañanas porque puede caer un meteorito. Que el riesgo existe, claro que existe. No hace tanto cayó un meteorito en el mero Nueva York y otro en Puno. Pasa todo el tiempo. ¿Es eso motivo para que mis hijos no vayan al colegio, o vayan con una escafandra metálica?

Aparte del cálculo inteligente y sensato de los riesgos realmente existentes, lo demás es puramente miedo, y el miedo, como mencioné en mi artículo “Miedo” en este Blog, es básicamente irracional, es decir, no piensa. Si bien es cierto hay riesgo en todo lo que pasa y en todo lo que hacemos, cualquier persona con una ñisca de cerebro se tiene que dar cuenta que todo el mundo se hinca con la aguja cuando aprende a coser, y que todos los niños derraman la comida cuando aprenden a comer, y que cuando hace sol la chompa de más solamente le dará más calor e incomodidad porque no sabrá qué hacerse con ella. Luego usted lo resondrará por perder la chompa, el círculo de su angustia se cerrará  e iniciará otra vuelta, y ahora usted tendrá miedo de que pierda la ropa, y se la amarrará. Todo se aprende, porque todo necesita aprenderse, y todo aprendizaje tiene un costo.

La reacción desmesurada del adulto procede de ciertos condicionamientos culturales que no carecen de importancia, porque como hemos visto, no es que no haya riesgo. Así que, señora, no se vaya al otro extremo y suelte a su hijita cuando cruza la pista porque tiene que aprender a cruzarla. El aprendizaje viene solito en muchas cosas, pero no en las cuestiones culturales. Para que aprenda, al niño hay que enseñarle, y su primer deber, señora, es superar sus propios miedos irracionales y meterles principio de realidad. El carro te puede chancar, sí. Y si chanca, duele harto. Pero no si está a dos cuadras y va despacio. Entre las muchas formas que tienen los niños para aprender está el muy potente instinto de la imitación – lo que llamamos ejemplo -, y si la ven a usted cruzando como loca la pista por el medio de la calzada, de nada vale que la agarre de la manito. No solamente le enseñó usted a su hija que es una tonta que no puede cruzar sola una calle, le enseñó también que SU autoridad de usted es más importante que lo que ven sus ojos de ella, y además le enseñó de qué manera le podrá sacar de quicio y sacarle la vuelta cuando sea adolescente, le pase la factura, y se zurre en todo lo que le dijo durante catorce o quince años. Eso sin contar la contradicción en la que ha caído entre su discurso y su conducta, que la niñita mira con toda claridad, y que introyectará y repetirá. Pero aunque no hubiera contradicción, todo lo demás sigue ahí.

Atarse los cordones de los zapatos, o abotonarse, por ejemplo, son operaciones importantes para la adquisición de ciertas destrezas motoras. Si usted le abotona y le ata los cordones durante, digamos, cinco o diez años, lo que no es nada raro ¿se puede saber cómo y cuándo va a adquirir el retoño esas habilidades motoras? Eventualmente lo hará de todos modos, tanto porque usted no estará ahí todo el tiempo para abotonarle, como porque los niños no son idiotas, y terminan por hacer lo que tienen que hacer, aunque, claro, usted no lo supo proteger del retraso motor que ahora sí tiene. Y empleo adrede la palabra retraso precisamente por el sacrosanto terror que despierta, porque es parte de la sobreprotección ese miedo al “retraso”, del que el peor de todos es el miedo al “retraso mental”, que causa precisamente lo que trata de evitar. Además está el tema de la autoestima. Un chico que no sabe abotonarse o atarse los cordones de las tabas lo tendrá que intentar cada vez a que se le desabotone la camisa o se le desaten los zapatos. Y no todas las familias sobreprotegen, o no lo hacen tanto como usted. En un entorno en el que todos saben abotonarse y su retoño no, la autoestima de su vástago termina en el basurero. Aunque usted no lo crea.

Desmesura y desorganización

El problema es que los adultos que sobreprotegen no están pensando, y no lo hacen porque no se lo enseñaron en su momento, de repente por sobreprotección, ya sabemos que el pensamiento puede resultar peligroso. Pero la capacidad de pensar es algo que viene dado en el cerebro, y a pesar que nos esforzarnos durante años por destruir esa capacidad seguimos pensando, y tan mal no lo hacemos en muchos aspectos. La cosa es llevar la capacidad de pensar donde sea útil. Sea usted sensato(a) y no se desorganice. No me venga ahora con el sentimiento de culpa, dé violentamente marcha atrás y quiera empezar todo de cero, como si en cinco minutos y con palabras fuera usted a arreglar las tamañas metidas de pata que ya cometió. Respete a sus hijos y quiéralos como son, que después de todo si son como son, la responsabilidad es suya. Pero no tiene que conformarse, piense qué hacer y cómo hacerlo. Y cálmese, recuerde que el enemigo es la ansiedad, no los chicos.

Ansiedad

Es que el problema, señoras y señores, no lo tienen sus hijos. Los tiene usted. No son tantas las personas que hayan vivido tan tremendas experiencias que lleven a sobreproteger a la descendencia para compensar el propio temor, aunque es verdad que abunda eso de “que tenga lo que yo no he tenido”. Incluso de ser el caso se puede entender, aunque no justificar, pero cuando menos habría algún asidero real. Se equivocarían igual o peor, pero tendrían disculpa. El problema es que en la gran mayoría de los casos no es así.

El origen de la sobreprotección a niñas y niños puede hallarse en cómo enfrentamos nuestros problemas cotidianos. La sensación de inseguridad reinante es fomentada desde los medios de comunicación y tiene su propia agenda, pero hay base real en la profunda impotencia que los padres y madres sienten frente a las tensiones de no saber si habrá trabajo o ventas hoy, mañana, la otra semana o el próximo mes y año, si habrá qué comer mañana o el próximo mes, si alcanzará la plata para pagar los dos o tres préstamos bancarios en que se incurrió para tener un techo encima o para educar a los hijos, si remitirá algo el maltrato diario que se vive en las ciudades – tránsito, delincuencia, contaminación, corrupción -, si el matrimonio o la convivencia funciona o es un asco, si …..

Hay tantos condicionales en nuestra vida que en realidad no debería haber ironizado tanto alrededor de este tema, y hasta un poco me arrepiento de haberlo hecho. Nuestra cultura entera está enferma de ansiedad y estrés, y es humano que tratemos que ese estrés y esa ansiedad no pasen a los hijos, aunque nos equivoquemos de medio a medio en el cómo hacerlo, y creemos que no lo hacemos cuando es precisamente lo que hacemos. Es que nadie nos enseñó y tenemos que aprenderlo sobre la marcha. Lo cierto es que las personas, en especial aquellos que nos entendemos como contestatarios de la sociedad, tenemos que reaccionar contra este rasgo constitutivo de la vida social, de manera inteligente y proactiva.

Colofón

Parece que tenemos entre manos un problema social grave, e incluso de Educación y Salud Públicas. Hay demasiadas consecuencias de la Sobreprotección que se reflejan socialmente: La obesidad infantil, la malnutrición, el problema adolescente en general, el embarazo no deseado, el consumo de drogas y alcohol, y muchos otros males sociales tienen indudablemente en la sobreprotección uno de sus determinantes. No es entonces cosa únicamente individual, aunque es obvio que las personas algo podemos hacer al respecto.

Para dejar de sobreproteger a los niños y niñas hay que empezar por que los papis, mamis y demás educadores enfrenten sus propios temores. No le podemos dejar más eso a los libros de autoayuda. Nada se transmite que no se posea. Si lo que me manda es la ansiedad, pues eso transmitiré. Si lo que me manda es la sensatez, eso transmitiré. Puedo hacer las cosas mejor con mis hijos, pero tendré que asumir las cosas de manera diferente, más comprometida conmigo mismo, con mi sociedad y con mi descendencia. El amor es una cosa muy buena, y empieza con un sensato amor a sí mismo, porque si yo no estoy bien, mis hijos no estarán bien. Empecemos por deconstruir esos temores que nos acosan, deshagámonos de ellos afrontándolos con energía y madurez, y tomemos la vida con un poco más de calma. Es parte del reto de estar vivo. Vivamos para verlo.

P.D. Sospecho que seguiré escribiendo sobre esto. Que me perdonen mis lectores, pero el tema da para mucho más.

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martes, 2 de noviembre de 2010

SUMBI: 15 AÑOS INNOVANDO


SUMBI: QUINCE AÑOS DE INNOVACIÓN EN EDUCACIÓN INICIAL …

Me tomo la libertad de elegir este título para hablar sobre el Centro de Cuidado Infantil SUMBI, que en el mes pasado cumplió quince años de existencia. Lo hago única y exclusivamente desde la perspectiva de Padre de Familia experimentado, y además extraordinariamente agradecido, por la formación y el cariño dispensados a mi hija durante estos años.

Además estoy convencido de la necesidad de difundir los grandes logros educativos, única palanca sostenible para traer a la realidad una sociedad y una economía no basadas únicamente en las riquezas potenciales de nuestra patria. La formación moral y del carácter, el aprestamiento intelectual y motor, la solidez de un proyecto educativo abierto e inclusivo entiendo son las bases para “hacer patria”, esa antigua pero muy actual tradición de nuestra República.

Como Padre de Familia he sido entusiasta testigo del desenvolvimiento de estas capacidades en la educación de mi hija Paula, que en estos últimos meses culmina con toda brillantez su período pre-escolar.

No voy a hacer una apología, ni tampoco voy a reseñar lo que se encuentra en la página web de esta Institución – para los curiosos: www.sumbi.org.pe –. Me limito a evidenciar algunos aspectos que se me han presentado en el transcurso del tiempo en que mi hija y sus padres han tenido el privilegio de formar parte de esta Institución.

Como es sabido, los niños muchas veces le temen al Centro Educativo. Aunque esta es una situación que va cambiando, de todos modos es una tradición que se resiste a morir. Ha sido tradicional, e incluso los medios de comunicación se han solazado en ocasiones en el hecho de que los niños se resistan a ir al centro educativo para fabricar noticia. Las dificultades para abandonar el seno materno son testimonio, por otra parte, del carácter muchas veces sobre protector de la relación hijos-padres. Además, una concepción disciplinaria basada en la imposición de interacciones preprogramadas con otros niños, bajo la mirada de la figura autoritaria y vertical del docente como dador de conocimiento, está profundamente grabada aún en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad. La instilación del temor hasta no hace muchos años se consideraba sana. Y aún lo es en ciertos “proyectos” educativos. No está inscrito en nuestros códigos sociales que la escuela sea un “espacio amable”, como quería el ilustre fallecido educador Manuel Abugattás. Aún lo concebimos como una suerte de cuartelito, guardería o incluso pequeño conventito.

He visto en estos años con profunda alegría y enorme agradecimiento como mi hija y sus compañeritos se solazan y disfrutan inmensamente el asistir a Sumbi, como desean ir a su centro más temprano y salir más tarde, e incluso los sábados y domingos están no solamente dispuestos, sino además felices de asistir a las actividades. Hay que decir que más de una vez he tenido que literalmente arrastrar a mi hija fuera de Sumbi, aunque, claro está, a modo de juego. Por la simple razón de que el espacio es amable, agradable, emocional y afectivamente, receptor y abierto.

Como docente de secundaria y testigo de los muchos problemas que nuestros alumnos arrastran desde la infancia, tanto en lo afectivo como en lo cognitivo, entiendo que este entusiasmo infantil es indicativo de la actitud que tendrán hacia el conocimiento y la adquisición de habilidades, y no digamos hacia su socialización y la comprensión del propio yo. Debemos decir que este entusiasmo no tiene nada de artificial, es un simple producto de un concienzudo y altamente científico trabajo de los integrantes de la institución, guiado por la verdadera motivación de todo maestro que se aprecie a sí mismo: El profundo amor por los niños.

La formación moral, necesaria para construir verdaderas personas y verdaderos ciudadanos está presente, por ende. No hay formación moral efectiva sin verdadero y corporizado amor por los niños. En tal sentido es el amor el principal valor instilado y transmitido. El amor por sí mismo, que se trasunta en la imagen corporal que se fomenta y forma. El amor al prójimo, que se distingue tanto en la guía firme y segura de los docentes, naturalmente adaptada a la edad y características de los niños y niñas, como en la solidaridad que reina entre los propios niños y niñas. El amor a la naturaleza que nos nutre y fortalece, que se observa en los jardines y ambientes, cuidados por los propios alumnitos. El amor a la patria y sus tradiciones, presente en las actividades y danzas que alumnos y docentes realizan con toda alegría, energía y entusiasmo. El amor al conocimiento, impartido de modo lúdico y juguetón, de tal modo que los niños apenas distinguen la diferencia entre el juego y el aprendizaje, porque ambos son uno y lo mismo. Nada de esto sería posible sin un profundo y real amor a la humanidad.

La solidez del proyecto se distingue con claridad en la ausencia del “síndrome del caballo de carreras” que parece guiar las acciones de muchos centros privados de Educación Inicial, que parecen haber olvidado el significado del verbo “aprestar”. No hay apuro en formar lo que no es posible formar. No hay condescendencia frente al padre de familia que simplemente aspira a posicionar a su hijo en una sociedad violentamente competitiva y agresiva a costa del desarrollo cognitivo y afectivo de su propio hijo. No se pretende forzar el desarrollo motor para lograr que niños y niñas adquieran habilidades forzadas y no sostenibles, aunque parezcan rentables para la ansiedad de los padres.

La lectoescritura se plantea, no se impone. Para mí, profesor secundario amante de los libros y la lectura, que ve con enorme pena como el plan lector crea alumnos que odian la lectura, impuesta por política de gobierno para hacerle creer a la gente que algo se hace por la educación; constituye una inmensa gratificación ver a mi hija que aún no “lee” – aunque sí decodifica, por desgracia para muchos esto es “leer” -, pero que vive alrededor de los libros y que desea ardientemente terminar su aprendizaje en la lectura para acceder por sí misma a los cuentos e historias que nutren su infancia. Es obvio que para ella la lectura será un maravilloso descubrimiento que le abrirá aún más el mundo. La escritura constituye para ella la maravillosa posibilidad de poder simbolizar las cosas que más le importan, y así “escribe/dibuja” su propio nombre, y los nombres de sus padres y hermanos.

Las capacidades motoras que se forman están también acordes con las diversas etapas de la formación de los niños. No deja de ser curioso observar cómo la Institución se adelanta a los padres, que tienden, por diversas y a veces atendibles razones, a sobreproteger físicamente a sus hijos. Los niños aprenden a convivir con sus cuerpos, a vivir dentro de sus máximas posibilidades, y disfrutan de correr, saltar y jugar en sus ambientes, seguros pero no exageradamente seguros. Se aprende así a convivir con los pequeños golpes y porrazos que en el transcurso del juego se producen con seguridad, y a darles el exacto tratamiento que se merecen. No existe descuido dentro de la Institución, hay vigilancia de “ojo cercano” y “mano larga”. No he tenido noticia en varios años de ni un solo accidente más allá de un curita aplicado inmediatamente.

Hay que señalar también que en muy pocas instituciones he visto tan profunda y constante relación con los Padres y Madres de Familia. La Institución cumple extraordinariamente bien con la necesidad de coordinar la formación de las niñas y niños con la formación impartida en casa. Aspira a que la formación en Sumbi sea útil no solamente a la niña o niño, sino a todo el entorno familiar del que forma parte. No aspira a crear muñequitos bonitos que hagan lo que socialmente es supuesto debe hacerse, sino entornos familiares abiertos y felices. Y de hecho, al revés de la mayoría de las Instituciones de las que tengo noticia, el nivel de participación es muy alto, a pesar de las dificultades inherentes a las familias en el cotidiano quehacer del ganarse la vida. No es el menos relevante aporte de Sumbi.

El aspecto que tal vez sea el más importante para mí es el de la formación para la vida en sociedad. En un país diverso, y aún tan cercado por odios y conflictos, la convivencia social, con todos sus derechos y responsabilidades, necesita ser formada con toda conciencia. La multiculturalidad de nuestra patria requiere de esfuerzos conscientes de unidad. En el éxito de Sumbi tal vez influya el hecho de estar en el distrito de Barranco, que aún no se ha constituido del todo como un “ghetto social” donde solamente vive “gente bonita” o de la otra. Aún hay espacios comunes a todo tipo de personas reales, pese a los esfuerzos del Alcalde Castañeda. La presencia de niños y niñas provenientes de diversos estratos sociales, de diversas formas, colores y diseños, es garantía para el logro de una democrática inserción en una sociedad tan compleja como la nuestra. Los niños y niñas se profesan afecto los unos a los otros, trabajan y juegan juntos, se enfrentan a nuestra diversidad de modo natural y no impostado. Reina la naturalidad en las relaciones sociales. Muchos niños y niñas disfrutan de celebrar sus cumpleaños en el mismo Sumbi, con sus compañeritos y otros amiguitos que llevan. He observado el fruncir del ceño de ciertos padres de familia no pertenecientes a la Institución, cuando observan esta diversidad en acción, y cierto desconcierto cuando observan a sus propios hijos integrarse tan desenfadadamente a esta pequeña sociedad. Tal vez este desconcierto, este desequilibrio cognitivo, ayude a cierta reflexión sobre nuestra sociedad y su futuro.

Un adecuado sistema de pensiones y becas, así como la visión original de la Fundación Osma, promotora de este establecimiento, aseguran la permanencia de este carácter profundamente democrático. Como docente en Ciudadanía, percibo que estos niños viven la democracia y la libertad en sus aulas como lo que verdaderamente es, un conjunto de derechos, límites y responsabilidades, que aseguran que podamos avanzar hacia una vida cada vez mejor. Es notable la presencia de niños hijos de padres extranjeros, que de alguna manera perciben que esta característica es más acorde con la perspectiva democrática a la que aspiran; y que además le añade un toque de universalidad a los valores nacionales que se forman.

Dos últimas reflexiones de Orfeo: Los logros deben ser difundidos y replicados. Debemos decir que a nuestro modesto entender, necesitamos miles de Sumbis en todo el territorio nacional. Esto es un aspecto de la cuestión que no se logra mecánicamente. La lógica sería emplear las herramientas de la investigación educativa para formalizar la experiencia, más la habilidad y trabajo de la autoridades educativas para incorporar a la Educación Inicial Pública todo lo bueno que se está haciendo. Ignoro si se ha hecho esto, y de ser así en qué nivel está. Por el lado de la Educación Privada, sería muy interesante que se visibilizara lo que se está haciendo, y además que se introdujera de modo obligatorio un sistema de becas que pudiera disolver en algo el problema de la segmentación social y la formación de ghettos. También sería muy importante morigerar el síndrome del caballo de carreras, para así bajarles un poco la presión a nuestros niños y niñas de la élite; así como introducir un principio democrático necesario, más allá de las llamadas “actividades de solidaridad”, que parecen en realidad únicamente ponerle un rótulo a las antiguas actividades de “bien social”, destinadas a limpiar la conciencia de los chicos bien y de sus familias.

Última y no menos importante Orfeica Reflexión: Mi hija Paula pasa sus últimos meses en Sumbi. Pronto sufrirá su primera separación, que espero no le resulte demasiado dolorosa. Estoy seguro, además, que la manejaremos adecuadamente.

Siento, sentimos, el más profundo agradecimiento por lo mucho que la Institución ha hecho por ella en sus primeros años de vida, así como por tantos otros niños, y por el desarrollo social de nuestra sociedad durante estos primeros quince años de fecunda existencia.

Pero también siento, debo decirlo, una profunda aprensión por el futuro.

Las instituciones educativas de nuestra patria reflejan demasiado nuestra conflictuada sociedad.

Reflejan demasiado los problemas cognitivos y afectivos que arrastramos de tiempo atrás, y a los que no conseguimos ni siquiera acercarnos a solucionar.

Me pregunto, azorado, por el futuro de mi hija.

Me pregunto si, como dice Borges, no entrará a la escuela a interrumpir su Educación.

Me pregunto si el sistema educativo formal estará a la altura de estos niños. Si no los desechará cuando les resulten algo menos funcionales que otros para sus propósitos institucionales de posicionamiento económico y social. Si no los arrinconará si no se ajustan de manera “adecuada” a sus estrategias de disciplina y enseñanza / aprendizaje. Si no los tomará y les enseñará la matonería, el desengaño y la mentira como formas de supervivencia. Si no les enseñará que la única manera de ser feliz es aislándose del resto y no comprarse el pleito. Si no les enseñará que el dinero y el consumo son los valores principales y que el ser humano es una preocupación descartable siempre y cuando se gane plata y se consuma más. Si no les enseñará que es preferible ser un burro, pero con plata. Si no les enseñará que el fin justifica los medios. Si no les enseñará la ley del mínimo esfuerzo, y que 11 y 20 son lo mismo mientras estés aprobado.

Me pregunto si nuestra Sociedad está a la altura de las niñas y niños de Sumbi.